Todo se derrumba (I)

Chinua Achebe

 

 

 

PARTE I

.

Capítulo I

OKONKWO era muy conocido en las nueve aldeas e incluso más allá. Su fama se basaba en unos éxitos personales considerables. Cuando era un muchacho de dieciocho años había dado honra a su pueblo al vencer a Amalinze El Gato. Amalinze era el gran luchador invicto desde hacía siete años, desde Umuofia hasta Mbaino. Lo llamaban El Gato porque nunca daba con las espaldas en tierra. Ese era el hombre al que derribó Okonkwo en una pelea que los ancianos convenían había sido la más dura desde que el fundador de su pueblo combatió siete días y siete noches con un genio de la espesura.

Los tambores batían, las flautas cantaban y los espectadores contenían el aliento. Amalinze era un luchador muy astuto, pero Okonkwo era más escurridizo que el pez en el agua. En los brazos de ambos resaltaban cada nervio y cada músculo, igual que en las espaldas y los muslos, y casi se podía oír cómo todo se tensaba hasta casi romperse. Al final, Okonkwo derribó al Gato.

Aquello había sido hacía muchos años, veinte años o más, y en todo aquel tiempo la fama de Okonkwo había crecido como un fuego de sabana durante el harmattan. Era alto y muy fornido, y con sus cejas tupidas y su nariz anchísima tenía un aspecto muy grave. Respiraba muy hondo, y se decía que cuando dormía sus mujeres y sus hijos, en las casas de al lado, podían oír su respiración. Al andar apenas si tocaba el suelo con los talones y parecía andar sobre muelles, como si estuviera a punto de lanzarse sobre alguien. Y es verdad que muchas veces se lanzaba sobre la gente. Era algo tartamudo, y cuando se enfadaba y no podía decir las cosas tan rápido como quería, empleaba los puños. No soportaba a los fracasados. No soportaba a su padre.

Unoka, pues así se llamaba su padre, había muerto hacía diez años. Toda su vida había sido mal proveedor y perezoso, y era totalmente incapaz de pensar en el mañana. Si tenía algún dinero, cosa nada frecuente, inmediatamente se compraba calabazas de vino de palma, llamaba a los vecinos y se divertía. Siempre decía que cuando le veía la boca a un muerto comprendía lo tonto que era no comer lo que se podía en vida. Unoka, naturalmente, tenía deudas, y le debía algo de dinero a cada uno de los vecinos, desde unos cuantos cauríes hasta cantidades considerables.

Era alto, pero muy delgado y andaba algo encorvado. Tenía siempre un gesto sombrío y apesadumbrado, salvo cuando estaba bebiendo o tocando la flauta. Tocaba muy bien la flauta, y cuando mejor lo pasaba era durante las dos o tres lunas siguientes a la cosecha, cuando los músicos de la aldea bajaban los instrumentos que tenían colgados encima de la chimenea. Unoka tocaba con ellos, con la cara radiante de felicidad y de paz. A veces otra aldea pedía a la banda de Unoka y a sus bailarines egwugwu que fueran a pasar unos días con ellos y les enseñaran sus melodías. Se iban a pasar con esos anfitriones hasta tres o cuatro mercados, y hacían música y fiestas. A Unoka le encantaban la buena comida y la buena compañía, y le encantaba la estación del año en que cesaban las lluvias y el sol salía todas las mañanas con una belleza deslumbrante. Y tampoco hacía calor, porque del norte llegaba el viento frío y seco del harmattan. Algunos años el harmattan era muy fuerte y el aire se llenaba de una espesa niebla. Entonces los ancianos y los niños se sentaban en torno a las hogueras para calentarse. A Unoka le encantaba todo, y le encantaban los primeros milanos que volvían con la estación seca y los niños que les cantaban canciones de bienvenida. Recordaba su propia infancia, cómo muchas veces se echaba a andar a ver si veía un milano planeando calmadamente en el cielo azul. En cuanto veía uno se ponía a cantar con toda su alma para darle la bienvenida de su larguísimo viaje, y le preguntaba si a su regreso había traído unas varas de paño.

De aquello hacía años, cuando era joven. El Unoka adulto era un fracasado. Era pobre, y su mujer y sus hijos apenas si tenían para comer. La gente se reía de él porque era perezoso, y juraba que nunca le volvería a prestar dinero porque nunca lo devolvía. Pero Unoka era uno de esos hombres que siempre conseguían más préstamos, e iba acumulando las deudas.

Un día un vecino llamado Okoye fue a verlo. Unoka estaba reclinado en un lecho de tierra en su choza, tocando la flauta. Inmediatamente se levantó y le dio la mano a Okoye, quien entonces desenrolló la piel de cabra que llevaba el brazo y se sentó. Unoka fue a la habitación de dentro y volvió en seguida con un disco pequeño de madera que contenía una nuez de cola, unos granos de cubeba y un pedazo de tiza blanca.

— Tengo cola —anunció al sentarse, y le pasó el disco a su huésped.

— Gracias. Quien trae nuez de cola trae la vida. Pero creo que deberías partirla tú —replicó Okoye devolviéndole el disco.

— No, es para ti, creo —y así siguieron discutiendo un rato hasta que Unoka aceptó el honor de partir la nuez de cola. Entre tanto, Okoye tomó el pedazo de tiza, dibujó unas líneas en el suelo y después se pintó el dedo gordo del pie.

Mientras Unoka rompía la nuez de cola rezó a sus antepasados para pedirles larga vida y salud y protección contra sus enemigos. Después de comérsela hablaron de muchas cosas: de cómo las lluvias largas estaban inundando las plantaciones de ñame, de la próxima fiesta de los antepasados y de la guerra inminente con la aldea de Mbaino. Unoka nunca estaba contento cuando se aproximaba una guerra. De hecho, era un cobarde y no podía soportar la vista de la sangre. De manera que cambió de tema y empezó a hablar de música, con el rostro radiante. Podía oír mentalmente los ritmos emocionantes e intrincados del Ekwe y del udu y del ogene, y podía oír cómo su propia flauta iba entrando y saliendo en ellos y los adornaba con una melodía llena de color y quejumbrosa. El efecto final era alegre y airoso, pero si se fijaba uno en la flauta a medida que iba subiendo y bajando, y después se quebraba en períodos cortos, se advertía que allí había penas y pesares.

También Okoye era músico. Tocaba el ogene. Pero no era un fracasado como Unoka. Tenía un granero grande lleno de ñames y tenía tres esposas. Y ahora iba a tomar el título de Idemili, el tercero en importancia de la región. Era una ceremonia muy cara y estaba acopiando todos sus recursos. De hecho, ése era el motivo por el que había ido a ver a Unoka. Carraspeó y empezó:

— Gracias por la nuez de cola. No sé si te has enterado del título que me propongo tomar en breve.

Aunque había hablado claramente hasta entonces, Okoye dijo la siguiente media docena de frases en proverbios. Entre los ibos se tiene en mucha consideración el arte de la conversación, y los proverbios son el aceite de palma con el que se aderezan las palabras. Okoye era un gran conversador y habló largo rato, girando en torno al tema, y por fin dio de lleno en él. En resumen, quería pedirle a Unoka que le devolviera los doscientos cauríes que le había pedido prestados hacía más de dos años. En cuanto Unoka comprendió a lo que iba su amigo, rompió en carcajadas. Se rió mucho y en voz muy alta, y la voz le resonaba clara como el ogene y se le saltaron las lágrimas. Su visitante, sorprendido, se quedó mudo. Al final Unoka logró dar una respuesta, entre nuevas carcajadas.

— Mira esa pared —dijo señalando a la pared de enfrente de la cabaña, que estaba frotada de tierra roja para que brillase.— Mira esas rayas de tiza —y Okoye vio varias series de rayas perpendiculares cortas dibujadas con tiza. Había cinco series, y la más pequeña tenía diez líneas. Unoka tenía sentido de lo dramático e hizo una pausa, durante la cual tomó un pellizco de rape y aspiró ruidosamente, y después continuó:

— Cada serie representa una deuda con alguien, y cada raya representa cien cauríes. Mira, a ése le debo mil cauríes. Pero no ha venido a despertarme por la mañana para reclamarlos. Te pagaré, pero no hoy. Nuestros ancianos dicen que el sol calentará a quienes están de pie antes que a quienes se arrodillan ante ellos. Primero pagaré mis mayores deudas —y tomó otro pellizco de rapé, como si eso equivaliera a pagar primero sus mayores deudas. Okoye volvió a enrollar su piel de cabra y se fue.

