Encuentros secretos (II)

Kobo Abe

 

 

Logró ubicar un claro donde se interrumpía la reja y vio que desde ahí se extendía hacia arriba una pendiente de concreto con relieves antideslizantes. La puerta indicada se encontraba al fondo. Al lado del alumbrado rojo sobresalía en diagonal un objeto en forma de tubo, que debía de ser una cámara vigilante. El hombre apretó el botón negro, justo debajo del rojo, de uso exclusivo para las ambulancias, y enseguida le respondió una voz por interfono. Al darle el número de recepción de Mediaciones Mano, se abrió la puerta, que parecía moverse en automático a control remoto. La sensación de un vacío de aspecto demasiado gris se le adhirió a la cara como un papel mojado y frío.

A medida que los ojos se acostumbraban, el gris bruñido se fue transformando en una sala de espera blanca, no tan amplia, destinada quizá solo a pacientes de urgencias. Una cuarta parte estaba reservada a una cama para casos imprevistos. El piso era de losas, al igual que los de muchas salas de operación, y el aparato de luz del cielorraso era desplazable. Quizá ahí mismo operaban si había necesidad. La ventanilla estaba al frente de la salida de emergencia y había dos puertas juntas a la derecha. La puerta del fondo tenía una capa de acero inoxidable. La pared que de ahí se extendía en línea recta estaba ocupada casi por entero por la puerta grande del ascensor de carga. Salvo la puerta con cubierta de acero inoxidable, todo era blanco, incluyendo el marco de la ventanilla y la cortina corrida al otro lado del cristal.

El hombre se desconcertó ante el blanco homogéneo, cuyo carácter impersonal le producía un efecto agresivo, capaz de congelar los sentimientos humanos, y sintió aún más lejana a su esposa.

Se abrió la cortina. La ventanilla se movió como a la mitad de su anchura para descubrir la cara polvorienta de un viejo con la vista alzada. El hombre se decepcionó doblemente ante el gesto distraído e indiferente del recién llegado.

No hubo necesidad de presentarse, pues el vigilante sabía para qué lo buscaba el hombre. Buen síntoma, que evidenciaba que su esposa sí había pasado por ahí. Al sentir que se le relajaban todas las coyunturas del cuerpo al mismo tiempo, el hombre se dio cuenta de lo nervioso y tenso que había estado hasta entonces. Debido quizás a la remuneración ofrecida por Mediaciones Mano, el vigilante se puso de un momento a otro mucho más elocuente de lo necesario. Le habría parecido indiferente quizá porque se sumía en sus pensamientos. Tenía una curiosa manera de lamerse el labio superior, sacando de cuando en cuando la punta extrañamente roja de la lengua cuando hablaba. ¿Parecería más viejo de lo que era por las manchas de vejez en los pómulos y el cabello blanco?

En fin, hablaba demasiado. Tanta verborrea no servía de nada para aclarar algo tan sencillo como el paradero de su esposa. Actuaba como si tratara de revolver el sedimento de un tarro, para enturbiar el agua. El hombre se inquietó de nuevo.

(El contador marca 68—: la grabación clandestina se interrumpe después de la charla con la mujer de Mediaciones Mano y se reanuda por aquí. La notable diferencia en calidad del sonido indica que la conversación fue grabada de manera distinta que la del otro micrófono. De la escena que comienza a partir del 68 elimino la explicación referente al rechazo a la consulta que manifestó mi esposa antes de dirigirse a la sala de espera de pacientes externos en busca de una moneda de diez yenes —206 del contador—, ya que está relatada en detalle en la declaración del vigilante, antes transcrita. En adelante, trataré de ordenar, según las palabras evasivas del vigilante, el destino de mi esposa, que ya no merece otro término que desaparición. Me permito aclarar que lo he complementado con datos obtenidos después y con mis reflexiones posteriores).

El vigilante estaba fuera de sí. Habría deseado suprimir todo si no hubiera sido por la visita del hombre.

A las ocho horas con dieciocho minutos, el vigilante acababa de regresar a esta sala, cuando lo llamaron de Mediaciones Mano. En general, el proceso de relevo se realiza de la siguiente manera: el vigilante se peina mirándose en un espejo de mano y cuenta el número de pelos caídos antes de ajustarse la bata blanca, pues la bata de los vigilante, que solo llega a la cintura, tiene dobladillos negros en las solapas, propensos a desordenarse. Después de confirmar que no se observa anomalía en el manojo de llaves, atraviesa la puerta que está al frente de la salida de emergencia y enfila por un pasillo estrecho, de uso exclusivo del personal, hacia la sala de espera de pacientes externos, de una extensión casi como de una cancha de tenis. Visto desde el lado del portal central, a mano derecha están las ventanillas de la farmacia y de pago, y a la izquierda las de varias secciones. Por el medio se estira un pasillo, como de cinco metros de ancho, hacia el fondo, donde están las salas de consulta y examen, pero a esas horas está cerrado por un postigo contrafuego. Encima de la ventanilla de la farmacia se instala un tablero electrónico para anunciar el número del paciente que debe pasar a reclamar su medicina. Frente al tablero se colocan cuatro filas de nueve bancos, mobiliario que ocupa el mayor espacio de la sala. En un rincón al lado izquierdo del postigo hay un pequeño portillo, detrás del cual la persona de servicio diurno pasa la lista de limpiadoras. A las ocho menos cinco, cuando suena el timbre, el vigilante recorre con la mirada la sala entera, antes de quitar el candado del portillo. La persona de servicio diurno ingresa agachada con la bata blanca corta, idéntica a la del vigilante, con los dobladillos en la solapa. Tras cambiar los saludos de siempre, el vigilante le entrega el manojo de llaves y, en caso necesario, le hace, sea de manera oral o escrita, un informe escueto. A esas alturas los farmacéuticos y los oficinistas empiezan a llegar, según el rango y la categoría. Bajan del segundo piso (ubicado al nivel de la entrada y salida, porque el edificio está situado a mitad de la ladera de una loma), donde hay casilleros de uso exclusivo para los empleados. Descienden por la escalera que los conduce directamente a sus oficinas; la sala de espera permanece en silencio, pese al bullicio que se percibe detrás de las ventanillas todavía cerradas. Los dos vigilantes hacen un recorrido por la sala de espera, acto ceremonioso que no tiene ningún significado. Consumado así el relevo, el vigilante de servicio diurno abre el baño para visitantes y el armario de instrumentos de limpieza y, con la señal que lanza a través del portillo, las cinco limpiadoras irrumpen alegres, entretenidas con chismes cotidianos, para iniciar sus labores diarias. El de servicio diurno se dirige al puesto de vigilancia, mientras el de servicio nocturno se libera de su trabajo.

