Una canción del ser y la apariencia (Final)

Cees Nooteboom







20

El escritor se había instalado ya en el Albergo Nazionale de Roma, el hotel preferido de Sartre, cerca de la Piazza Colonna y del Parlamento, que era custodiado por carabinieri y diferentes unidades militares con metralletas. Al fin y al cabo nos encontrábamos en 1979. El edificio del hotel tenía el mismo aspecto que habría podido tener hacía cien años, y eso le gustó, porque así su repentina partida hacia Roma había adquirido el semblante de una decisión deliberada. Si bien es cierto que, quien pudiera hacer trampas con la Bulgaria de 1879, sin duda podría arreglárselas de maravilla con la Roma de 1979 sin tener por qué ir hasta allí. Pero bueno, el caso es que estaba allí. Sofía nunca le había llamado la atención y, además, ahora ya la habían dejado. Ahora estaban, al igual que él, aquí.

En el Nazionale le habían dado la habitación 38, un cuarto silencioso y escasamente amueblado con vistas a un patio muerto. Al otro lado se encontraba una pequeña imprenta que producía un sonido tranquilizante, como si el chique, chique y el dung, dung de las máquinas quisieran decir que lo que escribiera en esta habitación se imprimiría dentro de no mucho tiempo, materia, un libro, tras lo cual ya no tendría nada que ver con él, gracias a Dios.

Era el mes de febrero, el tiempo era gris, pero no deplorable, como en Holanda, así que paseaba mucho. La propia Roma, a su modo de ver, no había cambiado demasiado desde la última vez que había estado aquí, hacía más de diez años, y todavía seguía ocupada con su prolongada y voluptuosa decadencia, pero reinaba un ambiente de nerviosismo. Los coches de policía aullando constantemente, por todas partes gente uniformada con armas y walkie-talkies, los titulares de los periódicos comunicando desgracias sobre secuestros, actos terroristas, asesinatos políticos, procesos y una crisis de gobierno, pero al igual que a los romanos, a él poco le importaban. Tampoco le afectó demasiado el que ahora todo cerrara mucho más temprano por las noches y que el centro después de las once estuviera tan muerto como un cementerio. Para entonces ya llevaba mucho tiempo en su habitación. A fin de cuentas, no había venido aquí para salir. Una vez creyó ver paseando cerca del Vaticano a su amigo Inni Wintrop, y entonces se ocultó rápidamente tras una de las columnas de Bernini. Tampoco utilizó los números de teléfono de las diferentes personas que le habían dado; prefería la soledad porque ésta reforzaba la sensación de irrealidad, ya que el otro escritor podía decir lo que quisiera —y ahora, gracias a Dios, tampoco podía encontrárselo—, pero a él le seguía dando la impresión de ser él mismo el personaje de ficción, alguien sacado de un relato. Siempre se lo había parecido, incluso cuando no escribía, y sabía que eso ya nunca cambiaría. En su opinión no tenía nada que ver con Borges, Pessoa u otras celebridades literarias. Eran construcciones. Lo suyo era un sentimiento que formaba parte de su vida cotidiana, quizá siempre hubiera formado parte de ella. Había aprendido a reprimir la angustia que esto conllevaba, aunque se manifestara continuamente como un dolor penetrante, una presión física, pero lo aceptaba sin más.

Fue vagando por el Foro romano, pensó en los senadores, cónsules, sacerdotes, soldados y mártires completamente reales, pero por nadie descritos, que se habían ido derritiendo por allí. ¡Tampoco ahora la historia ofrecía demasiado a lo que asirse! El concepto del tiempo siempre le había resultado enigmático. Con la estúpida arrogancia de un humanista nato, se había sustraído totalmente a las matemáticas y a la física, y eso era algo que seguía lamentando. Nunca se libraría de la sensación de que un gran número de las cosas más esenciales del mundo se le escapaban del todo, que él, como solía decir de sí mismo, no podía pensar, que moriría tonto. Ya se tratara de la creación del universo o del imperativo categórico, inmediatamente caía un velo entre él y aquel que intentaba explicarle algo. No era cuestión de mala voluntad, sino una especie de parálisis que se remontaba a su primera clase de matemáticas. Sobre el problema del tiempo se había tragado diferentes libros, durante todo un verano, en una playa de España, pero en la medida en que los había comprendido, apenas había adelantado con ellos. Su enfoque seguía siendo sentimental: o bien pensaba sencillamente que el tiempo no existía —que era lo más fácil—, o bien, como ahora, mirando hacia el Foro desde la curva de la Via San Pietro in Carcere, que el tiempo era lo único que existiría siempre, la cápsula invisible en la que todo se desarrollaba.

