Encuentros secretos (III)

Kobo Abe

 

 

[CUADERNO II]

A las cuatro cuarenta y tres me despertó la llamada del caballo.

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En contraste con mi mal humor, debido a la falta de sueño, el caballo se encontraba muy animado, como siempre. Ha mejorado su forma de correr, y con los cascos ya podría competir con caballos auténticos. Los dos pares de patas se sincronizan con pasos marcados a un ritmo regular y se mueven en una unidad inseparable al revelar pequeños desajustes sutiles en el aterrizaje. Lo mejor de todo consiste en la inmovilidad total del tronco. Parecería un caballo de teatro si careciera de movimientos sincronizados. El único defecto es el vicio de sacudir los dos brazos para mantener el equilibrio, pues se ve como un animal con seis patas.

Cuando terminó los ejercicios, el caballo se me acercó con pasos ligeros, levantando los faldones de la camiseta para refrescarse un poco, y me mostró un gesto serio e interrogativo. Lo ignoré, a sabiendas de que me pedía opiniones sobre su mejoría. Le di sándwiches y un termo de café y le informé de manera escueta y sensata que no había podido completar el cuaderno.

Sin embargo, el caballo se interesó por el primer cuaderno, acabado a medias, más de lo que había previsto, y me lo arrebató diciendo que lo leería con calma. A cambio me dio dinero para el segundo cuaderno.

Protesté sin recato:

—Ya basta. Es un juego de nunca acabar, como persiguiéndome a mí mismo. No tengo por qué acceder al trato sin que me digas las condiciones de pago.

Con un gesto contrito en la cara, el caballo revisó con cuidado las últimas páginas y me dijo, frotándose la frente con las puntas de los dedos:

—Qué listo eres. Ciertamente, este cuaderno cumple la función de sondear tu ideología, pero déjame decirte que no has comprendido a cabalidad el propósito del sondeo. Lo único que queríamos indagar era tu fidelidad a tu esposa. Hay que asegurarse primero de que la buscas en serio…

—Qué manera de hablar tan repugnante —respondí sin acobardarme—. ¿Qué clase de hombre se abstendría de buscar a su esposa desaparecida, como si se tratara de algo cotidiano? Me infunde desconfianza esa forma de evadirte del asunto.

—No exageres —dijo el caballo mientras se servía el segundo café, con las patas delanteras cruzadas y las traseras afirmadas para sostener el peso del cuerpo, postura insólita para un caballo—. Trato de ayudarte en la medida de lo posible.

—¿En qué, por ejemplo?

—Por ejemplo, a ver, te ofrecí datos que te podrían servir para aclarar cómo desapareció tu esposa de la sala de espera de pacientes externos, aislada por completo del exterior…

—¿Qué datos?

—Cómo no te diste cuenta…

—Háblame claro.

—La parte inicial del casete, lo primero que escuchas al ponerlo.

—Claro, esa parte me generó una duda a mí también. Como anoté en el cuaderno, nadie sabía a esas alturas quién era yo ni a qué iba…

—¿Te refieres al diálogo que sostuviste con la señora de Mediaciones Mano?

—¿Cómo es posible que estuviera bajo vigilancia desde ese momento? También resulta contradictorio con la explicación que me dieron en la guardia sobre el micrófono escondido…

—Eso es cuestión aparte, que no necesariamente apunta a ti. En principio, todas las conversaciones con los clientes en las agencias de mediación son grabadas en la sala general de consultas preliminares. Hice una solicitud especial para que me concedieran partes relacionadas contigo para completar los materiales. Compáralas con las grabaciones realizadas en la guardia, y te darás cuenta enseguida de que la calidad del sonido es totalmente diferente. Ya debes estar más o menos al tanto de la situación interna del hospital. La reforma estructural de la institución médica no siempre es compatible con el saneamiento financiero del hospital, sabes. No estoy muy de acuerdo con la idea de sacar provecho de agencias de mediación, pero creo que de momento existen como un mal necesario.

El caballo sacó a colación el caso reciente de un paciente desafortunado: un señor de mediana edad esperaba la llegada de un autobús en una parada y por ahí pasó una muchacha montada en una bicicleta que llevaba una sola mano en el manillar y con la otra cargaba un bolso plástico transparente con cincuenta huevos; torpe a simple vista, la muchacha avanzaba tambaleante cuando, por mala suerte, dos camiones —que ocuparían todo lo ancho de la calle— llegaron al mismo tiempo, uno desde el frente y el otro desde atrás; convencido por cálculos mentales de que los camiones se cruzarían justo en el punto por donde pasaba la muchacha, el señor imaginó la escena en que la mujer iba de cabeza hacia el poste eléctrico, con el bolso plástico estrellado contra el muro de bloques de cemento, y vio la imagen de aquellos cincuenta huevos convertidos en un líquido viscoso color amarillo. Lo vio con tanta nitidez que se acurrucó —se sentía muy mal—, hasta quedar totalmente desmayado. (De paso me permito aclarar que, desde luego, los camiones se cruzaron sin ningún percance y el contenido del bolso plástico eran puras bolitas de ping-pong).

La ambulancia llegó a los trece minutos. Como era de día, una agencia se encargó de los trámites para ingresar al hombre en el hospital. Las preguntas que le hicieron a la agencia fueron transmitidas en vivo a la sala general de consultas previas, donde se mantenían atentos frente a los altavoces los médicos de seis secciones relativamente pequeñas y de alto grado de especialización: aparato circulatorio periférico, secreciones internas, metabolismo celular, nervocirugía, adicción medicinal, nervios sensitivos.

Según el acuerdo mutuo, la agencia debía tratar de convencer a los pacientes de que obedecieran la orden enviada desde la sala general de consultas previas, pero al mismo tiempo tenía derecho, el paciente mismo o sus familiares en caso de que se encontraran en condiciones de hacerlo, a manifestar su voluntad, que siempre sería respetada, y la mayoría prefería dirigirse a las secciones grandes y ordinarias, como las de medicina interna, cirugía plástica o psiquiatría. Esto genera un problema grave para las secciones minoritarias, que desde luego no podían reprochar la ignorancia de los pacientes que no sabían detectar su mal con exactitud. En casos extremos esas secciones solo contaban —como pacientes internos— con los mismos médicos y enfermeras, que se hospitalizaban solo por sentido de solidaridad. Lo ideal sería agrupar esas secciones en una sola sección más general como la de consultas previas, pero desde el punto de vista financiero era mucho más razonable deshacerse de las ramas demasiado especializadas, incapaces de atraer pacientes. Las secciones disputaban cada año con mayor saña por los pacientes, para ganar puntos a su favor en busca de un posible aumento presupuestario.

