Correspondencia entre George Sand y Gustave Flaubert [Fragmentos]

George Sand y Gustave Flaubert

 

 

5. SAND A FLAUBERT

[Nohant, 1 de octubre de 1866]
Lunes por la tarde

Querido amigo,

Su carta me ha llegado desde París. Así que la tengo. Demasiado hay en ella como para perdérmela. No me habla usted de inundaciones. Supongo, pues, que el Sena no ha hecho barbaridades en su casa y que el tulipero no ha empapado sus raíces. Temo cualquier fastidio para ustedes, y me pregunto si el terraplén ha sido lo bastante alto para protegerlos. Aquí, nosotros no tenemos nada que temer de ese estilo. Nuestros arroyos son bastante traviesos, pero los tenemos lejos.

Dichoso usted, que tiene recuerdos tan nítidos de otras existencias. Mucha imaginación y mucha erudición, he ahí su memoria. Pero, si uno no recuerda nada tan distintamente, llega a tener un sentimiento vivísimo de su propia renovación en la eternidad. Yo tenía un hermano muy gracioso que a menudo decía: cuando yo era perro… Creía ser hombre desde hacía bien poco. Yo creo que he sido vegetal o piedra. No estoy siempre segura de existir completamente, y otras veces creo sentir una gran fatiga acumulada por haber existido demasiado. En fin, no sé, y no podría, como usted, decir: poseo el pasado. Pero, entonces, ¿usted cree que uno no muere, sino que vuelve a ser? Si osa decir eso a los incrédulos, tiene valor, y eso es bueno. Yo sí tengo ese coraje, lo cual me hace pasar por imbécil, pero no arriesgo nada: ¡soy imbécil desde tantos otros puntos de vista!

Estaría encantada de tener su impresión por escrito sobre la Bretaña. Yo no he visto lo suficiente como para hablar de ello. Pero buscaba una impresión general, y me sirvió para reconstruir una o dos escenas que necesitaba. También se lo leeré, aunque todavía es un engendro informe. ¿Por qué su crónica se quedó inédita? Es usted coqueto; no encuentra todo lo que hace digno de ser mostrado. Es un error. Todo lo que proviene de un maestro es enseñanza, y no debe tener miedo a mostrar sus croquis y sus esbozos. Incluso éstos están muy por encima del lector, y se le dan tantas cosas de su nivel que el pobre diablo permanece en la vulgaridad. Hay que amar a los estúpidos más que a uno mismo, ¿acaso no son ellos los verdaderos desgraciados de este mundo? ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum.

Le he oído decir a usted: Yo no escribo más que para diez o doce personas. En las charlas se dicen un montón de cosas que son resultado de la impresión del momento. Pero no es el único que lo dice. Es la opinión, o la tesis, del día. Yo protesté interiormente. Las doce personas para las cuales escribe y que lo aprecian, lo igualan o lo superan. Y, a su vez, nunca ha tenido necesidad de leer a las once restantes para ser usted. Por lo tanto, uno escribe para todo el mundo, para cualquiera que necesite ser iniciado. Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar.

Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.

¿Es, pues, desde el 89 que se desbarra? ¿No era necesario desbarrar para llegar, no ya al 48, cuando todavía se desbarró más, sino para llegar a lo que debe ser? Ya me dirá qué piensa usted sobre ello, y yo releeré a Turgot para complacerlo. ¡No le prometo retroceder hasta Holbach, por bueno que sea!

Ya me avisará usted cuando sea el momento de la obra de Bouilhet. Yo estaré aquí, trabajando duro, pero dispuesta a salir corriendo y amándolo de todo corazón. Ahora que prácticamente ya no soy una mujer, si el buen Dios fuera justo, me convertiría en hombre. Tendría así la fuerza física necesaria para decirle: viajemos a Cartago o más allá. Pero, en fin, se retrocede a la infancia, que no tiene sexo ni energía, y es en otra parte, bien lejos, donde uno se renueva. ¿Dónde? Yo lo sabré antes que usted y si puedo, regresaré para decírselo en sus sueños.

