Fernando Morote

En los últimos años me he sentido no sólo defraudado sino traicionado por el estado del fútbol actual. Desde chico aprendí a reconocerlo como un deporte de hombres, ejecutado con habilidad, fuerza, velocidad, picardía y una conveniente dosis de maña.
Nada de eso destaca sobre el gramado en estos tiempos. La dinámica se ha transformado al punto de que los conceptos elementales figuran invertidos. En la cancha deambulan 22 tipos mediocres, pusilánimes o tramposos, que no inspiran un ápice de admiración.
El futbolista-artista (creativo, innovador, atrevido) ha sido exterminado de la faz de la tierra gracias al imperio de estrategias enfocadas más en no recibir goles que en marcarlos. Hoy en día sobreviven dos clases de jugadores: las muñequitas de porcelana y los matones trogloditas.
Ninguno de los dos, sin embargo, arriesga un ataque frontal, vertical, directo hacia el arco rival. La circulación de la pelota es en esencia horizontal-lateral, haciendo casi imposible diferenciarlo del balonmano. Los pases largos y los remates de media distancia son recursos prácticamente ignorados, despreciados, desterrados. El zaguero que despeja el peligro dentro del área con un soberbio puntazo a las nubes es ahora una especie extinguida.
El equipo que pierde se mueve como si estuviera ganando por goleada. No hay sensación de urgencia en los desplazamientos. Apurarse por remontar un resultado adverso o acelerar el ritmo de juego para alcanzar el objetivo deseado dan la impresión de ser actitudes prohibidas. Un contragolpe que podría ser fulminante y letal termina con una devolución al arquero. Y éste no necesita ya usar las manos o los brazos, el requisito principal para ocupar ese puesto es ser experto con las extremidades inferiores. Un choque leve, que antes hubiera provocado bromas, bajo el criterio contemporáneo es motivo alarmante de tarjeta amarilla o roja, tiro penal o camilla hacia el hospital. Parece que la comunidad entera, desde dirigentes y periodistas hasta utileros y aficionados, ha olvidado que el fútbol es una disputa noble basada en el contacto físico (irónicamente hemos llegado al extremo de que la versión femenina exhibe mayor virilidad que la masculina).
Nadie corre, todos caminan, intercalando la posesión del esférico con toquecitos ridículos y diminutos. Para eso ya no hace falta un terreno de 100 metros de largo y 70 de ancho; con un pedazo de jardín en cualquier parque público es suficiente.
Entiendo que para la presente generación de super estrellas (e incluso de comunes espectadores) sería una aberración salvaje apreciar a un capitán volver a la contienda con el hombro vendado por una clavícula rota tras soportar la violenta agresión de un contrincante. También compruebo que derrochar energía, rompiéndose las piernas o partiéndose los pulmones durante 90 minutos para defender la valla propia o doblegar la opuesta, es considerado un esfuerzo insensato y descabellado.
Por tales motivos, las semanas previas al torneo mundial estuve esperándolo con entusiasmo para darme el gusto de no verlo. Pero una vez sonado el pitazo inicial sentí como si viviera en un barrio donde se venden drogas a toda hora, justo después de haber renunciado a consumirlas. No encontré forma de escapar. La sustancia tóxica invadía cada espacio en que me movía. Intenté mantenerme a salvo del mismo modo que lo hago esquivando noticias, profecías y presagios sobre inminentes guerras nucleares, modernas pandemias y finales apocalípticos.
Pese a mis honestos esfuerzos por no ceder a la presión masiva, una tarde sucumbí a la debilidad carnal y me senté a mirar uno de los partidos. No jugaba ninguna de las supuestas potencias globales. Por el contrario, se trataba de un cotejo entre selecciones de países exóticos, famosos por su destreza con cualquier otra cosa que no sea una pelota.
Oh, sí. La pelota. Un bombón redondito y apetitoso. Un auténtico prodigio de la tecnología, tan ligero y dócil que vuela por el aire como globo de fiesta infantil, sin respetar la trayectoria fijada.
Y los zapatos … ¡qué belleza, por Dios! … rosaditos la mayoría, una dulzura en los refinados pies de los atletas. No estoy seguro si sirven para protegerlos de inevitables roces con el adversario o si, en cambio, preferirían jugar descalzos.
Los árbitros, por su lado, sufren como condenados a muerte cada vez que los obligan a analizar los 20 mil videos que tienen a su disposición (15 minutos es lo mínimo que demoran para tomar una decisión que, con un poco de carácter y claridad mental, podría resolverse en 1 o 2 como máximo).
Las pausas de hidratación y los protocolos para revisar cabezas contusionadas -nuevas medidas establecidas por el ente rector a nivel internacional- fungen como una elevada y encomiable expresión de humanidad para resguardar la integridad y cuidar la salud de los protagonistas (o al menos eso es lo que pregonan).
A despecho de ello, debo confesar que no hallé mucho con qué entusiasmarme, la verdad. Confirmé que el fútbol se ha convertido en un espectáculo aburrido y vacío, carente de pasión, sin alma ni audacia.
Me reí a carcajadas cuando el locutor emocionado, bañado en lágrimas, aseguraba que el planeta estaba siendo testigo de un despliegue técnico y de un duelo electrizante sin precedentes en la historia universal, mientras yo a duras penas observaba sobre el césped una recua de fantasmas asustados, desarticulados, confundidos y perdidos.
Ha sido interesante examinar cómo ha evolucionado mi manera de ver el fútbol. Ha cambiado tanto que en realidad he dejado de verlo.
