Todo se derrumba (IV)

Chinua Achebe

 

PARTE II

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Capítulo XIV

OKONKWO fue bien recibido por los parientes de su madre en Mbanta. El anciano que los recibió era el hermano más joven de su madre, que ahora era el miembro más anciano superviviente de la familia. Se llamaba Uchendu, y era él quien había recibido a la madre de Okonkwo veinte y diez años antes, cuando la habían traído desde Umuofia para enterrarla con su gente. Entonces Okonkwo no era más que un muchacho, y Uchendu todavía recordaba cómo había gritado la despedida tradicional: «Madre, madre, madre, te vas.»

Aquello había pasado hacía muchos años. Hoy Okonkwo no traía a su madre a casa para enterrarla con su gente. Traía a su familia de tres esposas y once hijos en busca de refugio en la patria de su madre. En cuanto lo vio Uchendu con su compañía triste y cansada supuso lo que había pasado y no hizo preguntas. Okonkwo no le contó todo lo ocurrido hasta el día siguiente. El anciano escuchó en silencio hasta el final y después, algo aliviado, dijo:

— Se trata de un ochu hembra — y organizó los ritos y los sacrificios necesarios.

A Okonkwo se le dio una parcela en la que construir su recinto y dos o tres campos que cultivar en la próxima estación de la siembra. Con la ayuda de los parientes de su madre se construyó un obi y tres cabañas para sus esposas. Después instaló su dios personal y los símbolos de sus antepasados. Cada uno de los cinco hijos de Uchendu aportó trescientos ñames de siembra para que su primo pudiera plantar los campos, pues en cuanto llegara la primera de las grandes lluvias empezaría el laboreo.

Por fin llegó la lluvia. Fue repentina y tremenda. Desde hacía dos o tres lunas el sol había ido poniéndose más fuerte, hasta que parecía que estuviera soplando un aliento de fuego sobre la tierra. Desde hacía tiempo la hierba estaba agostada y marrón, y bajo los pies parecía que no hubiese arena, sino carbón ardiente. Los árboles de hoja perenne tenían una capa polvorienta de color marrón. En los bosques habían callado los pájaros y el mundo yacía jadeante bajo el calor vibrante y vivo. Y entonces llegó el rugido del trueno. Fue un cañonazo aislado, metálico y sediento, no el zumbido profundo y líquido de la estación de las lluvias. Se levantó un ventarrón que llenó el aire de polvo. Las palmas ondulaban cuando el viento peinó sus hojas para convertirlas en crestas volantes, como un peinado exótico y fantástico.

Cuando por fin llegó la lluvia lo hizo en forma de gotas grandes y sólidas de agua helada, que la gente llamaba «las nueces de agua del cielo». Eran duras y hacían daño al caer, pero los niños corrían contentos a recoger las nueces duras y se las metían en la boca para derretirlas.

La tierra revivió en seguida y en los bosques los pájaros se echaron a volar y a trinar de contento. El aire se llenó de un vago aroma de vida y de vegetación verde. Cuando la lluvia empezó a caer con más calma y en gotas líquidas y más pequeñas, los niños fueron a refugiarse y todo el mundo se sintió feliz, refrescado y agradecido.

Okonkwo y su familia trabajaron muchísimo para sembrar sus nuevos campos. Pero era como empezar una nueva vida, sin el vigor ni el entusiasmo de la juventud, como aprender a usar la mano izquierda a una edad avanzada. El trabajo ya no era el mismo placer que antes y, cuando no había trabajo que hacer, Okonkwo se sentaba y se quedaba amodorrado.

Su vida se había regido por una gran pasión: llegar a set uno de los señores del clan. Aquella había sido su razón vital. Y casi lo había logrado. Luego todo se había derrumbado. Lo habían expulsado de su clan y lo habían dejado como un pez en una playa seca y arenosa, jadeante. Evidentemente, su dios personal o chi no estaba hecho para cosas grandiosas. Un hombre no podía ir más allá del destino de su chi. Era verdad lo que decían los ancianos: que si un hombre decía sí su chi también afirmaba. En su caso, su chi decía que no, aunque él afirmaba.

El anciano Uchendu vio claramente que Okonkwo se había rendido a la desesperación y se sintió muy preocupado. Hablaría con él después de la ceremonia de la isa-ifi.

Amikwu, que era el más joven de los cinco hijos de Uchendu, iba a tomar una nueva esposa. Ya se había pagado el precio de la novia y se había celebrado la penúltima ceremonia. Amikwu y su familia habían llevado vino de palma a los parientes de la novia unas dos lunas antes de la llegada de Okonkwo a Mbanta. De forma que ya había llegado la hora de la ceremonia definitiva de la confesión.

Estaban presentes todas las hijas de la familia, algunas de las cuales habían recorrido una gran distancia desde sus casas en pueblos remotos. La hija mayor de Uchendu había llegado de Obodo, a casi media jornada de distancia. También se hallaban presentes las hijas de los hermanos de Uchendu. Era una reunión completa de umuada, igual que si se hubiera producido una muerte en la familia. Eran veintidós.

Se sentaron en tierra en un gran círculo y la novia se sentó en el centro con una gallina en la mano derecha. A su lado se sentó Uchendu, que llevaba el báculo ancestral de la familia. Todos los demás hombres se sentaron fuera del círculo, a mirar. También sus esposas observaban. Era al atardecer y se estaba poniendo el sol.

De hacer las preguntas se encargó Njide, la hija mayor de Uchendu.

— Recuerda que si no respondes la verdad tendrás que lamentarlo, o incluso que morir de parto —empezó—. ¿Con cuántos hombres te has acostado desde la primera vez que mi hermano te expresó el deseo de casarse contigo?

— Con ninguno —respondió sencillamente.

— Di la verdad ——instaron las otras mujeres.

— ¿Con ninguno? —preguntó Njide.

— Con ninguno —contestó.

—Júralo por el báculo de mis padres — dijo Uchendu.

— Lo juro —dijo la novia.

Uchendu le tomó la gallina, a la que le cortó el cuello con un cuchillo afilado y dejó que parte de la sangre cayera en el báculo de sus antepasados.

A partir de aquel día Amikwu se llevó a su joven novia a su cabaña y ella fue su mujer. Las hijas de la familia no volvieron a sus casas, sino que pasaron dos o tres días con sus parientes.

El segundo día Uchendu convocó una reunión de sus hijos y sus hijas y también asistió su sobrino Okonkwo. Los hombres llevaron sus alfombras de piel de cabra en las que se sentaron en el suelo, y las mujeres se sentaron en una estera de sisal sobre un pequeño montículo. Uchendu se estiró suavemente la barba gris y rechinó los dientes. Después empezó a hablar, con voz suave y lento, escogiendo sus palabras con gran cuidado:

— A quien me dirijo sobre todo es a Okonkwo —empezó—. Pero quiero que todos observéis lo que voy a decir. Soy un anciano y todos vosotros sois niños. Yo sé más del mundo que todos vosotros. Si alguno de vosotros cree que sabe más que yo, que hable —hizo una pausa, pero no habló nadie—. ¿Por qué está hoy Okonkwo entre nosotros? Este no es su clan. No somos más que los parientes de su madre. No es de aquí. Es un exiliado, condenado a vivir durante siete años en un país extranjero. Y por eso está abrumado por la pena. Pero hay una pregunta que me gustaría hacerle. ¿Puedes decirme, Okonkwo, por qué es que uno de los nombres que con más frecuencia le ponemos a nuestras hijas es el de Nneka, o «la Madre es Suprema? Todos sabemos que el cabeza de familia es el hombre, y que las esposas hacen lo que él les manda. El niño pertenece al padre y su familia, y no a la madre y su familia. El hombre pertenece al país de su padre, y no al país de su madre. Y, sin embargo, decimos Nneka: «La Madre es Suprema». ¿Por qué? —se produjo un silencio—. Quiero que me responda Okonkwo —dijo Uchendu.