En la atmósfera pendía una ligera neblina que difuminaba el suelo rojizo y los cipreses a lo lejos. El escaso sol que brillaba al mismo tiempo concedía un resplandor rosado a un par de edificios grandes de ladrillo cerca de la Piazza Venezia, a su izquierda. Los niños jugaban entre los fragmentos de monumentos arrojados de forma descuidada. Las columnas enteras o por la mitad, los pedestales y los capiteles estaban en el suelo o se levantaban aquí y allá, y le pareció como si con esos fragmentos se hubiera vuelto a partir en pedazos otra idea del tiempo, como si algunos fragmentos siguieran en pie, otros yacieran y otros más se limitaran a desaparecer, y simultáneamente supo que todo tiempo que hubiera existido alguna vez todavía existía, y que era precisamente aquel que reflexionaba sobre ello quien carecía de tiempo, porque sólo podría vagar en lo que se llamaba su vida, en ese tiempo completo e indivisible, hasta que hubiera alcanzado el final del espacio que estaba reservado para él allí, y desapareciera para siempre sin dejar la menor huella. Incluso las huellas por las que entre tanto iba caminando y que le inspiraban estos pensamientos errantes no eran más antiguas que un par de miles de años, y se desgastarían y desaparecerían como la misma Tierra. Sólo el tiempo seguiría existiendo. ¿O también llegaría éste a desaparecer algún día? Pero en ese caso nunca habría existido nada. Fue descendiendo despacio por las escaleras del Campidoglio para así volver al Foro dando un rodeo.

Esa idea, más que cualquier otro pensamiento o fantasía, era lo que le convertía a él y al mundo entero en ficticios, porque en realidad todo estaba minado por un futuro no existir, aunque a su edad, le parecía, ya debía uno irse acostumbrando. En cualquier caso ya no debería importunarte, pero por otro lado, pensó, todavía dialogando con el otro escritor —que a pesar de su ausencia acababa de decirle de manera muy clara y comprensible «adolescente poco científico»—, para él seguía siendo todavía dudoso que a esta apariencia del ser, que era el mundo, debiera añadírsele algo tan efímero como auténtica apariencia

A veces, en esos días, tomando algo en una terraza, o mirando a mujeres que despertaban en él un deseo extremadamente real —semejantes momentos nos hacen pensar que la filosofía es mentira—, estaba bien dispuesto a dejar sus especulaciones por lo que eran o, mejor dicho, le abandonaban, pero regresaban de nuevo, dando vueltas entre una multitud tan eufórica, callejeante y correteante el sábado por la noche alrededor de la fuente iluminada de la Piazza Navona: ¿quiénes eran todas esas personas? Él las veía como multitud, más o menos feliz, que miraba fijamente las cabezas de león que escupían el agua en grandes arcos plateados. Se abrazaban y hablaban entre sí o intentaban entablar contacto las unas con las otras. Irían a sus casas y dormirían juntas. Parecían convencidas de la solidez, de la visible perennidad de su ciudad y de sus monumentos, que no en vano habían estado allí tanto tiempo, un tiempo tan inconcebiblemente largo. Y él andaba entre todo esto y sabía que cada uno de ellos era una historia, un libro que nunca sería escrito y que dentro de cien años tendría en una foto el aspecto de una multitud anónima, desaparecida para siempre, en la Piazza Navona, una noche de febrero de 1979. Puesto que si bien la ciudad podía ser eterna, ellos en cualquier caso no lo eran.

«So what?», dijo el otro escritor, pero ahora no podía oírlo.


