El pan a secas [Fragmento]

Mohammed Chukri

 

Nos mudamos al barrio de Trankat. Yo comencé a ayudar a mi madre en el mercado. Llamaba a gritos a los clientes españoles: «¡Vamos a tirar la casa por la ventana!». «¡Quien llega tarde no come carne!». «¡De balde! ¡De balde vendo hoy!».

Cada tarde, sisaba dinero a mi madre para comprar majoun o kif, también para tomar un café o ir al cine. Un día, me encontré con un amigo. Se llamaba Tafersiti. Parecía algo deprimido:

—Mi tío ha muerto —me dijo.

—No sabes cómo lo siento.

—Mató a su mujer, a sus tres hijos y después se suicidó.

—Pero ¿qué ocurrió? ¿Por qué lo hizo, Tafersiti?

—Llevaban demasiados días sin comer. Ni él ni su mujer quisieron pedir nada a los vecinos. Tapiaron por dentro la puerta con piedras y arcilla, y allí murieron todos.

—¡Qué descansen en paz!

Compramos medio litro de mahia y nos lo bebimos a tragos en el acantilado del monte Djbel Dersa. Después nos decidimos a pasarnos por el burdel.

Lalla Harruda, conocida por los adolescentes como una verdadera experta en el sexo, nos dijo:

—Habéis bebido, ¿verdad?

—Sí, pero no nos prives de tu belleza.

Sonrió mientras nos examinaba de arriba abajo. Su cara brillaba con tanto maquillaje. Llevaba kohl en los ojos. Tafersiti me miró. Le aseguré a la mujer que no habíamos bebido mucho, que tan sólo estábamos alegres y queríamos hacer el amor con ella, como nuestros amigos del barrio.

Teníamos miedo a que nos rechazara.

—Bueno, ¿quién pasa primero? —dijo, finalmente.

Miré a Tafersiti.

—Por favor, pasa tú —me dijo.

Me pidió que le pagara por adelantado. No vacilé. Ella vendía su cuerpo y nosotros lo comprábamos. Empezó a desnudarse, de pie, con el cigarrillo en la boca. El humo del tabaco daba a sus ojos un aire somnoliento. Tenía los labios gruesos y rojos.

—¡Abre la boca! —me ordenó.

Le tenía miedo, pero hice lo que me pedía sin rechistar. Sonriendo, me colocó el cigarrillo en los labios. Me dio la espalda. Le desabroché el sostén excitado, contemplando el suave vello de sus nalgas. Sujetándose los pechos con las manos, se volvió hacia mí. Recuperó su cigarrillo. Sonreí, tratando de disipar el miedo que me daba su cuerpo. Pensé: «Ha hecho de mi boca un cenicero».

—¿No fumas?

Nervioso, saqué un cigarrillo.

—Desnúdate. ¿Por qué tienes miedo?

Mi pene ya estaba duro. Me costaba desabrocharme el pantalón. El corazón me latía con fuerza. Assía y Fátima no me infundían tanto miedo, pero es que con ellas no había más que flirteo, nada serio. En cambio, esta mujer me iba a dejar penetrarla como el puñal se clava en la carne. Estaba a punto de hender su sexo. Se metió en la cama, y abrió las piernas como si fueran tijeras. Lo llevaba afeitado. Me acordé de la niña Munat haciendo pis. Cogió mi pene erecto con sus manos. «¿Y si la boca de abajo también tiene dientes?», pensé. Con temor, me deslicé entre sus muslos. Me envolvió con sus piernas, apoyando sobre mis pequeñas nalgas sus talones, y me estrechó con fuerza contra su pecho.

—¡Vaya! Todavía no sabes cómo se penetra a una mujer —me dijo, algo sorprendida.

No supe qué contestar. Sólo pensaba en los perros, en cómo se quedan pegados cuando lo hacen. Tenía aquello demasiado seco. Me apartó, humedeció los dedos con saliva y se los pasó por su otra boca.

