Casa desolada [Fragmento] (Final)

Charles Dickens









5. Una aventura matutina

Aunque la mañana estaba desapacible, y aunque la niebla parecía seguir siendo muy densa —y digo que lo parecía porque las ventanas estaban tan sucias que hubieran bastado para oscurecer el sol del verano—, yo ya estaba lo bastante advertida de las incomodidades de la casa a tan temprana hora, y sentía la suficiente curiosidad acerca de Londres, como para pensar que la señorita Jellyby había acertado cuando me propuso salir a dar un paseo.

—Mamá va a tardar mucho en bajar —dijo—, y después sería rarísimo que el desayuno estuviera listo antes de una hora, por lo menos…; son de una pachorra… En cuanto a papá, se toma lo que puede y se va a su oficina. Nunca se toma un desayuno medio decente. Priscilla le deja el pan y algo de leche, si es que queda, encima de la mesa. A veces ya no queda leche, y otras veces se la bebe el gato. Pero me temo que debe usted de estar cansada, señorita Summerson; quizá prefiera acostarse.
—No estoy nada cansada, hija —contesté—, y preferiría, con mucho, salir a dar un paseo.
—Si está usted segura —replicó la señorita Jellyby—, voy a ponerme algo.

Ada dijo que también ella quería salir, y pronto empezó su aseo. Propuse a Peepy, a falta de algo mejor que hacer por él, que me dejara lavarlo, y después volví a echarlo en mi cama. Se sometió a todo con el mejor talante posible, contemplándome durante toda la operación, como si nunca se hubiera visto, y nunca pudiera volverse a ver, tan sorprendido en su vida; es cierto que con aire muy triste, pero sin quejarse, y se volvió a dormir tan ricamente en cuanto terminé con él. Al principio no me sentí muy segura en cuanto a tomarme tamaña libertad, pero pronto reflexioné que probablemente en aquella casa nadie se iba a dar cuenta.

Con las prisas de lavar a Peepy, y de prepararme y ayudar a Ada a arreglarse, pronto me sentí entrar en calor. Encontramos a la señorita Jellyby tratando de calentarse junto a la chimenea del escritorio, que Priscilla había estado tratando de encender con una vela medio deshecha en una palmatoria medio destrozada, e inclinando la vela para que ardiese mejor. Todo estaba exactamente igual que lo habíamos dejado la noche anterior, y evidentemente igual iba a seguir. En el piso de abajo, nadie había retirado el mantel, sino que se había dejado preparado para el desayuno. Toda la casa estaba llena de migas, polvo y papeles usados. En los barrotes de la barandilla de la entrada había colgados algunos recipientes de peltre y una lata de leche; la puerta estaba abierta, y al rodear la esquina nos tropezamos con la cocinera, que salía de una taberna secándose la boca. Al pasar a nuestro lado hizo una seña para indicar que había ido a ver qué hora daba el reloj.

Pero antes de tropezarnos con la cocinera, vimos a Richard, que iba dando zancadas Thavies Inn arriba, Thavies Inn abajo, para calentarse los pies. Se sintió agradablemente sorprendido de vernos levantadas tan temprano, y dijo que le agradaría mucho compartir nuestro paseo. Le dio el brazo a Ada, y la señorita Jellyby y yo fuimos por delante. Cabe mencionar que la señorita Jellyby había vuelto a adoptar su tono hosco, y verdaderamente no se me habría ocurrido pensar que yo le agradaba tanto si no me lo hubiera dicho.

—¿Dónde quieren ir? —preguntó.
—Donde tú quieras, hija —repliqué.
—Donde uno quiera no es decir nada —dijo la señorita Jellyby, deteniéndose con gesto hostil.
—En todo caso, vamos a alguna parte —dije.
—No se ría usted, señorita Summerson; a usted tampoco le gustaría; usted presume de ser muy tranquila…
—No, de verdad que no, hija mía —contesté.
—Claro que sí. Lo sabe perfectamente, señorita Summerson. ¡No me diga que no, porque es que sí!… Perdón, ya sé que tiene usted buenas intenciones —dijo rectificando inmediatamente, pero de mala gana—. ¡No se enfade conmigo, por favor! ¡Es que ya no puedo más!

Después me hizo andar a toda velocidad.

