Casa desolada [Fragmento](II)

Charles Dickens








3. Un recorrido

Me resulta muy difícil empezar a escribir mi parte de estas páginas, pues sé que no soy lista. Siempre lo he sabido. Recuerdo que cuando era muy pequeña solía decirle a mi muñequita, cuando nos quedábamos a solas:

«Vamos, Muñequita, sabes perfectamente que no soy muy lista, y tienes que ser buena y tener paciencia conmigo!». Y ella se quedaba sentadita en una gran butaca, con la tez tan bonita y los labios sonrosados, contemplándome, o más bien contemplando la nada, mientras yo me ocupaba en mis labores y le contaba cada uno de mis secretos.

¡Cuánto quería yo a aquella muñeca! Entonces era yo tan tímida que apenas me atrevía a abrir la boca, y jamás me atrevía a revelar mis pensamientos ante nadie, más que ella. Casi me echo a llorar cuando recuerdo cómo me tranquilizaba, al volver de la escuela, el subir corriendo las escaleras hasta mi habitación y exclamar: «¡Ay, muñequita fiel; ya sabía yo que me estarías esperando!», y luego me sentaba en el suelo, apoyada en el brazo de su butacón, y le decía todo lo que había visto desde que nos separamos. Yo siempre había sido muy observadora —¡aunque no muy viva, eso no!—, una observadora silenciosa de lo que pasaba ante mí, y solía pensar que me gustaría comprenderlo todo mejor. No es que sea de comprensión muy rápida. Cuando quiero muchísimo a alguien, parece que comprendo mejor. Pero también es posible que eso sea una vanidad mía. Desde mis primeros recuerdos, quien me crió fue mi madrina, igual que a algunas de las princesas de los cuentos de hadas, sólo que yo no era nada encantadora. ¡Mi madrina era una mujer buenísima! Iba a la iglesia tres veces todos los domingos, y a las oraciones de la mañana los miércoles y los viernes, y a los sermones cuando los había, y no fallaba nunca. Era hermosa, y si alguna vez hubiera sonreído (pensaba yo entonces), hubiera sido como un ángel, pero nunca sonreía. Siempre estaba muy seria, y era muy estricta. A mí me parecía que como ella era tan buena, la maldad de los otros le hacía pasarse la vida con el ceño fruncido. Me sentía tan diferente de ella, incluso si se tienen en cuenta todas las diferencias que hay entre una niña y una mujer; me sentía tan pobre, tan insignificante, que nunca podía actuar con naturalidad ante ella; no, ni siquiera podía quererla como yo hubiera deseado. Me sentía muy triste al pensar lo buena que era ella y lo indigna de ella que era yo, y solía confiar ardientemente en que más adelante tendría yo mejor corazón, y hablaba mucho de eso con mi querida Muñequita, pero nunca quise a mi madrina como hubiera debido quererla, y como creía que debía quererla si yo hubiera sido una niña más buena.

Yo diría que aquello me hacía ser más tímida y retraída de lo que ya era por naturaleza, y hacía que mi Muñequita fuera la única amiga con la que me sentía a gusto. Pero cuando todavía era yo muy pequeña, pasó algo que me sirvió de mucho.

Nunca había oído hablar de mi mamá. Tampoco había oído hablar de mi papá, pero mi mamá me interesaba más. Que yo pudiera recordar, nunca me habían vestido de negro. Nunca me habían enseñado la tumba de mi mamá. Nunca me habían dicho dónde estaba. Pero tampoco me habían dicho que rezara por nadie más que por mi madrina. Más de una vez le había planteado estas ideas a la señora Rachael, nuestra única sirvienta, que era la que se me llevaba la luz cuando me acostaba (también ella era muy buena, pero austera conmigo), y no me había dicho más que: «¡Buenas noches, Esther!», y se iba y me dejaba sola.

Aunque en la escuela local a la que iba yo había siete niñas, y aunque me llamaban la pequeña Esther Summerson, yo nunca iba a sus casas. Claro que todas ellas eran mayores que yo (yo era la más pequeña, con mucho), pero parecía como si entre nosotras hubiera alguna diferencia aparte de ésa, y además de eso todas eran mucho más listas que yo y sabían mucho más que yo. Me acuerdo muy bien de que una de ellas, la primera semana que fui a la escuela, me invitó a que fuera a una fiesta a su casa, y me alegré mucho. Pero mi madrina escribió una carta muy tiesa diciendo que no podía ir, y no fui. Yo no salía nunca.

Era mi cumpleaños. Cuando eran los cumpleaños de otras, siempre había fiesta en la escuela, pero cuando era el mío, no. En otros cumpleaños se hacía fiesta en las casas, y yo lo sabía porque oía lo que se contaban las otras niñas, pero en la mía nunca se hacía nada. En mi casa, mi cumpleaños era el día más melancólico de todo el año.

Ya he mencionado que, salvo que me engañara mi vanidad (cosa que es posible, pues es posible que sea muy vanidosa sin sospecharlo, aunque la verdad es que no lo creo), mi comprensión se aviva cuando se anima mi afecto. Soy muy afectuosa, y quizá todavía pudiera volver a sentirme herida, si fuera posible recibir una herida más de una vez, de forma tan aguda como aquel cumpleaños.

Había terminado la cena, y mi madrina y yo estábamos sentadas a la mesa ante la chimenea. El reloj tictaqueaba, el fuego crepitaba, y ni en aquella habitación ni en toda la casa se oía otro ruido desde hacía no recuerdo cuánto tiempo. Por casualidad miré tímidamente por encima de mi costura hacia mi madrina, y el gesto que le vi en la cara, mientras me miraba sombría, decía: «¡Cuánto mejor hubiera sido, pobrecita Esther, que no hubiera sido tu cumpleaños, que nunca hubieras nacido!».

Rompí en llanto y sollozos, y dije:

—Ay, madrina querida, dime, por favor, dime, ¿sé murió mamá cuando nací yo?
—No —respondió—. ¡Y no preguntes más cosas, niña!
—Por favor, cuéntame algo de ella. ¡Dime algo por fin, madrina querida! ¿Qué le hice yo? ¿Cómo la perdí? ¿Por qué soy tan distinta de las demás niñas, y por qué es culpa mía, madrina? No, no, no, no te vayas. ¡Dime algo!

