Los alrededores

Miguel Rodríguez

Jugo naranja

Un día mi madre dejó de hablar a las ocho de la tarde. No le di importancia; pensé que tal vez quería escuchar las noticias, pero me equivoqué: es que ya no quería decir nada. Es tan fácil equivocarse. Tampoco es que estuviera especialmente cansada o se le hubiera agudizado algún dolor. No, no tenía que ver. A partir de ese día, y desde esa hora y hasta la mañana siguiente, se salía de las conversaciones en curso y se quedaba callada. No tenía fijación con la hora, ni con la medicación, con nada; en realidad, mi madre nunca ha tenido una mente especialmente disciplinada, y tener una fijación con algo le hubiera resultado agotador; y a mí verlo, también. Tampoco le preguntaba a la enfermera asistente si ya era el momento, ella lo sabía, o lo intuía, o lo decidía sin más razonamiento, con lo que a eso de las ocho se callaba y dejaba a medias las conversaciones que estuviera teniendo, sin importarle con quién. Luego, por la mañana, estuviera esa persona presente o no, las retomaba como si nada hubiera pasado. De esta manera, se despertaba hablando de la lista de la compra o de algún vecino muerto años atrás, probablemente, según lo que hubiera quedado pendiente de la tarde anterior. Fijaciones menores que nos dicen que nuestra vida es normal.

Mi madre no era de tomar decisiones de ese tipo. Mi madre podía condenar a alguien al infierno y a los diez minutos ir a buscarle con cariños, flores y un zumo de naranja. Ella era de pronto explosivos y olvido. Por eso nos extrañó tanto que aquel comportamiento tan novedoso fuera algo consistente en el tiempo. A esa hora se quedaba en silencio, tomaba su té, hacía un gesto grácil con la cabeza para agradecer la infusión y se ensimismaba hasta el día siguiente. Como si estuviera en otro sitio, o con alguien más que nosotros no veíamos; tal vez vieran juntos las noticias, o las inventaran, como antes sucediera con nuestras vidas, sin saberlo nosotros.

Con el tiempo, ese intervalo se fue ensanchando, y la hora pasó a ser después del té de mediatarde, ya no las ocho, como si las noticias duraran casi todo el día. Más tarde era al terminar la comida, y luego ya a media mañana, hasta que un día fue todo el rato. Lo definitivo comienza cuando aún todo es provisional, y casi nunca lo vemos. Antes de ser así, cuando todavía hablaba, en esos escasos minutos en los que podíamos acceder a ella, las conversaciones eran atropelladas por nuestra parte, le preguntábamos mil cosas de cuando éramos niños, como si hubiéramos vivido nuestra niñez también en otros sitios, en otras conversaciones, en otros silencios. Anticipábamos un final silencioso y oscuro, casi sin presencia, pero ella seguía hablando de lo que tuviera pendiente consigo misma, o de lo que se le ocurriera.

Las cosas de la muerte empiezan mucho antes del momento de la muerte, en los alrededores. Un día las cosas dejan de funcionar, los amigos no llaman, se atascan los automatismos de la pasión, y el amor y las pastillas caducan sin surtir efectos, o solo los secundarios. Y todo ello sucede antes del momento exacto de la muerte, como si algo de la muerte en sí habitara también en la vida, o la condicionara, ambas siendo parte de la misma noticia que vemos, una y otra vez, sin acertar a definir los contornos de su geografía. Hasta que, de repente, una de ellas se manifiesta de manera tajante y dice se acabó. Y en ese momento se acaban todas las cosas, todas las muertes, todas las vidas a medio vivir.

Aquella vez, la última, llegó con sus flores y su zumo de naranja, y con una sola conversación pendiente. ‘¿Pero qué haces aquí, hijo? ¡Mira que me ha costado encontrarte! Anda, deja de esconderte y acércame a casa, por favor, creo que quieren que les cuente no sé qué cosas. Prefieres que haga como que no te he visto, ¿verdad?’

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