Memorias del subsuelo (II)

Fédor Dostoievsi

 

 

SEGUNDA PARTE

 

A PROPÓSITO DE NIEVE DERRETIDA
Cuando el ardor de mi palabra persuasiva
retiró del abismo oscuro del error
tu alma caída en el fondo,
y tú, presa de un dolor atroz,
mal dijiste, retorciéndote los brazos,
El vicio que te había fascinado;
cuando, castigando a tu conciencia,
renunciando a tu existencia pasada
y, ocultando el rostro en las manos,
llena repentinamente de horror y de vergüenza,
lloraste…
(De un poema de N. A. NEKRASSOV)

 

I

En aquella época, sólo tenía veinticuatro años. Mi vida era ya lo que es hoy: una vida sombría, desordenada y ferozmente solitaria. No tenía relaciones, no cruzaba la palabra con nadie y sólo pensaba en ocultarme en mi rincón. Durante mis horas de oficina, en la cancillería, procuraba no dirigir la mirada a ningún compañero, pero advertía perfectamente que éstos me consideraban como un tipo raro, e incluso —tenía también esta impresión— me miraban con cierta repugnancia. A veces me preguntaba por qué había de ser yo el único en imaginarse que le miran con repulsión. Uno de nuestros empleados tenía una cara repugnante, picada de viruelas. Parecía un bandido. Si yo hubiese tenido un rostro tan horrible, ni siquiera me habría atrevido a aparecer en público. Otro empleado llevaba un uniforme tan mugriento que olía a demonios. Sin embargo, aquellos señores no daban muestras de avergonzarse de su cara, de su uniforme ni de su modo de ser. No se imaginaban que los pudieran mirar con desagrado. Por lo demás, incluso si se lo hubieran imaginado, no habrían experimentado la menor inquietud, a menos que se hubiese tratado de sus jefes.

Ahora me parece que, impulsado por una vanidad desmesurada, me exigía demasiado y me miraba a menudo con una especie de desdeñosa irritación que rayaba a veces en la repugnancia. Y así llegué a persuadirme de que los demás me miraban con los mismos ojos. Mi cara me parecía detestable. La veía innoble, e incluso consideraba que tenía cierta expresión cobarde y vil. Y justamente por eso, al entrar por la mañana en la cancillería, hacía un gran esfuerzo para adoptar un aire independiente y, temiendo que me creyeran cobarde, trataba de dar a mi rostro una expresión lo más noble posible. «Mi cara no es hermosa —me decía—. Es preciso, pues, que sea por lo menos noble, expresiva y, sobre todo, inteligente en extremo.» Y yo sabía —estaba dolorosamente seguro— que jamás mi rostro conseguiría reflejar estas hermosas cualidades. Pero lo peor era que mi cara me parecía estúpida. Al fin y al cabo, me habría contentado con la inteligencia. Incluso habría transigido con una expresión vil, con tal que fuese también inteligente.

Naturalmente, odiaba y despreciaba a todos los empleados de la cancillería, desde el primero hasta el último; pero creo que, al mismo tiempo, los temía. A veces, incluso los colocaba por encima de mí. Estas cosas ocurren siempre en mí repentinamente: tan pronto desprecio a una persona como la elevo sobre el pavés. El hombre honrado y culto no debe ser vanidoso si no extrema el rigor consigo mismo y se desprecia a veces hasta el odio. Pero yo, cualesquiera que fuesen mis sentimientos de desprecio y de respeto, bajaba los ojos siempre ante todo el mundo. Incluso hacía de vez en cuando experimentos. ¿Sería capaz de soportar la mirada de éste o aquél? Pero todas las veces bajaba la mirada. Aquello me atormentaba hasta la locura.

Tenía también un temor enfermizo a parecer grotesco, y precisamente por eso profesaba una adoración servil por la rutina en todo lo concerniente a la vida externa, seguía con gran precisión el surco de la vida ordinaria y me aterraba reconocer que cometía cualquier irregularidad. Pero ¿cómo podía resistir? Mi inteligencia se había desarrollado morbosamente, como es propio de las inteligencias de nuestra época. En cuanto a mis compañeros, todos eran estúpidos y se parecían como ovejas. Si yo era el único que me consideraba un cobarde, un esclavo, era quizá justamente porque mi inteligencia estaba más desarrollada.

Pero no se trataba de una simple ilusión: yo era efectivamente un cobarde, un esclavo. Digo esto sin rubor alguno. En nuestra época, todo hombre decente es forzosamente cobarde y un esclavo. Tal es su estado normal. Estoy enteramente convencido de ello. El hombre está constituido para ser así. Y no se trata en modo alguno de un hecho exclusivo de nuestra época, dependiente de una serie de circunstancias especiales. En todos los tiempos, el hombre honrado fue un cobarde y un esclavo. Si tiene ocasión de dárselas de valiente, no debe jactarse de ello, porque inmediatamente después empezará a lloriquear. Tal es su ley eterna. No hay nada que pueda compararse con los asnos y los mulos en esto de ser bravos…, pero hasta cierto límite. Ni siquiera vale la pena prestarles atención: no tienen la menor importancia.

Había otra circunstancia que me atormentaba sin cesar. No me parecía a nadie y nadie se parecía a mí. «¡Soy único, mientras ellos, son todos!», me decía. Y al punto empezaba a reflexionar.

Como ustedes deducirán de estas declaraciones, yo no era todavía más que un chiquillo.

Pero a veces, de pronto, se operaba en mí un cambio. ¡Qué penoso me era dirigirle a la oficina! Esta aversión llegaba al extremo de que tenía que volver a casa completamente enfermo. Pero he aquí que entro en un período de escepticismo y de indiferencia (todo llega a mí por períodos). Entonces me burlo de mi propio rigorismo y de mi desdén, y me acuso de ser un romántico. Ayer mismo, no les dirigía la palabra; pero hoy les hablo y trato de entablar amistad con ellos. Toda mi repugnancia se ha desvanecido como por ensalmo. ¿Quién sabe? Quizá ni siquiera la había experimentado nunca y no era más que una postura afectada. No he podido resolver aún esta cuestión. Una vez incluso me relacioné íntimamente con ellos. Iba a verlos; jugábamos a las cartas, bebíamos, charlábamos por los codos… Pero permítanme que abra aquí un breve paréntesis.

Entre nosotros, los rusos, no abundan esos estúpidos románticos de tipo alemán, y más aún francés, perdidos en sus sueños estrellados y a los que nada produce efecto. Ni siquiera se conmoverían si la tierra temblase bajo sus pies o Francia sucumbiera en las barricadas. No cambian jamás, ni siquiera por conveniencia: siguen cantando sus himnos sublimes hasta el último día. Son unos necios. Entre nosotros, en nuestra tierra rusa, no hay necios: esto es cosa sabida. Es precisamente lo que distingue a nuestro país de las tierras extranjeras. Entre nosotros no se ven esas naturalezas ideales en estado bruto, por decirlo así. Al imaginarse estúpidamente que los Constanioglos y los tíos Piotr Ivanovitch eran nuestro ideal, los críticos y los publicistas han juzgado que nuestros románticos son tan soñadores y tan sublimes como los de Alemania y Francia.

Y no es así. El carácter de nuestro romántico es completamente distinto de sus colegas extranjeros, y ninguna de las unidades de medida europeas puede convenirle (permítanme emplear el término «romántico», vieja y respetable palabra que todo el mundo conoce). El rasgo predominante de nuestro romántico es que lo comprende todo, que lo ve todo y que incluso lo ve mucho más claramente aún que los espíritus más positivos. Nuestro romántico no se inclinará ante la realidad, pero tampoco la desdeñará. Cederá si es preciso, pues no perderá nunca de vista el fin práctico, útil (una buena pensión, una linda medalla, un alojamiento del Estado), que percibirá a través de todo su entusiasmo, de todos sus volúmenes de poemas líricos. Pero conservará al mismo tiempo, intangible, su ideal «de lo bello, de lo sublime», sin dejar de conservarse a sí mismo, sin el menor reparo, entre algodones, como una joya, para mayor provecho de la belleza, de la sublimidad. Nuestro romántico es un hombre de espíritu extremadamente amplio y, a la vez, el mayor de nuestros canallas. Se lo aseguro a ustedes, incluso lo sé por experiencia. Pero todo esto sólo se refiere al romántico inteligente. ¡Oh! ¿Qué digo? Todos los románticos son inteligentes. Si ha habido algunos imbéciles entre nuestros románticos, éstos no cuentan, por la sencilla razón de que, en la flor de la vida, se convertían en verdaderos alemanes y acababan por instalarse en alguna parte de la Selva Negra o en Suiza, a fin de conservar intactos sus sublimes ideales. Así era yo. Yo despreciaba sinceramente mis ocupaciones, y si no les escupía era porque estaba obligado a ir a la oficina, ya que necesitaba el sueldo. Iba a la oficina por encima de todo: observen el detalle. Nuestro romántico perderá antes la razón (cosa que, por cierto, le sucede muy raramente) que escupirá a su carrera, a menos que se le ofrezca otra. No se le podrá obligar a marcharse, ni siquiera a puntapiés, y, si pierde completamente la cabeza, podrán encerrarlo en un manicomio, donde se jactará de ser rey de España..

Pero sólo pierden la razón los endebles. Un número incalculable de románticos llega a los más altos puestos. La diversidad de su talento es extraordinaria. ¡Con qué facilidad logran armonizar los sentimientos y las sensaciones más contradictorias! Esto me impresionaba y consolaba. Ésta es la razón de que tengamos tantas «naturalezas amplias» que conservan su ideal hasta en su última caída. Y aunque no muevan un dedo por sus ideales, aunque sean verdaderos bandidos, siguen siendo extraordinariamente honrados con su alma y conservan el respeto a su ideal, del que hablan con voz impregnada de lágrimas.

Sí, señores; en nuestra patria, incluso el peor de los canallas puede ser honrado con su alma, honrado hasta lo sublime, sin dejar de ser un miserable. Lo repito: de las filas de nuestros románticos se ve continuamente salir bribones tan hábiles (empleo la palabra «bribón» en tono cariñoso), que manifiestan un sentido tal de la realidad y conocimientos tan prácticos, que sus superiores jerárquicos y el público se frotan los ojos de estupefacción al observar el fenómeno.