Ahora, el señor ingresado llega sin conciencia y sin compañía de familiares, y se convierte en una presa apetecible para los médicos de las secciones especializadas. Además, lo que afirmaron los testigos —sin poder imaginarse jamás que fue por culpa de una muchacha que andaba en bicicleta con un montón de huevos en la mano— reforzó la hipótesis de que el hombre, no muy viejo y sin rastros de enfermedades pasadas, se desmayó por alguna causa desconocida, ajena por completo a ataques o espasmos y, enteradas de que seguía en estado de coma, todas las secciones reclamaron el derecho de acogerlo bajo su tutela. En general no tardaban mucho en llegar a un acuerdo al cabo de ciertas negociaciones, pero por algún azar desfavorable ninguna se prestó a ceder, y se generó una lucha interna a muerte, con calumnias mutuas sobre asuntos tan ajenos como la promiscuidad con mujeres o las jugadas torpes de algunos médicos.

Imposibilitada de preparar los documentos necesarios para el ingreso sin contar con la respuesta de la sala general de consultas previas, la agencia permaneció impaciente y a la espera durante un largo rato, quemando tiempo con cualquier pretexto, hasta que el hombre falleció, tras empeorar repentinamente. Fue obvio que ahí se presentara la sección de resucitación para llevarse a la presa.

El hombre revivió gracias a la atención recibida en la sección de resucitación, que, desinteresada del tratamiento, dejó luego abandonado al paciente agradecido, hasta que murió otra vez. Provista de médicos adiestrados, la sección de resucitación logró reanimar de nuevo al hombre, quien hasta hoy día vive agradecido, muriendo y resucitando cada cuatro o cinco días.

—Pero ¿eso qué tiene que ver con el paradero de mi esposa?

—¿Y quién te ha dicho que tiene algo que ver?

—¿Acaso tú mismo no has dicho que en la parte inicial del casete había datos para aclarar el enigma del espacio cerrado?

—Me he referido a la parte anterior. ¿No te fijaste en la escena corta como de diez segundos?

—No había nada.

—No lo escuchaste bien, entonces. Seguramente lo tomaste por un ruido irrelevante. Escúchalo con más atención cuando vuelvas.

—¿Qué hay ahí?

—Escúchalo tú primero, y luego discutimos.

—Si hay una pista tan concreta, ¿por qué no la seguimos ahora mismo en lugar de estar perdiendo tiempo con el cuaderno…?

—Tú eres el que está perdiendo tiempo. ¿O te frenaste adrede por algún asunto que te hiciera titubear?

—Nada de eso.

—Muy bien. ¿Y no se te ocurre más que enviar botes de rescate cuando desaparece un barco tras emitir una señal de auxilio? A veces resulta más eficiente encender los faros. Aparte de estar olisqueando sin cesar como un perro, debes pensar en medidas más prácticas, como iluminar la ruta de regreso para los extraviados. Te sugerí la idea de hacer apuntes en el cuaderno para que tuvieras un mapa para orientar a tu esposa cuando se dispusiera para el regreso, sabes. Hay que ver el resultado antes de que lo juzgues como un esfuerzo estéril.

No me convenció su argumento, pero tenía fuerza para someterme. Irritado al verme incapaz de refutarlo, me vi en el estado mental de un hombre inocente que se declara culpable sin haber cometido ningún crimen. Tras despedirme del caballo, volví al cuarto para poner el primer casete en la grabadora y detecté en efecto unos ruidos que requerían un examen más cuidadoso.

Salí al sótano de la sede central para comprar el segundo cuaderno y de paso subí en el ascensor hasta el último piso para asomarme a la oficina del subdirector. Acababa de entrar la secretaria. Le reclamé dos pastillas alentadoras y una llave antes de dirigirme a la sala de guardia, ubicada al otro lado del pasillo, con el objetivo de cerciorarme de las posiciones de posibles micrófonos escondidos alrededor de la sala de espera de pacientes externos. Resultó que solo había micrófonos instalados dentro de la farmacia. Enterado de la distribución de los micrófonos, podría analizar mejor los ruidos inciertos. Creo que estaba un poco exaltado, pues me apresuré a volver al cuarto sin hacerle caso a la secretaria, que quería entablar una conversación conmigo y me hacía preguntas sobre el caballo.

Para empezar, esbocé un plano aproximado de la sala de espera de pacientes externos, incluyendo la farmacia, con la distribución de los micrófonos escondidos. Imaginándome apostado ahí, escuché varias veces la parte inicial del casete. Traté de reconstruir mentalmente los ruidos, prestando atención a los cambios de calidad acústica y volumen según el transcurso del tiempo y la dirección, y lo que antes habían sido simples ruidos se fue transformando en escenas tridimensionales en mi mente.

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Un ruido de viento que golpea contra la ventana de la farmacia… Espera, empezó a soplar después del amanecer… Será el ruido del aire acondicionado… Pasos que se acercan… Sandalias con suelas de caucho… Primero tambaleantes y de pronto nítidos… No, se ha apagado el ruido… Los pasos avanzan con la misma timidez… ¿Qué clase de ruido natural se podría apagar tan de golpe?… Lo escucho de nuevo… No me parece imposible del todo que alguien juegue con estantes de la farmacia… Desaparecen los pasos… Un chirrido metálico, bastante agudo, tras una pausa… Luego, un ruido grave como de algo pesado…

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Y al fin he empezado a escribir de nuevo. Parece que no me queda más remedio que acceder al trato. El caballo sí sabe algo. El hecho mismo de que editó este casete con la escena del ruido al inicio prueba que tiene más información que yo al respecto. O quizá tiene algo más que información.

