El rey de Noruega

Amos Oz

 

Teníamos en el kibutz Yikhat a un hombre, Zvi Provizor, un soltero bajito de unos cincuenta y cinco años con un tic en los ojos, al que le gustaba dar malas noticias: temblores de tierra, aviones estrellados, derrumbes de edificios con víctimas mortales, incendios e inundaciones. Por la mañana temprano, antes que nadie, leía el periódico y escuchaba todos los boletines de noticias para poder presentarse en el comedor e impresionarte con doscientos cincuenta mineros atrapados sin esperanza dentro de una mina de carbón en China o con un transbordador que había volcado y se había hundido con sus seiscientos pasajeros durante una tormenta en el mar Caribe. También se afanaba en memorizar las esquelas. Se enteraba antes que nadie del fallecimiento de personas de renombre e informaba a todo el kibutz. Una mañana me paró delante del ambulatorio:

—¿Conoces a un escritor llamado Wislavsky?

—Sí. Lo conozco. ¿Por qué?

—Ha muerto.

—Lamento oír eso.

—También los escritores mueren.

Y en otra ocasión me pilló durante mi turno de trabajo en el comedor:

—He visto en una esquela que tu abuelo ha fallecido.

—Sí.

—Y hace tres años también se te murió un abuelo.

—Sí.

—Entonces, este era el último.

Zvi Provizor realizaba él solo las tareas de jardinería. Se levantaba a las cinco de la madrugada, trasladaba los aspersores, ahuecaba la tierra de los arriates de flores, plantaba, podaba y regaba, cortaba el césped con una ruidosa máquina, fumigaba contra los pulgones y esparcía abono orgánico y químico.

Los miembros del kibutz le rehuían. En el comedor evitaban unirse a su mesa. Las tardes de verano se sentaba solo en un banco verde al borde de la gran parcela de césped situada delante del comedor y observaba a los niños correteando por la hierba. El viento de la tarde inflaba su camisa y secaba su sudor. Sobre las copas de los altos cipreses iba despuntando una ardiente luna roja. Un día, Zvi Provizor se pegó a una mujer que estaba sentada sola en el banco de al lado, Luna Blank, y le comentó con tristeza:

—¿Te has enterado? En España ha ardido un orfanato y ochenta huérfanos se han asfixiado con el humo.

Luna, una maestra viuda de unos cuarenta y cinco años, se secó el sudor de la frente con su pañuelo y dijo:

—Es horrible, espantoso.

Y Zvi:

—Han rescatado solo a tres supervivientes y también están graves.

Se le respetaba por su concienzudo trabajo como jardinero: durante los veintidós años que llevaba viviendo en el kibutz no había faltado al trabajo por enfermedad ni un solo día. Gracias a él el recinto del kibutz estaba completamente florido. Allí donde quedaba un sitio libre plantaba flores de temporada. Había construido rocallas donde había plantado distintas variedades de cactus. Por todo el recinto había levantado emparrados de madera. Delante del comedor había instalado una fuente con peces de colores y plantas acuáticas. Tenía muy buen gusto y todos sabían apreciarlo. Pero a sus espaldas lo llamaban el Ángel de la Muerte y se rumoreaba que jamás había tenido ningún interés por las mujeres, y en realidad tampoco por los hombres. Había un chico, Roni Shindlin, que lo imitaba de maravilla y hacía que todos nos partiésemos de risa. Al mediodía, cuando todos los miembros del kibutz se sentaban en familia en sus terrazas o en el césped de delante de sus casas, tomaban café y jugaban con los niños, Zvi Provizor se iba al centro social a leer periódicos y se sentaba en compañía de cinco o seis hombres solitarios como él, devoradores de periódicos, polemistas, solterones, divorciados, viudos. Ruvke Roth, un hombre pequeño y calvo con unas enormes orejas de murciélago, decía refunfuñando desde su rincón que las acciones de represalia no hacían más que acelerar el círculo vicioso de violencia porque la venganza llama a la venganza y las represalias a las represalias. Los demás se le echaban encima de inmediato, pero ¿qué dices?, no podemos quedarnos cruzados de brazos, la moderación y la templanza no hacen más que aumentar el desparpajo de los árabes. Zvi Provizor decía parpadeando:

—Al final esto desembocará en una guerra. Esto no puede traer más que una guerra terrible.

Y Emanuel Glozman, el tartamudo, se animaba:

—Gue-gue-guerra. Mu-muy bien. No-no-nosotros ven-ven-venceremos y con conconquistaremos hasta el Jordán.

Ruvke Roth reflexionaba en voz alta:

—Ben Gurión es un gran ajedrecista. Siempre ve cinco formas de avanzar. Y es que para él todo tiene que ser siempre por la fuerza.