Cuando murió Unoka no había tomado ningún título y tenía muchas deudas. ¿Es de extrañar, pues, que su hijo Okonkwo se avergonzara de él? Por suerte, entre esta gente a cada hombre se lo juzgaba conforme a su propio valor y no al valor de su padre. Era evidente que Okonkwo estaba destinado a grandes cosas. Todavía era joven, pero ya se había hecho famoso como el mejor luchador de las nueve aldeas. Era un agricultor rico y tenía dos graneros llenos de ñames y acababa de casarse con su tercera mujer. Y, por añadidura, había tomado dos títulos y había mostrado un valor increíble en dos guerras intertribales. De forma que, aunque Okonkwo todavía era joven, ya era uno de los hombres más importantes de su época. Su pueblo respetaba la edad, pero reverenciaba el éxito. Como decían los ancianos, si un niño se lavaba las manos podía comer con los reyes. Evidentemente, Okonkwo se había lavado las manos, de forma que comía con los reyes y con los ancianos. Y así fue como le correspondió cuidar del muchacho condenado que sacrificaron sus vecinos al pueblo de Umuofia para evitar la guerra y el derramamiento de sangre. El malhadado muchacho se llamaba Ikemefuna.

.

Capítulo II

OKONKWO acababa de apagar la lámpara de aceite de palma y de estirarse en la cama de bambú cuando oyó el ogene del pregonero que penetraba el aire de la noche. Gome, gome, gome, gome, tronaba el metal hueco. Después el pregonero dijo su mensaje y, al final, volvió a golpear su instrumento. Y el mensaje era éste. Se pedía a todos los hombres de Umuofia que mañana por la mañana se reunieran en la plaza del mercado. Okonkwo se preguntó qué pasaría, pues desde luego estaba seguro de que algo andaba mal. Había percibido un claro tono de tragedia en la voz del pregonero, e incluso ahora lo seguía oyendo mientras se iba apagando lentamente en la distancia.

La noche era muy tranquila. Siempre eran tranquilas, salvo cuando había luna. La oscuridad significaba un vago terror para aquella gente, incluso para los más valientes. A los niños se les advertía que no silbaran de noche, por miedo a los malos espíritus. Los animales peligrosos se hacían todavía más siniestros e impredecibles en la oscuridad. De noche nunca se mencionaba a la serpiente por su nombre, porque lo oiría. Se hablaba de una cuerda. De manera que aquella noche concreta, a medida que la voz del pregonero se iba quedando gradualmente absorbida por la distancia, volvió a reinar en el mundo el silencio, un silencio vibrante intensificado por el chirrido universal de un millón de millones de insectos de la selva.

Las noches de luna todo era diferente. Entonces se oían las voces alegres de los niños que jugaban en los campos abiertos. Y quizá las de quienes no eran tan jóvenes, que jugaban en parejas en lugares menos abiertos, y los ancianos y las ancianas recordaban su juventud. Como dicen los ibos: «Cuando brilla la luna a los cojos les entran ganas de salir a dar un paseo.»

Pero esta noche concreta era oscura y silenciosa. Y en los nueve pueblos de Umuofia un pregonero con su ogene pedía que todos los hombres se presentaran mañana por la mañana. Okonkwo, en su cama de bambú, trató de imaginar cuál sería la urgencia: ¿La guerra con un clan vecino? Esa parecía la suposición más razonable, y a él no le daba miedo la guerra. El era un hombre de acción, un guerrero. Al contrario que a su padre, a él no le asustaba la vista de la sangre. En la última guerra de Umuofia él había sido el primero en traer a casa una cabeza humana. Era su quinta cabeza, y todavía no era un viejo. En las grandes ocasiones, como los funerales de un personaje de la aldea, bebía su vino de palma en su primera cabeza humana.

A la mañana siguiente, la plaza del mercado estaba llena. Debía haber allí unos diez mil hombres, todos ellos hablando en voz baja. Por fin se levantó, en medio de ellos, Ogbuef Ezeugo y gritó cuatro veces: «Umuofia kwenu», y a cada ocasión lo hizo en una dirección diferente y pareció que golpeaba al aire con el puño cerrado. Y diez mil hombres respondieron: «¡Yaa!», a cada vez. Después se produjo un silencio total. Ogbuef Ezeugo era un gran orador y siempre se lo escogía para hablar en ocasiones así. Se pasó la mano por la cabeza blanca y se acarició la blanca barba. Después se ajustó la túnica, que le pasaba bajo el sobaco derecho y se ataba al hombro izquierdo.

«Umuofia kwenu», tronó por quinta vez, y la multitud gritó en respuesta. Y después, de repente, como si estuviera poseído, lanzó de golpe la mano izquierda en dirección a Mbaino, y dijo entre sus dientes blanquísimos y apretados:

— Esos hijos de animales feroces han osado asesinar a una hija de Umuofia — bajó la cabeza de golpe y rechinó los dientes, y permitió que entre la multitud se extendiera un murmullo de ira contenida. Cuando volvió a empezar ya no tenía el gesto airado, y en su lugar se cernía una especie de sonrisa, más terrible y más siniestra que la ira. Y con voz clara y pausada contó a Umuofia cómo la hija de todos ellos había ido al mercado de Mbaino y había muerto. Aquella mujer, dijo Ezeugo, era la esposa de Ogbuefi Udo, y señaló a un hombre que estaba sentado a su lado con la cabeza baja. Entonces la multitud gritó airada y sedienta de sangre.

Hablaron muchos más, y al final se decidió adoptar el rumbo normal de acción. Inmediatamente se envió a Mbaino un ultimátum en el que se le pedía escoger entre, por una parte, la guerra y, por otra, el ofrecimiento de un muchacho y de una virgen en compensación.

Todos sus vecinos temían a Umuofia. Era muy fuerte en la guerra y en la magia, y sus sacerdotes y chamanes eran temidos en todos los alrededores. Su medicina de guerra, más potente, era tan antigua como el propio clan. Nadie sabía de cuándo databa. Pero había algo en lo que todos estaban de acuerdo: el principio activo de aquella medicina había sido una anciana a la que le faltaba una pierna. De hecho, la medicina misma se llamaba agadi-nwayi, o sea, la anciana. Tenía su santuario en el centro de Umuofia, en un claro. Y si había alguien tan temerario como para pasar al lado del santuario después del atardecer, siempre veía a la anciana que andaba por allí a la pata coja.

De manera que los clanes vecinos, que naturalmente estaban al tanto de todo ello, temían a Umuofia y no iban a la guerra contra ella sin intentar primero un arreglo pacífico. Y para ser justos con Umuofia debe hacerse constar que nunca iba a la guerra salvo que su derecho estuviera bien claro y, como tal, lo aceptara su Oráculo: el Oráculo de los Cerros y de las Cuevas. Y, efectivamente, había habido ocasiones en las que el Oráculo había prohibido a Umuofia hacer la guerra. Si el clan hubiera desobedecido al Oráculo, no cabe duda de que habría salido derrotado, porque su temible agadi-nwayi nunca combatiría en lo que los ibos llaman un combate culpable.

Pero la guerra que amenazaba ahora era una guerra justa. Incluso el clan enemigo lo sabía. De forma que cuando Okonkwo de Umuofia llegó a Mbaino como mensajero orgulloso e imperioso de la guerra se le trató con gran honor y respeto, y dos días después volvió a casa con un muchacho de quince años y una virgen joven. El muchacho se llamaba lkemefuna, y su triste historia todavía se sigue contando en Umuofia hoy día.

Los ancianos, o ndichie, se reunieron para escuchar el informe de Okonkwo sobre su misión. Al final decidieron, como todo el mundo sabía que harían, que la muchacha se destinara a Ogbuefi Udo en sustitución de su esposa asesinada. En cuanto al muchacho, pertenecía al clan como un todo, y no había prisa por decidir su destino. Por eso se le pidió a Okonkwo que, en nombre del clan, se hiciera cargo de él entre tanto. Y por eso, durante tres años, Ikemefuna vivió en la casa de Okonkwo.

