Radiografía del cine clásico

Pedro A. Curto

 

 

La relación entre cine y literatura siempre ha sido compleja, en general el cine ha llevado a cabo adaptaciones de novelas, pero como dice Fernando Morote, apenas ha ocurrido al contrario. Otra cuestión es que desde la escritura literaria se hable de cine, como crítica o ensayo. En general el libro cinematográfico no tiene mucha repercusión, aunque sea necesario. En este sentido nos encontramos con diversas tendencias, desde el ensayo más sesudo, hasta el más academicista, al que podríamos considerar periférico y mitómano, que es donde me atrevería a situar el libro de Fernando Morote, “El antídoto del neurótico”. Con un tono coloquial y desenfadado, pero no ausente de referencias y análisis, sin duda mitómano, aborda más de setenta películas partiendo del año 1930 y llegando a 1975. Con una portada de un cuadro de Edward Hopper, uno de los pintores del mundo americano por excelencia, nos va adentrando, en lo que se puede considerar el cine universal. Si el inglés se ha establecido como idioma de intercomunicación, el cine americano es la primigenia comunicación con la pantalla.

En la radiografía cinematográfica de Morote nos encontramos con películas que todo el mundo conoce, como Casablanca o Drácula, películas desconocidas u olvidadas y otras que podríamos considerar de culto como el “Ensayo de un crimen” de Luis Buñuel, la poética “Laura” de Otto Preminger, “Alguien voló sobre el nido del cuco” de Milos Forman, “El autoestopista” de Ida Lupino o la curiosa Marilyn Monroe de “Niebla en el alma”, en un papel muy alejado de sus registros habituales. Las temáticas también son diversas, bélicas como “Senderos de gloria” o “La chaqueta metálica”, adaptaciones literarias como la novela “A sangre fría” de Truman Capote, de arte como “El loco del pelo rojo” sobre Vincent Van Gogh, y hasta esa mezcla de literatura y alcohol que es “The Lost Weekend”, de la que describe así una escena: “Camina hacia la tienda de empeños abrazándola (a su máquina de escribir) como si fuera a degollar a su mejor amigo.” Y una película, “La soga”, que es algo así como la versión cinematográfica de la banalidad del mal que teorizó Hannah Arendt. Pero sin duda destaca el gusto por el género negro al que define así: “¿Por qué el cine negro es tan apasionante? Porque en sus argumentos los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Y porque el ambiente –exterior e interior- de sordidez en el que se desenvuelven sus personajes muestra la realidad sin maquillaje de la naturaleza humana.”

Por el libro circulan conocidos y menos conocidos actores y actrices, que configuran la iconografía de la que han bebido varias generaciones. Entre los directores cabe destacar la omnipresencia de Billy Wilder y Alfred Hitchcock. Y en cada análisis de las películas, una serie de matices sobre actores y actrices, especialmente sobre estas últimas, la relación entre lo masculino y lo femenino, tan presente en el cine como reflejo de la vida misma, señalando: “Desconfío de la virilidad de aquellos que derriten a las mujeres con sólo mirarlas. La estampa del macho duro, lejos de impresionarme, me despierta sospechas.”

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