La cocina del infierno: Comando meón (I) Segunda parte

Fernando Morote

Pis

-¡Cómo ha cambiado todo, por la puta madre! –dijo el Narizón.

Pompeya no era la misma. El tren eléctrico, cuyas columnas permanecieran por más de dos décadas como macabro vestigio de un proyecto inconcluso, por fin funcionaba. Los buses del servicio metropolitano habían reemplazado a las viejas, improvisadas, apestosas e infrahumanas unidades que hacían del transporte público peruano el más ridículo, cómico y desesperante de Sudamérica. La industria de la construcción experimentaba una expansión sin precedentes. Los exquisitos sabores de la comida típica se habían internacionalizado al grado que el turismo gastronómico superaba ampliamente al tradicional. El terrorismo había sido derrotado y la hiperinflación, detenida. El país se había convertido en uno de los líderes de crecimiento económico en la región y constituía un auténtico paraíso para los negocios y las inversiones foráneas.

-Increíble… –exclamó el Doctor.

El Narizón se largó a Estados Unidos cruzando la frontera por México, entre coyotes y persecuciones, cuando todavía estaba soltero. El Doctor hizo lo mismo varios lustros después, pero acarreando familia e ingresando legalmente por el aeropuerto de Los Ángeles.

-Nuestra ramada al centro del parque –suspiró el Conde-, le han metido cemento con rabia.

-Y han puesto una virgen –agregó el Champero.

-Una caseta de serenazgo, además –apuntó el Doctor.

-No hay lugar para los tabacazos –fue la preocupación del Narizón-. Ni las chelas.

Rieron con sorna, burlándose de sí mismos. Por diferentes razones, cada uno lo había dejado a su tiempo. El Champero, desde que volvió de su periplo por Chile, Argentina y Brasil, se había consagrado como pastor de una iglesia evangélica; ni siquiera tomaba café. El Conde sólo consumía jugos naturales de fruta; su trabajo como profesor en un colegio fiscal –nunca se animó ni tuvo los recursos para abandonar el Perú- le exigía mayor compostura. El Doctor, viviendo en California, se integró a un grupo de autoayuda. Y el Narizón, sorpresivamente transformado en padre de familia, regresó de Nueva York jodido del hígado.

Cuando el jolgorio cesó, el Conde cayó en un repentino estado de reflexión.

-¿Se han fijado que hay una cosa que no ha cambiado?

Los otros tres se miraron durante unos segundos. El Doctor saltó con una respuesta:

-La gente sigue meando en las calles.

-Es cierto –dijo el Narizón.

-Deberíamos hacer algo –sugirió el Conde.

-¿Podemos, acaso? –preguntó el Champero.

-Claro que sí –afirmó el Doctor.- Yo sé cómo.

—-

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