[sin firma]

 

16. SAND A FLAUBERT

[París, 7 de diciembre de 1866]

¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.

[sin firma]

 

17. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 15-16 de diciembre de 1866]
Noche del sábado

[…] Mi estilo continúa procurándome pegas considerables. Espero, de todas maneras, haber pasado el peor tramo en un mes. Pero actualmente estoy perdido en un desierto. En fin, ¡que sea lo que Dios quiera!

¡Con qué placer abandonaría ahora mismo este género para no regresar a él jamás! ¡Pintar a los burgueses modernos y franceses ya ofende considerablemente a mi nariz! Y además, ¿no sería ya hora de divertirse un poco en la vida y de escoger temas agradables para el autor?

Me expresé mal cuando le dije “que no habría que escribir con el corazón”. Quise decir que no habría que poner la propia personalidad en escena. Creo que el gran arte es científico e impersonal. Es necesario, con un esfuerzo del espíritu, meterse en los Personajes, y no atraerlos hacia uno mismo. He ahí al menos el método, lo que equivale a decir: intenta tener el máximo de talento e incluso de genio, si puedes. ¡Qué vanidad en todas las Poéticas y en todas las críticas! Y el aplomo de los que las escriben me asombra. ¡Oh, nada los altera, a esos tipejos!

¿Ha notado usted que a veces hay en el aire corrientes de ideas comunes? Acabo de leer la última novela de mi amigo Du Camp, Les Forces perdues. Me recuerda mucho, en varios aspectos, a lo que yo hago. Es un libro (el suyo) bastante ingenuo y que da una idea justa de los hombres de nuestra generación, que se han convertido en auténticos fósiles para los jóvenes de hoy. La Reacción del 48 cavó un abismo entre las dos Francias. […]

En fin, buenas noches. La beso tiernamente en las dos mejillas.

Gustave Flaubert

 

18. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 12-13 de enero de 1867]
Noche del sábado

Yo sigo manoseando mi novela. Me iré a París cuando esté al final de mi capítulo, hacia mediados del mes que viene. Continúa su lenta marcha. Esculpo laboriosamente a mi tipejo, como un forzado. Y yo mismo lo soy (un tipejo, si no un forzado), y uno bastante triste.

Al contrario de lo que usted supone, “ninguna bella dama” viene a visitarme. Las bellas damas han ocupado mucho mi espíritu, pero me han quitado muy poco tiempo. Tratarme de anacoreta es quizá una comparación más justa de lo que usted misma cree. Paso semanas enteras sin intercambiar una palabra con un ser humano. Y al final de la semana, me resulta imposible recordar un solo día, ni un hecho cualquiera. Veo a mi madre y a mi sobrina los domingos y eso es todo. Mi única compañía consiste en una banda de ratas que hacen en el granero, por encima de mi cabeza, un alboroto infernal, cuando el agua no brama y el viento no sopla. Las noches son negras como la tinta, y me rodea un silencio semejante al del Desierto. La sensibilidad se exalta desmesuradamente en un lugar así. Tengo palpitaciones por nada, cosa comprensible, por otra parte, en un viejo histérico como yo. Porque sostengo que hay hombres histéricos, igual que las mujeres, y yo soy uno de ellos. Cuando escribí Salambó leí a “los mejores autores” sobre esa materia y reconocí todos mis síntomas: siento la bola en el cuello y los pinchazos en el occipucio. Todo eso resulta de nuestras alegres ocupaciones. Eso es lo que sacamos de atormentar el alma y el cuerpo. Pero ¿y si ese tormento es lo único que merece la pena en este mundo?