A lo que Zvi Provizor profetizaba con tristeza:

—Si perdemos, los árabes nos borrarán del mapa. Si vencemos, los rusos nos harán saltar por los aires.

Emanuel Glozman rogaba:

—Ba-basta, amigos, silencio, de-de-dejadme leer el pe-periódico en paz.

Y Zvi, tras unos instantes de silencio:

—¿Os habéis enterado? Aquí dice que el rey de Noruega tiene cáncer de hígado. Y también el jefe de nuestro Consejo Regional tiene cáncer.

Roni Shindlin, el guasón, cuando se encontraba con Zvi junto al taller de zapatería o delante del almacén de ropa, preguntaba con sorna:

—Eh, Ángel de la Muerte, ¿qué avión se ha estrellado hoy?

Entre Zvi Provizor y Luna Blank se estableció una costumbre: intercambiar unas palabras al atardecer. Él se sentaba en el extremo derecho del banco izquierdo situado al borde del césped y ella se sentaba cerca de él, en el extremo izquierdo del banco derecho. Él le hablaba parpadeando y ella estrujaba su pañuelo entre los dedos. Llevaba un vestido de hombreras veraniego, ligero y alegre. Alababa el jardín del kibutz, hecho por él, y le decía que gracias a él vivíamos en un hermoso prado a la sombra de un frondoso vergel y entre arriates floridos. Tenía cierta tendencia a utilizar palabras ceremoniosas. Era maestra de tercer curso y hacía delicados dibujos a lápiz que colgaban en las paredes de algunas de nuestras pequeñas casas. Tenía la cara redonda y sonriente y las pestañas largas, pero su cuello estaba algo arrugado, sus piernas eran muy finas y casi no tenía pecho. Su marido había muerto hacía algunos años mientras prestaba servicio como reservista en la frontera de Gaza y no habían tenido hijos. Se la consideraba una figura admirable que había superado su tragedia y se había dedicado en cuerpo y alma a la enseñanza. Zvi habló con ella sobre las distintas variedades de rosas y ella asintió con la cabeza como aprobando con entusiasmo cada una de sus palabras. Luego le contó detalladamente la terrible noticia sobre la plaga de langostas que había asolado Sudán. Luna dijo:

—Eres una persona tan sensible.

Y Zvi dijo parpadeando:

—De todos modos, no es que tengan mucho verde allí, en Sudán.

Luna dijo:

—¿Por qué cargas sobre tus hombros con todas las penas del mundo?

Y Zvi le respondió:

—Cerrar los ojos ante la crueldad de la vida es, en mi opinión, una estupidez y también un crimen. Nosotros podemos hacer muy poco, pero al menos hay que decirlo.

Una tarde de verano, Luna lo invitó a tomar un café helado en su habitación. Zvi fue con ropa de calle, unos pantalones largos color caqui y una camisa celeste de manga corta. Llevaba el transistor colgado del cinturón y a las ocho le pidió disculpas y se puso a escuchar las noticias principales. En las paredes de la habitación de Luna Blank estaban colgados algunos de sus dibujos, en marcos sencillos. En aquellos dibujos se veían chicas soñadoras, así como esbozos de paisajes, colinas rocosas y olivos. Debajo de la ventana había una cama de matrimonio con una colcha y cojines bordados de estilo oriental. En la estantería blanca había libros ordenados por tamaño, empezando por álbumes de arte de Van Gogh, Cézanne y Gauguin, siguiendo por los volúmenes de la Biblia en la edición de Cassuto y terminando por la colección de novelas de la editorial Hasifria Laam. En el centro de la habitación se encontraba una mesa redonda de café y dos sencillos sillones. Encima de la mesa había un mantel bordado sobre el que estaban dispuestos dos servicios de café y galletas. Zvi Provizor dijo:

—Se está muy bien aquí.

Y añadió:

—Está limpio. Ordenado.

Luna Blank dijo desconcertada:

—Gracias. Me alegro.

Pero no había ninguna alegría en su voz, tan solo una embarazosa tensión.

Luego tomaron café y comieron galletas y hablaron de árboles ornamentales y frutales, hablaron de los problemas de disciplina en el colegio por aquellos tiempos, en los que todo estaba permitido, hablaron de la migración de los pájaros. Zvi dijo parpadeando:

—He leído en el periódico que en Hiroshima, diez años después de la bomba, aún no hay pájaros.

Luna dijo:

—Te cargas con todas las penas del mundo.

Y dijo también:

—En una rama baja delante de mi ventana vi anteayer una abubilla.

