Casa desolada [Fragmento] (III)

Charles Dickens








4. Una filantropía telescópica

Pasaríamos la noche, nos dijo el señor Kenge cuando llegamos a su despacho, en casa de la señora Jellyby , y después se volvió a mí y dijo que estaba seguro de que yo sabía quién era la señora Jellyby.

—La verdad, señor, es que no —respondí—. Quizá el señor Carstone, o la señorita Clare.

Pero no, no sabían nada relacionado con la señora Jellyby.

—¡Ver-da-de-ra-mente! La señora Jellyby —dijo el señor Kenge, que estaba de espaldas a la chimenea y contemplaba la alfombra polvorienta que tenía ante sí como si fuera la biografía de la señora Jellyby— es una dama de notable fuerza de carácter que se ha consagrado enteramente al público. Se ha consagrado a una gran variedad de temas públicos, en diversos momentos, y actualmente (hasta que se sienta atraída por otra cosa), está consagrada al tema de África, con miras al cultivo general de la baya del café —y de los indígenas— y a la feliz colonización en las riberas de los ríos africanos de nuestra superabundante población nacional. El señor Jarndyce, que desea ayudar a todas las obras que quepa considerar como buenas obras, y a quien recurren mucho los filántropos, tiene, según creo, una opinión elevadísima de la señora Jellyby.

El señor Kenge se ajustó el corbatín y nos contempló.

—¿Y el señor Jellyby, caballero? —sugirió Richard.
—¡Ah! El señor Jellyby —dijo el señor Kenge— es…, ah… No sé qué mejor forma de describírselo salvo decir que es el marido de la señora Jellyby.
—¿No tiene personalidad propia, caballero? —sugirió Richard, con una mirada divertida.
—No he dicho eso —respondió gravemente el señor Kenge—. De hecho, no puedo decir nada de eso, pues no sé nada en absoluto acerca del señor Jellyby. Que yo sepa, nunca he tenido el placer de ver al señor Jellyby. Es posible que se trate de un ser superior, pero, por así decirlo, se ha fusionado; sí, fusionado, en las más brillantes cualidades de su esposa.

El señor Kenge pasó entonces a decirnos que como el camino de la Casa Desolada habría sido muy largo, oscuro y tedioso en una tarde así, y como ya habíamos hecho un viaje aquel mismo día, el propio señor Jarndyce había propuesto este sistema. A primera hora de la mañana siguiente nos esperaría un carruaje a la puerta de la casa de la señora Jellyby para sacarnos de la ciudad.

Después tocó una campanilla y entró el joven caballero. El señor Kenge se dirigió a él llamándolo Guppy, y le preguntó si las maletas de la señorita Summerson y el resto del equipaje «ya se habían llevado». El señor Guppy dijo que sí, que se habían llevado, y que estaba esperándonos un coche para llevarnos también a nosotros en cuanto quisiéramos.

—Entonces —dijo el señor Kenge, dándonos la mano—, sólo me queda expresar mi gran satisfacción al ver (¡tenga usted buen día, señorita Clare!) que lo dispuesto para el día de hoy está concluido y (¡tenga usted muy buen día, señorita Summerson!) mi gran esperanza de que todo ello sea conducente a la felicidad (¡ha sido un placer conocer a usted, señor Carstone!), el bienestar y el progreso en todos los órdenes, de todos los interesados. Guppy, encárgate de que todos lleguen a buen fin.
—¿Dónde está ese «fin», señor Guppy? —preguntó Richard mientras bajábamos la escalera.
—Aquí al lado —dijo el señor Guppy—, justo en Tavies Inn, ya saben.
—Yo no puedo decir que lo sepa, porque soy de Winchester y no conozco Londres.
—Aquí al lado —dijo el señor Guppy—. No hay más que torcer por Chancery Lane y cortar por Holborn, y llegamos en cuatro minutos, segundo más o menos. ¡Esto sí que es puré de guisantes!, ¿eh, señorita? —Parecía celebrarlo muchísimo por mí.
—¡Ciertamente, la niebla es muy densa! —contesté.
—Claro que a usted no le afecta —dijo el señor Guppy mientras plegaba la escalerilla del coche—. Por el contrario, parece sentarle bien, señorita, a juzgar por su aspecto.