Yo tenía más miedo que pena, y la agarré del vestido y me dejé caer de rodillas. Ella no había parado de decir: «¡Suelta!». Pero ahora se quedó inmóvil y en silencio.

Su gesto adusto tenía tal poder sobre mí que me interrumpió en medio de mi vehemencia. Alcé una manita temblorosa para tomar la suya, o para pedirle perdón con todo el fervor posible, pero la retiré cuando me miró y me la llevé al corazón tembloroso. Me levantó del suelo, se sentó en su silla y poniéndome en pie ante ella me dijo lentamente, en voz baja y fría, con el ceño fruncido y apuntándome con el dedo:

—Tu madre, Esther, es tu vergüenza, igual que tú fuiste la suya. Ya llegará el momento (y muy pronto) en que lo comprenderás mejor, y también en que lo comprenderás, como sólo puede comprenderlo una mujer. Yo la he perdonado —pero no ablandó el gesto— por el daño que me hizo, aunque fue mayor de lo que jamás puedas tú llegar a comprender, y no diré nada más al respecto, aunque fue algo mayor de lo que jamás llegarás tú a saber, de lo que jamás llegará nadie a saber, más que yo, que fui quien lo sufrió. Y tú, pobrecita, huérfana y envilecida desde el primero de estos horribles cumpleaños, reza todos los días para que no caigan sobre tu cabeza los pecados de los otros, según está escrito. Olvídate de tu madre y deja que todos los demás que quieran tener esa bondad para su pobre hija también la olviden. Y ahora, ¡vete!

Sin embargo, cuando estaba a punto de separarme de ella —¡hasta tal punto me sentía petrificada!—, me detuvo y añadió estas palabras:

—La obediencia, la renuncia y el trabajo diligente son los preparativos para una vida que se ha iniciado con una sombra así sobre ella. Eres diferente de otras niñas, Esther, porque no naciste como ellas como fruto del mismo pecado y de la misma ira que todas. Tú eres distinta.

Subí a mi habitación, me metí en la cama y acerqué la mejilla llena de lágrimas junto a la de mi Muñeca, y con aquella única amiga apretada contra mi pecho me quedé llorando hasta dormirme. Por imperfecta que fuera mi comprensión de mi pena, lo que sí sabía era que yo no había dado ninguna alegría, en ningún momento, a un solo corazón, y que lo que mi Muñequita era para mí yo no lo era para nadie en el mundo.

Dios mío, la cantidad de tiempo que pasamos solas desde entonces, y la cantidad de veces que repetí a mi Muñequita la historia de mi cumpleaños, y que le confié que intentaría, con todas mis fuerzas, reparar el pecado con el que había nacido (del que me confesaba culpable y al mismo tiempo inocente), y que según fuera creciendo haría todo lo posible por ser industriosa, alegre y amable, y por hacer algo de bien a alguien, y lograr que alguien me quisiera, si podía. Espero que no sea egoísta al derramar estas lágrimas cuando pienso en ello. Me siento muy agradecida y estoy muy animada, pero no logro impedir que me vengan a los ojos.

¡Bien! Ya me las he secado, y ahora puedo seguir adelante como es debido.

Después del cumpleaños, advertí tanto más la distancia entre mi madrina y yo, y advertí con tal claridad que yo ocupaba un lugar en su casa que debería haber estado vacío, que me resultaba más difícil dirigirme a ella, aunque en mi corazón me sentía más fervientemente agradecida a ella que nunca. Lo mismo sentía respecto de mis compañeras de escuela. Lo mismo sentía respecto de la señora Rachael, que era viuda, y desde luego respecto de su hija, que venía a verla cada dos semanas. Yo era muy retraída y silenciosa, y trataba de ser muy diligente.

Una tarde de sol, cuando acababa de volver a casa con mis libros y mi cartera, mientras observaba mi larga sombra que caminaba a mi lado, y mientras subía las escaleras en silencio hacia mi habitación, como de costumbre, mi madrina miró por la puerta del salón y me llamó. Sentado a su lado vi a un desconocido, lo que era de lo más desusado. Un caballero regordete de aspecto importante, todo vestido de negro, con un corbatín, blanco, grandes sellos de oro en el reloj, unas gafas de oro y un gran anillo de sello en el meñique.

—Ésta —dijo mi madrina a media voz— es la niña. —Después, con su tono natural de voz, añadió—: Ésta es Esther, señor mío.

El caballero se puso las gafas para mirarme y dijo:

—Ven aquí, guapa. —Me dio la mano y me pidió que me quitara el sombrero, todo ello sin dejar de mirarme. Cuando obedecí dijo—: ¡Ah! —y después—: ¡Sí! —Y luego se quitó las gafas y tras meterlas en un estuche rojo se reclinó en el sillón dando vueltas al estuche entre las manos, e hizo un gesto de asentimiento a mi madrina. Entonces ésta me dijo:
—¡Ya puedes ir arriba, Esther! —de manera que le hice una reverencia y me fui.

Debe de haber sido dos años después, y yo tenía casi catorce, cuando una noche terrible estábamos mi madrina y yo sentadas junto a la chimenea. Yo leía en voz alta y ella escuchaba. Había bajado a las nueve, como era mi costumbre, para leerle la Biblia, y ahora estaba leyendo en San Juan cómo Nuestro Señor se había inclinado a escribir con la mano en el polvo, cuando le llevaron a la pecadora:

«Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: «El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella»».

Me interrumpí cuando mi madrina se levantó, se llevó la mano a la cabeza y exclamó con una voz horrible, citando de otra parte del Libro:

«¡Velad, pues! Para que cuando venga de repente no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!».

Y de pronto, mientras estaba ante mí repitiendo aquellas palabras, cayó al suelo. No tuve que gritar; su voz había resonado por toda la casa, y se había oído en la calle.