Así fue como empezaron a verse a primera hora de la tarde. Se sentaban a charlar en uno de los bancos del jardín, a la sombra de una frondosa buganvilla, o tomaban café en la habitación de Luna. Él regresaba del trabajo a las cuatro, se lavaba, se peinaba frente al espejo, se ponía los pantalones color caqui bien planchados y la camisa celeste y se iba a verla. A veces le llevaba esquejes de flores de temporada para que los plantase en su pequeño jardín. En una ocasión le llevó una antología de poemas de Jacob Fichman. Ella le dio una bolsita con galletas de semillas de amapola, y también un dibujo de dos cipreses y un banco. Pero a las ocho u ocho y media se despedían y Zvi regresaba a su monástica habitación, impregnada siempre de un fuerte olor a soltería. Roni Shindlin, el guasón, dijo en el comedor que el Ángel de la Muerte se tiraba a la Viuda Negra. Por la tarde, en el centro social, Ruvke Roth le dijo a Zvi, con cariño burlón:

—Has encontrado la horma de tu zapato, ¿eh?

Pero Zvi y Luna no se dejaban intimidar por las habladurías ni los chismorreos. Día a día su relación se iba afianzando. Él le contó que en sus horas libres, en la soledad de su habitación, estaba traduciendo del polaco al hebreo una novela del escritor Iwaszkiewicz. Una novela llena de delicadeza y sufrimiento. A este escritor, nuestra situación en el mundo le resulta tan absurda como conmovedora. Luna le escuchó con la cabeza un poco inclinada, con la boca entreabierta, y le sirvió otro café caliente, como si las cosas que le estaba contando demostrasen que Zvi necesitaba consuelo, y que lo merecía, y como si el café le pudiese compensar un poco por la pena del escritor Iwaszkiewicz y por su propia pena. Sintió que aquella relación con él era importante y llenaba sus días, que hasta entonces habían sido planos e idénticos unos a otros. Una noche soñó que los dos iban cabalgando, ella pegada a su espalda y rodeándole la cintura con los brazos, por un valle entre altas montañas donde serpenteaba un río caudaloso. Decidió no contarle ese sueño a Zvi, a pesar de que los otros sueños se los había contado con todo detalle y total libertad. Zvi, por su parte, le contó parpadeando que de pequeño, en el pueblo polaco de Yanov, soñaba con cursar estudios superiores. Pero cuando apareció el movimiento juvenil pionero se sintió atraído por él y renunció a los estudios. A pesar de eso, no dejó de aprender de los libros durante toda su vida. Luna recogió con cuidado dos pequeñas migas del mantel y dijo:

—Eras un joven muy tímido. También ahora lo eres un poco.

Zvi dijo:

—No me conoces lo suficiente.

Luna dijo:

—Cuéntame. Te escucho.

Y Zvi dijo:

—Esta noche he oído en la radio que un volcán ha entrado en erupción en Chile. Cuatro pueblos han sido completamente sepultados por los ríos de lava. La mayor parte de la población no ha podido escapar.

Una tarde, mientras le hablaba con vehemencia sobre el hambre en Somalia, ella se conmovió de tal manera que de repente le cogió la mano y se la llevó al regazo. Zvi se estremeció y se apresuró a apartar la mano con un gesto casi violento. Empezó a parpadear con fuerza. Nunca jamás había tocado a nadie y le entraban escalofríos si le tocaban a él. Le gustaba el tacto de los terrones de tierra al deshacerse en la mano y la suavidad de los esquejes tiernos, pero el contacto con personas extrañas, hombres o mujeres, hacía que se crispase por completo, como si se quemase. Siempre había evitado estrechar las manos, las palmadas en los hombros y el roce casual de un brazo con otro en la mesa del comedor. Al cabo de un rato se puso en pie y se marchó. Al día siguiente no fue a verla, porque empezó a sentir que aquella relación, al parecer de forma inevitable, conducía a terrenos catastróficos que él no deseaba y que hasta le repugnaban. Luna no entendía nada, pero se imaginó que de algún modo le había herido. Decidió pedirle perdón, aunque no sabía por qué. ¿Le había hecho alguna pregunta que no debía hacerle? ¿O había captado mal alguna alusión importante oculta en sus palabras?

Por debajo de la puerta de su habitación, en su ausencia, deslizó dos días después una nota manuscrita con su redonda e infantil caligrafía:

«Perdona si te he herido. ¿Podemos hablar?».

Zvi le respondió con una nota:

«Es mejor que no. Esto no acabará bien».

A pesar de todo le esperó a los pies de un melia a la salida del comedor después de cenar y le dijo con timidez:

—Explícame lo que he hecho.

—Nada malo.

—Entonces, ¿por qué te alejas de mí?

—Compréndelo, es… inútil.

Desde entonces no volvieron a verse y, si se encontraban por la calle o en el bazar, intercambiaban un gesto con la cabeza, vacilaban por un instante y seguían su camino.