21

Liuben Georgiev tenía, por el contrario, preocupaciones muy distintas, aunque también relacionadas con la idea del tiempo. Él también se encontraba ahora en Roma, pero todavía no se había presentado a los Fičev. Cuando reflexionaba sobre el porqué, es decir, cuando se explicaba a sí mismo despacio sus argumentos, era sobre todo porque no «se quería poner en manos» de Fičev, quería llegar a su propia Roma, no a la Roma de Fičev, no como el huésped desheredado en una triunfal visita guiada. El hecho de que aún no se atreviera a enfrentarse a Laura Fičev era una segunda razón. Tenía miedo de que fuera a ocurrir algo extraño e irreparable, y no estaba en su propio terreno, antes quería saber dónde estaba. Esto que ahora definía ya como enamoramiento estaba allí todo el día, cada día, y era de tal forma que ella ya casi no era necesaria. Así pues, vagabundeaba incómodo por la ciudad con su ropa civil, que había encargado al sastre del regimiento confeccionar «según el modelo italiano», pero que aquí parecía tosca e incluso para esta época del año demasiado calurosa. Se había comprado una guía de viaje alemana y, como si se tratara de una campaña militar, se trabajaba los monumentos uno a uno, con una solemne carencia de prisa.

Por la noche leía en el hotel la historia del Imperio romano, y durante el día estudiaba en el Foro lo que había quedado de esa historia. Sobre todo le fascinaron los arcos del triunfo de Tito y Constantino, con esos relieves en los que están representadas las unidades militares en batallas victoriosas, y así fue como también él, quizá por primera vez en su vida, empezó a reflexionar sobre el tiempo, llegando a conclusiones más vagas, y sobre todo distintas a las que llegaría el escritor a quien su vida estaba ahora unida de una manera tan invisible y obstinada.

Para Liuben el tiempo era poco más que historia. Siempre que hubiera personas habría historia, la historia determinaba el presente, el presente, el futuro, y por eso el futuro no existiría sin historia. Por tanto, era importante tomar nota de ella. El destino personal le parecía entonces de poca importancia. En cierto sentido, la historia estaba allí por sí misma. Si bien la iban conformando las personas, ella no se preocupaba para nada de esas personas. De un análisis preciso y objetivo del florecimiento y la decadencia del Imperio romano podrían extraerse sin duda algunas lecciones que podrían venir de maravilla al cometido ante el que se encontraba la nueva nación búlgara. En ese sentido estaba realmente agradecido a Stefan Fičev, aunque en la medida de lo posible intentara quitarse de la cabeza al doctor y evitara el barrio del Grand Hotel de la Russie, donde se hospedaban los Fičev. Sí que se había preparado para un encuentro eventual y repentino, pero la posibilidad en la que nunca había pensado era que Fičev le enviara un telegrama a su pensión de Sofía con las palabras «Cobarde, dónde te has metido», al que su patrona, que conocía bien a Fičev, pensando que le hacía un favor, había vuelto a telegrafiar «El coronel Georgiev se hospeda en el Albergo Il Sole», irónicamente una dirección mucho más italiana que la del doctor.

De Fičev, pensó el coronel cuando el doctor apareció de repente ante él, y gracias a Dios de momento sin Laura, no sólo no he comprendido nunca nada, sino que además tampoco he sabido nunca nada. Siempre había permanecido fuera de ese rostro, esa piel pálida, la azul amenaza debajo, los ojos fríos. No hubiera pensado que Fičev pudiera tomarse tan a pecho que él, Liuben, llevara en Roma ya una semana y, peor aún, que le hubiera gustado tanto. No sólo parecía como si hubiera privado al doctor de un triunfo, sino también como si hubiera ido en contra de otros planes y deseos más secretos.

Más sorprendente aún era que parecía como si el gran sueño italiano del doctor hubiera naufragado un poco por no haberlo emprendido junto al coronel, como si su placer, su excitación, sólo pudieran desarrollarse a través de otro, como había necesitado a Liuben para insultar a Bulgaria; y, si no sonara demasiado ridículo, pensó el coronel, para amar a su esposa, como si ese enlace no existiera de verdad al no haber ningún testigo presente.

El doctor no hablaba de manera demasiado amable sobre su mujer. Había sido malcriada, «ya había visto tanto», no sabía apreciar Roma, o en cualquier caso no tanto como él habría esperado de «alguien así», estaba constantemente cansada y sólo quería salir por la noche, cuando los museos estaban cerrados, no se interesaba por el trasfondo histórico de las cosas y había fingido todo tipo de males y depresiones para no tener que acompañarle, sobre todo en sus largas caminatas diarias. Pero ahora que Liuben estaba allí, aunque Dios sabe que había tenido que enterarse por su patrona de Sofía, todo sería distinto, pues de alguna manera Laura sentía debilidad por Liuben, dijo el doctor.

