Encuentros secretos (I)

Kobo Abe

 

El amor a los débiles siempre implica el germen de un homicidio…

[CUADERNO I]

Sexo: Hombre
Nombre y apellido: (Omisión)
Número de código: M-73F
Edad: Treinta y dos años
Estatura: 1,76 metros
Peso: 59 kilos

Hombre musculoso pese a su aparente delgadez. Usa lentes de contacto debido a una miopía mediana en los dos ojos. Cabello ligeramente rizado. Una cicatriz leve en la comisura izquierda de los labios (originada probablemente por una riña en sus años estudiantiles, pero es de carácter dócil). Fuma menos de diez cigarrillos al día. Experto en patinaje sobre ruedas. Fue modelo de desnudos durante una temporada. En la actualidad es empleado de la Casa Subaru de Deportes, y se desempeña como jefe de promotores de los zapatos de salto (los que tienen un elástico especial, conocido como cojín de burbujas, en las suelas). Su pasatiempo favorito consiste en armar productos manuales. Fue galardonado con medalla de bronce en un concurso infantil de invenciones, organizado por un periódico local, cuando cursaba el sexto año de primaria.

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Este informe se hizo tras una serie de averiguaciones sobre el hombre en cuestión. No hay que dar importancia a las formalidades, ya que no se trata de algo oficial.

En la madrugada, alrededor de las cuatro y diez, llevé, según lo acordado, alimento para el caballo al antiguo campo de tiro que ocupaba entonces el ejército de tierra, donde me encargaron repentinamente esta misión. No me disgustó, porque yo mismo había insistido en la necesidad de realizar unas investigaciones más profundas, pero a decir verdad solo deseaba que averiguaran el paradero de mi esposa. Creí que accederían a mi petición, pues no me dieron ninguna información al respecto, ni siquiera sobre el sexo de la persona señalada. Quizá me he ganado cierta confianza entre ellos, puesto que las investigaciones en general conllevan cierta autoridad, según su naturaleza.

Además, el caballo estuvo de buen humor esta mañana, algo raro en él. Me dijo que había dado ocho vueltas al trote, de un extremo a otro, en el antiguo campo de tiro. Era un terreno bien apisonado, que mide doscientos cuarenta y ocho metros, y, para mi sorpresa, me dijo que solo se había caído tres veces durante todo el ejercicio.

—En resumidas cuentas, me estoy entrenando para correr solo con las patas traseras —tenía la voz quebradiza, entrecortada por los jadeos, mientras se plantaba jactancioso con sus patas traseras, probando saltitos ligeros, luego de secarse el sudor de la cara con la toalla que tenía enrollada alrededor del cuello y de beber de un solo trago largo la leche envasada—. Uno está acostumbrado a abusar de las patas delanteras, lo cual siempre resulta fatal. Si usted quiere trotar como caballo, debe concentrar las fuerzas en las patas traseras en el momento de pegarlas con las delanteras, apoyándolas de manera suave, casi como si fuesen un timón.

Nos encontrábamos cerca del límite marcado para el alcance de los tiros, en aquel campo extendido de este a oeste, y que tenía forma de cueva. En la pared lateral, casi a la altura del techo, se alineaban unos tragaluces de cristales fijos como tienen las ventanas de algunos trenes, pero todavía no se filtraba la luz. Al pie de la pared del fondo se apiñaban unos sacos de tierra y se veía una trinchera profunda que serviría de blanco para los tiradores. A los dos lados de la trinchera había grandes aparatos de iluminación, también de un color blanco ya opaco, que vertían una luz débil, insuficiente para disipar la oscuridad del recinto. En el extremo oeste, donde se apostaban los tiradores, había algo en forma de fosa oscura. Al dar saltitos, el caballo proyecta una doble sombra espigada sobre el terreno seco y blanco, y queda como un insecto atrapado en una telaraña.

No traté de contradecir al otro que quería hacerse pasar por un caballo, pero a decir verdad distaba mucho de ser un caballo auténtico. Para empezar, era desproporcionado: el cuerpo era demasiado corto y gordo, con el talle escurrido, y las patas traseras se encorvaban en una forma extraña, como si estuviera a punto de evacuar. Ni siquiera una montura hecha de papel permanecería sobre el lomo sin resbalarse. Acaso los miopes lo tomarían tal vez por un camello raquítico o un avestruz con cuatro patas.

Para colmo, vestía una camiseta celeste sin mangas, bordada de carmesí, y pantalones deportivos de algodón índigo, con la cintura rodeada de tela de algodón, blanqueada para disimular la juntura, y calzaba zapatos deportivos blancos. ¡Qué dislate!

—Claro, las bicicletas también funcionan de la misma manera. Uno corre el riesgo de caerse en una cuesta cuando no frena primero la rueda trasera.

—Con este ritmo quizá mañana estés rebotando con los zapatos de salto.

El caballo lanzó una pequeña carcajada. Yo no me reí, pero en cambio repercutió el eco de la carcajada. El techo armado de arcos y paralelepípedos alternos, destinado supuestamente a la insonorización, no parecía dar buen resultado. ¿O eso era solo para que se sostuviera sin columnas?

