Encuentros secretos (IV)

Kobo Abe

 

 

(Aquí se interrumpe de nuevo la grabación. El contador marca 382. La expectativa del caballo, al molestarse en llamarme y apresurarme a terminar el segundo casete, tentándome con la invitación a la cena, apuntaba a este vacío de un par de horas. Desde luego, relataré todo en detalle. A estas alturas la secretaria tampoco me reprocharía que lo hiciera).

—Sabes, en el interior del ascensor no se puede instalar ningún micrófono escondido. Dime todo cuanto me tienes que decir ahora mismo, de momento estamos solos, pero no hay tiempo. Anda, date prisa, ¿qué quieres que haga por ti? Bueno, si te callas, hablo yo primero. Fui violada por el jefe.

Habló con tanta precipitación que todavía atravesaban el noveno piso cuando terminó de decirlo. El hombre no supo qué responder. La palabra «violada», escrita así, no suena tan fuerte, pero, emitida por boca de la misma víctima tuvo el impacto de una bolsa de papel hecha explotar cerca del oído.

Su actitud también cambió de repente. Se le esfumó sin dejar rastro la típica arrogancia que caracteriza a los médicos. Hasta la piel tersa, que antes le parecía una marca de agresores insolentes, se convirtió en signo de daños recibidos. La secretaria enmudeció.

Bajaron del ascensor al vestíbulo para los empleados. Había un gentío bullicioso, que, si no fuera por la vestimenta peculiar de bata blanca combinada con sandalias y por el insistente olor a medicina, produciría la misma sensación que los pasajes comerciales del subterráneo urbano a la hora de la salida del trabajo. Como la secretaria era conocida del subdirector, varias personas la saludaron con cariño. Algunos los escudriñaron con una mirada insinuante. Los dos muchachos con pantalones deportivos y cabezas rapadas, los mismos que lo habían agredido, se detuvieron de repente y los miraron con ojos lujuriosos, doblando en ángulo agudo la cintura, pero la secretaria los ahuyentó sin perder tiempo con un ademán firme. Había recuperado la arrogancia de los médicos. ¿De verdad había sido violada? ¿O una mujer violada merecía ser tratada de manera particular en este hospital?

Salón de belleza, tienda de hogar, agencia de viaje, florería, cafetería con asientos en el pasillo, imprenta rápida, venta de micrófonos escondidos, revelado de fotos, lavandería con lavadoras automáticas de monedas, y por fin aparecía el comedor, brumoso por el vapor, que emergía como a través de un objetivo gran angular.

En un rincón del fondo del comedor estaba instalado un televisor con una pantalla gigantesca. Estaba puesto sobre un andamio, que salía de la pared a modo de alero y armado con tubos de acero, como a dos metros del piso. Había una aglomeración mayor por debajo del televisor, pero el espacio quedaba en ángulo muerto. Era extraño que se apretujara tanta gente en un lugar tan ruidoso, aun cuando no había ningún programa interesante a esas horas. Quizá atraía gente justo por el ruido, que obstaculizaba la función del micrófono escondido.

De hecho, la mayoría se sentaba demasiado cerca, juntos unos y otros, y se hablaban casi al oído, en cuchicheos. Había unas cuantas parejas en actitud amorosa, pero muchas parecían sostener conversaciones secretas sobre algún negocio importante. Cundió cierto pánico cuando la secretaria se les acercó caminando entre las mesas. Al verla, algunos se levantaron de la mesa con discreción. Los vigilantes son una raza odiada, sea donde sea.

El hombre y la secretaria se sentaron de lado a una mesa cuadrada, muy cerca el uno de la otra, casi con las rodillas rozándose, para poder conversar en medio del bullicio. Al camarero que fue a atenderlos, la secretaria le dibujó una A en el aire con un dedo e hizo un gesto de servirse cerveza en un vaso. De A a E, había cinco menús diferentes, y el A de hoy consistía en cerdo guisado al estilo chino y sopa de maíz. En la pantalla del televisor terminó un programa para niños con el gemido de un monstruo robot y, tras un parpadeo color ámbar que se reflejó en los rostros de la gente reunida a su alrededor, se transmitió un mensaje comercial acerca de un aparato insecticida eléctrico.

—Fui violada.

Apenas susurró eso al oído del hombre, la secretaria levantó la cabeza y golpeó con el índice derecho la mesa blanca de plástico. El hombre no atinaba qué decir, a sabiendas de que se encontraba urgido a responder algo. ¿Quería acusar al jefe, solidarizarse con otra víctima o ganar su simpatía?

Optó por decir una palabra banal que podría decepcionar a su interlocutora:

—¿Cuándo?

La secretaria encogió el cuello, torciendo el cuerpo entero. El aliento del hombre le había entrado directamente en el pabellón de la oreja. En respuesta la mujer le infundió un aliento no inferior.

—¿Es verdad que tu esposa fue secuestrada por una ambulancia?

—¿Para qué crees que estoy perdiendo tiempo aquí, a riesgo de mi empleo?