Comprendí que al hacerme aquel cumplido tenía buena intención, así que me reí de mí misma por sonrojarme ante él cuando cerró la portezuela y subió al pescante del coche, y los tres nos reímos y estuvimos hablando de nuestra inexperiencia y de lo extraño que era Londres, hasta dar la vuelta bajo un arco, y llegar a nuestro destino: un callejón de casas altas, como una cisterna oblonga para contener la niebla. Había un grupito confuso de gente, sobre todo niños, reunido en torno a la casa en la que nos paramos, que tenía una placa de latón sucio en la puerta con un letrero: JELLYBY.

—¡No se asusten! —dijo el señor Guppy, que metió la cabeza por la ventanilla—. Parece que uno de los Jellyby chicos ha metido la cabeza entre los barrotes de la barandilla de la entrada.
—¡Pobrecito! —exclamé yo—. ¡Déjenme salir, por favor!
—Le ruego tenga cuidado, señorita. Los Jellyby chicos siempre están tramando algo —dijo el señor Guppy.

Me abrí camino hasta el pobre niño, que era una de las criaturas más sucias que jamás haya visto, y lo encontré febril y asustado, y llorando a gritos, aprisionado por el cuello entre dos barrotes de hierro, mientras un lechero y un alguacil, con las mejores intenciones del mundo, trataban de tirar de él por las piernas, con la impresión general de que por aquel medio podían comprimirle el cráneo. Al ver (tras tranquilizarlo un poco) que se trataba de un muchachito con una cabeza naturalmente grande, pensé que, quizá, por donde le cabía la cabeza podía seguirle el cuerpo, y mencioné que la mejor forma de extraerlo sería empujarlo hacia adelante. Mi sugerencia fue tan bien recibida por el lechero y el alguacil, que inmediatamente lo hubieran lanzado de un golpe hacia el semisótano si no lo hubiera agarrado yo por el delantal, mientras Richard y el señor Guppy bajaban corriendo hacia la cocina para recogerlo cuando quedara suelto. Por fin salió bien, sin ningún accidente, y entonces empezó a golpear al señor Guppy con la guía de un aro y de manera totalmente frenética.

No había aparecido nadie que perteneciera a la casa, salvo una mujer con zuecos que había estado dándole golpes al niño desde abajo con una escoba, no sé para qué, ni creo que lo supiera ella. Por eso supuse que la señora Jellyby no estaba en casa, y me sentí muy sorprendida cuando la mujer apareció en el pasillo, sin los zuecos ya, y al subir al cuarto de atrás del primer piso, por delante de Ada y de mí, nos presentó:

—¡Aquí las dos señoritas, aquí la señora Jellyby!

Mientras subíamos, pasamos junto a varios niños más, a los que resultaba difícil no pisar en la oscuridad, y cuando llegamos a la presencia de la señora Jellyby, uno de los pobrecillos se cayó por las escaleras, todo un tramo (según me pareció), con un gran ruido.

La señora Jellyby, en cuya faz no se reflejaba ninguna de la inquietud que nosotros no podíamos por menos de mostrar en las nuestras, dado que la cabeza del pobrecito dejaba constancia de su choque con cada escalón (más tarde Richard diría que había contado siete, además del descansillo), nos recibió con perfecta ecuanimidad. Era una mujercita regordeta, atractiva, muy bajita, de entre cuarenta y cincuenta años, con ojos bonitos, aunque tenían la extraña costumbre de que siempre parecían estar contemplando algo en la distancia. Como si (y vuelvo a citar a Richard) no pudieran ver nada más cercano que África.

