Javier Escribens Arenas

A Ruined House (c1800-1840)-John Sell Cotman
Poetizar sobre la disfunción, marital o familiar, se me hacía un torbellino sólo de pensarlo. Pero ese huracán de sensaciones encontradas encontró, por así decirlo, un arquero que clavó su flecha poética justo en el blanco. Fernando Morote, amigo de hace ya muchos años, me envió una copia de su libro “Torrente Sanguíneo” y para mí fue una demolición continua de mil paradigmas. Remembrando marcas de ron, nombres de playas y ciudades de nuestro país había construido un poemario hecho de adobes, pero con una fortaleza de concreto y zapatas ancladas en lo más profundo de los corazones, erigiendo una torre altísima de sensaciones y remembranzas que permitían alojar los más insólitos pensamientos. Esto es inaudito, me dije mientras lo leía atornillado a mi silla, con el corazón en la mano y los ojos pegados a sus líneas. Como escribiera en Azángaro me sentí: “Aborigen de país profundo y rasgos autóctonos”. Desojando las páginas de su poemario me sentía un pequeño ser pensando en él que, como en su poema Malambo: “Al tomar el mando, los demás automáticamente desaparecían”. De igual forma en Paracas, otra de sus prosas, me hizo sentir algo así como alguien ante él que: “Iracundo protestaba por el esparcimiento colectivo —único y retorcido— de etiquetarnos como el estamento más bajo de la humanidad”.
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