¡Sí, nuestra diversidad y nuestra amplitud son verdaderamente extraordinarias, y sabe Dios lo que saldrá de ellas todavía y lo que nos anuncian para el porvenir! ¡Verdaderamente, el material no es malo! ¿Qué piensan ustedes de todo esto, señores? Al decir estas cosas, no me impulsa un ridículo sentimiento de patriotismo. Por lo demás, estoy seguro de que ustedes se imaginan otra vez que bromeo. O acaso me equivoque y, por el contrario, crean que hablo en serio. En todo caso, las dos opiniones me honran por igual, señores, y me causan la misma satisfacción.

Y perdonen esta digresión.

Naturalmente, nunca conseguía soportar durante mucho tiempo mis relaciones de amistad con mis colegas. Rompía con ellos tempestuosamente, dejaba de saludarlos —efecto de mi juvenil inexperiencia— y todo terminaba entre nosotros. Pero esto me ocurrió una sola vez, pues era excepcional que faltara a mi habitual misantropía.

En mi casa me pasaba la mayor parte del tiempo leyendo. Así procuraba apagar bajo impresiones externas lo que hervía constantemente en mí. Las únicas impresiones externas de que disponía había de buscarlas en la lectura. Naturalmente, eran para mí un gran reconfortante: me conmovían, me distraían, me atormentaban. Pero llegaba un momento en que me sentía harto de ellas y experimentaba la necesidad de obrar. Entonces, de golpe y porrazo, me lanzaba al libertinaje, un libertinaje mezquino, nauseabundo, irrisorio, subterráneo. Mi continua irritación hacía mis pasiones ardientes, abrasadoras. Mis impulsos de pasión terminaban en ataques de nervios, lágrimas y convulsiones. Fuera de la lectura, no tenía ninguna distracción. En tomo a mí no había nada que pudiese imponerme algún respeto y atraerme. Una ola de angustia me inundaba; sentía una sed histérica de contrastes, de oposiciones, y me lanzaba a la disipación.

No digo esto para disculparme… Sin embargo… Sí, miento. Quería precisamente excusarme. Y no quiero mentir: he dado mi palabra.

Por la noche iba en busca de las mujeres, a hurtadillas, con un sentimiento de vergüenza que no se apartaba de mí ni siquiera en los momentos más innobles y que me exasperaba hasta la locura. Entonces, mi alma ya llevaba en ella su subsuelo. Tenía un miedo atroz a que alguien me viera y me reconociese. Por eso iba a las zahúrdas más sórdidas.

Una noche, al pasar ante un pequeño restaurante, asistí, a través de las ventanas iluminadas, a una batalla entre jugadores de billar, que utilizaban como armas los tacos, y vi cómo echaban a uno de ellos por la ventana. En otro momento cualquiera, aquella conducta me habría repugnado, pero el estado de ánimo en que me hallaba entonces me hizo tener envidia de aquel señor al que habían arrojado a la calle. Fue tan fuerte aquel sentimiento, que entré en la sala de billares. «¿Quién sabe —me decía—. Quizá también yo logre armar una buena trifulca y que me echen por la ventana»

No estaba borracho, pero ¿qué quieren ustedes?, el tedio y la angustia me volvían loco. Y resultó que yo ni siquiera era digno de que me echasen por la ventana, y me fui sin haber podido reñir con nadie. Desde el primer momento, un oficial me puso en mi sitio.

Me había situado cerca de la mesa de billar y, como no conocía nada del juego, estorbaba a los jugadores. A fin de poder pasar, el oficial me puso las manos en los hombros y, sin la menor explicación, sin decir ni palabra, me apartó. Luego pasó como si yo no existiese. Le habría perdonado que me golpeara, pero me mortificó que me apartara en silencio.

Sólo el diablo sabe lo que yo habría dado por una disputa en regla, por una querella conveniente, literaria, por decirlo así. Me habían tratado como a una mosca. El oficial era un hombre de aventajada estatura; yo, bajito y enclenque. Sin embargo, sólo de mí dependía provocar un escándalo. Si hubiese protestado, me habrían hecho tomar al punto el camino de la ventana. Pero reflexioné y preferí escabullirme, aunque mi corazón rebosaba de cólera.

De nuevo me vi en la calle. Estaba conmovido y perplejo. Regresé derecho a casa. Y al día siguiente volví a lanzarme, más atemorizado aún, más tristemente, en mi irrisorio libertinaje. Tenía lágrimas en los ojos, pero continuaba. No crean ustedes, sin embargo, que retrocedí ante el oficial por temor. Jamás sentí miedo, aunque siempre lo tuviese a la acción. ¡No se rían aún! Hay una explicación para esto. Yo tengo explicaciones para todo.

¡Oh, si ese oficial hubiese sido de los que admiten batirse en duelo! ¡Pero no! Era precisamente uno de esos señores (¡ay!, este tipo ha desaparecido hace mucho tiempo) que prefieren servirse de los tacos de billar o bien quejarse a sus jefes, a la manera del teniente Pirogov que nos presenta Gogol. Estos oficiales no se batían, y sobre todo cuando tenían una disputa con nosotros, miserables paisanos, consideraban el duelo una inconveniencia, una moda francesa, algo propio de espíritus liberales. Pero esto no les impedía, especialmente cuando eran altos y fornidos, insultar pródigamente al prójimo.

No fue el temor lo que me hizo marcharme, sino la vanidad. No me dieron miedo ni la considerable estatura del oficial, ni los golpes que hubiera podido propinarme, ni la perspectiva de que me arrojasen por la ventana. No fue el valor físico lo que me faltó, sino el valor moral: resultó insuficiente. Temí que todos los presentes, empezando por el insolente encargado de la mesa y terminando por un empleadillo de cara llena de granos y de cuello grasiento, que se afanaba en tomo a  los jugadores; temí que todos se rieran de mí cuando levantase la voz en son de protesta y les hablase en un lenguaje literario. Porque entre nosotros no se puede hablar del puntillo de honor, no del honor, sino precisamente del point d’honneur, sin utilizar un lenguaje literario. No, el puntillo de honor no admite el lenguaje corriente. Yo estaba completamente seguro (como ustedes ven, el romanticismo anula en mí el sentido de la realidad) de que reventarían de risa, de que el oficial no se contentaría con pegarme, sino que me haría dar la vuelta a la mesa de billar, propinándome puntapiés en los riñones. Y sólo después de esto, tal vez compadeciéndose de mí, me arrojaría por la ventana. Siendo yo el protagonista, aquella miserable aventura no podía acabar de otro modo.

Después de esto se sucedieron mis encuentros con el oficial en la calle. Lo observé atentamente. ¿Me reconocía también él a mí? No lo sé. Creo que no; lo creo por ciertos indicios. En cuanto a mí, lo examinaba con odio y rabia. Y esto duró… varios años. ¡Sí, señores! Con el tiempo, mi odio se hizo implacable, más profundo. Empecé a procurarme discretamente algunos informes sobre su persona. Esto me resultaba muy difícil, porque yo no conocía a nadie. Pero una vez, en la calle, cuando lo seguía desde hacía rato pegado a sus talones, alguien lo llamó por su nombre, y así me enteré de cómo se llamaba. Otra vez lo seguí hasta su casa y, mediante una propina, supe por el portero en qué piso y con quién vivía, y, en fin, todo lo que se puede saber por un portero.

Una buena mañana, aunque yo no tenía ninguna práctica literaria, me vino a las mientes la idea de describir al oficial en tono satírico, caricaturizarlo y presentarlo como héroe de una novelita. Me enfrasqué alegremente en este trabajo. Pinté a mi héroe con los colores más sombríos. Incluso lo calumnié. Modifiqué tan poco el nombre al principio, que sus amigos lo habrían reconocido inmediatamente. Luego, tras maduras reflexiones, lo cambié. Envié mi novela a los Anales de la Patria, pero en aquel tiempo no existía aún la moda del género satírico, y mi relato no se publicó, lo que me irritó sobremanera.

A veces, la ira me ahogaba; tanto, que al fin resolví retar a mi enemigo a un duelo. Le escribí una hermosa carta, en la que le suplicaba que me presentase sus excusas y le daba a entender claramente que, en caso de negarse, tendría que aceptar el duelo. La carta estaba tan bien escrita, que si el oficial hubiese tenido alguna sensibilidad para «lo bello y lo sublime», habría venido a todo correr en mi busca para echarme los brazos al cuello y ofrecerme su amistad. ¡Qué conmovedor habría sido todo esto! Habríamos vivido tan felices desde entonces!… Su magnífica presencia habría bastado para defenderme de mis enemigos, y yo, con mi inteligencia, con mis ideas, habría ejercido sobre él una influencia ennoblecedora. ¡Cuántas cosas habrían podido hacer! Figúrense ustedes que esto ocurría dos años después del incidente. Por lo tanto, mi desafío era ridículamente anacrónico, a pesar de la habilidad que yo había desplegado para explicar y disimular este anacronismo. Pero, gracias a Dios (todavía hoy doy gracias al cielo con lágrimas de gratitud en los ojos), no envié la carta. Me estremezco ante la sola idea de lo que habría ocurrido si la hubiese enviado.

Luego, de pronto, conseguí vengarme de la manera más sencilla y genial. Fue una idea luminosa. A veces, los días de fiesta, iba a pasear por la avenida Nevsky. Daba mi paseo a eso de las cuatro, por la acera en la que daba el sol. En verdad, no se trataba de un verdadero paseo, de un esparcimiento, pues durante él experimentaba tormentos indecibles, humillaciones e incluso ataques de hígado. Pero esto era precisamente, me parece a mí, lo que buscaba en aquel lugar. Semejante a un insecto, me deslizaba del modo más vil entre los transeúntes, cediendo continuamente la acera a los generales, a los oficiales de guardia, a los húsares, a las damas hermosas. Sentía verdaderos espasmos en el corazón y escalofríos a lo largo de la espina dorsal cuando pensaba en el lamentable estado de mi ropa en el aspecto bajo y vulgar que debía tener mi agitada e insignificante persona. Era un verdadero suplicio, una humillación continua, que me inspiraba el claro convencimiento de que yo era una simple mosca en medio de tanta elegancia, una repulsiva mosca, superior, desde luego, a toda aquella gente en inteligencia, en nobleza, pero constantemente ofendida, continuamente humillada y siempre obligada a ceder.