—¡Métemela! ¿Qué te pasa? O me la metes o te vas. Vamos, te digo que me la metas.

«¿Y si tiene dientes en su otra boca?», pensé de nuevo.

—No temas, no te voy a comer. Eres guapo. Métemela.

La penetré con miedo. Me hundí dentro de su otra boca, viscosa, llena de saliva y espuma. Era huidiza, como si estuviese untada en mantequilla.

—¡Ay! ¡Ay! Así no. Me acabas de recordar por qué detesto acostarme con críos. ¡No me toques ahí! Seguro que es la primera vez que te acuestas con una mujer.

Estuve a punto de contarle que tonteaba con las chicas del barrio. La penetre otra vez. Quería besarla, pero ella apretaba los labios y me ponía la mejilla. Yo intentaba atrapar sus pechos, pero, como peces, se me escurrían de las manos. Odiaba a aquella mujer.

—¡Con cuidado, que mi carne no es de plastilina! Eres demasiado joven para hacer según qué cosas con una mujer, muchacho.

Lalla Harruda no me resultaba tan atractiva como Fátima, que sí me dejaba acariciar sus tetas, y me entregaba su boca. Su cuerpo no duró mucho entre mis manos.

—Bueno, tú ya has terminado. Ahora le toca a tu amigo.

De un empujón me echó de la cama, con mi pene aún goteando.

—¡Oh! Así no, que me estás poniendo la cama perdida. Espera, yo te enseñaré cómo hay que hacerlo.

Pensé que aquella mujer estaba loca. ¿No fue ella quien me empujó para que me levantase? Se colocó un pañuelo en su llaga para secarse. De espaldas, su culo me excitaba. «¡Es buena!, toda una experta, pero se queja demasiado».

—Bueno, ¿satisfecho? Ya te has estrenado. ¿A que soy la primera mujer?

Sonreí y asentí con la cabeza.

—Lo recordarás siempre.

Mi pene todavía estaba duro.

—Anda, ¿a qué esperas? Lávate y ponte la ropa, que tu amigo está esperando su turno.

Me lavé y me puse el pantalón, aún estaba empalmado. Pero no tardó en desinflarse.

Al verme, Tafersiti me preguntó:

—Bueno, ¿qué? Dime algo.

—Es fenomenal. No tiene dientes.

—¿Cómo? ¿No tiene ninguno?

—No me refiero a la boca de arriba. Quiero decir que su coño no muerde. Sólo te aprieta. Ya verás, está tibio y suave. Como si te la chupase, pero sin dientes.

Harruda gritó desde la habitación:

—Venga, el siguiente, que no tengo todo el día.

Me quedé ensimismado. Su coño no era bonito, pero su calor se esparció por todo mi cuerpo. Incluso consiguió que se me pasara la borrachera. Pero era preferible penetrar aquel cuerpo con los ojos cerrados.

Tafersiti y yo nos hicimos asiduos del burdel de Harruda; nos pasábamos tres o cuatro veces por semana en busca de alguna mujer que quisiera acostarse con nosotros. Algunas nos rechazaban y, de que aceptaban, casi todas tenían prisa: «¡Vamos! ¡Venga, deprisa! ¡Es para hoy!». Por eso, sólo repetíamos con las que, además de ofrecer sus labios y sus pechos, nos dejaban hacer el amor sin atosigarnos con el tiempo.

Un día comenté con Tafersiti que para hacer el amor de verdad con una mujer había que besarla y acariciarle las tetas.

—Sólo se entregan por completo a los adultos. Dicen que a veces incluso hay que pegarles para que lo hagan.

—Vale, pero ¿tú crees que somos niños? Todo el que consigue empalmarse es ya un hombre.

—Tienes razón.

—Esta noche iremos al burdel de las españolas.

—Sí, esta noche veremos cómo hacen ellas el amor.

En el burdel de las españolas, la primera chica nos rechazó:

—Uno solamente, nada de dos.