— No sé la respuesta —contestó Okonkwo.

— ¿No sabes la respuesta? O sea, que ya ves que eres un niño. Tienes muchas esposas y muchos hijos, más hijos que yo. Eres un gran hombre en tu clan. Pero sigues siendo un niño, niño mío. Escúchame y te lo explicaré. Pero antes tengo que hacerte otra pregunta. ¿Por qué ocurre que cuando muere una mujer se la llevan a casa para que se la entierre entre sus propios parientes? No se la entierra con los parientes de su marido. ¿Por qué ocurre eso? A tu madre la trajeron a mi casa y la enterraron con mi gente. ¿Por qué? —Okonkwo sacudió la cabeza—. Tampoco eso lo sabe —dijo Uchendu—, y sin embargo está lleno de pena porque ha venido a vivir en la tierra de su madre durante unos años —rió silenciosamente y se volvió a sus hijos y sus hijas—. ¿Y vosotros? ¿Sabéis responder a mi pregunta? —todos ellos negaron con la cabeza—. Entonces, escúchame—dijo y carraspeó—. Es cierto que los hijos pertenecen a los padres. Pero cuando un padre le pega a su hijo, éste busca consuelo en la cabaña de su madre. Un hombre pertenece al país de su padre cuando las cosas van bien y la vida es dulce: Pero cuando hay pena y amargura, encuentra refugio en la tierra de su madre. Tu madre está ahí para protegerte. Está enterrada ahí. Y por eso decimos que la madre es suprema. ¿Está bien que tú, Okonkwo, vayas ante tu madre con cara de pena y rechaces que se te consuele? Ten cuidado, porque puedes desagradar a los muertos. Tienes el deber de consolar a tus esposas y a tus hijos y de volver a llevarlos a la tierra de tus padres al cabo de siete años. Pero si dejas que los pesares te abrumen y te maten, morirás en el exilio —hizo una larga pausa—. Ahora, éstos son tus parientes —con un gesto hacia sus hijos y sus hijas—. Tú te crees que tus sufrimientos son los mayores del mundo. ¿No sabes que hay hombres a quienes se exilia de por vida? ¿No sabes que a veces hay hombres que pierden todos sus ñames e incluso sus hijos? Una vez llegué a tener hasta seis mujeres. Ahora no tengo ninguna, salvo esa chica que no sabe nada de nada. ¿Sabes cuántos hijos he enterrado, hijos que engendré en la plenitud de la juventud y del vigor? Veintidós. No me he suicidado y aquí estoy vivito y coleando. Si crees que eres la persona que más sufre del mundo, pregunta a Akueni, mi hija, cuántos gemelos ha parido y tenido que tirar al bosque. ¿No has oído la canción que cantan cuando muere una mujer?

¿A quién le va bien, a quién le va bien?

No hay nadie a quien le vaya bien.

No tengo nada más que decirte.

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Capítulo XV

OKONKWO estaba ya en su segundo año de exilio cuando fue a visitarlo su amigo Obierika.

Con él venían dos muchachos, cada uno de los cuales llevaba a la cabeza una bolsa muy pesada. Okonkwo los ayudó a descargar. Era evidente que las bolsas estaban llenas de cauríes.

Okonkwo se alegró mucho de recibir a su amigo. También lo celebraron sus esposas y sus hijos, al igual que sus primos y las esposas de éstos cuando envió a buscarlos y les dijo quién era su invitado.

— Tienes que llevarlo a saludar a mi padre —dijo uno de los primos.

— Sí —respondió Okonkwo—. Vamos a ir inmediatamente —pero antes de irse susurró algo a su primera esposa. Esta asintió y en seguida salieron los niños a correr detrás de uno de sus gallos.

Uno de sus nietos había dicho a Uchendu que habían llegado tres desconocidos a casa de Okonkwo. Por eso estaba esperando para recibirlos. Les alargó las manos cuando entraron en su obi y tras estrecharles las manos preguntó a Okonkwo quiénes eran.

— Este es Obierika, mi gran amigo. Ya te he hablado de él.

— Sí —dijo el anciano volviéndose hacia Obierika—. Mi hijo me ha hablado de ti y celebro que hayas venido a vernos. Conocía a Iweka, tu padre. Era un gran hombre. Tenía muchos amigos aquí y venía muchas veces a verlos. Eran los buenos tiempos, en los que se tenían amigos en clanes lejanos. Tu generación no sabe lo que es eso. Os quedáis en casa y le tenéis miedo al vecino de al lado. Hoy día hasta el país de la propia madre os resulta extraño —miró a Okonkwo—. Ya soy un viejo y me gusta hablar. Ya no valgo más que para eso —se levantó con dificultades, fue a un cuarto del interior y volvió con una nuez de cola—. ¿Quiénes son estos jóvenes que te acompañan? —preguntó al volver a sentarse en su piel de cabra. Okonkwo se lo dijo—. Ah —exclamó—. Bienvenidos, hijos míos —les ofreció la nuez de cola y cuando la vieron y le dieron las gracias, la partió y se la comieron—. Ve a esa habitación —dijo a Okonkwo, señalándola con el dedo—. Encontrarás un cántaro de vino. —Okonkwo sacó el vino y empezaron a beber. Era del día anterior, fuerte y muy potente—. Sí — dijo Uchendu tras un largo silencio—. En aquellos tiempos la gente viajaba más. No hay ni un solo clan de por aquí que no conozca yo muy bien. Aninta, Umuazu, Ikeocha, Elumelu, Abame; los conozco todos.

— ¿Sabes —preguntó Obierika— que Abame ya no existe?

— ¿Cómo dices? —preguntaron simultáneamente Uchendu y Okonkwo.

— Abame ha desaparecido del mundo —dijo Obierika—. Es una historia rara y terrible. Si no hubiera visto a los supervivientes con mis propios ojos, no me lo hubiera creído. ¿No fue un día de Eke cuando llegaron huyendo a Umuofia? —preguntó a sus dos compañeros, que asintieron con la cabeza—. Hace tres lunas —dijo Obierika—, en un día de mercado de Eke, llegó a nuestro pueblo un grupito de fugitivos. Casi todos ellos eran hijos de nuestro país cuyas madres están enterradas con nosotros. Pero también había algunos que vinieron porque tenían amigos en nuestro pueblo y otros que no podían encontrar ningún otro sitio al que escapar. Así que huyeron a Umuofia y nos contaron una historia muy triste —bebió su vino de palma y Okonkwo volvió a llenarle el cuerno. Continuó:

—En la última estación de siembra había aparecido en su clan un hombre blanco.

— Un albino —sugirió Okonkwo.

— No era un albino. Era completamente distinto —sorbió el vino—. E iba montado en un caballo de hierro. Los primeros que lo vieron se echaron a correr, pero él se paró a llamarlos. Al final los más valientes se le acercaron e incluso lo tocaron. Los ancianos consultaron a su Oráculo y éste les dijo que aquel desconocido iba a deshacer su clan y a difundir la destrucción entre ellos —Obierika volvió a beber algo de vino—. Y entonces mataron al hombre blanco y ataron su caballo de hierro al árbol sagrado, porque parecía que iba a echarse a correr para llamar a los amigos de aquel hombre. Se me olvidaba deciros otra cosa que dijo el Oráculo. Dijo que estaban en camino otros hombres blancos. Eran langostas, dijo, y aquel primer hombre era el adelantado enviado a explorar el territorio. Y por eso lo mataron.

