Charles Robert Maturin y Melmoth, el errabundo

Lucas Berruezo

charlesrobertmaturin

 

Cuando empecé a considerar la forma de abordar la persona de Charles Robert Maturin y su famosa novela Melmoth el errabundo, me encontré con un dilema: ¿cómo hablar de una novela tan rica?, ¿por dónde empezar, por dónde seguir, por dónde terminar? Los aspectos que uno podría analizar de esta novela son múltiples y se multiplican en el mismo análisis. Pensé en hacer una lectura crítica-teórica, hablando de los relatos enmarcados (esa maraña de relatos dentro del relato), teniendo en cuenta la figura del narrador, las apariciones del autor en forma de constantes notas al pie e, incluso, las recurrentes apelaciones al lector. También me entusiasmó, al menos por un momento, la idea de hacer un seguimiento de las lecturas que aparecen en la novela, tanto en forma de epígrafes como de citas (y que van desde Shakespeare a Cervantes, pasando por la novela gótica contemporánea a Maturin). Pero todo me parecía demasiado técnico y no lograba expresar lo que realmente me había gustado de la historia. Por eso, decidí trabajar sobre lo que más me había impactado, que no es otra cosa que eso que, una vez que cerramos el libro, sigue presente en nuestras cabezas, a veces incluso más de lo que nos gustaría.

La vida de Maturin estuvo signada por el fracaso. ¿Esto significa que todo lo que hizo le salió mal? No, para nada. Justamente por eso lo digo. No hay fracaso más doloroso que aquel que logra gozar, casi nunca y casi nada, de un poco de gloria. Esto fue justamente lo que le pasó a Maturin.

Charles Robert Maturin nació en Dublín (Irlanda) en 1782 y estudió en el famoso Trinity College (que vería pasar por sus aulas, tiempo después, tanto a Sheridan Le Fanu como a Bram Stoker), recibiendo el título de Bachiller en Artes en 1800.

Se casó joven, en 1802, con la famosa cantante de la época Henriette Kingsbury, y, sin poder continuar sus estudios, se ordenó como sacerdote en 1803. Según algunas malas lenguas, al parecer, el tiempo libre que le dejaba su ocupación de coadjuntor en una iglesia de Dublín lo empleaba en el hábito de las mujeres y la lectura.

En lo que se refiere a su situación económica, gozó de un período de relativa estabilidad en estos primeros años de matrimonio, pero luego, y ya con la muerte de su padre en 1809 (y el fin de la renta que recibía de él), su realidad se vuelve precaria. Empieza a enseñar como profesor particular, hasta que decide dedicarse de lleno a la escritura para mantener a su esposa y a sus cuatro hijos. Su muerte en 1824 lo encontrará, con apenas 42 años y arruinado.

Sus tres primeras obras, las novelas The Fatal Revenge; or, the Family of Montorio (1807), The Wild Irish Boy (1808) y The Milesian Chief (1812), todas aparecidas bajo el seudónimo de Dennis Jasper Murphy, fueron un rotundo fracaso, aunque le gustaron a Walter Scott, quien no escatimó elogios (más tarde, incluso, cuando Maturin le escribiera revelándole su verdadera identidad, llegarían a cultivar una amistad que duraría hasta la muerte de nuestro gótico escritor). Después de The Milesian Chief, Maturin va a decidir dejar de lado el pseudónimo y empezar a escribir con su verdadero nombre.

En 1816 aparece Bertram, una obra de teatro que fue estrenada en Londres (con mediación de Walter Scott y Lord Byron) con un éxito rotundo que, sin embargo, no duraría mucho. Todas las obras posteriores, Manuel (1817) y Fredolfo (1819), repetirán el fracaso de sus tres primeras novelas.

Hasta que, finalmente, y después de la intrascendente publicación de Women; or, Pour Et Contre; a Tale en 1818, aparece en 1820 una novela dividida en cuatro volúmenes llamada Melmoth el errabundo.

maturin-melmoth-el-errabundoSe podría decir que Melmoth el errabundo cuenta la historia de John Melmoth, un hombre que hace un pacto con el Diablo con el fin de conseguir longevidad y conocimiento a cambio de su alma. Para poder salvarse, Melmoth tiene una única alternativa: pasarle su maldición a otra persona. Por eso, a lo largo de la novela, vemos cómo este personaje misterioso se le presenta a distintas personas que se encuentran al borde del más terrible sufrimiento con el fin de que, a cambio del cese de los mismos, los hombres entreguen su alma y, así, él pueda salvarse de una eternidad en el Infierno. Los escenarios son, como nos tiene acostumbrado el gótico, terribles: un manicomio, ruinas medievales, cementerios, conventos y hasta las mazmorras de la misma Inquisición. Las atrocidades que se viven en esos lugares son tan horrorosas como ellos.

Melmoth tiene la particularidad de ser considerada la novela que cierra el género gótico. Esto no significa que lo gótico termina con Maturin y su Melmoth, sino que lo que termina es el período de madurez del género. La novela gótica pura y dura, que había iniciado Horace Walpole en 1764 con su Castillo de Otranto, culmina en 1820 con Melmoth el errabundo. Después, obviamente, algunos aspectos del gótico continuarán en trabajos como los cuentos de Edgar Allan Poe (entre los que podríamos destacar «El pozo y el péndulo» y «La máscara de la Muerte Roja», los dos de 1842), la novela Drácula, de Bram Stoker, publicada en 1897 y la novela Otra vuelta de tuerca de Henry James, aparecida en 1898.

