Grajeas eróticas: “Serendipity”

Harry Rainmaker

Sensual

No podría decir como empezó. Llevaban más de dos días sin dormir y mañana había que presentar las cinco cajas con la oferta para la licitación. Mañana. Faltaba tan poco para mañana y recién las primeras hojas empezaban a salir de la impresora, para ir a alinearse sobre la inmensa mesa directorio de raíz de nogal que tanto amaba el jefe supremo.

Igual, la sensación de tarea cumplida planeaba por el recinto. Hubo un suspiro y una inocente expresión de deseos sobre cuánto daría por un masaje que le aliviase la formidable contractura que le atenazaba las vértebras. Aunque por poco no eran de la misma edad, ella era su jefa y él vaciló. Una límpida mirada le convenció de que lo avanzado de la hora y las emergencias compartidas, consentían romper las jerarquías así como la línea imaginaria del espacio personal.

Al principio fue torpemente clínico, o casi. Sin embargo, el correr de sus manos por la espalda de ella operó como un encantamiento. Con una pericia que desconocía se entregó a tomar nota de cada porción de sus hombros. Imperativamente, necesitó sentir esa piel bajo sus dedos y como en silenciosa respuesta, ella inclinó el cuello, se recogió el cabello y dejó que se deslizara apenas la bretelle de su primoroso vestido de marca. Para él fue como descubrir un retazo de luna. Sus dedos se hicieron pájaros surcando el cielo de su cuerpo y se dejó embriagar por el mar de jazmines que exhalaba su piel.

De repente, creyó que imaginaba cosas y estuvo a punto de abandonar la faena, asustado. Un ronroneo apenas audible y el delicioso erizo en que se había convertido ella lo persuadió a continuar despejando la escarcha que todavía los separaba.

Le hizo el amor sobre la inmensa mesa directorio de raíz de nogal. De pie la embestía con tanta ternura. Ella lo envolvía entre sus piernas, yaciendo entre las hojas revueltas. No se dijeron nada, menos por no alertar a los colegas que por no quebrar la indecible magia. Pero no dejaron de mirarse en los ojos todo el tiempo. Ella comenzó a morderse el labio inferior y le atrajo aún más contra sí. Él sintió que un fuego nuevo lo consumía y necesitó estar más dentro aún. Nunca habían experimentado la sensación del espíritu pugnando por liberarse de la prisión corpórea. Pronto lo averiguaron cuando finalmente sus almas fueron una al tiempo que los arrebataba una vorágine de felicidad. Él sonrió, ella sollozaba. El sentimiento era el mismo.

No podría decir como empezó, el amor tiene esas cosas. Y a veces disfruta de ciertas concesiones irreverentes.

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