Sin embargo, otro gallo cantó esa mañana: quedaba pendiente la paciente que habían traído en la ambulancia. Habían pasado casi cinco horas desde que se fue a la sala de espera de pacientes externos a buscar monedas de diez yenes. Nadie había ido a recogerla. Presagio nada positivo. Una sensación áspera, como la de un cigarrillo a medio quemar en el fondo de un cenicero, pero sin ánimo para averiguarlo, vaya a saber por qué. Para qué molestarse a esas alturas. Se habría cansado de buscar monedas y, tras un descanso, se habría quedado dormida en uno de los bancos. Debía pensar en cómo conseguirle ropa para que se pudiera marchar por la salida de emergencia antes de la hora del relevo. No le sería complicado dejarla en manos de alguna factoría, con pago diferido.

Y terminó pasando lo peor que se pudiera imaginar: la mujer se había esfumado. En la sala despejada que no se prestaba a ningún escondite, el vigilante recorrió con cuidado supremo todos los rincones, detrás de las columnas, en los huecos de las paredes, por debajo de los bancos. Revisó, a sabiendas de que era en balde, todas las puertas que comunicaban la sala de espera con las oficinas de la farmacia, pago y recepción, y confirmó que todas estaban trancadas desde el interior.

Qué lío más fastidioso. ¿Cómo lo explicaría al vigilante de servicio diurno? De noche esta sala de espera de pacientes externos se convertía en un callejón sin salida, cuyo único escape era la salida de emergencia. Típico espacio cerrado, que aparece con frecuencia en novelas policíacas. Desde luego, el vigilante había reflexionado a su manera. Podría haber otras vías de escape, pero ninguna se habilitaba sin ayuda de algún cómplice. Las puertas, sin excepción, no se podían abrir sin llaves desde el lado de la sala de espera, a pesar de que desde el interior bastaba con girar los pomos.

¿Quién se atrevería a tal osadía? Había una posibilidad, que no dejaba de ser una sospecha infundada del vigilante. Si acaso acertara, podría ser peor todavía. Una acusación sin pruebas le costaría cara. Por otro lado, no debería despachar la desaparición de la mujer en un informe escueto. Enseguida le caería la sospecha de que estaba dormido en horas laborales. Claro, la mejor solución era ignorarla por completo.

El vigilante se decidió a no revelar ni una palabra sobre la mujer desaparecida.

Apenas tomada la decisión, lo llamaron de Mediaciones Mano para avisarle de la visita del hombre. Mala suerte. Era obvio para qué lo buscaba: se trataba de esa mujer. Querría evitarlo si pudiera. Pero si rehusaba atenderlo, iría enseguida con el vigilante de servicio diurno, lo cual sería peor. Tarde o temprano descubrirían la falla cometida en el momento del relevo. La omisión voluntaria en el informe significaba una infracción grave, especificada en el reglamento laboral. No tenía sentido ser sancionado por causa de un adulterio ajeno. No le quedaba más salida que atenderlo.

No le resultaría difícil torear a un hombre con cuernos puestos en la madrugada.

(Adjunto aquí la copia del último renglón del libro de registro de urgencias).

—Creo que te refieres a esta mujer —dijo el vigilante con la típica voz ronca de trasnochado, mientras deslizaba el libro de registro con tapas duras a través de la ventanilla. En el último renglón de la página abierta había una columna a medio llenar, tachada por dos líneas de tinta roja, seguramente para señalar la anulación.

—La edad es la de ella, y es muy probable que llegara aquí a esas horas.

—Si esta es la persona que buscas, no podré serte de gran ayuda. Como ves, dejó en blanco el nombre y la dirección. Oficialmente no se registró siquiera.

—¿No te parece extraño que no haya vuelto desde que se la llevaron de urgencia?La buscaría por mi cuenta si me dijeras dónde podría estar.

—Desde luego podría estar aquí.

—¿Aquí…?

Se percibió una onda de tensión en la postura y la mirada del hombre. El vigilante le mostró una sonrisa incómoda. Los dos dientes reforzados relucían demasiado blancos.

—Bueno, lo digo porque creo que será inútil buscarla en otras partes si no está aquí.

—¿O sea que está aquí?

—¿Acaso la ves?

El vigilante se retiró para que el hombre pudiera observar mejor el espacio. La estación de guardia era un tubo rectangular, muy sencillo, como de ocho tatamis, equipado con estantes y escritorios armados con tubos de acero, sin un rincón para esconderse.

—No me parece probable que se atreva a salir con esa ropa.

—Claro, con esa ropa.

—¿Será mejor reportarlo a la policía?

—Yo no soportaría semejante humillación… ¿No ves que se trata de una mujer de treinta y un años, hecha y derecha? Sería vergonzoso patalear tanto.

—Pero quién se creería algo tan extravagante. Es casi como un conejo que se esfuma dentro del sombrero de un prestidigitador…

—Bueno, cualquier prestidigitación tiene su truco.

—¿Adónde llega ese ascensor?

La mirada del hombre sometió el ascensor al dominio de sus movimientos, mientras el vigilante reaccionaba sin perder tiempo. Apenas salió de la puerta, lo miró con descaro de pies a cabeza como si se preparara a detenerlo.

—Oye, qué necio eres. Ese ascensor llega directo al tercer piso, donde están la sala de descanso de los médicos de turno, la sección de enfermeras y la sala de tratamientos de urgencias. Suben pacientes de urgencias registrados y bajan cadáveres reconocidos por los médicos… Pero tu esposa, que no es ni uno ni lo otro, no lo abordó, te lo aseguro.

—Entonces, ¿dónde puede estar?

El vigilante se volvió para abrir la puerta con capa de acero, pesada y lisa, y enseguida flotaron a sus pies varias capas invisibles de aire helado.

—Este es el depósito de cadáveres, equipado con el sistema de congelación. Muy útil cuando está desocupado, pues aquí puedo enfriar cervezas y otras bebidas. Hay empleados que lo usan hasta cuando está ocupado, pero así no me gusta. Solo lo aprovecho cuando no hay cadáveres.

El vigilante sacó una botella de cerveza, bien fría al parecer, y la destapó con habilidad, sujetándola a un ángulo de la manivela, sin derramar ni una sola gota. Metió el brazo por la ventanilla para sacar una taza y, tras limpiar el borde con la yema de un dedo, la sirvió lentamente.

—Contesta lo que te he preguntado.

El vigilante vació la taza de un solo trago y murmuró en voz poco audible mientras volvía a servirse más cerveza:

—Si quieres, déjame tu teléfono, y te llamaré en cuanto sepa algo.

El hombre, silencioso, clavó su mirada en las manos del vigilante y la mantuvo así sin inmutarse, hasta que su interlocutor se acabó la botella.

El vigilante parecía sentirse incómodo. Vencido por la inesperada obstinación del hombre, llegó a la conclusión, luego de estar durante un buen rato secándose el sudor y lanzando suspiros, de que le convenía atenderlo con honestidad. Con la mirada detenida en las burbujas que quedaban al fondo de la taza, empezó a hablar en un tono enigmático.

