Una canción del ser y la apariencia (I)

Cees Nooteboom




1

—Naturalmente, eso es lo que tiene que hacer un escritor —dijo el escritor—. Volar como un águila sobre las personas a las que quiere seguir. En este caso el doctor y el coronel.
—¿Entonces existen? —preguntó el otro escritor—. ¿Trabajas basándote en personajes reales?
—Existen desde el momento en que los inventas —respondió el escritor, que no estaba del todo seguro. La conversación le aburría. Cómo podría explicar al otro escritor que no se imaginaba ni al doctor ni al coronel, que los acababa de inventar, durante esta conversación, para librarse de la monserga de siempre (acerca de la profesión, ¡Dios mío!, y por qué ya no haces nada). En los salones vacíos por donde vagaban ahora sus pensamientos, el vestíbulo de una estación, la sala de espera de un hospital, un gimnasio, atisbaba vagamente los rasgos de una figura militar. Charreteras, más bien de opereta. Por tanto, la historia no se desarrollaba en esta época, o no se desarrollaba en este continente. Porque ¿quién sigue llevando aquí y ahora semejantes charreteras?
—¿Qué edad tienen? —preguntó el otro escritor.

El escritor no respondió. ¿Sabía ahora que era un cuartel porque había visto las charreteras? Vio pasar el estetoscopio por el comedor vacío de ese cuartel. Nada ni nadie lo acompañaba. El objeto flotaba por la habitación, bastante despacio, a la altura de una persona de estatura normal. Pero ¿qué hacía un doctor en ese cuartel?

—¿Qué hace un doctor en un cuartel? —preguntó.
—Visitar a su hijo —dijo el otro escritor, que tenía un hijo haciendo el servicio militar.
—Sí, seguro, y además con un estetoscopio —dijo el escritor irritado. Vio cómo las charreteras giraban hacia el estetoscopio y cómo, mientras el utensilio médico se quedaba totalmente quieto pendido en el espacio, la charretera derecha hacía movimientos bruscos que sin duda eran causados por el brazo que había debajo, aún invisible. Agitación por tanto.

Justo cuando creyó que veía la sombra de una cabeza, la primerísima manifestación de un rostro, el otro escritor dijo:

—¡Quién hubiera dicho que llegarías a escribir una novela de médicos!

El escritor no respondió, por temor a que todo se disolviera en el aire, y fue recompensado. En la pared, detrás de las charreteras, apareció un retrato, enmarcado y tras un cristal, de alguien en uniforme y con muchas condecoraciones. No pudo descifrar los caracteres cirílicos de la firma, pero comprendió que ya era hora de acompañar hasta la puerta al otro escritor.

2

A las dos horas de que el otro escritor hubiera desaparecido, en cierto modo ofendido por la brusca despedida («rayana en lo grosero»), el escritor se hallaba todavía sentado tras su escritorio en la misma posición. Hay algo inefablemente triste en los escritores solos en su despacho. Tarde o temprano llega un momento en sus vidas en el que dudan de lo que están haciendo. Quizá sería extraño si no sucediera así. Con el paso de los años la realidad se va haciendo cada vez más importuna, y al mismo tiempo menos interesante, precisamente por el exceso de la misma. ¿Hay que añadir realmente algo más? ¿Hay que apilar lo inventado encima de lo existente sólo porque alguien, cuando era joven y había vivido aún poco de lo que se llama realidad, hubiera inventado sin más algo de pseudorrealidad y consecuentemente todo el mundo le hubiera llamado escritor?

En el papel que tenía ante él, el escritor había escrito una sola línea: «El coronel se enamora de la mujer del doctor».