Me preocupa el destino de este informe. ¿Qué objetivo secreto guardaba el caballo cuando me habló con la metáfora del mapa para orientar a mi esposa en su salida del laberinto? ¿Atribuiría toda la consecuencia al contenido de este informe? La próxima vez que le entregue un cuaderno le pondré una condición: que me aclare su destino a cambio de mi palabra de honor de no mentir, y que me garantice el derecho de suprimir las partes que me puedan perjudicar.

(El segundo casete comienza con la escena en que yo, tras la entrevista con el subdirector, me reúno con el jefe de guardia en compañía de la secretaria. La sala de guardia se encontraba en el mismo piso, al otro lado del pasillo. La secretaria me murmuró al oído mientras cruzábamos el pasillo: «El subdirector es impotente». Aunque era un pasillo bastante amplio, no tuve tiempo para responderle en los pocos segundos que tardamos para cruzarlo. No, dejaré de hablar en primera persona para retomar el relato en tercera. El hombre se quedó perplejo, sin saber cómo reaccionar. Carente de intención alguna de calumniar al subdirector, quizá la secretaria solo quiso impresionarlo, sin fijarse siquiera en la reacción de su interlocutor, efecto que logró hasta cierto grado. De por sí los hombres son tan egoístas que toman como provocación cualquier insinuación sexual de una mujer. Además, el hombre se solidarizaba de una u otra manera con la secretaria después de haber compartido esa experiencia anormal de observar de cerca el pene erecto del médico de guardia).

La sala de guardia era casi idéntica a la oficina del subdirector, tanto por el tamaño como por la estructura. Justo a la entrada había una puerta que conducía a otro cuarto anexo, correspondiente a la oficina de la secretaria, y la ventana amplia con doble cristal del fondo aseguraba la luminosidad y la tranquilidad. Había un juego de sillas, también idéntico al de la oficina del subdirector, de tubos metálicos forrados con cuero negro artificial, para las visitas. Fuera de estos no se podría señalar ningún punto en común: mientras la oficina del subdirector era de una sencillez extrema, con predominio del color azul grisáceo de las paredes, desde la alfombra hasta el calendario plástico, excepto un dibujo enmarcado de caballos en cópula, en la sala de guardia se advertía un desorden completo, con todas las paredes cubiertas por paneles de diferentes tamaños, equipados con diales y botones, y grupos de cables multicolores que corrían entre ellos en varias direcciones o colgaban hacia el piso, donde se amontonaban herramientas y piezas de toda clase. Con un poco más de orden y armonía, la sala tendría la apariencia de un estudio de radio o un laboratorio de computación, pero, desprovista por completo de coherencia, no parecía más que una tienda distribuidora de aparatos eléctricos.

Un hombre de bata blanca, agachado de espaldas a la mesa de trabajo colocada junto a la ventana, abandonó completamente su cuerpo sobre la silla giratoria y se quitó los auriculares de la cabeza.

—Hola de nuevo. No me he presentado todavía, pero soy el jefe de guardia.

Era el chofer de la furgoneta que había acompañado al subdirector. El hombre se sintió aliviado, aunque un tanto desconfiado, al reconocer al sujeto. Todo parecía tramado de antemano.

El jefe continuó con presteza, como si hubiera detectado la desconfianza del hombre, en un tono moderado que parecía revelar movimientos de las cuerdas vocales:

—No hay necesidad de presentación ni palabras de introducción, que ya te conozco muy bien.

—Pero ¿por qué…?

El jefe calló, alzando las palmas regordetas de sus manos pesadas. Cogió un objeto rectangular como de cinco centímetros cuadrados de la mesa de trabajo y tocó el botón. Se escuchó un zumbido como el de un mosquito. Sonriendo petulante con el labio inferior pronunciado, el jefe se levantó para alcanzarle el aparato al hombre por encima del escritorio. El mosquito se hizo primero tábano, y luego, a medida que el aparato se acercaba al bolsillo izquierdo del traje, se convirtió en un ruido eléctrico demasiado chillón.

—Saca el contenido del bolsillo.

—Esto es…

—Lo sé. Es ropa femenina de alquiler.

No había más remedio. El hombre metió la mano en el bolsillo y sacó el bulto de tela color beige, que estaba a punto de reventar. El jefe zafó el cinturón con la mano adiestrada y, tras abrir la tapa de la hebilla con las uñas, arrancó una pequeña pila de mercurio. Enseguida el aparato dejó de producir ruido.

—Qué desfachatez.

—Es un emisor de frecuencia modulada. Andando con semejante aparato, ¿cómo no nos enteraríamos de tus conductas al dedillo? Descubierto el truco, ya no te queda ningún misterio, ¿verdad? Ya sabes por qué pudimos llegar al sitio apenas tuvo lugar el suceso.

—Qué gente tan descarada. Claro, ese viejo de la agencia fue prestidigitador profesional…

—Eso no tiene nada que ver. No solo esa agencia, sino todas, están obligadas por reglamento a colocar un emisor pequeño en alguna parte del vestido o de los accesorios de alquiler.

El jefe golpeó el piso suavemente con el tacón para hacer girar la silla y se inclinó sobre la mesa de trabajo para maniobrar un panel grande, instalado en el extremo izquierdo. Contra la pared de al lado se apilaban cincuenta y cuatro máquinas grabadoras de casetes, seis filas horizontales y nueve verticales, con bobinas descubiertas. Algunas estaban en función continua mientras otras se paraban o se ponían en movimiento, al parecer sin ningún orden.

Desde un rincón de la sala llegó un murmullo humano, que resultó ser una voz emitida por una bocina. Se escuchaba con tanta claridad que casi era increíble que el hablante permaneciera invisible. Era un diálogo insignificante entre un hombre y una mujer que arreglaban la cuenta de algo, pero la sensación tan vivaz de la escena remordía a los oyentes. No fue solo la calidad de la bocina y la máquina, sino por la forma asordinada de hablar que, aunque fuera suficiente para los dos dialogantes, resultaba incomprensible fuera del círculo íntimo.

—El B-3 de saque… parece que no le pasó nada grave.