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Lo ideal sería conducirlo a la sala de espera de pacientes externos para que confirmara con sus propios ojos que ese recinto de hecho se convertiría de noche en un callejón sin salida, intransitable, pero lamentablemente ya no será posible, pues ya se ha hecho el relevo con el vigilante de servicio diurno y las limpiadoras han iniciado sus labores diarias. No es recomendable asomarse a estas horas, porque si acaso lo reconocen, se le complicará la operación posterior. Hay que actuar con la mayor cautela posible para lograr el objetivo. Debe confiar en él para convencerse de que al conejo se lo tragó un sombrero y no tuvo vía de escape.

La desaparición de la mujer no fue, como creería el hombre, producto de coincidencias o errores, ya que de ese espacio cerrado nadie se escaparía sin ayuda de algún cómplice. Debe enfrentarse con valentía a este hecho incuestionable, por más duro que le resulte.

Ahora, ¿quién podría ser el cómplice, si de verdad lo hubiera? De inmediato se le ocurre —lo siente por el hombre— el médico joven de urgencias que estaba de turno. Hay médicos y empleados jóvenes en el pabellón central, pero ahí trabajan tan juntos que difícilmente logren escapar a los ojos vigilantes de enfermeras y colegas. Además, deben atravesar un pasillo muy largo y cruzar por debajo de la lámpara de mercurio para llegar al pabellón de pacientes externos, y es muy poco probable que puedan pasar inadvertidos por los vigilantes de ronda, sin originarles sospecha, aun cuando anduvieran en bata blanca, que serviría de salvoconducto. En cambio, los médicos de turno del pabellón de pacientes externos son independientes, con llaves de los casilleros del segundo piso a su disposición, y tienen plena libertad para desplazarse, sin ser vistos, de la sala de descanso del tercer piso a la sala de espera del primer piso. Es decir, tienen todo para ser cómplices. Sobre el cirujano joven en cuestión, soltero aún, con el cabello grasiento, han corrido rumores de sus aventuras con algunas enfermeras. En fin, todo indica que se trata de un encuentro secreto planeado en mutuo acuerdo previo. Claro que es un disparate acudir a la ambulancia para un amorío, pero deben andar con los cerebros llenos de ideas lujuriosas.

—Y no tomaste ninguna medida, a sabiendas de todo eso.

—No quiero pelear con ningún médico.

—¿Por qué les tienes tanto miedo a los médicos?

—¿Acaso no te importaría que anotaran algo siniestro en tu hoja clínica?

—En absoluto, hasta ahora solo me he enfermado de gripe y sarampión.

—Qué valiente eres.

—Dame su teléfono, y yo mismo lo llamaré.

—No te lo recomiendo. No creo que sea tan ingenuo como para delatarse por teléfono. Mejor vas derecho allí, para asegurarte la prueba irrefutable. Si te atreves, te llevo hasta la sala de descanso. Desde ahí podrás seguirle la pista en secreto, pues el sujeto tiene que salir a las nueve. Pero, por favor, no me metas en líos. Soy un paciente ejemplar y debo cuidar mi reputación para conservar este empleo tan agradable.

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Era un ascensor extraño que llegaba solo hasta el tercer piso, sin escala en el segundo. Subía de manera lenta y estruendosa. Tenía un fuerte olor a desinfectante.

El vigilante le había inculcado ciertos comportamientos a seguir para no llamar la atención en el hospital: la vestimenta podría ser cualquiera, pero en tal caso debería limitarse el ámbito y el horario de las acciones, pues debería pasar como visitante o como un empleado de esas empresas que tienen negocios con el hospital; lo ideal sería bata blanca, que, para hablar con exactitud, se clasifica en doce tipos distintos, imposibles de distinguir para ojos inexpertos, según el cargo y la especialidad; es difícil de conseguir porque al comprador siempre le exigen la identificación; quedan los atuendos de pacientes y empleados del hospital; para el primer caso no hay requisito especial, podría ser pijama o ropa ligera para dormir (en este sentido, la esposa del hombre llevaba ropa ideal para pasar inadvertida en el hospital, aunque entre las ocho y las diez de la mañana son escasos los pacientes que andan fuera de sus cuartos); para el segundo, lo mejor, desde luego, es ropa de faena que se note como tal a simple vista; de momento lo que debe hacer el hombre es quitarse el saco y la corbata para aparentar más informalidad y aprovechar la ambivalencia que existe entre un mecánico que se ha quitado la bata blanca sucia y un empleado con ropa de faena agujereada.

El hombre se acordó de repente de las muestras de los zapatos de salto que llevaba en el bolso y le preguntó si le convendría ponérselos, pues en apariencia eran zapatos deportivos comunes y corrientes, salvo por las suelas, un tanto gruesas. El vigilante estaba de acuerdo. En comparación con los zapatos formales de cuero, le producirían una notable impresión de desahogo.

Se bajaron en el extremo de un pasillo. En la pared del fondo había una placa llamativa con letras naranja sobre fondo blanco que decía «Salida nocturna», y señalaba hacia abajo con una flecha. Al volverse hacia el otro lado, vio hacia su mano derecha una fila de ventanas con marcos de aluminio, recortadas en espacios regulares, y el pasillo entero parecía un tubo de luz, a pesar de que no se colaba ninguna luz exterior. A la izquierda encontró en relieves punzantes varias puertas de batientes, similares entre sí, un tragaluz a la altura de la cintura y un espacio rectangular que indicaba el inicio de la escalera hacia abajo. Había una sala de examen médico, tras la cual se encontraba el puesto de enfermeras, que permanecía con el silencio extraño de las funciones de cine mudo, pese a los movimientos apresurados que se escuchaban en el interior. Como por un acto reflejo, el hombre trató de caminar con pasos sigilosos, confiando en los zapatos de salto, que casi no producían ruidos. Al dejar atrás el puesto de enfermeras, desembocaron en la primera escalera.

A decir verdad, había tan solo cuatro peldaños que servirían de enlace con el anexo recién construido, para ajustar el desnivel. Corría un pasaje en diagonal, estrecho y mal iluminado, que se cerraba a pocos metros con un biombo compuesto por un marco y madera terciada. Antes, había una puerta lateral con un cartel que destacaba la inscripción «Privado» en el marco rojo. Al pasarla, entraron en otro pasillo blanco, casi enceguecedor, muy parecido al primero.

Había una escalera y un ascensor. Sin darse cuenta ya se encontraba en el segundo piso. Avanzando en medio de puertas sin señales, baños y depósitos de herramientas, llegaron a una pequeña sala de fumadores que tenía tres bancos de madera, un cenicero sostenido por un tubo metálico, expendedoras automáticas de cigarrillos y café, pegadas a la pared y, junto a estas, una silla de ruedas a punto de desmantelarse. El pasillo se bifurcaba en ese punto. En la bifurcación de la derecha había dos señales, una de letras blancas con fondo verde que decía «Sector 3 de consultas», y señalaba a la derecha con una flecha, y la otra de letras negras con fondo naranja que decía «Médicos para pacientes externos», y señalaba la dirección de donde venían. La segunda bifurcación carecía de señales.

