La ingenua libertina [Fragmento]

Colette

 

 

«¡Me voy a acostar con Minne!».

El baroncito Couderc comunica esta decisión con voz clara y sonora, enrojeciendo luego violentamente y se levanta el cuello de pieles. Con el bastón al hombro parece querer conquistar la amplia y triste estepa en la que uno se hunde en humeantes tinieblas, al salir de la cegadora calle Royale. Se le ve sólo un poco de nuca, con cabello muy corto, y una nariz insolente de golfillo distinguido. Se atrevió a repetir, bajo los árboles de la avenida Gabriel, desafiando una espalda friolera de guardia: «¡Me voy a acostar con Minne! Tiene gracia: excepto la inglesa de mi hermanito, la primera de todas, ninguna mujer me ha impresionado tanto. Minne no es una mujer como las demás».

Pensó, al acercarse a la calle Christophe Colomb, en los dulces por arreglar, la tetera eléctrica, sobre todo el instante de desnudarse, que deseaba rápido y fácil, que hubiera querido escamotear. Empezó a incomodarle su juventud. Uno es el baroncito Couderc, a quien las «damas» de «Chez Maxim’s» tratan tiernamente de «guapito»; se tiene una nariz que obliga a ser insolente, unos ojos azules, burlones, miopes, una boca desgarrada y fresca, pero no se puede olvidar que no se tiene más que veintidós años.

—¡Señor barón, la señora ya está ahí! —susurra el ayuda de cámara.

¡Santo cielo, ya está aquí! ¡Y los dulces, y las flores, y todo! Va a ser una birria. ¡Ojalá arda el fuego!

Estaba ahí, como en su casa, sin sombrero, sentada delante del fuego, un vestido sencillo cubría sus pies. Sus cabellos rubios como casco, electrizados por la helada, la nimbaban de plata. Parecía una jovencita de grabado inglés, las manos cruzadas en las rodillas. ¡Y qué infantil gravedad en los rasgos de una finura casi demasiado precisa! Antoine, su marido, le decía a menudo: «Minne, ¿por qué te ves tan niña cuando estás triste?».

Alza los ojos hacia el rubito que entra y le sonríe. Su sonrisa le da un semblante de mujer. Sonríe con expresión a la vez altiva y dispuesta a todo, que da a los hombres el deseo de intentar cualquier cosa.

—¡Oh, Minne! ¿Cómo hacerme perdonar? ¿Llego con tanto retraso?

Minne se levantó y le tendió su fina mano sin guantes.

—No, soy yo la que he venido demasiado pronto.

Hablaban casi con voz idéntica. Él, con una forma parisiense de alzar el tono; ella, con un tono de soprano, pausado y claro.

Se sentó cerca de ella, desmoralizado por la soledad. No hay amigos como espectadores malévolos, no hay marido, el marido distraído, es cierto, pero por lo menos en su presencia uno podía entregarse a travesuras de colegiales maliciosos, manos que se rozan bajo el plato del té, mueca del beso que se cambia detrás de las espaldas de Antoine. Ayer mismo podía decirse el baroncito Jacques: «¡Les engaño, no ven más allá de sus narices!». Hoy está a solas con Minne, esta Minne que llega a su primera cita, tranquila, antes de hora.

Le besa las manos, examinándola furtivamente. Ella inclina la cabeza, sonriendo con su orgullosa y equívoca sonrisa. Y Jacques se precipita glotonamente hacia la boca de Minne, sorbiéndola silenciosamente, casi arrodillado, de súbito, tan lleno de ardor que una de sus rodillas le tiembla en inconsciente bailoteo.

Minne se ahoga, la cabeza hacia atrás, su rubio casco le pesa bajo las horquillas, a punto de soltarse en lacia oleada.

—¡Espere! —murmura.

Jacques aflojó el abrazo y se puso de pie. La lámpara ilumina su semblante transformado, pálida la nariz, la boca mordida y ardiente, la barbilla fresca y temblorosa, todos los rasgos infantiles aún, envejecidos por el deseo que agota y ennoblece.

Minne, que se había quedado sentada, lo miraba obediente y anhelante. Y como se sujetaba el moño, su amigo la cogió de las muñecas:

—¡Oh, Minne, no te peines!

Ella enrojeció ligeramente bajo el tuteo, molesta y satisfecha, y bajó las pestañas, más oscuras que sus cabellos.

«¿Acaso lo amo?» pensó, secretamente.