—No me importa —dijo—. Usted es mi testigo, señorita Summerson; digo que no me importa, pero aunque siguiera viniendo a casa con esas sienes abultadas y relucientes hasta que fuera más viejo que Matusalén, seguiría sin tener nada que ver con él. ¡Qué manera tienen él y mamá de hacer el idiota!
—Hija mía —repliqué en alusión al epíteto y a la forma tan fuerte en que lo había pronunciado la señorita Jellyby—. Como hija, tienes el deber…
—Vamos, señorita Summerson, no me hable usted de los deberes de las hijas; ¿qué deberes de madre cumple mi mamá? ¡Supongo que le basta con lo que hace por el público y por África! Pues que el público y África cumplan con sus deberes de hijos; más deber es suyo que mío. ¡Seguro que se escandaliza usted! Muy bien, pues también me escandalizo yo; ¡así que ya somos dos las escandalizadas, y en paz!

Me hizo andar todavía más rápido.

—Pero repito que, pase lo que pase, aunque vuelva, y vuelva y vuelva, yo no quiero tener nada que ver con él. No puedo aguantarle. Si hay algo en este mundo que detesto y aborrezco son las cosas de las que hablan él y mamá. ¡Me pregunto si ni siquiera las losas de la acera de enfrente de casa pueden tener la paciencia de quedarse ahí y presenciar las incoherencias y las contradicciones y todas esas bobadas que dicen, y cómo lleva mamá la casa!

No pude por menos de comprender que se refería al señor Quale, el joven caballero que se había presentado anoche después de cenar. Fueron Richard y Ada quienes me evitaron la desagradable necesidad de seguir adelante con el tema, pues aparecieron corriendo, riéndose y preguntándonos si es que nos proponíamos echar una carrera. Ante la interrupción, la señorita Jellyby se calló y siguió andando, malhumorada, a mi lado, mientras yo admiraba la sucesión y la variedad de las calles, la cantidad de gente que andaba ya de un lado para otro, el número de vehículos que pasaba en todas direcciones, los frenéticos preparativos para arreglar los escaparates y limpiar los comercios, y los extraordinarios personajes harapientos que buscaban secretamente alfileres y otros desechos entre la basura recién barrida.

—De manera, prima —decía la animada voz de Richard a Ada, detrás de mí—, que jamás vamos a librarnos de la Cancillería. Hemos llegado por otro camino al mismo sitio donde nos encontramos ayer, y… ¡Por el Gran Sello, ahí está otra vez la vieja!

Efectivamente, allí estaba, justo frente a nosotros, con sus reverencias y sus sonrisas, y diciendo con el mismo aire maternal que ayer:

—¡Los pupilos de Jarndyce! ¡Pero qué alegría! ¿No?
—Temprano ha salido usted, señora —le dije cuando me hizo una reverencia.
—¡Sí! Suelo pasearme por aquí a primera hora. Antes de que se abran los Tribunales. Es un sitio tranquilo. Aquí pienso en lo que he de hacer durante el día —dijo la anciana, en tono remilgado—. Las cosas del día requieren pensar mucho. Es tan difícil seguir la justicia de la Cancillería…
—¿Quién es, señorita Summerson? —preguntó la señorita Jellyby, apretándome más el brazo.

La ancianita tenía un oído notablemente agudo. Respondió inmediatamente ella misma:

—Una demandante, hija mía. A tu servicio. Tengo el honor de asistir regularmente a los Tribunales. ¿Tengo el placer de hablar con otra de las partes menores de edad en Jarndyce? —preguntó la anciana, enderezándose con la cabeza ladeada y con una leve reverencia.

Richard, que deseaba expiar su irreflexión de ayer, explicó, bienhumorado, que la señorita Jellyby no tenía nada que ver con la causa.

—¡Ja! —dijo la anciana—. Entonces, ¿no está esperando una sentencia? Ya se hará vieja. Pero no tanto. ¡Desde luego que no! Éste es el jardín de Lincoln’s Inn. Yo digo que es mi jardín. En el verano es toda una quinta. Aquí cantan melodiosamente los pájaros. Es donde paso la mayor parte de las vacaciones de verano. En contemplación. ¿No les parece que las vacaciones largas de verano son demasiado largas?

Dijimos que sí, pues parecía que eso era lo que esperaba de nosotros.

—Cuando las hojas empiezan a caer de los árboles y ya no quedan flores esperando a que las recojan para hacer ramilletes para la Sala del Lord Canciller —dijo la anciana—, terminan las vacaciones, y vuelve a prevalecer el Sexto Sello, mencionado en el Apocalipsis. Les ruego vengan a ver mi morada. Será de buen augurio para mí. Raras veces van allí la juventud, la esperanza y la belleza. Hace mucho tiempo que no me ha visitado ninguna de ellas.

