El ascensor

por Joaquín Leguina

 

Foto: José Manchado

Ella, mi vecina, morena, senos solventes y culo respingón, entró en el
ascensor con poderío y dijo: «Al sexto, por favor.»
Obediente, yo apreté el botón. Entonces me miró, o mejor dicho,
me examinó, y la sonrisa que, al fin, se dibujó en su boca carnosa era de
aprobación.
«Este no es mi piso», dije torpemente al llegar al sexto. «Puede
serlo, si te apetece tomar un café en mi casa», contestó desenvuelta.
Yo supe que a todo ser humano se le concede un milagro y que aquél era
el mío.

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