El pasillo sin señales hacía notar con una leve inclinación cerca de la juntura la convivencia de dos edificios que se habían construido en épocas distintas. Hasta ahí un blanco plástico, y en adelante un blanco de pintura barata. Comenzaba el piso de madera que dejaba correr un aire suave, pero húmedo, y las escasas ventanas creaban un ambiente como el del interior de un fuelle, entre blanco y gris.

La sala de descanso de los médicos de guardia se ubicaba al fondo del fuelle. Según la explicación del vigilante, el médico tenía que pasar, adondequiera que fuese, por delante de la sala de fumadores, porque no había ninguna otra salida. A estas alturas el vigilante ya se ponía nervioso y, luego de repetir a modo de despedida que no quería involucrarse y que ya no le podría ser de ayuda, se marchó con pasos apresurados hacia la señal verde, rascándose con insistencia las orejas.

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Eran las ocho cuarenta y tres. Se sentó en uno de los bancos y sintió que los pantalones se le adherían a los muslos por el sudor. Le daban ganas de orinar, pero se quedó inmóvil, con temor a perder la pista. Para no llamar la atención por no estar haciendo nada, sacó una moneda de cien yenes para comprar un café; lo tomó y empezó a sorberlo despacio para ganar tiempo. Había sido una ruta bastante complicada, imposible de desandar a solas. Una enfermera joven, con una jarra humeante de boca ancha en la mano, atravesó deprisa con pasos sigilosos hacia la señal naranja. Susurros metálicos golpeaban sin cesar contra el piso y algo parecido a una cesta llena con platos de aluminio se desplazaba rascando el techo. Creyó percibir durante unos segundos el sollozo ahogado de una mujer, que le llegaba de un punto indefinible.

Cuando hubo tomado como la mitad del café, escuchó abrir y cerrar una puerta al fondo del pasillo sin señal, y unos pasos de zapatos arrastrados sobre el piso de madera se fueron acercando. Era un hombre alto y macizo, tanto que la bata blanca no alcanzaba a cubrirlo bien. Con la barbilla alzada y el busto erguido, caminaba en línea recta como si estuviera deslizándose sobre un riel. Se le veían gruesas las gafas con montura negra.

Como había un solo médico de guardia por noche, según le había explicado el vigilante, para atender pacientes de urgencias, el objeto no podía haber sido otro hombre. ¿De veras habría seducido a su esposa para esconderla en algún sitio? Mejor dicho, ¿su esposa habría montado un teatro para acceder a la cita con este médico? El hombre trató de expandir la memoria por todo el cerebro. Quería verificar si recordaba en la conducta reciente de su esposa algún indicio que se prestara a la sospecha. No había nada turbio. ¿Cómo era posible que lo hubiera engañado con tanta perfección? Se sentía deprimido. De repente la figura del médico sobresalió exageradamente, como si la hubieran proyectado en una pantalla televisiva de colores desajustados.

No fue que me asustara. Aunque parecía delgado debido a la ropa que llevaba puesta, me sentía fuerte y vigoroso gracias a los ejercicios que hacía a diario. No tenía por qué temer a un hombre que quizás era apenas un poco más grande que yo. No fue que me asustara, sino que me frené. No debía perder esta oportunidad única por dejarme llevar por una conmoción instantánea. Insisto en que no fue tan solo una fanfarronería, pues, ya saben, tuve la osadía de trabajar como modelo de desnudos por una temporada. Accedí a la propuesta en la primera ocasión porque me explicaron que era para una revista de ciencia médica deportiva, pero muy pronto me negué cuando supe que en realidad vendían esas fotos a revistas de homosexuales. No me puedo quejar, ya que conseguí el empleo actual de vendedor de artículos deportivos, pero tampoco me ufano de esa experiencia. Según decía mi fotógrafo, las revistas de homosexuales son muy exigentes en cuanto a la calidad de los modelos: no deben ser demasiado agresivos pero los hombres enclenques son peores; nunca les puede faltar cierto grado de agilidad y agresividad.

Me desvié por completo. Para colmo, me había pasado a la primera persona sin querer. Pero quiero que entiendan que fue un momento demasiado tenso para mantener la calma. De hecho, estoy escuchando ahora mismo los pasos, emitidos por la grabadora. El contador marca 874. Producidos por zapatos o más bien pantuflas con suelas delgadas; así el ruido no repercute mucho, pero hay algo que lo agiganta. Quizá se debe a que yo no me moví del banco. Mi respiración sirve de sonido de fondo, como si fuesen olas lejanas. Se vienen acercando los pasos, cada vez con mayor nitidez, al grado de casi transparentar la manera de caminar y el desgaste de los tacones, y empiezan a alejarse cuando están a punto de chocar con el micrófono. Se mezclan con otros ruidos y ahí se acaba el anverso del primer casete. Lo rebobino hasta el 874 del contador. Lo reproduzco de nuevo y otra vez se vienen acercando los pasos. Se vienen acercando cuantas veces se quiera.

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Qué trabajo más extraño me han encargado. Por más que me persigo a mí mismo, lo único que veo es mi propia espalda. Quiero ver más allá. Por ejemplo, el sitio que jamás me imaginé que existiera, hasta que me invadieron los pasos del médico de guardia…, el baldío que sigue expandiéndose sin cesar entre mi esposa y yo desde entonces…, el terreno de nadie donde cualquiera puede caminar a sus anchas…, los celos que se congelaron dejando solo la costura de la pasión como una meseta de lava.

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El médico de guardia no detuvo su mirada en el hombre ni un instante. Giró a la izquierda tras pasar la sala de fumadores y enfiló hacia la señal verde, al igual que el vigilante cuando se marchó. Se fue de largo sin alterar ni la postura ni el ritmo al andar, con los ojos descoloridos y fijos detrás de los lentes gruesos. El hombre se puso de pie, tirando el vaso de papel todavía con café en el cenicero, y empezó a seguirlo al cabo de unos segundos de espera para mantener la distancia de unos quince metros.

Había un ascensor en la primera esquina. El médico de guardia tocó el botón y enseguida se abrió la puerta, pues por casualidad estaba en el mismo piso. El médico lo abordó. No lo alcanzaría. El hombre se puso a correr, pensando que había fallado apenas iniciada la persecución. Avanzó brincando setenta, ochenta centímetros con el cuerpo tambaleante. Llamó la atención al médico, que lo esperó apretando el botón de detención. No hay nada más incómodo que ser tratado con benevolencia por un enemigo. El hombre hizo una venia en silencio, mientras el médico, mudo también, bajó la mirada hacia los pies del otro.

El médico de guardia pulsó el botón del quinto piso y el hombre, simulando no haberse fijado, estiró la mano hacia el mismo botón. Se podía llegar hasta el séptimo. ¿El médico haría alguna diligencia en el hospital? ¿O tendría algún espacio privado para encuentros secretos en el quinto piso?

Al bajar se topó con un vestíbulo sencillo, pulcro y bien iluminado, con una puerta giratoria. Cosa increíble, afuera se extendía un terreno, que no era nada artificial, con tierra montada sobre la terraza o la azotea, sino una superficie auténtica de tierra por donde se podría cavar a fondo. Detrás del porche corría una calle, no muy amplia pero provista de aceras con plantas. Subía hasta el quinto piso para encontrarse en la planta baja. Era una curiosa estructura, resultante quizá del edificio construido a mitad de una loma que había sido excavada, con laderas empinadas.