La absoluta banalidad de esa línea le puso malo. «So what? —masculló—. El coronel está enamorado de la esposa del doctor». Aunque el escritor había adquirido con su prosa poética de altos vuelos la reputación de espíritu literario refinado, en la intimidad era casi siempre bastante mal hablado. «Las charreteras se follan a la mujer del estetoscopio. So what?». ¿Qué le importaba a él? Sin duda, en los cinco continentes había coroneles enamorados de mujeres de doctores y doctores enamorados de mujeres de coroneles…, y en vista de que hacía ya un par de cientos de años que había coroneles y doctores, su historia ya habría sido escrita, naturalmente, un par de cientos de veces, pero en este caso por la vida misma. Por otro lado, esto era lo que pasaba con todo. Toda variante estaba ya inventada porque ya se había vivido. Había escritores que pensaban que una historia escrita por ellos aclararía algo de la realidad misma, pero ¿cuál era su utilidad? La claridad sólo formaría parte de la realidad del lector y, en última instancia, ¿qué otra cosa era el lector sino el posible tema de un relato?

Los escritores, pensó el escritor, inventan una realidad en la que no es necesario que vivan ellos mismos, pero sobre la que sí tienen poder. Cambió de sitio la hoja aún tan vacía que tenía ante él. ¿Era cierto? ¿Tenía él poder sobre esos dos rostros que ahora veía surgir poco a poco? ¿O acaso eran ellos los que tenían poder sobre él?

El rostro del doctor era pálido y delicado (¡vaya invención! ¡Como si no hubieran aparecido y desaparecido millones de rostros pálidos y delicados en la Tierra!). Pero es que era pálido y delicado. Ojos fríos y grises, un poco saltones, que no cambiarían de expresión si vieran algo terrible, cejas y pestañas de suave pelo negro, la boca casi sin color y demasiado hermosa. En realidad, lo más viril de todo ese rostro era el pelo que parecía fluir desde la cabeza y originaba una barba que probablemente tenía que ser refrenada dos veces al día y que, no obstante, seguía presente bajo el blanco de la piel como un resplandor azulado. Algo oscuro debajo de algo claro, pensó el escritor, y en la hoja de papel que tenía frente a sí escribió: «Como el agua bajo el hielo, allí por donde todavía no se ha patinado». Puso entonces un signo de interrogación detrás y volvió a tacharlo todo. Algo diferente le mantenía ahora ocupado. Si había una forma de poder para describir el físico de personas que no existían (para dar un físico a personas que no existían) desde una visión interior, imposible de verificar, entonces el punto culminante de ese poder era dar un nombre a esos personajes que no existían como si estuvieran realmente inscritos en el registro civil.

«Stefan, Stefan, Stefan —dijo el coronel mientras pinchaba al doctor con el índice entre los dos elegantes arcos niquelados del estetoscopio que tantas veces habían dejado pasar el estertor que apuntaba a la muerte—. Stefan, te juro que es el no va más».

3

¿Que qué es el no va más?, pensó el escritor, y sintió que le invadía un ligero malestar. Hacía dos semanas que había dejado de fumar, y vio el dedo amarillo por la nicotina con el que el coronel punzaba al doctor en el pecho. Era un dedo corto y ancho, que representaba a la perfección el físico del coronel, puesto que, aunque las charreteras flotaban un poco por encima del estetoscopio (ya no se podía hablar de flotar, ahora que la figura maciza y rolliza había rellenado la visión vacía bajo los ornamentos dorados), el coronel —al no tener casi cuello— en realidad no era más alto que el doctor, no, sino que parecía incluso más bajo.