¿Por qué iba a la —avenida Nevsky? ¿Por qué me sometía voluntariamente a aquel suplicio? No lo sé. Pero me sentía atraído hacia allí, y me apresuraba a ir cada vez que me era posible.

Por lo tanto, ya experimentaba aquellos ataques de voluptuosidad de que hablé en el primer capítulo. Pero después de mi aventura con el oficial, estos ataques fueron más violentos. En la avenida Nevsky me lo encontraba con frecuencia, y era allí donde podía admirarlo mejor. También él paseaba por la avenida los días de fiesta. También él cedía el paso a los generales y a las altas personalidades, se deslizaba entre ellos como un insignificante pez; pero cuando se trataba de personas de mi ralea, e incluso un poco más limpias, las aplastaba materialmente: iba recto hacia ellas, como si no existiesen, y nunca les cedía el paso. Yo me ahogaba de rabia cuando le veía llegar, pero, aún lleno de furor, siempre me apartaba de mi camino. Sufría al no poder mantenerme en pie de igualdad con él ni siquiera en la calle. «¿Por qué he de ser siempre yo el que ceda el paso? —me preguntaba a veces, ciego de cólera, por las noches—. ¿Por qué he de ser yo? No hay reglas, no hay nada escrito sobre esta cuestión. Comprendo que la gentileza se comparta, como es propio de personas bien educadas: él cede el paso, tú lo cedes también, y los dos pasáis con un sentimiento de mutua estimación.» Pero el caso es que yo siempre me apartaba de mi camino y él ni siquiera se daba cuenta de mi urbanidad. Y he aquí que un día se me ocurrió esta idea maravillosa: «¡Si yo me atreviese a no cederle el paso cuando nos encontráramos…, no cedérselo adrede, ostensiblemente, aunque él me empujara…! ¿Qué pasaría?». Este pensamiento audaz se fue apoderando de mí paulatinamente, y llegó un momento en que ya no pude librarme de él. Aquel encuentro no se apartaba de mi mente, e iba con más frecuencia a la avenida Nevsky, a fin de imaginarme más claramente cómo obraría cuando me decidiera a obrar. Estaba radiante de alegría. Cuanto más pensaba en ello, más realizable me parecía mi idea. «No lo empujaré —la alegría me había hecho ya mejor—, pero no lo esquivaré. Tropezaremos sin hacemos daño; será un choque de hombros no más fuerte de lo indispensable para que él comprenda que hay que guardar las formas.» Al fin tomé la decisión. Pero los preparativos exigieron mucho tiempo. Ante todo, había que estar bien compuesto al realizar semejante acto. Por lo tanto, tenía que pensar en mi indumentaria. «Si hay escándalo (ya que el público de la avenida es a esa hora de lo más encopetado: el príncipe D…, la condesa, todos los escritores), conviene ir bien vestido. La ropa impone a la gente y en el acto lo coloca a uno, a los ojos de la buena sociedad, en el mismo plano que cualquier otro.» Por consiguiente, pedí un anticipo de mi sueldo y me compré en casa de Tchurkin un sombrero y un par de guantes negros. Los guantes negros me parecían de mejor tono, más correctos que los guantes de color limón en los que había pensado al principio, pero que después me parecieron demasiado vistosos: «Me acusarían de querer llamar la atención». Renuncié, pues, a los guantes amarillos. Ya tenía preparada desde hacía mucho tiempo una elegante camisa con botones de marfil. Pero el estado de mi abrigo exigió largas operaciones. Al fin y al cabo, no era demasiado feo, y me abrigaba lo necesario. Pero estaba enguatado y tenía un cuello de oso lavador, como las pellizas de los lacayos. Así, pues, costase lo que costase, había que cambiar el cuello y ponérselo de castor como los que llevan los oficiales. Recorrí las tiendas, y al fin, tras una búsqueda infructuosa, di con un castor alemán que no debía ser muy caro. Aunque el castor alemán no sea sólido y cobre pronto un aspecto de pobreza, cuando está nuevo produce bastante efecto, y había que tener en cuenta que yo lo necesitaba solamente para aquella ocasión. Pregunté el precio, y vi que no era tan módico como yo hubiera deseado. Entonces decidí vender mi cuello de oso lavador y pedirle la cantidad que me faltaba (para mí muy importante) a Antón Antonovitch Sietochkin, el jefe de mi negociado, hombre bondadoso, pero serio y práctico, al que me había recomendado calurosamente un personaje importante cuando empecé a trabajar como funcionario.

Yo sufría terriblemente: me parecía vergonzoso, rastrero, pedir dinero a Antón Antonovitch. No pegué los ojos durante dos o tres noches. Por regla general, en aquel tiempo dormía muy poco. Tenía fiebre; mi corazón, habitualmente oprimido, empezaba de pronto a saltar en mi pecho… Saltaba, saltaba…

Antón Antonovitch mostró al principio cierto asombro; luego hizo una mueca, reflexionó y, finalmente, me prestó el dinero que le había pedido, no sin antes hacerme firmar un recibo por el que le cedía el derecho a cobrar mi sueldo durante dos semanas.

Al fin todo estaba a punto. El bello pastor alemán había ocupado el puesto del ruin oso lavador, y yo iba plantando poco a poco los jalones de mi acto.

Sin duda, no debía obrar en el primer encuentro; había que esperar a que se presentara una circunstancia favorable. Entonces avanzaría lenta y pacientemente. Pero, tras algunos intentos fallidos, empecé, lo confieso, a dudar del éxito. No conseguía que nos encontráramos frente a frente. Sin embargo, yo me había preparado bien; había tornado todas las precauciones… «¡Ahí viene! ¡Esta vez todo saldrá bien! ¡Chocaremos! Pero ¿qué he hecho? Le he cedido el paso una vez más, y él ha pasado sin prestarme ninguna atención.» Yo incluso dirigía plegarias al cielo al acercarme a él, a fin de que Dios me infundiera la resolución necesaria. Cuando ya estaba completamente decidido a terminar, sólo había conseguido humillarme una vez más, pues en el último instante, cuando no estaba a más de cuatro o cinco centímetros de él, vacilé; y él pasó sobre mí con perfecta tranquilidad. También tuve la sensación de que me arrojaba a un lado como una pelota.

De nuevo tuve fiebre aquella noche y deliré. Pero, de improviso, esta situación se resolvió de modo satisfactorio. Precisamente la tarde anterior había resuelto renunciar a mi nefasto designio y olvidarlo. En este estado de ánimo me dirigí por última vez a la avenida Nevsky. Quería presenciar, por decirlo así, el abandono de mi proyecto. De pronto, cuando estaba solamente a tres pasos de mi enemigo, me decidí. Cerré los ojos y… nuestros hombros chocaron. No cedí ni un centímetro y pasamos el uno junto al otro como iguales. Él ni siquiera volvió la cabeza: fingió no darse cuenta de nada. Pero esta actitud era una afectación, estoy seguro. Todavía tengo esta seguridad. El choque me dolió a mí más que a él; no me cabe duda, porque él era más fuerte. ¡Pero esto no importaba! Había alcanzado mi objetivo, había salvado mi dignidad; al no ceder ante él ni una pulgada, lo había obligado a tratarme públicamente en pie de igualdad. De vuelta en casa, me sentí completamente vengado de mis humillaciones. Estaba inundado de alegría, triunfante. Cantaba aires italianos.

Naturalmente, no describiré a ustedes lo que pasó tres días después. Si han leído la primera parte de esta obra, Memorias del subsuelo, pueden imaginárselo fácilmente. El oficial fue trasladado no sé adónde hace ya catorce años, y no he vuelto a verlo. ¿Qué hará ahora el buen hombre? ¿A quién estará aplastando?

 

II

Mi período de libertinaje llegaba a su fin y me sentía atrozmente asqueado. Tenía remordimiento, pero lo rechazaba: me producía náuseas. Sin embargo, poco a poco me iba acostumbrando. Me acostumbraba a todo. Mejor dicho, no era que me acostumbrase, sino que lo soportaba todo con resignación. Pero tenía un buen remedio, el de evadirme a los dominios «de lo bello y lo sublime»…, en sueños, naturalmente. Soñaba sin freno, pasaba tres meses seguidos soñando, enterrado en mi rincón, y en aquellos momentos, créanme, no me parecía en nada a aquel señor angustiado, de corazón de gallina, que cosía al cuello de su abrigo una piel de castor alemán. Me había convertido en héroe. En aquellos momentos ni siquiera habría recibido a mi bravo teniente. Es más, ni siquiera habría pensado que tal cosa pudiera suceder. ¿Qué sueños eran aquellos y cómo podían satisfacerme? Hoy me es difícil explicarlo. Pero sé que entonces estaba plenamente satisfecho. Además, estos sueños casi me bastan ahora. Tras mis excesos de libertinaje eran especialmente agradables y apacibles. Entonces acudían a mí en medio de los remordimientos, de las lágrimas, de las maldiciones impetuosas. ¡Tuve instantes de tal plenitud, de una dicha tan perfecta, que era imposible burlarse de ellos! No había en mí más que fe, esperanza y amor. Y es que en aquellos tiempos yo estaba ciegamente persuadido de que gracias a algún milagro, a alguna circunstancia externa, todas mis dificultades desaparecerían, caerían las murallas y dejarían al descubierto, al fin, un vasto campo de acción, de acción útil y bella y, sobre todo, dispuesta a que se cumpliese (yo no sabía en qué podía consistir tal acción, pero lo principal para mí era que estuviese enteramente dispuesta para su cumplimiento). Entonces, yo aparecía de pronto a la luz del día y me creía a lomos de un caballo blanco, con una corona de laurel en la frente. Ni me pasaba por la imaginación la posibilidad de desempeñar un papel secundario, y probablemente por eso admitía en la realidad resignadamente el último papel. O héroe o insignificante ser envuelto en lodo: no había término medio para mí. Esto era lo que me perdía; pues, desde el cieno, me consolaba soñando que en otros instantes yo era un héroe, y este héroe alumbraba el barro con su prestigio. El hombre corriente ha de evitar caer en el lodo; pero el héroe está situado a tal altura, que jamás podrá ensuciarse completamente. Por lo tanto, yo puedo revolcarme en el cieno.