La llevaron a la cama. Allí estuvo más de una semana, sin grandes cambios de aspecto, con su ceño decidido de siempre, que tan bien conocía yo, como esculpido en su hermoso rostro. Fueron muchísimas las veces en que, de día y de noche, con la cabeza puesta junto a la suya en la almohada para que oyera mejor mis susurros, le di besos, le dije mi agradecimiento, recé por ella, pedí su bendición y su perdón, le rogué que me diera el menor indicio de que me conocía o me oía. No, no, no. Tenía un gesto inmutable. Hasta el final, e incluso después, mantuvo el ceño inalterable.

El día después del entierro de mi pobre madrina reapareció el señor de negro con el corbatín blanco. La señora Rachael me mandó llamar, y lo encontré en el mismo sitio, como si nunca se hubiera ido de allí.

—Me llamo Kenge —dijo—; quizá me recuerdes, hija; Kenge y Carboy, Lincoln’s Inn.

Respondí que recordaba haberlo visto una vez antes.

—Siéntate, por favor… aquí, a mi lado. No temas; no debes temerme. Señora Rachael, no necesito comunicarle a usted, que estaba familiarizada con los asuntos de la finada señorita Barbary, que con ella desaparecen sus medios de vida, y que esta señorita, ahora que ha fallecido su tía…
—¡Mi tía, señor!
—De nada vale mantener un engaño cuando nada se puede ganar con ello —dijo el señor Kenge sin alterarse—. Tía de hecho, aunque no ante el derecho. ¡No te preocupes! ¡No llores! ¡No tiembles! Señora Rachael, sin duda nuestra joven amiga sabe… que… ah… Jarndyce y Jarndyce.
—Jamás —dijo la señora Rachael.
—¿Es posible —continuó el señor Kenge poniéndose las gafas —que nuestra joven amiga (¡te lo ruego, no te inquietes!) no haya oído hablar nunca de Jarndyce y Jarndyce?

Negué con la cabeza, preguntándome de qué se trataba.

—¿Que no sepa nada de Jarndyce y Jarndyce? —preguntó el señor Kenge, mirándome por encima de las gafas, y dándole lentamente vueltas al estuche entre las manos, como si estuviera acariciándolo—. ¿Que no haya oído hablar de uno de los mayores pleitos jamás planteados en Cancillería? ¿Que no haya oído hablar de Jarndyce y Jarndyce, que es, ah, por sí solo un monumento a la práctica de Cancillería? ¿En el cual (diría yo) se presentan una vez tras otra todas las dificultades, todos los imponderables, todos los inventos magistrales, todas las formas de procedimiento que conocen los tribunales? Es una causa que no podría existir más que en este país libre y grande. Yo diría que las costas agregadas de Jarndyce y Jarndyce, señora Rachael —me temo que le dirigía la palabra a ella, porque yo parecía no enterarme—, ascienden ahora mismo a ¡entre SESENTA y SETENTA MIL LIBRAS! —dijo el señor Kenge, echándose atrás en la silla.

Yo me sentía muy ignorante, pero, ¿qué iba a hacerle? Era tal mi desconocimiento del tema que incluso entonces no me enteré de nada.

—¡Y es cierto que jamás ha oído hablar de la causa! —dijo el señor Kenge—. ¡Sorprendente!
—La señorita Barbary, señor mío —contestó la señora Rachael—, que se encuentra ya entre los Serafines…
(«Así confío, con toda seguridad» —dijo el señor Kenge, cortésmente.)
… no deseaba que Esther supiera más que lo que le fuera útil. Y en esta casa no se le han enseñado más que cosas de ese género.
—¡Bueno! —exclamó el señor Kenge—. En general, cabe decir que eso es lo correcto. Pero vamos al grano —y se dirigió a mí—. La señorita Barbary, que era tu única pariente (es decir, de hecho, pues ante el derecho no tenías ningún pariente), ha muerto, y como naturalmente no es de esperar que la señora Rachael…
—¡Ah, no, Dios mío! —dijo la señora Rachael inmediatamente.
—Exacto —asintió el señor Kenge—…, que la señora Rachael se haga cargo de tu sustento y mantenimiento (te ruego que no te inquietes), te hallas en posición de recibir la reiteración de un ofrecimiento que recibí orden de hacer a la señorita Barbary hace dos años y que, si bien se vio entonces rechazado, quedaba entendido que era reiterable en las lamentables circunstancias que se han producido ulteriormente. Y ahora, si confieso que represento, en Jarndyce y Jarndyce y en otros respectos, a una persona muy humanitaria, pero al mismo tiempo singular, ¿cabría decir que me excedo en algo de mi discreción profesional? —preguntó el señor Kenge, volviendo a arrellanarse en la silla y mirándonos calmosamente a ambas.

Parecía que lo que más le gustara del mundo fuera el sonido de su propia voz. No me extrañaba, pues era rica y sonora, e imprimía gran importancia a cada una de las palabras que pronunciaba. Se escuchaba a sí mismo con evidente satisfacción, y a veces llevaba suavemente el ritmo de su propia música con la cabeza, o redondeaba una frase con la mano. Me sentí muy impresionada con él, incluso entonces, antes de enterarme de que había copiado el modelo de un gran lord que era cliente suyo, y de que la gente lo llamaba Kenge el Conversador.

—El señor Jarndyce —continuó—, consciente de la situación… diría yo que lamentable… de nuestra joven amiga, ofrece colocarla en un establecimiento de primera clase, en el cual se terminará su educación, se asegurará su comodidad, se contemplarán todas sus necesidades razonables y quedará eminentemente cualificada para desempeñar sus funciones en el puesto que (¿diríamos la Providencia?) se ha servido asignarle en este mundo.

Mi corazón se sentía tan henchido, tanto por lo que acababa de decir él como por la forma en que lo había dicho, que no logré decir nada, aunque lo intenté.

—El señor Jarndyce —prosiguió— no establece condición alguna, salvo la de expresar su esperanza de que nuestra joven amiga no se vaya en ningún momento del establecimiento al que nos referimos sin el consentimiento y el conocimiento de él. Que se aplicará fielmente a la adquisición de los conocimientos de cuyo ejercicio acabará por depender. Que caminará siempre por la vía de la virtud y la honra y… que…, ah…, etcétera.