Creo que ya le dije que había releído Consuelo y La Comtesse de Rudolstadt. Me ha ocupado cuatro días. Charlaremos sobre ellas largamente cuando usted quiera. ¿Por qué me he “enamorado” de Liverani? Será que tengo los dos sexos, quizá. […]

Haga usted una reverencia a su bella hija, dé un apretón de mano a su hijo, dé cuatro besos en las mejillas a la señorita Aurore. En cuanto a usted, cuídese, por el amor de

su viejo

Gustave Flaubert

 

20. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 23-24 de enero de 1867]
Noche del miércoles

He seguido sus consejos, estimado maestro. ¡He hecho ejercicio! ¿Qué le parece? El domingo por la noche, a las once, había tal claro de luna, sobre el río y sobre la nieve, que me asaltó un prurito de locomoción. Y salí a pasear durante dos horas y media. Iba fantaseando, figurándome que viajaba por Rusia o por Noruega. Cuando la marea subió e hizo crujir los témpanos del Sena y el agua helada que cubría el curso, fue, sin ironía alguna, espléndido. Entonces pensé en usted, y la eché de menos.

No me gusta comer solo. Tengo que asociar a alguien o la idea de alguien a las cosas que me dan placer. Me pregunto, yo también, por qué la quiero. ¿Es porque es usted un gran Hombre o un ser encantador? No lo sé. Lo que es seguro, es que siento por usted un sentimiento particular y que no puedo definir.

Y a propósito de esto, ¿cree usted (que es Maestro en psicología) que uno ama a dos personas de la misma manera? ¿Y que uno experimenta alguna vez dos sensaciones idénticas? Yo creo que no, ya que nuestra individualidad cambia en todos los momentos de nuestra existencia.

Usted me escribe cosas bellas sobre los “afectos desinteresados”. Eso es verdad. Pero ¿no lo es lo contrario? Siempre hacemos a Dios a nuestra imagen. En el fondo de todos nuestros amores y de todas nuestras admiraciones nos reencontramos: ¿nosotros? ¿o alguna cosa aproximada? Qué más da, si nosotros nos va Bien.

Mi yo me importuna, por momentos. ¡Cómo me pesa sobre los hombros ese tipejo! ¡Escribe tan lentamente! Y no para de quejarse de su trabajo. ¡Qué castigo! ¡Y qué maldita idea, haber escogido un tema como éste! Debería darme usted una receta para ir más deprisa; ¡y usted se queja de tener que buscar fortuna, usted! […]

He recibido un mensaje de Sainte-Beuve que me confirma su buena salud.

Pero me suena lúgubre. ¡Parece desolado por no poder frecuentar los bosques de Cypris! ¡Está en lo cierto, después de todo! Al menos en su certeza, que viene a ser lo mismo. ¿Me pareceré a él cuando tenga su edad? No lo creo. Al no haber tenido la misma juventud, mi vejez será diferente. Esto me recuerda que había pensado, en otro tiempo, en un libro sobre Sainte-Périne. El señor Champfleury ya trató el tema, a lo idiota. Porque yo no le veo nada de cómico (ni al tema, ni a Champfleury). Yo lo habría hecho atroz y lamentable. Creo que el corazón no envejece. Incluso hay gente a quien se le hace más grande con la edad. Yo era más seco y áspero a los veinte años que hoy. Me he feminizado y enternecido con el tiempo, así como otros se endurecen. Y eso me indigna. Siento que me vuelvo fofo. Apenas hace falta nada para conmoverme. Todo me perturba y me agita. […]

Adiós, pues. Piense en mí. Le envío mis mejores abrazos.