El jefe apagó la máquina para explicarme: salvo algunos casos excepcionales, los que alquilan ropa en las agencias lo hacen con el objetivo de realizar el saque —al hombre también se lo atribuyeron en Mediaciones Mano—, acto que consiste en sacar a algún paciente interno del pabellón o fuera del límite permitido.

En general los pacientes internos no tienen ropa de salida a su disposición, pues reciben visitas en su cuarto o en el salón de encuentros y, cosa obvia, son tales justamente porque no están en condiciones de salir. Pacientes solteros aparte, si los casados tuvieran escondida alguna ropa de salida, originarían una sospecha en sus parejas que los podría meter en un tremendo lío.

Entonces, ¿qué clase de visitantes intentarían sacar pacientes, molestándose en preparar ropa de alquiler? No pueden ser sino adúlteros. Confiados quizá por la coartada de no tener ropa de salida, los pacientes internos, sean hombres o mujeres, se vuelven atrevidos y, según dicen, tienen tres o cuatro veces más posibilidades de cometer adulterio que la gente ordinaria, a tal grado que se ha inventado un sistema de entrega de ropa de alquiler para encuentros secretos entre los mismos pacientes internos. (Al respecto, el subdirector, hombre sagaz, parece desconfiar de la simplificación de evaluar el deseo sexual de los pacientes a partir de la ropa de alquiler. Por ahora me limito a señalar un punto de vista diferente, pues más tarde me referiré en detalle a la filosofía del subdirector respecto de los pacientes).

Alistada la ropa, lo que viene es la selección del lugar. No es una cuestión relevante cuando se trata de un deseo ínfimo, como rascarse una comezón. Entre la sede central y la plaza de tierra colorada se extiende en toda la pendiente del lado sureste el bosque de arces alrededor del cementerio, administrado directamente por el hospital. Además de que ahí abundan losas planas y árboles que prestan sombra, está a menos de diez minutos a pie del pabellón más lejano. Hay que tener cuidado con los ciempiés y el tétanos, y es recomendable evitar movimientos violentos que puedan causar lesiones. Para no arriesgarse es mejor buscar un sitio bajo techo, no expuesto a las miradas ajenas. Por fortuna, hay más de diez hoteles que prestan ese servicio en la zona urbana que está invadiendo el valle abierto entre la sede central y el pabellón de pacientes externos. Allí esperan a los clientes que traen sus bocas abiertas y esa mueca que las hace parecer unos hoyos fruncidos.

Desde la ventana de la sala de guardia se podía observar la localización de todos los puntos de mira. Al valle formado entre los promontorios, conectados en forma de U inversa, entraba desde el noroeste una carretera de cuatro carriles que atravesaba un túnel antes de salir hacia el mar. Había tiendas comerciales en ambos lados de la carretera; allí se apretujaban, además, oficinas y edificios residenciales, que borraban la línea fronteriza entre la zona urbana y el terreno del hospital. La sede central era de una estructura sencilla, con un eje en forma de tubo espigado, sostenido de raíz por cuatro módulos rectangulares, mientras que el pabellón de pacientes externos era una masa hecha de bloques acumulados uno tras otro sin planificación alguna, como un barco armado de la antigua marina. Pudo trazar la ruta aproximada por la cual había perseguido al médico de guardia: al comienzo había orillado el borde interior de la loma por el límite de la zona urbana hasta la carretera y, luego de salir al lado del mar a través del pasillo subterráneo, había caminado hasta este lado de la pendiente por el atajo abierto entre las estatuas sagradas que, ubicado en ángulo recto, no estaba a la vista desde la ventana de la sala de guardia. Supongo que está en dirección del cedro, inclinado por el peso de sus ramas, que tapa todo el lado izquierdo de esta habitación, donde sigo haciendo apuntes en este cuaderno. Según dice el jefe, estos edificios deshabitados y abandonados que están en el terreno que pronto será absorbido por el cementerio son bastante acogedores para los fugados del hospital. Desde luego, se convierten en sitios ideales para encuentros secretos, si los amantes son capaces de aceptar la falta de pequeños lujos, tales como una ducha antes del acto u otras necesidades en el baño.

El jefe y el subdirector se interesaron tanto por el impulso sexual de los adúlteros que quisieron grabar un acto in fraganti. Por casualidad tuvieron un éxito mucho mayor de lo que habían esperado la primera vez, y se volvieron adictos. Pero no necesariamente caían presas deseadas en esos sitios con micrófonos escondidos. Por otro lado, no era factible la idea de instalarlos en todos los lugares de posibles encuentros secretos, porque implicaría un desgaste enorme por la cantidad de monitores necesarios, las pilas que se acababan al cabo de ochenta horas continuas de funcionamiento y el trabajo fastidioso de cambiarlas. Tras una larga sucesión de pruebas y errores, llegaron a establecer un pacto con las agencias, que se harían cargo de colocar pequeños emisores de frecuencia modulada en la ropa de alquiler, objeto indispensable para el saque. Gracias a este truco, ahora podían presenciar escenas íntimas transmitidas en vivo, con eficacia y sin falla alguna.

—No entiendo para qué cometen una acción tan abominable.

—Y tú, ¿para qué guardas en el bolsillo trasero de tus pantalones lo que escamoteaste en el cuarto del médico de guardia?

Ante este ataque inesperado, el hombre se puso a la defensiva. ¿Hasta qué punto está dispuesto el jefe a ayudarlo en la búsqueda de la esposa? Miró el reloj de pulsera para expresar irritación, pero fue ignorado por completo. El jefe alzó el brazo para apuntar el pulgar, por encima de su propio hombro, a las cincuenta y cuatro grabadoras apiladas a su espalda, y continuó con cara de orgullo:

Ya se ha formado una organización a la que pertenecen más de cuatro mil aficionados a grabaciones de encuentros secretos, y cada uno de los miembros tiene derecho a sacar al menos un casete nuevo al mes a cambio de una cuota de dos mil yenes mensuales, lo cual suma en total casi cien millones al año, fuente de ingreso importante de la sala de guardia. Ya han comprado tres transcriptoras y, desde el fin del año pasado, cuentan con un microcomputador que realiza la grabación automática de encuentros secretos. Cuando aparece un cliente de saque, la agencia les comunica por teléfono el código de la emisora correspondiente, y una vez introducido el código, el computador se mantiene en estado de alerta en espera de la señal emitida por un transmisor, con sensor de sonido, que se activa al percibir el despojo de la ropa y pone en marcha las grabadoras sin intervención humana. Con estas instalaciones podrán satisfacer hasta a ocho mil miembros.