— ¿Qué dijo el hombre blanco antes de que lo mataran? —preguntó Uchendu.

— No dijo nada —respondió uno de los acompañantes de Obierika.

— Dijo algo, pero no lo comprendieron —corrigió Obierika—. Parecía que hablaba por la nariz.

— Me dijo uno de los hombres — añadió el otro acompañante de Obierika— que repetía una vez tras otra una palabra que se parecía a Mbaino. A lo mejor iba a Mbaino y se había perdido.

— En todo caso —siguió Obierika—, lo mataron y ataron su caballo de hierro. Eso fue antes de que empezara la estación de la siembra. Durante mucho tiempo no pasó nada. Habían llegado las lluvias y se habían sembrado los ñames. El caballo de hierro seguía atado al árbol sagrado del bómbax. Y entonces una mañana llegaron al clan tres hombres blancos precedidos de un grupo de hombres corrientes, como nosotros. Vieron el caballo de hierro y se volvieron a marchar. Casi todos los hombres y las mujeres de Abame se habían ido a sus campos. Sólo unos cuantos vieron a aquellos hombres blancos y a los que los acompañaban. En muchas semanas de mercado no pasó nada más. En Abame tienen un gran mercado cada dos días de Afo, y como sabéis, se reúne todo el clan. Ese fue el día en que pasó. Los tres hombres blancos y muchísimos más hombres cercaron el mercado. Deben haber usado una medicina muy potente para hacerse invisibles hasta que se llenó el mercado. Y empezaron a disparar. Mataron a todos, salvo los ancianos y los enfermos que se habían quedado en casa, y un puñado de hombres y mujeres cuyos chi estaban alerta y lograron sacarlos de aquel mercado —hizo una pausa—. Ahora el clan está totalmente vacío. Han huido hasta los peces sagrados de su lago misterioso y el lago se ha vuelto del color de la sangre. Sobre el país ha descendido un gran mal, como había advertido el Oráculo.

Se produjo un largo silencio. Uchendu rechinó los dientes audiblemente. Luego estalló:

— Nunca hay que matar a un hombre que no dice nada. Esos hombres de Abame fueron idiotas. ¿Qué sabían de aquel hombre? —volvió a rechinar los dientes y contó una historia para explicar lo que acababa de decir—: Una vez la Madre Milana envió a su hija en busca de comida. Se fue y trajo un pauto. «Muy bien hecho», dijo la Madre Milana a su hija, «pero, dime ¿qué dijo la madre de este gatito cuando te lanzaste y le agarraste a su hijo?» «No dijo nada», respondió la milana chica. «Se marchó y nada más.» «Tienes que devolverle el gatito», dijo la Madre Milana. «Detrás de ese silencio se esconde algo de mal agüero.» De forma que la Hija Milana devolvió el gatito y volvió con un pollo en su lugar. «¿Qué dijo la madre de este pollo?», preguntó la milana vieja. «Gritó y se encolerizó y me insultó», dijo la milana joven. Entonces nos podemos comer el pollo», dijo su madre. «Cuando alguien se pone a gritar no hay nada que temer.» Esos hombres de Abame fueron unos idiotas.

— Fueron unos idiotas — dijo Okonkwo tras una pausa—. Se les había advertido de que había peligro. Tendrían que haberse armado con sus escopetas y sus machetes incluso al ir al mercado.

— Ya han pagado su idiotez —dijo Obierika—. Pero tengo mucho miedo. Nos han contado historias de hombres blancos que hacían cañones muy potentes y bebidas muy fuertes, y se llevaban esclavos al otro lado del mar, pero nadie creía que esas historias fueran ciertas.

— No hay ninguna historia que no sea cierta —dijo Uchendu—. El mundo no tiene fin, y lo que a unos les parece bueno a otros les parece una abominación. Entre nosotros mismos hay albinos. ¿No creéis que llegaron a nuestro clan por equivocación, que se han perdido en camino a un país en el que todo el mundo es igual que ellos?

La primera esposa de Okonkwo terminó pronto de cocinar y puso ante sus invitados una gran comida de ñames molidos y de sopa de hojas amargas. Nwoye, el hijo de Okonkwo, trajo un cántaro de vino dulce extraído de la palma de rafia.

— Ya eres un hombre —dijo Obierika a Nwoye—. Tu amigo Anene me ha dicho que te diera recuerdos.

— ¿Está bien? —preguntó Nwoye.

— Todos estamos bien —contestó Obierika.

Ezinma les trajo un cuenco con agua para lavarse las manos. Después empezaron a comer y a beber el vino.

— ¿Cuándo salisteis de casa? —preguntó Okonkwo.

— Queríamos haber salido de mi casa antes del canto del gallo —dijo Obierika—. Pero Nweke no apareció hasta que ya era de día. Nunca hay que quedar citado a primera hora con un hombre que acaba de tomar una esposa nueva —todos rieron.

— ¿Ha tomado esposa Nweke? —preguntó Okonkwo.

— Se ha casado con la segunda hija de Okadigbo —contestó Obierika.

— Está muy bien —dijo Okonkwo—. No me extraña que no oyeras el canto del gallo.

Después de comer, Obierika señaló las dos bolsas cargadas.

— Ese es el dinero de tus ñames —dijo—. En cuanto te fuiste vendí los grandes. Después vendí algunos de los ñames de siembra y otros se los di a unos aparceros. Seguiré haciendo igual todos los años hasta que vuelvas. Pero he supuesto que podías necesitar el dinero y por eso te lo he traído. ¿Quién sabe lo que puede pasar mañana? A lo mejor a nuestro clan vienen hombres verdes a matarnos.

— Dios no lo permitirá —dijo Okonkwo—. No sé cómo darte las gracias.

— Te lo diré yo —dijo Obierika—. Mata a uno de tus hijos en mi honor.

— No bastaría con eso —dijo Okonkwo.

—Entonces mátate tú —dijo Obierika.

—Perdóname — dijo Okonkwo con una sonrisa. No volveré a decirte que te estoy agradecido.

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Capítulo XVI

CUANDO, casi dos años más tarde, volvió Obierika a visitar a su amigo exiliado, las circunstancias eran menos risueñas. Los misioneros habían llegado a Umuofia. Allí habían construido su iglesia, convertido a un puñado de gente y ya estaban enviando catequistas a los pueblos y las aldeas de los alrededores. Aquello apenaba mucho a los jefes del clan; pero muchos de ellos creían que aquella fe tan rara y el Dios de los hombres blancos no durarían mucho. Ninguno de sus conversos era un hombre cuya voz se escuchara en la asamblea del pueblo. Ninguno de ellos era un hombre con título. Eran sobre todo del tipo de personas a las que se califica de efulefu, nulidades, hombres hueros. La representación de un efulefu en el idioma del clan era la de un hombre que vendía su machete e iba al combate con la vaina vacía. Chielo, la sacerdotisa de Agbala, decía que los conversos eran los excrementos del clan, y la nueva fe un perro rabioso que había ido a comérselos.

Lo que impulsó a Obierika a visitar a Okonkwo fue la repentina aparición del hijo de este último, Nwoye, entre los misioneros de Umuofia.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó Obierika cuando, tras plantearle muchas dificultades, los misioneros le permitieron hablar con el muchacho.

