Encuentros secretos (V)

Kobo Abe

 

[CUADERNO III]

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Estoy en un cuarto del sótano de lo que fue antes el hospital. Tras una noche de lluvia, ahora se cuela un sol brillante de mediodía a través de un resquicio abierto en un conducto de ventilación. Me hice un escritorio provisional con una caja de cartón, y empecé estos apuntes sin saber hasta cuándo podré seguir escribiendo así. Aparte de que el ocaso me impedirá el avance, un día cualquiera me alcanzará en este escondite algún perseguidor, para ponerle punto final a la escritura.

Este tercer cuaderno tiene un significado y objetivos radicalmente distintos de los de los dos anteriores que hice a petición del caballo. Este no me lo ha pedido nadie. Ya no tendré que preocuparme por las miradas ajenas ni tendré que decir mentiras para defenderme. Más daño no me puede hace el caballo por más que se ofenda conmigo. Diré toda la verdad a mis anchas. Mientras los dos anteriores eran informes, este será una acusación. No tengo ni la menor idea de quiénes van a leerla, pero no me resignaré al silencio.

Al otro lado de la caja de cartón duerme tranquila, con la cobija revuelta entre los muslos, la niña del cuarto número ocho. Ya no se percibe el olor a leche quemada, sino la invasión de la apestosa orina de las ratas. Ante la expectativa de la fiesta de la Víspera, que se iniciará dentro de seis horas, los ruidos animadores de los fuegos artificiales y las bandas de guitarras eléctricas se mezclan en el aire, y repercuten en el laberinto del sótano. He creído detectar entre ellos un susurro humano y risas sigilosas, pero bien puede ser que hayan sido solo ilusiones acústicas, producidas por el miedo.

De momento retomaré lo que he escrito en el segundo cuaderno.

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El caballo llegó anoche, como había prometido, para invitarlo a una cena tardía, sin tratar siquiera de simular su irritación. En cuanto abordaron la furgoneta blanca, el cielo explotó en lluvias torrenciales. Los limpiaparabrisas se mostraron ineficaces ante la cantidad de agua acumulada sobre el cristal. El caballo se aferró en silencio al volante mientras el hombre siguió frotándose las sienes con las puntas de los dedos. Los nervios le quedaron oxidados como cables viejos después de haber escrito varias horas seguidas desde la mañana. El caballo llegó dos horas más tarde de lo acordado, y el estimulante había dejado de surtir efecto.

—¿Adónde vamos?

—Vamos a mi cuarto, para que puedas relajarte.

La ceniza humeante llameó, soplada por una ráfaga. Persona sin vida privada, el caballo se propuso invitarlo a su casa sin preámbulo. El hombre, curioso, se puso alerta ante la situación inesperada. Bostezó mostrando hasta la campanilla y los ojos se le llenaron de lágrimas.

La intensa lluvia le impidió saber con exactitud por dónde pasaba el coche. Bajó por una cuesta larga antes de subir un tramo, pero le quedó la impresión de que solo daba una vuelta en círculo para volver a algún otro punto de la loma sobre la cual se situaba el hospital. En tal caso, llegarían al extremo oeste del mismo terreno. El camino que orilla los edificios hospitalarios de madera se acaba al frente del pabellón de condrocirugía, que bloquea por completo el paso de los coches. Más allá queda la base del edificio antiguo del hospital, ya demolido, y las ruinas dejan entrever, en medio de la maleza que ya supera la estatura humana, una serie de ramas intrincadas y huecos que conducen al sótano, donde estoy escondido ahora. Al otro lado de las ruinas se expande un terreno baldío seco, sin orden alguno, con la extensión de tres canchas de béisbol, rodeando el antiguo campo de tiro del ejército de tierra, donde el caballo hace ejercicios de caminata. En una ocasión, cuando atravesé el terreno baldío para llevarle una vianda al caballo, me extrañé cuando distinguí a lo lejos, por encima del techo del campo de tiro, una construcción, brillante bajo la luz matutina, como un adorno de cristal. En ese bosque al borde del barranco que se resiste al mar se podrá desarrollar una nueva zona residencial.

En el centro del césped, inflamado como una gelatina verde bajo la luz del farol de mercurio, se veía un edificio de departamentos, como si fuesen un cuadro abstracto, hecho con cristales y azulejos color marfil. El edificio se iba estrechando hacia arriba en forma de pirámide y los amplios balcones reducían su espacio en cada planta. Tras dejar la furgoneta a la intemperie en el estacionamiento, entraron al vestíbulo por una puerta automática de cristal, de no menos de un centímetro de grosor, que se abrió sin hacer ruido, y pisaron una alfombra gris, o más bien azul claro, muy gruesa, que cubría todo el espacio como si los invitara a formar parte de un club de gatos.

El caballo vivía en el último piso.

Al lado de la entrada había una sala amplia para las visitas, cerrada por una ventana al fondo que transparentaba la oscuridad, manchada por los rasguños de lluvia, entre dos extraños aparatos de iluminación. A decir verdad, más que aparatos de iluminación propiamente dichos eran esculturas humanas, de tamaño natural, hechas de resina acrílica, y diseñadas para lanzar luces hacia todas las direcciones. Las paredes laterales, una cubierta por estantes con puertas de cristal y la otra por un equipo de sonido gigantesco y una foto inmensa en colores, disponían de puertas que llevaban a sendos cuartos contiguos. En la foto estaba retratado de nuevo un caballo de frente, levantado sobre las patas traseras, exhibiendo el enorme pene erecto, con detalles demasiado minuciosos como para servir solamente de adorno.

Había una mesa redonda de mármol pulido, color violeta, pegada a la ventana, que sostenía una cubeta minuciosamente elaborada, pintada de rojo, con un mantel índigo estampado con peces blancos. Sillas, los papeles que tapizaban las paredes, alfombras: todo estaba homogeneizado por el color marfil, interrumpido por pequeños puntos que representaban flores verdeazules. Sin embargo, pese a la impresión de elegancia que podrían sugerir estas palabras, el ambiente era deprimente. La pintura del marco de la ventana estaba descolorida por falta de mantenimiento; el florero del estante, cubierto por un chal de mugre; el respaldar de la silla tenía rajaduras que exponían a la vista el relleno: todo esto reflejaba el estado de desolación y pereza en que se encontraba el caballo tras una vida matrimonial desastrosa; todo estaba abollado, fuera de lugar, como un coche conducido por un borracho.

Mientras me ofrecía una cerveza con desgano, el caballo levantó la tela color índigo y descubrió la bandeja de sushi adornada por hojas auténticas de bambú, signo incuestionable de alta categoría, con piezas colocadas en forma radial.