—Es para mí un gran placer —dijo la señora Jellyby, con voz agradable— el recibir a ustedes. Siento un gran respeto por el señor Jarndyce, y nadie por quien él se interese me puede ser indiferente.

Expresamos nuestro agradecimiento y nos sentamos tras la puerta, donde había un viejo sofá despanzurrado. La señora Jellyby tenía abundante cabellera, pero estaba demasiado ocupada con sus deberes para con los africanos como para cepillársela. El chal que apenas la cubría se le había caído en la silla cuando se levantó a darnos la bienvenida, y cuando se dio la vuelta para volver a su asiento no pudimos evitar el ver que el vestido que llevaba no le cerraba a la espalda, y que el espacio abierto estaba entrecruzado por una trama romboidal de encaje que lo sostenía, como en un invernadero.

El aposento, lleno de papeles y casi enteramente ocupado por un gran escritorio lleno del mismo desorden, estaba, debo decirlo, no sólo muy desordenado, sino muy sucio. Nos vimos obligados a advertirlo por nuestro sentido de la vista, al mismo tiempo que con el sentido del oído habíamos seguido al pobre niño que caía de cabeza por las escaleras, creo que hasta llegar a la cocina de atrás, donde alguien pareció contener sus gritos.

Pero lo que más nos llamó la atención fue una joven pálida y de aspecto malsano, aunque nada fea en absoluto, que estaba sentada al escritorio mordisqueando su pluma de escribir y contemplándonos. Creo que jamás he visto a nadie tan manchado de tinta. Y desde el pelo desordenado hasta unos pies muy bonitos, desfigurados por unas zapatillas de raso viejas, rotas y con los talones gastados, verdaderamente no parecía llevar una sola prenda que, desde el último alfiler en adelante, estuviera en buena condición o en el sitio que le correspondía.

—Me encuentran, queridas mías —dijo la señora Jellyby, despabilando dos grandes velas de escritorio puestas en palmatorias que daban al aposento un fuerte olor de sebo caliente (la chimenea se había apagado, y no quedaban en ella sino cenizas, un montón de leña y un atizador)—; me encuentran, digo, queridas mías, muy ocupada, como de costumbre, pero espero que me disculpen. En estos momentos el proyecto africano ocupa todo mi tiempo. Me hace entrar en correspondencia con organismos públicos, así como con particulares deseosos del bienestar de su especie en todo el país. Celebro decir que vamos progresando. Para el año que viene por estas fechas esperamos tener entre ciento cincuenta y doscientas familias sanas cultivando café y educando a los indígenas de Borriobula-Gha, en la ribera izquierda del Níger.

Como Ada no dijo nada, sino que me miró a mí, comenté que aquello debía de resultar muy satisfactorio.

—Resulta satisfactorio —dijo la señora Jellyby—. Entraña la consagración de todas mis energías, las pocas que tengo, pero eso no es nada, con tal de que salga adelante, y cada día que pasa estoy más segura del éxito. ¿Sabe usted, señorita Summerson? Casi me extraña que usted no haya pensado nunca en África.

Aquel giro del tema me resultó tan totalmente imprevisto que no supe en absoluto cómo reaccionar. Sugerí que el clima…

—¡El mejor clima del mundo! —protestó la señora Jellyby.
—¿Sí, señora?
—Desde luego. Con precauciones —siguió observando la señora Jellyby—. Puede usted ir a Holborn, sin precauciones, y que la atropellen. Puede usted ir a Holborn, con precauciones, y que nunca la atropellen. Lo mismo pasa en África.
—Sin duda… —dije, refiriéndome a Holborn.
—Si desea usted —dijo la señora Jellyby, alargándonos un montón de papeles—observar algunos comentarios a este respecto, así como sobre el tema general (que ya han sido objeto de gran difusión), mientras termino una carta que estoy dictando a mi hija mayor, que es mi amanuense…

La muchacha que estaba sentada a la mesa dejó de mordisquear la pluma y se volvió a saludarnos, con un gesto mitad vergonzoso y mitad enfurruñado.