Me había tomado de la mano, y mientras nos llevaba a mí y a la señorita Jellyby, hacía gestos a Richard y a Ada para que también ellos vinieran. Yo no sabía cómo negarme, y miré a Richard en busca de ayuda. Como él estaba medio divertido y medio intrigado, y todos dudábamos sobre cómo deshacernos de la anciana sin ofenderla, ésta continuó tirando de nosotras, y Ada y Richard continuaron siguiéndonos, mientras nuestra anciana conductora no cesaba de informarnos, con gran condescendencia sonriente, de que vivía allí al lado.

Era muy cierto, como pronto apreciamos. Vivía tan cerca de allí que no hacía sino unos momentos que habíamos accedido a sus deseos cuando llegó a su casa. La anciana nos hizo entrar por una portezuela lateral y se detuvo inesperadamente en un callejón estrecho, parte de una serie de patios y callejuelas que había inmediatamente al lado de la muralla del Inn, y dijo:

—Ésta es mi morada. ¡Suban, por favor!

Se había detenido ante un comercio encima del cual había un letrero: ALMACÉN KROOK TRAPOS Y BOTELLAS. También decía, en letras largas y finas: KROOK, AGENTE DE ARTÍCULOS MARÍTIMOS. En un lado del escaparate había un cuadro de una fábrica roja de papel, ante la cual un carro estaba descargando gran cantidad de sacos de trapos viejos. En otro había un letrero: SE COMPRAN HUESOS. En otro más: SE COMPRAN CACHARROS DE COCINA. En otro: SE COMPRA HIERRO VIEJO. En otro más: SE COMPRA PAPEL VIEJO. En otro: SE COMPRAN ROPAS DE CABALLERO Y DE SEÑORA. Parecía que se compraba todo y no se vendía nada. Por todas partes del escaparate había cantidades de botellas sucias: frascos de betún, frascos de medicinas, botellas de cerveza de jengibre y de soda, frascos de encurtidos, botellas de vino, tinteros; al mencionar esto último, recuerdo que el comercio tenía, en varios respectos, el aire de hallarse en un barrio que vivía de los Tribunales, y de ser, por así decirlo, de ser un parásito sucio y un pariente repudiado de la ley. Había muchos tinteros. Al lado de la puerta había una banqueta temblequeante donde estaban amontonados viejos volúmenes sucios, con el letrero: «Libros de Derecho, todos a 9 peniques». Algunas de las inscripciones que he enumerado estaban escritas en letra cancilleresca, igual que los papeles que había visto yo en la oficina de Kenge y Carboy, y que las cartas que había recibido hacía tanto tiempo de aquel bufete. Entre ellas había una escrita en la misma letra, que no tenía nada que ver con la actividad de aquel comercio, sino en la cual se anunciaba que un hombre respetable de cuarenta y cinco años de edad se ofrecía para pasar a limpio o copiar con destreza y rapidez: Dirección, Nemo, razón: el señor Krook, de este comercio. Había colgadas varias sacas de segunda mano, azules y rojas. Un poco más allá de la puerta del comercio había unos montones de pergaminos viejos y agrietados, y papeles legales descoloridos y ajados. Resultaba fácil imaginar que todas las llaves oxidadas, de las que debía de haber centenares amontonadas como hierro viejo, habían pertenecido antiguamente a puertas de despachos o de cajas fuertes de bufetes de abogados. Los montones de trapos, parte de ellos puestos en una balanza vieja de madera de una sola pata, que colgaba sin contrapeso de una viga de madera, parte de ellos caídos al suelo, podrían haber sido corbatines y togas de abogados, hechos tiras. Para completar el cuadro, no faltaba sino imaginar, como nos susurró Richard a Ada y a mí mientras contemplábamos aquello, que los huesos amontonados en un rincón y sin una brizna de carne eran los huesos de clientes.

Como seguía habiendo niebla y estaba oscuro, y como el comercio estaba cegado además por la muralla de Lincoln’s Inn, que interceptaba la luz un par de varas más allá, no hubiéramos podido ver tanto de no haber sido por un farol encendido que llevaba de un lado a otro del comercio un anciano de gafas tocado con una gorra de pelo. Al volverse hacia la puerta, nos vio. Era bajo, cadavérico y reseco, con la cabeza hundida a un lado entre los hombros, y el aliento le salía de la boca en un vapor perfectamente visible, como si hubiera respirado fuego. Tenía el cuello, la barbilla y las cejas tan nevados de cabellos blancos, y tenía por todas partes tantas venas salientes y la piel tan reseca, que del pecho para arriba parecía una raíz vieja en medio de la nieve.

—¡Eh! ¡Eh! —dijo el viejo, acercándose a la puerta—. ¿Tienen algo que vender?