Me sentí todavía menos capaz de decir palabra que antes.

—Bueno, ¿y qué dice nuestra joven amiga? —continuó el señor Kenge—. ¡Tómate tu tiempo! ¡Tómate tu tiempo! Haré una pausa para que repliques. ¡Pero tómate tu tiempo!

Huelga repetir lo que intentó decir el pobre objeto de aquel ofrecimiento. Podría contar con más facilidad lo que sí dijo, si mereciera la pena contarlo. Lo que sintió y seguirá sintiendo hasta la hora de su muerte es algo que jamás podría relatar.

Aquella entrevista se celebró en Windsor, donde (que yo supiera) había transcurrido toda mi vida. Ocho días después, bien provista de todo lo necesario, me fui de allí a Reading, en la diligencia.

La señora Rachael era demasiado buena para sentir emoción alguna ante nuestra separación, pero yo no era tan buena y lloré muchísimo. Pensaba que al cabo de tantos años debería haberla conocido mejor, y debería haberle inspirado suficiente cariño como para hacer que entonces también ella sintiera pena. Cuando me dio un frío beso de despedida en la frente, como una gota de hielo que cae del porche de piedra —era un día muy frío—, me sentí tan desgraciada y tan culpable que me así a ella y le dije que era culpa mía, ya lo sabía yo, que me pudiera decir adiós con tanta tranquilidad.

—¡No, Esther! —replicó—. ¡Es tu desgracia!

La diligencia estaba ante la portezuela del jardín (porque no habíamos salido hasta que oímos las ruedas), y allí la dejé, llena de pena. Volvió a entrar en casa antes de que hubieran terminado de poner mis maletas en la baca, y cerró la puerta. Entre lágrimas, seguí mirando la casa por la ventanilla hasta que dejó de verse. Mi madrina había legado a la señora Rachael lo poco que poseía, y se iba a realizar una subasta, y afuera, en medio del hielo y de la nieve, colgaba una vieja alfombrilla bordada de rosas, que a mí me había parecido siempre que era el más antiguo de mis recuerdos. Hacía un día o dos que había yo envuelto a mi vieja y querida Muñeca en su viejo chal y la había enterrado en silencio —casi me da vergüenza el decirlo— en el jardín, bajo el árbol que le daba sombra a mi antigua ventana. Ya no me quedaba más compañía que mi pájaro, y venía conmigo en su jaula.

Cuando se perdió de vista la casa, me quedé sentada con la jaula de mi pájaro depositada sobre la paja que había a mis pies, y desde la barqueta de la diligencia iba contemplando los árboles helados, que eran como pedazos maravillosos de espato, y los campos, todos blandos y blancos con la nieve de la noche pasada, y el sol, tan rojo, pero que daba tan poco calor, y el hielo, oscuro como el metal, donde los patinadores y los deslizadores habían ido apartando la nieve. En la diligencia había un señor sentado justo frente a mí, que parecía enorme de tanta ropa como llevaba, pero iba mirando por la otra ventanilla y no parecía darse cuenta de mi existencia.

Pensé en mi madrina muerta, en la noche en que le había estado leyendo, en aquel ceño tan fruncido y tan serio cuando estaba en la cama, en aquel lugar desconocido al que me dirigía, en la gente a la que iba a conocer allí y cómo sería y qué me diría, cuando una voz que sonó en la diligencia me asustó terriblemente:

—¿Por qué diablo estás lloriqueando? —me preguntó.

Me dio tanto miedo que me quedé sin voz y no pude sino responder con un susurro:

—¿Me dice a mí, señor? —Pues, naturalmente, comprendí que había debido de ser aquel señor con tanta ropa, aunque seguía mirando por su ventanilla.
—Si, a ti —dijo, volviéndose hacia mí.
—No me había dado cuenta de que estaba llorando, señor —tartamudeé.
—¡Pues sí que lo estás! —exclamó aquel señor—. ¡Mira!

Se acercó a mí desde la otra punta del coche, me pasó por los ojos uno de sus grandes puños de piel (pero sin hacerme daño) y me mostró que había quedado mojado.

—¡Bien! Ahora ya ves que estabas llorando —dijo—. ¿No?
—¡Sí, señor! —contesté.
—¿Y por qué lloras? —preguntó aquel señor—. ¿No quieres ir allí?
—¿Adónde, señor?
—¿Adónde? Pues a donde vas a ir —respondió el señor.
—Estoy muy contenta de ir, señor —contesté.
—¡Pues entonces! ¡Pon cara de estar contenta! —exclamó el señor.

Me pareció una persona muy rara, o por lo menos lo que se veía de él era muy raro, pues estaba envuelto en ropajes hasta la barbilla, y llevaba la cara casi tapada por una gorra de piel, con orejeras muy anchas que llevaba atadas bajo la barbilla, pero yo me había recuperado y ya no le tenía miedo. Así que le dije que creía que debía de haber estado llorando por la muerte de mi madrina y porque a la señora Rachael no le daba pena separarse de mí.

—¡Al diablo con la señora Rachael! —exclamó aquel señor—. ¡Que se vaya en una tormenta, montada en su escoba!

Entonces me empezó a dar miedo de verdad, y lo miré muy asombrada. Pero me pareció que tenía una mirada agradable, aunque no hacía más que murmurar cosas en tono enfadado, y llamando de todo a la señora Rachael.

Al cabo de un rato se abrió el abrigo, que a mí me parecía lo bastante grande como para envolver toda la diligencia, y se metió la mano en un bolsillo muy hondo que tenía dentro.

—¡Vamos, mira aquí! —dijo—. En este papel —que estaba muy bien doblado— hay un trozo de la mejor tarta de ciruelas que hay en el mercado; tiene por fuera por lo menos una pulgada de azúcar, tanto como grasa tienen las chuletas de cordero. Y éste es un pastelito (una joyita, tanto de tamaño como de calidad) hecho en Francia. ¿Y de qué te crees que está hecho? De hígados de gansos bien gordos. ¡Vaya un pastel! A ver cómo te lo comes todo.
—Gracias, señor —repliqué—. Se lo agradezco mucho, de verdad, pero espero que no se ofenda si le digo que son demasiado llenantes para mí.
—¡Me ha vuelto a dejar K. O.! —dijo aquel señor, cosa que no comprendí en absoluto, y tiró las dos cosas por la ventanilla.