Tras engullir sin masticar el sándwich de jamón y lechuga, el caballo tomó a sorbos el café del termo, sin endulzar, y dijo que quería seguir un rato más con sus ejercicios. No se sentía tranquilo, consciente de que solo le quedaban cuatro días para su participación en el aniversario. Quería pasar desapercibido hasta el día del evento para hacer una aparición sorpresiva, cosa que lograría sin dificultad, ya que ningún curioso podría asomarse a esas horas en el antiguo campo de tiro.

Me encargaron las susodichas investigaciones cuando ya me despedía. Me entregaron, como de paso, un cuaderno grande de papel de buena calidad, en el que estoy escribiendo ahora mismo, y tres casetes con etiquetas en el lomo, señaladas con el mismo código «M-73F» y números sucesivos. Me explicaron que los casetes contenían palabras del personaje en cuestión, grabadas por aparatos de escucha clandestina o micrófonos escondidos.

De repente una sospecha cruzó por mi cabeza: ellos se hacían los tontos a pesar de que sabían algo de mi esposa. Me indigné, pero al mismo tiempo me sentí aliviado al saber que al fin habían cambiado de estrategia. Habían pasado tres días desde la desaparición de mi esposa. ¿Cómo podría estar tranquilo en esas circunstancias? Regresé enseguida a la habitación y me apresuré a escuchar desde el comienzo los casetes, que duraron un poco más de dos horas en total. Luego de escuchar todo, permanecí sentado, absorto, durante casi una hora.

Me sentí defraudado: no detecté en la grabación nada que tuviera que ver con mi esposa, ni siquiera con una presencia femenina. El sujeto, que fue cortado, pelado y revuelto por los micrófonos secretos y también por sus perseguidores, era un hombre. Chasquidos, carraspeos, tarareos desintonizados, masticaciones, ruegos, adulaciones insinceras, eructos, sonidos nasales, excusas titubeantes… El hombre en cuestión fue despedazado y expuesto mediante esos fragmentos desordenados. Para colmo, el hombre era yo mismo, que andaba alborotado de un lado a otro en busca de mi esposa desaparecida.

A medida que me calmaba, sentí una tremenda rabia. Qué disparate tan absurdo. Me estaban tomando el pelo. ¿Me querían indicar que me buscara a mí mismo antes de buscar a mi esposa? Pero lo único que me interesaba averiguar no era nada complicado sino, simple y llanamente, el paradero de mi esposa. ¿Buscarme a mí mismo como si fuera un carterista que se roba su propia cartera o un policía que se esposa a sí mismo? ¡Qué despropósito!

Además, me ponían condiciones plausibles. En primer lugar, exigían que me sometiera a un detector de mentiras en cuanto ellos me avisaran, para evitar que torciera los hechos a mi favor. Otras cláusulas me sugerían que me abstuviera, en lo posible, de revelar nombres propios y que en principio me presentara en tercera persona: es decir, nombrarme a mí como «él» y referirse a él como «el caballo». ¿Me querían amordazar para bloquearme las vías de comunicación, salvo la que tenía con el caballo? ¿Por qué estaban tan asustados?

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Sin embargo, ya he empezado la redacción, al fin y al cabo. No sería correcto decir que les estoy haciendo caso a regañadientes. Esta mañana supe que el caballo era sincero, ajeno por completo a maniobras sospechosas. Se dedicaba con fervor a los ejercicios, y se mostró compasivo cuando abordó el tema de las investigaciones. Claro, no me pasó inadvertido el término «caso», que usó por primera vez para referirse al asunto. Aunque fuera de una manera indirecta, comprendió la dificultad que yo enfrentaba. Estas investigaciones tan extrañas se podían considerar como parte de un proceso de elaboración más detallada del informe acusatorio. La obligación de relatar en tercera persona quizá apunte a reforzar la credibilidad del informe y llamar la atención del personal relacionado —debe haber personas a cargo de la prevención de crímenes, así como del control y la disciplina, entre otras— con la organización. El exceso de modestia suele confundirse con el acoso.

Espero poder presentar este relato, como me han exigido, redactado como un informe, mañana por la mañana. Reproduciré con la mayor fidelidad la situación laberíntica en que yo, que soy él, he quedado atrapado, complementando los fragmentos grabados con los hechos que solo yo conozco. A lo mejor lograré escribir en tercera persona lo que no sería capaz de revelar relatando en la primera.

Ahora, no me importa que después supriman este preámbulo en el caso de que les parezca innecesario. Dejo la decisión en manos del caballo.

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Una mañana de verano, llegó una ambulancia sin que la solicitaran y se llevó a la esposa del hombre.

El suceso lo tomó por sorpresa. La pareja se encontraba profundamente dormida hasta que esa sirena inesperada les arrebató el sueño. Ella no estaba lista para enfrentar la situación. No había ningún síntoma en el cuerpo de la esposa, hasta donde ella fuera consciente. Sin embargo, los dos tripulantes que entraron a la casa con una camilla, malhumorados quizá por la prolongada vigilia, no les hicieron caso, argumentando que nadie estaba preparado cuando se lo llevaban de urgencia. Vestidos con batas blancas, almidonadas, con las cabezas protegidas por cascos blancos con logos oficiales y las bocas cubiertas por máscaras de gasa, los tripulantes les mostraron una ficha con datos precisos sobre la esposa, desde su nombre hasta la fecha de nacimiento, que los dejó sin ninguna posibilidad para rebatirlos.

