El Doctor y Witchy Woman

El día en la oficina había sido francamente horrible. Su jefe era un verdadero energúmeno. Hubiera sido capaz de destrozarlo en segundos con solo dos palabras, haciéndolo sentir el ser más miserable sobre el planeta. Sin embargo, se contuvo, se quedó sentada escuchándole aquella sarta de sandeces. Si le hubieran prometido que bebiendo veneno él caería fulminado, lo hubiera hecho en aquel instante.
Al llegar a casa lo último que esperaba era abrir el buzón y encontrar una carta sin remitente dirigida a otra. La abrió sin pensarlo y descubrió que era una invitación de un desconocido. Estaba a punto de dejarla en el buzón correcto, pero decidió terminarla y leyendo entre líneas se dio cuenta de que jamás se habían visto. La morena pretenciosa del piso de abajo no tenía por qué saber de la carta. La invitación era para dos días más tarde, en la cafetería del Rialto. Un sitio elegante. Podía ir. Era cuestión de probar.
Él había estado días y días dándole vueltas a la idea. Desde que leyó el nombre en el buzón sintió la necesidad de conocerla. Claudia Rapallo. Llevaba años viviendo en aquel edificio y como apenas salía de casa jamás se había cruzado con ninguno de los vecinos en la escalera o en el ascensor. Esa mañana ni se lo pensó. Cogió un folio en blanco y redactó cuidadosamente la invitación. Dejó la carta, en sobre cerrado, en el buzón y volvió a casa lo más rápido que pudo. Esa noche bajó a oscuras la escalera, evitando ser visto, y cuando encontró unas líneas garabateadas en un trozo de papel, confirmando la cita, se sintió como si estuviera preparado para correr 50 km sin pausa y sin agua.
Él llegó a la cafetería mucho antes de lo convenido, con su corbata roja bien ajustada. Buscó una mesa cerca de la ventana y observaba con detalle a todas las mujeres que hacían intención de cruzar la puerta del local. Se rozaba la corbata si alguna entraba y miraba hacia todas partes como si estuviera buscando a alguien, pero no le prestaban atención. Dos minutos antes de la hora, una mujer alta y delgada se acercó a su mesa y le enseñó con delicadeza un pañuelo de seda del mismo color que su corbata. Se saludaron con poca efusividad y pidieron un par de cafés.
Ella le observaba intrigada, no tenía una cara corriente. Sus pómulos destacaban como dos cornisas de cemento sobre sus extraviados ojos, dos canicas brillantes y transparentes. Tenía los dientes perfectamente delineados, igual que una barrera de seguridad y aquella lengua, cimbreante y babosa como un caracol en fuga, la hipnotizaba.
El sabor del café le recordaba la época que arreglaba motores diesel en el taller de su tío. Odiaba el café. Fue entonces cuando recibió la noticia de la ruptura de su compromiso y sintió que las entrañas se le desgarraban como las tiras de un vestido viejo. Aquella mujer tenía las manos cuidadosamente retocadas como un abanico chino, sonreía amable, pero esos eran los momentos en que, por nada, quemaba su cerebro con pensamientos inquietantes de desgracias.
Ella se quedó atónita cuando vio como se levantaba bruscamente, se despedía con un gesto y desaparecía. En ese preciso instante una luz brillante la cegó, produciéndole el mismo pánico que experimentó cuando entró a la iglesia del brazo de su padre, años atrás, el día de su maldita boda.
Él se subió al coche y arrancó con la única intención de huir de allí. Sin embargo, al entrar en el campo abierto de la carretera, se sintió como si hubiera sido abandonado en la mitad del océano, a merced de los tiburones.
A las cinco, cada tarde sin excepción, se quitaba los zapatos en la oficina. Daba libertad a sus maltrechos pies, hinchados y rojizos, con los dedos aplastados, en su afán por ayudarlos a recuperar su forma original. Luchaba por adiestrar esa informe masa de carne en expansión, estirada, sobre aquellos muebles viejos y destartalados que olían a fracaso.
Cuando recordaba los veranos de su infancia casi podía percibir la fragancia del pan recién sacado del horno. Las reuniones en casa de su hermana no tenían mayor aliciente que contar las botellas vacías de vino. Aquel cubículo tan estrecho parecía encogerse presionando su cuerpo hasta hacer que le dolieran los brazos y las piernas.
