Francisco José Segovia Ramos

Campesinos españoles (1905)-Ignacio Zuloaga
De los viejos tiempos, cuando las pequeñas tiendas abundaban en los barrios y las grandes superficies solo tenían cabida en las películas made in Hollywood, no queda apenas nada; unas estrechas calles con locales vacíos, o un cálido recuerdo, que se transforma en nostalgia cada vez que se le rememora.
Juanito El Suelas forma parte de esa historia que aún recordamos un puñado de vecinos: los que aún habitamos una barriada muy transformada por las obras, el progreso y la inmigración. A veces, algunas de esas anécdotas brotan en conversaciones perdidas en mitad de un café de tarde-noche, cuando las luces de la ciudad sustituyen a las del sol, y las sombras son cada vez mayores, igual que la necesidad de retornar a la calidez del hogar.
Juanito era un hombre que frisaba la cincuentena. Era de talla alta, para la época, pelo cortado casi a cero, que se teñía de un marrón sucio, y tan delgado que parecía imposible que pudiera sostenerse de pie. Lucía siempre una impoluta camisa blanca, que nunca se manchaba a pesar de su trabajo, que consistía en reparar el calzado y, si el cliente podía permitírselo, vender algunos pares de zapatos. No los últimos de moda; quizá unas zapatillas de estar en casa, o sandalias playeras para los que tenían la fortuna de poder viajar allende las montañas, hacia el mar de suave oleaje y playas arenosas y calientes. Una vez llegó a presumir de haber vendido seis pares de zapatos en una mañana: a un matrimonio que estaba de visita en la ciudad y sus cuatro retoños. Su trabajo no daba para más, ni él pedía tampoco hacerse millonario con él. Modesto como pocos, compensaba su tranquilo modo de vida con un humor que rallaba, en muchas ocasiones, en la desfachatez o, tal vez, en la falta de vergüenza, que podía llevarle a situaciones un tanto comprometidas.
En una época en la que hablar en demasía, o decir verdades como puños, podía entenderse como falta de educación, Juanito era el más atrevido de todos… o el más descarado, dependiendo de quién valorase su actuación. En una ocasión, estando en el velatorio de don Remigio, el practicante, se levantó de improviso de la silla en la que había estado sentado durante casi toda la tarde. Se acercó hasta el ataúd abierto donde yacía el difunto y, sin mediar palabra o hecho por parte de ninguno de los que estábamos allí presentes, dijo:
—Al señor don Remigio hay que repararle el calzado.
Ni que decir tiene que todos nos quedamos boquiabiertos, sin saber qué decir o hacer. De hecho, la viuda del practicante, que se había pasado media tarde sollozando junto a dos de sus hijas, se incorporó del sillón de terciopelo en el que estaba y se acercó hasta “el suelas”. Pensé que iba a abofetearle, o a pedirle que se fuera de la sala de estar de la casa, pero me equivoqué. La señora, rigurosamente vestida de negro, y que apenas se mantenía de pie debido a la edad y el dolor, le preguntó:
—¿Por qué dice usted eso, Juanito?
Mientras la mujer se enjugaba una última lágrima, el interpelado respondió:
—Tiene las suelas desgastadas… Debería arreglarse eso.
La familia de don Remigio no estaba para más gastos de los imprescindibles. Aquel modesto entierro se había llevado sus últimos ahorros. Doña Consuelo, la viuda, miró al zapatero con los ojos brillantes, casi suplicantes.
—Pero yo lo soluciono en un plis plas –dijo Juanito —y sin cobrar nada… como un último homenaje de agradecimiento a don Remigio – terminó, adelantándose a las excusas de la pobre mujer.
Acto seguido se marchó, para volver a la media hora con sus utensilios de trabajo. Ante la mirada expectante de todos los que allí estábamos, retiró cuidadosamente los zapatos del difunto, y se los llevó a un cuartito adyacente. Durante unos minutos escuchamos el peculiar sonido del martillo, la sierra, las tijeras y los grititos ahogados de Juanito, que eran síntoma evidente de que su trabajo iba por buen camino.
Ver el ataúd abierto, los pies embutidos en calcetines negros del difunto, y escuchar al mismo tiempo el ajetreo de la habitación de al lado, era un cúmulo de detalles que a nadie podría olvidársele jamás. Si a eso se añade la cara de triunfo que mostró Juanito cuando por fin salió con los zapatos de don Remigio arreglados, con las suelas impecables y relucientes, y los calzó en los pies del difunto, se pueden imaginar la escena tan rocambolesca de la que fuimos testigos.
Ese era nuestro “suelas”. No era simple, sino llano, directo. Era incapaz de callarse en ningún momento, de ahí que metiese “la pata” más de una vez. Aunque sí que es cierto que sabía salirse de todos los embrollos en los que se involucraba, de una forma casi milagrosa.