No me volvió a decir nada hasta que se apeó del coche, poco antes de llegar a Reading, y entonces me aconsejó que fuera una niña buena, y que fuera estudiosa, y me dio la mano. He de decir que me sentí aliviada cuando se apeó. Lo dejamos junto a una piedra miliar. Muchas veces volví a pasar por allí, y durante mucho tiempo ninguna de ellas dejé de recordarlo, de pensar en él, y de medio esperar que me lo iba a encontrar. Pero nunca fue así, de manera que a medida que fue pasando el tiempo, me fui olvidando de él.

Cuando paró la diligencia, una señora muy bien arreglada miró por la ventanilla y dijo:

—La señorita Donny.
—No, señora; soy Esther Summerson.
—Exactamente —dijo la señora—. La señorita Donny.

Comprendí entonces que se estaba presentando ella, pedí perdón a la señorita Donny por mi error y le señalé mis maletas cuando me lo pidió. Conforme a las instrucciones de una doncella muy bien arreglada, las pusieron en un cochecito verde muy pequeño, y después la señorita Donny, la doncella y yo montamos en él y nos fuimos.

—Ya lo tienes todo preparado, Esther —dijo la señorita Donny—, y tu plan de actividades está todo organizado exactamente conforme a los deseos de tu tutor, el señor Jarndyce.
—De…, ¿cómo ha dicho, señorita?
—De tu tutor, el señor Jarndyce —dijo la señorita Donny.

Me sentí tan confusa, que la señorita Donny pensó que el frío del viaje había sido excesivo para mí, y me pasó su frasco de sales.

—¿Conoce usted a mi… tutor, señorita? —pregunté, tras dudarlo mucho.
—No personalmente, Esther —respondió la señorita Donny—; sólo por conducto de sus abogados, los señores Kenge y Carboy, de Londres. El señor Kenge es persona de gran dignidad. Y muy elocuente. ¡Habla en unos períodos verdaderamente majestuosos!

Yo estaba totalmente de acuerdo, pero me sentía demasiado confusa para hacerle caso. Nuestra rápida llegada al punto de destino, antes de que tuviera tiempo para recuperarme, no hizo sino aumentar mi confusión, y jamás olvidaré el aspecto incierto e irreal que tenía todo, aquella tarde, en Greenleaf (la casa de la señorita Donny).

Pero en seguida me acostumbré. Tardé tan poco tiempo en acostumbrarme a la rutina de Greenleaf que era como si llevara mucho tiempo allí, y casi como si hubiera soñado, en lugar de vivido, mi vida anterior en casa de mi madrina. No podía haber nada más preciso, más exacto ni más ordenado que Greenleaf. Para cada hora del día había algo que hacer, y todo se hacía a su hora exacta.

Éramos doce pensionistas, y había dos señoritas Donny, que eran gemelas. Estaba entendido que con el tiempo yo tendría que ganarme la vida como institutriz, y no sólo se me instruyó en todo lo que se enseñaba en Greenleaf, sino que en seguida me dedicaron a enseñar a otras. Aunque en todos los demás respectos se me trataba igual que al resto de las alumnas, en mi caso se estableció esta diferencia desde el principio. A medida que iba aprendiendo más, iba enseñando más, de forma que con el tiempo llegué a tener mucho que hacer, y me gustaba hacerlo, porque hacía que las niñitas se encariñasen conmigo. Por último, cada vez que llegaba una nueva pupila que estaba un poco triste y melancólica, se hacía inmediatamente —no sé muy bien por qué— tan amiga mía que con el tiempo todas las recién llegadas quedaban confiadas a mi cuidado. Decían que yo era muy amable, pero estoy segura de que eran ellas las amables. Pensé muchas veces en la resolución que había hecho el día de mi cumpleaños, de tratar de ser industriosa, alegre y amable, y de hacer algún bien a alguien, y de conseguir que alguien me quisiera si podía, y de verdad, de verdad, casi me daba vergüenza haber hecho tan poco y conseguido tanto.

Pasé en Greenleaf seis años felices y tranquilos. Gracias a Dios, mientras estuve allí jamás vi reflejada la idea en ningún rostro de que mejor hubiera sido que yo no hubiera nacido nunca. Cuando llegaba aquella fecha, me traía tantos símbolos de recuerdo afectuoso que mi habitación estaba adornado con ellos desde Año Nuevo hasta Navidad.

En aquellos seis años nunca salí de allí, salvo para hacer visitas a los vecinos durante las fiestas. Al cabo de unos seis meses seguí el consejo de la señorita Donny en el sentido de que lo correcto sería escribir al señor Kenge para decirle que estaba contenta y agradecida, y con la aprobación de la señorita escribí una carta en esos términos. Recibí una respuesta formal en la que se acusaba recibo de la mía y decía: «Tomamos nota de su contenido, que se comunicará como procede a nuestro cliente». Después de eso, alguna vez oí comentar a la señorita Donny y su hermana la puntualidad con la que se pagaban mis cuentas, y unas dos veces al año me aventuraba a escribir otra carta parecida. Siempre recibía a vuelta de correo exactamente la misma respuesta, escrita con la misma letra redondilla, con la firma de Kenge y Carboy escrita con otra letra, que yo suponía era la del señor Kenge.

¡Me resulta tan curioso estar obligada a escribir todo esto acerca de mí misma! ¡Como si esta narración fuera la narración de mi vida! Pero falta poco para que mi personilla se funda en un contexto más general.

Había pasado yo seis años tranquilos (veo que lo digo por segunda vez) en Greenleaf, viendo en todas las que me rodeaban, como en un espejo, todas las fases de mi propio desarrollo y cambio en aquella casa, cuando, una mañana de noviembre, recibí la siguiente carta, cuya fecha omito:

Old Square, Lincoln’s Inn
Jarndyce y Jarndyce

Señorita:

Habida cta. de q. nuestro clte. el Sr. Jarndyce recibirá en breve en su casa, por orden del Tbl. de Canc. a una pupila del Tbl. en esta causa, para quien desea una Cía. adecuada, dicho clte. nos encarga informemos a Vd. de que celebraría mcho. Contar con sus scios. en tal calidad.

