Grajeas eróticas: “Ecos de caverna”

Harry Rainmaker

Piercing

Acodado en la barra, mareaba unos hielos en el vaso de whisky, mientras dejaba que los ojos codiciosos merodearan por la pista de baile. Indolente, jugaba a recomponer los contornos que las luces giroscópicas extirpaban a la prudente oscuridad, hasta que el vagabundeo visual recaló en un cuerpo femenino, destacado entre la masa informe. Unos pantalones blancos, que parecían no consentir otro milímetro de esfuerzo, se las apañaban para encerrar un trasero monumental; al tiempo que bajo una mínima blusa de seda, unos pechos rotundos como planetas, desconocían la moderación de sostén ninguno.

Y para completar la progresiva enajenación, una perla en el vientre desnudo ejercía de calidoscopio irisado.

Con lejano eco de guerras trogloditas, el cabello inflamado oficiaba de bandera y las sienes empapadas susurraban recuerdos de lecho recién revuelto. Poseída por el pungente ritmo, la muchacha cerró los ojos, se mordió golosamente el labio inferior y su rostro prefiguró una morbosa perfección, que disparó la despótica convocatoria del cuerno de combate.

Fue entonces que, desertando del cobijo cavernario, el hombre primordial se aventuró a la sabana, presto a la beligerancia.

 

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