No les quedó más remedio que abandonarse a la suerte. La esposa, avergonzada quizá por su pijama encogido y arrugado, se acostó, obediente a las instrucciones, entre las dos agarraderas de la camilla con las rodillas dobladas, mientras los tripulantes la envolvían en una sábana blanca, cortando en definitiva la comunicación entre la pareja.

La camilla crujía al bajar la escalera, dejando a flote un olor a tónico capilar mezclado con areosol. El hombre sintió alivio al recordar que la esposa llevaba ropa íntima. Pronto, la ambulancia arrancó haciendo sonar la sirena, y con parpadeos de la luz roja. Tras lanzar una última mirada tímida desde la puerta del departamento, el hombre miró el reloj, que marcaba las cuatro y tres de la mañana.

(El siguiente diálogo fue extraído del lado B del primer casete. El número que aparece en el contador de la grabadora es 729. Alrededor de la una y veinte del mismo día del suceso. En la oficina del subdirector del hospital en el que la esposa fue internada, supuestamente. El subdirector habla con fluidez en voz baja y se muestra un tanto irónico en los momentos de relajación. Mi voz precipitada, cargada de gestos, tampoco suena mal, aunque caigo en la cuenta de que debo evitar el vicio de fruncir los labios hacia el final de las frases. Me molesta el tictac del reloj apresurado que marca las horas sin cesar, demasiado cerca del micrófono).

Subdirector: Pero no entiendo por qué no hiciste nada en el mismo momento.
Hombre: Estuve tan desconcertado que no supe qué hacer. Solo recuerdo que empecé a calentar un poco de agua en la tetera.
Subdirector: Hubieras abordado tú también la ambulancia.
Hombre: Me dijeron lo mismo cuando marqué el 119 para preguntar por mi esposa.
Subdirector: Hubiera sido el acto más lógico.
Hombre: ¿No te parece que tales vacilaciones son normales?
Subdirector: Yo no habría titubeado. Una ambulancia podría ser un disfraz ideal, quizá más que un coche fúnebre, para objetivos criminales. En ese espacio cerrado se encuentran una dama joven solo con sus prendas íntimas y tres hombres musculosos con máscaras. Si fuera en el cine, lo que sigue sería una escena cruenta. Esa tela crepe de que, según dices, está hecha la ropa de tu esposa, es muy cómoda y transpirable, pero se la quitarían con facilidad porque es fláccida.
Hombre: No hables así, por favor.
Subdirector: Solo estoy bromeando, pero soy realista y reacio a tragarme historias inverosímiles.
Hombre: Pero tú sabes muy bien que la ambulancia en cuestión llegó a este hospital.
Subdirector: Al menos está registrada su llegada.
Hombre: ¿Será que el portero me mintió?
Subdirector: No deberías hacer semejante afirmación sin pruebas.
Hombre: Entonces no hay duda de que mi esposa está en el hospital, pues no saldría de aquí sin tener ropa para cambiarse. Además, la única puerta abierta a esas horas es la de la misma entrada, vigilada por el portero.
Subdirector: Podemos hacer anuncios cuantas veces quieras, pero me parece poco probable que una mujer adulta se pierda en un hospital en pleno día. Ni la policía lo tomaría en serio.
Hombre: ¿No te parece posible que se haya visto obligada a internarse por alguna mala interpretación?
Subdirector: Tu esposa se negó a hacerse el chequeo médico, sabes.
Hombre: Solo el personal del hospital sería capaz de tramar algo tan complejo.
Subdirector: Lo único seguro hasta ahora es que alguien marcó el 119 para pedir la ambulancia y que esta llegó a tu casa.
Hombre: ¿Qué quieres decir?
Subdirector: Qué lío si es verdad lo que dices. Desde luego me gustaría ayudarte, pero para eso necesitamos pruebas. Deja el asunto del portero en nuestras manos, que ya lo estamos averiguando. Ahora me parece más urgente que tú mismo compruebes tu inocencia.
Hombre: Es una sospecha sin fundamento alguno.
Subdirector: No se puede refutar la posibilidad.
Hombre: Soy solo una víctima de algo criminal.
Subdirector: Eso no prueba ninguna falla de parte del hospital.
Hombre: ¿Qué quieres que haga?
Subdirector: ¿Por qué no hablas con los vigilantes, primero? Es tu falta eso de no haber verificado la escena con tus propios ojos. Luego, trata de recoger información en la sala de espera para volver al punto inicial. Al tratarse de un suceso con tiempo y espacio muy acotados, quizá consigas uno que otro testigo sin dificultad.

(Después de esta entrevista, el subdirector se fue de la oficina para asistir a una junta mientras a él-yo lo presentaron, por mediación de la secretaria, al jefe de vigilancia. Dejaré para después los detalles de esta entrevista. De momento solo me limitaré a transcribir la declaración del portero que presenció el ingreso de mi esposa, grabada en el lado A del primer casete. El contador marca el número 206. Su credibilidad fue comprobada más tarde por un detector de mentiras).

—Estaba dispuesto a revelar todo cuanto sabía sin titubear, si el doctor y también subdirector me hubiera preguntado más en detalle. Lo lamento mucho, de verdad, pues, de haberlo hecho, el asunto se habría resuelto sin más líos.

