Francisco José Segovia Ramos

Portrait de Émile Bernard (c. 1886)-Henri de Toulouse-Lautrec
No era un estudiante sobresaliente salvo, si acaso, en las asignaturas de Lengua y Literatura. De hecho, incluso en las materias que se llamaban vulgarmente “marías”, era una mediocridad. Más aún: en una de ellas era un desastre, con mayúsculas.
Paco siempre había dicho a sus colegas que si suspendía, o sacaba notas bajas, no era debido a la falta de estudio. Abrir los libros, repasar los apuntes uno o dos días antes del examen, no podía dar buenos resultados casi nunca, por eso él se tomaba los estudios en serio. Pero lo del dibujo técnico… Aquello era otra cosa: una tragedia.
Porque Paco lo intentaba muy en serio. Compraba los mejores cuadernos de dibujo: láminas apaisadas blancas e inmaculadas, que parecían esperar que con su pluma, cartabón, regla y lápiz, formara un hexágono inserto en un círculo, o dibujara mil y una formas complicadas de figuras geométricas que jugaban con el espacio… y le desesperaban en el tiempo.
Con paciencia infinita, con escasa habilidad, pero trabajando a destajo, conseguía esbozar a lápiz las figuras que eran materia de examen. El compás trazaba círculos infinitos. A veces equivocaba su camino por un pequeño desliz de una mano impaciente, o un pinchazo en un lugar inadecuado. La regla y la escuadra se congeniaban para trazar las líneas rectas que recorrían las figuras. El cartabón hacía de guía por la que se deslizaban los lápices y las diferentes rayas de carbón que dejaban en su nervioso recorrido.
Finalmente, tras unas horas de trabajo sufrido, el borrador del dibujo estaba terminado. Acabado el boceto, que no el dibujo, quedaba la parte más importante, y la más difícil: pasarlo a tinta.
Paco utilizaba un tiralíneas, que regulaba para recoger la cantidad de tinta necesaria de un frasquito. Entonces era cuando llegaban los peores momentos. En ese instante, más que nunca antes, con una insistencia que pareciera ser consecuencia de un castigo divino, una inoportuna mancha de tinta, una mancha canalla, traidora, asesina, brotaba casi por arte de magia y emborronaba la lámina. Horas de trabajo iban a la basura porque aquella catástrofe no había manera alguna de corregirla. La tinta, impasible al sufrimiento de su inconsciente autor, se extendía mientras su sustancia permanecía líquida en un primer momento, para quedar luego seca y muerta, expandida como una negra sombra que todo lo oscureciera. Poco importaba que el resto de la lámina estuviera impecable, digna de ser enmarcada. No, allí estaba esa oscura delatora del error, o resaltaba esa raya de tinta que saltaba de su línea marcada y se independizaba. No, nada podía hacerse, tenía que volver a empezar todo el trabajo.
Y todo volvía a ocurrir, y caía de nuevo en el mismo precipicio. La papelera se llenaba de hojas inservibles, arrugadas o rotas, deshechas entre lágrimas de desesperación. Los cuadernos salían una y otra vez de la papelería para ir, sin pausa, a la mesa de trabajo y de allí, después de otra pausa más o menos larga, a la misma cesta que debía estar hastiada de tanto papel.
Si tuviese un rotring esto no me pasaría. Un rotring del número 1, y del 2, y del 3, y del 0. Con el que poder trazar limpias rectas y decorosas curvas, ángulos imposibles y recodos divinos. Así pensaba en su salvación. Pero era demasiado caro y el presupuesto familiar no daba para tanto. No eran tiempos de tirar la casa por la ventana, le decía su padre ante la mirada triste de su madre. Tendría que salir adelante sin ese instrumento mágico del que disponían algunos pocos privilegiados de la clase que, por supuesto, eran los que mejor nota sacaban en dibujo técnico.
Así que tenía que pasar esos días previos al examen practicando duramente, dibujando a lápiz sin cesar, manchando con la maldita tinta lámina tras lámina. Se preguntaba a veces si no le saldría más barato a sus padres comprarle el dichoso rotring y no gastar tanto en papel, pero sabía que un dispendio enorme de golpe era más oneroso a la vista que uno mayor a medio o largo plazo. Se conformó con esa derrota económica, y siguió intentándolo, una y otra vez, sin que el éxito le acompañase.
Suspendió en los exámenes de junio, como era previsible, y tuvo que dejar la “maría” para septiembre, junto a las matemáticas (¡malditos logaritmos!) y un parcial de historia que nunca supo por qué suspendió. Fue el peor verano de su vida. Coincidió con el campeonato mundial, y entre partido de fútbol y partido de fútbol veía hexágonos reptando por las paredes, y suelos que se movían y dibujaban cuadrículas de imposible diseño. Soñó con estrellas de nueve puntas que sobresalían en láminas negras como la noche más profunda, y con lunares de tinta blanca que destrozaban esa oscuridad tan bien conseguida. Y a pesar de todo, siguió dibujando y ensayando sin cesar, machacándose los nervios en un intento porque su pulso no temblase cuando trazaba una línea complicada, o cuando giraba hacia la izquierda las manecillas del compás. Desgraciadamente, condena eterna, la tinta hacía una y otra vez de las suyas.