—… entonces habré terminado por el momento —continuó la señora Jellyby, con una sonrisa de oreja a oreja—, aunque mi trabajo nunca está terminado. ¿Dónde estabas, Caddy?
—«Saluda atentamente al señor Swallow y se sirve» —dijo Caddy.
—«Y se sirve» —siguió dictando la señora Jellyby— «comunicarle, con referencia a su carta con consultas sobre el proyecto de África…». ¡No, Peepy! ¡Nada de eso!

Peepy (según parecía) era el pobre niño que se había caído por las escaleras y que ahora interrumpía la correspondencia al presentarse con un esparadrapo en la cabeza para exhibir las heridas que tenía en las rodillas, a cuyo respecto Ada y yo no sabíamos qué era lo que más pena nos daba, si las heridas o la suciedad que las rodeaba. La señora Jellyby se limitó a añadir, con la serena compostura con la que decía todo: «¡Vete, Peepy, no seas malo!», y volvió a fijar sus hermosos ojos en África.

Sin embargo, como continuó inmediatamente con su dictado y como, hiciera lo que hiciera yo, no interrumpía nada, me aventuré silenciosamente a detener al pobre Peepy cuando se marchaba, y a tomarlo en brazos. Aquello pareció asombrarlo mucho, al igual que los besos que le dio Ada, pero pronto se quedó dormido en mis brazos, mientras sus sollozos iban espaciándose cada vez más, hasta parar del todo. Estaba yo tan absorta con Peepy que me perdí los detalles de la carta, aunque obtuve la impresión general de la enorme importancia que tenía África y de la total insignificancia de todo y todos los demás, hasta el punto de sentirme totalmente avergonzada de haber pensado tan poco en aquel continente.

—¡Las seis! —dijo la señora Jellyby—. ¡Y nuestra hora de cenar es nominalmente (porque comemos a cualquier hora) las cinco! Caddy, lleva a la señorita Clare y a la señorita Summerson a sus habitaciones. ¿Quizá deseen ustedes cambiarse o algo? Sé que me disculparán por lo ocupada que estoy siempre. ¡Qué niño más malo! ¡Por favor, señorita Summerson, déjelo en el suelo!

Pedí permiso para llevarlo conmigo, y dije sin mentir que no me molestaba nada, así que me lo llevé arriba y lo eché en mi cama. Ada y yo teníamos dos habitaciones arriba, con una puerta de comunicación entre ambas. Estaban casi vacías y muy desordenadas, y la cortina de mi ventana estaba fijada con un tenedor.

—¿No querrían un poco de agua caliente? —preguntó la señora Jellyby, que andaba buscando una jarra que todavía tuviera un asa, pero buscándola en vano.
—Si no es mucha molestia —contestamos.

Hacía tanto frío, y las habitaciones despedían un olor tan húmedo, que debo confesar que me sentí un poco triste, y Ada estaba a punto de echarse a llorar. Sin embargo, pronto empezamos a reír, y estábamos deshaciendo el equipaje cuando llegó la señora Jellyby a decir que lo lamentaba mucho, pero no había agua caliente y no podían encontrar la olla, y la caldera estaba estropeada.

Le pedimos que no se preocupase, y nos apresuramos todo lo que pudimos para volver a bajar junto a la chimenea. Pero todos los niños habían subido al descansillo de fuera, a contemplar el fenómeno de Peepy acostado en mi cama, y nuestra atención quedaba distraída por la aparición constante de narices y dedos en situaciones de peligro entre las rendijas de las puertas. Era imposible cerrar la puerta de ninguna de las habitaciones, pues la cerradura de la mía, que no tenía pomo, parecía un resorte saltado, y aunque el picaporte de la de Ada daba la vuelta con la mayor facilidad, no surtía efecto de ningún tipo en el cierre. En consecuencia, propuse a los niños que entrasen y se portaran bien, y yo les iría contando el cuento de la Caperucita Roja mientras me arreglaba; así lo hicieron, y estuvieron callados como moscas, incluido Peepy, que se despertó oportunamente justo antes de que apareciera el lobo.