—A ver, ¿cuánto has avanzado en tus investigaciones?

El hombre no le respondió. No iba a entregarle los cuadernos antes de que el caballo le diera una explicación satisfactoria sobre ese sonido como de pasos, que estaba grabado al inicio del casete. Era inverosímil dejar ese fragmento sin suprimir en el momento de la edición, a menos que le otorgara un significado especial.

El caballo asintió con pequeños movimientos de la cabeza, como para consolarlo.

—Tenemos tiempo de sobra. Por cierto, el primer cuaderno, que recibí ayer, ya ha llegado a las manos de tu esposa.

—¿Han descubierto su paradero?

—No, todavía. Nuestro misionero se hace cargo de todo.

—Pero si está en contacto con ella, ¿cómo no han descubierto su paradero? Preséntame a ese misionero, y yo mismo lo averiguaré con él.

—No te apures —dijo el caballo, respirando hondo, expandiendo la nariz para librarse del efecto astringente del wasabi que tenía el sushi—. Nada se realiza a la fuerza. Todo se echa a perder si pones al individuo en estado de alarma.

—Habrá mil maneras de llegar a la meta.

En vez de responderle, el caballo hizo un giro drástico para darle una explicación sobre la parte inicial del casete en cuestión: esto fue, claro, anteayer, porque esa misma mañana le ordené a mi secretaria que preparara el casete; se celebró una junta especial con miras a la inminente fiesta de aniversario de la fundación del hospital y ahí me enteré de algo interesante: sucede que a la misma hora en que trajeron a tu esposa en la ambulancia, hubo en la farmacia de pacientes externos un robo, que, a decir verdad, no fue sino un cristal roto de la ventana que daba al patio; se llevaron un poco de antipiréticos y somníferos, además de píldoras anticonceptivas equivalentes a ochocientos mil yenes, daño mínimo que en otras circunstancias no le habría llamado la atención a nadie; no es que haya robos a diario, sino que, más bien al contrario, el índice de delincuencia es muy bajo en el hospital, aunque, claro está, la cifra siempre varía según cómo se defina la delincuencia; aplicado el concepto de manera común y corriente, se podrá argumentar que el hospital no es sino un semillero de crímenes; sin embargo, siendo paciente, la gente sufre una alteración drástica con respecto a la idea de propiedad privada y, como consecuencia, de crimen; si un daño no se acepta como tal, no puede haber robo.

Ese día, el crimen se convirtió en un tema de conversación entre el personal del hospital porque las píldoras robadas —invento reciente que supuestamente surte efecto aun después del acto amatorio— constituían objeto de curiosidad en relación con un concurso, planeado en el marco de la fiesta de la Víspera, que consistía en la competencia de frecuencia y duración del orgasmo en las mujeres: tanto se habló del concurso que corría la voz de que algunas pacientes, con píldoras ingeridas en secreto, hacían ejercicios para ganarlo.

Al enterarme de todo esto, se me iluminó la mente al instante: no se podía atribuir a la casualidad la coincidencia entre la desaparición de tu esposa y el robo en la farmacia, que tuvieron lugar a la misma hora, casi en el mismo sitio; las piezas se acomodan a la perfección si suponemos que tu esposa se comunicó con el ladrón; hablando con toda franqueza, la gente se resistía a referirse a la desaparición de tu esposa como un posible caso criminal. Nadie la entendería si no hubiera sido resultado de un mutuo acuerdo previo con alguien del personal del hospital; o tú mientes, o te ha engañado tu esposa, una de las dos cosas… ¿Crees que haya gente que te haría caso en esas circunstancias?

—A ver, explícame, entonces, ¿para qué me asignaron la habitación y pusieron las cintas de grabaciones clandestinas a mi disposición?

—Eso no lo hice yo.

—¿Quién fue, entonces?

—Mi secretaria.

—¿Para qué?

—Es muy terca. Jamás se conforma hasta conseguir lo que busca.

—Ha de ser una loca perdida…

—Creo que le has gustado.

—Una vez me pegó en la espinilla hasta hacerme sangrar, otra vez me perforó la palma de la mano con una aguja. Y de remate me mordió el brazo, casi arrancándome un pedazo de carne.

—Es una niña probeta.

—Y eso, ¿qué tiene que ver?

—Típica huérfana, sin parientes que la cuiden.

—¿Acaso se trata de un robot?

—La madre había muerto, y ella nació de uno de los óvulos extraídos a la mujer después de la muerte. Su padre es un centímetro cúbico de esperma mezclada, prestada por un banco de semen. Ella carece por completo de sentimientos heredados de padre y madre. No tiene la menor idea de lo que son las relaciones humanas.

—Qué horror.

—Mira, por ejemplo, algunos dicen que la soledad es una forma instintiva para tratar de regresar al hogar. Al fin y al cabo, el tacto es el hogar de todos los sentimientos y emociones. Ella no tiene siquiera ese hogar al cual regresar.

—Yo no tengo la culpa.

—Ni ella misma. No será capaz de comprender por qué tiene que mantenerse a la espera con los brazos cruzados mientras te empeñas en la búsqueda de tu esposa.

—Es una manera egoísta de pensar. Son dos asuntos totalmente distintos.

—Igual, ella no comprenderá tu lógica.

El caballo acabó el resto de cerveza y continuó hablando, tras destapar otra botella.

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Hace cinco años se realizó un experimento bajo la dirección del caballo, o mejor dicho, según el planteamiento de su esposa, ya separada de él, que trabajaba en un laboratorio de estudios psicolingüísticos, con el título de «Excitaciones y controles causados por las representaciones sexuales». La idea consistía grosso modo en estimar en cifras concretas el mecanismo a través del cual los actos sexuales codificados (videos pornográficos, entre otros) surtían efecto en los espectadores. Entre los que se sometieron al experimento figuraban —aparte de voluntarios interesados en la remuneración— pacientes con enfermedades raras que conllevaban desórdenes sensoriales, recomendados y seleccionados por varias secciones. Dejando de lado los detalles que no vienen al caso, el experimento demostró que la estimulación acústica tenía una potencia inspiradora sobresaliente, superior a cualquier otra forma de representación, y permitió formular la hipótesis de que, en el caso de los seres humanos, el sentido auditivo, ubicado en el medio, entre el olfato degenerado y la vista desarrollada en exceso, se presta mejor a los estímulos sexuales.

Y ella también fue sometida al experimento y terminó originando una confusión con reacciones extraordinarias, únicas entre todas. Desde luego se observaba cierta disparidad en los resultados, pero siempre era posible señalar una ley constante que permitía ignorar diferencias individuales. Sin embargo, ella fue la única que no solo no mostró reacción alguna, sino que, para peor, reveló un rechazo fisiológico a los estímulos. Al someterla a la fuerza al sonido sexual, padeció de exantema alrededor del cuello y de disfunción visual.