Lo más notable es que estos impulsos «hacia lo bello y lo sublime» brotaban a veces en mí durante mis arrebatos de libertinaje, precisamente cuando me hallaba en el fondo del foso. Surgían como recuerdos y proyectaban un pálido resplandor. Pero no lograban disipar mis deseos; por el contrario, parecían excitarlos, gracias al efecto del contraste, que era precisamente lo que se necesitaba para hacer una buena salsa. Esta salsa se componía de contradicciones, sufrimientos y amargos análisis. Y todos estos tormentos, mayores o menores, daban cierto sabor picante a mi disposición e incluso le conferían cierto sentido. En una palabra, desempeñaban perfectamente el papel de una buena salsa. Todo esto no carecía de cierta profundidad. Pero ¿habría podido yo admitir una disipación ordinaria, el libertinaje llano y simple de un empleadillo cualquiera, y soportar pacientemente este horror? No, yo tenía siempre en reserva cierto modo nobilísimo de considerar las cosas.

¡Pero cuánto amor, Señor…, cuánto amor sentía palpitar en mí durante aquellos sueños, cuando sabía que me hallaba en los dominios «de lo bello y lo sublime»! Aunque aquel amor fuese fantástico, aunque no se pudiera aplicar a nada humano, rebosaba de tal modo en mí, que no echaba de menos esta falta de aplicación a la realidad: me parecía poco menos que un lujo inútil. Me volvía perezosa y voluptuosamente hacia el arte, es decir, hacia las bellas formas, ya completamente realizadas por los poetas, y a los novelistas, que nos las ceden en préstamo y que se adaptan fácilmente a todas las necesidades, a todas las exigencias. Gracias a ello, yo puedo, por ejemplo, triunfar sobre el universo entero. Todos se prosternan ante mí en el polvo y están obligados a admirar mis perfecciones, y yo perdono a todo el mundo. Siendo poeta y chambelán, me enamoro; recibo infinidad de millones, con los que obsequio inmediatamente al género humano, mientras confieso, ante el pueblo reunido, todas mis «ignominias», que no son, ni que decir tiene, ignominias ordinarias, pues todas contienen algo «de bello, de sublime», algo byroniano, dentro del género de Manfredo. Todos lloran y me besan (habrían sido imbéciles si no lo hubiesen hecho), y yo, descalzo y hambriento, me voy a predicar ideas nuevas y derroto por completo a los reaccionarios en Austerlitz. Acto seguido suena una marcha. Es la amnistía general. El Papa accede a ausentarse de Roma y trasladarse al Brasil. Luego, baile para toda Italia en la villa Borghese, la que está junto al lago Como, pues se ha transportado el lago a los alrededores de Roma para esta ocasión. Seguidamente, gran escena en los bosquecillos, etc. ¡En fin, ya saben ustedes lo que son estas cosas!

Me dirán que es estúpido e innoble exponer todo esto públicamente después de haberles confesado que derramaba lágrimas y tenía momentos de éxtasis. Pero ¿por qué es innoble, señores? ¿De verdad creen ustedes que todo eso me da vergüenza y que mis sueños son más necios que las cosas que les han ocurrido a ustedes en la vida? Además, créanme, ciertos hechos no estaban demasiado mal coordinados… Pero ocurrían a orillas del lago Como. Por lo demás tienen ustedes razón: ¡es estúpido, es innoble! Pero lo peor es que me estoy justificando ante ustedes. Y el hecho de que lo confiese es todavía más vil. ¡Bueno, basta ya! No acabaría nunca, pues siempre se encuentra el medio de descender más aún. Nunca pude prolongar mis sueños más de tres meses consecutivos, y para terminar, declararé que, invariablemente, volvía a sentir la necesidad irresistible de sumergirme en la sociedad de mis semejantes. Esto significaba visitar al jefe de mi negociado, Antón Antonovitch Sietochkin. Ésta fue la única persona en toda mi vida con la que sostuve relaciones regulares, cosa que todavía me causa asombro. Pero sólo iba a su casa cuando mis sueños me habían elevado de tal modo, que no tenía más remedio que estrechar en mis brazos a la humanidad entera, y para eso necesitaba por lo menos un verdadero ser humano, un hombre de carne y hueso. Sólo los martes se podía ir a casa de Antón Antonovitch. Era su día de recibo. Por consiguiente, yo tenía que reprimir mi sed de abrazos hasta ese día.

Antón Antonovitch vivía en las Cinco Esquinas, en el cuarto piso. Disponía de cuatro habitaciones diminutas, de techo bajo, amarillentas y cuyo aspecto pregonaba su baratura. Tenía dos hijas y una tía, que era la que servía el té. Una de las hijas contaba trece años; la otra catorce, y las dos tenían la nariz respingona. Estas niñas me intimidaban, pues no cesaban de cuchichear ni de emitir risitas ahogadas. El dueño de la casa estaba habitualmente en su despacho, sentado en un gran diván de cuero, ante una mesa redonda, en compañía de un señor de aspecto respetable, pero que era un simple funcionario de nuestro ministerio. Nunca me encontré allí con más de dos o tres personas, y siempre eran las mismas. Se hablaba de adjudicaciones, cesiones, ascensos, nombramientos; de su Excelencia; de cómo hacerse simpático a la gente; etc. Yo tenía la paciencia de permanecer entre aquellas personas durante tres horas, como un tonto, sin atreverme a hablarles ni poder hacerlo, fuera cual fuere el asunto de que se tratase. Me daba cuenta de que iba convirtiéndome en un estúpido. Sudaba, temía quedarme paralítico. Pero aquello tenía también sus ventajas para mí, pues, ya de vuelta en mi casa, renunciaba durante algún tiempo a mi deseo de estrechar entre los brazos a la humanidad entera.

También me relacionaba con Simonov, antiguo compañero de colegio. Tenía en Petersburgo varios antiguos condiscípulos más; pero había dejado de alternar con ellos, e incluso de saludarlos en la calle. Es más: acaso fue el deseo de no encontrarme con ellos, de olvidar todos los recuerdos de mi triste infancia lo que me impulsó a trasladarme a otro ministerio. ¡Maldecía a aquella escuela, a aquellos atroces años de cárcel! Por eso rompí con mis compañeros apenas terminé mis estudios. Sólo saludaba a dos o tres. Uno de ellos era Simonov. En la escuela no se había distinguido en nada y tenía un temperamento afable y reposado. Yo lo estimaba por su espíritu de independencia y por su honradez. Incluso no creo que fuese extremadamente torpe. Pasamos juntos muy buenos ratos. Pero nuestras buenas relaciones no duraron mucho: una especie de bruma las cubrió repentinamente. El recuerdo de aquella cordialidad molestaba sin duda a Simonov, que temía, en mi opinión, que yo intentara reanudar nuestro trato amistoso. Incluso me pareció que le repugnaba. Pero como no estaba seguro, seguía yendo de vez en cuando a su casa.

Y he aquí que un jueves, incapaz de soportar más tiempo mi soledad y sabiendo que los jueves la puerta de Antón Antonovitch estaba cerrada, me acordé de Simonov. Al subir la escalera que conducía a sus habitaciones del cuarto piso, precisamente entonces, caí en la cuenta de que mi visita podía molestar a Simonov y me dije que había hecho mal en ir a su casa. Pero como el resultado de esta clase de reflexiones era generalmente incitarme a hacer lo que no debía, entré resueltamente. Hacía un año que no había ido a casa de Simonov.

 

III

Acompañaban a Simonov dos de mis antiguos condiscípulos. Al parecer, estaban hablando de un asunto serio. Ninguno de ellos prestó atención a mi llegada, cosa verdaderamente extraña, ya que no nos habíamos visto desde hacía años. Me consideraban, evidentemente, como un ser insignificante, como una mosca. Ni siquiera en la escuela me trataban así, a pesar de que allí me detestaban. Comprendí que debían de despreciarme por haber fracasado en mi carrera, y también por mi aspecto miserable, por mis viejas ropas, que eran, a sus ojos, la prueba evidente de mi incapacidad y de mi desdichada situación. Sin embargo, no esperaba un desprecio tan ostensible. En cuanto a Simonov, se quedó pasmado al verme, aunque no era la primera vez que se asombraba de mis visitas. Todo esto me desconcertó. Me senté un poco irritado y me limité a escuchar lo que decían.