No había ni recepción ni vigilancia. El hombre salió sin ser visto, siguiendo tras el médico. Sintió que el cuello se le hinchaba bajo el calor repentino. En torno al cenit el cielo se ponía cada vez más oscuro hacia el horizonte. Pronto el smog sería insoportable. Un autobús pequeño entró al porche para arrojar a un grupo de hombres y mujeres en bata blanca. El hospital tendría una extensión inmensa, a juzgar por el autobús que circulaba en el interior.

El paisaje le recordaba un pueblo insignificante. En medio de anexos y laboratorios del hospital, fáciles de reconocer como tales a simple vista, se congregaban tiendas de misceláneas comunes y corrientes y un par de tiendas de cámaras fotográficas. No se sabía a ciencia cierta si el pueblo se instalaba dentro del hospital o el hospital invadía el pueblo. El primer cruce era de dos niveles, y el de abajo tenía una avenida de dos carriles en cada dirección; ambos estaban llenos de coches. Quizá se trataba de una carretera principal que atravesaba el gran terreno, incluso desde antes de que el hospital se ampliara, a caballo entre las dos lomas. En una esquina del cruce se erguía un edificio de cristales que no se sabía si pertenecía a la carretera o al hospital. Alcanzó a descifrar en el último piso unas letras poco llamativas que decían «Colchones de alquiler». Claro, podría ser un negocio fructífero en un local tan cerca del hospital. ¿O formaría parte del hospital?

Luego desembocó en una bifurcación. Por un lado se estiraba una cuesta hacia abajo, muy empinada, y la segunda casa de la esquina era un restaurante pequeño. El médico entró allí con pasos de cliente asiduo. Del alero colgaba un tenedor inmenso a modo de rótulo. Sería un restaurante especializado en pasta. No era un sitio malo para un encuentro secreto. Trató de serenar la respiración y relajar los músculos de las piernas y de los hombros para preparar su irrupción. Pasó de largo, simulando indiferencia, y se dio cuenta de que solo había un cliente. Quizá por la hora, no había nadie más que el médico, mucho menos su esposa. «Recomendación de hoy: Pasta con huevas de bacalao, sopa de miso, 370 yenes»… Una tentación, pero mejor esperar. El médico, concentrado en el menú y sosteniendo una toallita en la mano, no se habría fijado todavía en el hombre. Siguió derecho hasta un callejón ubicado al extremo de la cuesta y se detuvo para quedar al acecho. No sabía cómo explicarse la situación. No era la conducta de un hombre que había enviado una ambulancia para seducir a su amante. ¿La esposa llegaría más tarde? En fin, de momento el hombre llevaba ventaja.

Podía soportar el hambre todavía, pero la tensión de su vejiga ya llegaba al límite. Empezó a orinar de pie al lado de una tienda de tatamis, que todavía permanecía cerrada. Todo estaba casi desierto, quizá porque la zona formaba parte del terreno del hospital. De repente, por el callejón, aparecieron dos muchachos con pantalones deportivos. Ambos tenían bigote y la cabeza rapada; parecían estudiantes de karate y estaban empapados de sudor debido a la carrera que llevaban. En el momento de cruzarse con el hombre, uno de ellos le dio un fuerte empujón en las costillas y el orín se cortó a medias. Se apresuró a cerrar la bragueta y las gotas derramadas dejaron una mancha notable en sus pantalones. El hombre se alivió al ver que los muchachos se fueron rápidamente. Si no hubiera sido porque lo interrumpieron en el momento de orinar, no habría sido capaz de quedarse callado. Por poco se hubiera echado a perder todo.

Encendió un cigarrillo. Mientras pasaba el tiempo, sus oídos agudos percibían unas ráfagas cuando permanecía inmóvil; todo parecía estancado en su vientre. Sin darse cuenta había acumulado cuatro colillas torcidas a sus pies y tenía en sus labios el quinto cigarrillo. Es decir, había consumido la mitad de lo que fumaba en un día normal. Tendría que fumar con mesura en lo que quedaba del día.

El médico salió del restaurante cuando el hombre había fumado como dos centímetros del quinto cigarrillo. No parecía ni irritado ni resentido. Era poco probable que se hubiera citado con su esposa. Se le desmoronaba la certidumbre, pero no le quedaba más remedio que seguirlo para no perder del todo el último hilo conductor. El médico se había quitado la bata blanca, que seguramente había guardado en el bolso que ya tenía repleto. ¿O compraría una vianda con pasta para la esposa en el restaurante?

El médico volvió al punto de bifurcación y giró a la izquierda para entrar al metro. Como había transeúntes, el hombre lo siguió sin titubear. Pasó de largo el portillo y tomó un pasillo para salir al otro lado. De nuevo a nivel de tierra, el paisaje era radicalmente distinto y se encontraba en una calle desierta al borde de un barranco, entre las orillas cubiertas por matas de gramíneas casi tan altas como él. En paralelo a un túnel que atravesaba encima, se extendía otro con la vía férrea. Quizá no se trataba de un metro propiamente dicho. Quería cerciorarse, pero no había ningún anuncio a la salida de este lado.

Era una calle larga y solitaria, poco propicia para seguir a alguien. El médico andaba distraído por completo, fuera por exceso de confianza o por alguna preocupación. A través de la grama se veía hacia abajo el mar gris. Por el muelle, se alineaban edificios alargados color ocre que dibujaban una cebra, temblorosos bajo el sol abrasador de agosto. Si suponía que eran depósitos de la fábrica de caucho, a lo mejor lograría ubicarse en la geografía de la región.

Tras bajar por una escalinata empinada, de piedra, se situó a mitad de la ladera en una calle comercial que, escondida por debajo de una roca en forma de alero, no se podía ver desde arriba. Como cada tanto había una florería o frutería, la zona, no muy animada en sí, parecía un tanto alegre. Vivirían de hacer negocios con el hospital. Del punto medio de la calle, donde una tubería echaba agua formando un charco burbujeante a los pies de una serie de estatuas sagradas, se estiraba hacia la loma un vericueto cuesta arriba que luego se convertiría en escalinata. Al final se desplegaba una zona residencial, bajo el cielo despejado.

Había casas dispersas, parecidas entre sí, en la ladera cubierta con césped mal cuidado y árboles ralos. Había unas veinte, quizás treinta casas al alcance de la vista, limitada por la ondulación del terreno convexo. Todas eran de dos plantas, con una entrada común al medio que las dividía en dos partes, destinadas a acoger a dos o cuatro familias según el caso. Su estructura era antigua, con argamasa áspera que cubría la superficie y ventanas pequeñas con marcos gruesos de madera. Parecían demasiado deprimentes para ser residencias de médicos y empleados del hospital. No se percibía la vida cotidiana debido a esos restos desparramados, entre bicicletas torcidas y jaulas aplastadas, que seguramente estuvieron ocupadas por algunos pájaros. Otras tenían aspecto de laboratorios especializados o pabellones de enfermos. ¿O habrían sido evacuadas por una nueva planificación?