—No te creo.

—¿Por qué?

Hasta una frase corta sonaba insinuante al transmitirse de la boca al oído de manera tan íntima.

—Habrías acudido a otro método de pesquisa si fueras detective privado.

—Ya he seguido el método de los detectives privados, espiando y entrevistando…

—¿Cuánto llevas de casado?

—Cinco años.

—No has investigado sobre los antecedentes de tu esposa, ¿verdad? Amistades anteriores al matrimonio, relaciones actuales, por ejemplo. Se consiguen pistas inesperadas a partir de una agenda, apuntes en calendarios o mugre dejada en la libreta de teléfonos. Debes preguntar a los vecinos también si tu esposa no hacía salidas periódicas, a qué horas se ausentaba de casa y cómo se vestía y maquillaba cuando salía…

—Tú no sabes nada, quizá te parezca extraño que te diga eso, pero…

—Claro, tú eres muy guapo.

—No quiero decir nada de eso, sino…

Les trajeron la cerveza. Forzado a brindar, sintiendo al mismo tiempo una presión en las rodillas como si fuese una pelota de goma dura, el hombre accedió a regañadientes. Recorrió el espacio con la mirada. Varias miradas furtivas se dispersaron rencorosas, como si fuesen moscas espantadas. Los primeros tragos de cerveza se hicieron humo antes de llegar al estómago.

—¿Cómo es tu esposa?

El hombre percibió un desafío en la presión de la rodilla. Ignorarla equivaldría a herirla, lo cual no convenía en estas circunstancias, pero al aceptar la pregunta le daría una impresión de deshonestidad, poco apropiada a un hombre que está en busca de su esposa. No supo qué hacer.

—En casa tengo sus retratos… Hay uno muy grande a color, hecho por un fotógrafo profesional, donde sale en traje de baño, porque de estudiante llegó hasta la preselección del concurso de Miss Tokio.

—Una mujer vistosa que ostenta su cuerpo.

—Nada de eso.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué?

—¿Me protegerías así si yo fuera tu esposa?

El hombre escrutó con cautela el rostro de la mujer. La pregunta era ajena por completo a la ironía maliciosa, tan frecuente en semejantes situaciones. Se puso aún más alerta. La secretaria prosiguió, sin reparar en la vacilación del hombre:

—Creo que es mejor que sepas al menos —con la mirada fija en los ojos del hombre, la mujer terminó de sorber la cerveza con los labios apretados, como si la bebiera con una pajita— que nadie se preocupa por ti de verdad.

Sin duda tenía razón. Pero una sentencia tan contundente no le caía en gracia. Sintió que por sus poros se colaba algo viscoso y desagradable, como si se hubiera convertido en una esponja pisoteada. La esperanza se le deshacía como la escarcha de hielo adherida a la cáscara de una mandarina congelada.

—Pero poca gente del exterior tiene acceso a esa sala para escuchar las cintas de grabaciones clandestinas…

—Lo de difícil acceso no siempre te resulta útil, ¿no crees?

Advertencia premonitoria. ¿Con qué objetivo hablaría así? ¿Ganas de molestar, alguna trampa o solo simpatía? Al igual que lo de difícil acceso, la simpatía sola no siempre le resultaría útil. Y él estaba acostumbrado sobremanera a ganarse la simpatía de los demás.

Pronto les trajeron dos porciones del menú A sobre una bandeja de aluminio. En vez de responder, el hombre empezó a tomar la sopa de inmediato y se dio cuenta de que tenía demasiada hambre para saborear la comida. Los dos se concentraron en masticar y engullir durante algunos minutos. La secretaria miró su reloj y, manteniendo el brazo estirado, le sonrió con los ojos cuando estaban a punto de terminar la carne de puerco bañada en caldo. Una cicatriz roja como de tres centímetros atravesaba la muñeca de la mujer, en paralelo a la pulsera.

El hombre encendió su imaginación. Tendría algo que ver con la violación, ya referida dos veces. ¿Querría despertarle compasión al insinuar un intento de suicidio? Quizá no se llevaba tan bien con el jefe como se imaginaba, pese a su actitud aparentemente sumisa, y andaba sobre la cuerda floja de una relación peligrosa entre agresor y agredida. Debería aprovecharse de esa clave, ya que la exhibía adrede.

Pero la secretaria se le adelantó:

—¿Parezco infeliz o feliz?

—No me pareces infeliz.

—¿Por qué?

Tal vez debía haberle contestado lo contrario para aceptar que se podían ayudar, complementándose.

—Mera impresión, no sé…

La mujer alzó el labio superior para mostrarle una sonrisa cínica y se levantó, retirando la silla con brusquedad.

—¿Por qué no pasas por mi habitación?

Levantado a medias, el hombre dijo en un tono ambivalente:

—¿Qué ganaría con eso?

Le corrió una quemazón por el tobillo. La mujer se lo había lacerado con la punta de la sandalia. Brotaban hilos de sangre por la herida.