Hablaban con la mayor seriedad, e incluso con cierta pasión, de una comida de despedida que se proponían ofrecer a un camarada, a un oficial llamado Zverkov, que se marchaba a una provincia. El señor Zverkov había sido también compañero mío de colegio, y yo lo detestaba. Esta aversión aumentó en los cursos superiores. Desde muy niño fue un alumno educado y alegre, al que todos querían, todos menos yo, que precisamente no lo quería porque era alegre y educado. Desde el principio fue un mal estudiante, defecto que aumentó con los años. Sin embargo, logró terminar sus estudios gracias a las influencias. Ya estaba en los últimos cursos, cuando recibió en herencia una finca y doscientos siervos, y como nosotros éramos casi todos pobres, se complacía en ponemos en ridículo. Era un ser vulgar, pero, en definitiva, y a pesar de sus humos, un buen muchacho. Entre nosotros, en la escuela, no obstante los alardes de honor y dignidad que se hacían con un exceso de fantasía y de palabras, todos, excepto algunos, lo adulaban, lo que lo incitaba a darse más importancia todavía. Pero si giraban en tomo de él no era por interés, sino simplemente porque la naturaleza lo había favorecido con sus dones. Además, entre los estudiantes se consideraba Zverkov como un especialista en todo lo concerniente a la elegancia y a las buenas maneras. Y esto era lo que más me enfurecía. Detestaba el agudo sonido de su voz, llena de suficiencia; sus grandezas, de las que siempre se mostraba muy satisfecho, pero que eran verdaderas estupideces, pese a su facilidad de palabra. Detestaba su cara, bella pero inexpresiva (aunque ¡cómo me habría apresurado a cambiar aquella cara por la mía de hombre inteligente!), y sus modales desenvueltos, al estilo de los oficiales de 1840. Lo detestaba por los éxitos que confiaba en obtener con las mujeres (no se atrevía a emprender conquistas antes de haber alcanzado sus hombreras de oficial; por eso las esperaba con tanta impaciencia) y por los duelos que estaba seguro de librar. Recuerdo que una vez, rompiendo por excepción mi silencio, disputé violentamente con él. Zverkov hablaba a sus compañeros de sus futuras intrigas amorosas, y, entusiasmándose de tal modo que parecía un perrito revolcándose al sol, declaró de pronto que no dejaría intacta ninguna campesina joven de su finca, pues ejercería le droit du seigneur; y que si los campesinos se atrevían a protestar, los haría azotar y duplicaría los impuestos a aquellos «viles barbudos». Nuestros cobardes lo aplaudieron; pero yo lo ataqué violentamente, no porque compadeciera a las muchachas y a sus padres, sino simplemente porque me irritaba que semejante insecto cosechara éxitos de tal índole. Aquella vez triunfé; pero Zverkov, al que su necedad no impedía ser alegre e insolente, logró poner a los burlones de su parte, y de tal modo, que mi triunfo fue momentáneo: todos acabaron por reírse de mí. Desde entonces, más de una vez triunfó sobre mí, aunque sin maldad, bromeando, entre risas. Yo guardaba ante él un silencio despectivo. Cuando terminamos los estudios, tuvo conmigo algunos gestos amables; yo no los rechacé, porque ello me halagaba, pero pronto, y con la mayor naturalidad, nos distanciamos. Posteriormente me enteré de sus éxitos como oficial, de la vida alegre que llevaba. Y más adelante tuve noticia de su rápido ascenso. Dejó de saludarme cuando nos encontrábamos en la calle: sin duda temía comprometerse al cambiar el saludo con un ser tan insignificante como yo. Una vez lo vi en el teatro, en platea. Ya lucía las insignias de ayudante de campo. Rebullía en torno de las hijas de un viejo general. Pero durante los tres años que había dejado de verlo, había perdido mucho en presencia, ya que había engordado bastante. Sin embargo, conservaba sus bellas facciones y sus maneras elegantes. Se advertía que cuando cumpliese los treinta se hundiría completamente.

Este era el Zverkov al que acababan de desamar a provincias y a quien sus amigos proyectaban dar una cena de despedida. No habían interrumpido sus relaciones con él, aún considerándose —estoy seguro— inferiores al oficial.

Uno de los visitantes de Simonov se llamaba Ferfitchkin. Era un ruso de origen alemán, escasa estatura y cara de mono; un necio que se burlaba de todo el mundo y que fue mi peor enemigo en la escuela desde las clases inferiores; un fanfarrón cobarde e insolente que aparentaba el amor propio más susceptible, pero que evidentemente no era más que un miserable. Pertenecía al grupo de admiradores de Zverkov, que lo adulaba interesadamente, ya que todos le pedían con frecuencia dinero prestado.

El otro visitante, Trudoliubov, no tenía nada digno de mención. Era militar. Un mocetón alto, rostro frío. Aunque honrado, se inclinaba ante el éxito, fuese éste cual fuera, y sólo sabía hablar de nombramientos, ascensos, etc. Era pariente lejano de Zverkov, y, por estúpido que esto pueda parecer, ello le confería cierto prestigio a los ojos de sus compañeros. A mí me consideraba como un ser insignificante, pero me trataba de un modo soportable, ya que no cortés.

—Bueno, poniendo siete rublos por cabeza —declaró Trudoliubov— y, siendo tres como somos, reuniremos veintiún rublos. Por lo tanto, podremos cenar bastante bien. En cuanto a Zverkov, naturalmente, no tendrá que dar nada.

—¡Claro! ¡Es el invitado! —asintió Simonov.

—¿Cómo podéis creer —intervino Ferfitchkin con acento arrogante e insolente, como un lacayo descarado que se jacta de las consideraciones de su dueño—, cómo podéis creer que Zverkov admita que paguemos sólo nosotros? Aceptará nuestra invitación por delicadeza, pero nos ofrecerá champán, seis botellas seguramente.

—Demasiado champán para cuatro personas —comentó Trudoliubov, que sólo se había fijado en el número de botellas.

—En resumen, que somos tres a pagar, aunque, con Zverkov, seamos cuatro a cenar. Veintiún rublos. Hotel Perís. Mañana a las cinco —recapituló Simonov, al que se había encomendado la organización del banquete.

—¿Por qué veintiún rublos? —exclamé con cierta emoción, incluso sintiéndome un poco ofendido—. Si se me cuenta a mí también, no serán veintiuno sino veintiocho.

Yo creía que al hacer aquella oferta espontánea causaría gran efecto y todos se rendirían a mi generosidad. Esperaba miradas de admiración.

—¿De veras quiere usted ser del grupo? —preguntó Simonov, descontento, sin mirarme, porque sabía perfectamente cómo era yo.

Me exasperó que me conociera tan bien.

—¿Por qué no? —exclamé con voz ronca—. También yo fui compañero suyo. Es más, incluso me molesta que no me hayan informado a tiempo.

—¿Acaso conocíamos su paradero? —exclamó rudamente Trudoliubov—. Además, usted nunca ha estado en buenas relaciones con Zverkov —añadió con semblante sombrío.

Pero yo me había lanzado.

—Eso es un asunto privado en el que nadie tiene derecho a inmiscuirse —dije con voz temblorosa, como si se tratase de algo extraordinariamente importante—. Quizá precisamente porque no estamos en buenas relaciones, quiero…

—¡Cualquiera le entiende a usted con sus ideas elevadas! —exclamó Trudoliubov con una risita de burla.

—Contamos con usted —cortó Simonov volviéndose hacia mí—. Mañana a las cinco, en el Hotel París. No se equivoque.

—¿Y el dinero? —dijo Ferfitchkin a media voz a Simonov señalándome con un movimiento de cabeza. Pero se detuvo en seco, porque incluso Simonov se sintió molesto.

—¡Basta! —dijo Trudoliubov levantándose—. Puede venir, si tanto lo desea.

—Pero es que estaremos entre amigos —protestó Ferfitchkin, irritado—. No se trata de una reunión oficial. A lo mejor, su presencia…

Se marcharon. Al salir, Ferfitchkin ni siquiera me saludó. Trudoliubov inclinó casi imperceptiblemente la cabeza, Sin mirarme.

Simonov, con el que me quedé solo, parecía perplejo y molesto. Me miraba de un modo extraño. Ni se sentaba ni me invitaba a sentarme.

—Bueno, ya sabe: mañana. ¿Entregará hoy el dinero? Se lo pregunto para poder planearlo todo con seguridad —explicó rápidamente, muy confuso.

Enrojecí de cólera, pero, mientras enrojecía, me acordé de que le debía quince rublos desde hacía siglos, cosa que yo nunca había olvidado.

—Comprenda usted, Simonov, que al venir aquí no podía prever… Lamento de veras haberme olvidado de…

—¡Bah! No tiene importancia. Ya pagará usted mañana. Sólo lo he dicho para saber con certeza… En fin, no se preocupe…

Se calló de pronto y empezó a ir y venir por la habitación, cada vez más irritado, golpeando violentamente el suelo con los talones.

—¿Tiene usted algo que hacer? ¿Lo molesto? —pregunté tras unos minutos de silencio.

—¡Oh, no! —exclamó, como si volviera en sí de pronto—. Aunque, para serle franco, me tengo que acercar a… No está lejos de aquí —añadió, confuso y en un tono de excusa.

—¡Dios mío! ¿Por qué no me lo ha dicho antes? —exclamé cogiendo mi gorra con una desenvoltura que me había venido de Dios sabe dónde.

—No está lejos de aquí…, a dos pasos —repetía Simonov acompañándome hasta la puerta con una solicitud que no le cuadraba en absoluto—. —Así, pues, hasta mañana, a las cinco en punto —me gritó desde lo alto de la escalera.

No podía ocultar que se alegraba de que me fuera. En cambio, yo estaba furioso…

¿Por qué diablos me habría metido en aquel enredo? Rechinaba los dientes mientras iba a grandes zancadas por la calle. ¿Y todo por quién? ¡Por aquel cerdo de Zverkov! «Desde luego, no iré. ¡Sólo merecen que les escupa! Nada me obliga a ir. Avisaré a Simonov por carta.»

Pero lo que más me irritaba era mi seguridad de que iría, de que iría a toda costa, y que tanto más empeño pondría en ir cuanto menos me conviniera y más pudiese hacer el ridículo.

Había un importante obstáculo para que fuese: no tenía dinero. Todo mi capital eran nueve rublos, de los cuales debía entregar siete al día siguiente a mi criado, Apolonio, al que daba siete rublos al mes, naturalmente comiendo él por su cuenta.

Conocía bien su carácter, y no quería hacerlo esperar. (En algún momento tendré que hablar de este canalla, de esta inmundicia.) Y, sin embargo, yo sabía que no le pagaría y que iría a la cena.