Cuando bajamos la escalera, vimos un tazón con la inscripción de «Regalo de Tunbridge Wells», que servía para iluminar la ventana de la escalera, pues en él flotaba una palomita encendida; también había una joven con la cara inflamada vendada con un trozo de franela, que soplaba en la chimenea del salón (ahora conectado por una puerta abierta con el aposento de la señora Jellyby) y se atragantaba constantemente. En resumen, había tanto humo que estuvimos todas sofocadas y llorosas con las ventanas abiertas durante media hora, durante cuyo rato la señora Jellyby, con su buen talante de siempre, siguió dictando cartas acerca de África. He de decir que el que estuviera ocupada en aquello fue un gran alivio para mí, pues Richard nos dijo que él se había lavado las manos en una bandeja para pasteles, y que al final habían encontrado la tetera en su cómoda, y tanto hizo reír a Ada que entre los dos me hicieron reír a mí de la manera más absurda.

Poco después de las siete bajamos a cenar; con cuidado, según nos aconsejó la señora Jellyby, pues, además de que a la alfombra de la escalera le faltaban muchos raíles, estaba tan rota que parecía un recorrido de obstáculos. Cenamos un bacalao excelente, un trozo de rosbif, un plato de chuletas y un pudin, cena magnífica si hubiera estado algo cocinada, pero todo estaba casi crudo. La joven de la venda de franela servía y lo tiraba todo en la mesa, a donde cayera, y no lo volvía a quitar de allí hasta que lo ponía en la escalera. La persona a la que yo había visto en zuecos (que supongo debía de ser la cocinera) venía a menudo y se peleaba con ella ante la puerta, y parecía que entre ellas había mala voluntad.

Durante toda la cena —que fue larga, debido a accidentes tales como que el plato de patatas se hallara por equivocación en la carbonera y que el mango del sacacorchos saltara por accidente y golpeara a la muchacha en la barbilla—, la señora Jellyby mantuvo su buen humor. Nos contó muchas cosas interesantes acerca de Borriobula-Gha y sus indígenas, y recibió tantas cartas que Richard, que estaba sentado a su lado, vio cuatro sobres caídos al mismo tiempo en la salsera. Algunas de las cartas contenían las actas de comités de damas, o resoluciones de reuniones de damas, y nos las leyó, mientras que otras eran consultas de personas interesadas por diversos motivos en las posibilidades de cultivar el café y atraídas también por los indígenas; otras pedían respuestas, y tres o cuatro veces la señora hizo levantar a su hija mayor de la mesa para que las escribiese. Estaba ocupadísima, y no cabía duda de que, como nos había dicho, se consagraba totalmente a la causa.

Yo sentía una cierta curiosidad por saber quién era un caballero calvo y de modales amables, con gafas, que se dejó caer en una silla vacía (no había cabecera en especial de la mesa) después de que se llevaran el pescado, y que parecía someterse pasivamente a Borriobula-Gha, pero sin tomar un interés activo en su colonización. Como no decía ni una palabra, era posible que se tratara de un indígena, de no haber sido por el color de su piel. Hasta que nos levantamos de la mesa y se quedó a solas con Richard no se me pasó por la cabeza la idea de que fuera el señor Jellyby. Pero era el señor Jellyby, y un joven locuaz llamado señor Quale, que tenía unas sienes protuberantes y brillantes, y con el pelo planchado hacia atrás, que llegó más tarde y le dijo a Ada que era filántropo, también la informó de que él calificaba la alianza matrimonial entre la señora Jellyby y el señor Jellyby de la unión entre el espíritu, y la materia.

