Grajeas eróticas: “Estrella fugaz”

Harry Rainmaker

Senos

Soy el capataz. A veces me toca ir hasta el supermercado a comprar la provista. No es algo que me guste. Hay mucha gente. Y todos andan apurados, como zombis. Creo que cuando bajo al pueblo me convierto en uno de ellos así que trato de hacer las compras y volver lo antes posible. Ya había conseguido todo, ya lo había cargado en la caja de la camioneta. Justo le estaba por dar marcha cuando me entró un mensaje de la Eulogia. Me pedía que le comprara cigarros. Empecé a protestar en la soledad del estacionamiento cuando reparé en una chica que se acercaba. Abrió el coche que estaba estacionado frente a mí, trompa con trompa. Se puso a descargar sus bolsas. Paré de maldecir para mirarla. No era para nada agraciada pero sin embargo, tenía algo que la hacía imposible de ignorar. La ropa, sin estridencias, realzaba la rotundidad de sus formas. Cada vez que se inclinaba para dejar una bolsa en el asiento de atrás, sus pechos acompañaban el gesto con un oscilar hipnótico. Me convertí en un fisgón y tomé nota de cada detalle, imaginando ese cuerpo perfecto, esas tetas preciosas. Terminó de bajar las cosas, cerró la puerta y se subió del lado del acompañante, exactamente frente a mí. Supongo que por el esfuerzo o por el sol del mediodía, le debe haber incomodado el sweater que llevaba. Y con gesto delicado, se lo quitó por encima de la cabeza, levantando sin querer la camiseta que llevaba debajo. La sacudida de sus pechos me sorprendió. No me lo esperaba. Libres, desnudos, firmes, redondos. Unas aureolas grandes y muy oscuras. Unos pezones gordos como dados. Fue apenas una visión fugaz porque rápidamente corrigió el desafortunado movimiento. Pero no hizo falta más, lo había atestiguado todo. La chica nunca supo que yo estaba allí. No pudo verme porque la camioneta tiene los vidrios polarizados. Enseguida llegó su pareja o lo que sea, puso una caja grande detrás, se subió, le dio arranque y se fueron. Con pasión adolescente, el corazón se me saltaba del pecho. Bueno, no era lo único que se me había desbocado. Volví a la estancia con urgencia. Cuando llegué, la Eulogia estaba en la despensa, agachada buscando unas latas de tomate. Me acerqué. No hizo falta que dijera nada. Sin mirarme, sabía de mis intenciones. Empezó a echarme, como siempre, pero la apoyé y sintió la fiereza de mi erección. Se incorporó un poco, se afirmó en uno de los estantes y me dijo: —Dale, aliviate rápido que están por venir los patrones. No hizo falta que me lo pidiera. Mientras que con una mano liberaba mi estoque torturado, con la otra le levantaba las faldas y me hacía espacio entre sus bragas empapadas. De un solo empellón estuve dentro. Gritó, no sé si de asombro o felicidad. No me importó ese culo gordo ni las tetas como mostrador rindiéndose a la ley de gravedad. No me importó el olor a comida y cigarrillo de su piel. No me importaron sus gemidos desesperados por la furia de mis embestidas. Ni siquiera me importó saber que se corría temblando, también como siempre. Yo la montaba con locura, con desesperación, totalmente extraviado. Yo tenía frente a mí esas tetas redondas, jóvenes y fugaces.

 

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