Jacques se arrodilló, las manos tendidas hacia el corpiño de Minne, hacia la evidente complicación de los broches, los ojales dobles de su cuello recto, tieso por el almidón. La joven vio, a la altura de sus labios, la boca entreabierta de Jacques, una boca de niño jadeante que el ansia de besar secaba. Con los brazos al cuello de su amigo, de rodillas, besó gentilmente la boca, como hermana demasiado tierna, como novia a la que la inocencia hace atrevida. Él gimió, rechazándola con manos torpes y febriles.

—Espere —repitió ella, y de pie empezó, tranquilamente, a desabrocharse el cuello blanco, la blusita de seda, la falda plisada que cayó en seguida. Sonrió, vuelta a medias hacia Jacques.

—¡No puede imaginar cuán pesadas son las faldas plisadas!

Él se apresuró a recoger el vestido.

—¡No, déjelo! Me quito falda y enagua juntas, una dentro de otra. Es más fácil para vestirse después, ¿ve usted?

Hizo con la cabeza un signo indicando que, en efecto, veía. Veía a Minne en pantalón, que continuaba desnudándose tranquilamente. No tenía bastantes caderas para evocar a las mujercitas de Willette, ni bastante busto. Jovencita siempre, por la sencillez de los ademanes, el elegante envaramiento y también a causa del pantalón con ligas, que despreciaba la moda, un pantalón estrecho, precisando la rodilla seca y fina.

—¡Piernas de paje! ¡Qué maravilla! —exclamó el muchacho bajito, y la palpitación de su corazón hizo sus amígdalas grandes y dolorosas.

Minne hizo una mueca y sonrió después. Pareció oprimirla un súbito pudor al soltar los cuatro tirantes, pero una vez en camisa recobró su serenidad y, metódicamente, alineó en el terciopelo de la chimenea sus dos sortijas y el botón de rubí que sujetaba el cuello de su blusita.

Se vio en el espejo, pálida, joven, desnuda bajo la camisa fina; y como su casco de plata con dorados reflejos se movía de una oreja a otra, lo deshizo y alineó las horquillas de concha. Un mechón rizado se le quedó, como flequillo encima de la frente, y dijo:

—Mamá me peinaba así cuando yo era pequeña.

Su amante apenas la oyó, trastornado al verla casi desnuda, agitado, anegado por una oleada de amor, inmensa, amarga, de amor verdadero, furioso, celoso, vindicativo.

Sobrecogida por lo nuevo del acento, se acercó a él, velada por sus rubios cabellos, las manos como conchas encima de sus senos, tan pequeñitos.

—¿Qué?

Estaba junto a él, tibia tras haberse despojado del pesado vestido, y su perfume ácido de verbena al limón le hacía pensar en el verano, la sed, la fresca sombra.

—¡Oh, Minne! —sollozó—. ¡Júramelo! Que nunca para nadie…

—¿Para nadie?

—Para nadie, delante de nadie, has ordenado tus horquillas y tus sortijas, nunca has dicho que tu madre te peinaba así. Jamás… En fin, nunca, has…

La tenía en brazos apretada tan fuerte que ella se echó hacia atrás como una brazada de flores que se estrecha demasiado y sus cabellos rozaron la alfombra.

—¿Jurar qué? ¡Oh, qué tonto eres!

La mantuvo contra sí, encantado por las palabras. Tendida en sus brazos, la miró de cerca, curioso de ver el grano del cutis, las venas de las sienes, verdes como los ríos, los negros ojos en los que bailaba la luz. Recordó haber contemplado con la misma pasión el nácar azul y las plumosas antenas, todas las maravillas de una linda mariposa viva que capturó un día de vacaciones. Pero Minne se dejaba descifrar sin batir las alas.

Sonó un reloj y ambos se estremecieron.

—¡Son las cinco! —suspiró Minne—. Hemos de darnos prisa.

Los brazos de Jacques descendieron, acariciaron las huidizas caderas de Minne, y el egoísmo vanidoso de su edad estuvo a punto de traicionarse por entero en una palabra:

—¡Oh, yo…!

Iba a decir, joven gallito fanfarrón: «Yo tendré todo el tiempo que quiera». Pero se contuvo, avergonzado ante esta niña que en pocos instantes le enseñaba a la vez lo que eran celos, desconfianza de sí mismo, pequeño y desconocido estremecimiento de su corazón, y esa delicada paternidad capaz de florecer en un hombre de veinte años ante la desnudez confiada de un ser frágil a quien quizás haga gritar el abrazo.