El escritor estuvo escuchando un rato la lluvia que golpeaba afuera contra los cristales sin oír nada, o mejor dicho, sin registrar lo que oía, y entonces escribió: «¿Cómo se puede saber si alguien es admirador de Schopenhauer?». Miró un instante lo que había escrito, tachó luego la palabra cómo y transformó la s de se en una mayúscula. Si alguien es admirador de Schopenhauer, eso forma una parte de su esencia, y algo de ello, creía él, tenía que irradiar hacia fuera. Dudó. Ya era bastante autoritario el hecho de haber decidido que al coronel le gustara Schopenhauer, pero ¡qué también tuviera que apreciarse en su aspecto físico…! ¿Habría habido, pensó, en todo el infierno de los Balcanes (fíjate en ese retrato de rey medio imbécil con los caracteres cirílicos, ¡por supuesto que eran los Balcanes!) un solo coronel que leyera a Schopenhauer? ¿Que llegara a tener en casa incluso un único librito con los aforismos más populares? ¿Y podría apreciarse eso en alguien? Fue a su biblioteca, cogió un tomo de Schopenhauer, lo abrió por una página al azar, volvió a cerrarlo y dejó otra vez el libro en su sitio. Cinco minutos después lo sacó por segunda vez y se pasó la hora siguiente leyendo y hojeando. En esa hora fue tomando forma el coronel Liuben Georgiev, monárquico, enemigo del bullicio, alguien que se tenía a sí mismo por un cínico, y soltero. Pero, naturalmente, todo eso ya lo era antes.

4

Fuera había empezado a llover. El doctor Fičev se disculpó con el coronel, que le dejó marchar con alguna dificultad. En la habitación se quitó la bata blanca, guardó el estetoscopio en su estuche y se puso la chaqueta del uniforme ante el espejo. «Te juro que es el no va más», le retumbaba aún en la cabeza, pero ¿qué no era el no va más para Liuben? Cómo se excitaba por todo este cínico tan poco cínico; debía tener cuidado con su corazón. Schopenhauer, del que según creía Fičev casi no había leído nada, era el filósofo más grande de todos los tiempos, el pasado búlgaro había sido escamoteado por los turcos, el congreso de Berlín había sido dirigido por un par de estafadores, si ese Battenberg valiera algo se haría coronar zar de Bulgaria, por qué nos salvaron los rusos en Pléven si después nos dejaron… etcétera.

El doctor suspiró y le sorprendió hacerlo mientras se estaba mirando, un hombre suspirando en el espejo. Alguien que no se interesaba por Bulgaria, al que le importaba un bledo que este o aquel gerifalte alemán de la nobleza fuera ahora rey o zar, que en realidad odiaba a los rusos y que abandonaría el ejército y Sofía al mismo tiempo cuanto antes, mejor hoy que mañana. Pero ¿adónde habría ido? Al único país donde un hombre con las trazas del hombre que estaba en el espejo ante él podía ir, a Italia. Y con una visión de luz y palacios y sol sobre grandes plazas salió a la lluvia. Pero el recuerdo del coronel Georgiev no le abandonaba. La razón por la que este hombre, un héroe de la guerra turca que ya desempeñara un papel tan importante en el levantamiento de 1876, un hombre que era su opuesto en todos los sentidos, le buscaba últimamente cada vez más, y por qué lo toleraba —aunque quizá no fuera ésa la palabra correcta—, para él era un enigma, y tampoco sabía ya si ese enigma era agradable o desagradable. Esos ojos negros penetrantes, que nunca esquivaban la mirada, que te estaban apuntando directamente desde ese ancho rostro, demasiado búlgaro, como el cañón de un arma, la manera de hablar entrecortada y brusca, como si todo el mundo fuera su subordinado, y al mismo tiempo una extraña debilidad, como si estuviera siendo devorado o acosado por algo, algo para lo que al propio coronel no se le podía ocurrir ninguna palabra, o que, en cualquier caso, si se le llegara a ocurrir, le daría vergüenza pronunciar. Él tenía, pensaba el doctor, los síntomas de las personas a las que has dicho que tienen una enfermedad incurable y que ves que si pudieran te habrían matado a ti el primero, a aquel que tiene la desagradable obligación de decírselo, como si eso sirviera de algo.

El doctor se detuvo para dejar paso a la carreta de un campesino. Las cabezas de los bueyes blancos pendían en la lluvia debajo del yugo. Las patas acuñaban en el fango blandos sellos que inmediatamente se borraban fluyendo como baba. Fango búlgaro, pensó el doctor, mientras simultáneamente pensaba que parte del enigma de su relación era que él también se sentía al mismo tiempo el subordinado de Liuben Georgiev. Tan pronto aparecía ante sí, se sentía transformado en un sirviente, alguien que necesitaba para cualquier cosa la mirada aprobatoria de su patrón y que a la vez conocía un terrible secreto de ese patrón. Pero el doctor Fičev no tenía ni idea de cuál podría ser ese secreto.