Okonkwo llevaba a su familia con mano dura. Sus mujeres, especialmente las más jóvenes, vivían en un temor constante de sus estallidos, igual que sus hijos pequeños. Es posible que en el fondo Okonkwo no fuera cruel. Pero toda su vida estaba dominada por el temor, el temor al fracaso y a la debilidad. Era algo más profundo y más íntimo que el temor a los dioses malignos y caprichosos y a la magia, que el temor a la selva y a las fuerzas de la naturaleza, malévolas, de dientes y garras rojos. Los temores de Okonkwo eran peores que todo eso. No eran externos, sino que yacían en lo más hondo de su ser. Era el temor a sí mismo, a que lo considerasen parecido a su padre. Incluso cuando era niño había detestado el fracaso y la debilidad de su padre, e incluso ahora seguía recordando lo que había sufrido cuando un amigo de juegos le había dicho que su padre era un agbala. Entonces fue cuando se enteró Okonkwo de que agbala no era sólo otra forma de decir mujer, sino que también podía designar a un hombre que no había tomado ningún título. Y por eso Okonkwo estaba dominado por una sola pasión: la de odiar todo lo que le había gustado a su padre Unoka. Una de las cosas que había que odiar era la amabilidad, y otra era el ocio.

Durante la temporada de la siembra Okonkwo trabajaba todos los días en sus campos desde el canto del gallo hasta que se acostaban las gallinas. Era muy fuerte y raras veces se sentía cansado. Pero sus mujeres y sus hijos pequeños no eran igual de fuertes y sufrían. Pero no se atrevían a quejarse abiertamente. Nwoye, el primogénito de Okonkwo, tenía doce años, pero ya estaba preocupando mucho a su padre por su indolencia incipiente. En todo caso, eso era lo que le parecía a su padre, que trataba de corregirlo con riñas constantes y palizas. Por eso Nwoye se iba convirtiendo en un muchacho de expresión triste.

La casa de Okonkwo era una muestra visible de su prosperidad. Tenía un gran recinto cercado por un muro grueso de tierra roja. Su propia cabaña, u obi, estaba inmediatamente detrás de la única puerta abierta en el muro rojo. Cada una de sus tres esposas tenía su propia cabaña, que juntas formaban una media luna detrás del obi. El granero estaba construido a uno de los extremos del muro rojo, y como prueba de prosperidad había en su interior grandes montones de ñame. A otro extremo del recinto había un cobertizo para las cabras, y cada una de las esposas había construido un pequeño anexo junto a su cabaña para las gallinas. Cerca del granero había una caseta, la «casa de la medicina» o santuario donde Okonkwo guardaba los símbolos de madera de su dios personal y de los espíritus de sus antepasados. Les rendía culto con sacrificios de nuez de cola y vino de palma, y les ofrecía oraciones en su propio nombre, en el de sus tres esposas y en el de sus ocho hijos.

De manera que cuando murió en Mbaino la hija de Umuofia, Ikemefuna fue a la casa de Okonkwo. Cuando aquel día lo llevó a su casa, Okonkwo llamó a la esposa más antigua y se lo entregó.

— Pertenece al clan —le dijo—, así que cuida de él.

— ¿Se va a quedar mucho tiempo en nuestra casa? —preguntó ella.

— Mujer, haz lo que te he dicho —tronó Okonkwo, y tartamudeó—. ¿Desde cuándo formas parte de los ndichie de Umuofia?

Y así fue cómo la madre de Nwoye se llevó a Ikemefuna a su cabaña y no hizo más preguntas.

En cuanto al propio muchacho, estaba muy asustado. No podía comprender lo que le pasaba ni qué había hecho. ¿Cómo iba a saber que su propio padre había intervenido en el asesinato de una hija de Umuofia? Lo único que sabía era que a su casa habían llegado unos hombres, que habían hablado con su padre en voz baja y que, al final, se lo habían llevado y se lo habían entregado a un desconocido. Su madre había llorado mucho, pero él estaba demasiado sorprendido para llorar. Y entonces el desconocido se lo había llevado, junto con una chica, a mucha, mucha distancia de su casa, por caminos solitarios de la selva. No sabía quién era la chica y nunca la volvió a ver.

.

Capítulo III

OKONKWO no tuvo las mismas ventajas iniciales que otros muchos jóvenes. No heredó un granero de su padre. No había granero que heredar. En Umuofia se contaba la historia de cómo Unoka, su padre, había ido a consultar el Oráculo de los Cerros y de las Cuevas para averiguar por qué siempre tenía una mala cosecha.

El Oráculo se llamaba Agbala y venían a consultarlo gentes de lejos y de cerca. Venían cuando la mala suerte les seguía los pasos o cuando se peleaban con los vecinos. Venían a descubrir lo que les reservaba el futuro o para consultar los espíritus de sus padres muertos.

Se entraba al santuario por un orificio redondo en la falda del cerro, apenas mayor que las aperturas redondas que hay a la entrada de los gallineros. Los fieles y los que venían a pedir información al dios entraban arrastrándose por el agujero y se encontraban en un espacio oscuro e infinito en presencia de Agbala. Nadie había visto jamás a Agbala, salvo su sacerdotisa. Pero nadie que hubiera entrado en aquel temible santuario había salido de él sin temor a su poder. La sacerdotisa estaba junto al fuego sagrado que hacía ella misma al fondo de la cueva y proclamaba la voluntad del dios. El fuego no tenía llama. Los leños en ascuas no servían más que para iluminar vagamente la figura sombría de la sacerdotisa.

A veces llegaba un hombre a consultar al espíritu de su padre o de un pariente muerto. Se decía que cuando aparecía uno de esos espíritus el hombre lo veía vagamente en la oscuridad, pero nunca oía su voz. Algunos incluso decían que habían oído a los espíritus volar y batir las alas contra el techo de la cueva.

Hacía muchos años, cuando Okonkwo era todavía un niño, su padre había ido a consultar a Agbala. En aquella época la 0 sacerdotisa era una mujer llamada Chika. Estaba penetrada del poder de su dios, y era muy temida. Unoka llegó hasta ella y empezó su historia.

— Todos los años —dijo con tristeza—, antes de echar la semilla a la tierra, sacrifico un gallo a Ani, propietario de toda la tierra. Es la ley de nuestros padres. También mato un gallo en el santuario de Ifejioku, el dios de los ñames. Quito la maleza y la quemo cuando está seca. Siembro el ñame cuando han caído las primeras lluvias y les pongo rodrigones cuando aparecen los primeros tallos. Quito las malas hierbas…

— ¡Cálmate! —gritó la sacerdotisa, con una voz terrible que hizo ecos en el vacío oscuro—. No has ofendido a los dioses ni a tus padres. Y cuando un hombre está en paz con sus dioses y sus antecesores, su cosecha será buena o mala según la fuerza de su brazo. Tú, Unoka, eres famoso en todo el clan por la debilidad de tu machete y de tu azada. Cuando tus vecinos salen con el hacha a talar la selva virgen, tú siembras tus ñames en campos agotados que son fáciles de sembrar. Ellos cruzan siete ríos para hacer sus campos; tú te quedas en casa y ofreces sacrificios a un suelo desganado. Vete a casa y trabaja como un hombre.

Unoka era hombre de mala suerte. Tenía un chi o dios personal malo, y la mala fortuna lo persiguió hasta la tumba, o mejor dicho, hasta la muerte, porque nunca tuvo una tumba. Murió de la hinchazón que era abominable a los ojos de la diosa Tierra. Cuando a un hombre le afligía la hinchazón del estómago y de los miembros, no se le permitía morir en casa. Se lo llevaban al Bosque del Mal y lo dejaban allí para que se muriese. Se contaba la historia de aquel hombre tan terco que volvió a trompicones a su casa y hubo que volverlo a llevar al bosque y dejarlo atado a un árbol. La enfermedad era una abominación para la tierra, y por eso no se podía enterrar a la víctima en sus entrañas. Tenía que morir y pudrirse sobre la tierra, y no se celebraban su primero ni su segundo entierros. Ese fue el destino de Unoka. Cuando fue su turno, se llevó la flauta al bosque.

Con un padre como Unoka, Okonkwo no tuvo las mismas ventajas que otros muchos jóvenes. No heredó un granero ni un título, ni siquiera una esposa joven. Pero pese a aquellas desventajas, incluso en vida de su padre ya había empezado a sentar los cimientos de un futuro próspero. Fue un proceso lento y trabajoso. Pero se consagró a él como un poseído. Y de hecho estaba poseído por el temor a llevar la misma vida despreciable y tener la misma muerte vergonzosa que su padre.

Había en la aldea de Okonkwo un hombre rico que tenía tres graneros enormes, nueve esposas y treinta hijos. Se llamaba Nwakibie y había tomado el segundo título en orden de importancia que se podía tomar en el clan. Ese fue el hombre para el que trabajó Okonkwo a fin de obtener sus primeros ñames de siembra.