—Pero tu caso ha sido excepcional —el jefe bajó la voz para escrutar la mesa de resina acrílica, desde la cual los ojos reflejados le devolvían una mirada inquisidora—. En general el saque no comienza sino hasta después de las dos, pero llegaste a la primera hora de la mañana. Por curiosidad no quise dejar el asunto en el sistema de grabación automática y me quedé escuchando hasta el final. Pero fue una suerte, sabes, porque has llegado a tiempo…

Sintiéndose favorecido por la corriente, el hombre se agarró con cuidado al timón para no desorientarse.

—Quién sabe, a lo mejor ya es tarde para mí.

—La esperanza es lo último que se pierde —dijo sonriendo con la boca redondeada que revelaba sus colmillos como los de un animal manso y degenerado—. El médico de guardia sigue bastante grave, pero de momento no tiene la menor intención de acusarte de lesión involuntaria o allanamiento de morada.

El jefe tocaba los puntos vulnerables del hombre con naturalidad y certeza. La sonrisa con la boca redondeada no le infundía ninguna confianza.

—Fue inevitable. Además de que ya andaba en las nubes, el vigilante, que fue el único testigo, me convenció con elocuencia de que el médico de guardia era…

El hombre sacó el sexto cigarrillo del día y se lo llevó a la boca.

—Prohibido fumar —lo amonestó el jefe con indiferencia—. No te preocupes por el vigilante, que ya he tomado las medidas necesarias. Déjame preguntar si ya ha llegado la declaración remitida al subdirector.

El jefe tocó el botón de interfono para llamar a la estancia.

La estancia, según le explicó, es la oficina de guardia, ubicada en la planta baja del mismo edificio, para seguir los movimientos de los dieciocho vigilantes, divididos en tres grupos, que día y noche se mantienen alertas por turnos en varios puntos importantes. No son pocas las labores que requieren mano de obra a gran escala: entrega de casetes con grabaciones clandestinas a los miembros, recaudación de la cuota, recepción de nuevos miembros, rondas regulares en ciertos sitios claves, operaciones emergentes en casos de riña o robo, entre otras. El trabajo más arduo, que consiste en el cambio de pilas de los más de doscientos micrófonos escondidos y de los aparatos de retransmisión, lo llevan a cabo parejas de dos hombres fornidos que se desplazan de un sitio a otro a toda carrera (a veces uno llevando a cuestas al otro, para ganar más altura). El muchacho con la cabeza rapada, vestido con pantalones deportivos, que se había aparecido de repente para propinarle un golpe en las costillas cuando orinaba de pie, justo en el callejón colindante con el restaurante de pasta, durante la espera, también era uno de esos colaboradores. A decir verdad, no lo agredió con mala intención, sino que solo pasó a verificar la situación bajo una orden enviada por radiotransmisión.

El jefe, siempre mañoso, no se olvidó de agregar, para desviar la ira del hombre, que los zapatos de salto podrían ser un producto atractivo para los trabajadores externos, la mayoría de los cuales eran pacientes de otorrinolaringología, dermatología o psiquiatría, aficionados a las artes marciales como el judo y el karate.

Sonó el timbre del interfono y se escuchó una respuesta mal formulada, como la de un estudiante joven: habían enviado la declaración a un sitio tal, en el momento de entregar ahí al vigilante. Según le aclaró el jefe, se trataba del Laboratorio de Investigaciones Psicolingüísticas, donde lo iban a someter a un detector de mentiras para probar la veracidad de su declaración.

Enseguida el jefe llamó al Laboratorio para preguntar por el resultado y obtuvo la respuesta de que estaba prácticamente comprobada la veracidad de la declaración, aunque todavía faltaba un análisis de detalles.

—Era la esposa del subdirector —dijo el jefe, pronunciando las palabras como si hablara con la lengua enfundada en un preservativo—. Está separada de momento, pero igual es una autoridad en lo que se refiere al detector de mentiras.

—¿Esa declaración ha revelado alguna novedad?

—Qué va —dijo, quitando la tapa interior de la hebilla de la ropa de alquiler—. Mira, tu código es M-73F, memorízalo. Con él puedes sacar de esas cintas cualquier información relacionada contigo cuando quieras. La puedes reclamar ahora mismo. Por lo que veo, estás bastante bien informado.

—¿Estás bromeando? Solo estoy informado de algo insólito que consiste en que mi esposa desapareció de donde nada puede desaparecer. Claro, que no tenga ninguna información también puede ser una información…

Sonó el teléfono para anunciar el segundo saque (primero, si no tenían en cuenta el del hombre) del día. Esta vez el cliente era una mujer morena y robusta, de treinta y dos o treinta y tres años de edad, que alquiló una camiseta vistosa como para un hombre joven y pantalones delgados. Mientras maniobraba el sistema de computación para meter el dato, el jefe murmuró con una voz contenida, enrarecida por la respiración:

—Entre el dicho y el hecho hay mucho trecho. Semejante combinación suele decepcionarnos.

El hombre adelantó el cuerpo sobre el sillón, irritado y molesto como si se hubiese convertido en un gato con su pelaje erizado por la impaciencia de esperar.

—Ahora, ¿en qué me puedes ayudar en concreto?

—No me queda otro remedio, cuando se trata de una orden directamente remitida por el subdirector —dijo el jefe con la barbilla alzada, acariciándose el cuello grueso un tanto torcido con el dorso de la mano—. Como ves, soy el único que permanece aquí todo el tiempo. Incluso, rara vez se permite acceso al personal del hospital, porque aquí se manejan informaciones de importancia suprema. Creo que eres el primer hombre admitido en esta sala.

—Pero estoy en el mismo callejón sin salida a menos que consiga alguna pista nueva.

—Todo depende de tus esfuerzos.