Naturalmente, nos echamos atrás y miramos a nuestra guía, que había estado tratando de abrir la puerta de la casa con una llave que se había sacado del bolsillo, y a quien ahora Richard dijo que como ya había tenido el gusto de ver dónde vivía, tendríamos que separarnos de ella, pues andábamos mal de tiempo. Pero no nos iba a dejar que nos fuéramos con tanta facilidad. Se puso tan fantástica e insistentemente seria con sus ruegos de que subiéramos a ver su apartamento un instante, y tan empeñada estaba, a su aire inofensivo, en llevarme a él como parte del buen augurio que deseaba, que no vi más remedio que seguirla (independientemente de lo que hicieran los otros). Supongo que todos sentíamos más o menos curiosidad, sobre todo cuando el viejo añadió sus argumentos a los de ella y dijo: «Sí, sí! ¡Denle ese gusto! ¡No les llevará ni un minuto! ¡Pasen, pasen! ¡Pasen por la tienda, si la otra puerta está rota!», de modo que pasamos todos, alentados por el estímulo risueño de Richard y confiando en la protección de éste.

—Es mi casero, Krook —dijo la ancianita, en tono condescendiente hacia él desde su elevada condición al presentárnoslo—. Los vecinos lo llaman el Lord Canciller. A su comercio lo llaman el Tribunal de Cancillería. Es una persona muy excéntrica. Es muy raro. ¡Ay, sí; les aseguro que es muy raro!

Meneó la cabeza muchas veces y se dio en la frente con el índice, para expresar que debíamos tener la bondad de perdonarlo.

—Porque está un poco…, ¡ya saben! ¡L mayúscula! —dijo la anciana con gran ceremonia. El viejo la oyó y se echó a reír.
—Es cierto —dijo mientras nos adelantaba con el farol— que me llaman Lord Canciller y a mi comercio la Cancillería. ¿Y por qué creen ustedes que me llaman a mí Lord Canciller y a mi tienda la Cancillería?
—Desde luego, yo no lo sé —dijo Richard en tono despreocupado.
—Pues miren —dijo el viejo, deteniéndose y echando una mirada a su alrededor—. Es que… ¡Eh! ¡Miren qué pelo tan bonito! Abajo tengo tres bolsas llenas de pelo de señora, pero no hay nada tan bonito y tan fino como éste. ¡Qué color y qué textura!
—¡Basta ya, amigo mío! —dijo Richard, que decididamente desaprobaba el que el viejo hubiera agarrado una de las trenzas de Ada en su mano amarillenta—. Puede usted admirarlo, igual que todos nosotros, sin tomarse esas libertades.

El anciano le echó una mirada repentina, que incluso desvió mi atención de Ada, la cual, asustada y sonrojada, estaba tan asombrosamente bella que pareció retener incluso la atención distraída de la ancianita. Pero como Ada se interpuso y dijo sonriente que no podía por menos de sentirse orgullosa de una admiración tan auténtica, el señor Krook volvió a sumirse en su ser anterior con igual rapidez con la que había salido de él.

—Ya ven que aquí tengo muchas cosas —continuó, levantando el farol—, de tantas especies, y según creen los vecinos (pero ésos no saben nada) pudriéndose y echándose a perder, que por eso nos han bautizado así a mí y a mi comercio. Y tengo montones de pergaminos antiguos y documentos en mi inventario. Y me gusta el moho y el orín y las telas de araña. Y me quedo con todo lo que me traen. Y no puedo soportar deshacerme de algo que ya es mío (o eso es lo que opinan mis vecinos, pero ¿qué saben ésos?), ni cambiar nada, ni que me vengan a barrer, ni a fregar, ni a limpiar, ni a hacerme reparaciones. Por eso me han dado el mal nombre de Cancillería. A mí no me importa. Voy a ver a mi noble y erudito hermano casi todos los días, cuando viene al Inn. Él no se fija en mí, pero yo sí me fijo en él. No somos muy diferentes. Los dos nos revolcamos en el desorden. ¡Eh, Lady Jane!

De uno de los estantes le saltó al hombro una gran gata gris, que nos asustó a todos.

—¡Eh! Enséñales lo bien que arañas. ¡Eh! ¡A rascar, milady! —dijo su amo.

La gata se bajó de un salto y destrozó un montón de trapos con sus garras de tigresa, y con un ruido que me hizo rechinar los dientes.

—Lo mismo le haría a una persona si se lo ordenara —dijo el viejo—. Entre otras cosas generales, comercio en pieles de gato, y me ofrecieron la de ésta. Como verán, tiene una piel muy buena, pero no quise que se la quitaran. ¡Ahora, eso sí que no es práctica de la Cancillería, les advierto!

