La cocina del infierno: Comando Meón (III)

Fernando Morote

Monumento






El Champero salió sin prisa del ascensor. Su departamento estaba en el décimo piso. La avenida Benavides abajo, con su tráfico y agitación cotidianos, quedaba fuera del alcance de sus oídos. Caminó hasta el final del pasillo. Cansado, insertó la llave en la cerradura. Tiró la corbata encima del sillón y dejó que el saco cayera arrugado a la alfombra. Entrando al dormitorio, encendió el televisor con el control remoto. Se recostó sobre la cama con los brazos y las piernas abiertas. Desde su ventana, que daba al estacionamiento, podía apreciar el cartel luminoso de la agencia del Banco Financiero ubicada en la calle Esperanza.

Según las noticias, el cerco de Sendero Luminoso se hacía cada vez más estrecho alrededor de la capital. Los atentados con coches-bomba se habían salido de control. Las fuerzas del orden se veían incapaces de contener el avance terrorista. Uno ya no sabía, al salir del hogar, si volvería con vida.

El Champero quería olvidarse del trabajo por lo que quedaba de la noche. La crítica situación social del país sólo conseguía aturdirlo más. Nadie imaginó, a principios de la década de los 80’, que los sediciosos lograrían ganar tanto terreno. El presidente Belaúnde había querido minimizar el peligro llamándolos abigeos. Doce años después esos inofensivos campesinos, ladrones de ganado, tenían a la población total de Lima viviendo en estado de permanente zozobra. Abandonó su cómodo colchón y se dirigió a la sala para prepararse un trago. Era el único remedio que lo relajaba antes de dormir. No era tarde, pero la jornada en la oficina lo había agotado en exceso. Recientemente su jefe lo tenía enfermo con absurdas insistencias sobre asuntos que él consideraba superfluos. Sólo buscaba la forma de acelerar el sueño. Con el cuba libre servido, miró el reloj: 9 y 15 p.m.

Fue lo último que recordó haber hecho. El estruendo y el temblor vinieron de alguna parte que no alcanzó a reconocer. Corrió a su cuarto sin tener una idea clara del motivo. La ventana había volado fuera de su marco. Los cristales en forma de cuña saltaron despedazados, algunos hacia el vacío, otros sobre su lecho.

Entonces comprendió que la furia de la naturaleza no tenía nada que ver con ese evento repentino y monstruoso. Las imágenes de Frecuencia Latina en el televisor mostraban espantosas escenas que estaban ocurriendo en ese preciso momento. Hombres ensangrentados atrapados entre los escombros, madres desesperadas buscando a sus hijos, jóvenes llorando desconsolados, policías deambulando desorientados, bomberos prestando auxilio a personas paralizadas por el horror. El locutor informaba que 450 kilos de ANFO mezclado con dinamita fueron el origen del devastador ataque.

El atentado ocurrió en la cuadra 2 de la calle Tarata, prácticamente a la vuelta del edificio donde él vivía. La onda expansiva destruyó o dañó 183 viviendas, 400 negocios y 63 automóviles estacionados. El luctuoso saldo fue de 25 personas muertas, casi 200 heridos y más de 3 millones de dólares en pérdidas materiales.

Temblando de nervios, desalojó su departamento y bajó al estacionamiento a buscar su auto. Rezando porque encienda —se trataba de un viejo Volkswagen celeste de 1978—, pensó que lo mejor sería regresar a Pompeya. No estaba seguro si llegar a casa de sus padres podría ser más conveniente que ir un rato al bar del chato Walter.

(Sigue leyendo...)

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