—El señor subdirector me ha sugerido que hable con las encargadas de la limpieza…

—Será en balde. Te enterarás de lo que hablaron en el momento del relevo cuando leas la declaración del vigilante, quien abrió la puerta del pasillo para el personal después de haber comprobado que no había nadie en absoluto. No hay ningún otro testigo.

—Entonces, ¿qué crees que debo hacer?

El hombre subió el tono sin querer, agarrando fuerte los brazos del sillón con las manos. El jefe soltó una carcajada traviesa, frunciendo la boca otra vez, dejando que la carne colgante de los cachetes se inflamara debajo de los ojos, como si fuese pan dulce.

—Para que no te quejes más, dejaré a tu disposición la sala de reproducción, contigua a esta. Así podrás husmear todos los rincones del hospital, convertido en varios hombres invisibles al mismo tiempo —al decirlo, el jefe sacó una bata blanca, almidonada y recién planchada, de una repisa instalada debajo de la mesa de trabajo, y raspó con un cuchillo afilado la superficie del bolsillo del pecho, y quitó dos de las tres rayas negras bordadas ahí—. Te presto esta hasta que decidan formalmente qué cargo te van a asignar. Con ella tendrás acceso libre al comedor.

Al ponérsela, sonó un ruido seco y agradable de almidón rasgado. Era demasiado ancha por los hombros, pero la talla le quedó más o menos justa. El jefe se deslizó entre las máquinas para abrir una puerta y con un gesto invitó al hombre a que pasara a la sala contigua.

(El segundo casete termina con el ruido de la puerta al cerrarse, dejando más de diez segundos de vacío, que, en realidad, abarcan un lapso de casi cinco horas. Lejos de ser insignificante, ese tramo era de importancia suprema para el hombre, que, al cabo de nueve horas desde la desaparición de su esposa, pudo emprender por primera vez una pesquisa propiamente dicha. Tal como le había indicado el jefe, el hombre, tras instalarse en esa pequeña sala de espejos mágicos, se dividió en decenas de vigilantes invisibles para asomarse a cualquier rincón del recinto sin salir ni un segundo de ahí, husmeando y escudriñando los mínimos detalles).

Al comienzo el hombre se desconcertó bajo una fuerte presión cercana al dolor. Era como si se lanzara al aire con un paracaídas, algo que desde luego jamás se había atrevido a probar, pero que había visto en la televisión y en el cine. Sí, se llamaba paracaidismo. Sin abrir el paracaídas de inmediato, la gente, agarrada a un tronco invisible como un gusano, cae con el rostro deformado por la presión del aire hacia la tierra remota, que se ve como en una aerofotografía. Más que caída es una pérdida del mundo exterior. Produce la sensación de experimentarlo en carne viva, quizá porque se asemeja al momento inseguro del despertar.

Rodar de una botella de cerveza sobre el piso de baldosas… Voz de una mujer bastante mayor, enojada por el aire acondicionado demasiado fuerte… Resollar de una persona sin edad, asustada, y frases hechas, irritadas y burocráticas, emitidas por un hombre que la consuela… Pisadas apresuradas de pantuflas que se disipan enseguida… Palabras de insulto hacia la ropa medio húmeda… «¿Qué te importa eso, hombre?», «Bueno, así será de manera general», «Resignémonos, pues», «Calma, que no está nada mal»… Orinar o verter agua del tubo a un vaso… Rodar escalera abajo de una lata de aluminio… Gemido femenino, risas ahogadas, papel desgarrado… Silbido desentonado que suena como una corriente de aire… Maullar de un gato pequeño… «A ver, ¿cómo le diré? No está de acuerdo»…

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Con los auriculares puestos el hombre escuchaba a la vez seis sonidos diferentes, independientes entre sí, tres del lado derecho y tres del izquierdo, porque la grabadora, una máquina especial, tiene seis canales en una pista unidireccional. Tenía que permanecer atento a todos los sonidos. Algunos duraron un largo rato y otros se esfumaron en unos cuantos segundos. Unas escenas desaparecieron para aparecer de nuevo con insistencia y otras se perdieron definitivamente tras un desarrollo fugaz. Parecía que el computador se encargaba de seleccionar los ruidos. El aparato de retransmisión se pone en marcha al percibir un cambio radical de cualidad o volumen del sonido, y la grabación se detiene automáticamente a los tres segundos cuando la voz humana baja de 3,2 de coeficiente de tensión de bandas vocálicas, o los sonidos naturales se repiten con los mismos ritmos y frecuencias. El coeficiente de tensión de bandas vocálicas es la cuantificación de reacciones fisiológicas, correspondientes a una tensión psicológica, mientras que la repetición de los sonidos naturales se mide en función inversa a las acciones humanas que están detrás de ellos.

Por esta razón, el sistema puede procesar, mediante los canales con capacidades reducidas, los sonidos en una medida superior a su límite teórico. En el último año el número total de los aparatos de retransmisión ha alcanzado doscientos catorce, y cada uno de ellos, con ocho canales, cubre el radio de cien metros, lo cual implica, según le explicó el jefe, una capacidad de acciones simultáneas de mil setecientos doce circuitos, número suficiente como para tener el hospital casi por entero bajo su vigilancia.

El objetivo consistía en seguir de manera imparcial los seis transcursos temporales, enrevesados, que corrían en paralelo con pequeños saltos, y tratar de identificar, aunque fuera a retazos, la voz de la esposa, tamizando los ruidos que entraban. Al toparse con algún sonido inquietante, podía detener la cinta para reproducirla cuantas veces quisiera mediante maniobras con los botones del tablero, hasta cerciorarse de su origen. Además, sería posible localizar con exactitud, a través de la decodificación del pulso inscrito al inicio de la grabación, qué aparato de retransmisión la remitió y dónde se encontraba el micrófono escondido que captó el sonido.

