La cocina del infierno: Comando Meón (IV)

Fernando Morote

Pupitres









Encorvada, apretando un folder contra su pecho, Eudocia ingresó pisando con resolución, mirando las losetas como si estuviera auscultando un cuerpo moribundo.

Después de que los alumnos saltaran para ponerse de pie en posición de firmes, tomó asiento detrás de su pupitre y comenzó a organizar sus papeles. Sus gafas de felino le conferían un aire siniestro, reforzado por su adusto gesto facial. Cuando dio la orden de sentarse todos obedecieron, excepto el Conde. Ni él mismo entendía por qué. En lugar de hacerlo cogió de su carpeta un borrador usado y se lo aventó al Ganso Aguirre que ocupaba un puesto en la primera fila. Apuntó directo a su cuello, pero por un efecto incomprensible de la física fue a parar a uno de los ojos de Eudocia. El violento golpe quiñó el vidrio derecho de sus lentes y arrancó una carcajada tan colectiva como breve de sus discípulos.

Nadie era lo suficientemente guapo para reír por dos segundos consecutivos. El resplandor asesino en las pupilas de Eudocia metió a los varones en el refrigerador. Algunas chicas se taparon la boca con la mano. El Conde estaba casi desmayado en su silla.

—¿Quién ha sido? —preguntó Eudocia, en aparente estado de calma.

La respuesta fue un largo y pesado silencio.

—¿Quién ha sido el alumno que tiró esto? —repitió, algo intolerante esta vez.

Nuevamente un vacío, tembloroso y quejumbroso, fue la contestación. Eudocia se incorporó y avanzó al frente de su escritorio. Cruzó los brazos y recitó el mismo poema:

—¿Quién ha sido el alumno o alumna que ha tenido la maravillosa idea de arrojar esto sobre mi cara y romper mis anteojos?

El Conde, rumiando un minúsculo resquicio de culpa en su interior, dudó. Eudocia elevó la quijada y juntó los labios como si fuera a besar a un novio inexistente.

—¿Nos vamos a quedar aquí hasta mañana para saber quién lo hizo?

Mientras la mayoría alimentaba consistentes sospechas de que Eudocia era lesbiana —su figura masculina añejada en soledad alejaba cualquier posibilidad de planes románticos y mucho menos maternales—, el Conde yacía en su sitio desangrándose en el charco de una lucha interna. Especialmente porque sus compañeros empezaban a mirarlo con impaciencia.

La flaca Maldonado se lanzó a vomitar de puros nervios. Simplemente giró la cabeza, de manera suave, hacia un costado y abrió la boca. El torrente fluyó incontenible y sostenido por el pasillo. A los minutos el salón apestaba a muerto.

Este detalle precipitó la decisión del Conde. Él sabía que con Eudocia, quien no mostraba intenciones de rendirse, su acto de indisciplina no permanecería impune. En el instante que la profesora envió al Ganso Aguirre a buscar al empleado de mantenimiento para limpiar el desastre, la tensión en el ambiente había crecido a un grado que podía reventar las vigas.

—Entonces —dijo Eudocia—, ¿quién fue el que disparó este objeto a mi persona?

El Conde nunca supo si fue la presión, el miedo, el remordimiento o el olor del cuarto lo que lo impulsó a entregarse.

—Fui yo, señorita —dijo, levantándose y cruzando las manos detrás de la espalda.
—¿Por qué lo hizo—, señor Chuquipiondo? —preguntó Eudocia.

El Conde miró al suelo sin dar respuesta.

—Muy bien. No podemos seguir perdiendo el tiempo. Debemos continuar.

Eudocia rodeó el pupitre y regresó a su puesto. Antes de acomodarse, advirtió:

—Recuérdeme el lunes, señor Chuquipiondo, de darle su castigo.
—Sí, señorita.
—Ya siéntese.

El fin de semana fue un tormento para el Conde. Se arrepintió de haber sido tan estúpido. Imaginó todo tipo de represalias por parte de su maestra: solicitar su suspensión o expulsión del centro educativo, pasar la hora de clase en un rincón mirando a la pared, caminar por el aula —de arriba abajo, ida y vuelta, sin parar— durante los 45 minutos tratando de no causar ruido.

El lunes despertó con un dolor en el pecho. Se sentía como un reo en el día que escucharía su sentencia. Llegó pálido y ojeroso al colegio. Igual que un autómata depositó sus penas en el escaño.

Eudocia se presentó briosa como siempre. En su juventud había sido estrella de básquet, y jugado incluso por la selección peruana, pero todos la veían como un capitán de cuartel.

—Asiento —dijo.

El Conde temblequeaba, esperando oír su nombre. En cambio escuchó algo que lo sorprendió.

—¿A quién le dije el viernes que iba a darle un castigo?

Reconoció que ésta era su oportunidad de escapar. El silencio largo y pesado volvió a reinar en el salón. Las cabezas de los otros estudiantes se hallaban hundidas en los escritorios. Un vaho rezumante lo inclinó a mirar para adentro. Cerró los ojos y se paró.

—A mí, señorita.

Eudocia alzó sus ojos por encima de los lentes. Escrutó al Conde con frialdad nórdica.

—Muy bien, señor Chuquipiondo —dijo, secamente— Tome asiento.

No sucedió nada más. El Conde no podía creer que al final de la clase Eudocia se despidiera sin dirigirse a él ni mencionar una palabra del asunto. Ese día aprendió que un ataque de honestidad no era lo mismo que un acto de conciencia. Años más tarde lo traduciría de este modo a sus amigos de Pompeya:

—Cuando estás dispuesto a pasar por algo difícil, aunque no quieras hacerlo, el universo te exime de la prueba, te libera del dolor.

Tampoco nunca tuvo claro si ese episodio incidió en el descubrimiento de su vocación como docente. En todo caso, quedó eternamente agradecido a Eudocia por la lección.

(Sigue leyendo…)

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