El médico se detuvo al fin delante de un edificio. Había podido seguirlo sin demasiada cautela, pues el camino que comunicaba entre sí a los edificios, además de serpentear como el garabato de un niño, estaba provisto de plantas en ambos lados que obstaculizaban la vista, pero le resultaba difícil saber la ubicación topográfica de las casas. Fuera de una señal inscrita en la fachada, «Ho-4», el edificio en cuestión, con la argamasa un poco más reverdecida que las de otros, no revelaba ninguna característica que lo distinguiera del resto. No sería capaz de explicar la ruta que se debería seguir desde el vericueto para llegar hasta el sitio, muy escondido de la zona residencial.

Al ver que el médico subió la escalera tras revisar el buzón, el hombre pasó por debajo de las plantas para atravesar el jardín con celeridad y espió el interior de la casa. Había cuatro buzones, pero solo uno estaba en uso, a juzgar por el estado de los otros, cubiertos de polvo y con olor a orín. A través de un tragaluz enmugrecido se veía de espaldas la figura del médico, agachado en el rellano sin poder abrir la puerta de la izquierda del segundo piso. El aire se humedecía y olía a animal muerto. Ante un presagio fúnebre, el hombre temblaba mientras sentía su cerebro encogido de repente, como si fuese un papel o manteca sumergida en agua caliente. Olvidado de momento del encuentro secreto, se preocupó por la seguridad de su esposa. Una vez dentro del recinto del hospital, podían someterla a algún examen extraño o, incluso, a experimentos de carácter obsceno que no permitieran la presencia de las enfermeras.

Dio una vuelta alrededor al edificio y a lo largo de la pared descubrió que solo había ventanas pequeñas, como de cocina o baño, en la parte trasera, que daba al nornoreste. Cuando volvió al punto de partida, se abrió la ventana del medio del lado sur, dividido al parecer en dos cuartos. Pegado a la pared, el hombre agudizó los oídos. Silbatos ahogados de vapor, como pidiendo auxilio. Clamor general, extendido hacia todos los rincones de la zona. Volaba un helicóptero. No se escuchaba ninguna voz humana. ¿Se susurrarían tan bajo, unidos el uno a la otra, que no llegarían a ser audibles? ¿O ya se encontraría amordazada la esposa, incomunicada por completo del exterior? La calma inquebrantable del médico en el restaurante de pasta se podría interpretar como el indicio de que la tenía bajo su dominio absoluto, ajeno al transcurso del tiempo.

El hombre calculó mentalmente la distancia que lo separaba de la ventana, buscando con cuidado huecos o protuberancias que le servirían de agarradera o apoyo. Estaba dispuesto a presenciar la escena que le hubiera gustado evitar. De momento lo más importante era la revancha. Ya estaba demasiado lastimado para temer otra herida. Se fijó un segundo en un tubo de desagüe que atravesaba por encima del marco decorativo del portal del frente, pero, pese a su buena ubicación, parecía demasiado deteriorado para sostener el peso de su cuerpo entero. Tampoco sería capaz de brincar, aunque fuera con los zapatos de salto, tan alto como para alcanzar la ventana. ¿Qué hacer? En la azotea del edificio de al lado, justo encima de la escalera, se notaba un módulo en forma de cuña, con un plano recortado. Podría ser la entrada a la azotea. Este edificio debería tener la misma estructura que el otro. Si no era posible llegar desde abajo, debería buscar una ruta desde arriba.

Luego de avanzar con pasos sigilosos subiendo la escalera, se topó en efecto con otro tramo de peldaños que lo llevaba más arriba. La puerta estaba cerrada con un candado, oxidado, que con un solo tirón se zafó de cuajo junto con la cerradura. Chirrió el gozne, pero el ruido corto y agudo podría pasar por un chillido de pájaro. Esperó unos segundos para ver si había alguna reacción, y sintió alivio al confirmar que no pasaba nada. Lo enceguecía la luz reflejada del sol, débil contra la superficie de la azotea. Capas gruesas de mugre se quebraron a sus pies como bizcochos.

Se echó de bruces sobre el parapeto, que solo le llegaba a las rodillas, y sacó la cabeza hasta donde podía. Con la vista tapada por el alero no alcanzó a ver los dos extremos del marco de la ventana abierta. Sería imposible mantenerse de pie por mucho tiempo sobre el alero, que apenas tenía quince centímetros de ancho.

De repente le llegó desde abajo un gemido femenino. Se oía tan impersonal que no podía saber si era la voz de su esposa. Tras una conversación corta e ininteligible, se escucharon de nuevo gemidos bajos y ahogados con intermitencia.

Tomado por sorpresa, el hombre se intimidó como una lombriz bañada en agua caliente. Debería asomarse al interior a como diera lugar. Se colgó boca abajo, afirmándose en el parapeto con las puntas de los pies y sosteniendo el cuerpo contra el tubo de desagüe. Sabía que ya no había marcha atrás después de tomar esa postura tan vulnerable. Por fortuna, la parte inferior del tubo de desagüe no estaba tan deteriorada. No le quedaba más remedio que bajar así hasta donde pudiera. Agarrando los herrajes fuertemente, quizá podría torcer el cuerpo con agilidad para meterse en el interior por la ventana. Si acaso se rompiera el tubo de desagüe, se pegaría con fuerza a la pared para intentar una voltereta de espaldas, confiado en la capacidad de los zapatos de salto para ayudarlo a aterrizar sin lastimarse.

Un grito corto se mezcló con el gemido femenino. Distinguió en el rincón del cuarto una cama donde el médico estaba acostado boca arriba sobre una sábana blanca. A pesar de que la cama estaba descubierta, con la cobija tirada en el piso, no se veía a nadie más. Se mantenía el gemido femenino. Se le ocurrió que venía de altavoces grandes, colocados a la cabecera. La pared estaba cubierta por entero por fotos de mujeres desnudas de varios tamaños. La voz emitida por los altavoces se retorcía, cada vez más intensa, con matices intrincados, llenando el cuarto. El médico se aplicaba un aparato a la punta de su pene erecto y sacudía la mano, casi cinco veces por segundo, con las rodillas dobladas.

Se cruzaron las dos miradas. El médico saltó de la cama y se abalanzó hacia la ventana, enrollándose a la cintura una toalla que estaba tirada en la cabecera. El hombre se aferró enseguida al tubo de desagüe, pero el médico estiró el brazo para agarrarlo por el cinturón. Cuando el hombre intentó sacudirse de las manos del médico, se quebró el tubo sin hacer ruido. El hombre se quedó en vilo durante unos segundos. El médico trató de soltarlo, pero con la mano enredada por el cinturón y las piernas inseguras, al estar protegiéndose el pene erecto, cayó de la ventana, arrastrado por el peso del hombre.