— Soy uno de ellos —replicó Nwoye.

— ¿Cómo está tu padre? — preguntó Obierika, que no sabía qué otra cosa decir.

— No lo sé. No es mi padre —dijo Nwoye triste.

Y por eso fue Obierika a Mbanta a ver a su amigo. Y vio que Okonkwo no quería hablar de Nwoye. No logró enterarse de algunos fragmentos de la historia más que de labios de la madre de Nwoye.

La llegada de los misioneros había causado considerable agitación en Mbanta. Eran seis, y uno de ellos era un hombre blanco. Todos los hombres y todas las mujeres salieron a ver al hombre blanco. Las historias acerca de aquellos hombres extraños habían ido en aumento desde que murió uno de ellos en Abame y su caballo de hierro había quedado atado al árbol sagrado de bómbax. Y por eso todo el mundo salió a ver al hombre blanco. Era la época del año en que todo el mundo estaba en casa. Ya había terminado la recolección.

Cuando se reunieron todos, el hombre blanco empezó a hablarles. Hablaba por conducto de un intérprete que era ibo, aunque su acento sonaba raro y áspero a los oídos de Mbanta. Mucha gente se rió de su acento y de la forma extraña en que utilizaba las palabras. En lugar de decir «yo», decía «mi culo». Pero era un hombre de presencia imponente y los miembros del clan lo escucharon. Les dijo que era uno de ellos, como podían ver por su color y por su habla. Los otros cuatro negros también eran hermanos suyos, aunque uno de ellos no sabía hablar en ibo. El hombre blanco también era su hermano, porque todos eran hijos de Dios. Y les habló de aquel nuevo Dios, el Creador de todo el mundo y de todos los hombres y todas las mujeres. Les dijo que ellos adoraban a dioses falsos, dioses de madera y de piedra. Cuando dijo eso recorrió la multitud un profundo murmullo. Les dijo que el verdadero Dios vivía en las alturas y que todos los hombres, al morir, se presentaban ante El para que los juzgara. Los malos y todos los paganos que en su ceguera se prosternaban ante pedazos de madera y de piedra se veían lanzados a un fuego ardiente como el aceite de palma. Pero los buenos que adoraban al verdadero Dios vivían eternamente en su reino de la felicidad.

— Nos ha enviado este gran Dios para pediros que abandonéis vuestro comportamiento malvado y vuestros falsos dioses y os volváis hacia El, para que al morir os salvéis —dijo.

— Tu culo entiende nuestro idioma —dijo alguien en broma, y la multitud se rió.

— ¿Qué ha dicho? —preguntó el hombre blanco a su intérprete. Pero antes que éste pudiera responderle, otro hombre hizo una pregunta:

— ¿Dónde está el caballo del hombre blanco? —preguntó. Los evangelistas ibos se consultaron entre sí y decidieron que aquel hombre probablemente se refería a una bicicleta. Se lo dijeron al hombre blanco y éste sonrió benévolamente.

— Decidles —les ordenó— que cuando nos hayamos asentado entre ellos traeré muchos caballos de hierro. Algunos de ellos incluso podrán montar en el caballo de hierro —aquellas palabras se interpretaron, pero muy pocos las oyeron. Todos hablaban excitados los unos con los otros, porque el hombre blanco había dicho que iba a ir a vivir con ellos. Eso no se les había ocurrido.

En aquel momento un anciano dijo que tenía una pregunta:

— ¿Cuál es este dios vuestro? ¿La diosa de la tierra, el dios del cielo, Amadiora del trueno, o qué?

El intérprete habló al hombre blanco y éste dio su respuesta inmediatamente:

— Todos los dioses que acabas de nombrar no son dioses en absoluto. Son dioses del engaño que os dicen que matéis a vuestros hermanos y destruyáis a niños inocentes. No hay más que un Dios verdadero y El posee la tierra y el cielo, os posee a vosotros y a mí y a todos nosotros.

— Si dejamos a nuestros dioses y seguimos a tu dios —preguntó otro hombre—, ¿quién nos va a proteger contra la ira de nuestros dioses y nuestros antepasados abandonados?

— Vuestros dioses no viven y no os pueden hacer ningún daño —replicó el hombre blanco—. Son pedazos de madera y de piedra.

Cuando se interpretaron esas palabras a los hombres de Mbanta, éstos rompieron a reír burlones. Aquellos hombres tenían que estar locos, se dijeron los unos a los otros. Si no, ¿cómo podían decir que Ani y Amadiora eran inofensivos? ¿Y también Idemili y Ogwugwu? Y algunos de ellos empezaron a marcharse.

Entonces los misioneros empezaron a cantar. Era uno de aquellos aires alegres y animados del evangelismo que tenían la facultad de recordar emociones silenciosas y polvorientas en el corazón de los ibos. El intérprete explicaba cada nueva estrofa a los asistentes, algunos de los cuales se sentían fascinados ahora. Era una historia de hermanos que vivían en las tinieblas y el temor, ignorantes del amor de Dios. Hablaba de una oveja que se había perdido en el monte, lejos de las puertas de Dios y de las tiernas atenciones del pastor.

Después de la canción el intérprete habló del Hijo de Dios, que se llamaba Jesu Kristi. Okonkwo, que se había quedado únicamente porque esperaba que se diera la ocasión de echar a aquellos hombres del pueblo o de darles una paliza, dijo entonces:

— Nos habéis dicho por vuestra propia boca que no había más que un dios. Ahora habláis de su hijo. Entonces debe tener una esposa —la multitud asintió.

— Yo no he dicho que tuviera una esposa —dijo el intérprete, con una cierta timidez.

— Tu culo dijo que tenía un hijo — dijo el bromista—. Entonces tiene que tener una mujer, y todos ellos deben tener culos.

El misionero no le hizo caso y siguió hablando de la Santísima Trinidad. Al final de todo aquello, Okonkwo quedó convencido de que aquel hombre estaba loco. Se encogió de hombros y se marchó a extraer su vino de palma para aquella tarde.

Pero había un muchachito que se había quedado cautivado. Se llamaba Nwoye y era el primer hijo de Okonkwo. No era la lógica absurda de la Trinidad lo que lo había cautivado. No la comprendía. Era la poesía de la nueva religión, algo que sentía en la médula de los huesos. El himno acerca de los hermanos que estaban sumidos en las tinieblas y el temor parecía responder a una pregunta indefinida y persistente que atormentaba su alma de adolescente: la de los gemelos que lloraban en la maleza y la de la muerte de Ikemefuna. —Se sintió aliviado en su fuero interno cuando el himno fue regándole el alma reseca. La letra del himno era como la lluvia helada que se derretía en el paladar seco de la tierra jadeante. La mentalidad inmadura de Nwoye se sentía muy confusa.

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Capítulo XVII

LOS misioneros pasaron las cuatro o cinco primeras noches en la plaza del mercado, y por la mañana fueron a la aldea a predicar el evangelio. Preguntaron quién era el rey de la aldea, pero los habitantes les dijeron que no había rey:

— Tenemos personas de títulos elevados y los sumos sacerdotes y los ancianos —les dijeron.

Tras las emociones del primer día no resultó muy fácil reunir a los hombres de título elevado y a los ancianos. Pero los misioneros perseveraron y acabaron por lograr que los recibieran los gobernantes de Mbanta. Pidieron una parcela para construir su iglesia.