Suyo

Gustave Flaubert

 

40. SAND A FLAUBERT

[Nohant, 15 de octubre de 1868]

Heme aquí en nuestra casa, donde, después de haber abrazado a mis hijos y nietas, he dormido 36 horas de un tirón. Estaba agotada, pero ni me había dado cuenta hasta ahora. Me despierto de esta hibernación como un animal, y eres la primera persona a quien quiero escribir. No te he agradecido aún que vinieras por mí a París, tú que te desplazas poco; tampoco nos vimos más; cuando supe que habías cenado con Plauchut, lamenté haber tenido que quedarme consolando el bajón de Thuillier, a quien no le pude hacer ningún bien y que tampoco me lo agradeció mucho. Los artistas son niños mimados, y los mejores son grandes egoístas. Dices que los amo demasiado; los amo como amo los bosques y los campos, todas las cosas, todos los seres que conozco un poco y que siempre estudio. Hago mi mundo en medio de todo eso y como amo mi mundo, amo todo lo que lo alimenta y lo renueva. No me afectan las miserias: pero no las siento. Sé que todos los peces tienen espinas. Eso no me impide meter las manos y encontrar flores. Aunque no todas son bellas, todas son curiosas. El día que me llevaste a la abadía de Saint-Georges, encontré la scrofularia borealis, planta rarísima en Francia. Estaba encantada; había montones de mierda en el lugar donde la cogí. Such is life!

Y si no la tomas así, la vida, no la puedes tomar por ningún lado, y entonces, ¿cómo hacer para soportarla? Yo la considero divertida e interesante, y aunque lo acepte todo, soy tanto más feliz y entusiasta cuando encuentro lo bello y lo bueno. Si no tuviera un gran conocimiento de la especie, no te habría comprendido tan rápidamente, conocido tan rápidamente, amado tan rápidamente. Puedo tener una indulgencia enorme, tal vez banal, tanto ha tenido que ejercitarse. Pero el aprecio es otra cosa, y no creo que eso se haya desgastado todavía en el espíritu de tu viejo trovador.

He encontrado a mis hijos siempre buenos y tiernos, a mis dos niñitas alegres y dulces siempre. Esta mañana, soñaba, y me he despertado diciéndome esta extraña frase: Siempre hay un gran protagonista joven en el drama de la vida. Protagonista en la mía: Aurore. La verdad es que es imposible no idolatrar a esa pequeña. Su inteligencia y su bondad son tan completas que me parece un sueño.

Tú también, sin saberlo, eres un sueño… así es. Plauchut te ha visto una vez y ya te adora. Eso demuestra que no es estúpido. Cuando dejé París, me encargó que te diera recuerdos de su parte. […]

Un tierno abrazo para ti y también para tu mamá. Dame algún signo de vida. ¿Avanza la novela?

George Sand

 

41. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 31 de octubre de 1868]
Sábado por la noche

Siento remordimientos por no haber respondido en tanto tiempo a su carta, querida maestra. Usted me hablaba “de las miserias” pasadas. ¿Cree que las ignoraba? Le confesaré incluso (entre nosotros) que me sentí, en esa ocasión, herido, más todavía en mi buen gusto que en mi afecto por usted. No encontré a muchos de sus íntimos suficientemente interesantes. «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo llegan a ser los hombres de letras tan estúpidos!», fragmento de la correspondencia de Napoleón I. Bonito fragmento, ¿eh? ¿No le parece que lo denigran demasiado, a ese hombre?

La infinita estupidez de las masas me hace ser indulgente con los individuos, que tan odiosos pueden llegar a ser. He acabado de leer los diez primeros tomos de Buchez y Roux. Lo que he sacado en claro es un inmenso disgusto al enfrentarme con los Franceses. ¡En nombre de Dios! ¡Hemos sido tan ineptos durante todo este tiempo en nuestra bella patria! Ni una idea liberal que no haya sido impopular, ni una cosa justa que no haya escandalizado, ni un gran hombre que no haya recibido huevos podridos o cuchilladas. «Historia del espíritu humano, historia de la necedad humana», como dijo el señor Voltaire.

Y me convenzo cada vez más de esta verdad: estamos podridos de catolicismo. La doctrina de la Gracia nos ha llegado tan al fondo, que el sentido de la Justicia ha desaparecido. Lo que más me ha horrorizado de la historia del 48, como de sus orígenes naturales en la Revolución, es que no se despegó de la Edad Media, a pesar de lo que se cree. He encontrado en Marat fragmentos enteros de Proudhon, y creo que los volvería a encontrar en los predicadores de la Liga.