Los dos se estrellaron juntos contra la tierra; el hombre quedó encima del médico, luego de haberse dado media vuelta en el aire. El hombre apenas se raspó algunas partes del cuerpo, mientras que el médico, que sufrió un golpe fuerte, se desmayó. Era bastante grotesca su figura boca arriba con el inmenso cuerpo desnudo, blanco y velludo, y los ojos abiertos, pero se percibía su respiración y el pulso un tanto acelerados. Para bien o para mal, el pene permanecía erecto.

El hombre, desconcertado más por el pene erecto que por el cuerpo desmayado, se apresuró a taparlo con la toalla. Seguía siendo vistoso, pero tampoco quería dejarlo al descubierto. Luego, se le ocurrió apagar la voz femenina que gemía con cada vez mayor apremio. De paso podría hacer llamadas, si lograba ubicar alguna libreta con números frecuentes. Decidió subir a la habitación. La puerta estaba cerrada con llave desde el interior. Nomás llegar a la azotea agarró el alero, y ya sin necesidad de eludir las miradas ajenas se impulsó con las dos manos para irrumpir con brío en el interior. Logró cortar el gemido femenino, que permaneció durante un largo rato en la profundidad de sus oídos.

El teléfono sonó antes de que el hombre lo ubicara. No tenía sentido vacilar. Esperó tres timbres para contestar.

Una voz masculina le habló al oído en un tono sereno:

—No se preocupe, ya sé lo que le pasa. Espere ahí por favor.

—¿Nos vio?

—¿Qué tal el herido?

—Parece que está desmayado.

—No lo mueva y, si puede, enfríele la cabeza con una toalla mojada. Y mejor protegerle la cara si hay por ahí un paraguas. Voy enseguida.

.

El viejo vigilante no era el único culpable: él mismo estaba en falta al creer razonable el argumento y hacerle caso. Pero qué mala suerte. Fue una vuelta absurda, que no solo no le sirvió de nada para seguir la pista de su esposa sino que lo metió en semejante embrollo. Era posible que acudiera la policía de un momento a otro. La voz del teléfono le dijo que no se preocupara, pero ¿en qué sentido? ¿Qué quiso afirmar al decir que sabía lo que le pasaba? Fue una insinuación maliciosa. Quizá lo mejor era huir.

Decidió volver a la azotea para recoger el bolso y el traje. Al pasar por la habitación, se le ocurrió, como por instinto, sacar el casete del gemido femenino de la grabadora y lo guardó en el bolsillo trasero de los pantalones. No cerró la puerta con llave. Empezaba a correr la brisa. Dio una vuelta a la azotea. La vista era mejor que desde abajo, pero no tanto como se había imaginado. En el jardín sur el médico permanecía acostado boca arriba con el pene todavía erecto, y en el mar lejano las olas resplandecían doradas bajo nubes tenues entrecortadas. En la misma dirección debía estar el atajo que conducía hacia el pueblo al borde del barranco. Al oeste se extendía la misma zona residencial, hasta donde alcanzaba la vista. Supuso que los edificios del hospital se encontraban hacia el este, al otro lado de la zona urbana, pero el bosque tupido de arces le obstaculizaba la vista. Hacia el norte la cresta de la loma elevada subía difusa hacia el cielo, y a la mitad se erguía un edificio que debía ser bastante alto, si se lo juzgaba en comparación con la chimenea veteada de blanco y rojo de un quemadero, que lo superaba apenas un poco.

Se acercaba un ruido de motor. De repente apareció una furgoneta blanca por la cresta de la loma. Avanzaba entre los edificios a alta velocidad, enfilando hacia donde estaba el hombre. Debía huir a la carrera. Sin embargo, perdió la oportunidad debido a unos segundos de vacilación. Un frenazo bloqueó la entrada central antes de que alcanzara el jardín. Mostrarse asustado le resultaría peor que recibirlo con indiferencia. Volvió a la habitación.

Se bajaron tres hombres, vestidos con batas blancas; tenían diferencias sutiles entre sí. No, en realidad eran dos hombres y una mujer de aspecto varonil, con el cabello corto. Uno de los hombres es de baja estatura, y el otro mediano, con el pecho notablemente macizo. Los tres alzaron la mirada al mismo tiempo hacia la ventana, y el más bajo levantó un dedo a modo de saludo, en representación del grupo, o tal vez para demostrar que no eran enemigos.

El más pequeño se agachó a un lado del médico desmayado. Revisó las pupilas y examinó las reacciones de sus articulaciones con destreza profesional, mientras los otros lo observaban a cierta distancia. Luego, de repente, le quitó la toalla y empezó a medir el pene. Anotó algo en una libreta tras darle pellizcos y golpecitos con los dedos. La mujer desvió la mirada y movió las piernas torpemente bajo su bata blanca.

El robusto sacó una camilla de la parte trasera de la furgoneta, señal que puso en movimiento a la mujer en dirección al edificio. El hombre entró en pánico, sintiéndose avergonzado como si lo hubieran espiado en su cuarto privado. Aquella mujer que se había mostrado tan fuerte al presenciar impasible la medición del pene quizá no debía ser tratada con demasiada cortesía.

—Ven rápido.

Menos de treinta años de edad, morena y musculosa, de conducta insolente, pero la mujer no resultó tan varonil como había creído por la apariencia de su cabello corto.

El hombre le salió al encuentro, balbuceando excusas:

—No tengo la culpa. Me cuesta mucho explicar, pero…

Asintiendo como para tranquilizarlo, la mujer pasó al lado del hombre para entrar a la habitación. Observó con una sonrisa irónica la pared totalmente cubierta por las fotos de desnudos y avanzó en línea recta hacia la cama. Tras cubrirse la mano con una veintena de pañuelos de papel, tomó el extraño aparato, tirado sobre la cama, con que el médico de guardia se había estado masturbando.

—¿Sabes qué es?

La mujer le explicó que se trataba de un recipiente para guardar semen: había un banco de semen con un sistema de compra que fijaba el precio a través del análisis general de la edad, el estado de salud, la complexión física, la inteligencia, el ADN y la apariencia estética del vendedor, y en el caso de este médico le habían ofrecido 1280 yenes por gramo; la evaluación de su semen aparte, lo cierto era que el médico eyaculaba casi todos los días; a pesar de que no había muchas solicitudes de inseminación artificial, se aprovechaba del sistema de compra para vender el semen sin parar, a tal grado que ya se observaba un desequilibrio en la cantidad de reserva de semen, con el riesgo de generar demasiados niños parecidos a él; para colmo, no lo hacía con la ambición espiritual de aumentar su descendencia sino solo por avaricia; era tan tacaño que trataba de sacar el máximo provecho de esa miserable fuente de ingresos, que no superaría quinientos mil yenes aun cuando se masturbara 365 días al año; vivía de manera clandestina en este edificio sin agua, que iban a demoler pronto para expandir el cementerio, solo porque no tenía que pagar el alquiler.

La llamaron de abajo para apurarla.