A decir verdad, el objetivo secreto del experimento consistía en la curación de la impotencia contumaz que tenía atormentado al caballo. Libre de defectos físicos, el caballo se sometió, aconsejado por quienes argumentaron que se originaba en una disfunción condicionada por algún estímulo exterior, a los tratamientos del laboratorio de investigaciones psicolingüísticas, colocándose en la posición ambivalente y un tanto compleja de ser médico y a la vez paciente de su esposa, de quien ya se había separado. Identificada su enfermedad como «neurosis ante las relaciones humanas», ya se vislumbraba la expectativa de que uno de los tratamientos más eficaces consistiría en mandar al anonimato las relaciones humanas, y de ahí calcularon que el uso cauteloso de grabaciones clandestinas, bajo un anonimato absoluto, podría surtir efectos positivos. El experimento dio un resultado satisfactorio que respaldaba la validez de la suposición, pero el caso extraviado de la mujer, aun cuando fuera uno solo, era suficiente para estropear todo el esquema.

A modo de prueba, decidieron darle un estímulo de placer, directo al sistema nervioso central, y observaron un intenso orgasmo, sin anomalía alguna, aunque breve, con convulsiones uterinas. Al igual que al caballo, no le detectaron ninguna disfunción orgánica. ¿Sería otro caso de «neurosis ante las relaciones humanas»?

Atraídos por la similitud con los síntomas del caballo, los investigadores concentraron sus atenciones en la mujer. Algunos sospecharon la complicación por la «hipersensibilidad al experimento», pues ella, una auténtica mujer de probeta, era muy solicitada en todos los laboratorios. Trasladaron el lugar del experimento a una habitación de la zona residencial de lujo para distender el ambiente, y la abastecieron de chocolates con estimulantes, siempre amontonados en una bandeja de plata colocada sobre la mesa. También emplearon a un mecánico electrónico, padre de la paciente interna de estadía larga que estaba en el cuarto ocho del pabellón anexo de la sección de condrocirugía, que era un experto en escucha clandestina, para recoger varios modelos de actos sexuales. Sin embargo, las agujas de los aparatos contadores, instalados en su cuerpo, no se movían en absoluto, como si se burlaran de esos esfuerzos estériles.

Una noche, después de alargar el experimento, el mecánico y la mujer se quedaron a solas en la habitación llena de resonancias de gritos orgásmicos, emitidos por un equipo de sonido. Atrapado por una exaltación perversa, el mecánico terminó violando a la mujer, acto que se consumó con facilidad en unos cuantos minutos, pues ella solo llevaba puesta ropa íntima ligera, en una noche tan bochornosa como esta. Pese a los salpicones de sangre, la mujer casi no se resistió, conformándose con observar en silencio cómo el mecánico eyaculaba en su interior. El hecho de que en lo sucesivo se pusiera aún más cínica ante cualquier estímulo sexual, parecía demostrar que fue bastante grave el daño físico y mental que le infligió aquel acto.

Discutieron el caso en la junta directiva y, tras una larga sesión, llegaron a la conclusión unánime de que nada probaba la criminalidad del asunto, aun cuando deberían averiguar más a fondo algunos puntos pendientes, ya que ella misma no solo admitió que durante todo el acto no había querido resistirse, sino que quiso continuar el experimento con la ayuda del mismo mecánico. Sin lugar a duda, su conducta se prestó a la interpretación de que esperaba encontrar una solución a su frigidez a través del experimento. Incluso, algunos le sospecharon el deseo secreto de ser violada.

Con respeto por la voluntad de la mujer, la junta directiva aconsejó que ella permaneciera bajo custodia y observación del laboratorio de investigaciones psicolingüísticas a largo plazo. El mecánico no tuvo nada que objetar, pues además de su deseo de quedar impune, se estaba enamorando locamente de la mujer.

Sin embargo, el caballo no se convencía del todo en su interior. Aunque aprobó la decisión como miembro de la junta, lo hizo con desgano. Le parecía extraña la docilidad con que se portaba esa mujer atrevida, gestada en probeta, y no pudo dejar de sospechar que guardaba alguna intención secreta. ¿Qué buscaría, si era que buscaba algo, soportando la dolorosa cercanía de su violador? ¿Alguna aptitud suya, como por decir algo, en el área de mecánica? Aunque no parecía una mujer tan perspicaz, tampoco podía negar la posibilidad de que las grabaciones de los actos sexuales no fueran sino un pretexto para aproximarse al objetivo real, que era la labor misma de escucha clandestina.

Y no fallaba su intuición. Nadie se daba cuenta de nada hasta que el órgano de escucha clandestina se ponía en marcha por su cuenta, libre del experimento, creciendo y proliferando por sí mismo. Formalizada su labor como institución autónoma, la mujer se hizo secretaria del caballo, mientras que el mecánico se quedó con el puesto de jefe de guardia. Recordando ahora la serie de acontecimientos que se desencadenaron, uno tras otro, pareciera que todo estaba tramado desde el comienzo según el plan previamente elaborado por la mujer.

(La niña del cuarto ocho se ha dado la vuelta. Quizá le molesta la luz que se cuela por el conducto. La cambio de costado luego de quitar un broche de seguridad en la silla de ruedas. La niña sonríe con los ojos entornados. Hay una sensación de paz, como si esta estuviera posada sobre la punta de una aguja. Al colocarle un dedo sobre los labios, me lo chupa a sorbos. El aire se pone pesado y asfixiante, quizá por el vapor de la lluvia de anoche. Va a ser otro día caluroso).

A propósito, el caballo y el subdirector son la misma persona, como se ha venido insinuando hasta ahora. Supuestamente, el caballo, producto del lema del subdirector, «Buen médico es buen paciente», es otra persona según el criterio hospitalario, pero a mi modo de ver la diferencia no es sino la que existe en mí mismo antes de limpiarme los dientes y después de limpiármelos. En resumidas cuentas, el subdirector, con el pene indócil, trató de sacar provecho de otro cuerpo, transmitiendo en forma electrónica el estímulo recibido desde un pene más sano a su propio sistema nervioso, que rige su sexualidad, para ver si lograba experimentar un placer corporal. La escena grotesca que vislumbré a través de la mirilla del techo del cuarto ocho de condrocirugía (ver el cuaderno II para más detalles) no era sino una etapa preliminar del experimento a toda escala.