Llevó a Nwakibie un pote de vino de palma y un gallo. Se envió a buscar a dos vecinos ancianos v además estaban presentes en el obi de Nwakibie dos de los hijos mayores de éste. Ofreció una nuez de cola y unos granos de cubeba, que fueron pasando de mano en mano para que todos los vieran y después volvieron a él. La rompió diciendo:

— Todos hemos de vivir. Recemos por la vida, hijos, por una buena cosecha y por la felicidad. Tendréis lo que os conviene y yo tendré lo que me conviene. Que el milano vuele y que la garceta vuele también. Si uno dice que no al otro, que se le rompan las alas.

Una vez comida la nuez de cola, Okonkwo trajo su vino de palma del rincón de la cabaña en que estaba colocado y lo puso en el centro del grupo. Se dirigió a Nwakibie con el nombre de «padre nuestro».

— Nna ayi —dijo—, he traído esta pequeña cola. Como dice nuestro pueblo, el que muestra respeto a los grandes inicia el camino de su propia grandeza. He venido a mostrarte mi respeto y también a pedir un favor. Pero primero bebamos el vino.

Todo el mundo dio las gracias a Okonkwo y los vecinos sacaron los cuernos de beber de las bolsas de piel de cabra que llevaban. Nwakibie bajó su propio cuerno, que estaba colgado de las vigas. El menor de los hijos, que además era el más joven del grupo, fue al centro, levantó el pote en la rodilla izquierda y empezó a servir el vino. La primera taza le correspondió a Okonkwo, que debía probar el vino antes que nadie. Después bebió el grupo, primero el más anciano de todos. Cuando todo el mundo se hubo bebido dos o tres cuernos, Nwakibie envió a buscar a sus esposas. Algunas de ellas no estaban en casa, y sólo acudieron cuatro.

— ¿No está Anasi? —les preguntó. Le dijeron que ya llegaba. Anasi era la primera esposa y las otras no podían beber antes que ella, de modo que se quedaron de pie esperándola.

Anasi era una mujer de mediana edad, alta y fuerte. Tenía un porte autoritario y en todo se le veía que era ella quien gobernaba a las mujeres de una familia numerosa y próspera. Llevaba en el tobillo la cadenita con los títulos de su marido, que sólo podía llevar la primera esposa.

Se acercó a su marido y le aceptó el cuerno de vino. Después puso una rodilla en tierra, bebió un poco y le devolvió el cuerno. Se levantó, pronunció su nombre y volvió a su casa. Las otras esposas bebieron del mismo cuerno, por el orden que les correspondía, y se fueron.

Los hombres siguieron bebiendo y hablando. Ogbuefi Idigo estaba hablando del extractor de vino de palma, Obiako, que había dejado repentinamente de trabajar.

— Tiene que tener algún motivo — dijo limpiándose del bigote la espuma del vino con el dorso de la mano—. Tiene que tener algún motivo. Un sapo no se echa a correr a la luz del día sin más ni más.

— Hay quien dice que el Oráculo le advirtió que se caería de una palmera y se mataría —dijo Akukalia.

— Obiako siempre ha sido algo raro —dijo Nwakibie—. Me han contado que hace muchos años, cuando hacía poco de la muerte de su padre, fue a consultar al Oráculo. El Oráculo le dijo: «Tu difunto padre quiere que le sacrifiques una cabra.» Y, ¿sabéis lo que le dijo al Oráculo? Le dijo:

«Pregúntale a mi difunto padre si cuando estaba vivo tuvo alguna vez ni un pollo.» Todos se echaron a reír a carcajadas, salvo Okonkwo, que se rió sin ganas porque, como dice el proverbio, la vieja siempre se siente incómoda cuando se mencionan huesos secos en un proverbio.

Okonkwo se acordaba de su propio padre.

Por fin el muchacho que estaba sirviendo el vino alargó medio cuerno lleno de heces blancas y espesas, y dijo:

— Lo que estábamos tomando se ha acabado.

— Ya lo hemos visto —dijeron los demás.

— ¿Quién va a beber las heces? —preguntó el muchacho.

— El que tenga un trabajo que hacer —dijo Idigo mirando a Igwelo, el hijo mayor de Nwakibie con un brillo malicioso en los ojos.

Todo el mundo convino en que Igwelo se bebiera las heces. Aceptó el medio cuerno que le ofrecía su hermanastro y se lo bebió. Como había dicho Idigo, Igwelo tenía un trabajo que hacer, pues hacía uno o dos meses que se había casado con su primera mujer. Se decía que las heces espesas del vino de palma eran convenientes para los hombres que iban a yacer con sus mujeres.

Terminado de beber el vino, Okonkwo expuso sus dificultades a Nwakibie.

— He venido a pedirte ayuda — dijo—. Quizá ya te supongas de qué se trata. He despejado un campo, pero no tengo ñames que sembrar. Ya sé lo que significa pedir a alguien que le confíe sus ñames a otro, especialmente en estos tiempos en que los jóvenes le tienen miedo al trabajo duro. Yo no le tengo miedo al trabajo. El lagarto que saltó del alto árbol de iroko al suelo dijo que si nadie más lo aplaudía se aplaudiría él solo. Yo empecé a ganarme la vida a una edad en que casi todos los demás chicos seguían mamando del pecho de sus madres. Si me das unos ñames que sembrar no te fallaré.

Nwakibie carraspeó:

— Me agrada ver un joven como tú en estos tiempos en que nuestra juventud se ha ablandado tanto. Muchos jóvenes han venido a pedirme ñames, pero se los he negado porque sabía que no iban a hacer más que tirarlos al suelo y dejar que se los comieran las malas hierbas. Cuando les digo que no, creen que tengo mal corazón. Pero no es eso. Eneke, el pájaro, dice que desde que los hombres han aprendido a disparar sin errar él ha aprendido a volar sin planear. Yo he aprendido a ser roñoso con mis ñames. Pero en ti puedo confiar. Lo sé con sólo mirarte. Como decían nuestros padres, por su aspecto se sabe cuándo está maduro el maíz. Te daré dos veces cuatrocientos ñames. Adelante, prepara tu campo.

Okonkwo le dio las gracias una vez y otra y se fue a casa sintiéndose contento. Sabía que Nwakibie no le iba a decir que no, pero no había previsto que fuera tan generoso. No había esperado más que cuatrocientas semillas. Ahora tendría que hacer un campo más grande. Esperaba que uno de los amigos de su padre, de Isiuzo, le diera otros cuatrocientos ñames.

El trabajo como aparcero constituía una forma muy lenta de irse haciendo un granero propio. Después de todo el trabajo, sólo se quedaba uno con un tercio de la cosecha. Pero un muchacho cuyo padre carecía de ñames no tenía otro remedio. Y lo peor en el caso de Okonkwo era que tenía que alimentar a su madre y a sus dos hermanas con aquella magra cosecha. Y el alimentar a su madre significaba también alimentar a su padre. No podía pedírsele a ella que cocinara y comiera mientras su marido pasaba hambre. Así que a una edad muy temprana, cuando luchaba desesperadamente por hacerse un granero con la aparcería, Okonkwo también sustentaba la casa de su padre. Era como echar granos de maíz en un saco lleno de agujeros. Su madre y sus hermanas trabajaban mucho, pero cultivaban cosas de mujeres, como cocos, alubias y cazabe. El ñame, el rey de las plantas, era cosa de hombres.

El año en que Okonkwo aceptó a Nwakibie ochocientas semillas de ñame fue el peor año que se recordaba. Nada vino a su tiempo; todo llegaba demasiado pronto o demasiado tarde. Parecía que el mundo se hubiera vuelto loco. Las primeras lluvias llegaron tarde, y cuando llegaron no duraron más que un momento. Volvió el sol cegador, más ardiente de lo que nadie recordara, y quemó todo el verdor que había aparecido can las lluvias. La tierra quemaba como carbón caliente y recoció todos los ñames que se habían sembrado. Como todos los buenos agricultores, Okonkwo había empezado a sembrar con las primeras lluvias. Ya había sembrado cuatrocientos ñames cuando se fueron las lluvias y volvió el calor. Se pasaba el día mirando al cielo en busca de nubes de lluvia y las noches en vela. Por la mañana volvía a sus campos y veía cómo se iban secando los tallos. Había tratado de protegerlos de la tierra ardiente haciendo círculos de gruesas hojas de sisal en torno a ellos. Pero al anochecer los círculos de sisal estaban quemados y grises. Los cambiaba todos los días y rezaba para que de noche lloviese. Pero la sequía continuó ocho semanas de mercado y los ñames murieron.

