Duluth [Fragmento]

Gore Vidal

 

 

I

¡Duluth! La ames o la aborrezcas, nunca puedes abandonarla ni perderla. Estas palabras —en policromo y brillante neón— resplandecen en lo alto de la torre del «Centro de Comunicaciones McKinley», el punto más elevado del ajetreado distrito comercial de la Duluth actual.

Si, como frecuentemente se ha dicho, toda sociedad tiene la Duluth que merece, los Estados Unidos de América han alcanzado, en la penúltima década del siglo XX, el máximo posible en este aspecto. Desde las filas de palmeras a orillas del lánguido lago de Duluth hasta las elegantes mansiones y jardines de Garfield Heights y las altas torres de obsidiana del «Centro McKinley», dos millones de seres humanos existen en una ciudad-dínamo en la que su no ser encuentra acogida en un hermoso cementerio conocido como Lincoln Groves.

Todos los apetitos encuentran el modo de ser satisfechos en Duluth. Desde ocasionales aventuras sexuales a orillas del lago hasta cálidas e intensas relaciones en los barrios étnicos que se extienden al borde del refulgente desierto, hay algo —si no alguien— para todo el mundo. Hay también juego en el rancho «El Dandy», al final de Gilder Road, flanqueada de burdeles, así como arribismo social y bridge subastado en numerosos clubes privados, de los que el más exclusivo es «El Eucalipto», situado en una elevada colina que domina el Bosque de Duluth, en cuyo verdegueante centro hay un pantano conocido de los entomófilos del mundo entero como un macrocosmos único de vida insectil, vermiforme y de otro tipo. La orgullosa pretensión de Duluth de ser la capital mundial de los insectos no es pura jactancia.

Por tanto, no es extraño que Beryl Hoover, nacida y criada en Tulsa, experimente al fin la sensación de estar en casa cuando se deja caer lánguidamente, junto a Edna Herridge, en el interior de la sólida furgoneta que lleva en su polvorienta puerta el letrero «Agencia de Fincas Herridge».

—Mrs. Hoover… —empieza Edna, poniendo en marcha el motor.

—Beryl…

—Beryl… Edna.

—¿Edna?

—Soy Miss Edna Herridge.

—Ah, sí. Tenía la cabeza en otra parte.

La cabeza de Beryl, en efecto, está en otra parte. A través del escarchado cristal de la ventanilla del coche —es febrero, y, aunque sólo es mediodía, las luces de la aurora boreal llenan todo el firmamento meridional como los dedos largos y fríos de alguna gran metáfora—, acaba de ver cómo varios blancos, valiéndose de una cuerda pasada por la rama de un árbol, levantan lentamente del helado suelo a un negro. Mientras los blancos tiran todos a una de la cuerda, el negro abandona lentamente la tierra hacia cualquier vida futura que el Supremo Autor pueda estar escribiendo para él.

—Creo que están linchando a un negro, Edna.

—Te encantará Duluth, estoy segura. —Edna aumenta las revoluciones del motor—. Aquí tenemos relaciones raciales excelentes, como puedes ver. Y numerosos restaurantes de la nouvelle cuisine.

Edna tuerce por Main Street, cuya superficie brilla a consecuencia de la reciente nevada que ha convertido a Duluth en un invernal país de las maravillas en el que los coches patinan, se rompen pelvis y fémures sobre las aceras resbaladizas por el hielo, y el hermano de Edna, el alcalde, apela una vez más al buen humor como sustitutivo de las máquinas quitanieves que el Ayuntamiento es incapaz de suministrar. Y, ciertamente, obtiene buen humor.

—Tú eres de Tulsa, claro. —Edna se salta su tercer semáforo en rojo; luego, patina sobre dos ruedas en la esquina de Garfield y Main—. Esta es Garfield Avenue. El paseo de la gente bien de Duluth. Las casas cuestan desde los cien mil dólares hasta el millón redondo. Las casas mejores cuestan más.

—Para mí, el cielo no es el límite —replica Beryl, con una carcajada.

