Francisco José Segovia Ramos

Vell crepuscular (1917-1918)-Salvador Dalí
Lo encontró tirado en un rincón oscuro de una callejuela desierta y sucia. El hombre lo recogió y sopesó su posible uso. Comprobó que la tela estaba casi en perfectas condiciones, y que la madera de la que estaba hecho era recia y no estaba carcomida por los gusanos o la termita. También se percató de que no tenía patas y, en su lugar, quedaban los huecos en los que se habían incrustado. Supuso que debían haberse roto o perdido. Tal vez ese era el motivo por el que el sillón había sido arrojado a la basura por inservible.
Calculó que con un serrucho, una buena lima y unas patas de otro mueble podrían equilibrar el asiento y, aunque no quedase como originalmente era, serviría para sentarse en él, que era lo que realmente importaba. De hecho, se acomodó sobre él en ese momento, y lo sintió acogedor, cómodo y placentero.
Lo cargó en su carrito, al que estaba atado un gran mastín, que parecía tan viejo como su propio dueño, y que hacía las veces de mula de tiro. El sillón sin patas cayó junto a un tenderete de metal donde (que tenía un par de varillas sueltas que, con algo de maña, podrían soldarse), y algunas cajas desmontadas de cartón. Unas maromas casi nuevas sujetaban todo el conjunto y evitaban que algo cayera fuera del carrito a causa del vaivén que provocaba el arrastre del perro.
Hombre, perro y carrito tardaron poco tiempo en llegar hasta su hogar: un pisito situado en el bajo de un edificio ruinoso y abandonado hasta por las ratas, situado en un callejón miserable de un barrio venido a menos. El viejo levantó la puerta metálica que daba acceso a un pequeño y sucio local, por el que también tenía acceso a su vivienda, y metió dentro el carrito. Encendió la luz y cerró a continuación la puerta de metal. La bajó con dificultad. Su sonido chirriante resonó a lo largo de las calles vacías, como si quisiera denunciar, con voz metálica e inhumana, su calamitosa situación y falta de engrase.
El viejo acarició con dulzura la cabeza de su mastín. Le desató las correas que lo ataban al carro, y lo dejó libre, para que pudiera corretear un poco. Cogió después el sillón. A la luz de la bombilla, y también de la que penetraba por una ventanita situada justo encima de la puerta del local, se puso manos a la obra. Tomó una sierra y una gran lima y se puso a reparar, en lo posible, el sillón que había encontrado. No le llevó mucho tiempo. Trabajaba mecánicamente, sin prisa, pero también sin pausa, bajo la atenta e ignorante mirada de su chucho, cuyos ojos grandes y lacrimosos nunca dejaban de asombrarse por lo que contemplaban hacer a los humanos. El hombre, una vez terminado su trabajo y contemplada su obra, se sintió satisfecho. Tomó entre sus brazos la obra acabada y se la llevó a su casa, cruzando la puerta que conectaba el local con su piso.
Encendió la luz. Una solitaria bombilla, de pocos vatios de potencia, iluminó un saloncito recargado de deteriorados muebles y cachivaches. El hombre dejó el sillón en el suelo, apartó una silla que estorbaba y la colocó en una equina. Puso en su lugar la nueva adquisición, que situó frente a un televisor de modelo anticuado. El mastín, cansado, se acurrucó sobre una mullida alfombra, raída y gastada, pero efectiva para protegerse del frío suelo.
El hombre no estuvo mucho tiempo sentado. A los pocos minutos se incorporó y fue hasta la cocina. Abrió un desvencijado frigorífico, casi vacío de alimentos. Extrajo una bolsa de su interior y una lata de conserva. Volcó el contenido de la bolsa sobre un cuenco de plástico mellado, y llenó otro cubilete similar de agua. A continuación se los llevó a su perro, y se los puso junto a la alfombra. Aprovechó ese momento para acariciar una vez más a su único y fiel amigo. Siempre daba de comer a su animal antes de hacerlo él. El perro, respondiendo a los agasajos de su amo, levantó el hocico, dio un ladrido corto de alegría, y se puso a comer con avidez el contenido del plato.
Un rato más tarde el viejo, que notaba ya el cansancio acumulado de toda la agotadora jornada, regresó a la cocina. Abrió una lata de comida con un oxidado abridor y la echó sobre un recipiente de metal La calentó al fuego de una cocina blanca, notablemente cubiertas de arañazos y raspaduras.
Cuando terminó volvió al comedor; en una mano llevaba el plato donde se había servido la frugal comida, y en la otra una cuchara. Se sentó en su cómodo sillón, frente a la mesa. No le importó estar más bajo que de costumbre. Empezó a cenar mientras miraba el programa que estaban transmitiendo por la televisión.
Casi no prestaba atención a las imágenes, y menos aún al sonido. Aquello sólo le servía para romper el silencio en el que se encontraba cuando llegaba a su casa. El silencio y la soledad que, desde que recordaba –o quería recordar- le acompañaban desde siempre.
Terminó de comer y llevó el plato hasta el fregadero. Ya era de noche, y al día siguiente volvería a madrugar, para rebuscar entre las basuras antes de que lo hicieran otros que estaban en su misma situación. Se pasaría el día y la tarde registrando todos los rincones, acaparando aquellos objetos que los demás tiraban por inútiles y que él, forzado por la necesidad, sabría aprovechar, como había hecho con todo lo que tenía en su pisito. O vender, si salía un comprador.
Un amplio bostezo vino a reclamarle para el sueño. Abrió la puerta de su dormitorio. Allí estaba su cama, que carecía del somier y de las patas, y cuyo colchón hacía años que lucía descoseduras y mostraba algún muelle audaz que había devorado la tela que lo cubría. Lo pensó mejor o, tal vez, quiso hacer alguna prueba. Lo cierto es no entró en el dormitorio. Cerró de nuevo la puerta y miró su nuevo sillón.
Estuvo unos segundos meditando, con una idea traviesa en su mente. Movió un pequeño taburete, barnizado en mil y una ocasiones, hasta colocarlo frente a su sillón tapizado de verde. Cogió una manta que tenía guardada en un repostero de cajones desiguales, y se sentó, orgulloso y ufano, sobre su descubrimiento del día. Puso sus pies sobre el taburete, apoyó su cabeza sobre el respaldo del sillón y se cubrió con la manta. El sueño, profundo como la muerte, llegó pronto.
Sólo una sonrisa en su rostro —algo que no había mostrado en muchos años— delató que, en sus sueños, se sentía feliz. Y ese simple sillón, gastado, roto, abandonado y desahuciado, era la causa última de su felicidad.