—Dice que primero uno y luego otro —le expliqué a Tafersiti.

—Entra tú, si quieres.

—No, no. O los dos o ninguno.

—¡Pues que se vaya a la mierda! —dijo nervioso.

—Bueno, pero es joven y guapa.

—¿Y qué más da? ¡Que se vayan a la mierda ella y su juventud! Las habrá más guapas. Ya verás.

Fuimos a hablar con otra. Era algo mayor que la anterior. Parecía más tranquila, pero era fea.

«Maldita sea la belleza de las engreídas!».

—¿Qué te parece, Tafersiti?

—No está mal. Lo importante es que quiera acostarse con nosotros y que nos trate bien. ¡A la mierda con la de antes!

—Bueno, por muy generosa que sea ésta, la veo un poco gorda.

—No importa. Primero hacemos el amor con ella y luego ya buscaremos a otras mejores.

Pensé que la belleza era un método eficaz de tortura. Esta vez nos lo jugamos a cara o cruz para ver quién entraba primero. Le tocó a Tafersiti, pero vaciló:

—No, Mohamed, entra tú mejor. Es la costumbre, ya sabes.

Entré. Ella le pidió a un tal Antonio que le trajese agua y una toalla. Antonio era guapo; llevaba kohl en las pestañas y la cara empolvada, de color rosa, el pecho incipiente como el de una niña y el pantalón muy ajustado al culo. Ella me preguntó si no pensaba darle nada a aquel hombre. Le di dos pesetas y desapareció. Después, intenté pagarle a ella las quince pesetas por adelantado.

—No, no. Eso después. Porque no vas a salir corriendo, ¿verdad que no?

Me lavó el pene con agua tibia y jabón. Después lo apretó con suavidad entre sus manos, a lo largo, desde la base y hasta la punta, y lo examinó con la precaución de una experta. Las marroquíes no solían ser tan cuidadosas y precavidas. Empezamos a reírnos: no pude evitar la erección.

—Eres fuerte, ¿eh?

Se desnudó por completo. No lo tenía afeitado como las marroquíes. «¿Por qué se lo dejan tapado?». El pelo del pubis tenía forma de lengua y le llegaba hasta el ombligo. Imaginé que ella también se lavaría, pero no lo hizo. «¿Significaba eso que ya lo tenía limpio?». Se tendió bocarriba en la cama y levantó ligeramente las piernas, juntando los muslos. Su coño desapareció. «¿Por qué lo esconde?». Sus senos eran como dos panecillos redondos. Esta vez fue diferente, no caí prisionero entre sus piernas. Permanecía tendida como una sirena. «Al profeta Jonás se lo tragó un gran pez», pensé. Cruzó las piernas. Era una postura que yo no conocía. Me dejó besar suavemente sus labios. Una boca carnosa. Un perfume dulce detrás de las orejas.

—¡Ah! —gritó, dolorida—. Sácala. Mejor cambiamos de postura.

Pensé que no me dejaría penetrarla de nuevo, pero la nueva postura me gustó tanto como la primera. Me dejó que besase sus pechos, y tuve que contenerme para no morderle los pezones. Ella parecía no tener prisa. Una sola pega: a mi glande no le gustaron sus pelos.

Tafersiti estaba ansioso:

—Dime. ¿Qué tal se porta?

—La mejor de todas. Ella sí que se entrega. Está limpia y perfumada, y no tiene tanta prisa como las demás.

—¿En serio?

—Ya verás. Ojalá me llegue la muerte penetrando un cuerpo como el suyo.

Aquella noche soñé que mamaba del pecho de una mujer. Era tanta la leche que brotaba que estuve a punto de ahogarme.

Mi hermano Achor también murió. No me entristeció su muerte. Lo veía gatear por la casa y, aunque recuerdo cómo berreaba, nunca llegué a preocuparme por él. Mi apetito sexual no me dejaba pensar en otra cosa. Mi hermana Rhimo había crecido y empezaba a hablar, pero tampoco me interesaba. Mis penas y los placeres de la vida me tenían ocupado. Dormía más en las calles que en mi propia casa.