Mientras decía todo aquello nos había hecho cruzar el comercio, y ahora abrió una puerta que había al fondo y que llevaba a la entrada de la casa. Mientras él se quedaba inmóvil con la mano en la cerradura, la ancianita observó cortésmente antes de entrar:

—Basta, Krook. Tus intenciones son buenas, pero cansas. Mis jóvenes amigos tienen prisa. Yo tampoco tengo tanto tiempo, pues tengo que ir en seguida a los Tribunales. Mis jóvenes amigos son los pupilos de Jarndyce.
—¡Jarndyce! —exclamó el viejo, sobresaltado.
—Jarndyce y Jarndyce. El gran pleito, Krook —replicó su inquilina.
—¡Eh! —exclamó el viejo con tono de asombro y con los ojos más abiertos que nunca—. ¡Quién lo iba a pensar!

Parecía haberse quedado tan absorto de repente, y nos miraba con tanta curiosidad, que Richard dijo:

—¡Pero si parece que se preocupa usted mucho por las causas que entiende su noble y erudito hermano, el otro Canciller!
—¡Sí! —dijo el otro, distraído—. ¡Claro! Y usted se llamaría…
—Richard Carstone.
—Carstone —repitió, registrando lentamente aquel nombre con el índice, y contando después por separado con los dedos cada uno de los otros nombres que iba mencionando—. Sí. Alguien se llamaba Barbary, y alguien Clare, y creo que también alguien Dedlock.
—¡Sabe tanto de la causa como el Canciller de verdad, el profesional! —exclamó Richard, asombradísimo, dirigiéndose a Ada y a mí.
—¡Sí! —dijo el viejo, saliendo lentamente de su abstracción—. ¡Sí! Tom Jarndyce…, ustedes me perdonarán, que son sus parientes, pero en los Tribunales todos lo llamaban así, y lo conocía igual de bien —con un leve gesto hacia su inquilina— como a ella ahora. Tom Jarndyce venía mucho por aquí. Tenía la costumbre de pasearse arriba y abajo cuando se estaba oyendo la causa, o cuando eso se esperaba, y hablaba con los tenderos y les decía que les pasara lo que les pasara nunca fuesen a la Cancillería. «Porque», decía, «es como que lo muelan a uno en pedacitos en un molino lento, es como que lo asen a fuego lento, es como morir de las picaduras de una sola abeja; es como irse ahogando a gotas; es como ir enloqueciendo a pequeñas dosis». Casi se suicida ahí mismo, donde está esta señorita.

Escuchamos horrorizados.

—Entró por esa puerta —dijo el anciano, indicando lentamente un camino imaginario por su establecimiento— el día que lo hizo…, y todo el vecindario llevaba meses diciendo que iba a hacerlo sin duda, tarde o temprano, y va y llega aquel día a la puerta y pasa por ahí, y se sienta en un banco que había ahí y me pidió (comprenderán que entonces yo era mucho más joven) que le trajera una pinta de vino. «Pues, Krook», va y me dice, «estoy muy deprimido; vuelve a oírse mi causa, y creo que estoy más cerca que nunca de la sentencia». No me gustaba la idea de dejarle a solas, y le convencí de que viniera a la taberna de ahí enfrente, al otro lado de mi calle (quiero decir la Calle de la Cancillería), y le seguí y miré por la ventana y ahí le vi, lo más cómodo que parecía, en el sillón junto a la chimenea, y con compañía. Casi ni había vuelto yo aquí cuando oigo un disparo que resuena desde la taberna. Me eché a correr…, todos los vecinos se echaron a correr…, seríamos veinte, y todos gritando al tiempo: «¡Tom Jarndyce!»

El viejo se interrumpió, se nos quedó mirando, contempló el farol, apagó la llama de un soplo y cerró el farol.

—Teníamos razón, no hace falta que se lo diga a los aquí presentes. ¡Eh! Y, claro, aquella tarde todos los vecinos fuimos al Tribunal cuando se oyó la causa. ¡Cómo hacían, mi noble y erudito hermano y todos los demás, las mismas ceremonias de siempre, haciendo como que no se habían enterado del último dato de la causa, o como si, ¡Dios mío!, no tuvieran nada que ver con aquello, como si no supieran nada de nada!

Ada se había quedado pálida como la cera, y Richard estaba igual. Yo tampoco podía extrañarme, a juzgar por mis propias emociones, y eso que yo no era parte en la causa, de que para unos corazones tan jóvenes e inexpertos fuera tamaño golpe recibir la herencia de una desgracia tan antigua, que provocaba en mucha gente recuerdos tan horrorosos. Otra cosa que me inquietaba era la forma en que aquel relato terrible podía afectar a la pobrecilla medio loca que nos había llevado allí, pero, para gran sorpresa mía, parecía perfectamente inconsciente de ello, y lo único que hizo fue volver a mostrarnos el camino por la escalera, informándonos con la tolerancia que un ser superior siente por los defectos del común de los mortales, de que su casero estaba «un poco… L mayúscula…, ¡ya saben ustedes!».