Todos los clanes y todos los pueblos tenían su «bosque del mal». Allí se enterraba a todos los que morían de las enfermedades verdaderamente malignas, como la lepra y la viruela. También era donde se abandonaba a los fetiches potentes de los grandes chamanes cuando morían éstos. Por consiguiente, los «bosques del mal» estaban llenos de fuerzas siniestras y de los poderes de las tinieblas. Los gobernantes de Mbanta cedieron uno de esos bosques a los misioneros. En realidad, no querían que éstos se quedaran en su clan y por eso les hicieron aquel ofrecimiento, que no aceptaría nadie con sentido común.

— Quieren una parcela de terreno para construir su santuario —dijo Uchendu a los otros dirigentes cuando se consultaron entre sí—; vamos a dársela.

Al escuchar un murmullo de desaliento y de sorpresa, hizo una pausa:

— Vamos a darles una parcela del Bosque del Mal. Dicen que pueden vencer a la muerte. Vamos a darles un auténtico campo de batalla en el que demostrar cómo la vencen —los demás se rieron y dieron su acuerdo y enviaron a buscar a los misioneros, a los que habían pedido que se alejaran un rato para que pudieran «susurrar juntos». Les ofrecieron toda la superficie del Bosque del Mal que quisieran ocupar. Y para gran asombro suyo, los misioneros les dieron las gracias y se pusieron a cantar.

— No entienden nada —dijo uno de los ancianos—. Pero ya lo entenderán cuando vayan a su parcela mañana por la mañana —y se dispersaron.

A la mañana siguiente aquellos locos empezaron efectivamente a talar una parte del bosque y a construir su casa. Los habitantes de Mbanta esperaban que murieran todos ellos en los cuatro días siguientes. Pasó el primer día, y el segundo, y el tercero, y el cuarto, y no murió ninguno de ellos. Todo el mundo estaba sorprendido. Y luego se difundió la noticia de que el fetiche del hombre blanco tenía una fuerza increíble. Se decía que llevaba cristales en los ojos para poder ver a los espíritus del mal y hablar con ellos. Poco después obtuvo sus tres primeras conversiones.

Aunque Nwoye se había sentido atraído a la nueva fe desde el primer día, lo mantuvo en secreto. No se atrevía a acercarse demasiado a los misioneros por temor a su padre. Pero cuando eran ellos los que venían al pueblo a predicar en la plaza del mercado o en el terreno de juegos del pueblo, allí estaba Nwoye. Y ya estaba empezando a aprenderse algunos de los relatos sencillos que contaban.

— Ya hemos construido una iglesia —dijo el señor Kiaga, el intérprete, que ahora se había hecho cargo de la nueva congregación. El hombre blanco había vuelto a Umuofia, donde había construido su cuartel general y desde donde venía regularmente a visitar la congregación del señor Kiaga en Mbanta.

— Ya hemos construido una iglesia — dijo el señor Kiaga—, y queremos que vengáis todos cada séptimo día a rendir adoración al verdadero Dios.

El domingo siguiente, Nwoye pasó una y otra vez delante del pequeño edificio de barro rojo y bálago sin hallar el valor suficiente para entrar en él. Escuchó voces que cantaban y aunque sólo eran las de un puñado de hombres, sonaban vigorosas y confiadas. Su iglesia estaba en un espacio circular despejado que parecía la boca abierta del Bosque del Mal. ¿Estaría esperando a cerrarse sobre ellos de una dentellada? Después de pasar una vez tras otra ante la iglesia, Nwoye volvió a casa.

Era cosa sabida entre los habitantes de Mbanta que sus dioses y sus antepasados a veces eran muy pacientes y permitían deliberadamente que alguien los desafiara más de una vez. Pero incluso en aquellos casos, ponían un límite de siete semanas de mercado, o veintiocho días. No se permitía a nadie que superase ese límite. De manera que en el pueblo iba en aumento la emoción a medida que se acercaba la séptima semana a contar desde el momento en que aquellos misioneros insolentes construyeron su iglesia en el Bosque del Mal. Los habitantes de Mbanta estaban tan seguros de la condena que iba a caer sobre aquellos hombres que uno o dos de los conversos calculó que sería más prudente dejar en suspenso su creencia en la nueva fe.

Por fin llegó el día en que deberían haber muerto todos los misioneros. Pero seguían vivos y construían una nueva casa de barro rojo y bálago para el señor Kiaga, su maestro. Aquella semana consiguieron un puñado más de conversiones. Y por primera vez la de una mujer. Se llamaba Nneka y estaba casada con Amadi, que era un agricultor próspero. Estaba embarazada de varios meses.

Nneka había tenido ya cuatro embarazos y cuatro partos. Pero cada una de esas veces había tenido gemelos a los que habían tirado al bosque inmediatamente. Su marido y la familia de éste ya estaban empezando a criticarla severamente por tener gemelos, y no lo sintieron demasiado cuando se encontraron con que había huido para sumarse a los cristianos. Que se fuera para no volver.

Una mañana pasaba Amikwu, el primo de Okonkwo, por delante de la iglesia de vuelta de la aldea de al lado, cundo vio a Nwoye entre los cristianos. Se quedó muy sorprendido y cuando llegó a casa fue directamente a la choza de Okonkwo y le dijo lo que había visto. Las mujeres empezaron a hablar muy nerviosas, pero Okonkwo se quedó impasible.

Nwoye no volvió a casa hasta media tarde. Fue al obi a saludar a su padre, pero éste no le contestó. Nwoye se dio la vuelta para dirigirse al interior del recinto cuando su padre, dominado repentinamente por la ira, se puso en pie de un salto y lo agarró del cuello.

— ¿De dónde vienes? —preguntó con voz atropellada.

Nwoye intentó zafarse de aquel apretón que lo asfixiaba.

— ¡Respóndeme —rugió Okonkwo— antes de que te mate! —agarró un bastón grueso que estaba apoyado en la pared pequeña y le dio dos o tres garrotazos tremendos.

— ¡Respóndeme! —volvió a rugir.

Nwoye se quedó mirándolo y no dijo ni una palabra. Fuera, las mujeres gritaban y no se atrevían a entrar.

— ¡Suelta al chico inmediatamente! —dijo una voz desde el exterior del recinto. Era Uchendu, el tío de Okonkwo—. ¿Te has vuelto loco?

Okonkwo no contestó. Pero soltó a Nwoye, que se alejó y no regresó jamás.

Volvió a la iglesia y le dijo al señor Kiaga que había decidido irse a Umuofia, donde el misionero blanco había establecido una escuela para enseñar a los jóvenes cristianos a leer y escribir.

El señor Kiaga se puso contentísimo:

— Bendito sea el que por mí abandona a su padre y a su madre —entonó—. Quienes escuchan mis palabras son mi padre y mi madre.

Nwoye no lo entendió del todo. Pero se alegraba de separarse de su padre. Más tarde volvería con su madre y sus hermanos y los convertiría a la nueva fe.

Aquella noche Okonkwo se quedó sentado en su choza, contemplando el fuego de leña y reflexionando sobre el asunto. Estaba lleno de furia y sintió fuertes deseos de agarrar el machete, ir a la iglesia y eliminar a toda aquella pandilla asquerosa de malhechores. Pero tras reflexionar se dijo que no merecía la pena luchar por Nwoye. ¿Por qué», exclamaba en su fuero interno, «tenía que ser él precisamente, Okonkwo, el que tuviera la maldición de un hijo así?» En eso se veía claramente la intervención de su dios personal, o chi. Porque, de otro modo, ¿cómo explicar su gran desgracia y su exilio y ahora el comportamiento despreciable de su hijo? Ahora que tenía tiempo para pensarlo, se apreciaba claramente la horrible enormidad del crimen de su hijo. El abandonar los dioses del padre y marcharse con una panda de afeminados que cloqueaban como gallinas viejas era la mayor de las abominaciones. ¿Y si cuando muriera él todos sus hijos varones decidían seguir el ejemplo de Nwoye y abandonar a sus antepasados? Okonkwo sintió un escalofrío ante una perspectiva tan horrorosa, como la perspectiva de la aniquilación. Se vio a sí mismo y a sus :antepasados amontonados ante su santuario ancestral, esperando en vano la adoración y el sacrificio y sin hallar nada más que las cenizas de los días del pasado, mientras sus hijos rezaban al dios del hombre blanco. Si jamás ocurría algo así, él, Okonkwo, los eliminaría de la faz de la Tierra.

