La cocina del infierno: Comando meón (XII)

Fernando Morote

Revuelta







Al Conde le preocupaba la congoja de su padre.

Como suboficiales de la policía, éste y sus compañeros se sentían postergados por un régimen militar que los consideraba apenas fuerzas auxiliares. No contaban con representación alguna en los organismos de gobierno. Sus reclamos por mejoras salariales eran olímpicamente desatendidos. Los maltratos que sufrían no tenían cuando acabar. El descontento propagado de comisaría en comisaría se tradujo en una manifestación que derivó en la conformación de una comisión negociadora. Ante la indiferencia de las autoridades políticas, amenazaron con la paralización total de sus funciones. Al fracasar las conversaciones, cumplieron su palabra y el martes 4 de Febrero de 1975 la ciudad de Lima amaneció completamente desguarnecida. En las últimas horas de la tarde de ese mismo día empezaron a sentirse las consecuencias, sobre todo por la congestión del tráfico, el aumento de atracos y la proliferación de la delincuencia.

Hacia la medianoche unidades blindadas del Ejército, enviadas por el general Velasco, sitiaron el cuartel de Radio Patrulla en el distrito de La Victoria exigiendo la entrega de los dirigentes policiales y el fin de la huelga. Al no haber respuesta, a las cuatro de la madrugada del 5 de Febrero se produjo la toma violenta del local. En los barrios colindantes la población podía escuchar el tableteo de ametralladoras y el estruendo de tanques. Culminada su labor, las tropas se retiraron.

Muchos agentes huyeron y otros se rindieron. Las horas siguientes fueron de incertidumbre. La gente temía salir de sus hogares, pero poco a poco comenzó a darse cuenta de la falta de control. En la mañana estalló el caos. Turbas de protestantes invadieron las calles. Incendiaron el Casino Militar situado en la Plaza San Martín y el Centro Cívico frente al Palacio de Justicia. Paralelamente iniciaron una ola de saqueos a tiendas y supermercados.

Contraviniendo las órdenes de su padre, el Conde se solidarizó con la causa y decidió unirse a los actos de vandalismo. En una imagen que permaneció inédita para los tabloides y noticieros televisivos, fue visto por un segmento de la multitud empujando pesadamente en plena Avenida Wilson un refrigerador blanco arrebatado de una casa de electrodomésticos.

La milicia intensificó su represión a los insurrectos. El Conde, entre ellos. En medio de la trifulca uno de los vehículos blindados arremetió contra él y lo hizo volar a 30 metros de distancia. Despatarrado sobre la calzada, en lugar de pedir auxilio rodó hasta ganar un área segura, lejos de los balazos. Pestañeando a toda velocidad, en señal de descanso (o de alivio), alcanzó a escuchar la voz de un piadoso transeúnte que llegó a socorrerlo, preguntándole cómo se sentía. Presuroso, respondió:

—Mikirimikimiki.

Mientras la luz se apagaba en sus retinas, lo embargó el recuerdo fugaz del sermón dominical oficiado por el párroco de Pompeya: “¿Por qué temer y espantarse, o entrar en pánico, ante la idea del fin del mundo? Cuando hablamos de ello solemos pensar en cataclismos y desgracias sobrenaturales, imágenes aterradoras de muerte y destrucción a escala mundial. No es así, queridos. Sigamos el ejemplo de nuestro santo varón, por quien celebramos esta misa de cuerpo presente, que al partir a la morada del Señor se encontraba feliz y sereno sabiendo que volvía a los brazos del Padre y que ése era el fin del mundo para él. ¿No les parece hermoso, hermanos?”.

Entonces cerró los ojos.

—Mikirimikimiki —repitió, susurrando, antes de perder el conocimiento.

Al cúlmino de la jornada, el movimiento revolucionario del Cojo había suspendido las garantías constitucionales y declarado el toque de queda a partir de las seis de la tarde.

Las cifras oficiales registraban que el nefasto balance dejado por los desmanes fue de 86 muertos, 155 heridos, 1012 detenidos y 53 policías enjuiciados. El padre del Conde, entre ellos.

(Sigue leyendo)

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