Al final del verano, a pocas horas de la fecha del examen en la que se decidiría su destino, Paco se dio por vencido. Sabía que no lo conseguiría pero, como un espartano acorralado en las Termópilas, se dispuso a plantar cara hasta el último suspenso posible.
El examen empezó a las diez de una mañana limpia en la que el calor aún luchaba por permanecer ante un otoño que llamaba insistente a las puertas. El profesor abrió las ventanas para ventilar la habitación, y leyó lo que quería que realizasen los ocho alumnos que se encontraban presentes: cuatro trabajos diferentes que tendrían que plasmarse en una sola lámina, cada uno de ellos en una de las cuadrículas en las que había que dividirla: todas iguales pero con figuras geométricas variadas.
En un principio se sintió tranquilo. Al menos sabía cómo desarrollar todos y cada uno de esos trabajos. Se puso a la labor, e intentó relajarse porque las tres horas que les había dado el profesor debían ser más que suficientes para terminar la tarea. El lápiz no tembló esta vez en sus manos, y la escuadra hizo bien sus labores de guía. El compás fue una bailarina del Bolshoi realizando la mejor actuación de su vida, y la goma apenas tuvo una pequeña intervención en las obras geométricas. Tras dos horas los cuatro ejercicios estaban esbozados, perfectamente realizados y a falta de pasarlos a tinta.
Fue entonces cuando empezó a notar los sudores. Vio temblar su mano -o creyó verla- de una forma incontrolada, tan obsesionado estaba con sus fracasos anteriores, y tan seguro de que uno más se añadiría a la lista, y no el menor, precisamente. A pesar de todo, cogió el tiralíneas y tomó una pequeña cantidad de tinta con sumo cuidado. Reguló con la ruedecilla el nivel que quería que saliese y, después, puso la regla y empezó a trazar lo que consideró la recta más fácil. Salió perfecta. Se apartó una vez terminada su primer combate con el dibujo, con un miedo irracional a que su propia respiración expandiese la tinta más allá de su razonable destino. Miró con cierta estupefacción aquella línea perfecta, negra, que destacaba sobre el conjunto de dibujos de la lámina, que se veían desdibujados, lejanos, como a punto de desaparecer. Tal era el contraste entre lo pasajero del lápiz y lo eterno –y tan delator- del líquido negro.
Se puso de nuevo sobre el tablero de dibujo, y logró trazar otra línea recta, con igual éxito que la anterior. Animado, se dijo que era hora de empezar con los círculos. Comenzó a entintar uno pequeño situado en la cuadrícula inferior izquierda, y lo terminó óptimamente. Levantó entusiasmado el compás y, en ese momento, un resto de tinta que quedaba en el tiralíneas cayó sobre la lámina.
Ni siquiera un disparo sobre su pecho le hubiera dejado tan frío y tan muerto. Miró aquella mancha que se extendía libre de trabas, sin hacer nada porque nada podía hacer. Tinta que era la muestra del pecado de su temprana alegría. Tinta que se le mostraba tan negra como debía ser un infierno de los pintores. No hizo nada más: contempló la lámina en silencio, con la cabeza apoyada sobre sus manos y sus pensamientos lejos, muy lejos, en esa tienda de la esquina de su calle donde desde el escaparate una caja de rotring le llamaba como un canto de sirenas.
El profesor avisó de que el examen terminaba, aunque el único que quedaba en la clase era Paco, porque los demás compañeros de repesca habían entregado sus trabajos y se habían marchado. Todos con el aprobado entre sus alegres manos. Ante la ausencia de movimientos por parte de su alumno, el profesor se acercó a él, con la intención de despertarlo de ese letargo en el que se hallaba desde hacía más de media hora. Observó por encima del hombro de su extático alumno la lámina perfectamente esbozada y la tinta rebelde en el lado izquierdo del dibujo. Hizo un gesto de lamentación con la cabeza, y golpeo suavemente en el hombro de su alumno para sacarlo de su ensimismamiento.
Un cinco, un aprobado, era mejor que nada. Paco volvió a su casa con una mezcla de sentimientos y un sabor agridulce que no le gustaba en absoluto. Sí, tenía aprobado el dibujo técnico, pero la prueba no la había superado sobre el tablero sino debido a la lástima que había provocado en el profesor. Por otro lado -se consolaba- el curso siguiente el dibujo era una asignatura optativa a la que siempre podría renunciar y así olvidarse de una vez para siempre de las torturas de las tardes del fin de semana.
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Veinte años después Paco se cruzó con su viejo profesor de dibujo. Lo saludó, y se asombró de que el anciano lo reconociese a pesar del tiempo transcurrido. Se dijeron cosas simples, intrascendentes, salvo una, casi al final, cuando le preguntó con atrevimiento a su jubilado maestro porqué le había aprobado sin merecerlo.
Sólo recibió una única y curiosa respuesta: las manchas de tinta son sólo eso, manchas. Eso no debería desmerecer nunca el resto de actos buenos de nuestra vida.
Se miraron a los ojos durante un instante, como si el anciano profesor quisiera decirle más cosas sólo con los ojos. Pero no hubo más palabras, y se despidieron tras un incómodo silencio. Paco le vio alejarse, sin haberse atrevido a confesarle, paradojas de la vida, que él trabajaba desde hacía años como delineante en una importante constructora nacional.