A Okonkwo solían llamarlo «Llama Ardiente». Mientras contemplaba el fuego de leña recordó el apodo. El era un fuego ardiente. ¿Cómo podía haber engendrado un hijo como Nwoye, degenerado y afeminado? Quizá no era hijo suyo. ¡No! No podía ser. Su mujer lo había engañado. ¡Se iba a enterar! Pero Nwoye se parecía a su abuelo, Unoka que era el padre de Okonkwo. Rechazó la idea. A él, a Okonkwo, lo llamaban llama ardiente. ¿Cómo podía haber engendrado un hijo como una mujer? A la edad de Nwoye Okonkwo ya era famoso en todo Umuofia como luchador y hombre intrépido.

Dio un gran suspiro, y como si fuera una respuesta, también suspiraron las brasas del fuego.

E inmediatamente Okonkwo abrió los ojos y vio las cosas con gran claridad. El fuego vivo engendra una ceniza fría e impotente. Volvió a exhalar un gran suspiro.

.

Capítulo XVIII

LA joven iglesia de Mbanta tuvo unas cuantas crisis en sus primeros momentos. Al principio, el clan había creído que no sobreviviría. Pero había seguido adelante y gradualmente se había ido fortaleciendo. El clan estaba preocupado, pero no demasiado. Si una panda de efulefu decidía vivir en el Bosque del Mal, era asunto suyo. Bien pensado, el Bosque del Mal era un buen sitio para aquellos indeseables. Es verdad que rescataban a los gemelos de la sabana, pero nunca los llevaban al pueblo. Por lo que respectaba a los habitantes de éste, los gemelos seguían donde los habían tirado. La diosa de la tierra no iba a castigar a los inocentes habitantes de Mbanta por los pecados de los misioneros.

Pero hubo una ocasión en que los misioneros trataron de extralimitarse. Tres conversos habían ido al pueblo y se habían jactado abiertamente de que todos los dioses habían muerto y eran impotentes, y habían dicho que estaban dispuestos a desafiarlos y quemar todos sus santuarios.

— Iros a quemar las partes genitales de vuestras madres —dijo uno de los sacerdotes. Agarraron y golpearon a aquellos hombres hasta que estuvieron bañados en sangre. Después de eso, en mucho tiempo no volvió a pasar nada entre la iglesia y el clan.

Pero ya se estaban empezando a difundir rumores de que el hombre blanco no sólo había traído una religión, sino también un gobierno. Se decía que había construido en Umuofia un lugar para celebrar juicios y proteger a los seguidores de su religión. Se decía incluso que había ahorcado a un hombre por matar a otro.

Aunque esos rumores corrían ahora con mucha frecuencia, en Mbanta parecían cuentos de hadas y todavía no afectaban a las relaciones entre la nueva iglesia y el clan. Allí ni se hablaba de matar a un misionero, pues el señor Kiaga, pese a su locura, era completa”) mente inofensivo. En cuanto a sus conversos, nadie podía matarlos sin tener que huir del clan, pues pese a su indignidad, seguían perteneciendo a él. De forma que nadie prestó demasiada atención a los rumores sobre el gobierno del hombre blanco ni a las consecuencias de matar a los cristianos. Si creaban más problemas de los que ya estaban causando, bastaba con expulsarlos del clan, y nada más.

Y en aquellos momentos la pequeña iglesia estaba demasiado absorta en sus propios problemas para molestar al clan. Todo empezó con la cuestión de admitir a proscritos.

Aquellos proscritos, u osu, al ver que la nueva religión acogía a los gemelos y otras abominaciones, pensaron que era posible que también los acogiera a ellos. De forma que un domingo entraron en la iglesia dos de ellos. Inmediatamente se produjo un gran revuelo, pero tal era la labor que la nueva religión había realizado entre los conversos, que éstos no salieron inmediatamente de la iglesia en cuanto entraron los proscritos. Los que se encontraron a su lado se limitaron a cambiarse de banco. Fue un milagro. Pero no duró más que hasta el final de los servicios. Toda la iglesia protestó y estaba a punto de expulsar a aquella gente cuando el señor Kiaga los detuvo y empezó a explicar:

— Ante Dios —dijo— no hay esclavos ni hombres libres. Todos somos hijos de Dios y debemos recibir a estos hermanos nuestros.

— No comprendes —dijo uno de los conversos—. ¿Qué van a decir los paganos de nosotros cuando se enteren de que recibimos a osu en nuestro grupo? Se van a echar a reír.

— Que se rían —dijo el señor Kiaga—. Dios se reirá de ellos el Día del Juicio. ¿Por qué se enojan las naciones y se imaginan los pueblos cosas vanas? El que se sienta en los cielos se reirá. El Señor los considerará ridículos.

— No comprendes —insistió el converso—. Eres nuestro maestro y nos puedes enseñar las cosas de la nueva fe. Pero de esto quienes sabemos somos nosotros —y le explicó lo que era un osu.

Era una persona consagrada a un dios, algo aparte: tabú para siempre, y después de él sus hijos. No podía casarse con una persona nacida libre. De hecho, era un proscrito que vivía en una parte especial del pueblo, cerca del Gran Santuario. Adondequiera que fuese llevaba la marca de su casta prohibida: pelo largo, desgreñado y sucio. Le estaba prohibido tener con qué afeitarse. Un osu no podía asistir a las asambleas de los hombres libres, y éstos, a su vez, no podían refugiarse bajo su techo. No podía tomar ninguno de los cuatro títulos del clan, y al morir lo enterraban sus iguales en el Bosque del Mal. ¿Cómo podía alguien así ser seguidor de Cristo?

— Necesita a Cristo más que vosotros y que yo —dijo el señor Kiaga.

— Entonces yo me vuelvo al clan — dijo el converso. Y se fue. El señor Kiaga se mantuvo firme y fue su firmeza lo que salvó a la joven iglesia. Los conversos titubeantes recibieron inspiración y confianza de su fe inquebrantable. Ordenó a los proscritos que se cortaran las cabelleras desgreñadas. Al principio, ellos temieron que eso les acarreara la muerte.

— Si no os cortáis la señal de vuestra fe pagana, no os admitiré en la iglesia —dijo el señor Kiaga—. Teméis morir. Y, ¿por qué vais a morir? ¿En qué os diferenciáis de otros hombres que se cortan el pelo? El mismo Dios os creó a vosotros y a ellos. Pero os han rechazado como si fuerais leprosos. Eso va contra la voluntad de Dios, que ha prometido la vida eterna a todos los que crean en su Santo Nombre. Los paganos dicen que moriréis si hacéis tal o cual cosa, y tenéis miedo. También me dijeron a mí que moriría si construía mi iglesia en este terreno. ¿He muerto, acaso? Dijeron que moriría si recogía gemelos. Y sigo vivo. Los paganos no dicen más que mentiras. La única verdad es la palabra de nuestro Dios.