Pero claro que lo es. Beryl está divorciada y dispone de mucho dinero, gracias a Mr. Hoover y su riqueza en petróleo; esposo del que ha sabido deshacerse limpiamente según se rumorea en Duluth, donde la apariencia y el valor nominal son moneda universal aplicable a todo.

De figura atractiva, Beryl siente predilección por el color negro, incluso cuando va a su oficina de Tulsa, donde lleva personalmente los libros de contabilidad. De vez en cuando, se la puede ver con un «Pink Lady» en la mano en uno u otro de los casinos de Tulsa. A los croupiers les resulta una mujer un tanto misteriosa, porque nunca juega.

Beryl es libre…, salvo por lo que se refiere a su hijo Clive, a quien adora, pese a que tiene una nariz que parece una patata cocida aplastada. Beryl es culpable de esa nariz, porque Clive la heredó de ella, aunque un año antes del nacimiento de Clive el mejor especialista en rinoplastia de Century City, Los Angeles, sustituyó la patata cocida de Beryl por una diminuta pomme soufflée que causó sensación en Tulsa y la causará también en Duluth, si Clive no aparece por la ciudad con su antigua nariz y lo echa todo a perder.

«Primero, debe someterse a una intervención de cirugía plástica», piensa.

—Este no es lugar para Clive —murmura, mientras la furgoneta se desliza a lo largo de una amplia avenida flanqueada por graciosos robles cuyo helado musgo español semeja…

—¿Decías, Beryl?

—¿Qué…? Oh, decía que éste es realmente un lugar magnífico donde vivir.

Beryl tiende la vista hacia el resplandeciente distrito comercial. En lo alto de la torre del «Centro de Comunicaciones McKinley», el enorme letrero de neón proclama: «¡Duluth! La ames o la aborrezcas, nunca puedes abandonarla ni perderla.»

Beryl frunce el ceño.

—¿Qué significa ese letrero? ¿Lo de no poder abandonar ni perder Duluth?

—No lo sé realmente —responde Edna, con tono evasivo—. Siempre ha estado ahí —añade.

—¿Tú crees que es verdad?

Como tantas personas prácticas, a Beryl le gusta hacer preguntas.

—Tendrás que preguntárselo a mi hermano. El es el alcalde de Duluth. Y un perfecto sinvergüenza.

Edna hace girar el coche para salir de Garfield Avenue.

—¡Aquí está la agradable casa número uno!

Lanza la furgoneta por entre un par de seudoclásicos plintos paladianos y contra un enorme ventisquero, donde se detiene bruscamente.

—Estamos enterradas vivas —dice Beryl, captando la situación—. En un ventisquero.

—«La primavera —canta Edna, siempre de buen humor— se retrasará un poco este año.»

En ese instante, las dos mujeres comprenden que se van a hacer grandes amigas en los próximos días, mientras esperan el deshielo de primavera.

—Se rumorea —dice Edna, para mantener la conversación— que anoche te vieron en el rancho «El Dandy».

—Sí —responde Beryl—. Es uno de los mejores casinos donde jamás he tomado un «Pink Lady». Yo, personalmente, no juego, pero me encanta la sensación de dramatismo que se experimenta cuando se gana o se pierde una fortuna con el simple gesto de volver una carta o lanzar unos dados.

—Supongo que estás enterada de que nadie sabe quién es realmente el dueño del rancho «El Dandy» —dice Edna, a la vez que abre la ventanilla y hunde luego un dedo en la nieve, que forma un muro compacto—. Pero El Dandy, como todo el mundo sabe, es el número uno entre bastidores aquí, en Duluth.

—En Tulsa —replica Beryl— se le conoce como «el fuego fatuo».

—A veces creo que sé quién, si no exactamente qué, es —dice Edna, un tanto juguetonamente, dadas las circunstancias.

—¿Sí? —pregunta Beryl, interesada—. Entonces, dime su nombre.

.