—¿Por qué eres tan egoísta? No me gusta esa conducta.

—¿Qué quieres que haga en esta situación?

La mujer empezó a caminar, sin volverse. Después de quitarse la sangre con una servilleta, el hombre siguió detrás de ella, serpenteando entre las mesas, y trató de contener la ira, que se mezclaba con el dolor de la herida. La mujer se portaba como un mono consentido. ¿Con qué derecho lo trataría con tanta rudeza?

Cerca de la pared y junto a la salida del comedor se congregaban unos veinte hombres, que presenciaban una escena en que los dos muchachos con pantalones deportivos y cabezas rapadas se alternaban para golpear a un hombre de mediana edad, vestido de bata blanca. Parecían los mismos muchachos, pero de momento se le ocurría que eran diferentes. La víctima estaba en cuclillas sobre el piso, con la bata blanca ya sin botones abierta por el pecho. Se extendía una mancha de sangre en forma de red sobre la camiseta, que apretaba las capas de su grasa abdominal. El cabeza rapada con cara abotagada, como un pan cocido al vapor, le quitó las gafas a la víctima y las pisoteó. Mientras tanto, el otro, que tenía un ojo artificial, siempre abierto en estado de convulsión, seguía pegándole con la rodilla en la nariz, ya deformada como un racimo de uvas demasiado maduras. Nadie trataba de detenerlos. ¿Habría alguna razón por la cual no se podía intervenir?

El cara de pan, al reconocer a la secretaria, colocó la palma de la mano detrás de la oreja y la movió como si fuera una oreja de elefante. El del ojo artificial sonrió mostrando sus dientes blancos muy bien alineados. La mujer habló sin dirigirse a ninguno:

—Di la tabla de multiplicar.

El cara de pan frunció los labios en un gesto orgulloso y se dio un golpecito en la mejilla, produciendo un ruido como el de una boca contra una botella vacía. Y empezó a recitar con una entonación particular:

—Dos por dos cuatro, dos por tres seis, dos por cuatro ocho, dos por cinco diez, dos por seis doce…

Los espectadores desviaron la mirada girando sus cuerpos rígidos. Todos tenían las caras ofuscadas por el descontento. No se sabía si apuntaban con un reproche a la secretaria, a la pareja de los muchachos agresores o a la víctima. Mientras tanto, el cabeza rapada con ojo artificial, desconfiado, clavaba el ojo bueno en el hombre, que se sentía avergonzado como si lo forzaran a defecar en público.

La secretaria se marchó con presteza, sin esperar que el hombre terminara de recitar la multiplicación. Pese a su curiosidad, el hombre también la siguió. Parecía que trazaban una ruta diferente a la de ida. A medida que se enrarecían las luces, las puertas cerradas, probablemente de oficinas o de depósitos, iban sustituyendo a las tiendas y cafeterías. Escaseaba gente cada vez que daban una vuelta en alguna esquina de las galerías intrincadas del sótano, hasta que llegaron al fin al pie de una escalera estrecha, desierta. De repente la mujer se volvió para espetarle:

—¿Qué quieres?

El hombre sintió que había caído en una trampa.

—¿No me estabas conduciendo?

—¿Adónde?

—Yo solo no llego a ningún sitio.

La mujer rio encogiendo el cuello, y al hombre no le quedó más remedio que seguirla. Salieron a nivel de tierra. Al volverse, divisó la sede central del hospital, erguida en medio de las nubes oscuras, violetas, del ocaso. Se alineaban cientos de bicicletas, con manillares enlazados, bajo las luces de los faroles de mercurio sucios. La mujer tomó una cualquiera sin prestarle atención y se montó para ponerse a la carrera. El hombre la siguió corriendo a toda velocidad, confiado en la potencia de los zapatos de salto. Al tratarse de una carrera de menos de un kilómetro, vencería a cualquiera a menos que fuera un ciclista profesional. La mujer se volvió y, al ver que el hombre la seguía como en una pesadilla, pedaleó con más fuerza. Las dos piernas, salidas hasta los muslos de la bata blanca con los faldones volantes, rasgaban ágiles la oscuridad.

Corrieron por una vereda con malezas a los lados, entre filas de edificios de madera de dos plantas. Al parecer, eran las mismas casas, destinadas a los pacientes internos de estadía larga, que había visto al hacer el trayecto inverso cuando el subdirector lo llevaba a su oficina luego de la caída del médico de guardia. Tras segar con las ruedas varias flores de gladiolos de color sangre seca, la bicicleta desembocó en una cuesta que se pronunciaba hacia abajo. La mujer frenó de golpe y el hombre logró evitar el choque por un tris. Al frente había un edificio de hormigón armado con mortero, de tres plantas. Era una casa antigua con ventanas enmarcadas por ladrillos rojos, y toda la fachada gris azul estaba cubierta de hiedra. Quizá antes formaba parte de la sede central del hospital, pero ahora solo colgaba allí una placa de madera que decía con letras borrosas de tinta: «Pabellón Especial de Condrocirugía».

