La cocina del infierno: Comando meón (IV) Segunda parte

Fernando Morote

Equipo

Como parte del entrenamiento convenido, el sábado por la mañana se reunieron en el cuarto más alto de la construcción que el Doctor había dejado sin acabar antes de partir al extranjero.

-La única pregunta tonta es la que no se hace –dijo.

-¿Cómo respondemos si nos ponen en aprietos con preguntas difíciles o fuera de lugar? –interrogó el Champero.

-Las pasamos de taco al que mejor las puede driblear –observó el Conde.

-¿Quién podría ser? –inquirió el Champero.

-Yo diría que el Doctor –respondió el Narizón.

-Cualquiera puede serlo –afirmó el Doctor-. Sólo hay que evitar respuestas impulsivas. En todo caso tenemos que ser agresivos.

-No le vamos a pegar a nadie, ¿verdad? –comentó el Champero- ¿O sí?

El Doctor, entre tanto, no paraba de pelearse con sus papelógrafos. Aunque sus cuadros eran lo más horroroso que se podía concebir, sus tres camaradas tenían la infinita misericordia de simular que entendían.

-Perdón –dijo el Conde, al perderse en uno de los detalles-. Ya sabes los problemas que tengo con la atención.

-Los de memoria son sólo una consecuencia –apuntó el Narizón-. ¿Por qué no preparamos un poco de café?

Su moción pasó desapercibida del mismo modo que años atrás cuando se le ocurría comprar ron mientras esperaban la comisión de Los Intocables.

-Necesitamos algunos panfletos informativos para distribuir –señaló el Champero.

-Lo tengo todo controlado –indicó el Narizón-. Recogeré un millar en dos días.

El Champero se rascó el mentón.

-¿Dos días? –chilló-. ¿Tanto demora imprimir esa huevada?

El Conde arremedó las rabietas de su amigo cuando se terminaba en dos horas la dosis de una noche entera.

-¡“Quiero lo que quiero cuando lo quiero y lo quiero ahora, carajo!”.

El Doctor puso de nuevo el tono.

-¿Cómo vamos con el material, Narizón?

-Proyector de data show, comprado.

-Bien. Eso nos servirá para las presentaciones en las instituciones.

Tras la pausa para el almuerzo –un par de pollos a la brasa con papas fritas y ensalada comprados en el restaurante que antes ocupaba el local del chato Walter-, empezaron una nueva reunión de negocios. El Doctor invirtió veinte minutos hablando sobre los principios de autoridad y autonomía. Los demás no entendieron una palabra, pero igual decidieron seguirlos.

—-

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