Los dos proscritos se cortaron el pelo, y en poco tiempo se convirtieron y pasaron a formar parte de los seguidores más ardientes de la nueva fe. Y lo que es más, casi todos los osu de Mbanta siguieron su ejemplo. De hecho, fue uno de ellos quien, en su ardor, hizo que un año después la iglesia tuviera un grave conflicto con el clan cuando mató a la pitón sagrada, la emanación del dios del agua.

La pitón real era el animal más reverenciado de Mbanta y todos los clanes de sus alrededores. Su título era el de «Padre Nuestro», y se le permitía ir donde quería, incluso meterse en las camas de la gente. Se comía las ratas de las casas, y a veces incluso los huevos de las gallinas. Si un miembro del clan mataba una pitón real por accidente, hacía sacrificios expiatorios y realizaba una ceremonia carísima de enterramiento, como la de un gran hombre. No existía un castigo prescrito para quien matara a una pitón real adrede. Nadie creía que jamás pudiera ocurrir algo así.

Quizá no llegara a ocurrir nunca. Eso fue lo que prefirió creer el clan al principio. De hecho, nadie había visto cómo ocurrió. El rumor había surgido entre los propios cristianos.

Pero, de todas formas, los gobernantes y los ancianos de Mbanta se reunieron para decidir lo que habían de hacer. Muchos de ellos hablaron largo tiempo y con voces enfurecidas. Había descendido sobre ellos el espíritu de la guerra. Okonkwo, que había empezado a desempeñar un papel en los asuntos de la tierra de su madre, dijo que no habría paz hasta que se hubiera expulsado a latigazos del pueblo a toda aquella panda de malhechores.

Pero había muchos más que veían las cosas de forma diferente, y al final fue la opinión de éstos la que prevaleció.

— En nuestras costumbres no entra el luchar por nuestros dioses —dijo uno de ellos—. No vayamos a hacerlo ahora. Si alguien mata a la Pitón sagrada en el secreto de su choza, el asunto está entre él y el dios. Nosotros no lo hemos visto. Si nos interponemos entre el dios y su víctima, es posible que nos caigan encima los golpes destinados al delincuente. ¿Qué hacemos cuando alguien blasfema? ¿Le cerramos la boca? No. Nos metemos los dedos en las orejas para no oírlo. Eso es lo prudente.

— No razonemos como cobardes — dijo Okonkwo—. Si alguien viene a mi choza y defeca en el suelo, ¿qué hago? ¿Cierto los ojos? ¡No! Agarro un garrote y le parto la cabeza. Eso es lo que hace un hombre. Esa gente no hace más que echarnos basural encima y Okeke dice que tenemos que hacer como que no la vemos. —Okonkwo hizo un ruido de asco. El clan se estaba afeminando, pensó. Eso no hubiera podido ocurrir jamás en Umuofia, el clan paterno.

— Okonkwo ha dicho la verdad —dijo otro hombre—. Deberíamos hacer algo. Pero tendríamos que declararlos en el ostracismo. Así no seríamos responsables de sus abominaciones.

Todos los asistentes a la asamblea dijeron su opinión, y al final se decidió enviar a los cristianos al ostracismo. Okonkwo rechinó los dientes de asco.

Aquella noche un pregonero recorrió Mbanta a lo largo y a lo ancho para proclamar que los seguidores de la nueva fe quedaban excluidos en adelante de la vida y los privilegios del clan.

Los cristianos eran cada vez más y ya formaban una pequeña comunidad de hombres, mujeres y niños, seguros de sí mismos y confiados. El señor Brown, que era el misionero blanco, los visitaba regularmente y decía:

— Cuando pienso que hace sólo dieciocho meses que se plantó entre vosotros la primera Semilla, me asombro de lo que ha creado el Señor.

Era el Miércoles Santo y el señor Kiaga había pedido a las mujeres que trajesen tierra roja y tiza blanca y agua para dejar la iglesia bien limpia para la Pascua de Resurrección, y las mujeres habían formado tres grupos para hacer ese trabajo. Aquella mañana salieron muy temprano, unas para ir a buscar agua al arroyo, otras con azadas y cestos a buscar tierra en el terreno del pueblo, y las otras a la cantera de tiza.

El señor Kiaga estaba rezando en la iglesia cuando oyó que las mujeres hablaban muy nerviosas. Terminó su oración y salió a ver qué pasaba. Las mujeres habían vuelto a la iglesia con los baldes vacíos. Dijeron que unos muchachos las habían echado a latigazos del arroyo. Poco después volvieron con los cestos vacíos las mujeres que habían ido a buscar la tierra roja. Algunas de ellas habían recibido muchos latigazos. Las que habían ido a buscar tiza volvieron contando lo mismo que las anteriores.

— ¿Qué significa todo esto? —preguntó el señor Kiaga, muy perplejo.

— La aldea nos ha proscrito —dijo una de las mujeres—. Anoche lo anunció el pregonero. Pero no entra en nuestras costumbres prohibir a nadie que vaya al arroyo o a la cantera.

Otra mujer añadió:

— Quieren arruinarnos. No nos van a dejar que vayamos al mercado. Lo han dicho.

El señor Kiaga iba a mandar a buscar a la aldea a sus conversos varones cuando vio que llegaban por su cuenta. Naturalmente, todos ellos habían oído al pregonero, pero jamás en su vida habían oído que se prohibiera a una mujer ir al arroyo.

— Vamos —dijeron a las mujeres—. Vamos con vosotras a ver a esos cobardes —algunos de ellos llevaban garrotes e incluso algunos machetes.

Pero el señor Kiaga los detuvo. Primero quería saber por qué los habían proscrito.

— Dicen que Okoli ha matado a la Pitón sagrada —dijo uno de ellos.

— Es mentira —dijo otro—. El propio Okoli me ha dicho que es mentira.

Okoli no estaba presente para contestar. Se había puesto enfermo la noche anterior. Antes de que terminara el día había muerto. Su muerte demostraba que los dioses seguían siendo capaces de empeñar sus propias batallas. El clan dejó de advertir motivos para atacar a los cristianos.

.

Capítulo XIX

ESTABAN cayendo las últimas grandes lluvias del año. Era el momento de apisonar barro rojo con el que construir nuevas paredes. No se hacía antes porque las lluvias eran demasiado fuertes y se hubieran llevado el montón de tierra apisonada, y no se podía hacer después porque sería el momento de la recolección, y después venía la estación seca.

Iba a ser la última cosecha de Okonkwo en Mbanta. Por fin se acercaba el final de aquellos siete años desperdiciados y fatigosos. Aunque Okonkwo había prosperado en el país de su madre, sabía que habría prosperado todavía más en Umuofia, en el país de sus padres, donde los hombres eran valientes y belicosos. En esos siete años habría llegado a las mayores alturas. Por eso lamentaba hasta el último día de su exilio. Los parientes de su madre habían sido muy amables con él, y les estaba agradecido. Pero eso no cambiaba las cosas. A la primera hija que le había nacido en el exilio la había llamado Nneka —«La Madre es Suprema»—, por cortesía para con los parientes de su madre. Pero dos años después, cuando le nació un hijo, lo llamó Nwofia: «Nacido en el Desierto».

En cuanto empezó el último año de su exilio, Okonkwo envió dinero a Obierika para que le construyera dos cabañas en su antiguo recinto, donde viviría con su familia hasta que construyera más cabañas y el muro externo de su recinto. No podía pedir a otro hombre que le construyera su propio obi ni los muros de su recinto. Esas eran cosas que cada uno se construía por sí mismo o que heredaba de su padre.