5

El escritor sabía ahora más de Bulgaria que cualquier persona de su entorno. Pero eso no era difícil, porque de la desesperada feria de los antiguos Balcanes nadie había comprendido nunca nada, salvo un par de coleccionistas de sellos. Bosnia, Serbia, Herzegovina, Rumanía, todas esas fronteras bailando de un lado a otro, esos colores deambulando por el mapa como en el Ethnographische Karte der Europäischen Türkei und ihren Dependenzen zu Anfang des Jahres 1877 von Carl Sax, k.u.k. österreichisch-ungarischer Consul in Adrianopel; amarillo para los búlgaros cismáticamente ortodoxos, marrón para los búlgaros musulmanes, y todos esos colores trepidantes del prisma estallado en mil pedazos para los grecovalacos, los serbios griegos ortodoxos, los serbocroatas católicos, y luego además el continuo desplazamiento de las fronteras nacionales, cada nueva frontera embebida en sangre inútil. Quizá fuera ésa la única utilidad del relato que escribía, que al menos él se ocupaba de ello, aunque no utilizaría ni una centésima parte de todas esas visiones horribles y macabras que se elevaban humeantes desde esos mapas y esas páginas, batallas olvidadas y gastadas, el tejido conjuntivo de la historia, sufrimientos que ya nunca podrías imaginarte que hubieran existido realmente, ni la razón por la que existieron.

El sufrimiento, pensó, debería pesar algo, debería tener un peso específico propio, debería ser visible como un mineral por lo demás inexistente, un valor inmutable en el que se habrían almacenado los cadáveres, la sangre, las heridas, las enfermedades, las humillaciones, y que quedaría en los campos de batalla, las cárceles, los lugares de ejecución y los hospitales, un monumento que significaría lo mismo siempre y en todas partes.

Con una ligera irritación recordó cómo se había encontrado con el otro escritor un par de días antes a la salida de la biblioteca de la universidad. Habían tomado un café y el otro escritor había mirado en su bolsa, como siempre, para ver qué libros había sacado.

«Vaya… The Balkan Volunteers…». Lo había mirado un poco y luego había hojeado también la Guide Bleu de Bulgaria, conseguida de la sala de mapas después de dar mucho la lata, y el par de folletos de escasa calidad e impresos con deficientes colores que el escritor había obtenido en la oficina de turismo de Bulgaria. «Vaya… Bulgaria…, un país sin especial atractivo, ¿no? De todos esos países, el vasallo más fiel, por eso no se oye nunca nada de él. Sofía parece ser algo así como Assen. Nunca he estado. Tampoco tengo ganas de ir. Por otra parte, todo ese bloque del Este no me atrae nada». El otro escritor siempre estaba muy seguro de todo. Tenía la vida parcelada de manera ejemplar. Cada año aparecía una novela o un libro de relatos suyos, su obra se traducía en el extranjero y era valorada en el país, formaba parte de jurados y del Consejo para el Arte, y —lo que más le intrigaba y también ponía un poco celoso al escritor— parecía que realmente disfrutaba escribiendo.

—Balnearios en Bulgaria —murmuró el otro escritor, que seguía hurgando en la bolsa—. Koprivshtitsa, Dios mío, qué idioma. ¿Estás seguro de que lo puedes pronunciar? ¿Vas a ir allí?
—No —respondió el escritor de manera concisa, y de modo un tanto indolente continuó—: Lo necesito para mi relato.

El otro escritor gimió y apartó de sí la bolsa de plástico con los dedos extendidos.

—Que te aproveche —dijo, y se despidieron.