Según el caballo, lograron un éxito inesperado con esa experiencia transmitida. Me asomé justo cuando el médico de guardia eyaculaba desmayado gracias al masaje de la enfermera y, casi al mismo tiempo, el subdirector acababa de tener un orgasmo con el pene entrando en erección, aunque solo por un lapso breve. Ahora bien, el experimento no habría sido más de lo que era, por más grotesco que pareciera, y yo no le habría dado tanta importancia en otras circunstancias. No estaba de ánimo para interesarme en asuntos ajenos, con un problema tan serio como la desaparición de mi esposa prácticamente en mis manos.

Sin embargo, ese mismo día me enteré de la concepción global, elaborada por el subdirector, de lo que era el hombre caballo. Visibilidad escasa no significa ceguera sino exceso de objetos vistosos. Es como pintar con varios colores los lentes de un telescopio que de por sí es de baja visibilidad.

Esto sucedió en la escena que sigue a la del cuaderno II…, es decir, cuando la secretaria consiguió la llave de la habitación del médico de guardia y me condujo casi a la fuerza al edificio «Ho-4»: ella entró con toda confianza en la habitación, aunque un tanto malhumorada y, señalando con la barbilla las fotos de desnudos alrededor de la cama, me espetó de golpe esta frase:

—De estas mujeres, ¿cuál te gustaría que te masturbara?

Mientras permanecía perplejo, la mujer me lanzó otra puñalada:

—Solo pregunto por tu gusto.

—Una pregunta así de repente… Creo que no has entendido bien, yo solo…

—¿Te han comunicado el resultado de la radiografía? —Cambió de tema sin preámbulo—. Una fractura de cráneo, por el occipucio… No habrá esperanza si mañana no recupera la conciencia.

—No pensé que traería una consecuencia tan grave…

—No te preocupes, es hombre soltero, al fin y al cabo. De parientes solo le queda una tía, con la enfermedad de Ménière, que trabaja en una fábrica hiladora de batas blancas. Si mañana sigue en el mismo estado, lo van a cortar, dicen.

—¿Qué van a cortar?…

—Por aquí —simuló un cuchillo con la mano sostenida en posición horizontal a la altura del ombligo—, lo van a partir en dos, y el subdirector se quedará con la parte inferior como suya.

—No puede ser…

—El doctor está muy contento.

—Es un crimen…

—¿No quieres masturbarte?

—¿Qué?

—Según el «test de afecto» publicado por el laboratorio de investigaciones psicolingüísticas, hay alta probabilidad de entablar una unión ideal tanto física como mental con un hombre que no le repugne a una cuando se lo imagina masturbándose.

—Qué va.

—Jamás conocí a semejante hombre. Estaba a punto de resignarme, pero siento que no me desagradaría verte masturbándote.

—Jamás te lo permitiré.

—Anda, sé caballero con una dama.

—Pero ¿qué van a hacer solo con la parte inferior?

—Al insertarla al trasero, quedará como un caballo.

—Caballo…

—Anda, mastúrbate.

—No, gracias.

—¿Por qué?

Yo aún no comprendía el significado de su irritación sádica, que a mi modo de ver no podía ser otra cosa que acoso o una simple travesura. Me escapé a duras penas con el pretexto de que quería retomar la labor de escuchar las cintas en la sala de grabadoras. Desconfiando casi por completo de tales disparates, como ese del pene sustituido o el test de afecto, solo deseaba dejar atrás lo más rápido posible este ambiente de miasma y salir con la nariz tapada.

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Sin embargo, el subdirector es un hombre caballo de verdad, como he escrito varias veces.

¿Acaso la secretaria acertó al predecir que el caballo se quedaría con la parte inferior del cuerpo partido del médico de guardia?

A decir verdad, el pene del médico de guardia se convirtió esa misma noche en un buen juguete para las enfermeras, que (más de una intentó realizar un coito con él) lo maltrataron sin cesar, ya fuese metiéndolo en la manguera de una aspiradora eléctrica o haciéndole la prueba de cuántos papeles de fotocopia podía romper con su dureza, hasta dejarlo a la mañana siguiente como una masa de carne salpicada de sangre, sin utilidad alguna. Ha corrido la voz de que alguien las azuzó, pero no se sabe nada a ciencia cierta. Tampoco tengo información exacta sobre el destino del pene, que, según dicen, está guardado en otra sección.

Sin embargo, el subdirector, repito, es un hombre caballo de verdad, lo cual indica que existía otro cadáver con la mitad inferior robada.

Diré la verdad: ya en el momento de iniciar el primer cuaderno, el jefe de guardia estaba muerto. Claro, nadie podría vivir solo con la mitad inferior del cuerpo. La otra mitad la incineraron el mismo día y la enterraron en el cementerio con el debido respeto, que incluía el nombre póstumo, otorgado según la costumbre budista, y el pésame oficial en homenaje a su labor honesta. En fin, ya es un hombre difunto a todas luces.

Esto sucedió en la tarde del segundo día. Ante el médico de guardia con los órganos genitales vueltos un asco, el subdirector enmudecía perplejo, cuando le entregaron, en hora buena, el cadáver del jefe de guardia, que siempre se ufanaba de su pene gigantesco (con toda razón, porque era un objeto de unos 19 centímetros de largo y 7,2 de diámetro). Como se trataba de una persona epiléptica que a cada rato padecía de ataques, decidieron omitir las averiguaciones sobre la causa y de una buena vez partieron en dos el cadáver antes de que comenzara a endurecerse. Tras aplicarle un tratamiento debido al corte, guardaron con cuidado la mitad inferior en el sistema de mantenimiento de vida.

Pero ¿a eso le llamarían muerte? Desconozco los términos hospitalarios, pero para mí no era sino un asesinato. ¿Acaso este hospital es un fuero exento de justicia? Estoy dispuesto a testificar en un tribunal si me lo solicitan.

Acababa de visitarlo en la sala de guardia para reclamarle la nueva (vigésimo tercera) cinta. El jefe sacaba las cuentas de la semana, inclinado sobre el libro de contabilidad. De repente, cinco jóvenes irrumpieron sin tocar la puerta, con los pantalones deportivos y las cabezas rapadas de siempre, y mientras cuatro de ellos lo sujetaban por las extremidades, uno le tapó la cara con el cojín de la silla. Sin soltar una palabra, lo mataron en un santiamén con una destreza admirable. Días atrás había leído en un periódico que la última moda entre los asesinos profesionales consistía en asfixiar a la víctima con una almohada. Ante la amenaza de una muerte inminente, me quedé petrificado, tiesos los músculos de los que tanto presumía, como un pescado seco, pero los muchachos me ignoraron por completo. Uno de ellos me lanzó una mirada de cómplice, que me pareció siniestra a más no poder. Cargaron con brío el cadáver del jefe y, tras depositarlo en una camilla con ruedas que habían dejado en el pasillo, se fueron con su música a otra parte.