El hombre se hizo todo oídos. En prevención quizá de una labor intensa y duradera, la ventana estaba cubierta por una doble cortina de gasa negra y había un sofá cómodo, de un solo brazo. Sin embargo, escéptico ante la idea de buscar el paradero de su esposa con operaciones tan extrañas, no dejó de sentirse inseguro, como si tratara de atrapar bichos minúsculos con una de esas redes que hay en los estadios de béisbol. Al fin y al cabo, todo esto no era más que el percance trivial de una persona ajena al hospital, por más que lo sufriera. Era de extrañarse la generosidad con que le permitieron, sin ponerle problema alguno, el acceso pleno al centro del sistema de computación, que, según decía el jefe, tenía un control absoluto de todo el recinto. Aunque no se consideraba digno de ser engañado, no podía librarse de la sospecha de que lo estaban engañando. Quizá hubiese sido mejor apelar al método clásico de buscar testigos y recoger información por sus propios medios.

Mientras tanto, los ruidos fluían uno tras otro sin parar, indiferentes al recelo del hombre, dejándolo indefenso, sin clemencia. Un brote de pequeña esperanza respecto de lo que viniera en el siguiente segundo le acallaba la duda y lo mantenía clavado en el sofá. Cualquier ruido o voz, por mínimo que fuera, parecía exhibir con sarcasmo las pistas a seguir. No sabía si esa sensación se originaba en su avidez por la información o en el carácter de código secreto, innato en los ruidos. De todas maneras, era una afluencia insólita de sonidos: adulaciones, rabias, descontentos, burlas, insinuaciones, envidias, insultos… Y un poco de obscenidad que se filtraba en todo. Principalmente, los murmullos se asemejaban mucho a los de la parte inferior del cuerpo sentado a caballo en el inodoro. Un hombre con remordimiento disfrazado de curiosidad se revela a sí mismo hasta convertirse en otro individuo de carácter opuesto. Adicción aguda a la escucha clandestina. El derrumbe del vínculo con el mundo exterior, sostenido por el eje de la vista, le producía un vértigo parecido a la acrofobia. El mosaico de tiempos paralelos, que podían convivir en un mismo espacio pero que jamás se podrían experimentar simultáneamente, tenía algo en común con la completa oscuridad.

.

En comparación con la vista, el oído tiende a ser pasivo. Con tal de cerrar los ojos desaparece enseguida un petrolero gigantesco de quinientas mil toneladas, pero no es fácil deshacerse del zumbido de un mosquito. Cualquiera descubre un balano adherido al casco del petrolero, pero le cuesta un esfuerzo enorme distinguir una pisada específica en medio del bullicio callejero. Por lo tanto, las labores acústicas cansan más.

Estaba llegando al límite. Se le inflamaba el cuello como si se hubiera puesto un sombrero de plomo que le golpeaba la frente con latidos que le hacían vibrar los globos oculares.

En ese instante se le ocurrió de repente: la esposa ya estaba de vuelta en casa, a la espera del regreso del hombre. Claro… Así tenía que ser… Estaría llamando por teléfono a todos sus conocidos para preguntar por él, que no llegaba. Miró el reloj y se dio cuenta de que ya eran pasadas las seis. Llevaba casi cinco horas frente al tablón. Se le olvidó reportarse por teléfono a la empresa después de haber comunicado la tardanza. Tendría que hacer un montón de trabajos para compensar su falta a aquella reunión importante, a la que iba a asistir el mismo presidente.

De momento debía aflojar la tensión de la vejiga, que llegaba al punto de saturación. Salió directamente de la puerta que conducía al pasillo, sin llamar a la contigua sala de guardia, y se deslizó con pasos disimulados sobre el piso silencioso; sus pisadas cubrieron las baldosas de porcelana color ocre hasta el baño ubicado al lado del ascensor.

(Aquí se reanuda la grabación, registrada en el anverso del segundo casete. La calidad y el volumen no se mantienen estables, a diferencia de la grabación realizada siempre de cerca por el micrófono escondido en el cinturón de la ropa de alquiler. Movimiento de pasos… Ruido de orines cayendo… Abrir y cerrar de una puerta… Sonidos esporádicos crean una sensación de tiempos dispersos, remendados en uno solo.
Sonó el teléfono. Era el caballo que preguntaba por el avance del cuaderno. Sin cohibirme, le respondí con otra pregunta: como él había señalado, se perciben un ambiente extraño y pasos insinuantes al comienzo del primer casete; para poder calificarlos de pistas, ¿tendría él algún fundamento?; ahora le exigiría una opinión franca, pues el regateo de información solo genera una mutua desconfianza.
En vez de responderme, el caballo me invitó a una cena tardía, diciendo que ahí me daría explicaciones detalladas. Y me puso como condición terminar al menos el segundo casete. Muy bien, sé más o menos lo que busca. Se borró la línea del horizonte que se divisaba desde la ventana, y se confundieron el mar y el cielo. Quizá llovería fuerte.
Voy a descansar un rato. Enciendo el octavo cigarro del día, vierto agua caliente en el recipiente de fideos instantáneos y espero unos minutos, tomando la cocacola enlatada. Me quito los lentes de contacto para aplicarme el colirio).

Cuando regresaba del baño, se abrió, como si hubiera estado al acecho, la puerta del cuarto contiguo a la oficina del subdirector y se asomó la mitad del rostro sonriente de la secretaria. El hombre no fue capaz de pasar de largo:

—¿Me prestas el teléfono?

La secretaria empujó la puerta con la cadera y enseguida se retiró al interior. ¿Lo invitaría a pasar? ¿O procuraría mantener la boca cerrada en precaución de los micrófonos omnipresentes?

—Cierra la puerta —dijo con un susurro antes de sentarse sobre el brazo del sofá casi pegado a la pared—. Marca cero para llamadas al exterior…

—No tardo mucho.

Era un aparato moderno con un disco liviano. Mientras escuchaba el primer timbre, el hombre recordó de nuevo las extrañas experiencias vividas en el curso del día y se sintió aliviado, como si se hubiera amparado debajo de un alero en medio de una lluvia torrencial. ¿Cómo no se le habría ocurrido antes? Dentro de unos segundos la esposa tomaría el auricular al otro lado de la línea y se descorrería la cortina para dejar pasar la luz exterior, disipando imágenes fantasiosas de la pantalla. Se fugaría de ahí a toda carrera y jamás volvería a meterse en semejante lío. El hombre sentía resplandecer su gloriosa sanidad debajo de la piel, que reflejaba una luz de neón celeste.

El teléfono seguía sonando.

—No te contestan.