II

El capitán Eddie Thurow, del Departamento de Policía de Duluth —conocido por todo el mundo como DPD—, está desconcertado. Se halla sentado a su mesa, sujetando el teléfono junto al oído con su hombro artrítico, postura que le resulta dolorosa, pero el capitán Eddie es partidario decidido de la autenticidad y, dado que así es como lo hace el jefe de Policía de la nueva serie televisiva «Duluth», así es como lo va a hacer él. El discurso del capitán Eddie sobre modelos de actuación dirigido a los alumnos que se graduaban en la escuela superior de Huey Long versó sobre modelos de actuación…, y sobre muchas más cosas también. Es todo un tipo el capitán Eddie, todo el mundo está de acuerdo. De hecho, muchas personas piensan que sería un alcalde estupendo. Da la casualidad de que él es una de esas muchas personas. Enfrente del capitán Eddie hay un mapa del Gran Duluth, que muestra el serpenteante río Colorado que desagua en el lago Erie, flanqueado de palmeras, así como los primigenios bosques y el reluciente desierto henchido de espejismos que comienza justo al este de la ciudad. En el punto en que el río Colorado corta el desierto aparece hincada una chincheta roja. Es el lugar donde la nave espacial aterrizó el día de Navidad. Ahora es febrero y la nave espacial continúa todavía allí. Para sorpresa general, nadie —ni nada— ha salido de la nave. Peor aún, nadie ha podido penetrar en su interior, ni tan siquiera establecer contacto por radio con los forasteros extraterrestres que se encuentran en ella. La cosa permanece allí, en el desierto, a poca distancia al este de la étnica Kennedy Avenue, donde comienzan los barrios.

—Vamos a ver si he entendido bien. —La voz del capitán Eddie es profunda. El jefe de Policía que aparece en «Duluth» no puede pronunciar las erres. El capitán Eddie, sí; y lo hace—. ¿Me dice que el FBI no, repito, no enviará un equipo para decidir lo que se hace con esta nave espacial llena de inmigrantes ilegales?

Mientras escucha la voz de Washington, el capitán Eddie mira de reojo con el mismo gesto con que el conocido actor Ed Asner lo hace en la Televisión.

En la silla situada frente al capitán Eddie, se halla sentado el teniente Chico Jones, de Homicidios. Es negro. Ligeramente negro, dicen algunos. Pero no Chico. El prefiere la palabra «moreno» a la palabra «negro». Chico es un poco anticuado. No sólo tiene problemas conyugales, sino también problemas económicos. No puede hacer frente a los pagos de su hipoteca, debido a los elevados intereses. Para conseguir llegar a final de mes, Chico, como la mayoría de los miembros del DPD, vende llaveros, recuerdos turísticos de Duluth y, bajo cuerda, polvo de ángel. Pero la competencia es dura. Nunca consigue llegar hasta el final… excepto con su compañera, la diosa rubia, espectacularmente bella y de ojos azules, teniente Darlene Ecks, de Homicidios.

Mientras patrullan al azar por Duluth, los dos son buenos el uno para el otro, según coinciden ambos. Por lo menos una vez a la semana, Darlene esposa a Chico al volante de su coche policial y lo ultraja verbalmente. A él le gusta esto. También le gusta cuando ella sorprende a trabajadores mexicanos ilegales en las cocinas de los mejores restaurantes de Duluth y los hace desnudarse para registrarlos, al tiempo que grita su propia versión de «Dame una pata de cerdo y una botella de ginebra», que es «¡Dame un trozo de quimbombó y un par de ciruelas!» Darlene tiene un gran sentido del humor. Su sueño es abrir un día una boutique al otro lado de la frontera, en México, a fin de que Chico pueda visitarla los domingos. Hace un año que son amantes. La mujer de Chico sospecha la verdad. Pero no está segura.

El capitán Eddie cuelga de golpe el teléfono.

—¡No hay cáscaras! —Gruñe a Chico—. Dicen que es asunto nuestro. Nuestra nave espacial.

—En ese caso, ¿por qué no olvidarnos de ella, capitán Eddie?

Chico tiene ideas, hasta el capitán Eddie se ve obligado a reconocerlo.

—¿Quieres decir…?

—Quiero decir…

—¿Quieres decir que…?

—Quiero decir que…

—¿Nos olvidamos de ella?

El capitán Eddie parece sumirse en profunda reflexión. Luego, se levanta, se acerca al mapa y, con la uña del pulgar, desclava la chincheta roja.