El hombre se sintió aliviado al comprobar que no era la habitación de la secretaria. Sentencia suspendida de momento.

(Las siete cuarenta y tres. La oscuridad se levanta en un instante fuera de la ventana y se abre un resquicio entre las nubes para darle paso a un trueno, que se escucha tres segundos después, y a una lluvia de gotas grandes. Pronto llegará el caballo. El contador del casete se mantiene en el «582». El caballo se quejará. Se filtra la lluvia desde la ventana y el cuarto está repleto de olor a verde. Por favor, ya quiero poner fin a esta locura).

El portal tenía un porche estrecho, y entraron empujando con el hombro la puerta pesada; se encontraron en una especie de sala de espera. El penetrante olor a desinfectante invadía la nariz, y el ruido de la ventilación reptaba sobre el piso. Se percibía la presencia humana pero no se veía a nadie. Con la respiración acelerada, la secretaria abrió las solapas de su bata blanca para dejar entrar el aire, y el hombre, resollando también, se secó el sudor que le corría por debajo de la barbilla.

La mujer le dijo, mientras enfilaban hacia el ascensor que estaba al lado de la escalera de enfrente:

—Espérame por aquí. Voy a hablar con el subdirector para conseguir la llave de la habitación.

—¿Habitación?…

La mujer se volvió con brío y, alzando las manos apretadas hacia adelante, en un gesto iracundo golpeó el piso con la sandalia.

—Hazme caso, que todo va a salir bien. Podrás ahorrar tiempo al hospedarte en el hospital en lugar de venir desde tu casa, ¿no crees?

El hombre quería regresar a casa a como diera lugar. A lo mejor su esposa no le contestó la llamada porque lo buscaba desesperada, al igual que lo hacía él. También era posible que encontrara alguna pista inesperada al buscar en los cajones escondidos del armario. Pero no tenía sentido objetar. Un buen aventurero debe ahorrar energías, absteniéndose de disparates, hasta que se despeje la neblina. Luego de observar en silencio a la mujer que ya abordaba al ascensor, se sentó en un banco de madera cubierto con una capa de vinilo negro. Estaba agotado. Eso de estar atento a las seis fuentes que emitían sonidos al azar había sido una labor mucho más ardua de lo que se imaginaba.

El sueño le llegó como la caída del telón al final de una obra teatral. Creyó escuchar, justo antes de dormirse, una voz de respiración delicada que lo llamaba de algún punto de la planta alta. Soñó. En el sueño, tomó un jabón agujereado por algún bicho para lavarse las manos y estas se le quedaron perforadas por todas partes. Despertó cuando se caía del banco.

Fue un despertar tan repentino que no supo cuánto había dormido. Podía ser solo un instante y al mismo tiempo varias horas. Se levantó de un salto, acosado por el temor infundado de haber sido abandonado por la secretaria. Además, estaba impaciente, tal vez por volver a la sala de guardia para retomar la revisión de las grabaciones clandestinas. Se le entumeció el meñique izquierdo, seguramente por el golpe recibido en el codo en el momento de la caída.

Desde un costado del ascensor se extendía un largo pasillo. En sus paredes había puertas con ventanillas; todo estaba en penumbras, apenas se veía una luz difusa de emergencia. Subió la escalera con pasos sigilosos. Había una sala de fumadores, y en la pared de la izquierda colgaba una foto a color, enmarcada, en la que dos caballos copulaban. Comparada con el cuadro de la oficina del subdirector, tenía un aire un tanto académico, debido a la ampliación de las partes genitales en contacto. Al frente había una ventanilla larga a la altura del pecho, y mirando por ella no se veía a nadie en esa estancia, donde una luz enceguecedora iluminaba hasta el último rincón. A primera vista se sabía que era el puesto de enfermeras por su característico desorden general, de documentos dispersos sobre los escritorios, utensilios de acero inoxidable y cristal, tubos de goma, potes de medicinas y aparatos que a todas luces causarían dolores tremendos.

Hacia el lado derecho de la sala de fumadores había una puerta con batientes, tras la cual se extendía un corredor de madera aceitosa. Distinguió una luz colada por el resquicio de una puerta abierta, ubicada al final de un estante atravesado a la altura de la cadera, con rayas color granate. La tocó, pero no obtuvo respuesta. Formulando palabras de excusa para sus adentros, el hombre entornó la puerta. Era un cuarto amplio para enfermos; allí había una niña tendida sobre una cama.

La niña levantó la cabeza de la almohada y las dos miradas se encontraron. El hombre iba a retroceder, pero se contuvo sin querer ante el gesto inquisitivo de alguien que había esperado vagamente al visitante.

—Todavía no puedo… Por favor…

La niña le suplicó con una voz atomizada como polvo de pastel. ¿La bata blanca le habría originado una confusión? ¿Pacientes internos bien enterados reconocerían las batas del personal de guardia? Los labios de la niña revelaban una sonrisa ingenua y discordante que transparentaba el interior de la boca como una cáscara de tomate.