Algunos campesinos todavía no habían plantado sus ñames. Eran los tranquilos y perezosos que siempre dejaban el desbroce de los campos hasta lo más tarde posible. Aquel año ésos fueron los inteligentes. Simpatizaban con sus vecinos con muchas sacudidas de cabeza, pero en su interior celebraban lo que interpretaban como su propia previsión.

Okonkwo plantó las semillas de ñame que le quedaban cuando por fin volvieron las lluvias. Tenía un consuelo. Los ñames que había sembrado antes de la sequía eran los suyos la cosecha del año pasado. Todavía le quedaban los ochocientos de Nwabikie y los cuatrocientos del amigo de su padre. De manera que podía volver a empezar.

Pero el año se había vuelto loco. Llovió como jamás había llovido antes. Llovió días y noches, llovió en torrentes violentos que se llevaron los montones de ñames. La lluvia arrancó árboles y por todas partes aparecieron profundas torrenteras. Después la lluvia se hizo menos violenta. Pero continuó días y días sin parar. El intervalo de sol que siempre se daba en medio de la temporada de lluvias no se produjo esta vez. Los ñames echaron unas hojas brillantísimas, pero todos los agricultores sabían que sin sol no crecerían los tubérculos.

Aquel año la recolección fue triste, como un funeral, y muchos agricultores lloraron al extraer los ñames raquíticos y putrefactos. Hubo uno que ató su túnica en la rama de un árbol y se ahorcó.

Okonkwo recordaría con sudores fríos aquel año durante el resto de sus días. Cuando pensaba en él después siempre se sorprendía de no haberse hundido bajo tanta desesperación. Sabía que era un buen luchador, pero aquel año hubiera sido suficiente para partirle el corazón a un león.

— Si sobreviví a aquel año —decía siempre—, puedo sobrevivir a todo. Lo atribuyó a su voluntad inquebrantable.

Su padre Unoka, que ya entonces estaba enfermo, le dijo durante aquel terrible mes de la cosecha:

— No te desesperes. Sé que no vas a desesperarte. Tienes un corazón viril y orgulloso. Un corazón orgulloso puede sobrevivir a un fracaso general, porque ese fracaso no afecta a su orgullo. Es más difícil y resulta más amargo cuando se fracasa a rolar.

Así era Unoka en sus últimos días. Su amor a las palabras había aumentado con la edad y la enfermedad. Aquello exasperaba a Okonkwo hasta lo indecible.

.

Capítulo IV

SI se le mira a un rey en la boca —dijo un anciano— nunca se sospecharía que ha mamado del pecho de su madre. Hablaba de Okonkwo, que había ascendido rápidamente de la mayor pobreza y la desgracia hasta convertirse en uno de los señores del clan. El anciano no le tenía mala voluntad a Okonkwo. De hecho, lo respetaba por su laboriosidad y su éxito. Pero le asombraba, como a casi todo el mundo, la rudeza de Okonkwo en sus tratos con gente de menos éxito. Hacía sólo una semana que uno le había llevado la contraria en una reunión de parientes que se había celebrado para tratar de la próxima fiesta de los antepasados. Sin siquiera mirarlo, Okonkwo había dicho: «Esta es una reunión de hombres.» El que le había llevado la contraria no tenía títulos. Por eso lo había tratado de mujer. Okonkwo sabía cómo desanimar a la gente.

Todos los presentes en la reunión de parientes se pusieron de parte de Osugo cuando Okonkwo lo llamó mujer. El más anciano de los asistentes dijo con voz severa que quienes consiguen que un espíritu benévolo les parta las nueces de palma no deben olvidar la humildad. Okonkwo dijo que lamentaba lo que había dicho y la reunión continuó.

Pero en realidad no era cierto que a Okonkwo le partiera las nueces de palma un espíritu benévolo. Se las partía él solo. Nadie que supiera de su áspero combate contra la pobreza y la desgracia podía decir que hubiera tenido suerte. Si alguien merecía el éxito, ése era Okonkwo. A temprana edad se había hecho famoso por ser el mejor luchador del país. Eso no era suerte. Lo máximo que se podía decir era que su chi o dios personal era bueno. Pero los ibos tienen un proverbio según el cual cuando un hombre dice sí, su chi también dice sí. Okonkwo decía sí muy fuerte; de manera que su chi estaba de acuerdo. Y no sólo su chi; sino también su clan, porque juzgaba a un hombre por el trabajo de sus manos. Por eso habían escogido las nueve aldeas a Okonkwo para que llevase el mensaje de guerra a sus enemigos si no aceptaban darles un muchacho y una virgen para expiar el asesinato de la mujer de Udo. Y tan profundo era el temor que tenían sus enemigos a Umuofia que trataron a Okonkwo como a un rey y le llevaron una virgen que se le entregó a Udo como esposa, y al muchacho Ikemefuna.

Los ancianos del clan habían decidido que Ikemefuna pasara un tiempo al cuidado de Okonkwo. Pero nadie pensó que aquello fuera a durar nada menos que tres años. Parecieron olvidarse totalmente de él en cuanto tomaron la decisión.

Al principio, lkemefuna tenía muchísimo miedo. Trató de escaparse una o dos veces, pero no tenía la menor idea de cómo lograrlo. Pensaba en su madre y en su hermana de tres años y lloraba mucho. La madre de Nwoye era muy amable con él y lo trataba como si fuera uno de sus propios hijos. Pero él no decía más que: «¿Cuándo me voy a casa?» Cuando Okonkwo se enteró de que no quería comer fue a la cabaña con un garrote en la mano y se quedó vigilándolo mientras se tragaba tembloroso los ñames. Un momento después salió de la cabaña y se puso a vomitar con retortijones. La madre de Nwoye fue a él y le puso las manos en el pecho y en la, espalda. Pasó enfermo tres semanas de mercado y cuando se recuperó pareció que había superado su terror y su tristeza.

El muchacho era de carácter muy animado y gradualmente se fue haciendo popular en la familia de Okonkwo, especialmente entre los niños. Nwoye, el hijo de Okonkwo, que tenía dos años menos que él, se hizo inseparable suyo, porque parecía saberlo todo. Sabía hacer flautas con tallos de bambú e incluso con hierba de guinea. Sabía cómo se llamaban todos los pájaros y hacer trampas muy astutas para los pequeños roedores de la sabana. Y sabía con qué madera se hacían los arcos más fuertes.

Incluso el propio Okonkwo se encariñó mucho con el chico, aunque no se lo dijo a nadie, naturalmente. Okonkwo nunca mostraba ninguna emoción abiertamente, salvo la emoción de la cólera. El mostrar afecto era una señal de debilidad; lo único que merecía la pena mostrar era la fuerza. Por eso trataba a lkemefuna igual que a todo el mundo: con mano dura. Pero no cabía duda de que el muchacho le agradaba. A veces, cuando iba a las grandes reuniones del pueblo o a las fiestas comunitarias de los antepasados permitía que Ikemefuna lo acompañara, como un hijo, que le llevara el taburete y la bolsa de piel de cabra. Y, de hecho, Ikemefuna le llamaba padre.

Ikemefuna llegó a Umuofia al final de la temporada de ocio, entre la cosecha y la siembra. De hecho, no se recuperó de su enfermedad hasta unos días antes de que empezara la Semana de la Paz. Y aquél también fue el año en que Okonkwo rompió la paz y recibió su castigo, como era costumbre, de Ezeani, el sacerdote de la diosa de la tierra.

Okonkwo se vio provocado a una ira justificable por su esposa más joven, que fue a hacerse las trenzas a casa de su amiga y no volvió a la hora de cocinar la comida de la tarde. Al principio, Okonkwo no se enteró de que la esposa no estaba en casa. Tras esperar en vano el plato que le correspondía a ella fue a su cabaña a ver qué estaba haciendo. En la cabaña no había nadie y la chimenea estaba apagada.

— ¿Dónde está Ojiugo? —preguntó a su segunda esposa, que salió de su cabaña a sacar agua de una cántara gigantesca a la sombra de un arbolito en el centro del recinto.

— Ha ido a hacerse las trenzas.

Okonkwo se mordió los labios y se llenó de ira.

— ¿Dónde están sus hijos? ¿Se los ha llevado? —preguntó con una frialdad y una calma desusadas.

— Aquí están —contestó su primera esposa, la madre de Nwoye. Okonkwo se inclinó y miró en la cabaña. Los hijos de Ojiugo estaban comiendo con los hijos de su primera esposa.

— ¿Te pidió antes de irse que les dieras de comer?