Aquel joven, además de tener mucho que decir acerca de sí mismo y de África, y de tener un proyecto para enseñar a los colonizadores del café a fabricar patas de piano y establecer un comercio de exportación, se deleitaba en alentar a la señora Jellyby con frases como: «Creo, señora Jellyby, que ha llegado usted a recibir nada menos que de ciento cincuenta a doscientas cartas al día para preguntarle por África, ¿no?», o: «Si la memoria no me engaña, señora Jellyby, hace tiempo mencionó usted que una vez envió cinco mil circulares por correo de golpe, ¿no?», y siempre nos repetía la respuesta de la señora Jellyby, como si fuera un intérprete. Durante toda la velada, el señor Jellyby se quedó sentado en su rincón, con la cabeza apoyada en la pared, como si estuviera bajo de ánimo. Según parece, varias veces había abierto la boca cuando se quedó a solas con Richard, después de la cena, como si se le hubiera ocurrido algo, pero siempre la había vuelto a cerrar sin decir nada, para gran confusión de Richard.

La señora Jellyby, sentada en medio de lo que parecía un nido de papeles viejos, pasó la velada bebiendo café y dictando a intervalos a su hija mayor. También mantuvo una conversación con el señor Quale, el tema de la cual pareció ser —si yo comprendí bien— la Fraternidad Humana, y expresó algunos sentimientos muy bellos. Sin embargo, no pude escucharla con toda la atención que habría deseado, pues Peepy y los otros niños vinieron a rodearnos a Ada y a mí en un rincón del salón, a pedirnos que les contáramos otro cuento, así que nos sentamos con ellos y les contamos en susurros el del Gato con Botas y no sé qué más, hasta que la señora Jellyby se acordó por casualidad de ellos y los mandó acostarse. Cuando Peepy dijo, llorando, que quería lo llevara yo a la cama, me lo llevé al piso de arriba, donde la muchacha de la venda de franela cargó entre las pequeños como un dragón y los metió a todos en cunas.

Después de eso me ocupé en ordenar un poco nuestra habitación y en atizar una chimenea que se empeñaba en no arder, hasta que lo logré y empezó a tirar bien. Cuando volví al piso de abajo advertí que la señora Jellyby me miraba de forma un poco despectiva, por ser tan frívola, y lo lamenté, pese a que al mismo tiempo también yo sabía que no tenía pretensiones más elevadas.

Casi era medianoche cuando encontramos una oportunidad de ir a acostarnos, e incluso entonces la señora Jellyby se quedó con sus papeles y tomando café, y con la señorita Jellyby, que seguía mordiéndose la pluma.

—¡Qué casa tan rara! —dijo Ada cuando llegamos arriba—. ¡Qué curioso es que mi primo Jarndyce nos envíe aquí!
—Cariño mío —le dije—, todo me tiene muy confusa. Desearía comprenderlo, pero no lo comprendo en absoluto.
—¿El qué? —preguntó Ada con su linda sonrisa—. Todo esto, querida mía. No cabe duda de que la señora Jellyby tiene que ser muy buena para preocuparse tanto por un plan en beneficio de los indígenas, y, sin embargo, ¡Peepy y toda la casa!

Ada rio, me echó un brazo al cuello mientras yo contemplaba el fuego, y me dijo que yo era una persona calmada, encantadora y que la había conquistado.

—Eres tan delicada, Esther —me dijo—, y, sin embargo, tan animada. ¡Y haces tantas cosas como si no estuvieras dándole importancia! Conseguirías crear un hogar incluso en esta casa.

¡Pobrecita mía! No se daba cuenta de que estaba cantando sus propios elogios, y de que la bondad de su corazón era la que le hacía cantar los míos.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —le dije cuando ya llevábamos un ratito sentadas ante la chimenea.
—Y hasta quinientas —contestó Ada.
—Tu primo, el señor Jarndyce, a quien tanto debo. ¿Te importaría describírmelo?