Hemos encargado el tpte. de Vd. a título gratuito en la dgcia. de las 0800 de Reading el lunes a. m. próximo, destino a White Horse Cellar, Piccadilly, Londres, donde la esperará uno de nuestros ptes. para guiarla a Vd. a nuestra Ofna. mencionada.

Quedamos a sus pies sus ss. SS.,

Kenge y Carboy
Srta. Esther Summerson



¡Jamás, jamás, jamás olvidaré la emoción que aquella carta causó en la casa! Eran tan cariñosas al ocuparse tanto de mí, era tan generoso por parte de aquel Padre, que no me había olvidado, el hacer que mi vida de huérfana fuera tan fácil y agradable, y el haber inclinado a tantos espíritus infantiles hacia mí, que yo apenas si podía soportarlo. No es que hubiera preferido que lo sintieran menos; me temo que no, pero el placer que me dieron, y al mismo tiempo el dolor, y el orgullo y la alegría, y el humilde pesar que todo aquello me provocó eran cosas tan mezcladas que casi parecía que se me partía el corazón al mismo tiempo que se me llenaba de gozo.

La carta sólo me daba cinco días de aviso antes de mi marcha. Cuando cada minuto me traía nuevas pruebas del amor y la amabilidad que se me demostraron aquellos días, y cuando por fin llegó la mañana, y cuando me hicieron recorrer toda la casa para que la viera por última vez, y cuando alguien me gritó: «¡Esther, querida mía, ven a decirme adiós junto a mi cama, donde por primera vez me dijiste cosas tan bonitas!», y cuando otras sólo me pidieron que escribiera sus nombres y las palabras «Con todo el cariño de Esther», y cuando todas me rodearon con sus regalos de despedida, y se agarraron a mí llorando y exclamando: «¿Qué vamos a hacer cuando ya no esté nuestra querida Esther?», y cuando traté de decirles lo buenas y lo pacientes qué habían sido todas conmigo, y cuánto las bendecía y les daba las gracias a todas, ¡cómo se me partía el corazón!

Y cuando las dos señoritas Donny, tan tristes al separarse de mí como las que más, y cuando las doncellas dijeron: «¡Que Dios la bendiga, señorita, dondequiera que vaya!», y cuando el jardinero, viejo, feo y cojo, que yo creía que ni se había dado cuenta de mi existencia en todos aquellos años, corrió jadeando tras la diligencia para darme un ramillete de geranios, y me dijo que yo era como las niñas de sus ojos — ¡de verdad que eso fue lo que me dijo aquel anciano!—, ¡cómo se me partía el corazón!

¿Y cómo podía yo impedir que con todo aquello, y con la llegada a la escuelita, y la visión inesperada de los niños pobres que estaban al lado de ésta diciéndome adiós con los sombreros y las gorras, y la de un caballero de pelo canoso y su señora, de cuya hija había sido yo profesora particular, y a cuya casa había ido de visita (aunque decían que era la familia más orgullosa del condado), que sin ningún rebozo exclamaban: «Adiós, Esther. ¡Que seas muy feliz!»…, cómo podía yo evitar inclinar la cabeza mientras iba en el coche y decirme: «¡Ay, qué agradecida estoy, qué agradecida estoy!», una vez tras otra?


Pero, naturalmente, pronto consideré que no debía llegar llorosa a mi destino, después de todo lo que se había hecho por mí. Por lo tanto, claro, me forcé a sollozar menos y me persuadí a mí misma de que debía mantenerme en silencio, diciéndome una vez tras otra: «¡Vamos, Esther, es tu obligación! ¡Esto no puede ser!». Por fin logré sentirme bastante animada, si bien me temo que tardé bastante más de lo que hubiera debido, y cuando me refresqué los ojos con agua de lavanda, era la hora de ir llegando a Londres.

Estaba persuadida de que ya habíamos llegado cuando todavía nos faltaban diez millas, y cuando de verdad llegamos, de que nunca íbamos a llegar. Pero cuando empezamos a dar botes sobre un pavimento de piedra, y especialmente cuando pareció que otro vehículo iba a chocar con el nuestro, empecé a creer que de verdad se acercaba el final de nuestro viaje. Muy poco después nos detuvimos.

Un joven caballero lleno de manchas de tinta me dirigió la palabra desde la acera y dijo:

—Señorita, vengo de parte de Kenge y Carboy, de Lincoln’s Inn.
—Hágame usted el favor, caballero —respondí.

Fue muy amable, y cuando me ayudó a subir a un coche, tras vigilar el transbordo de mis maletas, le pregunté si había un incendio en alguna parte. Porque las calles estaban tan llenas de un humo denso y pardo que casi no se veía nada.

—Ah, no, señorita —contestó—. Es la sopa de guisantes.

Jamás había oído yo hablar de tal cosa.

—Una niebla densa, señorita —aclaró el joven caballero.
—¡Ah, claro! —dije.

Fuimos recorriendo lentamente las calles más sucias y más oscuras que jamás se pudieran ver en el mundo (creía yo), y en un estado tal de confusión que me pregunté cómo mantenía su cordura la gente, hasta que llegamos repentinamente a la tranquilidad bajo una puerta antigua, y cruzamos una plaza silenciosa hasta llegar a un saliente extraño en una esquina, donde había una entrada por un tramo de escaleras anchas y empinadas, como la entrada de una iglesia. Y efectivamente había un patio de iglesia, bajo un claustro, pues vi las tumbas desde la ventana de la escalera.