Vivía en el alto de la casa, en una habitación bastante amplia, desde la cual se veía un poco de Lincoln’s Inn Hall. Parecía que ése había sido el principal atractivo inicial para ella cuando decidió irse a vivir allí. Podía mirarlo, dijo, de noche; especialmente cuando había luna. Su aposento estaba limpio, pero muy, muy desnudo. Advertí que tenía el mínimo de necesidades en materia de muebles; unas cuantas estampas sacadas de libros, de cancilleres y procuradores, pegadas en la pared, y media docena de ridículos y de estuches de labor «llenos de documentos», según nos informó. No había carbón en la chimenea, ni tampoco ceniza, y no vi por ninguna parte ni una prenda de vestir, ni nada de comida. En un vasar en una fresquera abierta había uno o dos platos y una o dos tazas y demás, pero todo seco y vacío. Su delgadez tenía un sentido más triste, pensé al mirar en torno a mí, de lo que había creído yo en un principio.

—Es un gran honor para mí —dijo nuestra pobre anfitriona, con la mayor gentileza— recibir esta visita de los pupilos de Jarndyce. Y agradezco mucho el augurio. Éste es un lugar muy tranquilo. Considerando que mis medios son limitados. Debido a la necesidad de estar atenta al Canciller. Vivo aquí desde hace muchos años. Paso los días en los Tribunales; las tardes y las noches aquí. Las noches me resultan largas, pues duermo poco y pienso mucho. Claro que eso es inevitable cuando se está en Cancillería. Lamento no poder ofrecerles chocolate. Espero un fallo en breve, y entonces mis aposentos serán de calidad superior. Actualmente no tengo objeción en confesar a los pupilos de Jarndyce (en estricta confianza) que a veces encuentro difícil mantener las apariencias. He sentido el frío aquí. He sentido algo más agudo que el frío. Importa poco. Les ruego excusen la introducción de tan mezquinos temas.

Retiró parcialmente la cortina de la ventana larga y baja de la buhardilla y señaló a nuestra atención varias jaulas que colgaban de ella, algunas de las cuales contenían varios pájaros. Había ruiseñores, gorriones y jilgueros, 20 por lo menos.

—Empecé a tener estos animalitos —dijo— con un objetivo que los pupilos comprenderán fácilmente. Con la intención de devolverles la libertad. Cuando se dicte mi sentencia. ¡Sí! Pero mueren en prisión. Sus vidas, pobrecillos, son tan breves en comparación con los procedimientos en Cancillería que, uno por uno, ha ido muriendo toda la colección, una y otra vez. ¿Saben ustedes que dudo si alguno de éstos, aunque todos son jóvenes, vivirá para volver a ser libre? Es muy entristecedor, ¿no?

Aunque a veces hacía una pregunta, nunca parecía esperar una respuesta, sino que seguía hablando como si tuviera la costumbre de hacerlo aunque no hubiera nadie presente.

—De hecho —continuó diciendo—, a veces dudo mucho, les aseguro, de si mientras sigan las cosas sin solventar, y prevalezca el sexto o Gran Sello, no es posible que un día me encuentren a mí aquí, yacente muda y sin sentido, igual que he encontrado yo a tantos pájaros.

Richard, en respuesta a lo que vio en la mirada compasiva de Ada, aprovechó la oportunidad para poner algo de dinero, en silencio y sin que ella lo viera, en la repisa de la chimenea. Todos nos acercamos a las jaulas, fingiendo que estudiábamos los pájaros.

—No puedo dejar que canten mucho —dijo la ancianita—, porque (aunque les parezca curioso) me confunde la idea de que estén cantando mientras yo sigo los alegatos en los tribunales. ¡Y necesito tener la cabeza tan clara, saben! Otra vez les diré cómo se llaman. Ahora no. En un día de tan buen augurio pueden cantar todo lo que quieran. En homenaje a la juventud —con una sonrisa y una reverencia—, a la esperanza —una sonrisa y una reverencia—, y a la belleza —una sonrisa y una reverencia—. ¡Hale! Vamos a dejar que entre toda la luz.

Los pájaros empezaron a agitarse y a trinar.