Para empezar, me permito aclarar la circunstancia en que llegó al hospital la paciente referida. A las cuatro y dieciséis de la mañana, trece minutos después de la solicitud de ingreso, enviada por el centro de urgencias, llegó la ambulancia, y me di cuenta de que la paciente y los tripulantes discutían acalorados por algo. Según me explicó el representante, la paciente, que había sido obediente durante el trayecto, hasta la entrada nocturna del recinto, se alborotó diciendo que no estaba enferma, que estaba bien de salud, y se negó a bajarse de la ambulancia. Yo mismo acudí a la escena para aconsejarle en un tono severo que no se diagnosticara a sí misma, que de todas maneras consultara con el médico de guardia, pero no hizo caso de ninguna manera. De modo que no me quedó más remedio que cancelar la solicitud de servicio al médico y a la enfermera de guardia. Impacientes por la demora, los tripulantes decidieron marcharse y, pese a mis objeciones, tuvieron razón al decir que no estaban obligados a transportar a una persona sana. De modo provisional me hice cargo de la paciente y firmé el papel de entrega al representante, el señor Ono, a quien conocía desde antes. No creo que haya cometido un error al proceder de esta manera, si tenemos en cuenta el hecho de que últimamente hay tantos pacientes que deambulan de un hospital a otro sin ser aceptados durante muchas horas. Del puesto de enfermeras me llamaron para averiguar la situación y contesté que se había anulado la solicitud, lo cual fue despachado enseguida.

La paciente era una mujer de baja estatura, amigable (iba a decir deseable y se corrigió), con cara redonda, de piel blanca y ojos almendrados, y sudaba un poco pese al vestido ligero, que consistía en un kimono veraniego de algodón con estampas de tulipanes negros sobre un fondo rosa, una faja de cinturón tejido, de tonos negro y verde, y ropa íntima de algodón, tipo bikini. Fuera de su ropa, no llevaba ninguna pertenencia. Con la ficha de solicitud de la ambulancia pude confirmar que tenía treinta y un años de edad, pero la paciente no accedió a revelar su nombre ni su dirección.

Al quedarnos a solas, la paciente se mostró muy avergonzada ante mi presencia, y el rubor le cubrió desde la cara hasta el pecho. Declaro todo esto pensando que les sirva de soporte para cuando quieran hacerse una idea de cómo es la paciente. Cuando me pidió que le prestara el teléfono para llamar a su marido, le expliqué con cortesía que tenía que ir al teléfono público de la sala de espera para hacer llamadas externas, y enseguida me rogó que le prestara una moneda de diez yenes, que luego me compensaría con cien, hasta mil yenes, cuando su marido viniera a recogerla. Por desgracia no tenía sino billetes de mil yenes, que no servirían para el teléfono público, y le dije en broma que buscara por debajo de los bancos de la sala de espera a ver si encontraba alguna moneda, pero cuando vi que de verdad se iba, la retuve compadecido, prestándole unas sandalias y suplicándole que esperara conmigo la llegada de su marido. Fue un intento fallido, pues salió sin hacerme caso. No la seguí, por un lado, porque tenía que permanecer en el sitio y por otro, para evitar una mala interpretación.

Como la paciente tardó mucho en volver, pensé, mientras leía una revista que había dejado a medias, que tal vez habría conseguido una moneda por casualidad, pero al cabo de otro largo rato de espera me preocupé, sospechando que, con la convocatoria no del todo anulada, la había encontrado el médico de guardia. Recuerdo que me sentí extrañamente aliviado con esta sospecha infundada, pues acababa de enterarme del rumor que corría sobre la vida privada del médico. Por más que me pregunten, no sé explicar por qué me sentí aliviado en ese momento. Luego me arrepentí, avergonzado de todo corazón de mi propia especulación maliciosa, cuando me dijeron que el médico de guardia no había salido ni una sola vez de la sala de descanso. Para mí es un misterio el itinerario que siguió la paciente de ahí en adelante, pero puedo afirmar con certeza que no pasó nadie más por la entrada nocturna hasta el cambio de guardia.

Firmo y sello esta declaración tras releer lo escrito y confirmar la veracidad del contenido.

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Ahora, volvamos una vez más al cuarto del hombre. A esa misma hora, debía estar temblando la tapa de aluminio de la tetera con el agua hirviente. El hombre quería preparar un café para calmarse un poco, pero no encontraba el filtro de papel en ningún lado. Se sintió aún más desolado ante la sensación de que la ambulancia no solo se había llevado a su esposa sino también los pormenores cotidianos de su vida matrimonial. Tomó unos sorbos de agua, y se puso de pie. Pese a la frente sudorosa, sentía un pedazo de hielo punzante en el estómago.

Percibió unos maullidos. No, era la sirena de la ambulancia que pasaba por alguno de los tantos callejones enrevesados que intrincaban la zona. ¿Se darían cuenta del error y vendrían a devolverle a la esposa? Abrió la ventana. Una telaraña brillaba con rocío nocturno debajo del alero ondulado de zinc. La sirena se interrumpió. Un gato en celo, tras un largo recorrido, se encontró con la pareja ideal. Toda la vecindad se convertía en nido de gatos en celo en esas horas desiertas.