—Buena idea, Chico. ¿Qué tal Darlene?

—Cazando inmigrantes.

El capitán Eddie mira la chincheta roja que tiene en la mano.

—Lo único que debemos temer ahora —dice, lenta y pensativamente— es a Wayne Alexander, del Duluth Blade. —Duluth Switch-Blade —resopla despectivamente Chico.

Al DPD no le gustan las numerosas denuncias de brutalidad policial que Wayne Alexander ha escrito a lo largo de los años para el único periódico de la ciudad, que, ciertamente, es leído sólo por sus anuncios breves y por los de ventas de grandes almacenes. Pero es que nadie ha leído gran cosa de nada en Duluth desde el día en que «KDLM-TV» hizo su irrupción como la filial y nao capitana de «ABC» para la zona de los Grandes Lagos y Tijuana. De la noche a la mañana, el Noticiario de las seis, emitido por la torre del «Centro de Comunicaciones McKinley», logró una audiencia tan colosal que el Blade ha tenido que replegarse.

El equipo de periodistas del Noticiario de las seis se compone de una mujer oriental, un hombre occidental y un polinesio parapléjico, y tiene un éxito enorme en la zona del Gran Duluth, especialmente en deportes, terreno en el que Leo Lookaloney goza de gran popularidad no sólo como entrevistador en los vestuarios de los «Tigres» de Duluth, sino también como ocasional organizador de partidos benéficos. Estas tres personas presiden un programa de incendios urbanos, conflagraciones y holocaustos que superan todo lo conocido en el resto del país. Que muchos de los incendios son secretamente provocados por el equipo del noticiario es un secreto a voces en Duluth, donde no sólo pueden los agradecidos propietarios cobrar el seguro, sino también aparecer el capitán Eddie Thurow en el programa matutino por lo menos una vez al mes, durante tres minutos, para comentar las investigaciones de su departamento con respecto a los incendios.

Al pensar en Wayne Alexander, el capitán Eddie experimenta un acceso de irritación. Vuelve a poner la chincheta en el mapa, más o menos donde estaba originariamente.

Poco sospechan el capitán Eddie y Chico la extraordinaria sucesión de acontecimientos que ha puesto en marcha el capitán Eddie al quitar —aunque haya sido por un momento— del mapa del Gran Duluth la chincheta que representa a la nave procedente del espacio exterior.

.

III

Dentro del ventisquero, en Garfield Heights, Beryl y Edna están haciendo excelentes migas.

—Siempre supe que algún día vendría aquí, a Duluth.

Beryl se enjuga delicadamente la cara con un «Kleenex». El aire está empezando a enrarecerse en el interior de la furgoneta, debido a la intensa conversación de las dos mujeres. Han consumido ya varios miles de centímetros cúbicos de oxígeno, y, sin embargo, ninguna de ellas ha ido realmente mucho más allá de la fase previa de conocimiento.

—Estoy segura de que te encontraremos la mansión adecuada, Beryl.

Edna tiene la convicción de haber encontrado lo que los corredores de fincas llaman «un completo».

—Nada que no sea elegante…

—Elegante es el apellido de soltera de Edna Herridge…

—Una vista de vuestro glorioso lago…

—Hecho.

—Vuestras palmeras, vuestros cerezos en la sierra, sobre los bosques de Duluth…

—Por no mencionar el magnífico pantano que es un macrocosmos de vida insectil superior, la nave espacial color cereza…

—¿La qué?

Beryl no ha contado con que una nave espacial forme parte del paisaje divisado desde su mansión en Garfield Heights. No está segura de que le guste la idea. Y lo dice.

—Oh, es de una tonalidad acerezada encantadora. Estoy segura de que te gustará, Beryl. A todos nos gusta aquí.

Edna miente ligeramente. Después de todo, es agente de fincas.

—Bueno, espero que sí. —Beryl se muestra dubitativa—. ¿Qué aspecto tiene?

—Pues es redonda. Y, como he dicho, tirando a roja. Más parece la cabeza de una chincheta que ninguna otra cosa.

—Quizás un enrejado la ocultase.