¿Cuál es la medida que propusieron los más avanzados después de Varennes? La Dictadura. Y la dictadura militar. Se cerraron las iglesias, pero se elevaron los templos, etc. Le aseguro que me vuelvo estúpido con la Revolución. Es un abismo que me fascina.

Sin embargo, trabajo en mi novela como una bestia. Espero que a finales de año no me queden más de cien páginas por escribir. Es decir, aún seis buenos meses de trabajo. Iré a París lo más tarde que pueda. Voy a pasar el invierno en la más completa soledad, buena manera de perder la vida rápidamente.

Maurice me ha escrito una carta extraordinariamente amable. Pero ¿por qué se deja disgustar por Buloz? Somos demasiado modestos con esos tipos.

¿Cuándo vendrá usted a hacerme una visita? Yo quizá iré a París tres o cuatro días hacia finales de diciembre.

¿Qué hace usted ahora? Etc., etc.

Todo mi cariño.

Gustave Flaubert

 

46. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 1 de enero de 1869]
Noche de Fin de Año, a la una

¿Por qué no empezar el año 1869 deseándole a usted y a los suyos que sea “bueno y feliz, y todo lo demás…”? Es cursi, pero me gusta.

Ahora charlemos: no, no “me enveneno la sangre”, porque nunca me he encontrado mejor. En París me dijeron que me veían “fresco como una jovencita”, ¡y la gente que ignora mi biografía atribuía esta apariencia de salud al aire del campo! ¡He ahí lo que son los prejuicios! A cada uno su higiene. Yo, cuando no tengo hambre, la única cosa que puedo comer es pan seco. Y las cosas más indigestas, como las manzanas para sidra, verdes, y el tocino, son las que me quitan los dolores de estómago. Y otras por el estilo. Un hombre que no tiene sentido común no debe vivir según las reglas del sentido común.

En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es a la vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que quiero!

Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío?

¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento?

¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero? Me parece, en mis momentos de vanidad, que comienzo a entrever lo que debe ser una novela. Pero me quedan todavía tres o cuatro por escribir antes de llegar a ella —¡que por otra parte es una idea muy vaga!— y al ritmo que voy, será mucho si escribo esas tres o cuatro. Soy como aquél que piensa que la iglesia más bella sería aquella que tuviera a la vez la torre de Estrasburgo, la columnata de San Pedro, el pórtico del Partenón, etc.; tengo ideales contradictorios.

¿Que “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La Musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que la Mujer! No puedo compartir a la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los Sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los cincuenta; ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!

Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo…!

Estuve en París tres días que empleé en buscar datos y recorrer lugares para mi libro. Estaba tan extenuado el viernes pasado que me acosté a las siete de la tarde. Así son mis locas orgías en la capital.

Encontré a los Goncourt admirando frenéticamente una obra titulada Histoire de ma vie de G. Sand. Lo cual demuestra por su parte más buen gusto que erudición. Ellos incluso querían escribirle a usted para manifestarle toda su admiración. En cambio, ¡nuestro amigo Harrisse me pareció estúpido! ¡Compara a Feydeau con Chateaubriand, admira mucho Le Lépreux de la cité d’Aoste, encuentra que Don Quijote es aburrido, etc.!

¡Fíjese en qué raro es el Sentido literario! ¡Y sin embargo el conocimiento de las lenguas, la arqueología, la historia, etc., todo eso debería ser útil! La gente que se llama a sí misma instruida se vuelve cada vez más inepta en materia de arte. Lo que es el arte en sí se les escapa. Las glosas son para ellos más importantes que el propio texto. Se fían más de las muletas que de las piernas.