—Soy inofensivo.

El hombre alzó el codo y mantuvo las manos abiertas a la altura de los hombros para expresar que no tenía ninguna mala intención.

—Pero eres enviado de papá.

La niña desplazó la mirada a una silla colocada al costado de la cama antes de terminar de decir la frase, como si ahí estuviera sentado su padre invisible.

—Me asomé porque vi una luz encendida. Oye, ¿no sabes dónde está el subdirector?…

La niña le devolvió la mirada al hombre, con una sonrisa asomada a los rabillos de los ojos.

—En serio, todavía ando tambaleante.

—¿Quién es tu padre?…

—Tú lo sabes.

—¿Y sabes quién soy?

—No, no lo sé.

Se le ocurrió que no era cualquier paciente. El cuarto, más amplio de lo normal, estaba muy ordenado, con la cama hecha a su medida y una cobija de textura suave, y las ventanas se cubrían con una cortina de fibra sintética color marfil en lugar de una de algodón blanco. El olor a leche quemada parecía proceder del cuerpo de la niña. El hombre tuvo una extraña sensación de alivio, quizá gracias a ese olor parecido al de su esposa.

—¿Quién es tu padre? ¿Acaso lo conozco?…

La niña, con el dedo, señaló de nuevo hacia la silla del costado de la cama, apuntando con los labios. Al principio el hombre pensó que la niña quería indicar que algún visitante se sentaría ahí, pero pronto se dio cuenta de que el dedo, doblado en un ángulo forzado, señalaba la pata de una silla. Chasqueó los dedos a la altura de su cabeza. Si esta niña creyó que él conocía al padre al ver la bata blanca del personal de guardia, solo había una persona que podía ser su padre: el jefe de guardia.

Reaccionó de inmediato casi instintivamente. Agarró la silla para volcarla y encontró lo que se esperaba: un pequeño emisor de frecuencia moderada, instalado en un hueco perforado en una pata de la silla. Arrancó las pilas y las guardó en el bolsillo de los pantalones.

—Qué crueldad. Le pone un micrófono escondido hasta a su propia hija.

—¿Verdad que sí?

La voz sonora de la niña creó a su alrededor un ambiente burbujeante, como si se hubiese destapado una bebida gaseosa. Acostumbrada a someterse a la escucha clandestina, la niña se exaltaba ante la perspectiva de algo nuevo.

—¿Qué tienes?

En vez de responder, la niña se incorporó sonriente con un codo apoyado en la almohada y, en el momento de elevar el torso, dejó descubierta una pierna hasta la rodilla. Era mucho más joven de lo que le había parecido a primera vista. Quince, dieciséis años a lo sumo. La había creído más madura al fijarse en la silueta formada debajo de la cobija, pues las extremidades fláccidas no eran de una adolescente. Además de su rostro, muy infantil visto de frente, la curva del muslo carecía de madurez.

—¿Tu padre quiere sacarte del hospital?

—¿Por qué me preguntas si ya lo sabes?

Recostada boca arriba, la niña levantó las rodillas, un tanto separadas, sosteniendo la cobija a modo de toldo. Con mirada inquisitiva, clavada en la cara del hombre, la niña empezó a mover rítmicamente las manos debajo de la cobija. Aunque los movimientos no estaban a la vista, se podía imaginar, a partir de los hombros sacudidos y las ondulaciones de la cobija, los vaivenes acelerados de las muñecas, como las antenas de un insecto. El hombre se desconcertó. La cara se le hinchó como si fuese arena cuando es mojada.

—Deja de hacer tonterías.

Se le quebró la voz como si le hubieran tapado la garganta.

—Me han dicho que soy más bonita en estos momentos…

—¿Quién?

—El doctor.

—El subdirector, ¿quieres decir?

La niña se rio formando arrugas alrededor de su nariz perfecta, mientras hacía burbujas de saliva con los labios fruncidos para untar con ellas las manos que acababa de sacar de la cobija.

—Deja, te digo.

Acto seguido le separó las manos de los labios. La saliva de la niña se le adhirió a los dedos. No le resultó beneficioso el favor que pretendió hacerle al desarmar el micrófono escondido. El jefe de guardia habría estado atento a la escena captada por el aparato. Con el micrófono en acción, habría podido evitar sospechas infundadas y, por otro lado, la niña no habría perdido el control de sí misma.

—¿Por qué?…

La piel casi transparente de la niña se fue tornando roja. Inclinó el rostro dejando el lado derecho hacia arriba, mientras todos sus gestos se desplazaban hacia el lado izquierdo, el ojo derecho se vaciaba, dejando la cuenca como un oscuro agujero.

—No tienes por qué hacer eso, ni siquiera delante del doctor…

—Papá dice lo mismo.

—Claro, no tienes por qué hacer algo que no te guste.

—Sí, me gusta.

—Mentira.

—Pero la foto enmarcada nos retrata al doctor y a mí, según me han dicho.

—¿Qué foto?