—Hasta el momento no ha salido nada de ella.

—¿Qué hay dentro?

—Extranjeros, supongo.

—¿Mexicanos?

—Haitianos. Marineros. Estamos siendo destruidos desde dentro, Beryl. Tú serás republicana, ¿verdad?

—En Tulsa no hay rojos, Edna.

—Pero ya no estás en Tulsa.

Edna se está volviendo recelosa. Sería el colmo verse atrapada en un ventisquero, en las selectas Garfield Heights, con una comunista de Oklahoma.

Beryl suelta una tintineante carcajada.

—No. Estoy en Duluth. Soy soltera y, si se me permite decirlo, atractiva.

—Como para comerte —replica Edna, con sinceridad.

Desde la muerte de Mr. Herridge, el tiránico padre de Edna, no ha pasado un solo día sin que ésta pensara en ingresar en el círculo sáfico de Duluth. Pero antes quiere perder seis kilos y, por el momento, esos seis kilos continúan aferrándose como lapas a su menuda figura.

—Me encanta tu nariz —declara Edna.

Beryl ensancha inadvertidamente las aletas de la nariz, en un efecto similar al de una pomme soufflée recuperando el aliento.

—Sí —dice vagamente. Luego, adopta un tono resuelto—. Edna, deseo ser sincera contigo. Y también quiero tu ayuda. Para el año que viene por estas fechas, me propongo ser la dirigente social de Duluth.

Hay una larga pausa, mientras las dos mujeres respiran entrecortadamente en la furgoneta, casi privada ya de aire. La blanca nieve se aplasta contra las ventanillas a ambos lados. Todo el mundo sabe en Duluth que, desde la primera helada de noviembre, el invierno será largo. Pregunta: «¿Resistirán las mujeres hasta el primer deshielo?»

—¿Dirigente social? —jadea Edna.

—¡Y árbitro! —exclama Beryl, con voz entrecortada—. Me propongo remplazar a Mrs. Bellamy Craig II con mi propio palco en la ópera. Y hacerme socio vitalicio del «Club Eucalipto».

—Debo pensar primero en el problema —responde Edna—. Estás pidiendo la luna, ¿sabes?

Y Edna se derrumba sobre el volante. El aire se ha consumido por completo, a excepción de un minúsculo centímetro cúbico de oxígeno, que Beryl utiliza para repetir el mágico nombre de la primera dama de Duluth.

—Mrs. Bellamy Craig II. ¡Allá voy!

Pero Beryl no va a ir a ninguna parte en Duluth porque el Supremo Borrador está ahora borrándola de Duluth. Ha cumplido brevemente su función, que es la de exposición, algo que ella detesta. «Pero a nosotros no nos toca elegir» es su lema, mientras pasa a otra historia. Casi ha preparado el camino para Clive…

Mientras el borrador destruye el último fragmento de su identidad, Beryl Hoover comprende que ha sido asesinada por El Dandy, que intentará matar a su amado Clive. Debe advertirle. Pero, ¿cómo? Está ya en un libro diferente, Duque bribón, de Rosemary Klein Kantor.

.

IV

Wayne Alexander sube con pasos decididos los helados escalones de la mansión de los Craig, en lo alto de Garfield Heights.

El nuevo mayordomo inglés introduce a Wayne en la palaciega sala de estar del hogar de los Craig, donde colgaduras de color avena aparecen atravesadas por doradas hebras y el suelo se halla cubierto de lado a lado por mullidas alfombras, todo lo cual contribuye no sólo a dar un aire de auténtica elegancia, sino también a suministrar una evidente sensación de comodidad.

—¿A quién debo anunciar? —pregunta el nuevo mayordomo inglés. Wayne le dice su apellido y el nuevo mayordomo inglés se aleja. Mientras permanece de pie, mirando por el amplio ventanal, Wayne puede ver, más allá de las negras torres del centro de Duluth, el arenoso desierto sobre el que, como un lunar color cereza, se halla posada la nave espacial.

Luego, Wayne siente que dos poderosos brazos le enlazan desde atrás.