—No puedo dejar que entre mucho aire —dijo la ancianita (olía a cerrado, y mejor hubiera sido que sí)—, porque la gata que vieron ustedes abajo, la llamada Lady Jane, está loca por matarlos. Se pasa agazapada horas y horas en el parapeto. He descubierto —con un susurro de misterio— que su crueldad natural se ve aguzada por un temor celoso de que ellos recuperen la libertad. Debido al fallo que espero se dicte en breve. Es astuta y está llena de malicia. A veces casi creo que no es una gata, sino el lobo del viejo refrán. Es tan difícil no verle las orejas.

Unas campanas vecinas recordaron a la pobrecilla que eran las nueve y media y nos sirvieron de más para poner fin a nuestra visita que cualquier cosa que hubiéramos podido hacer nosotros. Tomó apresuradamente su bolsita de documentos, que había puesto en la mesa cuando llegamos, y nos preguntó si íbamos también a los tribunales. Cuando le dijimos que no, y que no queríamos en absoluto entretenerla, abrió la puerta para acompañarnos abajo.

—Con este augurio es todavía más necesario que nunca estar presente antes de que llegue el Canciller —dijo—, porque podría mencionar mi caso en primer lugar. Tengo el presentimiento de que es lo primero que va a mencionar esta mañana.

Se detuvo a decirnos en un susurro, mientras bajábamos, que toda la casa estaba llena de maderas extrañas que su casero había ido comprando y que no quería vender, porque estaba un poco L mayúscula. Eso fue en el primer piso. Pero antes había hecho una parada en el segundo piso y había señalado en silencio una puerta oscura que allí había.

—Es el otro inquilino —susurró entonces como explicación—; escribe copias legales. Los chicos de estas calles dicen que ha vendido su alma al diablo. No sé qué habrá hecho con el dinero. ¡Chitón!

Parecía temer que el otro inquilino la oyera, incluso allí, y siguió rogándonos silencio mientras iba ante nosotros de puntillas, como si incluso el ruido de sus pasos pudiera revelarle lo que había dicho.

Al pasar por el comercio camino de la calle, igual que lo habíamos cruzado al llegar de ella, nos encontramos con el anciano que amontonaba varios paquetes de papel viejo en una especie de cavidad en el suelo. Parecía estar trabajando mucho, tenía la frente sudorosa y a su lado estaba un trozo de tiza, con la cual, cada vez que bajaba un paquete o un lío, hacía un garabato en el revestimiento de la pared.

Habían pasado a su lado Richard y Ada, y la señorita Jellyby y la ancianita, e iba a pasar yo, cuando me tocó en un brazo para detenerme y apuntó la letra J en la pared, de una manera muy curiosa, pues empezó por el final de la letra y la fue trazando hacia atrás. Era una letra mayúscula, no de imprenta, sino una letra exactamente igual que si la hubiera trazado cualquiera de los pasantes de la oficina de los señores Kenge y Carboy.

—¿La sabe leer? —me preguntó con una mirada penetrante.
—Claro —respondí—. Está muy clara.
—¿Qué es?
—Una J.

Con una mirada dirigida hacia mí y otra a la puerta, la borró y en su lugar puso una «a» (no mayúscula esta vez), y me preguntó:

—Y ésta, ¿qué es?

Se lo dije. Entonces la borró y dibujó una «r» y me hizo la misma pregunta. Así siguió rápidamente hasta haber formado, de la misma extraña manera, empezando siempre por la parte de abajo de cada letra, la palabra JARNDYCE, sin dejar nunca que en la pared hubiera dos letras al mismo tiempo.

—¿Qué dicen todas juntas? —me preguntó.

Cuando se lo dije se echó a reír. Del mismo extraño modo, aunque con igual rapidez, fue haciendo una a una, y borrando una a una las letras que formaban las palabras CASA DESOLADA. También las leí, un tanto asombrada, y él se volvió a reír.

—¡Eh! —dijo el viejo dejando la tiza a un lado—. Tengo un don para copiar de memoria, como puede ver, señorita, aunque no sé leer ni escribir.

Tenía un aspecto tan desagradable, y la gata me miraba con una expresión tan malvada, como si yo fuese pariente cercana de los pájaros de arriba, que me sentí muy aliviada cuando apareció en la puerta Richard, diciendo:

—Señorita Summerson, espero que no esté usted negociando la venta de sus cabellos. No caiga en la tentación. ¡Con las tres bolsas de abajo ya tiene bastante el señor Krook!

Me apresuré a despedirme del señor Krook y en reunirme a mis amigos en la calle, donde nos despedimos de la ancianita, que nos dio su bendición con gran ceremonia y reiteró sus seguridades de que nos dejaría en herencia un legado a Ada y otro a mí. Antes de dar finalmente la espalda a aquellas callejas miramos atrás y vimos al señor Krook, en la puerta de su tienda, mirándonos con las gafas puestas; con la gata en el hombro, cuya cola se erguía a uno de los lados de la gorra de pelo del hombre, como una pluma enhiesta.