Enseguida entró una llamada de la secretaria.

—Me salió muy bien.

—Sospechaba que fuiste tú…

—Debemos pensar en su sustituto. ¿Quieres que te recomiende a ti?

Del otro lado del aparato se escuchó una aclamación de hombres que parecían precipitarse en avalancha hacia el fondo del abismo. Sería la estancia de vigilantes del sótano. ¿Habrían llegado los cargadores del cadáver? La mujer les gritó iracunda en respuesta y se cortó la llamada. Su supuesta explosión de ira me daba la sensación de estar presenciando algo previamente acordado entre cómplices.

¿Con qué azuzaría a los muchachos? Su motivo personal bien podía ser una venganza por la violación, pero ¿por qué ahora, después de tanto tiempo? Tampoco me parece probable que los muchachos se compadecieran de ella a esas alturas. ¿Algo de la conducta diaria del jefe les originaría un resentimiento acumulado? Los mismos pantalones deportivos, las mismas cabezas rapadas uniformemente, el entrenamiento de karate, las acciones disciplinadas… Podría haber sido una rebelión tramada contra su voluntad, pero que yo sepa, todos sus planes de acción están regidos por el líder, un muchacho con bocio e hijo de la encargada de la florería más grande dentro del terreno del hospital, que tomaba la última decisión sin intervención ajena. Al principio, el jefe me pareció un hombre de mal genio, difícil de tratar, pero al recordarlo ahora estoy convencido de que en realidad era un típico mecánico antisocial, con una terquedad más parecida a la ceguera; solo estaba interesado en ganarse la simpatía de la secretaria, fuera del mantenimiento y control del sistema de escucha clandestina y la ampliación de la red de venta de casetes. Aunque solo lo vi durante dos días, me hubiera gustado conocerlo un poco más.

La silla reclinable del jefe seguía girando tranquila sin producir ruido. Estaba asustadísimo. Luego me asusté aún más al saber que no había sido por orden del subdirector. Frente a la pobre niña del cuarto ocho, que duerme entre murmullos inaudibles con los labios crispados, secos y pegados, me pregunto cómo podría explicarle el destino cruel que acabó con su padre. Debo, o más bien tengo que evitar que se encuentre con el subdirector, convertido en caballo.

El caballo me reprochó por mi demora, diciendo que aplazaba adrede la escritura del cuaderno. Desde luego, tiene razón. ¿Cómo podría anotar asuntos tan insólitos sin causarles disgusto? No colaboraré con la coartada del caballo. Ya tengo un arma en mis manos.

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Por más increíble que parezca, creo que estoy a un paso de tener el poder absoluto del hospital. A la mañana siguiente del asesinato, se celebró desde temprano una junta directiva emergente y me nombraron jefe de guardia sin considerar siquiera mi voluntad. No lo he aceptado formalmente, pero la secretaria le colocó tres rayas a mi bata blanca sin pedirme autorización, y el personal ya me trata como tal adonde vaya. El sistema de escucha clandestina, agigantado sin control, sigue infundiendo respeto y temor con su ilimitada capacidad de asimilación informática, a pesar de que ya no hay ningún operador. Debido quizás al alivio morboso que sienten, muchos pacientes sacan provecho del invisible micrófono escondido, ora haciendo largas confesiones sádicas, ora evacuando, convertidos en una emisora provisional con un aparato de frecuencia modulada instalado en el trasero, ora masturbándose en público en medio de risas burlonas. Durante los tres días que me senté frente al aparato reproductor, me familiaricé con no menos de cien hombres y mujeres que se entretenían de varias maneras.

A decir verdad, todavía no he aprendido a manejar el poder, pero me siento capaz de subyugar a todo el hospital a mis pies si me da la gana. A pesar de que el jefe anterior no parecía percibirlo a conciencia, el poder se le advertía sin que hiciera nada en particular. De momento me contenta ver que la gente examina mi expresión, aunque procuro ocultarla con la cabeza agachada. Desde que soy jefe, la junta siempre me pone al tanto de los temas que van a discutir. Ya me han llovido delaciones y cartas anónimas.

Hoy al mediodía, a la hora del almuerzo, un colector me entregó un volante impreso a mano a la entrada del comedor. Llamamos «colector» a esos mirones que andan pescando ondas extraviadas con un receptor de alta calidad de frecuencia modulada a cuestas. A pesar de que todo el territorio hospitalario está cubierto casi por entero por la red de emisores pequeños, instalados con regularidad en sitios como aleros de casas particulares, camas, fondos de cajas de cosméticos, suelas de sandalias o mangos de paraguas, quedan ángulos muertos y rincones escondidos que escapan al control central de la sala de guardia, como los sótanos de los edificios de hormigón con escasas ventanas y puertas, o los depósitos especiales, rodeados de tablones de acero y zinc. Ahí es donde los colectores buscan su presa. El difunto jefe de guardia también era un colector común y corriente, hasta que lo reclutaron como asesor del laboratorio de investigaciones psicolingüísticas y, aun después del inicio del experimento, contrataba a unos cinco colectores hábiles para comprarles cintas grabadas. No me explico por qué son gente odiada, con etiqueta de delator, si todo el mundo disfruta de la escucha clandestina a escondidas. Quizá representa la contracara del poder.

El volante no era gran cosa. En la mitad superior había un dibujo de trazos de un globo negro con innumerables agujeros que sostenían sendos seres humanos por las cabezas. Por alguna fuerza centrífuga, todos flotaban con las piernas hacia afuera en forma radial, tomando posiciones naturales para dedicarse a alguna acción: correr, escribir a máquina, agacharse sobre el inodoro, concentrarse en puntillas, enlazarse en coito con el vecino… En conjunto parecía una mina terrestre de modelo antiguo o un ser humano sintético, que comparte una sola cabeza gigante. En la parte inferior se leían unas frases como si fuesen un lema:

«Cualquier hombre es solitario en el fondo. ¿Tienes miedo a la salud? ¿No eres capaz de decir la palabra “alta” sin bajar la voz? Una palabra que antes fue celebrada con ramos de flores, cuando daban de alta a alguien. A ver, grita a voz en cuello. ¡Vamos a recuperarnos pronto y salgamos del hospital! Liga Promotora del Alta».

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Ahora, con riesgo de caer en una tergiversación, me pongo a imaginar, aunque en las nubes, lo que la secretaria les ofreció a los muchachos de guardia para compensar el asesinato encomendado.