6

El coronel no tenía un concepto muy elevado de sí mismo como soldado, si bien jamás lo habría admitido ante nadie. Hasta tres veces había participado en la terrible masacre alrededor de Pléven como uno de los jefes de los seis mil quinientos voluntarios búlgaros en el ejército de liberación ruso. El hedor estival de los cadáveres, los caballos abiertos en canal, los soldados medio descompuestos que aún sobresalían con una bayoneta en el cielo vacío, todos esos terribles detalles que veías y luego no veías, las cabezas roídas donde había quedado clavada una espada, fango sobre los cadáveres, cadáveres de polvo, cadáveres distinguidos, imbéciles, ridículos y demediados, de una u otra manera esas imágenes habían resbalado y desaparecido de su recuerdo tras cada batalla perdida.

Había pasado los largos meses de espera e incertidumbre en el campamento del Estado Mayor ruso ejercitándose y leyendo a Hilendarski. Lo escrito tenía más de cien años, pero nadie había evocado como él el gran pasado búlgaro, y a veces el coronel confiaba en que el gran escritor permanecería en algún lugar donde podría ver que ahora, en los tardíos años setenta del siglo XIX, había empezado por fin la gran lucha de liberación contra los bárbaros turcos. Pero a pesar de que en el paso del Sipka y en otros lugares se había comportado como un héroe, siendo distinguido como tal por los rusos, tenía sus dudas sobre la propia sangre fría. Poco después del desesperado intento de Oman Plasha de escaparse de Pléven, habían empezado las pesadillas, que él consideraba una manifestación de cobardía. Los gritos, los gemidos y las lamentaciones de los turcos atrapados en la nieve helada, los muertos envueltos en harapos que se habían quedado atascados en su marcha agónica hacia Rusia con una malévola nube de grajos rodeándolos, grupos negros y congelados en la abandonada llanura blanca.

Cada noche pasaban por sus sueños treinta mil extraviados que dejaban tras de sí una cadena de moribundos y muertos que eran devorados por perros y cerdos semisalvajes.

En cierta ocasión se había quedado mirando con una pareja de oficiales rusos, desde su caballo, una batalla entre perros y cerdos por dos cadáveres congelados en un abrazo. Los rusos estaban borrachos y habían formado dos partidos, el partido de los cerdos y el partido de los perros. Los cerdos no dejaban de empujar al muerto gemelo con ese obsceno movimiento ascendente de su hocico, los perros tiraban del mismo trozo y sólo lo soltaban para aullar alto y fuerte; eso, unido a los vomitivos sonidos guturales de los cerdos, perseguía al coronel por las noches haciendo que también él se despertara gritando como un cerdo. Pero era de noche, el bloque negro y plano de la noche búlgara gravitaba sobre el campo mientras las imágenes de su sueño habían tenido la horripilante claridad de las cosas que se desarrollan dentro de una luz solar antinatural y lacerante.

Se avergonzaba ante su asistente, que había prendido la lámpara de aceite y le miraba con ojos extraviados por el miedo, como no debe mirar nunca un asistente a su coronel. En otro tiempo, en la academia militar donde se había formado, el viejo oficial prusiano que les impartía teoría militar y con quien jugaba alguna que otra vez al ajedrez le había dicho: «Ganar no es nada, muchacho. El ganar no deja huellas, es satisfacción. Perder es vivir».

El hombre estaba acostumbrado a hablar con paradojas, y por eso Liuben se sonrió un poco, pero el alemán —quien por otra parte le había transmitido el amor por Schopenhauer— dijo: «¡Ríete! Con el tiempo lo comprobarás: en la mesa de juego, jugando al ajedrez, con mujeres y en la guerra; perder es vivir, ganar es la muerte, porque después ya no hay nada. No es muy ortodoxo, y quizá no debería decírtelo, pero podrás soportarlo. Jaque mate».

7

No había nadie con quien el coronel pudiera hablar de sus pesadillas. El único con quien entablaba alguna vez una conversación que durara más de cinco minutos era Fičev, pero era reacio a revelar al doctor el secreto de lo que él consideraba una debilidad personal, aunque sólo fuera porque nunca podías estar seguro de cómo te mirarían después esos ojos fríos. Además, lo único que parecía alterar al doctor Fičev era la barbarie en el campamento del Estado Mayor ruso.