—Esa que está colgada en la sala de espera, la de dos caballos en acto…

Una risa sigilosa. ¿Sería una idiota? Aprovechando un momento de distensión, la niña metió otra vez las manos debajo de la cobija.

—Deja de hacerlo, no insistas.

—Pero lo quieres ver, dime la verdad.

—¿Qué edad tienes?

—Trece.

La niña no perdía ni un instante para deslizar las manos en su entrepierna, suavemente; sus avances eran casi imperceptibles, como los de las babosas. Parecía buscar un trato. Aquel hombre tenía que ser un descarado para educar así a una niña de trece años. Igual, no negaría que el odio y la ira estaban matizados por un toque de celos. La niña revelaba una vulnerabilidad irresistible. Ese hombre impotente era una miseria. ¿Con qué derecho explotaría de manera tan sucia a una niña que tenía la frescura de un zumo de naranja recién exprimido?

La niña dejó de mover las manos ante la evidente ira del hombre.

—¿Prometes que no me vas a sacar de aquí si dejo de hacerlo?

Desde el comienzo no tenía ni la menor intención de sacarla. En otras circunstancias no tan tensas, quizá no sería una mala idea sacarla para motivar más sospechas. Desprovista de un equipaje voluminoso, la niña se convertiría en una presa estimulante del famoso «saque». Una palangana en el estante de la cabecera, un vaso de cristal con estampas de fresas, un cepillo de dientes con mango rosado, un tubo de pasta dental, un cómic con una portada demasiado vistosa y, quizá dentro de la estantería cerrada, habría objetos como algodón hidrófilo, pañuelos de papel, cortaúñas y botes de crema. Con la cobija, que sería otra de sus pertenencias, podría envolver todo para intentar la fuga. El hombre escrutó el vacío con los ojos entornados. Montaría un teatro. Le inculcaría un sentido de deuda, simulando acceder a un trato al cabo de largas reflexiones.

Al fin asintió despacio, fingiendo desgana.

La niña sonrió mordiéndose el labio inferior con un candor excesivo; esto le molestó al hombre. Brincó como un pez, librándose de la cobija, y del pijama desabotonado se asomaron sus pezones en los pechos apenas crecidos, como si se hubieran refugiado ahí, temerosos del paso del tiempo. Luego, estiró el brazo para señalar algo por encima de la cabeza del hombre al otro extremo del cuarto. Axila blanca como el interior de una concha. Olor fuerte a leche quemada.

—Hay una coca-cola en la nevera, si quieres.

El hombre se fijó en un marco amplio, cubierto por una cortina verde con adornos tejidos, que, pese a su apariencia engañosa de mampara para tapar el lavabo, resultó ser la entrada a otro cuarto pequeño, equipado con un baño y una estufa de gas. La pequeña nevera estaba repleta de naranjas, melones y papayas, coloración apropiada a una prostituta infantil. En el momento de volverse con la botella de coca-cola en la mano se dio cuenta de que había una escalera justo al lado de la entrada. Era una escalera vertical de madera, sujeta a la pared, que llevaba en línea recta a un hueco abierto en el cielorraso, por el cual se colaba una luz tenue.

Con una vaga convicción acerca del uso de este paso secreto, el hombre golpeó la pared con la botella de coca-cola, para simular dificultad, y subió la escalera. Salvó el chillido suave del primer peldaño, y llegó a la buhardilla sin hacer ruidos. Era un espacio como de un metro cuadrado y la tabla de arriba se movió al rozarla con la cabeza. Quizá se podía levantar, a modo de entrada secreta. Al lado de la escalera, en dirección a la parte donde se encontraba la niña, había una mirilla, de unos diez centímetros de largo por cinco de ancho, que filtraba la luz.

.

No comprendió de inmediato el significado de lo que sucedía en el interior. Aunque ya puede relatarlo con palabras a estas alturas, en ese momento logró asegurarse a duras penas de lo que veía con sus propios ojos.

Enfrente de sus narices vio pantorrillas femeninas, tan cerca que casi podía tocarlas con las manos. Pese a la desnudez, brillaban con tersura de muebles bruñidos. Al desplazar la mirada se encontró con unos tacones de sandalias que rascaban el piso. Era la secretaria. Más allá había dos camas. La poca altura de la mirilla le limitaba la vista, pero era suficiente como para saber que en esas camas se acostaban dos hombres: uno era el mismo médico de guardia, desmayado en pleno acto de masturbación, y el otro el subdirector. El médico de guardia se encontraba boca arriba con el pene erecto otra vez, parecía un tanto pálido, como el otro día, mientras el subdirector yacía de lado, de espaldas a su colega, vestido de cintura para arriba con una camisa formal y desnudo abajo; de su entrepierna emergía un pene idéntico a las entrañas de un pescado.