«Sí, hombre, yo tampoco sé cómo puede ser posible, pero está un poco mal de la cabeza, ¡ja, ja, ja!».

Pero la seguridad habitual de Fičev parecía haber desaparecido en parte; por primera vez, dijo, se había dado cuenta de que incluso en un país al que se ama con pasión uno puede seguir quedando al margen, siempre, y sonaba como un reproche. Los italianos, como pueblo, le parecían cínicos y pesimistas, y con toda su charla melodiosa sobre Garibaldi y Cavour y la gran unidad de la Nación italiana, sólo una estirpe de degenerados descendientes de antiguos linajes que habían construido una ciudad en la que a esa descendencia se le permitía vivir de manera injusta, a su modo de ver, como a una pareja de bastardos caducos en el palacio de un antepasado del que ni siquiera se les permite llevar el nombre. Y había descubierto otro amor, otro sueño para su permanente insatisfacción: Alemania. «Si los alemanes pudieran administrar esta herencia…».

El coronel, al que le parecía estupendo que los romanos se relacionaran con las reliquias de su grandeza pasada de modo absolutamente desenvuelto, no dijo nada. Nunca hubiera pensado que sería algo distinto a un extranjero, un tosco no italiano con ropa nada elegante y demasiado pesada, que además apenas podía hacerse entender. Él no se sentía defraudado.

Al cabo de una hora ya habían dejado de hablar. En el tablero de ajedrez de su amistad había tenido lugar un movimiento determinante, y como ninguno de los dos lo había hecho aposta, aún no sabían lo que significaba con exactitud. Algo había cambiado. Lo más sencillo sería decir, naturalmente, que algo había cambiado en la relación de poder entre los dos hombres, que uno se mostraba más débil de lo que el otro le había supuesto, pero eso debería significar que quien ahora era el más fuerte siempre debía de haberlo sido, y que lo que ocurría era que no lo había sabido.

El coronel comprendió que de una manera misteriosa —discordante, corrupta, no formulada, como en la política, pensó no sin desprecio— había obtenido permiso para amar a Laura Fičev, y que él, más que en cualquier otro momento de su amistad, tenía permiso para ser él mismo, un búlgaro en Roma, alguien que pensaba despacio, un hombre fuerte con pesadillas al que nunca habían interesado demasiado las mujeres y que por primera vez en su vida estaba enamorado, y además de una mujer que no se parecía a ninguna otra mujer, alguien —pero precisamente por eso ese permiso era ahora innecesario— que había descubierto una dependencia en Fičev de la que ni él ni Fičev habían sido nunca conscientes.

Quedaron en dar un paseo en carruaje esa tarde, a la caída del sol, y esa tarde Roma se había propuesto no tolerar que ningún esplendor le hiciera sombra, ni siquiera el de Laura Fičev. Iban sentados en el coche, suavemente agitados. Ella le tocaba las manos con las suyas ingrávidas, decía cosas en el espacio vacío junto a su cabeza, en donde no podía oírla. La mirada de ella se desvanecía entre estatuas y monumentos diferentes a los que él miraba.

El sol poniente daba un aspecto terrible a la ciudad. La luz tardía lamía obscena los edificios y confería a los muros ocres, al descenso del agua del Tíber, al mármol de columnas y escaleras, un color apasionado y oscuro, lujurioso hasta lo macabro. Le afectó más que la nostalgia que había sentido al ver por primera vez a Laura, ahora tan cerca de él. Ella pasaba a la ciudad, formaba parte del lugar, en este decorado fluyente de plazas, basílicas, palacios, pero al mismo tiempo —pensó él— era su ocaso, porque aquí lo especial, que era ella, formaba parte de lo normal. Aquí había muchas estatuas que hacían gestos vanos en el aire y no miraban nada con sus ojos ciegos, figuras teatrales que, cuando mantenían la boca abierta como para decir algo, no producían más sonido que el de una fuente.

Así recordaría el coronel esa tarde, el doctor impasible y en silencio, alcanzado por la última luz, el rostro blanco dibujado contra la oscura espalda del cochero, alguien que ve por última vez un sueño que había soñado durante años, y lo sabe.

Fueron por la Piazza del Popolo y salieron por las elevadas puertas, hacia arriba, por el Pincio de Villa Borghese, donde los cascos de los caballos sonaban amortiguados sobre los senderos forestales. Una ligera niebla vespertina, el murmullo casi imperceptible de los árboles oscuros, fantasmas de amantes, las frases incomprensibles de Laura, a veces poniendo la mano sobre la suya como si se hubiera posado un pájaro, pero cuando él miraba no había nada.