Ada sacudió sus rizos dorados y se me quedó mirando con una extrañeza tan risueña que yo también me quedé extrañada, en parte por tanta belleza y en parte por su sorpresa.

—¡Esther! —exclamó.
—¿Cariño?
—¿Quieres una descripción de mi primo Jarndyce?
—Es que nunca lo he visto, cielo.
—¡Y yo tampoco lo he visto nunca! —replicó Ada.
—¡Vaya!

No, nunca lo había visto. Pese a lo joven que era Ada cuando había muerto su mamá, recordaba cómo le venían a ésta las lágrimas a los ojos cuando hablaba de él y de la noble generosidad de su carácter, que, según decía, merecía más confianza que nada en el mundo, y Ada confiaba en él. Su primo Jarndyce le había escrito una carta hacía unos meses —«una carta clara y honesta», dijo Ada—, en la que le proponía el sistema de vida que íbamos ahora a iniciar, y le decía que «con el tiempo podría cicatrizar algunas de las heridas abiertas por ese horrible pleito en Cancillería». Ella había contestado para aceptar agradecida su propuesta. Richard había recibido una carta parecida, y había contestado de parecida forma. Él sí había visto al señor Jarndyce una vez, pero sólo una vez, hacía cinco años, en la escuela de Winchester. Había dicho a Ada, cuando estaban apoyados en la pantalla delante de la chimenea donde los había conocido yo, que lo recordaba como «un tipo muy directo y rubicundo». Era la descripción más completa que podía hacerme Ada.

Aquello me dejó tan pensativa que, cuando Ada se quedó dormida, yo seguí ante la chimenea, pensando y pensando en la Casa Desolada, y pensando y pensando en cuánto tiempo parecía haber transcurrido desde ayer por la mañana. No sé dónde estarían mis pensamientos, cuando se desvanecieron ante una llamada a la puerta.

La abrí silenciosamente, y me encontré con la señorita Jellyby, toda temblorosa, con una vela rota en una palmatoria rota en una mano y una huevera en la otra.

—¡Buenas noches! —dijo en tono muy hosco.
—¡Buenas noches! —respondí.
—¿Puedo pasar? —me preguntó en seguida, inesperadamente, con el mismo tono hosco.
—Pues claro —dije—. No despierte a la señorita Clare.

No quiso sentarse, sino que se quedó junto a la chimenea, mojándose el dedo mayor, manchado de tinta, en la huevera, que contenía vinagre, y pasándoselo por las manchas de tinta que tenía en la cara; todo el tiempo, con el ceño fruncido y con aire muy sombrío.

—¡Ojalá se muriese toda África! —dijo de repente.

Iba yo a replicar cuando siguió diciendo:

—¡De verdad! No me diga nada, señorita Summerson. La detesto y la odio. ¡Es un asco!

Le dije que debía de estar cansada y que lo sentía. Le puse la mano en la cabeza y le toqué la frente, y le dije que ahora estaba acalorada, pero que mañana se sentiría refrescada. Siguió inmóvil, con un mohín y el ceño fruncido en mi dirección, pero al cabo de un rato se deshizo de la huevera y se volvió en silencio hacia mi cama, donde estaba echada Ada.

—¡Es muy guapa! —dijo, con el mismo ceño fruncido y el mismo tono descortés.

Yo asentí con una sonrisa.

—Es güérfana, ¿verdad?
—Sí.
—Pero sabrá cantidad, ¿no? ¿Sabrá bailar, y tocar música, y cantar? Supongo que sabrá hablar francés, y jografía y mapas y bordados, y todo eso, ¿no?
—Sin duda —repliqué.
—Yo no —contestó ella—. Yo casi no sé hacer de nada, menos de pluma. Siempre estoy dándole a la pluma, por mamá. Me supongo que a ustedes dos no les dio vergüenza llegar esta tarde y ver que no sé hacer más que eso. Claro que así son ustedes. ¡Pero seguro que se creen que son muy finas!