—Querida —dice, y se vuelve con los labios fruncidos para un primer beso. Pero, cuando ve de quién se trata, lanza un grito terrible.

En lugar de Chloris encuentra, para su horror, el barbudo rostro de Bellamy Craig II, que tiene también fruncidos los labios, listos para su primer beso. Cuando los dos abren los ojos y se ven, cuatro labios pierden su fruncimiento, y cuatro ojos, su brillo amoroso.

—¡Craig!

—¡Wayne!

—Por amor de Dios, Craig, ¿quién creías que era? Quiero decir que llevo puesto un traje de hombre —dice Wayne, mirándose para cerciorarse de que es eso lo que lleva, como así es, en efecto.

—Evelyn, en realidad. Teníamos una cita. Lo siento, muchacho. Un estúpido error. Podría pasarle a cualquiera. A Chloris no le importará. El nuestro es un matrimonio abierto, como sabes. Toma un «Lark» de esta pitillera «Tiffany». Anda, te lo encenderé con mi «Dunhill». ¿Un «Asti Spumante»? ¿Cerveza? ¿«Byrrh»? ¿«Canada Dry» quizá?

Bellamy es un excelente anfitrión que nunca exagera la nota. Pero es que el buen gusto es soberano en Garfield Heights. O, como dicen en el patois francés local, bon ton, expresión que rima con cierta deliciosa sopa china. Wayne le tranquiliza.

—No te preocupes, Bellamy. He venido a charlar con Chloris.

—Lo sé.

Ahora que han acabado los asuntos importantes, pasan a cuestiones intrascendentes.

—¿Cómo crees que les irá a los «Dodgers»? —pregunta Wayne.

—Tienen un buen equipo. Pero esa defensa…

—Sí.

Hay una pausa. Durante esta pausa, una escritora como Rosemary Klein Kantor empezaría a pulsar en la consola de su procesador de palabras, que se halla conectado con un banco de memoria que contiene diez mil novelas populares. Rosemary sólo utiliza tipos familiares. Tomaría a Bellamy, por ejemplo, de un viejo best-seller clásico como El caballero Adverse. Bellamy Craig II tiene una mandíbula débil, que se halla enteramente oculta por una barba teñida de negro para sustituir a la dorada tonalidad que originariamente le reservó la Madre Naturaleza. Bellamy es calvo, con un cráneo lleno de interesantes prominencias, especialmente sobre las orejas. Bellamy tiene ojos azules y le funcionan perfectamente los brazos y las piernas, ya que carece de defectos en sus miembros. La madre de Bellamy fue, durante los años cuarenta y cincuenta, posadera bohemia en Key West, Florida. Más tarde, fundó el primer teatro-restaurante de Duluth, la base de la fortuna de los Craig. Fue allí donde sufrió el ataque que la paralizó totalmente la noche del estreno de La jaula del pájaro, de Arthur Laurents. Ahora está en el piso de arriba de la mansión de los Craig. Reconoce a todos los que la visitan, aunque nadie lo hace en realidad.

Wayne Alexander es alto y gordo como Giacometti. (Rosemary recurre también a las películas para sus personajes: su Wayne sería como el difunto Dan Duryea en La loba). Tiene los ojos castaños, porque ha visto mucho. En realidad, lo ha visto todo. Antes de entrar en el Duluth Blade, estuvo en Nam, o Vietnam, como él prefiere llamarlo. Fue «sorchi», o soldado, como siempre dice. Perdió la oreja derecha en un oscuro combate. Se niega a explicar cómo, cuándo ni por qué.

Pero la pausa ha sido rota por Bellamy, que cambia de conversación.

—¿Qué crees que hay en la nave espacial?

—Ni idea —contesta Wayne—. Podría estar vacía.

—Tendría gracia, ¿verdad?

—He estado haciendo un reportaje sobre el programa espacial. Creo que saben exactamente de dónde es, pero no quieren decírnoslo.

—¿Por qué, Wayne?

Durante esta nueva pausa, Mrs. Bellamy Craig II —de soltera Duluth des Bois y descendiente directa del fundador francés de la ciudad— entra en la estancia, gritando.

.

