La cocina del infierno: Comando meón (II) Segunda Parte

Fernando Morote

Comando Meón





 

El Conde ofreció su garaje para la reunión. No era fácil encontrar un lugar donde sentarse en medio de los cachivaches acumulados a lo largo de los años. El Narizón arrastró un balde que puso de cabeza contra el piso; el Champero acondicionó una caja rota de frutas; el Doctor se repantigó sobre tres llantas, una encima de otra; y el Conde jaló un maltrecho banquito de madera.

—¿No tendrás una mesa, Conde? —reclamó el Doctor, maniático por el orden.

El Conde removió unos trastos arrumados en uno de los rincones y extrajo una tabla plegable de plástico. Una vez sentados, más de uno asoció el momento con los tiempos del dominó, las chelas, los tabacos y los tiros. Pero ahora los congregaba una misión cívica. El propósito era plasmar en su país lo que habían visto, admirado y aprendido en otras latitudes.

—Necesitamos organizarnos como un comité —planteó el Doctor.
—¿Qué es un comité? —preguntó el Champero.

El Narizón se precipitó a ilustrar el concepto:

—Un grupo de personas que discuten horas y lo único en que se ponen de acuerdo es que nunca se pondrán de acuerdo.

La carcajada les permitió comprender que, debido a la trascendencia de la empresa, era preciso no tomarla demasiado en serio.

—No me convence un comité —cuestionó el Champero.
—¿Por qué no? —objetó el Conde.
—No sé. Me parece muy formal. Suena medio huevón.

El Narizón intervino:

—Es cierto. Debe ser algo divertido. Algo que haga pensar que hay unos hijos de puta detrás.
—¿Algo como qué? —dijo el Doctor.
—¿Qué tal un comando? —sugirió el Champero.
—¿Comando? —replicó el Doctor— ¿Crees que todavía estamos en guerra?
—No está mal —dijo el Narizón—. Eso tiene gancho.

El Conde pensaba, mirando fijamente la puerta del garaje.

—Ya que vamos a joder a los meones —dijo, al cabo de unos minutos—, ¿por qué no nos llamamos el Comando Meón?
—¿Comando Meón? —repitió el Doctor.
—Es perfecto —afirmó el Narizón—. ¿Todos de acuerdo?
—El Conde es un genio —sentenció el Champero.

El Doctor se rindió. Soltó sus músculos faciales y sonrió bajando los ojos. Sabía que sus hermanos tenían razón. Aunque se cuidó de no confesarlo. Por el bien de la causa renunció a la presión que su ego ejercía sobre él para obligarlo a controlar la situación.

(Sigue leyendo)

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