Ese día no la vi más después de la llamada, y solo me encontré con ella al día siguiente, casi al mediodía. Con el escrito sumario de nombramiento y un sobre con libretas bancarias y su sello oficial en la mano, caminaba a pasos menudos, arrastrando los pies con el impulso de la cintura un poco caída, a mi modo de ver, y su cutis, pese a la blancura enorgullecida de los párpados y la punta de la nariz, se enturbiaba de cansancio. No pude evitar una sospecha infundada. Después de haber satisfecho a los cinco hombres seguidos, no estaría en condiciones de caminar con la postura de siempre. Si no fallaba mi conjetura arbitraria, su capacidad de pago sería ilimitada. Es decir, estoy rodeado de matones peligrosísimos.

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Cuando salga de aquí al anochecer, será mejor dejar los cuadernos. Sobran escondites con tantos orificios en las paredes y el cielorraso. Haré una carta con un mapa detallado para poder localizarlos, y se la enviaré a alguien de confianza…

(Se ha despertado la niña. Le levanto el respaldar de la silla de ruedas. Se le nota el cambio de la figura, pero no le ha quedado mal con su aniñada redondez reforzada. Me abraza por el cuello cuando le acerco la bacinilla. Su cabello huele a judías recién cocidas. Tomamos una banana cada uno y agua caliente del termo. Mi reloj marca las dos cuarenta y seis, pero la sirena de ahora puede ser la de las tres. Tras una larga pausa, la banda empezó a tocar de nuevo. Es imposible saber qué tocan en medio de las repercusiones distorsionadas del sótano).

¿Dónde me he quedado? Claro, el caballo acababa de comer la primera pieza de sushi.

—Tienes razón, te tiene apuntado. Ella dice que eres el primer hombre que no le repugna al imaginárselo masturbándose.

—A mí no me hace ninguna gracia…

El caballo engulló el resto del sushi con un trago de cerveza y se golpeó el vientre, produciendo un ruido llamativo, como el que da un trapo mojado al sacudirse.

—Un estímulo así a los músculos abdominales refresca la mente.

Y tomó un casete del estante, seguramente preparado de antemano, y lo puso en el equipo de sonido grande, costoso a simple vista.

—No, por favor, qué asco.

El caballo se desconcertó un segundo, dejando escapar un eructo largo de su boca tapada.

—Cálmate, solo se trata del inicio del primer casete. Vamos a reproducirlo aquí para analizar la circunstancia en que se encontró tu esposa… bueno, suponiendo que se encontró… con el ladrón de píldoras.

El caballo encendió el equipo. Una serie de sonidos de fondo… pasos quizá de sandalias que se acercan… nitidez repentina de los pasos que suprime los sonidos de fondo…

—¿Qué opinas de este cambio de cualidad acústica? Activado el sistema automático de nivelación, el micrófono tiende a recoger con más facilidad sonidos lejanos cuando no hay sonidos cercanos, ¿no crees?

—Puede ser.

—Estos sonidos los captó el micrófono instalado en la farmacia, nada menos que en el forro del fondo del estante donde se guardaban las píldoras robadas.

—¿Qué estaría haciendo el sujeto?

—Estaría transportando las medicinas. No se sabe muy bien por los ruidos, porque está demasiado cerca del micrófono hipersensible.

—Se quedó quieto al percibir los pasos.

—Claro, por eso solo se escuchan los pasos que se acercan.

Los pasos que se acercan… se detienen… de repente un chillido metálico, agudo…

—¿Sería la puerta?

—Desde el interior se abre sin llave.

Un golpe seco y corto… enseguida un ruido grave y pesado…

—¿Sería asaltado por el ladrón?

El caballo detuvo el equipo y se frotó la barbilla, haciendo relumbrar las hebras de la barba entrecana.

—Lo lamento, pero es altamente probable.

—¿Y por qué no lanzaría un grito siquiera?

—Sí, yo también me extrañé. Ya sabes por qué no puedo descartar la idea de que se conocían desde antes.

—Entonces, ¿cómo explicas el sonido siguiente como el de hombre caído?

—Una bolsa de bicarbonato o de fécula produciría un sonido semejante.

—También es posible otra explicación. Mi esposa buscaba a alguien que le prestara una moneda de diez yenes. Habrá sentido alivio al percibir una presencia humana en la farmacia. Ahí, el ladrón le abre la puerta con cara de inocente y la invita a pasar…

—Claro, pasa confiada al interior sin tomar ninguna precaución, y un ataque inesperado…

El caballo alzó la mano con toda su fuerza y frunció la cara al golpear una esquina de la mesa con los dedos abiertos. Un vaso cayó al piso, pero no se rompió gracias a la alfombra de alta calidad.

—¿No se te ocurre quién pudo haber sido el ladrón?

—¿Para qué me lo preguntas si tú eres el jefe de guardia ahora?

—Deja esa actitud ambivalente. Debes saber algo más.

—Solo conjeturas, que no necesariamente concuerdan con la verdad. Lo único seguro que tenemos a la mano es el casete que acabamos de escuchar.

—Creo que el jefe anterior estaba más informado.

—¿Por qué?

—¿No te parece que lo mataron para callarlo porque estaba informado?

—Claro, así puede matar dos pájaros de un tiro. Ella es capaz de hacerlo.

—¿No hay ningún comité para organizar la fiesta de la Víspera?

—No sé nada en absoluto.

—Lo discutieron en la junta…

—No lo hicimos más que de paso. Claro, daré un discurso inaugural en la ceremonia del aniversario. Para eso soy caballo. Pero no estoy enterado nada de la fiesta de la Víspera… La junta no interviene en ella en principio.

—Pero ¿no se trata de un evento oficial? Tiene que haber alguien que administre todo.

—Ese alguien no puede ser sino tú mismo.

—Déjame entrevistar al director.

—Imposible. —Arreció la lluvia. El caballo se enderezó contra la ventana oscura y enlazó los dedos de las manos por la espalda. A medida que la lluvia se estremecía como los pliegues de una llama sobre el cristal, el rostro del caballo también se ponía tenso como si estuviera en una competencia—. ¿Quién podría estar al tanto de todo lo que se refiere al hospital? Claro, a mí sí me gustaría. A veces lo deseo tanto que por poco me vuelvo loco. Uno debe ser valiente solo para formular una pregunta al respecto. Para colmo, hablas del director… Hace mucho que no me han preguntado, ni a mí ni a nadie, por el director. A veces, al encontrarme solo a medianoche empiezo a preguntarme si el director, en algún rincón de este hospital, se imaginaría inquieto cómo es ese hombre que soy yo, inexistente para él, sin residencia ni profesión ni nombre…

—Voy a estar más atento a las cintas a ver si capto alguna novedad sobre la fiesta de la Víspera.