Soplaba una brisa suave que olía a granos tostados. El incinerador de la fábrica de películas estaría a punto de encenderse. El aire que calaba el cerebro le devolvía el sentido de la realidad. Cerró la ventana. Escuchó el chillido de una bicicleta al frenar. Con pasos asordinados escuchó cuando depositaron el periódico matutino en el buzón. No tuvo ganas de leerlo, pero no pudo resistir la tentación. Tras una ojeada rápida a la primera plana, revisó la sección del horóscopo en la última página: «Elefante con frente ancha, nuca alta, orejas verticales, cabeza redonda, vientre colgante, pies gruesos y con vestido, comida y cama».

De repente se inquietó al recordar que la esposa no llevaba ropa de repuesto. No sería capaz de tomar un taxi con ese atuendo informal. No le quedaría más remedio que llamar por teléfono desde el hospital. No faltaría quien le prestara monedas para la llamada. Cualquiera se enternecería ante la sonrisa inocente de una mujer atrapada por un infortunio tan ridículo.

Decidió esperar la llamada. Mientras esperaba, leyó tres veces seguidas el periódico, desde el comienzo hasta el final. ¿Por qué tardaría tanto para conseguir una moneda de diez yenes? Vio la foto de un restaurante de ramen en ruinas, que había explotado por una fuga de gas propano. En el rincón derecho inferior vio un pequeño anuncio que decía: «Perro perdido».

Por fin se decidió a marcar el 119.

Cosa propia del número de urgencias, le contestaron sin esperar el segundo timbrazo:

—Número 119, dígame.

Se arrepintió de repente ante el tono apremiante y embarazoso, y devolvió despacio el auricular. Enseguida empezó a sonar el teléfono y el hombre, desconcertado, retrocedió hasta la pared de la sala. Una vez que era atendida, la llamada de urgencias estaba programada automáticamente para quedarse en la línea hasta que terminara de plantearse el asunto. El teléfono siguió sonando sin cesar, como una tortura inclemente.

Sin más remedio, el hombre levantó el auricular.

Al tratar de explicar la situación, se dio cuenta, como había temido, de que le resultaba demasiado difícil explicar lo que le había pasado. No había por qué extrañarse si otra persona no llegara a comprender lo que él mismo no lograba explicarse cabalmente.

El interlocutor lo atendió con paciencia y discreción al otro lado de la línea telefónica. Había escasos antecedentes en que los familiares, a menos que fueran un caso de colapso repentino, preguntaran dónde se había internado algún paciente. Como la ambulancia jamás salía sin ser requerida, tenía que haber algún familiar que la solicitara. Sin cerciorarse del parentesco verdadero no podían revelar ninguna información al respecto a ese individuo que negaba que se hubiera hecho la solicitud, cuando de hecho había una persona atendida en la ambulancia. Los registros del centro de urgencias eran datos confidenciales que solo se manejaban internamente.

Explicado el asunto, no fue capaz de refutarlo. Se secó el sudor de las palmas de las manos frotándolas en la camisa y se enderezó para serenarse. Era sorprendente la delicadeza con que se administraban las labores de urgencias. No había prisa. Ni siquiera eran las seis de la mañana. Su esposa quizá solo se habría puesto en contacto con uno que otro vigilante nocturno y no era del todo improbable que ninguno de ellos dispusiera de monedas de diez yenes.

Ya clareaba. Era un rayo solar que iluminaba durante escasos minutos del amanecer veraniego la juntura del alero de zinc, pero era una luz, al fin y al cabo. La oscuridad tiende a inhibir a los seres humanos. Un alboroto inoportuno podría resultar humillante para su esposa. Se afeitó, se lavó la cara y mordió un tomate recién lavado. Revisó el contenido del bolso para confirmar cuántos catálogos de los zapatos de salto quedaban a su disposición.

Los zapatos de salto tienen un elástico especial, una plataforma de burbujas en las suelas. Por toda su superficie se distribuyen unos tubos de caucho sintético con capacidad de volver a su forma, como lo hace una pelota de goma de buena calidad. Adquirida la destreza necesaria, se estima en promedio un aumento de treinta y siete por ciento de la capacidad saltadora. Son productos recién estrenados, innovadores y con mucha potencialidad, que ya han empezado a ganar cierta reputación entre los niños de primaria y secundaria, propensos a los juegos de contacto físico, pero que con ingenio podrían desplegar más posibilidades aún, dando origen, por ejemplo, a un nuevo deporte oficial.

Quería hacer promoción por lo menos en seis sitios. En los últimos meses se ha observado un creciente interés por los aparatos para el mejoramiento de la salud, dispuestos entre las secciones de compras en las empresas administrativas, tradicionalmente reacias a esa clase de negocios. Incluso, ya hay tiendas con vitrinas dedicadas a productos de mejoramiento de la salud. Se puso una corbata azul claro, jovial, con estampas de llaveros plateados.

Pasó por el cuartel de bomberos más cercano a la casa. Luego de aquella experiencia desagradable, originada por la llamada al 119, no guardaba más esperanza que la de confirmar que no había novedades. Resultó, sin embargo, que lo atendió de manera cordial un suboficial de piel morena que daba la voz de mando a los miembros jóvenes para dirigir los ejercicios físicos en el patio. Tras dejar la rutina en manos de otro colega, le explicó que su cuartel no cubría la vecindad de la pareja e hizo llamadas para averiguar cuál era la unidad responsable, no sin antes servirle té caliente para aligerar los minutos de espera.