El cochero prendió la lámpara de aceite y comenzó a canturrear una cancioncilla, y así entraron en las sombras búlgaras silentes que se fijaban firmemente alrededor de su pequeño enclave móvil. La luz del sol había desaparecido del cielo, ahora reinaba la oscuridad, el frescor subía del suelo como un espíritu frío, y regresaron al hotel de los Fičev.

El coronel declinó una invitación para ir con ellos a cenar y el doctor no protestó. Liuben Georgiev quería estar solo esa noche, cenar tranquilo en algún lugar y leer un rato en la cama. Ahora sabía cómo transcurriría todo, como antes, en la guerra, siempre había sabido por dónde vendrían los turcos, dónde y cuándo atacarían.

Se citaron para ir los tres al día siguiente al Museo Vaticano, pero el coronel sabía que Fičev no acudiría a esa cita, que encontraría a Laura sola en la habitación y que la tarde de ese mismo día él regresaría a Bulgaria.

No podía decir si los otros dos también lo sabían, y ninguno de los tres vio que, cuando Liuben Georgiev continuó su camino solo a pie, de un carruaje situado justo detrás del que acababan de dejar salió un forastero solitario cuyas ropas eran mucho más extravagantes que las de ellos mismos.


22

Esa noche el coronel durmió tranquilamente por primera vez desde hacía años, pero el escritor no. La constante presencia de los otros tres en su habitación, demasiado pequeña para tanta gente, le había angustiado toda la tarde antes de irse a dormir, y a eso se añadía el terrible vacío succionador del siglo que había entre su vida y la de ellos. Había cenado tarde en Augusteo, en la Via delle Frezze, y la tercera grappa había resultado ser la copa de más.

Al haberlas recibido del coronel, sus pesadillas se habían vuelto complicadas y extenuantes, de manera que una y otra vez se despertaba muerto de cansancio. Lo peor era que el otro escritor se inmiscuía de forma totalmente inadmisible en todos los posibles guiones del desenlace de lo que él se obstinaba en llamar «tu historia». Como en un cine del que uno no puede escapar, el escritor debía contemplarlo todo, un gran guiñol de posibilidades, celos, venganza, muerte, amor, una rapsodia de disparates, porque todo había ocurrido ya. Era demasiado ver morir a turcos en medio de toda esa confusión y tener que observar la figura sigilosa de Laura Fičev revoloteando como un pájaro en la oscura habitación del hotel.

Se despertó con un dolor de cabeza horrible y el sabor de muerte y repugnancia en la boca que se tiene cuando a altas horas de la madrugada te tomas un somnífero demasiado fuerte. El café del hotel no estaría a la altura de todas estas molestias, y decidió no tomar el cappuccino en la habitación, sino que se fue a beberlo al Allemagna, a poder ser seguido de un espresso doble. Pasó sin afeitarse por delante de los guardias y de los periodistas que estaban ante el Parlamento en la Piazza Monte Citorio. Entró por el paso subterráneo que en cierta ocasión había desempeñado ya un papel en otro relato de la literatura neerlandesa y salió a la luz al otro lado de la Via del Corso, junto al quiosco de periódicos donde compró Il Messagero, repleto de revolución, asesinatos, ayatolás y sangre.

Este día, lo sabía, terminaría su historia. Hacía ya tiempo que no podía apreciar si era digna, y no sabía qué era lo que más le asustaba, si terminarla o precisamente la vacía y peligrosa sensación que llegaría inevitablemente una vez concluida.