Cuando empezaron a caer las últimas grandes lluvias del año, Obierika le mandó decir que ya estaban construidas las dos cabañas y Okonkwo empezó a preparar su regreso para después de las lluvias. Hubiera querido volver antes y construir su recinto aquel mismo año, antes de que terminaran las lluvias, pero de hacerlo habría purgado algo menos que los siete años completos de pena. Y eso era imposible. De manera que esperó impaciente a que llegara la estación seca.

Tardó en llegar. Las lluvias fueron amainando poco a poco hasta que apenas si caían unos chaparrones sesgados. A veces brillaba el sol en medio de la lluvia y soplaba una leve brisa. Empezaba a aparecer el arco iris, y a veces dos arcos iris, como una madre y su hija, una joven y bella y la otra una sombra vieja y débil. Era una lluvia alegre y animada. Al arco iris lo llamaban la pitón del cielo.

Okonkwo llamó a sus tres esposas y les dijo que lo preparasen todo para una gran fiesta.

— Debo dar las gracias a la familia de mi madre antes de irme —dijo.

A Ekwefi todavía le quedaba algo de cazabe en sus campos del año pasado. Las otras dos esposas no tenían. No era porque hubieran sido perezosas, sino que tenían muchos hijos que alimentar. Por eso quedó entendido que Ekwefi aportaría el cazabe para la fiesta. La madre de Nwoye y Ojiugo aportarían lo demás, como pescado ahumado, aceite de palma y pimienta para la sopa. Okonkwo se encargaría de la carne y los ñames.

A la mañana siguiente Ekwefi se levantó temprano y fue a su campo con su hija, Ezinma, y Obiageli, la hija de Ojiugo, a sacar los tubérculos de cazabe. Cada una de ellas llevaba un cesto largo de caña, un machete para cortar los tallos blandos de cazabe y una azuela para sacar el tubérculo. Por suerte, había llovido algo por la noche y la tierra no estaría muy dura.

— No tardaremos mucho en sacar todo lo que queramos —dijo Ekwefi.

— Pero las hojas estarán húmedas — dijo Ezinma. Llevaba el cesto en la cabeza y los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía frío—. No me gusta que me caiga agua fría en la espalda. Tendríamos que haber esperado a que saliera el sol y secara las hojas.

Obiageli la llamó «Sal» porque decía que no le gustaba el agua:

— ¿Tienes miedo de disolverte?

La recolección fue fácil, como había dicho Ekwefi. Ezinma sacudió violentamente cada arbusto con un palo largo antes de inclinarse a cortar el tallo y sacar el tubérculo. A veces no hacía falta cavar. Se limitaban a tirar del brote y salía la tierra, se rompían las raíces por debajo y se sacaba el tubérculo.

Cuando tuvieron un montón considerable, lo bajaron en dos viajes hasta el arroyo, donde cada mujer tenía su propio hondón para fermentar el cazabe.

— Debería estar listo dentro de cuatro días, o incluso de tres —dijo Obiageli—. Son tubérculos muy jóvenes.

— Tampoco son tan jóvenes —dijo Ekwefi—. Planté los campos hace dos años. Es tierra muy mala y por eso son tan pequeños los tubérculos.

Okonkwo nunca hacía las cosas a medias. Cuando su mujer Ekwefi protestó que bastaba con dos cabras para la fiesta, le contestó que no era cosa suya.

— Si organizo una fiesta es porque tengo con qué. No puedo vivir a la orilla de un río y lavarme las manos con saliva. La familia de mi madre ha sido buena conmigo y tengo que mostrar mi gratitud.

De manera que se mataron tres cabras y varias aves. Fue como una fiesta de boda. Había fu-fú y sopa de ñame, sopa de egusi y sopa de hojas amargas, y cántaros de vino de palma.

Se invitó a la fiesta a todos los umunna, todos los descendientes de Okolo, que había vivido hacía doscientos años. El miembro de más edad de aquella familia extendida era Uchendu, el tío de Okonkwo. Se le dio la nuez de cola para que la rompiera, y rezó a los antepasados. Les pidió salud e hijos. «No pedimos riqueza, porque el que tiene salud e hijos también tendrá riqueza. No rezamos para tener más dinero, sino para tener más parientes. Somos mejor que los animales porque tenemos parientes. Un animal se frota el flanco contra un árbol cuando le pica, pero un hombre pide a su pariente que se lo rasque.» Rezó especialmente por Okonkwo y su familia. Después rompió la nuez de cola y tiró uno de los pedazos al suelo, para los antepasados.

Mientras se iban pasando nueces rotas de cola, las esposas y los hijos de Okonkwo y los que habían venido a ayudarlos con la cocina empezaron a sacar la comida. Los hijos varones de Okonkwo trajeron los cántaros de vino de palma. Había tanto que comer y que beber que muchos de los parientes lanzaron silbidos de sorpresa. Cuando estuvo puesto todo se levantó a hablar Okonkwo:

— Os ruego que aceptéis este poco de cola —dijo—. No es para pagaron todo lo que habéis hecho por mí en estos siete años. Un niño no puede pagar la leche de su madre. Si os he invitado es únicamente porque es bueno que los parientes se reúnan.

Primero se sirvió el puré de ñame porque era más ligero que el fu-fú y porque el ñame siempre se servía primero. Después se sirvió el fu-fú. Algunos de los parientes lo comieron con sopa de egusi y otros con sopa de hojas amargas. Después se repartió la carne de forma que todos los que formaban parte de los umunna recibieran su parte. Cada hombre se fue levantando por orden de edades y tomó un pedazo. Incluso se apartaron las partes correspondientes a los pocos parientes que no habían podido asistir.

Cuando llegó el turno de beber el vino de palma uno de los miembros más ancianos de los umunna se levantó para dar las gracias a Okonkwo:

— Si digo que no esperábamos una fiesta tan grande, sería sugerir que no sabíamos lo generoso que es nuestro hijo Okonkwo. Todos lo conocemos y esperábamos una gran fiesta. Pero ha resultado ser todavía mayor de lo que esperábamos. Gracias. Que todo lo que nos has dado te sea devuelto decuplicado. Está bien en estos tiempos en que la generación joven se cree más inteligente que la de sus padres ver que un hombre hace las cosas al estilo antiguo, a lo grande. Un hombre que da una fiesta a sus parientes no lo hace para que no se mueran de hambre. Todos tienen comida en sus propias casas. Cuando nos reunimos en la plaza de la aldea a la luz de la luna no es por la luna. Cada uno la puede ver desde su propio recinto. Nos reunimos porque es bueno que los parientes se reúnan. Podéis preguntaron por qué digo todo esto. Lo digo porque temo por la nueva generación, por vosotros —dijo con un gesto hacia donde estaban sentados casi todos los jóvenes —. En cuanto a mí, me queda poco tiempo de vida, igual que a Uchendu, y a Unachukwu y a Emefo. Pero temo por vosotros, los jóvenes, porque no comprendéis lo fuerte que es el vínculo del parentesco. No sabéis lo que es hablar con una sola voz. Y, ¿cuál es el resultado? Se ha asentado entre vosotros una religión abominable. Ahora hombre puede separarse de sus padres y sus antepasados. Puede maldecir los dioses de sus padres y sus antepasados, como el perro de un cazador que de pronto se vuelve rabioso y se vuelve contra su dueño. Temo por vosotros; temo por el clan —se volvió otra vez a Okonkwo, y le dijo—: Gracias por llamarnos a reunirnos.

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