El viejo Sainte-Beuve me ha parecido recuperado. Está irrevocablemente inválido, más que enfermo.

No he tenido tiempo de ir a ver al príncipe, que tiene la fiebre terciana, o que al menos la ha tenido. “He oído decir” (como dicen) que se fatigó en Citerea. ¡Qué hombre tan singular! ¡No por esto, sino por todo lo demás!

No saldré de aquí antes de Pascua. Cuento con haber acabado a finales de mayo.

¡Me verá usted en Nohant, aunque caigan bombas!

¿Y el trabajo? ¿Qué hace ahora, querida maestra?

¿Cuándo nos veremos? ¿Irá a París en primavera?

Un abrazo.

Gustave Flaubert

 

48. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 2 de febrero de 1869]
Martes

Mi querida maestra,

Vea usted en su viejo trovador a un hombre muerto. He pasado ocho días en París a la búsqueda de datos agotadores (de siete a nueve horas de coche todos los días, bonito método para hacer fortuna con la Literatura… ¡en fin!). Acabo de releer mi plan de trabajo. Todo lo que me queda por escribir me asusta, ¡o más bien me asquea hasta el vómito! Siempre es así cuando reanudo el trabajo. ¡Es entonces cuando me hastío! ¡Me hastío! ¡Me hastío! ¡Pero esta vez supera las anteriores! Por eso temo tanto las interrupciones. No podía hacerlo de otra manera, sin embargo. ¡Me he pateado las pompas fúnebres, el Père-Lachaise, el valle de Montmorency, todas las tiendas de objetos religiosos, etc.!

Total, tengo aún para cuatro o cinco meses. ¡Qué buen uf voy a soltar cuando acabe! ¡Y con qué ganas dejaré a los burgueses! ¡Es hora de que me divierta! […]

Usted me hablaba de la Crítica en su última carta, diciéndome que va a desaparecer. Yo creo, al contrario, que está sólo en su aurora. Ahora ha avanzado a contrapié de la época precedente. Pero nada más (de la época de Laharpe, en que era gramática, de la época de Sainte-Beuve y de Taine, en que era histórica). ¿Cuándo será artística, nada más que artística, pero del todo artística? ¿Dónde ha encontrado usted una crítica que se preocupe de la obra en sí, de una manera intensa? Se analiza minuciosamente el medio en que se produce y las causas que la originan. Pero ¿la poética inmanente de la cual resulta? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? Nunca.

Para semejante crítica haría falta una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta. Y además, el gusto, cualidad rara, incluso entre los mejores, hasta tal punto que nadie habla de ella.

Lo que me indigna todos los días es ver cómo se ponen al mismo nivel una obra maestra y una torpeza. Se exalta a los pequeños y se rebaja a los grandes. Nada más necio ni más inmoral.

Hablando de necedad, “he oído decir” que la Plessy se ha vuelto estúpida e insociable. Sus amigos se alejan de ella.

En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso. ¡No se imagina usted el fetichismo de las tumbas! ¡El verdadero parisino es más idólatra que un negro! Me dieron ganas de tirarme en una fosa.

¡Y la gente avanzada cree que no hay mejor ocupación que rehabilitar a Robespierre! ¡Vea el libro de Hamel! ¡Si la República regresa, volverán a bendecir los árboles de la Libertad, como política y creyendo que es una medida atrevida!

Abrace a sus dos nietas por mí. La beso en las dos mejillas, con ternura.

Su viejo

Gustave Flaubert

 

64. FLAUBERT A SAND

[París, 3 de diciembre de 1869]

Querida maestra,

Su viejo trovador ha sido fuertemente denigrado en los Papeles. Lea Usted Le Constitutionnel del último lunes y Le Gaulois de esta mañana; está claro. Me tratan de cretino y de canalla. El artículo de Barbey d’Aurevilly (Constitutionnel) es, en su género, un modelo, y el de Sarcey, aunque menos violento, no le va a la zaga. ¡Esos señores se exclaman en nombre de la moral y del ideal! También recibo palos en Le Figaro y en Paris, de Cesena y Duranty.