— Sí —mintió la madre de Nwoye, tratando de minimizar el descuido de Ojiugo.

Okonkwo sabía que no decía la verdad. Se volvió a su obi a esperar el regreso de Ojiugo. Y cuando llegó ésta le dio una gran paliza. En su cólera había olvidado que era la Semana de la Paz. Sus dos primeras esposas corrieron alarmadísimas a recordarle que era la semana sagrada.

Pero Okonkwo no era hombre para detenerse a media paliza, ni siquiera por temor de una diosa.

Los vecinos de Okonkwo oyeron los gritos de su esposa y llamaron a voces por encima de los muros del recinto para preguntar qué pasaba. Algunos fueron a verlo por sí mismos. Era inaudito pegar a alguien durante la semana sagrada.

Antes de que anocheciera, Ezeani, que era el sacerdote de la diosa Tierra, Ani, visitó a Okonkwo en su obi. Okonkwo sacó una nuez de cola y la puso ante el sacerdote.

— Llévate tu nuez de cola. No voy a comer en casa de un hombre que no respeta a nuestros dioses y antepasados.

Okonkwo trató de explicarle lo que había hecho su esposa, pero Ezeani no pareció hacerle caso. Llevaba en la mano un báculo corto con el que golpeaba en el suelo para subrayar lo que decía.

— Escúchame —dijo cuando terminó de hablar Okonkwo—. No eres un recién llegado a Umuofia. Sabes igual que yo que nuestros antepasados ordenaron que antes de plantar nada en la tierra observáramos una semana en la que no se dice ni una palabra dura al vecino. Vivimos en paz con nuestros vecinos para honrar a nuestra gran diosa de la tierra, sin cuya bendición no crecerán nuestras cosechas. Has cometido una grave falta —gran golpe del báculo en el suelo—. Tu esposa hizo mal, pero aunque entraras en tu obi y te encontraras con su amante encima de ella hubieras cometido una gran falta al apalearla —nuevo golpe del báculo en el suelo—. La falta que has cometido puede traer la ruina a todo el clan. La diosa Tierra a la que has insultado puede negarse a darnos su fruto y pereceremos todos —ahora su tono pasó de la ira a la exigencia—. Mañana llevarás al santuario de Ani una cabra, una gallina, una medida de paño y cien cauríes —se puso en pie y salió de la cabaña.

Okonkwo hizo lo que le había dicho el sacerdote. También llevó un pote de vino de palma. Interiormente se sentía arrepentido. Pero no era hombre que fuera diciendo a sus vecinos que había cometido un error. Y por eso la gente decía que no respetaba a los dioses del clan. Sus enemigos decían que la buena fortuna se le había subido a la cabeza. Lo calificaban de pajarito nza, que hasta tal punto se olvidaba de todo después de una comida fuerte, que desafiaba hasta a su chi.

Durante la Semana de la Paz no se trabajaba en absoluto. La gente visitaba a sus vecinos y bebía vino de palma. Aquel año no se habló de nada más que del nso-ani que había cometido Okonkwo. Era la primera vez en muchos años que un hombre rompía la paz sagrada. Ni los más ancianos del lugar podían recordar más que una o dos ocasiones así en algún momento del remoto pasado.

Ogbuefi Ezeudu, que era el más anciano del pueblo, estaba diciendo a otros dos hombres que habían ido a visitarlo que el castigo por romper la Paz de Ani se había hecho muy blando en su clan.

— No siempre ha sido así —dijo—. Mi padre me dijo que a él le habían contado que en el pasado si un hombre rompía la paz lo arrastraban por todo el pueblo hasta que moría. Pero al cabo de un tiempo cesó esta costumbre porque rompía la paz que se trataba de mantener.

— Ayer me dijo alguien —dijo uno de los más jóvenes— que en algunos clanes es una abominación que muera alguien durante la Semana de la Paz.

— Y es verdad —continuó Ogbuefi Ezeudu—. En Obodoani tienen esa costumbre. Si muere alguien en esta época no lo entierran, sino que lo echan al Bosque del Mal. Es una mala costumbre la de esa gente, porque carece de comprensión. Echan ahí a muchos hombres y mujeres sin enterrarlos. Y, ¿con qué resultado? Su clan está lleno de los malos espíritus de esos muertos sin enterrar, ansiosos de hacer daño a los vivos.

Tras la Semana de la Paz todos los hombres se pusieron a destrozar terrenos para hacer nuevos campos con sus familias. Se dejó que la maleza cortada se secara y luego se le prendió fuego. Cuando el humo empezó a levantarse hacia el cielo aparecieron de diferentes direcciones milanos que se cernieron sobre los campos en un saludo silencioso. Se aproximaba la temporada de las lluvias, en la que se irían hasta que volviera la temporada seca.

Okonkwo pasó los días siguientes preparando sus ñames para la siembra. Contemplaba cada ñame con mucho cuidado para ver si era bueno para sembrar. A veces decidía que un ñame era demasiado grande para sembrarlo entero y lo partía diestramente con su afilado cuchillo. Su hijo mayor, Nwoye, e Ikemefuna lo ayudaban trayéndole del granero los ñames en cestos alargados y ayudándole a contar las semillas preparadas en grupos de cuatrocientos. A veces Okonkwo le daba a cada uno unos cuantos ñames para prepararlos. Pero siempre advertía errores en su trabajo y se lo decía con muchas amenazas.

— ¿Te crees que estás cortando ñames para la cocina? —le preguntaba a Nwoye—. Si vuelves a partir otro ñame de este tamaño, te rompo la cara. Te crees que todavía eres un niño. Cuando yo tenía tu edad ya empecé a cultivar los campos. Y tú —le decía a Ikemefuna—, ¿es que en tu pueblo no se cultiva el ñame?

En su fuero interno Okonkwo sabía que los dos muchachos eran todavía demasiados chicos para comprender plenamente el difícil arte de preparar los ñames de siembra. Pero consideraba que nunca era demasiado pronto para empezar. El ñame significaba la virilidad, y el hombre que podía alimentar a su familia con ñame de una cosecha a la siguiente era verdaderamente un gran hombre. Okonkwo quería que su hijo fuera un gran agricultor y un gran hombre. Iba a quitarle los inquietantes indicios de pereza que creía advertir ya en él.

— No estoy dispuesto a tener un hijo que no pueda llevar la cabeza bien alta en las reuniones del clan. Antes lo estrangulo con mis propias manos. Y si te quedas mirándome así —juraba—, ¡Amadiora te va a romper la cabeza!

Unos días después cuando la tierra había quedado ablandada por dos o tres grandes lluvias, Okonkwo y su familia fueron a los campos con cestos de ñames para la siembra, con sus azadas y sus machetes, y empezaron a plantar. Fueron haciendo montoncitos de tierra en línea recta por todo el campo y sembrando los ñames dentro de ellos.

El ñame, el rey de las plantas, era un rey muy exigente. Durante tres o cuatro lunas exigía mucho trabajo y una atención constante desde el canto del gallo hasta que se acostaban las gallinas. Los tallos tiernos estaban protegidos contra el calor de la tierra con círculos de hojas de sisal. Cuando arreciaban las lluvias, las mujeres plantaban maíz, melones y alubias entre los montones de ñames. Después se guiaban éstos, primero con palitos y más tarde con ramas de árboles altas y gruesas. Las mujeres quitaban las malas hierbas tres veces en momentos concretos de la vida de los ñames, ni demasiado temprano ni demasiado tarde.

Y ahora ya habían llegado las lluvias, tan densas y persistentes que incluso el hacedor de lluvia del pueblo dijo que ya no podía intervenir. Ya no podía detener la lluvia, igual que no trataría de provocarla en medio de la temporada seca, sin que su salud corriera grave peligro. El dinamismo personal necesario para contrarrestar las fuerzas de aquellos extremos atmosféricos sería demasiado fuerte para la naturaleza humana.

De manera que en medio de la temporada de lluvias nadie se injería en la naturaleza. A veces caía agua en aguaceros tan grandes que el cielo y la tierra parecían fundidos en una humedad gris. Entonces no se sabía si el gruñido sordo del trueno de Amadiora venía de arriba o de abajo. En aquellos momentos, en cada una de las incontables cabañas techadas de bálago de Umuofia, los niños se quedaban sentados en torno a la cocina de sus madres y se contaban cuentos, o se quedaban con su padre en el obi de éste y se calentaban en torno a un fuego de leña y tostaban maíz y se lo comían. Era un breve período de descanso entre la temporada dura y laboriosa de la siembra y la temporada igual de laboriosa, pero animada, del mes de la cosecha.