Vi que la pobre muchacha estaba a punto de echarse a llorar, y volví a sentarme, sin decir nada, y la miré (espero) con toda la amabilidad que podía sentir por ella.

—Es una vergüenza —continuó—. Usted sabe que es una vergüenza. Toda la casa es una vergüenza. Los niños son una vergüenza. Yo soy una vergüenza. Papá está destrozado, ¡y no me extraña! Priscilla beb…, se pasa la vida bebiendo. Es una vergüenza enorme, seguro que usted ya lo sabía, y no me vaya usted a decir que no la ha olido hoy. Cuando esperábamos a la cena, aquello olía a taberna, ¡lo sabe usted perfectamente!
—No sé nada de eso, hija —dije.
—Sí que lo sabe —contestó inmediatamente—. No me diga que no lo sabe. ¡Sí que lo sabe!
—¡Por favor! —dije—. Si no me dejas hablar…
—Ya está usted hablando. Lo sabe perfectamente. No me cuente historias, señorita Summerson.
—Hija mía —le dije—. Si no quieres escucharme…
—No quiero escucharla.
—Pero es que yo creo que sí quieres —repliqué—, porque si no sería completamente irracional. No sabía lo que me acabas de contar, porque durante la cena la sirvienta no se me acercó, pero no dudo de lo que me cuentas, y lamento escucharlo.
—Tampoco crea usted que es tanto mérito —me dijo.
—No, hija —contesté—. Sería una estupidez.

La muchacha seguía de pie junto a la cama, y entonces se inclinó (aunque seguía con el mismo gesto de descontento) y le dio un beso a Ada. Después volvió en silencio y se quedó al lado de mi silla. Tenía el seno agitado con tanta inquietud que me sentí muy triste por ella, pero consideré mejor no decir nada.

—¡Ojalá me muriese! —estalló—. Ojalá nos muriésemos todos. Sería lo mejor para todos.

Un momento después se hincó de hinojos a mi lado, hundió la cara en mi vestido, me pidió apasionadamente perdón y se echó a llorar. La tranquilicé y traté de ponerla en pie, pero ella decía que no, que no, que quería seguir allí.

—Usted antes era profesora de niñas —exclamó—. ¡Si hubiera podido ser profesora mía, hubiera podido aprender con usted! ¡Sufro tanto y me gusta tanto usted!

No logré persuadirla para que se quedara sentada conmigo ni para que hiciera más que traer un taburete medio destartalado adonde estaba arrodillada y se sentara en él, pero siguió igual, agarrada a mi vestido. Poco a poco, la pobre muchacha, agotada, se fue quedando dormida, y entonces logré levantarle la cabeza para que la apoyara en mi regazo, y con unos chales logré que las dos quedáramos tapadas. La chimenea se apagó, y así se quedó dormida toda la noche ante la parrilla llena de cenizas. Al principio, yo no lograba conciliar el sueño, y en vano traté de perderme, con los ojos cerrados, entre las escenas ocurridas aquel día. Por fin, lentamente, empezaron a confundirse, indistintas. Empecé a olvidar la identidad de quien dormía a mi lado. Ora era Ada; ora una de mis antiguas amigas de Reading, de las que no podía creer que hacía poco tiempo me había separado. Ora era la ancianita demente, agotada a fuerza de reverencias y de sonrisas; ora era alguien que mandaba en la Casa Desolada. Por último; no era nadie, y yo tampoco era nadie.

El día cegato combatía débilmente con la niebla cuando abrí los ojos para encontrarme con los de un pequeño espectro de cara sucia que me miraba fijamente. Peepy había salido a gatas de su cuna, se había bajado con el camisón y el gorro de dormir puestos y tenía tanto frío que al castañetearle los dientes parecía que ya le hubieran salido todos.

(Sigue leyendo…)

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