A diferencia de las novelas anteriores de Maturin, Melmoth llama mucho la atención, para bien y para mal. Los elogios y las críticas abundan por igual. Balzac (que puso a Melmoth a la altura del Don Juan de Moliere o del Fausto de Goethe) escribió una especie de continuación llamada Melmoth reconciliado, que fue publicada en 1835 y en la que el personaje de Melmoth tiene su oportunidad de redimirse. Por otra parte, Oscar Wilde, que fue algo así como sobrino de Maturin, usa el nombre de «Sebastián Melmoth» para pasar sus últimos días en París. Por último, no es para nada menor el caso de H. P. Lovecraft, que en su libro El horror sobrenatural en la literatura, de 1927, destaca la novela Melmoth, aun mencionando sus defectos, como lo mejor que ha dado el género gótico.

Después de Melmoth el errabundo, Maturin escribió una novela más llamada The Albigenses (1824) y un relato corto, Leixlip Castle, aparecido póstumamente, en 1825, pero ninguno de los dos relatos consiguió la notoriedad de Melmoth. Además, Maturin mismo, atribulado por ciertas acusaciones de depravación que se ganó por Melmoth (que, por otra parte, no eran nuevas) y acuciado por los problemas económicos, se fue encerrando cada vez más en sí mismo hasta su muerte, el 30 de octubre de 1824.

Maturin nos cuenta quién es John Melmoth a través de las historias de sus víctimas, de Stanton, Moncada, Immalee/Isidora, la familia Guzmán, Elinor Mortimer… En este sentido, nos hallamos frente a una genialidad del autor: no se nos sirve «en bandeja» el personaje, sino que debemos ir reconstruyéndolo de a poco, a partir de los datos que se van dando aquí y allá. De hecho, recién se profundiza (un poco) la historia de Melmoth en el tramo final del libro, por lo que, de cualquier manera, el lector ya se vio obligado a hacer un trabajo arqueológico buscando las raíces de este particular personaje.

Es en ese último tramo cuando un clérigo le cuenta la historia de Melmoth a Elinor (una de las tantas víctimas del tentador). Este clérigo tiene derecho a hablar, conoció a Melmoth antes del pacto y estuvo presente en su lecho de muerte, que en este caso no sería más que la etapa fundamental de su transformación. De cualquier manera, no es mucho lo que este personaje cuenta de Melmoth. Apenas nos dice que antes de convertirse en lo que se convirtió era una persona con una gran curiosidad intelectual, que pretendía conocer los secretos de la existencia, aquella rama del saber que debe permanecer oculta a los seres humanos. Leemos en la novela: «sabía que su compañero Melmoth era irrevocablemente aficionado al estudio de ese arte que tienen en abominación todos “aquellos que pronuncian el nombre del Señor”». Por esto, no es de extrañar que, cuando el clérigo lo va a visitar en su lecho de muerte, su habitación estaba «atestada de aparatos astrológicos».

Ahora bien, cuáles son esos estudios y cuáles son las conclusiones que Melmoth va sacando, eso es algo que el lector debe ir averiguando de a poco, en cada parlamento, en cada tentación, en cada historia. Las propias palabras de John Melmoth echan un poco de luz sobre este misterio: «Mi pecado ha sido sobremanera angélico: ¡orgullo y presunción intelectual! Es el primer pecado mortal; una ilimitada aspiración a dominar el saber prohibido!».

Y Melmoth sabe, y lo que sabe de la Humanidad es tan horroroso que el mismo Maturin se ve obligado a aclarar en un pie de página que las opiniones del personaje no se corresponden con la del autor.

Y aquí llegamos a la cuestión verdaderamente importante: LA CURIOSIDAD.

Melmoth mismo asegura que su destino, y el destino de las personas en general, está marcado por la curiosidad: «recordad que vuestras vidas serán el precio de vuestra desesperada curiosidad. En ese mismo lance aposté yo algo más que mi vida… ¡y perdí! Os lo advierto… ¡retiraos!».

Esto nos remite a un tema que ha sido tratado desde la Antigüedad. ¿Por qué Pandora abre la caja que Prometeo le dio a su hermano Epimeteo, su esposo, haciendo que todos los males se distribuyeran por el mundo? ¿Por qué se podría decir que Adán y Eva caen bajo la tentación de la serpiente? Por curiosidad, ni más ni menos que por curiosidad, y por cierto afán de conocimiento, ya que no es un dato menor que el fruto que Eva come y que después comparte con Adán es el del «Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal», aquél que da al Hombre el conocimiento de lo que es bueno y de lo que no lo es. Incluso, el mismo Melmoth se compara con aquellos primeros hombres, haciendo alusión al relato de su caída: «Si he alargado la mano, y he comido el fruto del árbol prohibido, ¿no he sido retirado de la presencia de Dios, y de la región del paraíso, y enviado a vagar por los mundos de sequedad y maldición por los siglos de los siglos?».

En este sentido, podemos ver cómo en Melmoth se reproduce la «razón de ser» del gótico. Recordemos que el género gótico nace como respuesta al exceso de racionalismo propio del siglo XVIII. De alguna manera, Melmoth nos está diciendo que la obsesión por un conocimiento fuera de los caminos de Dios lleva a la destrucción y a la pérdida del alma. John Melmoth es un intelectual, un hombre de razón. Es su razón (su deseo de conocer intelectualmente) lo que lo pierde, lo que hace que pacte con el Diablo. De esta manera, la historia y el desenlace de Melmoth no es otra cosa que una crítica a la centralidad de la razón dentro de sistema de prioridades humano.

Hay mucho más por decir. Melmoth el errabundo es una novela inagotable, más allá de lo tedioso que puede resultar su lectura (entre tantas historias dentro de historias), verdaderamente vale la pena.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s