Durante la comida, Roni Shindlin dijo a los que estaban a su mesa que el Ángel de la Muerte había interrumpido su luna de miel y que desde ahora todos volvíamos a estar en peligro. Y en efecto, Zvi empezó a contar a los solteros que estaban en el centro social que en Turquía se había derrumbado un gran puente, y justo en hora punta.

Al cabo de dos o tres meses observamos que Luna Blank había dejado de asistir a los encuentros del grupo de música clásica, y que incluso había faltado a algunas reuniones de profesores. Se tiñó el pelo de rojo cobrizo y empezó a usar un pintalabios fuerte. De vez en cuando se saltaba las cenas. En la fiesta de Sukot se fue por unos días a la ciudad y regresó con un vestido que nos pareció algo atrevido, con una gran abertura a un lado. A comienzos del otoño la vimos varias veces en el banco de la gran parcela de césped en compañía del entrenador de baloncesto, un hombre diez años más joven que ella que venía de Netanya dos veces por semana. Roni Shindlin dijo que seguro que estaba aprendiendo a botar por las noches. Dos o tres semanas más tarde se alejó del entrenador y se la empezó a ver en compañía de un comandante de una unidad del Nahal, los Jóvenes Pioneros Combatientes, un chico de veintidós años. Eso no se podía pasar por alto, y el comité de educación convocó una reunión discreta para discutir las implicaciones profesionales que podían derivarse de aquel asunto. Zvi Provizor se sentaba cada tarde solo en un banco junto a la fuente que él mismo había hecho con sus propias manos y miraba inmóvil a los niños que jugaban sobre la hierba. Si pasabas por allí y le deseabas buenas tardes, él respondía buenas tardes y te hablaba con tristeza de las inundaciones del sudeste de China.

Y a comienzos del invierno, sin previo aviso, en mitad del curso escolar, Luna Blank, sin permiso de la secretaría del kibutz, se fue a América con su hermana. Su hermana le envió un billete y, una mañana, Luna apareció junto a la parada del autobús, con su vestido atrevido y un fular de colores, tambaleándose sobre unos zapatos de tacón y arrastrando una gran maleta. «Vestida directamente para Hollywood», dijo Roni Shindlin. La secretaría decidió que, hasta que no se aclarasen las cosas, quedaba en suspenso su continuidad como miembro del kibutz, y Roni Shindlin dijo a los que siempre se sentaban a su mesa: «La Viuda Negra huye del Ángel de la Muerte».

La habitación de Luna Blank quedó de momento cerrada y a oscuras, aunque en el comité de vivienda ya le tenían echado el ojo a esa habitación, debido a la escasez de alojamientos. En su pequeño porche quedaron cinco o seis plantas sencillas, filodendros, geranios y cactus, que Zvi Provizor regaba de vez en cuando.

Luego llegó el invierno. Nubes bajas se posaron sobre las copas de los árboles ornamentales. En los campos y en las plantaciones de frutales había mucho barro, y los que trabajaban en los sectores agrícolas pasaron a trabajar en la fábrica. Caía una incesante lluvia gris. Por la noche sonaban los canalones y un viento frío entraba por las rendijas de las persianas. Zvi Provizor se pasaba las tardes hasta las diez y media escuchando todos los boletines de noticias y, entre un boletín y otro, se inclinaba sobre su mesa monacal a la luz de una lámpara chepuda y traducía al hebreo unas cuantas líneas más del libro lleno de sufrimiento del escritor polaco Iwaszkiewicz. Encima de su cama estaba colgado el dibujo a lápiz que le había dado Luna, dos cipreses y un banco. Los cipreses le parecían melancólicos y el banco estaba vacío. A las diez y media se abrigaba y salía a la terraza a contemplar las nubes bajas y los caminos de cemento desiertos y mojados bajo la luz de la farola amarilla. Si la lluvia daba una tregua, iba a dar un pequeño paseo nocturno y a comprobar cómo estaban las plantas del porche de Luna. Las hojas secas ya habían cubierto sus escaleras y a Zvi le parecía percibir una ligera ráfaga de olor a jabón o a champú procedente de la habitación cerrada. Luego deambulaba un rato por los caminos vacíos, gotas de lluvia caían sobre su cabeza descubierta desde las ramas de los árboles, después regresaba a su habitación y, parpadeando, sin encender la luz, escuchaba el último boletín de noticias. Una noche, casi al amanecer, cuando la gélida y húmeda oscuridad aún lo domina todo, paró a uno de los trabajadores que madrugaban para ordeñar las vacas y le anunció con pena:

—¿Te has enterado? Esta noche ha muerto el rey de Noruega. Tenía cáncer. De hígado.

 

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