—Buena idea —el caballo se volvió con el rostro un tanto relajado—. Tu posición de jefe de guardia no te permite estar entrevistando sin necesidad al personal. Supuestamente tú estás enterado de todo. Aunque no sea así, lo tienes que simular.

—Para todo hay límite. Tutelares o capturadores o como se llamen, los que tengan escondida a mi mujer deben seguir mis pasos al dedillo.

—A lo mejor creen que sabes todo y los dejas en libertad con algún propósito.

—Qué va.

El caballo tomó una botella de whisky y dos copas antes de volver a mi lado. Llenó hasta el borde las dos copas y, tras alzar la suya a modo de brindis, bebió un sorbo como si masticara una pastilla redonda de dos centímetros de diámetro.

—Toma tú también. El agua te la puedes servir en el vaso de cerveza. A ver, déjame ver los cuadernos, entonces.

Pensé que era inútil seguir manteniendo discusiones sin sentido con el caballo.

Ciertamente, me ofreció información y pude convencerme de que no era ningún enigma la desaparición de mi esposa de la sala de espera, pero la pista hallada no me emocionó tanto como había supuesto. Al contrario, me invadía una inquietud que se acumulaba a pasos lentos y seguros como agua filtrada desde el fondo agujereado de un barco. El encuentro, fortuito desde luego, de mi esposa con el ladrón de píldoras no aclara de ninguna manera el misterio de la llegada de la ambulancia no solicitada. Y mi esposa ha caído por ese resquicio de casualidad al fondo del abismo oscuro de una manera imprevista.

—Tardas dos noches y solo has llegado hasta aquí… —dijo el caballo en tono irónico, repasando a retazos la parte final del cuaderno—. Ni siquiera has llegado a tu habitación. ¿Acaso hay algo que no quieras revelar?

Le objeté sin inmutarme:

—¿Acaso hay algo que te inquiete mucho?

El caballo se sirvió más whisky con una sonrisa reticente.

—Por supuesto que vas a continuar la labor esta noche, ¿verdad?

—No sé.

—Te lo suplico. Mañana estaré ocupado por la fiesta de la Víspera.

—Me mentiste.

—¿En qué?…

—No vas a entregar los cuadernos a mi esposa…

—¿Por qué lo crees?

—Todo es un disparate…

—No habría existido ningún lío si hubieras sido más cooperativo desde el comienzo.

De repente subió el tono de voz. Se le volvieron pegajosos los movimientos de la barbilla, como si se hubiera tragado una caja entera de chicles, y de pronto la punta de la nariz se le tornó blanca. Ante su exaltación, que a lo mejor era contagiosa, me sentí como si me hubieran desparramado un polvo eléctrico entre el pecho y los brazos.

—Al contrario, me arrepiento de haber sido demasiado cooperativo.

—Mira, te lo suplico, solo habla si te da pereza escribir.

—¿De qué quieres que te hable?

—Tú sabes lo que me interesa saber.

—¿El diámetro de mi pene?

Acto seguido el caballo agarró la botella por el pico y la golpeó contra la mesa. Todavía tendrá dolor en la mano. Extrañamente, la botella no se rompió y la mesa se rajó siguiendo una línea en forma de U. Al presionarla fuerte, ya no se notaba la rajadura.

—Parece que últimamente venden un pegamento eficaz para cerámicas en las estaciones de gas, sabes.

—Es imposible que no lo sepas —el caballo apretó con fuerza las muelas, respirando ligeramente hacia los hombros—. Me refiero a la paciente del cuarto ocho. Fue ese mismo día en que la mitad inferior del cuerpo de tu antecesor recuperó el funcionamiento sano y logramos conectarla con mi cuerpo mediante la conexión de los nervios. Se me alargaron las reuniones y la comida con los miembros de la sección de órganos artificiales y de la de ingeniería de nervios, y solo pude pasar por el cuarto ocho después de las nueve. No había nadie en la cama. Fue el mismo día en que me convertí en caballo, para colmo. La niña también me esperaba, estoy seguro. Alguien se la llevó.

—¿Quieres decir que yo soy el raptor?

—Bueno, el más sospechoso debería ser tu antecesor, que era su padre verdadero y que, ajeno a la conducta de los pacientes, se mostraba inconforme con nuestra relación. Pero ¿cómo podría sospechar de alguien que ya no tenía más que la mitad del cuerpo? Además, tiene una coartada, porque la gran parte de ese día permaneció atado por cables de platino cubiertos con una capa de silicona al cabo de mis propios nervios.

—Pero es una niña de trece años…

—Me hace sospechar aún más esa forma de decir.

—¿Por qué no me dijiste nada desde el comienzo si sospechabas de mí? Qué estupidez. Me has hecho perder tiempo con estas investigaciones sobre mí mismo…

—Es que no estaba muy seguro todavía.

—Bueno, con tu permiso, ya me voy.

—No te voy a dejar ir, ahora que no me cabe duda de que tú eres el raptor.

—¿Cómo lo vas a probar?

—Claro que lo podré probar —el caballo golpeó el cuaderno contra la mesa, esta vez con menos fuerza que antes—. Aquí está relatado.

—No puede ser.

—En ambos cuadernos anotaste los sitios donde los redactaste. Viejo truco. Estabas en la habitación por casualidad cuando te llamé para decirte que te recogería para la cena, y no te quedó más remedio que quedarte ahí a esperarme, pero ni ayer ni anteayer te encontrabas ahí. Hasta de noche saliste a algún lado. Con la secretaria te busqué por todas partes. No inventes excusas.

—O sea que fallaron en la persecución.

—Es admirable cómo corres.

—¿Quieres que te haga llegar un par de zapatos de salto?

—Por favor, ya me rindo. La niña requiere una atención especial. Ya van tres días, ¿verdad?

—Dos todavía.

—Su caso se llama osteolisis, enfermedad complicada que consiste en la licuefacción de los huesos. Con apenas un poco de negligencia en el tratamiento, los huesos empiezan a encogerse en dirección vertical, afectados por la gravedad. De cualquier distorsión de su figura tú eres el culpable, ya sabes. Te lo suplico, así no me sirve de nada haberme convertido en caballo.

—¿Ahora vienes con lloriqueos?

—En la prueba de esta mañana el pene me quedó a la perfección. Lo hubieras visto. Imagínate un objeto de siete centímetros de diámetro y diecinueve de largo. Dejé impresionadas a las enfermeras.

—Te sobran candidatas, sea tu esposa, tu secretaria o las enfermeras.

—No digas porquerías. Tú no sabes cuánto adoro a esa niña…

—Pero solo la veías masturbarse.