Internarse en esa fiesta había sido como entrar en un circo de fieras en plena tormenta eléctrica. Aquella noche el intenso sabor a palta le pareció tan dulce como un pastel de crema. Su cabeza giró como peonza sin freno tras recibir la noticia de su inminente ascenso. Su piel áspera y granulosa y su frente abombada evocaban a una voluminosa duna en un desierto fósil. Sus ojos pequeños y saltones brillaron como cantos de río incrustados en la arena. Aquellos pómulos de pronto parecieron cincelados con habilidad de artesano en ese inexpresivo rostro. Sus orejas lucían lo mismo que grutas profundas y de boca ancha. La ausencia de volumen en todo su rostro, sin embargo, hacía de aquella nariz descomunal una torre aislada sobre la superficie lunar. Su barbilla destacaba afilada y angulosa como una paleta de albañil.
Ella, por su lado, había aparecido de improviso para salvarlo. Tenía un cuello horizontal, demasiado corto para distinguir dónde terminaba la cabeza y dónde empezaba el tronco. A él, por algún motivo, las personas con la cabeza pequeña y el cuello largo le recordaban a las aves carroñeras, y las de cuello corto a las serpientes. No confiaba en las personas con cabeza pequeña. Ni en aquellas con las manos crispadas y temblorosas como esqueleto de vid sometido al fuerte viento. Sus brazos firmes y agresivos como pitones hambrientas le produjeron también una extraña sensación. Pero sus pechos, formando una grotesca ilusión a golpe de bisturí, y sus caderas redondeadas y generosas como las de una madre de abundante prole, casi lo ablandan. A pesar del paso firme que ella ostentaba, acompañado de ese gesto adusto y aquel porte imponente que le daba su perfecto atuendo, al observarla caminar con aquellas piernas tan arqueadas, de muslos excesivamente desarrollados y pantorrillas casi atrofiadas, resultaba inevitable confundirla con las ancas de una rana gigante del Titicaca.
Finalmente, tras un largo período de dudas, cuando él la abrazó, ella se dio cuenta de que tantas horas de gimnasio habían hecho de aquel torso una plancha de hierro reforzado que le aplastaba el esternón. Desde el principio le fascinó su boca; se sentía incapaz de apartar los ojos de aquellos suculentos labios, un manjar para la fiera que esperaba agazapada para devorarlos. Aunque los dientes brotaban de su boca como hileras de pedruscos amarillentos sin uniformidad alguna, con interrupciones y ausencias destacadas, su lengua en cambio se presentaba como una colada de lava rojo escarlata que se desplegaba sinuosa, deslizándose lentamente hacia el exterior.
A ella no le importaba en absoluto que aquellos pies tuvieran la habilidad de producir indigestiones estomacales cada vez que intentaban liberarse de su cautiverio. Hubiera preferido que fuera tan suave el aroma de aquel plato que no oliera a nada. Lamentablemente aquel zumo tan nutritivo le dejaba la lengua acartonada y los dientes catatónicos. Lo intentó una y otra vez, pero probar aquella sopa era como ahogarse en alta mar. Idéntica reacción a comer chocolate negro que para ella era como dejar entrar en su boca a un invitado incómodo.
Pese al mutuo desconcierto, para él escuchar la voz de ella en ese encuentro fortuito era como caminar por una playa desierta sintiendo la arena húmeda bajo sus pies descalzos. Contemplar esa boca llena de dientes gastados, los ojos entornados y los dedos juguetones era señal manifiesta de su acierto al elegir el momento apropiado para tamaña confesión. La veía tan ansiosa, agazapada como una fiera observando la pantalla de un ordenador imaginario, que daba la impresión de estar esperando el sonido del clonk.
La expresión de sus rostros recordaba a la de dos perros flacos, sarnosos y hambrientos, unidos para enfrentar un destino común. Los ojos de aquella anciana de aspecto adorable eran para él muy similares a los de su suegra y no podía evitar ponerse a temblar. La mirada glacial y la forma en que se mordía el labio hasta hacerlo sangrar le permitió hacerse una ligera idea de la ofensa cometida. Sólo había estado esperando unas horas, pero la calle le pareció hacerse cada vez más estrecha. El calor que atenazaba su garganta se extendió por todo su cuerpo haciendo inevitable que la cabeza de su jefe acabara estampada contra la mesa.
Enfrentarse a aquello que hubiera tras el límite invisible de su zona de exclusión fue como permanecer paralizado ante la inminencia de ser arrollado por un tren de mercancías.
La anciana, sorprendida, miraba de reojo a ambos lados, sonreía y trataba de mantener la compostura mientras sus pezones se endurecían de tal manera que podrían atravesar la blusa de seda que llevaba. Sólo fue un fogonazo, pero para su confusa percepción resultó una descarga de mil voltios que la atravesó de parte a parte.
Él había llegado hasta el final del acantilado y ahora, al contemplar las olas chocando contra las rocas y la ausencia de asideros que le permitirían conservar la verticalidad, sintió como si una mano invisible le acechara dispuesta a arrastrarle al vacío.