Se comió un tramezzino, se bebió los cafés y regresó a la habitación del hotel y a los sonidos familiares de la imprenta. Las paredes de su habitación eran amarillas, y cuando llevaba sentado cierto tiempo sin moverse, vio de repente la espalda del coronel entrando por la elegante puerta giratoria del Grand Hotel de la Russie. Con Fičev, que acababa de salir un momento antes con la expresión en el rostro de quien va a cometer un robo, no se había encontrado por poco. Ahora debía aguardar —y eso fue lo que hizo, sentado ante su escritorio, en silencio— ese único momento en el tiempo (entonces) y en el espacio (allí) en el que no sólo el coronel, sino también él, tenían una cita. Oyó las voces de camareras italianas en el pasillo, pero ése era su hotel. Sintió cómo se pulverizaba su petrificación y supo que se levantaría con todo el dolor de su cuerpo para ir al pasillo y preguntar si podían hacer menos ruido. Eran sobre todo los duros y resonantes pasos en el suelo de piedra los que le hacían daño. En ese otro instante en el que debía encontrarse ahora, había gruesas alfombras en los pasillos de los grandes hoteles, y aparte de los pasos, también las voces, ya quedas de por sí debido al mayor servilismo de esos días, sonarían aún más quedas.
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Cuando volvió a sentarse tras la mesa, las ahogadas risas de mofa en el pasillo contuvieron los contornos de la puerta giratoria; duró demasiado tiempo antes de que pudiera continuar. Pero ¿hacia dónde? Como un amante desesperado que ha faltado a su primera cita, su mirada vagaba por ese gran vestíbulo con palmeras y sirvientes engalanados, corrió por un pasillo para volver a retroceder, ascendió y descendió por las anchas escaleras marmóreas cubiertas de alfombras persas para luego regresar.

El escritor sabía que algo fatal había salido mal y esperó, humillado, con los ojos cerrados, ya no sabía durante cuánto tiempo, hasta que la puerta giratoria regresó con su pleno esplendor decimonónico de roble y cobre. En ese instante el cristal esmerilado de la puerta giratoria, que debía de haber sido puesto en movimiento por una mano bastante fuerte, así de rápido iba, captó un rayo, y luego otro, un rayo cuadruplicado de la morosa luz solar de la tarde, y el coronel estaba en la acera y se encendía un cigarrillo turco. El escritor buscó una expresión en su rostro, pero parecía como si no la tuviera.

En ese instante sonó el teléfono. Durante su estancia en este hotel sólo había sonado una vez, y había sido para otra persona. Al marcharse de Amsterdam había quedado con su esposa en que sólo le llamaría en caso muy urgente, y que no daría el número a nadie bajo ningún concepto.

Hay todo tipo de sonidos con los que el mundo externo a nosotros quiere llamar nuestra atención a través del teléfono. Implorantes, melancólicos, belicosos…tintineo, zumbido, pitidos breves y agudos, todos ellos parecen expresar algo del mensaje que inmediatamente llegará a nuestros oídos desde esa nada mecánica a la que tantísimo se parece el teléfono. La llamada aguda y maligna que ahora resonaba entre las paredes pétreas de su habitación, pensó el escritor, se parecía muchísimo a la señal de alarma que sonaba en las películas norteamericanas en los parques de bomberos. Se levantó y cogió el auricular del aparato.

Pronto —dijo.

Al otro lado sonó una risa. Por encima de Alsacia, los Alpes y Toscana reconoció la voz del otro escritor.

—Sí —dijo él, e inmediatamente después—: ¿Cómo has conseguido mi número de teléfono?
—Vaya, vaya —dijo el otro escritor—, qué importantes somos. Le he explicado a tu mujer que era de extrema urgencia porque hay en juego mucho dinero, mucho dinero para ti.

Hizo una pausa significativa, pero el escritor no dijo nada.

El otro escritor cambió ligeramente el tono. Ahora era más despreocupado, tenía a la vez algo del gran hombre de negocios.

—¿Qué tal vas con ese relato tuyo?
—¿Y eso? —dijo el escritor.
—Te lo explico. Este año estoy en la comisión del libro regalo de la semana del libro. Ya sabes, siempre son unos cuantos cientos de miles de ejemplares. El último de Carmiggelt fueron trescientos setenta mil —se interrumpió, pero el escritor permaneció en silencio—. Bueno —el tono se volvía ahora algo más vacilante—, estábamos discutiendo aquí diversas posibilidades, y de repente pensé en ese relato tuyo. Tu mujer me ha dicho que se estaba haciendo considerablemente largo.
—¿Ah, sí? —dijo el escritor. Vio la reunión ante sus ojos. Tazas de café, cajetillas de Stuyvesant, unos cuantos colegas suyos, unos cuantos editores. Gran aburrimiento, chistes estúpidos y con mucha prisa dar una patada en el suelo y sacar un nombre.
—Dije en la reunión que habías vuelto a meterte en un relato después de tantos años, y se mostraron muy interesados. Para ti es una mina de oro. Pero la cuestión es por dónde vas, si está ya terminado y cuántas páginas son o serían.

