Noche mágica

Francisco Segovia

Bruja

El joven apartó las sábanas que le cubrían, y dejó a la vista su torso desnudo y atlético. Se incorporó, estiró los brazos y bostezó. Miró a la joven que se hallaba acostada a su lado. Ella dormía profundamente. Se bajó de la cama despacio para no despertarla y, sin preocuparse de su total desnudez, se acercó hasta la ventana. Fuera hacía una noche magnífica, y las luces de la calle desierta brillaban con más intensidad que nunca.

 -Ha sido una noche mágica – dijo una voz dulce y cansada a su espalda. Se giró. Frente a él, recostada en la cama, la chica lo miraba sonriente mientras mesaba su largo y dorado cabello, y su cuerpo, terso y atrayente como pocos, volvía a incitarlo con llamada irresistible.

-Sí, lo ha sido – contestó él, mientras se aproximaba de nuevo a su amada. Se fundieron en un pasional beso. La noche aún tenía un largo camino que recorrer, igual que sus cuerpos.

 Al amanecer el chico se volvió a transformar en una rana y la joven aprendiz de bruja, con mucho cuidado y devoción, incomprensibles para cualquiera que no conociese su secreto, volvió a dejar a su amante en la charca de su jardín, y se puso a esperar, con impaciencia incurable, la puesta del sol, porque su hechizo de conversión sólo actuaba al llegar la noche.

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