La mujer agitó la mano por la ventana para responderles y se dirigió al hombre:

—Ese hombre bajo es el subdirector del hospital, que también tiene cargo de jefe de la sección de condrocirugía. Yo soy su secretaria.

Luego de presentarse así, examinó los pantalones del médico de guardia y encontró un manojo de llaves. Acto seguido quiso sacar el casete de la grabadora y, al darse cuenta de que estaba vacía, se volvió hacia el hombre con una mirada burlona. El hombre desvió la mirada, fingiendo no verla.

Cuando bajaron el hombre y la secretaria, ya habían acomodado al médico de guardia sobre la camilla en la parte trasera de la furgoneta. El tipo robusto se ponía al volante. La secretaria ocupó el asiento de copiloto y al hombre bajo lo sentaron frente a la camilla, en un banco que compartía con el subdirector.

La furgoneta arrancó y se encendió el sistema de aire acondicionado. ¿Así era el interior de la ambulancia que se había llevado a la esposa? Al pasar por la cresta de la loma se veía una fila infinita de edificios rectangulares de madera de dos plantas, típica construcción de hospital, a lo largo de una reja improvisada con dos alambres en paralelo, de escasa altura, situada al otro lado de la avenida aplanada con pavimento provisional.

Las nubes se extendían desde el oeste, presagiando lluvia.

—Pero ¿por qué…?

El subdirector levantó la toalla del vientre del médico de guardia, acostado a sus pies, como si quisiera interrumpir al hombre.

—¿Qué te parece esto en comparación con el tuyo? No es demasiado pequeño, pero de tamaño proporcionado con este cuerpo macizo. Bueno, el tamaño no siempre refleja el grado de deseo sexual…

—¿Adónde vamos?

—Tendremos que llevar a este médico al hospital.

—Pero yo…

—¿Me quieres esperar en mi oficina? Volveré en cuanto termine los trámites de hospitalización.

—No entiendo nada.

—Parece que es sobresaliente en lo que se refiere a la capacidad de reproducción de semen.

—Tengo que ir al trabajo para asistir a una reunión en la tarde…

—Claro, la medicina moderna se muestra totalmente infructuosa ante el mecanismo de la erección.

Con otro coscorrón que le dio el subdirector, el pene, que estaba a punto de arrugarse, se inflamó lustroso de nuevo. Pronto, apareció al frente el bosque de arces y la furgoneta al fin dejó atrás la fila interminable de edificios de madera con sus dos plantas impasibles. Más allá de una plaza de arcilla roja descubierta se extendía una hondonada, donde se alzaba un edificio alto, como si hubiese sido recargado con los codos en los extremos de la plaza. Sería el mismo que había visto al otro lado de la cresta desde la azotea de «Ho-4». Era un bloque de unos quince pisos, delgado hacia arriba y estirado hacia abajo por cuatro brazos inmensos que parecían patas de un ave monstruosa afirmándose con garras sobre la tierra.

La azotea de uno de los brazos abiertos quedaba a la misma altura que la plaza de arcilla roja. La furgoneta pasó al lado de algunos hombres en bata blanca que jugaban con una pelota de béisbol y llegó hasta el corazón del edificio, donde se bajaron el hombre y la secretaria. Enseguida se fue la furgoneta, vaya a saberse adónde.

.

La oficina del subdirector estaba en el piso más alto del edificio.

(Del casete han suprimido los cuarenta minutos que pasé en espera en la oficina del subdirector después de que se hubo marchado la furgoneta blanca. Podía ser lógico, pues la mayor parte del tiempo lo gasté en tomar sándwiches y café, ofrecidos por la secretaria, con quien apenas sostuve un diálogo torpe y fragmentario. Me molestaba su presencia pues me sentía acosado por lo que ella sabía en relación con el casete de gemido femenino, guardado en secreto en mi bolsillo trasero. Al recordar esta escena ahora, sospecho que la secretaria se aprovechaba a conciencia de la situación. De todas maneras no habría valido la pena grabar este tramo. A continuación viene de remate la entrevista con el subdirector, ya redactada).

Ahora mismo sigo haciendo estos apuntes en el cuaderno, en esa misma habitación llena de fotos de desnudos del edificio «Ho-4», destinado a demolerse por la ampliación del cementerio, donde vivía el médico de guardia, desmayado con el pene erecto. El subdirector me ha ofrecido la llave para que tenga donde dormir mientras tanto. Fuera de la falta de agua, no tengo ninguna incomodidad, y la grabadora, dicho sea de paso, es de alta calidad. El médico de guardia, según me han dicho, aún se encuentra sin conciencia en el pabellón de condrocirugía.

Ya es plena noche. Van a ser las once. He logrado despachar el primer casete al cabo de una jornada intensa, desde la mañana frente a este cuaderno, pero esto no es sino un tercio de la tarea asignada, que, calculado en la duración temporal, apenas representa una sexta parte de la totalidad. Jamás imaginé que escribir fuera una labor tan ardua.

Quizá he tenido un cuidado excesivo en la descripción de los detalles. Distinguir sobre la base del recuerdo solo los ruidos necesarios del bullicio general ininteligible, como si fuese de fieltro apisonado, suele terminar en una operación minuciosa, tan compleja como armar un reloj. Resumiendo la historia de manera más escueta tal vez podría librarme de la tarea antes del amanecer, solo con seguir trabajando sin dormir. Pero ya estoy cansado, con un tremendo dolor en el tendón del pulgar derecho, poco adaptado a un trabajo continuo. Ya no me salen bien las letras. No escribiré más por esta noche y decidiré si continúo o no luego de verificar la intención del caballo.

Hablando con franqueza, nada me queda claro. No puedo dejar de sospechar que el caballo me ha tomado el pelo. Por más minucioso que me quede el informe del daño sufrido, no llegará a ser más que una crónica de labores estériles. Seguramente me servirá de coartada, aunque de momento era innecesaria. Lo único que necesito es la pista que me conduzca al paradero de mi esposa. Si bien me han dado una bata blanca y el registro de empleado provisional para transitar con libertad dentro del hospital, me queda la sospecha de que todo esto no es más que una carnada para tenerme clavado al escritorio.

El caballo se ha puesto muy nervioso últimamente. Faltando solo cuatro días para la celebración del aniversario, se siente presionado por los preparativos finales. Es comprensible su deseo de huir. No es del todo imposible que se le haya ocurrido imponerme este cuaderno para sondear mi ideología. No hay nada más peligroso que la traición de un hombre que sepa demasiado. Para empezar, no le agrada que yo esté bien de salud.

Tres gotas de sudor que se han escurrido de la punta de la nariz acaban de manchar la hoja. En fin, quizá mantengo mi cordura gracias a esta sensación de cansancio. Sin saber por qué, me aterrorizo ante el paisaje banal, ya familiar, compuesto por la abotagada medialuna color naranja, detenida al borde del mar negro, con esas luces parpadeantes de los barcos pesqueros de calamares.

.

Ya van cuatro días que no voy a la empresa. Puede que me esté pasando algo irreparable.

(Continuará…)

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