—No me refiero ni al palo de carne ni al agujero de carne. Tienes acceso a las escenas de masturbación en cualquier casa de striptease. Esta es una cuestión filosófica. «Buen médico es buen paciente», ¿entiendes eso?

—Pensaba que solo te importaba el palo de carne.

—En el fondo los médicos estamos destinados a la estenosis psicológica de vista —el caballo se precipitó a hablar como una araña que hila su nido, pero yo sentí que había un desajuste entre lo que hablaba y lo que pensaba—. Lo que tenemos que hacer no es compadecernos del dolor de un herido, sino aplicarle un torniquete, desinfectar y cerrar la herida. Debemos tratar al herido, no como un hombre herido, sino como la herida de un hombre. Una vez acostumbrados a esa forma de relación, nos irritamos con pacientes con gestos demasiado humanos. Para evitar la rabia, los pacientes procuran no portarse como demasiado humanos, lo cual nos vuelve más solitarios y rabiosos a los médicos, alejándonos en definitiva de los seres humanos ordinarios. No me parece exagerado decir que el prejuicio con los pacientes es lo que hace buen médico. Al mismo tiempo, me atrevo a afirmar que, aunque parezca contradictorio, no hay nada más humano que la soledad de los médicos. Solo los seres humanos han garantizado el derecho a la vida para proteger a los débiles y enfermos, en contra del principio de la supervivencia del más apto. Los débiles sobreviven mientras mueren los héroes. De hecho, el grado de civilización se mide por el porcentaje de los ineptos. Hasta hay un político (no me acuerdo quién) que definió la modernidad como «la era de los pacientes, por los pacientes, para los pacientes». Es inútil quejarse de que estamos atravesando una era enfermiza. La soledad de los médicos no es sino una contracara del derecho de los pacientes. Si algún médico quiere escapar de la soledad, no le queda más remedio que hacerse paciente para adquirir un título doble. Siempre he trabajado con esa mentalidad. La impotencia jamás me importó en serio, a decir verdad. Te lo juro, pues al tomarla como un acercamiento a la categoría de paciente, me sirve de consuelo.

—Mientes. Has dicho un día que el deseo sexual crece en los pacientes según la edad.

—Eso mismo te lo iba a decir ahora. Tuvimos que enfrentar la verdad a medida que se reportaba el número, cada vez mayor, de escuchas clandestinas. Al parecer, entre los pacientes auténticos no existe siquiera la impotencia, que ni cuenta como enfermedad. Pero ¿por qué? A lo mejor tiene algo que ver con la estructura de la comunidad de los pacientes. En las cárceles o los cuarteles, las conversaciones obscenas se convierten en claves de las comunicaciones. Detrás de cualquier negocio corrupto se esconde siempre intercambio de sexo. Hay matrimonios aburridos que se han salvado al empezar a cobrarse por el sexo. Todos estos son ejemplos de la reorganización de las relaciones humanas sobre la base del sexo. Desde luego la comunidad de los pacientes difiere mucho de la de las cárceles o los cuarteles, ya que no genera necesidad alguna de actuar con sigilo ni está al borde del derrumbe de las relaciones humanas. Pero estoy seguro de que en algún punto de su estructura está escondido el secreto para quitarle peso al cerebro encargado de las relaciones humanas. ¿Qué es un paciente? ¿Cuál es su esencia? Al cabo de una serie de reflexiones me di cuenta: esa niña al menos me hace olvidar de mi impotencia; me abre la jaula de médico para invitarme al terreno de los pacientes. Probablemente se debe al hecho de que ella tiene un alma de paciente perfecta, un alma tan densa que me transmite la esencia. La quiero entender, al menos haré esfuerzos para que mi alma se asemeje a la suya…

—No se parecen en nada, hablando con toda franqueza.

—Paciente ideal… la más paciente de los pacientes… la inconsolable eterna… días colindantes con la muerte… parásito que se ha hecho más grande que un árbol… encarnación de la discapacidad… monstruo… y «hombre caballo»…

—Oye, pero sabes, ese pene auxiliar era del padre de esa niña.

—El coito no lo hacen los órganos genitales sino el cerebro.

—Buen sofisma para justificarte.

—Claro, los órganos genitales también tienen una función excitante. Según ha descubierto un tal doctor Brushalgo, la sensación que tiene la mucosa de los órganos genitales frotados es muy cercana a la de una comezón. Sabes, la comezón se produce cuando hay necesidad de dispersar, mediante fricciones sistemáticas (rascar, en una palabra), cuerpos extraños acumulados o estancados en un punto específico. Al percibir la existencia de esos cuerpos extraños, los órganos sensoriales emiten una química llamada ATC (si mal no recuerdo) alrededor de ellos y dan señales al cerebro para originar la sensación de comezón, la cual, a su vez, motiva el deseo de rascarse el punto en cuestión. En el caso de los impulsos sexuales, también se acumula una química parecida al ATC en la mucosa de los órganos genitales, pero se genera, en lugar de una sensación tan definida como «comezón», algo más ambiguo como un «sonrojo», o «escozor». Es por eso que el deseo sexual está más condicionado por el cerebro. Según dicen, el sonrojo y el escozor jamás nos conducen al acto sexual, mientras que se lo impida el cerebro. Es decir, solo te calientas cuando la vigilancia del cerebro enciende el botón del deseo con su propia voluntad.

—¿Por qué no explotas ese sistema de vigilancia si tienes tanto deseo?

—Déjame decirte que yo no te he quitado nada a pesar de que tú me quitaste a la niña.

—Da lo mismo, ya que el hospital me quitó a mi esposa.

—Pero bien puede ser que tu esposa se haya inscrito por su propia voluntad.

—¿En qué?

—En el concurso de orgasmos de la fiesta de la Víspera. Así se explicarían varios puntos. Parece que el concurso se ha publicado en una escala masiva. Por otro lado, sigo con la sospecha de que había un mutuo acuerdo previo entre tu esposa y el ladrón de píldoras. Claro, la ambulancia es una solución insólita, que no hubiera sido posible sin ayuda de alguna persona que estaba muy al tanto de la situación interna.

—Los dos somos más que sanos. No puede haber contacto con la gente del hospital.

—Mira, la frontera entre el hospital y el mundo exterior no es tan definida como tú supones. Ahora, si tu esposa se ha inscrito por su propia voluntad, va a haber muchos líos, aun cuando la podamos localizar.

—Si esa niña del cuarto ocho se ha fugado del hospital por su propia voluntad, también va a haber muchos líos aun cuando la podamos localizar.

—Déjame decirte que no conozco el paradero de tu esposa.

—Déjame decirte que yo tampoco conozco el paradero de la niña.

(Continuará…)

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