Aquella noche tuve sueños espantosos. No era extraño, pues había estado todo el día oprimido por el recuerdo de los años de cárcel que habían sido mis años de estudio. Parientes lejanos, bajo cuya tutela estaba ya los que jamás he vuelto a ver, me abandonaron en aquella escuela. Cuando ingresé, mis parientes me habían convertido ya, a fuerza de reproches, en un muchacho taciturno, silencioso, de mirada hostil. Mis compañeros me acogieron con pérfidas burlas, porque no me parecía a ninguno de ellos. Yo no podía soportar las bromas, no podía acostumbrarme a ellos tan fácilmente como ellos se acostumbraban unos a otros. Los odié, pues, desde el principio y me encerré en un profundo orgullo, en el que había un algo de temor y mortificación. Me repugnaba la grosería de aquellos muchachos. Se reían cínicamente de mi casa, de mi aspecto estúpido. ¡Pero no se veían las caras de idiotas que tenían ellos! En aquella escuela, los rostros se transformaban hasta adquirir una expresión de imbecilidad. Vi ingresar a muchos chicos que entonces eran guapos y que años después tenían un no sé qué de repelente. Cuando llegaban a los dieciséis años, los observaba con una curiosidad sombría: la mezquindad de sus pensamientos, la imbecilidad que denotaban sus ocupaciones, sus conversaciones, sus juegos, me paralizaban de asombro. No comprendían ciertas cosas de gran importancia, no prestaban atención a las cosas más notables, y ello me impulsó a considerarme, en contra de mi voluntad, muy superior a ellos. No era en modo alguno la vanidad herida el motivo de mi actitud, y, ¡en nombre del cielo!, no me vengáis con esa objeción, tan repetida que ya me produce náuseas, de que yo soñaba despierto mientras ellos poseían ya el sentido de la realidad. ¡De ningún modo! No comprendían nada, no tenían el menor sentido de la realidad. Esto era precisamente lo que me parecía más despreciable en ellos. Por el contrario, acogían la realidad más evidente, la que, por decirlo así, entra por los ojos, con la más estúpida incomprensión. Es más, aunque sólo tenían dieciséis años, ya se inclinaban servilmente ante el éxito. De todo lo verdadero y justo, pero que estaba postergado y despreciado, se burlaban necia y cruelmente. Daban más valor a los diplomas que a la inteligencia. Tenían sólo dieciséis años, y ya ponían por encima de todo las sinecuras. Pero hay que pensar que a ello contribuían su estupidez y los malos ejemplos que los habían rodeado desde su infancia. Estaban monstruosamente corrompidos. Pero en ello había, evidentemente, algo externo, cierta afectación cínica, cuya lozanía juvenil se transparentaba a veces a través de su depravación. Sin embargo, incluso esta lozanía resultaba poco simpática, pues se manifestaba por medio de una especie de grosera sensualidad. Yo los odiaba, aún siendo quizá peor que ellos. y ellos me pagaban con la misma moneda, sin ni siquiera disimular la repugnancia que les inspiraba. Yo no pensaba en atraerme su amistad. Por el contrario, sólo deseaba humillarlos.

A fin de verme libre de sus burlas, me apliqué cuanto me fue posible, y así logré situarme entre los primeros. Esto los impresionó. Además, todos fueron advirtiendo poco a poco que yo había leído ya ciertos libros de los que ellos no sabían nada todavía, y que yo comprendía ciertas cosas (ajenas a nuestros cursos) completamente desconocidas para ellos. Lo comprobaban con una estupefacción irónica, pero aceptaban mi prestigio, y más aún al advertir que mis conocimientos habían atraído la atención de los profesores. Las burlas cesaron, pero la antipatía subsistió, y se establecieron entre nosotros relaciones de una frialdad oficial.

Al fin fui yo quien no pudo seguir resistiendo. Cuando tuve más años, sentía la necesidad de ir hacia los hombres, de tener amigos. Traté, pues, de aproximarme a algunos de mis compañeros. Pero había siempre cierta falsedad en nuestras relaciones, y éstas terminaban muy pronto. Sin embargo, llegué a tener un amigo. Pero yo era ya un déspota; pretendí dominar eternamente su espíritu, imbuirle el desprecio hacia quienes lo rodeaban; exigí de él que rompiese de modo definitivo, arrogante, con su medio ambiente. Mi amistad apasionada lo asustó. Lo trastorné hasta las lágrimas, hasta las convulsiones. Era un alma cándida y generosa. Y cuando se hubo entregado a mí por entero, lo detesté y lo rechacé. Fue como si sólo lo hubiese necesitado para apuntarme una victoria y adueñarme de su voluntad. Pero yo no podía vencerlos a todos. Mi amigo tampoco se parecía a ninguno de ellos: era una excepción.

Cuando terminé mis estudios, me apresuré a renunciar a la carrera especial a que me habían destinado, a fin de romper todos los lazos con el pasado, poder maldecirlo y cubrirlo de ceniza… Después de todo esto, no sé por qué diablos seguí yendo a casa de Simonov.

Al día siguiente me desperté temprano; me levanté tan agitado como si la comida se hubiera de celebrar inmediatamente. Y es que estaba persuadido de que aquel día tenía que producirse un cambio radical en mi existencia. Probablemente, todo se debía a que se trataba de un hecho desacostumbrado. Y también hay que tener en cuenta que siempre que me enfrentaba con un acontecimiento, por insignificante que fuera, me hacía la ilusión de que iba a cambiar radicalmente mi existencia. Fui a la oficina como de costumbre, pero salí dos horas antes, con objeto de hacer los preparativos del caso. «Sobre todo —pensaba—, no debo ser el primero en llegar, no vayan a creer que estaba impaciente.» Tenía otras muchas preocupaciones además de ésta. Estaba agitadísimo, y esta agitación me debilitaba.

Limpié de nuevo mis botas. Apolonio no habría querido por nada del mundo limpiármelas dos veces el mismo día: habría considerado que esto era introducir el desorden en su servicio. Tuve que apoderarme subrepticiamente de los cepillos que estaban en la antecámara, a fin de evitar que Apolonio supiera que yo mismo me lustraba las botas, pues ello le habría movido a despreciarme. A continuación, examiné con todo cuidado mi traje, y me vi obligado a reconocer que estaba viejo. En verdad, me había entregado a una negligencia exagerada. Mi uniforme estaba bastante bien, decoroso, pero no podía ir a comer vestido de uniforme. Lo peor era que los pantalones tenían en una de las rodilleras una gran mancha amarilla. Preveía que esta mancha reduciría en nueve décimas partes mi dignidad. Pero sabía también que era bajo y vulgar pensar así. «Por otra parte ya no se trata de pensar: estamos en plena realidad.» Esto era algo que me decía, pero iba perdiendo el calor por momentos. Sabía muy bien que exageraba monstruosamente las cosas; pero ¿cómo remediarlo? Ya no era dueño de mi pensamiento: la fiebre me poseía.

Me imaginaba con desesperación el tono altivo y glacial con que me acogería el canalla de Zverkov; el estúpido desprecio con que me miraría Trudoliubov, y la risa descarada de Ferfitchkin, aquel insecto que querría adular a Zverkov. En cuanto a Simonov, lo comprendería todo y me despreciaría por la bajeza de mi vanidad y de mi cobardía. Además, y especialmente, ¡qué miserable, qué poco littéraire, qué trivial sería aquella reunión! Lo mejor habría sido, evidentemente, quedarse en casa. Pero esto era justamente lo más difícil. Cuando me acometía esta tentación, me rebelaba. Me habría burlado de mí mismo durante todo el resto de mi vida: «¡Vaya, hombre! ¡Tuviste miedo de la realidad! ¡Sí, miedo!» Precisamente lo que yo deseaba, lo que yo anhelaba era demostrar a aquella «morralla» que no era en modo alguno tan cobarde como parecía. En plena fiebre, soñaba con vencerlos, con triunfar, con cautivarlos, con obligarlos a estimarme aunque sólo fuese por «la elevación de mis pensamientos y por mi innegable y cáustico ingenio. Abandonarán a Zverkov, lo dejarán solo, silencioso y confuso en un rincón. Lo aplastaré. Seguidamente quizá tenga la condescendencia de reconciliarme con él; beberemos, nos tutearemos».

Pero lo más irritante, lo más ofensivo era que yo sabía perfectamente que, en resumidas cuentas, no tenía necesidad de nada de aquello; que no deseaba en modo alguno aplastarlos, vencerlos, subyugarlos; que yo sería el primero en no dar un solo céntimo por aquella victoria en caso de obtenerla… ¡Oh, cómo imploraba a Dios que aquella velada pasara lo más rápidamente posible! Colmado de una angustia indecible, me acerqué a la ventana, abrí el cristal y traté de perforar con la mirada el opaco velo de nieve fundida que caía en gruesos copos.

Al fin, mi viejo y pequeño reloj de péndulo dio, como tosiendo, las cinco. Tomé mi sombrero, y procurando eludir la mirada de Apolonio, que esperaba su salario desde por la mañana, pero que, por su estupidez, no quería ser el primero en hablarme, me deslicé al exterior. Alquilé un hermoso trineo con los cincuenta copecs que me quedaban y llegué al Hotel París con aires de gran señor.

 

IV

Desde la víspera sabía que sería el primero en llegar. Pero no era eso lo que verdaderamente importaba entonces.

No sólo no había allí ninguno de ellos, sino que me fue en extremo difícil encontrar la sala que teníamos reservada. Aún no estaban puestos los cubiertos. ¿Qué significaba aquello? Después de muchas preguntas, me enteré por los camareros de que la comida estaba encargada para las seis y no para las cinco, cosa que me confirmó el maître d’hotel. Me sentí molesto conmigo mismo por haberles preguntado. Aún no eran más que las cinco y veinte. Si habían cambiado la hora debieron avisarme (para eso está el correo). Me habían afrentado ante mí mismo y ante la servidumbre. Me senté. El camarero empezó a poner los cubiertos, y, en su presencia, me sentí más irritado aún. Hacia eso de las seis, además de las lámparas que alumbraban ya la habitación, trajeron bujías; pero al criado no se le había ocurrido traerlas a mi llegada. En el comedor de al lado cenaban dos señores silenciosos y sombríos, cada uno en una mesa diferente. Pero en los lejanos salones había mucho ruido: oía gritos, risas, exclamaciones en mal francés, de un grupo de comensales, compuesto de caballeros y damas. Me sentía descorazonado. Pocas veces había pasado minutos tan desagradables. Tanto, que a las seis en punto, cuando aparecieron todos a la vez, me dispuse a acogerlos como salvadores: en los primeros momentos, incluso me olvidé de que debía mostrarme ofendido.