—¡Toda una aventura para una mañana londinense! —suspiró Richard— ¡Ay, prima, prima, qué nombre tan terrible éste de la Cancillería!
—Para mí siempre lo ha sido, desde mis primeros recuerdos —respondió Ada—. Estoy segura.
—Para mí también —dijo Richard, pensativo.
—Si el Lord Canciller fallara en contra de mis intereses, por lo que a eso respecta, o por lo menos contra lo que yo diría que es mi derecho…, ¿con cuánto podríamos vivir tú y yo, Esther? —dijo Ada ruborizándose.
—¡No! —exclamó Richard—. Es mejor que falle en contra mía. Yo puedo ir a cualquier parte… Me puedo hacer militar, o lo que sea, y nadie me echará de menos. Si pudiera vendería mis expectativas cuanto antes y lo más barato posible.
—¿E irte al extranjero? —preguntó Ada.
—¡Sí!
—¿Quizá a la India?
—Pues sí, creo que sí —contestó Richard.
—Yo no lo he pensado —dijo Ada—. Lo único que lamento es ser la enemiga (como supongo que lo soy) de tantos parientes y otra gente, y que ellos sean mis enemigos, como supongo que lo son, y que estemos todos arruinándonos los unos a los otros, sin saber cómo ni por qué, y que estemos siempre en duda y en desacuerdo todas nuestras vidas. Parece muy raro, pues en alguna parte debe de imperar el derecho, que en todos estos años no haya habido un juez decidido a averiguar lo que es justo.
—¡Ay, prima! —dijo Richard… ¡Y tan raro! Toda esta complicada partida de ajedrez para nada es muy extraña. El ver ayer a ese tribunal seguir tan tranquilo con sus cosas y pensar en los sufrimientos de las piezas del tablero me dio dolor de cabeza y me afligió el ánimo al mismo tiempo. Me dolía la cabeza de preguntarme cómo pasaba todo esto, si aquellos hombres no eran ni idiotas ni sinvergüenzas, y me afligía el ánimo pensar que quizá fueran ambas cosas. Pero en todo caso, Ada, si me permites que te llame así…
—Pues claro, primo Richard.
—En todo caso, la Cancillería no nos va a transmitir a nosotros ninguna de sus malas influencias. Estamos felizmente reunidos, gracias a nuestro buen pariente, ¡y ya no puede separarnos!
—¡Esperó que nunca, primo Richard! —dijo Ada gentilmente.

La señorita Jellyby me apretó el brazo y me lanzó una mirada muy significativa. Respondí con una sonrisa e hicimos un camino de vuelta muy agradable.

Media hora después de nuestra llegada apareció la señora Jellyby, y en el transcurso de una hora fueron llegando uno a uno al comedor los diversos elementos necesarios para un desayuno. No dudo que la señora Jellyby se hubiera acostado y levantado como todo el mundo, pero no parecía que se hubiera cambiado de vestido. Durante el desayuno estuvo muy ocupada, pues el correo de la mañana trajo mucha correspondencia relativa a Borriobula-Gha, lo cual le haría (según dijo) pasar un día muy ocupado. Los niños correteaban por todas partes, y se iban anotando otros recuerdos de sus accidentes en las piernas, que eran perfectos calendarios de sus heridas; Peepy desapareció durante hora y media, y un policía lo trajo a casa desde el mercado de Newgate. La apacibilidad con la que la señora Jellyby llevó tanto su ausencia como su devolución al círculo familiar nos sorprendió a todos.

Para entonces ya estaba dictando perseverantemente a Caddy, y Caddy iba volviendo rápidamente a la condición entintada en la que la habíamos conocido. A la una llegó a buscarnos un carruaje abierto, con una carreta para nuestro equipaje. La señora Jellyby nos dio muchos recuerdos para su buen amigo, el señor Jarndyce; Caddy se levantó de su escritorio para acompañarnos a la puerta, me dio un beso en el pasillo y se quedó en los escalones, llorando y mordiendo la pluma; Peepy, celebro decirlo, estaba dormido, con lo que no hubo de soportar el dolor de la separación (yo tenía algún temor de que hubiera ido al mercado de Newgate a buscarme), y todos los demás niños se subieron en el carruaje de las maletas y se fueron cayendo, y los vimos, muy preocupados, esparcidos por toda la superficie de Thavies Inn cuando íbamos saliendo de allí.

Una respuesta a “Casa desolada [Fragmento] (Final)

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