Así sucedió en un viaje que hicimos a la sierra. Creo que fue sobre principios del invierno del 67, aproximadamente. Mateo Cid, un amigo común, quería probar una furgoneta que se había comprado, ¡y qué mejor forma que subir con ella hasta lo más alto de la provincia, y del país! Además, aprovecharíamos la ocasión para pisar las primeras nieves de la temporada. Partimos a primera hora de la mañana los tres; Mateo, Juanito y yo. La carretera no estaba en buen estado, pero la nieve caída había quedado acumulada a los lados y, por tanto, no necesitamos cadenas en casi todo el recorrido. Solo al final, cuando llegamos a las primeras construcciones de la estación de esquí, el vehículo se deslizó peligrosamente en un par de ocasiones. Lo suficiente para que Mateo estacionase a un lado de la carretera y nos hiciera bajar.
—A partir de aquí, paseamos –nos dijo, mientras aún le temblaban las manos a causa de esos imprevistos de último momento.
—Pues a caminar, que es gerundio –contestó Juanito, que en eso de los tiempos verbales no era demasiado experto.
Aunque íbamos muy abrigados hacía frío, mucho. Caminar a media mañana por mitad de la nieve es una diversión magnífica para los chavales, pero no tanto para tres adultos. Así que, al rato de estar paseando de un lado para otro, sin destino fijo, decidimos que llegaba el momento de volver. En ese preciso instante Juanito nos llamó la atención:
—¡Mirad allí! Parece que sucede algo…
En la distancia, a unos doscientos metros, junto a la puerta de uno de los hoteles más importantes de la estación de esquí, se arremolinaban varias docenas de visitantes. Un coche de lujo, oscuro y con los cristales tintados, estaba estacionado junto a la entrada. Se veía un helicóptero estacionado en una explanada. Nos acercamos por curiosidad.
Vimos un flash de una cámara, y luego otro. El murmullo de la multitud iba in crescendo. Descubrí a un par de fornidos hombres, vestidos impecablemente con abrigos grises y gafas oscuras.
—Mira, parecen agentes secretos –susurré al oído a Mateo.
—Sí, me había dado cuenta ya –me respondió.
Juanito, que se nos había adelantado, se introdujo entre la multitud, haciéndonos sitio hasta que llegamos hasta la primera fila. Nuestra sorpresa fue mayúscula: allí, delante de nosotros, junto a la puerta de entrada del hotel, una pareja muy conocida repartía sonrisas y saludos con sus admiradores.
—¡Son los reyes! –dijo Mateo.
No era exactamente así, porque aún gobernaba con mano férrea el dictador, pero sí que eran los futuros dirigentes del país, por lo que Mateo no iba muy mal encaminado.
No eran unos personajes que me entusiasmaran en demasía, pero su sola presencia, los agentes de seguridad que merodeaban a nuestro alrededor, y todo el ajetreo que se había producido suponía una experiencia única. Entonces, Juanito, sin pensárselo dos veces, se acercó hasta el monarca, y le extendió la mano. El soberano, sin perder la sonrisa, se la estrechó. Juanito, incapaz de contenerse, y dirigiéndose a la pareja real, les preguntó:
—¿Cómo están? Los veo estupendos. Me alegro de que estén aquí…
No era capaz de estarse callado, ni siquiera en esas situaciones. Cualquier otro hubiese enmudecido llegado ese momento. El futuro rey, que a duras penas había soltado la mano de Juanito, buscaba con los ojos la forma de escabullirse de la multitud y refugiarse en la relativa tranquilidad del hotel, siempre sin perder una forzada sonrisa. Juanito, que no parecía darse cuenta de esa premura, preguntó otra vez, en esta ocasión dirigiéndose a la reina:
—¿Y los chavales, también están bien?
El corazón me dio un sobresalto, porque la pregunta rallaba la descortesía tratándose de quien se trataba.
La reina, muy malhumorada por aquella interpelación, respondió, sin mirar al rostro de Juanito:
—No son chavales… son los infantes.
El Suelas, lejos de afectarse por la recriminación real, respondió:
—¡Eso, eso… infantes! –y sin perder la sonrisa, continuó —Pues eso, ¿cómo están los chavales?
No sé si me pareció escuchar un bufido, un gruñido o una maldición lanzada entre dientes, pero lo cierto es que la reina cogió a su esposo del brazo, tiró con firmeza de él y lo introdujo junto a ella en el hotel. La multitud, que no se había dado cuenta del incidente, siguió haciendo fotos y pugnando por conseguir la mejor visión de los ilustres personajes. Mateo y yo nos quedamos atrás, parados sobre la nieve. No sabíamos si reír o salir corriendo, coger la furgoneta y perdernos en la carretera. Hasta pensé que uno de los agentes de seguridad nos miraba mal a través de sus oscuras gafas.
Ni que decir tiene que Juanito volvió con nosotros con una sonrisa en los labios y firmemente convencido de que había sido sumamente cortés con los monarcas. Ninguno de los dos le dijimos nada: total, no iba a entenderlo jamás.
Y es que así era él, Juanito El Suelas impasible en el ademán, y un caradura como jamás he conocido a ningún otro.