«¿Te imaginas? —decía—. El zar de todas las Rusias reside aquí y no hay ni una letrina en todo el campamento. El zar caga en el suelo en cuclillas igual que los cerdos, los perros y los soldados en el campo. La barbarie comienza a este lado del mar Adriático. Hemos nacido en el lugar equivocado».

Y luego seguía un relato lírico acerca de Venecia, Florencia, Roma. Escuchaba con educada ausencia las vehementes historias sobre la oculta grandeza que Liuben Georgiev le administraba como respuesta (¡enterrado!, ¡Simeón el Grande!, ¡nuestra espléndida Edad Media!, ¡Tărnovo!, ¡todo enterrado bajo quinientos años de mierda turca!). Las hazañas de Kalojan, la grandeza de Preslav y Ochrida, los frescos de Bojana, el último gran renacimiento dorado bajo el reinado de Iván Sišmán antes de que el oscurantismo turco cayera para siempre sobre el país, todo eso parecía no decirle nada. Sólo había una cultura, y ésa era la latina, la cultura de la luz. Los búlgaros eran bárbaros, igual que los rusos y los turcos, y los Balcanes, eran un infierno, una olla a presión llena de sangre derramada por guerras estúpidas e inútiles. Lo único que se podía hacer con ellos era una gran morcilla y dársela al resto del mundo para que la devorara.

Curiosamente, los horrores de la guerra no habían dejado huella en el doctor, «eso forma parte de los Balcanes», no le habían afectado en absoluto, como si bajo es suave piel de color blanco azulado se encontrara una coraza de metal impenetrable. Había operado, serrado, sajado y escuchado los aullidos bajo sus ojos con la impasibilidad de un muñeco mecánico. Al coronel, que a menudo había oído los alaridos y los gritos desde la lejanía, no le quedaba más remedio que volver a pensar en los cerdos devoradores de turcos, y odiaba a Fičev en tales momentos porque sabía que volvería a pasar la noche en blanco.

La única vez que aludió de manera precavida a la relación entre sangre, muerte, guerra y pesadillas, Fičev se había limitado a reaccionar de forma irónica.

—Ahora escúchame bien, Liuben —dijo entonces—. La sangre y las heridas so//n vuestra profesión. Siempre pensáis que estáis aquí porque sabéis cabalgar sobre un hermoso caballo en un desfile, porque habéis dedicado un par de años a Clausewitz y habéis estudiado esos fabulosos mapas con movimientos de tropas, pero todas esas flechas, líneas, ofensivas y maniobras hay que traducirlas a rusos aullando, turcos berreando, y tus propias pesadillas, si las tienes.

El coronel recordaba muy bien ese momento. Fue en el verano de 1878. Era la primera vez que Fičev se había permitido pronunciar la palabra pesadilla. Pasaban caminando por una de esas grandes casas con apariencia de tarta que se encuentran en el centro de Sofía. Brillaba el sol. Era un día cálido y claro, y se podían ver a lo lejos las montañas con la simplona y maciza masa del Vitosa sobresaliendo por encima de todo.

—Las tengo todas las noches —dijo el coronel. El doctor se detuvo.
—Pareces un loco —dijo—. Bébete un grózdova antes de irte a la cama.
—Entonces es mucho peor —dijo Liuben Georgiev—. Entonces veo…