¡Me da igual! ¡Lo que no impide que esté sorprendido ante tanto odio! ¡Y tanta mala fe!

La Tribune, Le Pays y L’Opinion nationale, por el contrario, me han elogiado mucho.

En cuanto a los amigos, las personas que han recibido un ejemplar dedicado, tienen miedo de comprometerse y me hablan de cualquier otra cosa. Los valientes son raros. El libro, sin embargo, se vende bastante bien, a pesar de la política, y me da la impresión de que Lévy está contento.

Sé que los burgueses de Rouen están furiosos conmigo, a causa del padre Roque y de los sótanos de las Tullerías. Dicen que «se debería prohibir la publicación de libros como ésos» (textual), que doy la mano a los rojos, que soy culpable de atizar las pasiones revolucionarias, etc., etc.[…]

En resumen, recojo pocas hojas de laurel, y ninguna hoja de rosa me hiere.

¡Qué ganas tengo de abrazarla!

Mil abrazos de su viejo

Gustave Flaubert

Todos los periódicos citan como prueba de mi bajeza el episodio de la Turca, que tergiversan, por supuesto. ¡Y Sarcey me compara al marqués de Sade, que reconoce no haber leído!

Todo esto no me afecta lo más mínimo. Pero me pregunto: ¿para qué publicar?

 

68. SAND A FLAUBERT

[Nohant, 9 enero 1870]

[…] Siguen hundiendo tu libro. Eso no le impide ser un bello y buen libro. Se le hará justicia tarde o temprano, siempre se hace justicia. Al parecer, se ha adelantado a su tiempo; o más bien ha llegado demasiado a tiempo. Ha captado demasiado bien el desasosiego que reina en los espíritus. Ha metido el dedo en la llaga. La gente se reconoce en él demasiado.

Todos te adoran aquí, y tenemos la conciencia suficientemente limpia como para enfadarnos con la verdad; hablamos de ti cada día. Ayer, Lina me decía que ella admira mucho todo lo que haces, pero que prefería Salambó a tus pinturas modernas.

Si hubieras estado escondido en un rincón, he aquí lo que le habrías oído decir a ella, a mí y a los otros:

Es más grande que la media de los demás. Su espíritu es como él, fuera de las proporciones comunes. En eso, tiene de Víctor Hugo al menos tanto como de Balzac, pero tiene el gusto y el discernimiento que le faltan a Hugo, y es artista, lo cual Balzac no es. ¿Es entonces más que ellos dos? ¿Chi lo sa? Todavía no ha dado todo lo que puede de sí. El potencial de su cerebro lo ofusca. No sabe si será poeta o realista, y como él es lo uno y lo otro, eso lo fastidia. Debe desembarazarse de sus influencias. Lo ve todo y quiere captarlo todo a un tiempo. No está a la altura del público que quiere comerlo todo a pequeños bocados, y a quien las grandes tajadas asfixian. Pero el público irá a él de cualquier modo, cuando haya comprendido. Incluso irá a él muy pronto, si el autor desciende a querer ser comprendido. Para eso debería hacer una concesión al relajamiento de su inteligencia. Habría que reflexionar mucho antes de osar darle ese consejo.

Hasta aquí el resumen de lo dicho. No es inútil conocer la opinión de la buena gente y de la gente joven. Los más jóvenes dicen que La educación sentimental los ha dejado tristes. No se reconocen, ellos que aún no han vivido. Pero tienen ilusiones, y dicen: ¿por qué ese hombre tan bueno, tan amable, tan alegre, tan sencillo, tan simpático, quiere desanimarnos de la vida? Lo que dicen está mal razonado, pero como es instintivo, quizá hay que tenerlo en cuenta.

[…]

Te abrazo, por mí y por toda la nidada.

George Sand

 

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