Veintenas de cables delgados se enroscaban en red para unir a los dos hombres por las cinturas. Los cabos del haz, conectado al parecer con un aparato contador, estaban atados a la piel de cada uno con cintas adhesivas de varios colores. Una enfermera tomaba notas con los ojos detenidos sobre el contador, y otra frotaba diligente el pene erecto del médico de guardia, con el ritmo y el sonido de un gato lamiendo leche, chorreándole aceite de una jarra. El subdirector, con el ceño muy fruncido, balbuceaba de cuando en cuando palabras como N-13, K-14, dando señales con los movimientos del dedo sostenido en el aire. Ante ello, la encargada del contador ajustaba los diales o cambiaba de sitio las cintas adhesivas, y la que manipulaba el pene aceleraba o aflojaba el ritmo de sus dedos.

¿Cómo era posible creer, siquiera un instante, que le podía ser de ayuda esta clase de gente para buscar a la esposa? Esto no era sino una orgía disparatada de muñecos andrajosos, fugados de un camión de trapero.

(Más tarde supe que había sido un experimento extravagante que consistía en originar una eyaculación al médico de guardia y un orgasmo al subdirector al mismo tiempo, mediante la emisión en signos electrónicos de la sensación del pene erecto de aquel al cerebro de este).

—Señor visitante del cuarto número ocho del segundo piso, señor visitante del cuarto número ocho del segundo piso, no está permitido entrar al cuarto de enfermos sin autorización. Repórtese por favor al puesto de enfermeras enseguida, repórtese por favor al puesto de enfermeras enseguida. Señor visitante…

De abajo se escuchó la llamada de una voz femenina y chillona, seguramente de una mujer mayor, con toques de amenaza profesional, emitida quizá por un altavoz pequeño. La niña le respondió algo entre risas. Reaccionaron con presteza también las personas que se encontraban al otro lado de la mirilla. Al parecer, habían dado el anuncio para todo el edificio.

El hombre cruzó la mirada con las enfermeras. La secretaria cambió de posición las pantorrillas. Acto seguido el hombre tapó la mirilla con la mano izquierda.

Un dolor agudo…

Se cayó, resbalando por la escalera. Brotaba sangre en gotas grandes de la palma de la mano por un pinchazo de algo puntiagudo. Perros locos. Se retiró al cuarto de la niña, chupándose la herida.

—Ya pasó, porque desconecté…

La niña lo miró orgullosa con los ojos entornados, sosteniendo la cabeza con el brazo metido debajo de la almohada. La otra mano vibraba sobre la cara como una flor alzada sobre un tallo delgado. Al enfocar bien los ojos, el hombre distinguió una flor artificial, marchita, de azucena, semejante a una auténtica, que escondía en su interior un interfono de cable de vigilancia. ¿O sea que se enteraron de todo el diálogo que había sostenido con la niña? ¿De qué había hablado con la niña? Era peor que un micrófono escondido, pues podían identificarse mutuamente.

Antes de tener tiempo siquiera para calmarse, se escuchó un ruido en el pequeño cuarto contiguo con la escalera. Un chillido como el que hacen las puertas de madera mal encajadas. Con la mano ardiente, el hombre se quedó perplejo. ¿Alguien lo seguiría? A pesar de que no había nada que le remordiera, se sentía, vaya a saber por qué, culpable como si fuera cómplice de algún acto criminal.

(De repente se le cruzó una imagen por la cabeza.
Desprovisto de oídos por la desinstalación del micrófono escondido, el jefe de guardia se comunicó, tras una confusión momentánea, con el puesto de enfermeras, para sustituirlo enseguida por el canal del interfono de cable.
Y logró escuchar hasta el momento en que el hombre fue al cuarto contiguo para sacar la botella de coca-cola.
Pero ahí se interrumpió el diálogo y el cuarto de la niña permaneció en un silencio extraño durante un largo rato que, en realidad, no fue tanto tiempo. Angustiado por las sospechas, el jefe no pudo contenerse más y decidió emitir un aviso por cable, lo cual se podía tomar como medida justa de un padre preocupado por su hija lujuriosa de trece años).

De repente la niña imitó un maullido de gato. De paso dibujó un círculo grande con una pierna para atrapar la cobija retorcida entre los muslos. La pierna tenía forma de caramelo, demasiado estirada no poseía el encanto de la redondez femenina, pero a cambio tenía una pulcritud que lo tentaba a lamerla. Las nalgas envueltas en las bragas de un tono gris carbónico le despertaban con una extraña sensación magnética, un efecto táctil sobre la palma de la mano.

Pero la simulación de maullido sonaba desatinada en ese cuarto. ¿Se lo habría inculcado el subdirector? Al hombre le dolió imaginarse la escena en que la niña jugaba el papel de gata en celo delante del subdirector.

—Pasaré por aquí más tarde… —dijo en un tono compasivo que le sorprendió a él mismo. Lo haría de verdad cuando recuperara la calma al encontrar a su esposa.

.

Apenas salió al pasillo, se cerraron varias puertas al unísono. Distinguió una figura en pijama que, tomada por sorpresa, se apresuró a su cuarto con pasos menudos. Probablemente serían pacientes que se encontraban al acecho después de escuchar la emisión del aviso. Se portaban como cangrejos ermitaños asustados por las pisadas.