Efectivamente, estaba registrada la salida de una ambulancia a las cuatro de la mañana. Al confirmar la dirección y el nombre, el suboficial le facilitó sin más el dato sobre el hospital que había acogido a su esposa. Luego de un inicio abrupto, todo fluyó con una rapidez tan desmedida que casi le dio risa. El suboficial le explicó con un mapa grande la localización del hospital y la ruta para llegar allí. Le pareció demasiado lejos, pero lo convenció el argumento de que la distancia no figuraba entre las condiciones impuestas por los hospitales para aceptar casos de emergencia. Enseguida el hombre se dirigió a la parada de autobús. Aunque se sintió un tanto precipitado, no quiso perder la suerte que lo favorecía.

A las siete treinta y dos, ya había una cola como de quince personas en la parada. Al bajar del autobús, abordó un tren para luego cambiar al metro y tomar otra línea de autobús.

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En cuanto bajó en la parada «del hospital», según le habían indicado, distinguió el portal, fácil de reconocer, al fondo de una calle ancha que se cruzaba en ángulo recto con la avenida del autobús. Bajo los cerezos que extendían sus ramas en forma de arco sobre las dos aceras, todo el pavimento estaba cubierto por excremento de larvas, lo cual evidenciaba que se trataba de una rambla poco transitada, de uso casi exclusivo del hospital. Todavía estaba cerrado el portal, mitad pintado de negro y mitad de rojo ya oxidado, con una capa de mugre encima. Todavía estaría en obra, esperando la pintura.

Había una cabina telefónica en una esquina del cruce. Las ocho menos seis minutos. Al juzgar que faltaba bastante tiempo para que abrieran la puerta, decidió hacer una llamada a la oficina. Como no había llegado ningún vendedor todavía, llamó a un colega joven que vivía en el dormitorio ubicado detrás del edificio de la empresa. Lo tomó por sorpresa justo cuando se calzaba para salir. Sin tener la menor idea de cuánto tardaría en localizar a su esposa, el hombre le pidió que asumiera en su lugar las labores pendientes para esa mañana. El colega joven accedió con presteza sin dedicar mucha atención a sus explicaciones. Con la venta cada vez más acelerada de los zapatos de salto, los vendedores se disputaban día tras día los clientes. El colega no tendría de qué quejarse, pues, afortunadamente, había obtenido uno muy importante, la sección de compras de una cooperativa, que su mismo jefe se había asegurado para esa mañana.

Siendo el máximo responsable de la venta de zapatos, el hombre siempre había sido un promotor sobresaliente en la empresa, estimado sobre todo por su capacidad de concertar contratos lucrativos. Esto quizá se fundamentaba en su particular forma de demostrar la eficacia de los zapatos de salto delante de los clientes interesados. Calzado con ellos, el hombre corría, en cámara lenta pero con suficiente velocidad, como un atleta aventajado de media distancia, que se dispone para el remate final. Además, sabía hacer piruetas ágiles sin requerir siquiera una carrerilla, como si fuera un acróbata montado en un trampolín. A decir verdad, se trataba de ejercicios agotadores que requerían altas reservas de energía, pero eran aplaudidos por los clientes inexpertos que lo tomaban como un síntoma de mejoría física. No lo podrían acusar de estafa, pues no promovía ningún poder sobrenatural. El hombre tenía confianza en su capacidad de convencer por lo menos a dos tercios de los clientes, con tal de paralizar durante unos minutos su sentido de la vergüenza para dedicarse a su acrobacia. Al fin y al cabo, una mañana perdida no le resultaría nada grave.

Sin embargo, tenía que entrar a la reunión de vendedores en la tarde a como diera lugar, porque iba a asistir el dueño de la empresa, que regresaba de su visita a la feria de juguetes celebrada en Canadá. Quería entregarle en persona la versión final del plano, elaborado tras sucesivas deliberaciones, para mejorar el soporte de burbujas. Aferrado aún al orgullo y ambición de haber sido galardonado en el concurso infantil de invenciones, el hombre ansiaba ser reconocido en áreas técnicas. No estaba satisfecho con el cargo actual de jefe de promotores, bajo la sospecha, quizá infundada, de que se lo habían otorgado más por sus méritos de deportista y modelo de desnudos. A pesar de que había obtenido resultados notables, todavía se sentía lejos de desplegar su capacidad al máximo. Podría aspirar a un puesto mejor remunerado cuando lograra patentar un invento.

Una sombra emergía de repente para coincidir con la figura del hombre a través del cristal de la cabina telefónica.

Era una mujer de su misma edad, que escrutaba hacia el interior, con el cuerpo pegado a una esquina de la cabina. El hombre la miró a los ojos, que permanecían inmutables detrás de las gafas sin montura, como si estuvieran observando movimientos de algún objeto inorgánico. Con el busto erguido, lucía unos pantalones azul oscuro que le resaltaban las líneas de los muslos, y llevaba una blusa blanca con lunares de un color parecido a la yema de huevo. Sería una enfermera, para andar por allí a esas horas. El hombre devolvió el auricular y salió de la cabina, sosteniendo la puerta para dejarla pasar.