Ikemefuna había empezado a sentirse parte de la familia de Okonkwo. Seguía acordándose de su madre y de su hermana de tres años, y pasaba por momentos de tristeza y de depresión. Pero él y Nwoye se habían hecho tan amigos que aquellos momentos se iban haciendo menos frecuentes y menos dolorosos. Ikemefuna poseía una reserva inagotable de relatos populares. Incluso los que ya sabía Nwoye los contaba él con un frescor nuevo y con el sabor local de un clan diferente. Nwoye recordaría aquella época vívidamente hasta el fin de sus días. Incluso recordaba cómo se había reído cuando Ikemefuna le contó que el nombre correcto de una mazorca de maíz, con sólo unos cuantos granos dispersos, era ezeagadi-nwayi, o sea, los dientes de una vieja. Nwoye se había acordado inmediatamente de Nwayieke, que vivía cerca del árbol de udala. Tenía más o menos tres dientes y se pasaba la vida fumando en pipa.

Poco a poco las lluvias fueron escampando y haciéndose menos frecuentes, y volvió a distinguirse entre el cielo y la tierra. La lluvia caía en chaparrones ligeros y sesgados en medio del sol y de una brisa leve. Los niños ya no se quedaban en casa, sino que corrían por el pueblo cantando:

La lluvia está cayendo, el sol está brillando,
Sólo Nnadi está comiendo y cocinando.

Nwoye siempre se preguntaba quién era Nnadi y por qué vivía solo y comía y cocinaba solo. Acabó por decidir que Nnadi debía vivir en aquel país en que pasaba el cuento favorito de Ikemefuna, donde la hormiga tiene una corte esplendorosa y la arena no para de bailar.

.

Capítulo V

SE aproximaba el Festival del Nuevo Ñame y Umuofia estaba con ánimo de fiesta. Era una ocasión de dar gracias a Ani, la diosa Tierra y fuente de toda la fecundidad. Ani participaba más en la vida de la gente que ninguna otra deidad. Era la juez final de la moral y la conducta. Y, lo que es más, estaba en estrecha comunión con los padres difuntos del clan, cuyos cadáveres ya se habían entregado a la tierra.

La Fiesta del Nuevo Ñame se celebraba todos los años antes de que empezara la recolección, a fin de honrar a la diosa Tierra y a los espíritus de los antepasados del clan. No se podían comer ñames nuevos hasta haber ofrecido algunos a aquellas fuerzas. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, esperaban el Festival del Nuevo Ñame porque con él se iniciaba la temporada de la abundancia: el año nuevo. La última noche antes del festival todos los que todavía tenían ñames del año pasado se deshacían de ellos. El año nuevo tenía que empezar con ñames nuevos y sabrosos y no con la cosecha seca y fibrosa del año pasado. Todas las ollas, las calabazas y los cuencos de madera se lavaban a fondo, y en especial el mortero de madera en el que se batía el ñame. Las comidas más importantes del festival eran el fu-fú de ñame y la sopa de verduras. Se hacían en tales cantidades que, por mucho que comiera la familia o por muchos amigos v parientes que invitase de los pueblos vecinos, al final del día siempre quedaban cantidades enormes de comida. Siempre se contaba la historia del rico que había puesto a sus invitados un montón de fu-fú tan alto que quienes estaban sentados de un lado no podían ver lo que pasaba del otro, y hasta el atardecer uno de ellos no pudo ver a un cuñado suyo que había llegado durante la comida y le había tocado el otro lado. Hasta entonces no pudieron intercambiar saludos ni darse la mano por encima de lo que quedaba de comida.

O sea, que el Festival del Nuevo Ñame era un motivo de alegría en todo Umuofia. Y todos los hombres de brazo fuerte, como dicen los ibos, habían de invitar a mucha gente de todas partes. Okonkwo siempre invitaba a los parientes de sus esposas, y como ya tenía tres esposas, sus invitados formaban un grupo bastante numeroso.

Pero, Okonkwo, sin saber por qué, nunca se entusiasmaba tanto con las fiestas como los demás. Comía bastante y se podía beber una o dos calabazas bastante grandes de vino de palma. Pero siempre se sentía incómodo cuando se pasaba varios días esperando una fiesta o recuperándose de ella. Hubiera estado mucho más contento trabajando en sus campos.

Ya sólo faltaban tres días para el festival. Las esposas de Okonkwo habían frotado las paredes y las cabañas con tierra roja hasta que reflejaban la luz. Después las habían pintado con dibujos de color blanco, amarillo y verde oscuro. Después se habían puesto a pintarse ellas con madera camote y se habían hecho unos dibujos negros preciosos en el estómago y en la espalda. También los niños iban adornados, sobre todo en la cabeza, que se habían afeitado haciendo dibujos muy bonitos. Las tres mujeres hablaban nerviosas de los parientes a los que habían invitado, y los niños pensaban encantados en los mimos que les iban a prodigar aquellos visitantes del país de sus madres.

También Ikemefuna estaba nervioso. Le parecía que el Festival del Nuevo Ñame era un acontecimiento mucho más importante aquí que en su propio pueblo, lugar que ya estaba empezando a distanciarse y borrarse en su imaginación.

Y entonces estalló la tormenta. Okonkwo, que había estado paseando sin rumbo en su propio recinto con ira contenida encontró de pronto una salida a ésta.

— ¿Quién ha matado este banano? — preguntó.

Inmediatamente cayó el silencio sobre el recinto.

— ¿Quién ha matado este árbol? ¿O estáis todos sordos y mudos?

De hecho, el árbol estaba perfectamente vivo. La segunda mujer de Okonkwo se había limitado a quitarle unas cuantas hojas para envolver comida, y lo dijo. Sin más argumentos Okonkwo le dio una buena paliza y la dejó llorando con su única hija. Ninguna de las otras esposas osó intervenir, salvo para decir de vez en cuando tímidamente: «Ya basta, Okonkwo», desde una distancia prudente.

Ya calmada su ira, Okonkwo decidió irse de caza. Tenía una vieja escopeta oxidada hecha por un herrero muy hábil que había ido a vivir en Umuofia hacía mucho tiempo. Pero aunque Okonkwo era un gran hombre cuyo valor gozaba de universal reconocimiento, no era cazador. De hecho, no había matado ni una rata con su escopeta. De forma que cuando llamó a Ikemefuna para que le trajera el arma, la esposa a la que acababa de dar la paliza murmuró algo relativo a escopetas que nunca disparan. Por desgracia para ella, Okonkwo la oyó y se fue corriendo furioso a su habitación en busca de la escopeta cargada y se la apuntó mientras ella trataba de saltar el muro bajo del granero. Apretó el gatillo y sonó un fuerte disparo acompañado de los gritos de sus esposas y sus hijos. Tiró la escopeta y saltó al granero y allí estaba la mujer, asustadísima y temblorosa, pero totalmente ilesa. Okonkwo dio un gran suspiro y se marchó con la escopeta.

Pese a aquel incidente, el Festival del Nuevo Ñame se celebró con gran alegría en casa de Okonkwo. De madrugada, mientras Okonkwo ofrecía un sacrificio de ñame nuevo y aceite de palma a sus antepasados, les pidió su protección para él, para sus hijos y para las madres de éstos durante el nuevo año.

A medida que avanzaba el día fueron llegando sus parientes políticos de los tres pueblos vecinos, y cada uno traía consigo un cántaro de vino de palma. Y estuvieron comiendo y bebiendo hasta la noche, cuando los parientes políticos de Okonkwo empezaron a irse a sus casas. El segundo día del año nuevo era el día del gran combate deportivo entre el pueblo de Okonkwo y sus vecinos. Es difícil decir lo que más gustaba a la gente: los festejos y la camaradería del primer día o el combate del segundo. Pero había una mujer que no tenía la menor duda. Era la segunda esposa de Okonkwo, Ekwefi, a la que casi le había pegado un tiro. No había festival en todas las estaciones del año que le gustara más que el de la lucha. Hacía muchos años, cuando Ekwefi era la belleza del pueblo, Okonkwo había conquistado su corazón al vencer al Gato en el mayor combate en memoria humana. No se casó con él entonces porque Okonkwo era demasiado pobre para pagar su dote. Pero unos años después se escapó de la casa de su marido y se fue a vivir con Okonkwo. Todo aquello había ocurrido hacía mucho tiempo. Ahora Ekwefi era una mujer de cuarenta y cinco años que había sufrido mucho en la vida. Pero la lucha le seguía gustando tanto como hacía treinta años.