8

El odio era quizá la mejor descripción del sentimiento que le había asaltado al escritor cuando miró las dos últimas palabras. «Entonces veo…». Entonces veo ¿qué?, pensó, y supo que ya nunca se enteraría. ¿Por qué llevaba cuatro meses atascado en una frase? El teléfono, alguien que llamaba a la puerta, gripe al día siguiente, después una lectura en algún lugar, dos meses en España, donde estuvo trabajando en algo distinto, algo por dinero, algo despreciable entonces, pues un escritor «auténtico» no permite que nada interfiera en su trabajo. Pero bueno, se había ido de viaje, había metido en la maleta el cuaderno con el relato, como un talismán, entrando y saliendo de habitaciones de hoteles, pero no le había vuelto a echar una ojeada. Así se habían quedado dormitando su coronel y su doctor, congelados en el momento de esa última frase, el coronel con la boca todavía medio abierta, como si el montador hubiera parado la imagen en la mesa de montaje, y con la palabra que debía seguir a «veo» todavía en esa boca medio abierta. Pero ¿qué palabra? El odio que sentía no era porque hubiera parado entonces y allí, no. Le afectaba todo el problema: el engaño, la trampa.

El lector (¡el lector!) nunca se enteraría de esos dos meses entremedias, nunca se enteraría de que la palabra arbitraria que escribiría ahora para continuar el relato no era la palabra (probablemente no era la palabra) que hubiera querido escribir hacía dos meses. Pero sí que se convertiría en la palabra que el coronel había querido decir, e inmediatamente después sería esa palabra, y ninguna otra, la que podía haber dicho el coronel, porque ésa era la palabra que había dicho. Fuera lo que fuese aquello que inventara, esa invención se convertiría en realidad para el lector.

9

—Entonces veo fantasmas.

El doctor seguía con la mirada a un gran perro blanco que iba andando despacio, como si en cualquier momento pudiera tumbarse para siempre, a la sombra de las casas, y hasta que el perro se tumbó realmente y, por lo que se veía, también se murió de verdad, no dijo:

—¿Fantasmas con uniforme?

La ancha mano del coronel, ya contraída en la intención de asir aun sin sujetar nada, descendió perpendicularmente sobre el hombro del doctor y lo mantuvo agarrado con tanta firmeza que parecía que quisiera exprimir como el zumo de una fruta el ligero desdén que había sonado en esa observación.

—No. Muertos, cadáveres, pegados los unos a los otros, con agujeros. Cadáveres con rostros que se parecen al mío. Cadáveres que charlan, pero no puedo entenderlos.
—Nadie sueña consigo mismo —dijo Fičev—. Se sueña sobre uno mismo, se huye, se hace algo. Uno nunca se ve a sí mismo.
—Tienen mi rostro.
—¿Acaso sabes cómo es tu rostro? ¡Ni siquiera utilizas espejo para afeitarte!

El coronel se encogió de hombros. No le gustaba su propio semblante, así que lo miraba lo menos posible. No le sorprendió que le pareciera extraño a Fičev, porque a este respecto el doctor era como una mujer. No podía pasar por delante de un espejo sin mirarse en él, como si tuviera miedo de que al no hacerlo dejara de existir.

—De vez en cuando me vuelven loco —dijo él.
—¿El qué? —preguntó el doctor.

Por un momento Liuben pensó que le golpearía, pero dijo:

—Las pesadillas. Esta semana me desperté a cinco metros de la cama con sangre en la cabeza.
—Pero ya hace mucho tiempo que se acabó la guerra.
—Precisamente por eso —dijo el coronel—. Tengo demasiado tiempo para pensar.
—En este asqueroso rincón del mundo siempre hay guerra —dijo el doctor animándole.
—La culpa es de esos canallas de Berlín —dijo el coronel—. Si esas llamadas grandes potencias no malvendieran nuestro país… ¿Para eso hemos luchado, para dar Niš a los serbios y Dobrudja a Rumanía, a esas putas latinas?