El puesto de enfermeras permanecía desierto. La cabina de emisión se situaría en alguna otra parte. La puerta estaba entornada. No perdería nada con un par de minutos de desvío. Sería en balde apurarse hacia la sala de espera para adelantarse a la secretaria, pues ya lo habían visto espiando el experimento. Le urgía conseguir un antiséptico para la herida, que, aunque no era muy grande, podría supurar con más rapidez que una simple raspadura.

La mitad de la pared del fondo estaba ocupada por estantes destinados a guardar hojas clínicas en orden alfabético. Buscó la que podría corresponder a su esposa, pero no la encontró. No se decepcionó de ninguna manera, ya que desde el comienzo no guardaba esperanza alguna.

Se arrepintió de no haberle preguntado a la niña por su nombre. ¿Volvería a su lado? Con el número del cuarto, el ocho del segundo piso, podría ubicar algún registro de la niña. Buscaba sobre el escritorio grande, instalado en el centro del espacio, con dos sillas en lados opuestos, cuando le llegó un ruido: parecía agua vertida desde una jarra de boca pequeña, detrás de la sombra de unos papeles amontonados.

Apareció con una risa insinuante y un gorro blanco de enfermera, circundado por tres rayas negras que indicaban cierto rango, tal vez jefa o subjefa. Un lunar llamativo al lado de la nariz. Cesó el ruido de agua. Extrañado ante la figura, que permanecía agachada, el hombre se asomó detrás de los papeles y descubrió que la jefa se sentaba a caballo sobre un taburete redondo, muy bajo, casi a ras del piso, frente a una mesa de trabajo para su propio uso, con un pequeño equipo de transmisión instalado.

—Me descubriste.

—Me gustaría saber el nombre de la paciente del cuarto número ocho…

—Lo siento —la jefa se rio aflojando la mandíbula pesada, mientras rascaba con la punta de un bolígrafo un agujero en el borde de la mesa—. No habría dado el anuncio si hubiera sabido que se trataba de una persona de guardia.

La bata blanca le infundía un profundo respeto. El hombre se desconcertó aún más ante el poder del personal de guardia.

—¿Quién crees que haya sido?

—Es que vienen con frecuencia hombres enloquecidos al saque, al escuchar la cinta…

—¿La cinta?…

—La grabación con la voz de la niña. No entiendo por qué se fascinan tanto con una voz tan extraña como un hipo de gato. Algún encanto tendrá. Mira cómo se pone hasta el subdirector.

—Y su padre vende la cinta…

—No entiendo cómo la han identificado sin tener datos concretos sobre la dueña de la voz.

—¿De veras está enferma?

—Sí, enferma sí está. El otro día la sacó algún loco y la niña volvió en menos de tres días, encogida dieciocho centímetros.

—¿Cómo encogida?

—Tiene una enfermedad complicada que se llama osteolisis. Oye, tienes una herida.

—No es nada.

El hombre untó la costra de sangre adherida a la muñeca con saliva, y se la secó con el faldón de la bata.

—No, muéstramela.

De nuevo se escuchó el agua vertida muy de cerca. No había ni botella ni vaso a su alrededor. Con el cuerpo tieso la jefa alzó la mirada, un tanto ruborizada por los bordes de los ojos.

—¿Qué es esto?

—Orina. —La jefa se levantó la falda hasta la cintura para mostrar una bacinica de peltre, colocada debajo de las inmensas nalgas, separadas por una línea fina, como la costura de una máquina de coser—. No tengo control del esfínter de la vejiga.

—Tendrás muchos inconvenientes cuando te mueves a algún lado…

—Claro. Parece que están haciendo un experimento interesante aquí en el tercer piso y todas se han ido a espiarlo, pero yo estoy sola aquí… con los brazos cruzados… Bueno, no tanto. No sería capaz de ponerme un pañal porque sudo mucho. Oye, no me mires tanto.

Pese a esta última frase, la jefa seguía riéndose sigilosa con su voz nasal, sin un asomo de querer bajarse la falda. El hombre no logró del todo desviar su mirada de las burbujas formadas por las gotas de orina que se dispersaban sobre la superficie.

—Voy a observar un poco ese experimento del tercer piso.

—Tengo cervezas frías en la nevera si quieres.

El hombre rechazó sonriente el ofrecimiento con movimientos de la mano y se apresuró a salir, cuidándose de no ofenderla.

.

La secretaria se encontraba perniabierta en el centro de la sala de espera, sosteniendo el cuerpo con ambos pies extendidos, como si estuviera al acecho. La cara redonda se le redondeaba aún más bajo la sombra del cabello que, iluminado desde atrás, se borraba por el borde. Extendía el brazo hacia adelante sobre el pecho, sacudiendo ágil un dedo que tenía metido dentro de una argolla con una llave de acero que destellaba dando vueltas.

.

(Ha llegado un coche. Será el caballo).

(Continuará…)

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