Mi madre me prestaba algo de dinero. Además, Tafersiti y yo comprábamos fruta y verdura en los almacenes y la revendíamos en Trankat. En la época de la vendimia, comerciábamos con cajas de uvas por los mercadillos de los pueblos. Pero el dinero no duraba mucho tiempo en nuestros bolsillos. Nos habíamos acostumbrado a gastarlo todo en vino y en las putas del barrio de Sania. Cuando llegaba el invierno lamentábamos nuestro despilfarro y nos dedicábamos a robar, o a llevarles las maletas a los turistas.

Mi padre estaba preparando un viaje a Orán. Visitaríamos a sus hermanos, que también huyeron del Rif por culpa del hambre. Mi hermana Rhimo ya podía acompañar a mi madre al mercado y vigilar el puesto para que los rateros no robasen. Una tarde, el muchacho más temido del barrio insultó y pegó a mi hermana. Se llamaba Comero. Yo andaba fumando kif en el café Muhanned cuando un amigo rifeño vino para contarme lo sucedido. Al parecer, mi madre se ausentó del puesto y Comero intentó robar un repollo aprovechando que mi hermana estaba sola. Cuando llegué, Rhimo aún lloraba.

—Ahora está en el café Bab Tut —me dijeron unos chicos—. ¿Por qué no le partes la boca a ese cabrón? Seguro que le ganas. Eres bueno peleando. A Buras le bastó un solo cabezazo para vencerlo.

—Eso, a por él. Estamos contigo. Además, eres el más rápido del barrio con la cuchilla.

Me compré tres cuchillas de afeitar y las repartí por diferentes bolsillos. Uno de mis amigos fue a avisar a Comero. Quedamos en el Zoco Grande. Cuando llegó, yo ya le estaba esperando. Cuatro amigos me acompañaban. Él vino con dos.

—¿Quieres que también te meta a ti pimienta en el culo? ¿Verdad que no? —me desafió Comero.

Le escupí y empezamos la pelea. Era más fuerte que yo. Lo esquivaba para que no pudiera cogerme. Ésa era mi táctica en todas las peleas. Nuestros amigos nos jaleaban sin llegar a intervenir. Consiguió darme algunos golpes. Me alejé de él, perdiendo un poco el equilibrio. Entonces saqué una cuchilla. Comero jadeaba. Con movimientos rápidos, le rajé la cara, los brazos y el pecho. Lo dejé ensangrentado, retorciéndose de dolor. Mis amigos y yo salimos corriendo.

Esa misma noche, mi padre me encontró, con la ayuda de unos chicos que estaban en mi contra. A la una de la madrugada tomamos el autobús para Nador. Hicimos una breve parada en Ketama para tomar un café en un kiosco. Era una mañana fría. Nunca antes había pisado la nieve. La copa de los pinos estaba blanca; nuestro semblante, triste. Fue un viaje agotador. La pobreza se percibía en las caras, en la ropa y en las casas de tierra y adobe. Me daba cuenta de que las únicas cosas bonitas que veía eran propiedad de los cristianos. Comíamos pan seco y unos huevos duros que echaban para atrás de la peste.

El autobús nos dejó cerca de la frontera. Mi padre tenía carné de identidad, pero yo no, así que tuvimos que cruzar el río Mulaya. Allí había hombres-barco que cargaban a las mujeres y a los niños a sus espaldas hasta la otra orilla. El autobús nos recogió al otro lado. En Oujda, pasamos la noche en casa de unos conocidos de mi padre. Amanecí con la ropa llena de pulgas. No paraba de rascarme y de toser. Aquella gente vivía en peores condiciones que nosotros. ¡Mierda! ¡Maldito sea aquel viaje! ¡El viaje del hambre!

 

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