V

Los barrios empiezan justamente enfrente de la Kennedy Avenue. Kilómetro tras kilómetro de chabolas de papel y madera chapada dan albergue —si ésa es la palabra— a casi un millón de inmigrantes mexicanos, legales e ilegales. Todas las noches los barrios rebosan de música de mariachis y alegres risas porque los inmigrantes ilegales aman y realzan la vida, ya que sus más profundos sentimientos están en la superficie, mientras que sus sentimientos más superficiales se hallan ocultos en lo hondo…, a diferencia de los fríos «anglos» de Garfield Heights, que no pueden relacionarse unos con otros sin utilizar como intermediario a un sesudo psiquiatra que romperá el hielo por ellos para que papá pueda finalmente besar a su hijo. Si en algún lugar de la Tierra existen realmente personas reales, personas realmente cordiales y cariñosas, ésas son el millón, aproximadamente, de chicanos que viven en los barrios situados frente a la étnica Kennedy Avenue, en la parte este de Duluth.

Pero en los barrios hay también mucha cólera, gran parte de ella específicamente dirigida contra la teniente Darlene Ecks. De hecho, en estos mismos momentos, diez de sus víctimas se hallan reunidas en el fondo de un tabuco donde, en su parte delantera, mujeres de envejecidos rostros aztecas están planchando tacos, doblando enchiladas, cosiendo tortillas a la luz de una sola lámpara de petróleo. A veces, una de las mujeres empieza a entonar una aguda y extraña melodía cantada por primera vez muchos siglos atrás por los antiguos sumacs.

En la habitación trasera, las víctimas masculinas se hallan sentadas en cuclillas, formando círculo, con sus sombreros de ala ancha echados sobre los ojos. Todos son jóvenes, vitales, soñolientos. Están planeando su venganza.

—Tres veces me ha desnudado para registrarme —dice Manuel—. Tres veces ha dicho…

Los diez imitan, todos a una, el rugido de Darlene: «Dame un trozo de quimbombó y un par de ciruelas.» Se estremecen… al unísono.

—Debe morir —dice Armando.

—Es macho lo que el macho hace —dice su antiguo líder Manuel, al tiempo que saca un cuchillo del cinturón.

Pero es Benito, el más joven, quien pregunta:

—Muchachos, ¿qué es quimbombó? Se lo explican.

—¿Qué son ciruelas? Se lo dicen.

Benito, a quien no le habían importado tanto las dos horas de registro desnudo en el lavabo de señoras de la terminal de los autobuses Greyhound, enrojece de cólera y de turbación.

—¡Caramba! Debe morir —dice, en español.

Pero es que todos están hablando en español, ya que son mexicanos.

.

VI

Beryl y Edna han exhalado hace tiempo su último suspiro en el interior de la furgoneta cuando finalmente las rescata el equipo de salvamento del capitán Eddie Thurow. Ha querido la suerte que el teniente Chico Jones esté al frente de este salvamento concreto. Mientras los cuerpos de las dos mujeres son extraídos del coche y depositados en sendas camillas, Chico se descubre bajo los copos de nieve que están cayendo. Los demás le imitan.

—Han pasado a mejor vida —declara Chico.

En realidad, Edna ha pasado a Duluth, la popular serie de televisión que se está rodando en «Universal Studios» para «ABC» en la que desempeñará el papel de hermana alcohólica de un juez, mientras que Beryl ha sido agregada a una de las arlequinescas novelas de Rosemary Klein Kantor, ambientada en Regency Hyatt England. Pero Chico -que es todo corazón, además de todo hombre —no puede saberlo. Como tampoco sabremos nunca nosotros qué habría podido pasar si Beryl Hoover se hubiera enfrentado a Chloris Craig y luchado mano a mano con ella por la supremacía social en Duluth. Ese sueño ha terminado para Beryl. Y también su secreto imperio, que Clive —que se encuentra en peligro de muerte— heredará.

Solemnemente, el equipo de rescate transporta los dos cuerpos, espolvoreados ahora de nieve como un par de rosquillas Mayflower, entre aquellos dos plintos que están sólo a un tiro de piedra de la mansión de Bellamy Craig II.

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