Minne no grita. Jacques ve bajo sus labios un extraordinario y puro semblante de iluminada, unas pupilas negras agrandadas que miraban lejos, más allá del pudor, más allá de él mismo, con una ardiente y decepcionada expresión. Minne, derrumbada en la cama, soportó a su amante como mártir ávida a la que exaltan las torturas, y buscó con un cimbreo, frecuente y rítmico, de sirena, el impacto de su dardo. Mas no gritó ni de dolor ni de placer, y cuando él cayó a su lado, cerrados los ojos, apretada y pálida la nariz, con entrecortada respiración, ella sólo inclinó, para verlo mejor, su cabeza que vertía fuera de la cama una oleada tibia y plateada de rubios cabellos.

Tuvieron que separarse, a pesar de que Jacques la acariciaba con un frenesí de amante que va a morir y besaba sin cesar el cuerpo afilado que ella no defendía. Ora, sorprendido, seguía lentamente sus contornos con índice temeroso que dibuja, ora estrechaba entre las suyas las rodillas de Minne hasta magullarla, o jugaba, cruel y trastornado, a borrar bajo sus palmas el débil bulto de sus senos. Le mordió, mientras se vestía, en el hombro; ella se quejó bajito y se volvió con un movimiento felino. Y de repente se echó a reír, exclamando:

—¡Oh, qué ojos! ¡Qué ojos más divertidos se te han puesto!

Jacques, frente al espejo, vio que, efectivamente, tenía una cara rara, hundidos los ojos, encendida e hinchada la boca, los cabellos en las cejas, despeinados, en mechones, un aire, en fin, de juerga triste con algo más, algo ardiente y agotado que no puede definirse.

—¡Mala! ¡Déjame ver los tuyos!

La cogió por las muñecas, pero ella se zafó y le amenazó con un dedito severo:

—¡No vengo más si no me dejas marchar! ¡Señor, será horrible afuera, después de ese sueñecito caliente, el fuego y la lámpara rosada!

—¿Y yo, Minne? ¿Me concederás la gracia de echarme de menos después de la lámpara rosada?

—Veremos —dijo ella, poniéndose la toca con blancas camelias—. Si me encuentras un simón en seguida, sí.

—La parada está cerca —suspiró Jacques, cepillándose los cabellos de cualquier manera—. ¡Atiza! ¡No hay agua caliente!

—¡Es muy raro que haya suficiente agua caliente! —afirmó Minne, distraídamente.

Jacques la miró, enarcadas las cejas, recobrando poco a poco, con sus ropas, su cara de baroncito Couderc, y exclamó:

—Querida amiga, ¡dice usted a veces unas cosas, unas cosas…, que me harían dudar de usted o de mis oídos!

Minne no juzgó necesario contestar. Estaba en el umbral de la habitación, fina y modesta dentro de su vestido oscuro, ausentes los ojos, ya lejos.

«¡Uno más!», pensó Minne crudamente.

Se recuesta, con hombros rabiosos, en el paño descolorido del simón y echa la cabeza hacia atrás, no por temor a ser vista, sino por horror de todo cuanto pasa afuera.

«Bueno, ya está. ¡Uno más! El tercero y sin éxito. ¡Hay para renunciar! Si mi primer amante, ese interno de los hospitales, no llega a asegurarme que estaba perfectamente conformada para el amor, me iba a consultar a un especialista de fama».

Evoca los pormenores de su breve entrevista y crispa los puños en su manguito.

«Veamos, veamos… Si ese crío es un sol. Se muere de placer en mis brazos y yo me quedo esperando, diciéndome: “Sí, desde luego no es desagradable. Pero quiero algo mejor”».

«Es como el segundo, el italiano que Antoine conoció en casa de Pleyel. Vamos, el que tenía dientes hasta en los ojos. ¡Diligenti! Aquella vez que le pregunté en su casa qué era eso que los libros llaman prácticas infames, se echó a reír y volvió a empezar lo que acababa de hacer. Ésta es mi suerte, he aquí mi vida, hasta que me canse».

En aquel momento se acuerda de Antoine sólo para abrumarlo con una vaga e inútil responsabilidad. «Apuesto a que tiene la culpa de que sienta tanto placer como esta… banqueta. Debió de estropearme algo delicado».

«¡Pobre Minne!» suspira. El simón llega a la plaza de L’Etoile. Estará en su casa dentro de unos minutos, en la avenida de Villiers, muy cerca de la plaza Pereire. Atravesará la helada acera, franqueará la escalera recalentada, que huele a cemento fresco y mástic, y después los enormes brazos de Antoine, su alegría canina. Baja la cabeza, resignada; por hoy no hay más esperanza.

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