Zverkov entró delante, como jefe de grupo. Todos reían, pero, al verme, Zverkov irguió la cabeza, avanzó hacia mí sin precipitarse, contoneándose como una mujer coqueta, y me tendió la mano con gesto amable, aunque no en exceso, con una especie de cortesía prudente, con esa cortesía de alto personaje que, al mismo tiempo que tiende la mano, parece protegerse de algún peligro. Yo esperaba que, por el contrario, cuando entrase se echaría a reír, como hacía siempre, con una risa aguda y chillona, y que soltase una de sus estupideces que consideraba como agudezas. Me estaba preparando para ello desde la víspera, pues en modo alguno esperaba un tono tan condescendiente, tan altivamente cortés. ¿Tan superior a mí y en todos los aspectos se consideraba? Si hubiese adoptado aquella actitud señorial para humillarme, la cosa no habría tenido importancia; yo le habría pagado con la misma moneda y asunto concluido. Pero ¿cómo responder a aquel hombre que no había pensado en modo alguno en ofenderme y en cuya estúpida cabeza de carnero se había introducido la idea de que era infinitamente superior a mí, y, por lo tanto, sólo podía hablarme en un tono protector? Al pensar en todo esto me latía con violencia el corazón.

—Me he enterado con asombro de su deseo de ser hoy de los nuestros —empezó a decir con voz jadeante y untuosa y subrayando las palabras, cosa que antes no hacía—. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Nos evitaba usted, y hacía mal, porque no somos tan terribles como usted cree. Pero, sea como fuere, me alegro mucho de reestablecer…

Se volvió y, con un ademán negligente, lanzó su sombrero al alféizar de la ventana.

—¿Lleva mucho tiempo esperando? —preguntó Trudoliubov.

—He llegado a las cinco en punto, como quedó convenido ayer —respondí en voz alta y con una irritación que hacía prever un próximo estallido.

—¿Es que no le avisaste de que habíamos cambiado la hora? —preguntó Trudoliubov a Simonov.

—No. Se me olvidó —repuso éste, aunque sin mostrar ningún pesar. Luego, sin excusarse ante mí salió para dar las órdenes pertinentes.

—¿Conque hace ya una hora que está usted aquí? ¡Pobre chico! —exclamó burlonamente Zverkov, pues, para su modo de ser, aquello era sumamente divertido.

E inmediatamente, siguiendo su ejemplo, el miserable Ferfitchkin soltó una de sus risotadas repelentes, agudas y temblorosas. Me pareció un perro. Y él me consideró a mí como un ser ridículo.

—¡No veo nada de risible en eso! —dije, cada vez más irritado, a Ferfitchkin—. La culpa es de ellos, no mía. No me avisaron. Es… incomprensible.

—Incomprensible es poco —rezongó Trudoliubov tomando ingenuamente mi defensa—. Es usted demasiado indulgente. Ha sido una verdadera grosería, aunque no premeditada… ¿Cómo es posible que Simonov…? ¡Hum!

—Si a mí me hubiesen hecho una jugada así —comentó Ferfitchkin—, habría…

—Habría pedido algo al camarero —le interrumpió Zverkov—. O se habría puesto a comer sin esperamos.

—También yo habría podido hacerlo sin autorización de ustedes, reconózcanlo —declaré en un tono tajante—. Si los he esperado ha sido porque…

—¡A la mesa, señores! —exclamó Simonov, entrando—. Todo está listo. Garantizo champán. Está helado. No conozco su dirección. ¿Cómo podía avisarle? —me dijo volviéndose de pronto hacia mí pero sin mirarme.

Evidentemente tenía algo contra mí, ya que estaba pensando en el asunto desde el día anterior.

Nos sentamos. La mesa era redonda. Tenía a mi izquierda a Trudoliubov, y a mi derecha a Simonov. Zverkov estaba frente a mí, y Ferfitchkin, entre él y Trudoliubov.

—Dígame: ¿está usted en el ministerio? —me preguntó Zverkov, que, como ven, seguía dedicándome su atención.

Viéndome confuso, consideraba que era necesario mostrarse sociable conmigo y levantar mi ánimo. «Por lo visto quiere que le lance una botella a la cabeza», me dije, sintiendo que el furor se apoderaba de mí. Me irritaba con gran rapidez, sin duda a causa de mi falta de costumbre de alternar con las personas.

—Sí, pertenezco a la cancillería —respondí con voz ronca.

—Y… ¿ve usted alguna ventaja en ese empleo? Dígame: ¿por qué dejó sus anteriores ocupaciones?

—Porque estaba harto, sencillamente. Arrastraba las palabras mucho más que él. Apenas podía dominarme. Ferfitchkin se dedicó de lleno a su plato. Simonov me lanzó una mirada irónica. Trudoliubov dejó de comer y me miró fijamente, con curiosidad.

Zverkov tuvo un ligero sobresalto, pero fingió no darse cuenta de nada.

—¿Y los honorarios, qué? —¿Qué honorarios? —Su sueldo.

—Esto parece un examen.

Sin embargo, le dije lo que ganaba. Me sentía sonrojado hasta las orejas.

—No es una fortuna —comentó gravemente Zverkov.

—Desde luego, no podrá comer en restaurantes —remachó insolentemente Ferfitchkin.

—A mi juicio, ese sueldo es, sencillamente, una miseria —dijo, muy serio Trudoliubov.

—¡Y cómo ha enflaquecido usted, cómo ha cambiado desde entonces! —exclamó Zverkov, esta vez sin malicia, con una especie de compasión insolente y examinándonos a mí y a mi traje.

—¡Basta ya! Lo han confundido —dijo, burlón, Ferfitchkin.

—Sepa usted, señor, que no estoy confuso ni mucho menos —estallé al fin—. ¿Me oye? Como en el restaurante pagando de mi bolsillo, de mi propio bolsillo, téngalo en cuenta, señor Ferfitchkin, y no con dinero ajeno.

—¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? ¿Quién no come aquí pagando de su bolsillo?

Furioso, rojo como una langosta, Ferfitchkin me miró fijamente a los ojos.

—Lo he dicho por decir algo. —Comprendía que había ido demasiado lejos—. Por lo demás, creo que sería mejor hablar de cosas propias de personas inteligentes.

—¿Quiere usted deslumbramos con su inteligencia? —No se inquiete. En esta ocasión, tal intento sería completamente inútil.

—Pero ¿qué le pasa a usted? ¿A qué viene ese modo de gruñir? ¿Acaso lo ha vuelto loco su cancillería?

—¡Basta, señores, basta! —exclamó Zverkov con voz autoritaria.

—¡Cuánta tontería! —rezongó Simonov

—En efecto, todo esto es estúpido —dijo Trudoliubov dirigiéndose sólo a mí y en el tono más grosero. Esto es una reunión de amigos para despedir a un buen camarada y empieza usted a disputar. Fue usted quien solicitó formar parte del grupo. No rompa, pues, la buena armonía.

—¡Basta, basta! —gritó Zverkov— ¡Cálmense señores! Esto no está ni medio bien. En vez de discutir, escuchen: voy a contarles cómo estuve a punto de casarme anteayer.

Y Zverkov empezó a referir una aventura imbécil. Naturalmente, no se trataba de ningún casamiento, sino de un pretexto para citar generales, coroneles e incluso gentiles hombres de cámara, entre los que Zverkov desempeñaba casi siempre el papel principal. Los oyentes estallaban en risas de aprobación; Ferfitchkin incluso profería gemidos.

Todos me habían olvidado, y yo estaba solo, humillado, aplastado.

«¡Dios mío! —pensaba—. ¿Cómo puede convenirme esta compañía? ¡Qué papel tan estúpido acabo de hacer ante esta gente!

He consentido demasiado a Ferfitchkin. Los muy imbéciles creen que me han hecho un gran honor al admitirme en su mesa, y no piensan que soy yo, sí, yo, quien les hago honor a ellos… ¡He adelgazado!… ¡Y este traje!… ¡Malditos pantalones! Zverkov ha visto inmediatamente la mancha amarilla de la rodillera. Aquí no hay más solución que levantarse de la mesa, coger el sombrero y salir sin decir palabra. Así les demostraré mi desprecio. Estoy dispuesto a batirme en duelo mañana. ¡Los muy cobardes! No lo siento por los siete rublos, como ellos deben creer. ¡Que el diablo se los lleve! No, no lo siento por los siete rublos! ¡Bueno, me voy!»

Naturalmente, no me fui.

Para ahogar mi pena, bebía grandes vasos de Laffitte y Jerez, y como no estaba acostumbrado a la bebida, me embriagué rápidamente. Mi irritación crecía. De pronto, me dije que no me iría hasta haberlos insultado con la mayor insolencia. Elegiría el momento propicio y les demostraría lo que valgo. Después dirían: «¡Es ridículo, pero tan inteligente!…». y los volví a mandar al diablo.

Lancé por toda la mesa una mirada circular, con expresión insolente y turbia. Pero ellos parecían haberme olvidado por completo. Chez eux, había ruido y alegría. Zverkov seguía perorando. Presté atención. Hablaba de cierta hermosa dama que le había declarado su amor, de tal modo la había cautivado (naturalmente, mentía como un cazador). y explicó que en su aventura le había ayudado uno de sus amigos íntimos, un joven príncipe, el húsar Kolia, dueño de tres mil siervos.

—Sin embargo, ese húsar que posee tres mil almas no está aquí; no ha venido a despedirle.

Estas palabras lanzadas en medio de la conversación general, provocaron un largo silencio.

—Está usted completamente borracho —dijo Trudoliubov, dignándose al fin a mirarme y haciéndolo despectivamente.

Zverkov me observaba en silencio, como se observa a un insecto raro. Bajé los ojos. Simonov se apresuró a servir champán.

Trudoliubov levantó su copa; los demás, excepto yo, siguieron su ejemplo.

—¡A tu salud, y para que tengas un feliz viaje! —dijo a Zverkov—. ¡En recuerdo de nuestros años de estudio, amigos, y por nuestro porvenir! ¡Hurra!

Todos bebieron y corrieron hacia Zverkov para abrazarlo. Yo me quedé en mi asiento. Mi copa seguía llena ante mí.

—¿Y usted? ¿Es que no va a beber? —aulló Trudoliubov volviéndose hacia mí con un gesto de amenaza.

—Quiero decir unas palabras, señor Trudoliubov. Luego beberé…

—¡Maldito sarnoso! —murmuró Simonov para sí.

