“Torrente sanguíneo” por Fernando Morote: Microcuentos cuánticos

Hansel Mera

El racimo de uvas (1944)-Maruja Mallo






Desde luego, y eso es lo que me interesa de usted. Cuando miro a mi alrededor, no veo muchos escritores capaces de superarse y llegar a escribir cosas sorprendentemente mejores. La mayoría de sus obras futuras serán consistentemente peores. Es mucho más fácil empeorar. ¡Dios sabe que hablo con conocimiento de causa! No soy demasiado optimista —¿por qué ocultarlo?— acerca de los nuevos valores. Pero usted debe llegar a ser mejor, debe perfeccionarse más y más. A mí no me sucedió lo mismo. Es muy difícil, diabólicamente difícil, pero veo que usted lo conseguirá. Sería una gran desgracia si no lo consiguiera.
Henry James, La lección del maestro




En cada microcuento que Fernando Morote entrega, un mundo oculto reclama nuestra atención. Ello no supone un pregón espiritista de nuevo orden ni, mucho menos, un caprichoso renacer metafísico revestido de una presunta hermenéutica que pretenda reemplazar el ejercicio de la crítica literaria. Lo primero que debemos preguntarnos es, más bien, cómo y por qué el autor logra decir tanto con tan poco. No habría que olvidar que semejante aspiración habita también en los aforismos de Mainländer, Nietzsche o Nicolás Gómez Dávila, entre otros. Pero aquellos son aforismos; no es eso lo que aquí encontramos.

Si el postulado del microcuento radica, al menos parcialmente, en la escasez de palabras que lo constituye y en la capacidad de componer con ellas una trampa, una seducción fatal que atrape al lector, quizá hasta la célebre metáfora de Cortázar resulte insuficiente. Si, para él, la novela gana por puntos y el cuento por knock-out, el microcuento actúa como la fulminante toma de espalda de un practicante de jiu-jitsu: una maniobra precisa que asfixia, inmoviliza y vence antes de que el adversario alcance a comprender lo ocurrido. Prediquemos con un ejemplo tomado de La vida en micro: efectos de una averración salbaje (2025):

Leo todo tipo de inscripciones en las paredes de ciertos servicios higiénicos. Muchas son procaces; algunas tienen forma poética y otras, fondo filosófico. No faltan las que proponen cambios sociales y lanzan protestas políticas. Por supuesto, abundan las decepciones amorosas y las vulgaridades extremas, graficadas con dibujos explícitos. Es casi como entrar en una librería o en una biblioteca. La oferta es variada. ¿Sobre qué puedo yo escribir en ellas? Pienso en la clase de gente con la que trato a diario y me pregunto… mejor dicho: «¿Nada más, tonto?» o «¿Nada más tonto?».

Después de recorrer este pasaje, quizá convenga pensar con los pies sobre la tierra —acaso sentados en alguno de esos servicios higiénicos que acompañan nuestras rutinas entre calles, oficinas, comercios y bodegas— para advertir que muchas de esas inscripciones constituyen algunas de las voces más inquietas, irracionales, perturbadoras y, en ocasiones, brutalmente honestas con las que puede encontrarse un lector, mientras reposa en ese trance simultáneamente corporal y espiritual. La hipérbole, la exageración e incluso cierta desacralización de los hitos del mundo letrado —entiéndanse las bibliotecas o las librerías— funcionan en la escritura de Fernando Morote como mecanismos de extrañamiento que hacen posible una asociación, para muchos impensada, entre el arte de la lectura y ese trono cotidiano de las miserias humanas. El microcuento, y su condición cuántica, nos revela que detrás de tan pocas palabras subyace una complejidad de mayor orden que se transforma cada vez que el lector incide sobre lo leído.

Ahora bien, en Torrente sanguíneo (2026) el lector encontrará un conjunto de microcuentos que, por extensión, terminan por integrarse como un solo cuerpo. Son retratos de familia, sí, pero lejos están de constituir una defensa del abolengo o de una nobleza perdida. Antes bien, se hallan conformados por un pasado encarnado e imaginado, atravesado por los destellos y fantasmas que acompañan a la memoria, por los olvidos inevitables —y acaso necesarios—, así como por las invenciones que toda reminiscencia fabrica. Esos espejismos aprisionan el presente de cualquier creador, a quien no le queda más que fraguar, pese a todo ello, su propia obra. Tomemos un aparte sobre aquella media hermana:

Le dijeron a boca de jarro:
«No es tu primo, es tu hermano».
El impacto de la advertencia
la dejó atónita y petrificada.
La mayoría de los niños vive
en un hogar con un papá y una mamá.
Yo crecí con cuatro,
ella solo con una.

Mediante cuadros breves, destellos narrativos y escenas compuestas con la artesanía del miniaturista que debe escatimar cada palabra sin sacrificar la intensidad estética, Morote construye una genealogía donde la poesía y la memoria se confunden. Su escritura demuestra que la brevedad no consiste en reducir el mundo, sino en condensarlo hasta hacerlo estallar en la imaginación del lector sensible en pleno trance.

Pero sería un error leer Torrente sanguíneo como una proclama nostálgica en favor de un pasado familiar irrevocable. La memoria que recorre estos microcuentos no busca restaurar un origen perdido ni reconciliarse con él; por el contrario, lo interroga, lo desarma y, en ocasiones, lo reinventa. En estas páginas conviven las revelaciones, los silencios, las omisiones y las fabulaciones con la misma legitimidad con que habitan los recuerdos verdaderos. Allí reside una de las mayores virtudes de Fernando Morote: comprender que toda genealogía es también una ficción en permanente construcción. Decir tanto con tan poco no constituye aquí un mero ejercicio de virtuosismo técnico, sino la consecuencia natural de una escritura que confía plenamente en la inteligencia de sus lectores.

Hansel Mera. Historiador y Coordinador de Red Escritores Migrantes Hispanos de New York.

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