Sin embargo, la mujer no mostró ningún interés en moverse de donde estaba parada, y los dos se enfrentaron casi nariz con nariz, de una manera extraña. El cabello de la mujer olía a fósforo quemado. Bajo la luz oblicua, los lentes se veían levemente colorados. Unas gotas de sudor brillaban como perlas iluminadas en la cuenca entre sus pechos.

—¿Qué tienes?

El hombre balbuceó ante el murmullo enigmático que lo tomó por sorpresa.

—No, nada en particular…

—Qué cuerpo tan macizo. ¿Practicas algún deporte?

La mujer le pellizcó sin fuerza el brazo, y deslizó los dedos hasta el hombro a lo largo de los músculos, acto demasiado provocativo para ser un examen médico. El hombre retrocedió hasta donde ya no podía más, impedido por una valla hecha con palos de madera, que protegía los cerezos.

La mujer continuaba en un tono burlón:

—¿Qué te pasa, que se te ha erizado la piel? Apuesto a que sufres de neuralgia o asma. Los hombres musculosos tienden a tener problemas en los nervios autónomos. ¿Tienes carta de recomendación para la consulta?

—No, yo no estoy enfermo.

—Ah, ¿no? —La mujer bajó la voz al instante, pero enseguida recuperó su tono inicial—. Pero como quien dice, un camino de serpientes solo te lleva a las serpientes. Es mejor confiar el asunto en manos de un agente experto que recurrir a conocidos pero ignorantes, sabes. Claro, el precio varía según el rango del médico, pero hay jóvenes muy buenos que no cobran mucho. Solo con el respaldo de experiencias acumuladas sabrás decir qué médico y de qué sección es apropiado para una enfermedad determinada.

Al decirlo, le entregó una tarjeta de presentación:

Factoría autorizada, solícita y experta, con diez años de experiencia en trámites de urgencias, consultas generales, hospitalización, etc.
Mediaciones Mano

Rambla del hospital, núm. 8
Tel: 242-2424

De repente sonó un altavoz:

«Quienes quieran estacionar, por aquí, por favor. Quienes quieran estacionar, por aquí, por favor».

Y luego, otro altavoz:

«Juego completo para hospitalización en oferta. Tenemos utensilios necesarios para hospitalizados. A precio especial, solo en la mañana».

La mujer sonrió, mordiéndose un poco el labio inferior.

—Ves que hay mucha competencia.

Los edificios con apariencia de tiendas comerciales, que abundaban en las dos aceras de la rambla de cerezos, estaban preparándose para iniciar su jornada laboral. En algunos se abrían contraventanas y postigos, con gente regando o instalando banderas de anuncios, y en otros, ya listos, los dependientes se encontraban sentados en las sillas bajo los aleros, con micrófonos portátiles en las manos. En su mayoría eran factorías multifacéticas, que ofrecían encargarse de trámites de toda especie.

—No te molestes por mí, que no necesito ninguna consulta.

—No estoy hablando solo de consultas, sino que te puedo ayudar con cualquier otro asunto.

—No te preocupes, me las arreglo yo solo.

—Sabes, el otro día puse en contacto a un distribuidor de ajedreces magnéticos con una persona de la sección de compras. Este tipo de ajedrez es muy conveniente pues se puede jugar acostado, y salió muy agradecida. A un productor de un canal televisivo lo ayudé a realizar, tal como deseaba, el proyecto de filmar gestos de enfermos en agonía…

—Mira, solo quiero hablar con el encargado de la atención nocturna, o sea con la gente apostada en la ventanilla para atender las urgencias, y confirmar un par de datos.

—No eres periodista, ¿verdad?

—Qué va.

—Confirmar algo no es tan fácil como tú crees, pues ese sector es famoso por su carácter confidencial. No permite la entrada sino a las ambulancias. Claro, así debe ser, porque nunca faltan vagabundos o borrachos que intentan colarse con cualquier pretexto.

—Voy a entrar por el portal para solicitar formalmente una cita con el encargado.

—Qué ingenuo eres. Ahí empiezan a atender a las ocho. A esa hora hay un relevo del personal, lo cual quiere decir que a más tardar a las ocho y media se van los del servicio nocturno. ¿Qué vas a hacer?

—¿Qué hora es?

—Son las ocho y dos.

—Ay, qué lío.

—Por eso te he dicho: el camino de serpientes solo te lleva a las serpientes. Mira, de entrada te cobraré 780 yenes, precio fijo que no permite ninguna rebaja, pero cuando todo salga como desees, solo tendrás que pagar, a ver, 2500 yenes, incluyendo la recompensa que hay que dar a la gente involucrada.

(Creo que he dado demasiada importancia a esta anécdota, quizá insignificante para las investigaciones sobre mí mismo, en torno a la cabina telefónica. Si le parece inoportuno el uso de la primera persona, la puede sustituir sin problema por la tercera. A decir verdad, la cinta entregada por el caballo iniciaba con este fragmento. No me explico cómo podían vigilarme con micrófonos a esas alturas cuando todavía no me había identificado ante ninguna persona del hospital. No me queda más remedio que suponer que la desaparición de mi esposa estaba planeada de antemano. Mañana en la mañana le señalaré esta sospecha al caballo en su propia cara).