Era el bufete de Kenge y Carboy. El joven caballero me hizo pasar por una antesala al despacho del señor Kenge —donde no había nadie— y cortésmente me arrimó una silla a la chimenea. Después señaló a mi atención un espejito que colgaba de un clavo a un lado de la repisa de la chimenea.
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—Por si desea usted verse en él, señorita, tras el viaje, pues va usted a ver al Canciller. Claro que no le hace ninguna falta, a mi juicio —dijo el joven caballero atentamente.
—¿Que voy a ver al Canciller? —dije, asombrada por un momento.
—No es más que un trámite, señorita —replicó el joven caballero—. El señor Kenge se halla en este momento en el Tribunal. Me ha encargado que la salude atentamente y le pregunte si desea tomar algo —en una mesita había unas galletas y una botella de vino— y leer el periódico —que me dio mientras hablaba. Después atizó el fuego y se fue.

Todo me parecía tan extraño (y tanto más extraño cuanto que era de noche en pleno día, que las velas ardían con una llama blanca y todo tenía un aire tan frío e inhóspito) que leí las frases del periódico sin saber lo que decían, y me encontré leyendo varias veces las mismas frases. Como de nada valía seguir así, dejé el periódico, me miré el sombrero en el espejo para ver si estaba bien y contemplé el aposento, que no estaba ni medianamente bien alumbrado, y las mesas polvorientas y viejas, y los montones de escritos, y una estantería llena de libros con el aspecto más inexpresivo que jamás haya tenido un libro en el mundo. Después seguí pensando, pensando, pensando, y el fuego siguió ardiendo, ardiendo, ardiendo, y las velas siguieron temblando y chisporroteando y no había despabiladeras, hasta que al cabo de un rato el joven caballero trajo un par de ellas; y así estuve dos horas.

Por fin llegó el señor Kenge. Él no había cambiado, pero se sorprendió al ver cómo había cambiado yo, y pareció bastante satisfecho.

—Como va usted a ser la señorita de compañía de la señorita que se halla ahora en el despacho privado del Canciller, señorita Summerson —dijo—, hemos considerado oportuno que también asista usted. ¿No se pondrá nerviosa ante el Lord Canciller, espero?
—No, señor —respondí—. No creo.

Y la verdad es que, pensándolo bien, no veía por qué iba a ponerme nerviosa.

Entonces el señor Kenge me dio el brazo, y fuimos a un rincón, bajo una gran columnata, para entrar por una puerta lateral. Y así, al final de un pasillo, llegamos a un aposento bastante confortable, donde había una señorita y un caballero jóvenes, de pie junto a una chimenea con un fuego enorme. Entre ellos y el fuego había una pantalla, en la que ellos se apoyaban mientras charlaban.

Ambos levantaron la cabeza al entrar yo, y la señorita, en la que se reflejaba la luz del fuego, ¡era tan bella! ¡Qué hermoso pelo rubio y abundante, qué ojos azules tan dulces y qué rostro tan brillante, tan inocente y confiado!

—Señorita Ada —dijo el señor Kenge—, ésta es la señorita Summerson.

Se acercó ella a saludarme con una sonrisa de bienvenida y alargándome la mano, pero en un instante pareció cambiar de opinión y me dio un beso. En resumen, tenía unos modales tan naturales, tan cautivadores, tan encantadores, que al cabo de unos momentos estábamos sentadas junto a la ventana, iluminadas por la luz de la chimenea, y charlando con la mayor sencillez y naturalidad del mundo.

¡Qué peso se me había quitado de encima! ¡Era tan delicioso saber que ella confiaba en mí y que yo le gustaba! ¡Era tan bondadoso por su parte, y me resultaba tan alentador!

El joven caballero era un primo lejano, me dijo ella, y se llamaba Richard Carstone. Era un muchacho apuesto, de rostro franco y dotado de una risa muy atractiva, y cuando ella lo llamó para que se acercara a nosotras, se quedó a nuestro lado, también a la luz de la chimenea, hablando animadamente con despreocupación. Era muy joven; como máximo tendría diecinueve años, si es que llegaba, pero tenía casi dos más que ella. Ambos eran huérfanos y (lo que yo no había imaginado y me pareció muy curioso) no se habían conocido hasta aquel mismo día. El que los tres nos viéramos por primera vez, en un lugar tan desusado, ya era motivo de conversación, y de eso hablamos, y el fuego, que había dejado de crepitar, nos guiñaba los ojos rojos, igual que —según dijo Richard— un viejo león soñoliento de la Cancillería.

Hablamos en voz baja, porque constantemente entraba y salía un caballero vestido de gala y con una peluca recogida por detrás en una redecilla, y a cada entrada y salida oíamos una voz monótona a lo lejos, que según aquel señor era uno de los abogados de nuestro caso que se dirigía al Lord Canciller. Dijo al señor Kenge que el Canciller terminaría dentro de cinco minutos, y poco después oímos un ruido de gente y un rumor de pasos, y el señor Kenge dijo que el Tribunal había levantado la sesión y que Su Señoría se hallaba en el despacho de al lado.

El caballero de la peluca con redecilla abrió la puerta casi inmediatamente y pidió al señor Kenge que pasara. Entonces entramos todos en el despacho de al lado; primero, el señor Kenge con mi niña (ahora me resulta tan natural llamarla así que no puedo evitar escribirlo), y allí, con un sencillo traje negro y sentado en una butaca junto a la chimenea, estaba Su Señoría, cuya toga, con un precioso bordado en oro, estaba depositada en otra silla. Nos miró inquisitivamente cuando entramos, pero su gesto era al mismo tiempo ponderado y amable.

El caballero de la peluca con redecilla puso unos montones de papeles en la mesa de Su Señoría, quien seleccionó uno de ellos en silencio y se puso a pasar las hojas.

—¿La señorita Clare? —preguntó el Lord Canciller—. ¿La señorita Ada Clare?

El señor Kenge la presentó, y Su Señoría le pidió que se sentara a su lado. Incluso yo pude advertir en un momento que la admiraba y que se interesaba por ella. Me emocionó que la familia de una muchachita tan hermosa pudiera estar representada por aquel lugar oficial y austero. El Lord Gran Canciller, en el mejor de los casos, parecía ser un pobre sucedáneo del amor y el orgullo de unos padres.