Me puse en pie y levanté mi copa. Tenía fiebre. Me disponía a hacer algo extraordinario, aunque no sabía lo que iba a decir.

—¡Silencio! —exclamó Ferfitchkin—. Al fin vamos a oír cosas inteligentes.

Zverkov esperaba, muy serio: sabía lo que iba a ocurrir.

—Señor teniente Zverkov —comencé—, sepa que detesto las frases bonitas y los uniformes ceñidos al talle. Éste es el primer punto. Vamos con el segundo.

Vi que todos se agitaban en sus asientos.

—Segundo punto: detesto a los que frecuentan los cotillones. Tercer punto: soy partidario de la verdad, la sinceridad, la honradez. —Hablaba maquinalmente, petrificado de horror, no comprendiendo cómo me atrevía a expresarme así—. Me inclino ante el pensamiento, señor Zverkov, ante la verdadera camaradería, en pie de igualdad… Bueno, pero esto no impide que también yo beba a su salud, señor Zverkov. Seduzca a las jóvenes circasianas, mate a los enemigos de la patria, y… ¡a su salud, señor Zverkov!

Zverkov se levantó, me hizo una inclinación de cabeza y respondió:

—Le estoy muy agradecido.

Se sentía profundamente ofendido. Incluso palideció.

—¡Que se vaya al diablo! —aulló Trudoliubov dando un fuerte puñetazo en la mesa.

—¡Hay que partirle la cabeza! —gritó Ferfitchkin con su penetrante voz.

—¡Debemos echarlo! —gruñó Simonov.

—¡Ni una palabra, señores, ni un gesto! —exclamó solemnemente Zverkov, calmando el furor general—. Les doy las gracias a todos, pero yo mismo probaré a este caballero el valor que concedo a sus palabras.

—Señor Ferfitchkin —dije con acento teatral hacia él—. Mañana mismo me dará usted una satisfacción por las palabras que ha pronunciado hace un momento.

—¿Un duelo? —exclamó—. ¡Encantado!

Pero sin duda, estaba tan grotesco cuando desafié a Ferfitchkin, y el contraste de mis palabras con mi aspecto era tan extraordinario, que todos, incluyendo a Ferfitchkin, lanzaron una carcajada mientras se agitaban en sus asientos.

—En fin, déjenlo. Está borracho perdido —dijo Trudoliubov con una mueca de disgusto.

—Nunca me perdonaré haber consentido que viniera —rezongó Simonov.

«Ha llegado el momento de arrojarles una botella a la cabeza», pensé asiendo una botella que no estaba vacía… Pero lo que hice fue llenar de nuevo mi vaso.

«No —les dije con el pensamiento—. Me quedaré hasta el fin. Ustedes se alegrarían de que los librara de mi presencia. ¡Pero no lo haré por nada en el mundo! Me quedaré y continuaré bebiendo para hacerles comprender claramente que no doy a esto ninguna importancia. Me quedaré y beberé, porque estamos en el restaurante y he pagado mi parte. Me quedaré y seguiré bebiendo, porque para mí son ustedes simples muñecos. Es más, considero que no existen. Beberé. Cantaré si se me antoja. Sí, cantaré; tengo perfecto derecho a cantar…»

Pero no canté. Mi única preocupación era no mirarlos. Adoptaba un aire desenvuelto y esperaba con impaciencia a que me dirigieran la palabra. Pero, ¡ay!, no me hablaban. Y, sin embargo, ¡cómo habría querido reconciliarme con ellos en aquel instante! Dieron las ocho, luego las nueve. Se levantaron de la mesa y se instalaron en el diván. Zverkov se recostó en busca de una butaca y puso los pies en un velador.

Colocaron a su alcance tres botellas y vasos. Zverkov había ofrecido a sus amigos tres botellas de champán. A mí, naturalmente, no me invitaron. Todos se reunieron alrededor de Zverkov. Lo escuchaban con veneración. Era evidente que lo apreciaban. ¿Por qué? ¿Por qué?, me preguntaba. A veces, en los arrebatos de su embriaguez, cambiaban besos. Hablaban del Cáucaso, de la verdadera pasión, de las ventajas del servicio militar, de los ingresos del húsar Podaryevsky, a quien ninguno de ellos conocía, y se alegraban visiblemente de que aquellos ingresos fuesen importantes. Hablaron también de la gracia y de la belleza de la princesa D…, a quien tampoco conocían, pues ni siquiera la habían visto una sola vez. Al fin le tocó el turno a Shakespeare, al que declararon inmortal.

Yo sonreía con desprecio, yendo de la mesa a la chimenea y de la chimenea a la mesa, a lo largo de la pared frontera al diván. Quería demostrarles que podía pasar perfectamente sin ellos. Sin embargo, al andar martilleaba intencionadamente el suelo con los tacones. Pero todo fue inútil. No me prestaban la menor atención. Tuve la paciencia de estar yendo y viniendo entre la mesa y la chimenea desde las ocho hasta las once. «Paseo porque se me antoja, y nadie puede prohibírmelo.» El camarero que nos servía se detuvo varias veces para mirarme con curiosidad. La cabeza me daba vueltas, y creo que, en ocasiones, incluso deliré. Tres veces me cubrí por completo de sudor en el curso de aquellas tres horas, y tres veces volví a quedar enteramente seco.

En ciertos instantes me sentía traspasado cruelmente por el amargo pensamiento de que me acordaría siempre, con un sentimiento de disgusto y humillación, transcurridos diez años, transcurridos cuarenta, de aquellos minutos que fueron los más innobles, los más ridículos, los más horribles de mi vida. Verdaderamente, era imposible una autohumillación más pérfida y más deliberada. Me daba perfecta cuenta de ello, pero proseguía mis paseos entre la mesa y la chimenea. «¡Si supierais, por lo menos, de qué sentimientos, de qué pensamientos soy capaz! ¡Si supierais lo inteligente que soy!», pensaba yo a veces, dirigiéndome mentalmente a mis enemigos instalados en el diván. Pero éstos se conducían exactamente como si yo no existiese. Sólo una vez se volvieron hacia mí. Fue cuando Zverkov empezó a hablar de Shakespeare, y yo lancé una carcajada despectiva. Mi risa fue tan falsa, tan ruin, que ellos interrumpieron repentinamente su conversación y estuvieron siguiendo durante un par de minutos, con tanta seriedad como curiosidad, mis paseos a lo largo de la pared sin prestarles la menor atención. Pero no conseguí nada; no me dirigieron la palabra, y, dos minutos después, me habían olvidado de nuevo. Dieron las once.

—¡Señores! —exclamó Zverkov levantándose— ¡Ahora vamos todos la has!

—¡Eso, eso! —aprobaron los demás. Me volví repentinamente hacia Zverkov. Me sentía abrumado, aplastado hasta el punto de estar dispuesto a todo, incluso a matarme, para poner fin a aquella situación. Tenía fiebre, el pelo, empapado en sudor, se me pegaba a la frente, a las sienes.

—Zverkov, le ruego que me perdone —dije resueltamente—. También a usted, Ferfitchkin, y a todos, pues a todos los he ofendido.

—¡Vaya! Por lo visto, tiene miedo a batirse —dijo Ferfitchkin con su pérfida vocecita.

Sentí un mazazo en el corazón. —No, no temo al duelo. Estoy dispuesto a batirme con usted mañana, incluso si nos reconciliamos. Es más, deseo que se lleve a cabo el desafío. No me niegue usted ese favor. Quiero probarle que el duelo no me da miedo. Usted tirará primero. Después, yo dispararé al aire.

—Por lo visto, esto le divierte —comentó Simonov.

—¡Cuánta tontería! —exclamó Trudoliubov.

—¡Bueno, apártese de una vez! No nos deja pasar… En definitiva, ¿qué quiere usted? —preguntó Zverkov, despectivo.

Todos tenían el rostro congestionado y los ojos brillantes: habían bebido demasiado.

—Quiero su amistad, Zverkov. Lo he ofendido y… —¿Qué usted me ha ofendido? ¿Usted? ¿A mí? Sepa usted, caballero, que usted no puede ofenderme nunca, en ningún caso…

—¡Basta! ¡Lárguense! —concluyó Trudoliubov—. ¡Vámonos ya, señores!

—¡Olimpia para mí! ¿De acuerdo? —exclamó Zverkov. —¡Sí, sí, de acuerdo! —le respondieron entre risas. Permanecí inmóvil, aplastado. El grupo hizo una salida ruidosa. Trudoliubov cantaba una estúpida tonadilla. Simonov se rezagó momentáneamente para dar las propinas a los camareros. De pronto me acerqué a él.

—¡Simonov, présteme seis rublos! —le dije, con la resolución del desesperado.

Me miró, estupefacto y con ojos turbios: también él estaba ebrio.

—¿Cómo? ¿Acaso pretende venir là bas con nosotros?

—¡Sí!

—No tengo dinero —repuso Simonov tajante y con una sonrisa de desprecio. Luego se dirigió a la puerta.

Me aferré al faldón de su capa. Aquello era una verdadera pesadilla.

—¡Simonov! He visto que tenía usted dinero. ¿Por qué me lo niega? ¿Acaso soy un miserable? ¡No me lo niegue! ¡Si usted supiera, si usted pudiese saber por qué se lo pido! ¡Todo mi porvenir, todos mis planes dependen de esos seis rublos!

Simonov sacó el dinero del bolsillo y casi me lo arrojó a la cara.

—¡Tómelos, ya que tiene tan poca dignidad! —me dijo despiadadamente. y corrió a reunirse con el grupo.

Me quedé solo, y así estuve un momento. ¡Qué gran desorden me rodeaba! Restos de comida, vasos rotos, vino derramado, colillas. La angustia me oprimió el corazón, el humo de la embriaguez invadió mi cabeza… y allá lejos estaba aquel criado que lo veía todo, lo oía todo y me miraba fijamente, con curiosidad.

—¡Adelante! —exclamé—. O imploran todos de rodillas y besándome los pies que les conceda mi amistad, o… ¡o le daré una bofetada a Zverkov!

 

(Continuará…)

 

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