Todavía no era el mediodía del segundo día del Festival del Nuevo Ñame. Ekwefi y su hija única, Ezinma, estaban sentadas junto a la chimenea esperando a que hirviera el agua de la olla. En el mortero de madera estaba la gallina que acababa de matar Ekwefi. Empezó a hervir el agua y con un movimiento diestro Ekwefi levantó la olla del fuego y vertió el agua hirviendo sobre la gallina. Volvió a colocar la olla vacía en el redondel del rincón y se miró las palmas de las manos, que estaban negras de hollín. A Ezinma siempre le sorprendía que su madre pudiera levantar una olla del fuego sin protegerse las manos con algo.

— Ekwefi —preguntó—, ¿es cierto que cuando eres mayor no te quema el fuego?

—Ezinma, al contrario que casi todos los niños, llamaba a su madre por su nombre.

— Sí —replicó Ekwefi, demasiado ocupada para discutir. Su hija sólo tenía diez años, pero era muy lista para su edad.

— Pero a la madre de Nwoye se le cayó la olla de sopa caliente el otro día y se le rompió en el suelo.

Ekwefi le dio la vuelta a la gallina en el mortero y empezó a desplumarla.

— Ekwefi —dijo Ezinma que la ayudaba a desplumar—, me tiembla el párpado.

— Será que vas a llorar —dijo su madre.

— No —dijo Ezinma—, es el otro párpado, el de arriba.

— Entonces es que vas a ver algo.

— ¿Qué voy a ver? —preguntó.

— ¿Cómo voy a saberlo yo? —Ekwefi quería que lo averiguara por sí sola.

— Ajá —dijo por fin Ezinma—. Ya sé lo que es: la lucha.

Por fin quedó desplumada la gallina. Ekwefi trató de arrancarle el pico, pero era demasiado duro. Se dio la vuelta en el taburete y puso el pico un momento en el fuego. Volvió a tirar y lo arrancó.

— ¡Ekwefi! —llamó una voz de una de las otras cabañas. Era la madre de Nwoye, la primera esposa de Okonkwo.

— ¿Es a mí? —respondió Ekwefi. Así era como respondía la gente a las llamadas que llegaban de fuera. Nunca respondía que sí por miedo a que fuera un espíritu del mal el que llamaba.

— ¿Quieres darle a Ezinma un poco de fuego para que me lo traiga? —sus propios hijos e Ikemefuna se habían ido al río.

Ekwefi puso unas brasas en una olla rota y Ezinma atravesó el recinto recién barrido para dárselas a la madre de Nwoye.

— Gracias, Nma —le dijo. Estaba pelando ñames nuevos y en un cesto a su lado había verduras y alubias.

— Déjame que te haga el fuego —ofreció Ezinma.

— Gracias, Ezigbo —contestó. Solía llamarla Ezigbo, que significa «niña buena».

Ezinma salió y trajo unos cuantos palos de un montón enorme de leña. Los hizo astillas con la planta del pie y empezó a soplar para hacer el fuego.

— Te vas a ahogar —dijo la madre de Nwoye al mirar por encima de los ñames

que estaba pelando—. Usa el atizador —se levantó y sacó el atizador que estaba puesto en las vigas. En cuanto se puso en pie, la cabra inquieta que había estado comiéndose obediente las peladuras de ñame echó el diente a los ñames de verdad, agarró dos bocados y huyó de la cabaña para ir a masticarlo todo en el redil. La madre de Nwoye la maldijo y volvió a sentarse a pelar. El fuego de Ezinma ya echaba grandes nubes de humo. Siguió dándole aire hasta que aparecieron las llamas. La madre de Nwoye le dio las gracias y ella se volvió a la cabaña de su madre.

En aquel momento empezaron a oír el ritmo distante de los tambores. Llegaba desde la dirección del ilo, el par) que de juegos del pueblo. Cada pueblo tenía su propio ilo, que era tan antiguo como el propio pueblo y donde se celebraban todas las grandes ceremonias y los bailes. Los tambores tocaban la danza inconfundible de la lucha: rápida, ligera y alegre, y la canción llegaba flotando en el viento.

Okonkwo carraspeó y movió los pies al ritmo de los tambores. Le llenaba de fuego, como había ocurrido siempre, desde que era joven. Temblaba de ganas de vencer y dominar. Era como desear a una mujer.

— Vamos a llegar tarde a la lucha — dijo Ezinma a su madre.

— No empiezan hasta que cae el sol.

— Pero ya están tocando los tambores.

— Sí. Los tambores empiezan al mediodía, pero la lucha espera hasta que empieza a caer el sol Ve a ver si tu padre ha traído ñames para la tarde.

— Sí. La madre de Nwoye ya está cocinando.

— Entonces vete a traer los nuestros. Tenemos que cocinar en seguida o llegaremos tarde a la lucha.

Ezinma se fue corriendo al granero y se trajo dos ñames del muro bajo.

Ekwefi peló los ñames a toda prisa. La cabra inquieta olisqueó y se comió las peladuras. Ekwefi cortó los ñames en trocitos y empezó a preparar un potaje con parte de la gallina.

En aquel momento oyeron que alguien lloraba justo al lado del recinto. Parecía la voz de Obiageli, la hermana de Nwoye.

— ¿Es Obiageli la que llora? —preguntó Ekwefi a la madre de Nwoye, al otro extremo del patio.

— Sí —contestó—. Se le debe haber roto el cántaro del agua.

El llanto sonaba ya muy cerca y pronto llegaron los niños en fila, cada uno de ellos con un recipiente en la cabeza, de distinto tamaño según sus edades. Ikemefuna iba el primero con el recipiente más grande, seguido de cerca por Nwoye y sus dos hermanos menores. Obiageli iba la última, con la cara bañada en lágrimas. Llevaba en la mano el rodete de paño en el que hubiera debido descansar el cántaro de la cabeza.

—¿Qué ha pasado? —preguntó su madre, y Obiageli le contó su triste historia. Su madre la consoló y le prometió comprarle otro cántaro.

Los hermanos menores de Nwoye estaban a punto de contarle a su madre lo que había pasado de verdad cuando Ikemefuna los miró severamente y se callaron. La verdad era que Obiageli había estado haciendo inyanga con su recipiente. Se lo había colocado en la cabeza, había cruzado los brazos y se había puesto a cimbrear la cintura como una chica mayor. Cuando se le cayó el cántaro y se rompió se había echado a reír. No empezó a llorar hasta que llegaron cerca del árbol iroko frente a su recinto.

Seguían sonando los tambores, con su ruido persistente e inmutable. El ruido ya no era algo distinto del pueblo vivo. Era como el latido de su corazón. Vibraba en el aire, en el sol y hasta en los árboles, y llenaba al pueblo de emoción.

Ekwefi puso la parte del potaje que correspondía a su marido en un cuenco y lo tapó. Ezinma se lo llevó a su obi.

Okonkwo ya estaba sentado en una piel de cabra comiéndose lo que le había cocinado su primera esposa. Obiageli, que se lo había llevado de la calaña de su madre, estaba sentada en el suelo esperando a que acabara. Ezinma le puso delante el plato de su madre y se quedó sentada con Obiageli.

— ¡Siéntate como una mujer— le gritó Okonkwo. Ezinma cerró las piernas y las estiró ante ella.

— Padre, ¿vas a ir a ver la lucha? —preguntó Ezinma tras un intervalo correcto.

— Sí contestó —. ¿Y tú?

— Sí —y añadió tras una pausa—: ¿Puedo llevarte la silla?

— No, eso es tarea de chicos — Okonkwo sentía especial cariño por Ezinma. Se parecía mucho a su madre, que había sido la belleza del pueblo. Pero no mostraba su cariño sino en raras ocasiones.

— A obiageli se le ha roto el cántaro hoy —dijo Ezinma.

— Sí, ya me lo ha dicho —contestó Okonkwo entre bocados.

— Padre —dijo Obiageli—, la gente no debe hablar mientras come o se le puede ir la pimienta por el mal camino.

— Eso es muy cierto. ¿Has oído, Ezinma? Tú eres mayor que Obiageli, pero ella tiene más sentido común.

Destapó el plato de su segunda esposa y empezó a comérselo. Obiageli tomó el primer plato y se lo llevó a la cabaña de su madre. Y entonces llegó Nkechi que traía el tercer plato. Nkechi era hija de la tercera esposa de Okonkwo.

A lo lejos seguían sonando los tambores.

(Continuará…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.