El escritor no dijo nada.

—Hola, hola —oyó desde la lejana Holanda.
—Espera un momento —dijo entonces. Se levantó, dejó el teléfono sobre la cama, fue a la mesa y con rápidos movimientos desgarró en largas tiras las aproximadamente cuarenta hojas en las que había escrito a mano el relato. Volvió a desgarrarlas una vez más y las tiró a la papelera. Luego regresó junto a la cama y cogió de nuevo el teléfono—. He de decirte algo —dijo—. Es muy amable de tu parte y, naturalmente, espero no haberte puesto en un aprieto o algo parecido, pero está claro que no hubiera podido prever nada de esto. De otro modo no habría permitido que llegara tan lejos.
—¿Qué es lo que no habrías permitido que llegara tan lejos?

Pero el escritor no escuchaba. Sentía un cansancio mortal, como si hubiera estado caminando por el fango, durante semanas. Con un tono lento, casi docente, continuó:

—Ese relato del que hablas no existe. Lo siento.
—Pero tu mujer ha dicho…
—Mi mujer se equivoca tanto como tú. No siempre sabe lo que hago o dejo de hacer.

Entre los Países Bajos e Italia flotó por un momento un grave silencio.

—Vaya, ya veo —dijo el otro escritor—. Bueno, se te agradece —y luego, incrédulo—: Entonces, pues, Bulgaria y todo eso, ¿todo eran sandeces?
—No —dijo el escritor—, Bulgaria existe.
—Vaya por Dios, quiero decir, ese doctor, ese coronel, ¿te has inventado todo eso?
—Si lo hubiera escrito, según tú, también me lo habría inventado —dijo el escritor.
—¡Oh, Dios mío! —dijo la voz desde Holanda—. ¿Entonces todo era una patraña?
—Si quieres llamarlo así… —dijo el escritor—. Lo siento —y colgó.

Se quedó sentado durante un momento. Luego fue hacia la papelera y comenzó a quemar los trozos de papel, uno a uno.


23

Aproximadamente cien años antes, pero en la misma ciudad, el coronel Liuben Georgiev —cuando salía por la puerta giratoria del Grand Hotel de la Russie, después de haberse acostado con la esposa de su amigo Fičev, e iba paseando hacia su hotel para coger el tren nocturno a Sofía— sintió un dolor desgarrador y ardiente en la región cardíaca que él atribuyó a los acontecimientos del mes pasado que esa tarde habían concluido de la única manera posible.

Y el doctor y su esposa, que en ese instante todavía estaban en puntos distintos de esa ciudad, también creyeron saber las razones de ese misterioso dolor ardiente que los desgarró durante un terrible instante y los dejó sin aliento. Laura Fičev creyó incluso que se iba a morir, y quizá fuera así.


24

Al escritor, la idea del agujero negro, materia amontonada tan densamente en algún lugar del cosmos que ya no puede escaparse, siempre se le había representado como algo muy poético. Al oír que en el número de marzo de la revista New Scientist había un largo artículo sobre el centenario del nacimiento de Einstein, en el que también se tratarían los agujeros negros, se había comprado ese número. Pero lo que más le impresionó, en relación con lo que le había sucedido en los últimos meses, fue una quintilla de carácter jocoso inserta en mitad del artículo sobre Einstein. Decía así:

There was a young lady named Bright
who travelled much faster than light
she left home one day in a relative way,
and came home the previous night.

Sin poder explicarlo, supo que algo así le había ocurrido a él. Pero ¿a quién hubiera podido explicarlo si ni él mismo lo entendía?

Amsterdam-Roma,
verano de 1978 / primavera de 1979

MUNDO: ¿Quién me llama,
que desde el duro centro
de aqueste globo que me esconde dentro
alas viste veloces?
¿Quién me saca de mí, quién me da voces?

AUTOR: Es tu Autor Soberano.
De mi voz un suspiro, de mi mano
un rasgo es quien te informa
y a tu oscura materia le da forma.

MUNDO: Pues ¿qué es lo que mandas? ¿Qué me quieres?

AUTOR: Pues soy tu Autor, y tú mi hechura eres
hoy, de un concepto mío
la ejecución a tus aplausos fío.

Don Pedro Calderón de la Barca
El gran teatro del mundo, 1655

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