—El Jarndyce del que se trata —añadió el Lord Canciller, que seguía dando vueltas a las hojas—, ¿es el Jarndyce de la Casa Desolada?
—El Jarndyce de la Casa Desolada, Señoría —confirmó el señor Kenge.
—Triste nombre —dijo el Lord Canciller.
—Pero no es un lugar triste actualmente, Señoría —dijo el señor Kenge.
—Y la Casa Desolada —dijo Su Señoría— se halla en…
—Hertfordshire, Señoría.
—¿El señor Jarndyce de la Casa Desolada no es casado? —preguntó Su Señoría.
—No, Señoría —dijo el señor Kenge. Una pausa.
—¿Se halla presente el joven señor Richard Carstone? —preguntó el Lord Canciller, mirando hacia él. Richard hizo una inclinación y dio un paso al frente.
—¡Ejem! —dijo el Lord Canciller, pasando más hojas.
—El señor Jarndyce de Casa Desolada, Señoría —observó el señor Kenge en voz baja—, si Su Señoría me permite que se lo recuerde, va a dotar de una compañía adecuada a…
—¿Al señor Richard Carstone? —me pareció (aunque no estoy totalmente segura) oír que decía Su Señoría, en voz igual de baja y con una sonrisa.
—A la señorita Ada Clare. Ésta es la señorita Summerson, de quien se trata.

Su Señoría me miró con indulgencia y asintió con gran cortesía a mi reverencia.

—¿La señorita Summerson no está emparentada con ninguna de las partes en la causa, según creo?
—No, Señoría.

El señor Kenge se inclinó poco antes de terminar su respuesta y susurró algo. Su Señoría, con la vista fija en los papeles, escuchó, asintió dos veces o tres, pasó más hojas y no volvió a mirar en mi dirección hasta que nos fuimos.

El señor Kenge se retiró entonces, y con él Richard, hacia donde estaba yo, cerca de la puerta, dejando a mi niña (¡una vez más, me resulta tan natural el decirlo que no puedo evitarlo!) sentada al lado del Lord Canciller, que le dirigió la palabra en un pequeño aparte; según me dijo ella después, le había preguntado si había pensado bien en el sistema propuesto, si había pensado que iba a ser feliz bajo el techo del señor Jarndyce, de Casa Desolada, y por qué creía que sí. Al cabo de un rato se puso en pie cortésmente y la dejó ir, y después habló unos momentos con Richard Carstone, a quien no hizo sentarse, sino que dejó en pie, con mucha más sencillez y menos ceremonia, como si todavía supiera, aunque era el Lord Canciller, cómo llegar directamente al corazón del muchacho.

—¡Muy bien! —dijo ya en voz alta el Lord Canciller—. Dictaré la orden. El señor Jarndyce de Casa Desolada ha escogido, a mi entender —y esto lo dijo mirándome a mí— una excelente señorita de compañía para esta señorita, y esta disposición parece, con mucho, la mejor que admiten las circunstancias.

Se despidió de nosotros con frases amables, y todos salimos muy agradecidos a él por su cortesía y su afabilidad, con las cuales, desde luego, no había perdido ninguna dignidad, sino que nos parecía haber ganado más dignidad. Cuando salimos bajo la columnata, el señor Kenge recordó que tenía que volver un momento a preguntar algo, y nos dejó en medio de la niebla, mientras el carruaje y los sirvientes del Lord Canciller esperaban a que saliera éste.

—¡Bueno! —dijo Richard Carstone—. ¡Eso ya se ha terminado! ¿Y dónde vamos ahora, señorita Summerson?
—¿No lo saben ustedes? —pregunté.
—En absoluto —me dijo.
—Y tú, cariño mío, ¿tampoco lo sabes? —pregunté a Ada.
—¡No! —dijo—. ¿Y tú?
—¡En absoluto! —repliqué.

Nos miramos los tres, casi riéndonos al ver que estábamos en la mayor ignorancia, cuando se nos acercó una viejecita extraña, tocada con un sombrero estrecho y que llevaba un ridículo, llena de reverencias y sonrisas y con aire de gran ceremonia.

—¡Ah! —exclamó—. ¡Los pupilos de Jarndyce! ¡Pero qué gran placer es tener el honor! Es un buen augurio para la juventud, la esperanza, y la belleza, el hallarse juntas aquí, y no saber lo que va a ocurrir después.
—¡Está loca! —dijo Richard, creyendo que no lo oiría.
—¡Exacto! Loca, jovencito —respondió ella con tal rapidez que Richard se sintió muy avergonzado—. Yo también tuve un tutor en tiempos. Entonces no estaba loca —dijo con una gran reverencia y con una sonrisa entre cada frase—. Tenía juventud y esperanzas, y creo que belleza. Ahora ya no importa. Ninguna de las tres cosas me sirvió de nada, ni me salvó. Tengo el honor de asistir regularmente a los Tribunales. Con mis documentos, espero que se emita el juicio. Dentro de poco. El Día del Juicio. He descubierto que el sexto sello que se menciona en el Apocalipsis es el Gran Sello. ¡Hace mucho tiempo que se abrió! Les ruego acepten mi bendición.

Como Ada estaba un poco asustada, dije, para llevarle la corriente a la pobre ancianita, que le estábamos muy agradecidos.

—Sí, sí —respondió irónicamente—. Ya me lo supongo. Y ahora aquí viene Kenge el Conversador. ¡Con sus documentos! ¿Cómo está su honorable Señoría?
—¡Muy bien, muy bien! ¡Ahora, no nos moleste, sea buena! —dijo el señor Kenge, que inició el camino de vuelta.
—En absoluto —dijo la pobre ancianita, que marchaba a mi paso y el de Ada—. Cualquier cosa antes que molestar. Legaré herencias a ambas, lo cual no es molestar, creo yo. Que se emita un juicio. En breve. El Día del juicio. Ése es un buen augurio para ustedes. ¡Acepten mi bendición!

Se detuvo al pie de la escalera ancha y empinada, pero al subir echamos una mirada atrás, y allí seguía ella, diciendo, todavía con una reverencia y una sonrisa entre cada frase: «Juventud. Y esperanza. Y belleza. Y Cancillería. ¡Y Kenge el Conversador! ¡Ja! ¡Les ruego que acepten mi bendición!

(Continuará…)

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