—Estoy llamando a mi casa para ver si…

La secretaria cambió de postura sobre el brazo del sofá, descubriendo la abertura de la bata blanca por donde asomaba una pierna hasta el muslo, que hacía relucir la piel tersa, bronceada y firme. ¿No se pondría más que ropa íntima debajo de la bata blanca?

Había sonado más de diez veces.

—No te contestan.

—Estará ocupada, friendo algo en la cocina.

La secretaria permaneció callada. Sin un mínimo interés en cubrirse la pierna que, estaba consciente, atraía la mirada del hombre, marcaba un ritmo suave con los dedos del pie descalzo. Le dieron ganas de tocarle con los dedos el hoyuelo de la rodilla.

El teléfono seguía sonando y el hombre renunció a los treinta y cinco timbrazos. La secretaria levantó la cadera y se arregló la falda para cubrirse la rodilla, como suelen hacer las mujeres egoístas cuando coquetean con los hombres.

—El comedor de empleados está abierto hasta las ocho y media. ¿Por qué no vienes conmigo?

—Quiero hacer otra llamada.

Con la mirada detenida sobre la mano que discaba, la secretaria dijo adelantando la barbilla hacia el hombro de él:

—A tu empresa.

—¿Cómo lo sabes?

—Ya no habrá nadie.

Fue el contestador automático el que le respondió: «Nuestro horario laboral es hasta las seis de la tar…».

En el momento en que devolvió el auricular al sitio, se escuchó un sonido lejano, como la campanada de un altar budista. El hombre se sintió aún en medio de una caída vertical, mucho después de despertarse del sueño en que había experimentado una caída.

—Esa bata no te queda bien, te la puedes quitar dentro de este edificio… —Con los ojos alzados la secretaria pellizcó un botón de la solapa de su propia bata, dándole un tirón suave. Se vislumbró un sostén escotado, rojo violeta, color que solo sentaría bien a una mujer más blanca—. El subdirector me dio cupones para ti también. Bueno, la bebida alcohólica irá por tu cuenta.

—No tengo apetito.

—Va a ser un trabajo muy largo.

La secretaria se adelantó al pasillo tras su gesto de invitación. El hombre también salió, pero se detuvo con los pies firmes para manifestar que no iba a avanzar más.

—Me gustaría terminar el resto de la cinta cuanto antes…

—Apenas estás en la primera. ¿Para qué te apuras?

—¿Hay tantas?

Sintió que lamía el filo de una navaja. La secretaria abrió la boca, mostrando la campanilla, y rio secamente.

—Claro que sí. Hay miles de micrófonos escondidos en todos los rincones del hospital. ¿Cómo crees que caben tantos en solo seis canales? —La secretaria cruzó en diagonal el pasillo y abrió, sin tocarla siquiera, la puerta de la sala de guardia, para asomarse al interior—. ¿Cuántas cintas se han sumado hoy?…

Acto seguido le respondió el jefe con voz sonora y estrepitosa, como si hubiera estado a la espera:

—Seis y media.

—¿Solo en la mañana?

—Sí, hasta el mediodía…

Inmediatamente la secretaria se volvió sobre los talones y desanduvo el tramo con pisadas que hacían sonar las suelas de hule de sus sandalias rojas. Al cruzarse con él, lo tomó por el brazo, pero el hombre la rechazó por instinto.

—Me han engañado.

—¿Qué quieres decir?

—Se tarda siete horas para escuchar una hora de grabación. Es como perseguir nuestra propia sombra que se va alargando minuto tras minuto. Jamás llegaré a la meta.

—¿Qué quieres? No hay nadie que te pueda ayudar, pues tú eres el único que sabe distinguir la voz de tu esposa.

—Es tan absurdo como ir en bicicleta tras el tren bala que has perdido.

—¿No crees que el mundo sea así? No necesariamente tienes que llegar hasta el final para ganar el premio mayor en el sorteo.

Quizá tenga razón. Contar los días que le quedan para terminar de cumplir la condena puede resultar más realista que soñar con la inocencia en la cárcel. Ahora, si todo esto estaba sucediendo de verdad, ¿no serían más que una reminiscencia triste los días pacíficos que habían pasado con su esposa antes de la desaparición? Sintió como si con un viento fugaz los vellos de los lóbulos de su esposa le hubieran rozado la nariz.

La secretaria lo buscó con la mirada, que se aferró a él como si lo tomara del brazo. Era una mujer tan bien perfilada que casi lo irritaba. En cambio, la imagen de su esposa ya se había desvanecido como la clara de un huevo batido.

—Ánimo, tienes cara de haber visto demasiadas telenovelas de medianoche…

Tras lanzar una mirada rápida a la línea fronteriza entre el cielorraso y la pared, la secretaria se colocó un dedo sobre los labios y empezó a caminar con pasos agitados. Instigado por ese gesto teatral, el hombre también se puso en marcha.

Según indicaba la lucecita, el ascensor iba por el cuarto piso y tendrían que esperar un buen rato. El pasillo relucía como el interior de un cilindro bruñido con lubricante, bajo luces crepusculares que entraban de los tragaluces encajados en los dos extremos. Al recorrer el espacio con una mirada cautelosa, la secretaria le mostró una sonrisa cómplice con sus ojos un tanto alzados, pero empezó a hablar de cosas insignificantes (más tarde le explicaría que se trataba de un acto para despistar la vigilancia, considerando que algún micrófono pudiera estar escondido).

—Nos encontramos en el centro del edificio, que tiene una estructura simétrica. Todo este lado es de uso del subdirector. El otro lado estaba destinado originalmente al director, pero hace tres años convirtieron gran parte, incluyendo la oficina del director, la sala de reunión y el cuarto de la secretaria, en archivos para guardar esa enorme cantidad de cintas. Dentro de dos, tres años estarán repletos de nuevo…

—¿El director se mudó a otra parte?

La secretaria solo inclinó la cabeza sin contestar. Llegó el ascensor. Apenas lo abordaron, la secretaria apretó el botón rojo. «Full», dijo, sonriendo maliciosa, con pequeñas arrugas sobre su nariz. Así permanecieron, a solas, hasta llegar directamente al segundo nivel del sótano.

(Continuará…)

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