La cocina del infierno: Comando Meón (III) Segunda Parte

Fernando Morote

Equipo

El Champero no cejaba en su afán por aprender.

-¿Servidor de confianza? –preguntó- ¿Qué carajo es eso?

El Doctor, turbado, no sobresalía por su temperancia. Respiró hondo.

-Servidor de confianza –dijo- es el miembro de un cuerpo de servicio, elegido para cumplir ciertas responsabilidades.

-Y una vez que asume el cargo –explicó el Narizón-, le quitan la confianza.

-Entonces se vuelve sospechoso –puntualizó el Conde.

-Lo que necesitamos es definir quién hace qué –sostuvo el Doctor.

-¿Qué hacemos, entonces? –inquirió el Champero.

El Doctor se puso de pie y caminó hasta la mesa de centro. Sobre ella refulgían dos jarras de limonada y una fuente con sánguches de chicharrón y camote frito.

-En principio cada uno de nosotros –dijo, mientras dibujaba unos muñequitos escuálidos y cabezones- ocupará una posición específica. Pero luego rotaremos.

El Champero volvió a participar:

-¿Quieres decir que habrá un presidente o un director?

El Doctor estaba al borde de transformar su impaciencia en intolerancia. Pestañeó compasivamente.

-Eso no existe aquí, hermano.

-La idea es que no hayan jefes –consintió el Conde-. Eso está claro.

El Champero se acarició la barbilla. Por fin, después de tantos años y sólo por ser el anfitrión de la fecha, presentaba a sus amigos una mandíbula bien afeitada.

-Somos un equipo –enfatizó el Doctor.

-Ok –dijo el Narizón-. Dime qué quieres que haga.

-No te lo voy a decir yo –replicó el Doctor-. El grupo lo decidirá.

-Hagamos esto simple, Doctor –apuró el Narizón-. No podemos pasarnos la tarde hablando.

El Doctor recogió un plumón de color azul y escribió unas palabras en la pizarra acrílica apostada junto al televisor.

-Ésta es mi propuesta….

-¿Otra vez, Doctor? –refutó el Champero- ¿Coordinador, secretario, tesorero y relator?

-Quedamos en que nos deshacíamos del comité y nos organizábamos como un comando –secundó el Narizón.

-Nunca he estado en un comando, huevones –aclaró el Doctor-. ¿Cómo puta quieren que diseñe la estructura de uno?

-Ése es el liderazgo que extrañaba –resopló el Conde.

El Doctor lo fulminó con expresión indescifrable.

-Tranquilo, Doctor –recalcó el Conde-. Me refiero a la humildad.

-Muy bien –dijo el Doctor-. Escucho sus iniciativas.

-El coordinador está bien –aceptó el Narizón.

-Necesitamos un encargado de logística –planteó el Conde.

-Otro de operaciones –apuntó el Champero.

-Y uno de finanzas –recordó el Doctor.

Aunque ninguno de los cuatro daba la sensación de tener un lógico concepto de las funciones a distribuir, tras unos minutos de deliberación resolvieron asignar al coordinador la planificación de las acciones; al encargado de logística, la gestión de una camioneta, una cámara de video, un micrófono y un par de reflectores; al de operaciones, la misión de trazar las rutas a seguir y los objetivos a derribar; y al de finanzas, el abnegado trabajo de recolectar los fondos necesarios para cubrir los gastos involucrados.

-Necesitaremos además un libreto –recomendó el Conde-. Para no improvisar.

-Muy profesional el Conde –bromeó el Champero.

A fin de evitar mayores dilaciones, el Doctor asumió el desafío.

-Eso será muy fácil para mí –aseguró.

Alcanzado el acuerdo, era el momento de poner nombre propio a cada posición.

-Tenemos tres modalidades de votación –informó el Doctor-: a mano alzada, por voz o secreta.

-¿Pero qué vamos a votar? –indagó el Champero.

El Doctor devolvió la bola como un tenista afilado.

-Elecciones.

-¿Estás seguro de que ésas son las únicas opciones que tenemos? –insistió el Narizón.

-Puede haber más –mencionó el Doctor-. Pero dijiste que querías mantenerlo simple.

-Ok –concedió el Conde-. ¿Quiénes son los candidatos?

-Ustedes dirán –dijo el Doctor-. ¿Quién se propone para coordinador?

Sus tres amigos lo miraron con gesto obvio.

-De acuerdo –dijo el Doctor, sonriendo-. Yo soy el coordinador.

-¡Y guía espiritual del movimiento! –bramó el Narizón, levantando ambos brazos en señal de triunfo.

Otra breve discusión dio como resultado al Champero encargándose de los pertrechos, al Conde de las actividades de abordaje y al Narizón del peculio. El proceso les enseñó que la buena voluntad logra milagros y que el consenso elimina los conflictos generados por la terquedad.

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