La tienda de la mujer era la séptima, en la misma acera de la cabina telefónica. La mitad de la fachada la ocupaba la vitrina con muestras de obsequios para los enfermos, con precios indicados en las etiquetas. La cortina de bambú, al lado de la puerta corrediza, serviría para tapar el sol declinante. El interior estaba a oscuras, y un hombre pequeño, calvo y barbudo, se sentaba detrás del mostrador cerrado de un solo lado.

—Aquí viene un cliente —la mujer le habló con brío al barbudo—. Cóbrale, por favor.

La mujer desapareció, haciéndole un guiño al hombre, detrás de la puerta cubierta por un calendario grande, a modo de biombo, que tenía una modelo en traje de baño. El barbudo sacó un formulario por debajo del mostrador y le ofreció una silla al hombre.

—Va a ser otro día caluroso.

—¿Cuánto era?

—Siete con ochenta…

El barbudo guardó las monedas de cien yenes en una caja de seguridad portátil y metió las monedas de diez en la boca de la alcancía en forma de gato, de unos treinta centímetros de altura, que movía su mano maquinalmente. Luego le dio una factura meramente formal tras marcarla con un sello de caucho. Apenas adelantó el cuerpo, se recostó contra el respaldo y empezó a contemplar distraído la calle con sus ojos vacíos, moviendo sin parar los dedos cruzados sobre el pecho. De repente apareció una moneda de diez yenes entre los dedos. Al cabo de varios giros la moneda se dividió en dos, antes de fundirse otra vez en una, y enseguida aparecieron tres. Eran transformaciones tan rápidas que el hombre nunca logró descifrar los movimientos de los dedos para saber si era una sola con tres reproducciones fantasmales o eran tres que se hacían un fantasma.

—Qué habilidad.

—Soy prestidigitador profesional. Pero últimamente los magos han ahuyentado a los prestidigitadores.

—¿Qué diferencia hay entre prestidigitación y magia?

—La prestidigitación requiere arte, mientras que la magia solo se basa en trucos.

—Se esfumó la moneda de cien yenes entre los dedos—. Oye, ¿tienes alguna enfermedad venérea?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Los que no aclaran de entrada el objetivo de la consulta casi siempre padecen de enfermedades venéreas.

—Mira, no vengo al hospital.

Se percibió un susurro sobre la rambla de cerezos, presagiando la llegada del viento tras mucho tiempo de ausencia. En la tienda de la otra acera arreció la voz reforzada por el altavoz:

«Comercial Sakura ofrece ropa de alquiler, tenemos todas las tallas, colores y estilos. Un accesorio gratis para vestidos femeninos. Comercial Sakura, siempre bien surtido, respaldado por experiencia y credibilidad, ofrece todo a buen precio. Fianza mínima, mitad de precio para quienes vengan con carnet de conducir. Vengan a ver, Comercial Sakura ofrece ropa de alquiler…».

—Claro, necesito ropa de alquiler.

El hombre estaba a punto de levantarse cuando se dio cuenta de que, concentrado demasiado en la búsqueda de su esposa, se le había olvidado traer la ropa de repuesto, indispensable desde luego para ella.

—¿Para el saque?

El barbudo golpeó el puño derecho contra la palma de la mano izquierda para producir un ruido cómplice.

—¿Cómo? ¿Saque, dices?

En vez de responderle, el barbudo colocó un álbum grande sobre el mostrador y empezó a hablar con una precipitación vehemente:

—Dime la edad, el tamaño, el color favorito… No tienes que ser demasiado exacto si se trata de una mujer. Con que me digas la estatura aproximada, te podré proponer algunas muestras de talla adecuada.

—Mide uno sesenta más o menos, con cuerpo de contextura mediana.

El barbudo hojeó con celeridad las páginas del álbum para señalar un maniquí con piernas delgadas, sonriente, con los labios fruncidos, que vestía un traje de una sola pieza. Era de tela liviana con pliegues volátiles en el escote, ceñida con holgura por un cinturón. Si no fuera por su color beige, el diseño produciría una impresión de antigualla.

—A ver, ¿qué te parece? Con el cinturón se puede ajustar a cualquier talle y, doblado bien, lo puedes guardar en el bolsillo. Producto altamente recomendable para sacar a una mujer. ¿No quieres anillos, collares o lentes de sol? Esos pequeños detalles cambian la impresión de la ropa de alquiler.

La mujer regresó al terminar de negociar por el teléfono del fondo con el vigilante del servicio nocturno, que ya casi se iba a casa. Había logrado convencerlo por un pelo. Incluyendo la recompensa y la fianza por la ropa de alquiler, el hombre tuvo que pagar 15.500 yenes y solo le quedaron 1230 yenes en la cartera. Mientras sacaban la cuenta, el barbudo envolvió el vestido que, en efecto, cabía a duras penas en el bolsillo del traje. El hombre creyó oírle decir al barbudo que le dejaba gratis un accesorio, pero lo apresuraron a salir sin darle tiempo de verificar de qué se trataba.

Según la mujer, la puerta de servicio estaba como a trescientos metros a la izquierda del portal, a lo largo de la reja. Luego de darle al hombre unas instrucciones escuetas sobre la manera de hablar con el vigilante, la mujer lo animó en un susurro insinuante, acariciándole las costillas con los dedos:

—Corre, guapo, llámame cuando necesites algo.

El hombre pasó rápidamente por debajo de los cerezos. Estaba seguro de que todavía podía correr cien metros en menos de trece segundos.

(Continuará…)

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