La ancha mano flotaba por el aire, un arma que busca contrincante. Stefan Fičev dio un paso atrás. Le irritaba la autonomía de esa tosca mano. Tal y como se movía de un lado a otro ante él, más una cosa que algo a lo que se pudiera definir como una mano, una cosa de carne y hueso que perseguía el aniquilamiento sin más órdenes. Una mano búlgara, pensaba, una mano que no sabe acariciar, que no sabe hacer ademanes ligeros, que apenas sabe escribir decentemente, y se preguntó si en esa mano, y en el coronel —que no en vano estaba pegado a ella—, no se hallaba conglomerado todo el desprecio que sentía hacia sus compatriotas, personas con manos que podían estrangular a alguien, pero que detrás de esa fuerza ocultaban debilidad y caos; un caos, y eso le pareció una idea ingeniosa, que era tanto más peligroso cuando uno dejaba libres semejantes manos. Una vez había visto cómo el coronel, cuando en el campo de batalla un perro fue directo hacia el cadáver de un sargento al que había conocido bien, había cogido al perro por el cuello y con una sola mano lo había arrojado con tal fuerza que, en cuanto lo soltó, el cuello se rompió con un sonido breve y seco.

Cruzaron una calle en silencio. Ahora que la Rumelia oriental seguía en poder de los turcos, y otras zonas del país habían sido regaladas sin más por un par de señores sentados en torno a una mesa lejana y redonda de Alemania, todo volvería a repetirse en menos de diez años; en eso Fičev tenía razón, pero no parecía preocuparse mucho. Volvería a cortar y a serrar tranquilamente, dejando que el viento se llevara el griterío que le rodeaba hacia el cielo con hedor a sangre. La boca llena de arte, pero puro hierro ante la visión de lo más horrendo. El coronel no sabía que el doctor estaba pensando en ese momento en las manos de Rafael, Miguel Ángel y Mantegna. Otras manos, manos que habían creado algo, que no eran sólo buenas para destruir.

Miró a un lado, hacia la ancha figura junto a él, hacia el ancho rostro sombrío que se dirigía al suelo con expresión de permanente ira. ¿Qué es lo que me une a este loco?, pensó. En alguna ocasión tendría que venir conmigo a Italia. Entonces le mostraría que en el mundo es posible encontrar algo distinto a este matadero eterno lleno de analfabetos. Y entonces me gustaría ver cómo mira, entonces me gustaría ver su mirada. Le emponzoñaré Bulgaria para siempre. Pero no estaba del todo seguro de si lo conseguiría.

—Te daré un poco de bromo —dijo, y sonó como si estuviera hablando a un niño mimado. La mano del coronel se transformó en un puño dentro del bolsillo de su pantalón.

10

Esse est actus et potentia —dijo el otro escritor.

El escritor llevaba ya tiempo de mala leche por haberse vuelto a dejar enredar en una discusión.

—Mi latín ya no es tan bueno —dijo irritado, y pensó: eso te pasa por ir a recepciones donde se encuentra presente toda la literatura neerlandesa. Se quedó mirando fijamente y con repugnancia las croquetas, los cacahuetes en pequeñas fuentes de cristal y las bandejas con vino blanco del tiempo y de mala calidad, probablemente español. Uno de sus honorables colegas había cumplido cincuenta años. De repente se producía un auge de los cincuentones en las letras nacionales, se precipitaba una lluvia de premios, y los cincuentones eran celebrados como si se les fuera a enterrar, como si todo el mundo ya estuviera seguro, o confiara, también eso era posible, en que ya nunca volverían a producir nada—. Bueno, ¿qué significa? —preguntó. El otro escritor, que no era el más guapo de la familia, en ese momento se parecía más a un mono que otras veces, puesto que estaba al lado de una palmera en el invernadero de Krasnapolsky y se estaba metiendo un puñado de cacahuetes en la boca. Un mono que sabe latín, madre mía.
Esse est actus et potentia —dijo el mono por entre los cacahuetes—. Ésa es la solución a tu problema, porque no es ningún problema. «Lo que es, es tanto realidad como posibilidad». Lo que inventas es, al ser posible, también realidad.
—Yo también había llegado ya a eso —dijo el escritor brevemente—. La cuestión es sólo por qué lo haría alguien, por qué debe añadirse una realidad inventada a la ya existente.
—Podría darte una respuesta filosófica —dijo el mono, cuyo discurso volvía a ser interrumpido en cierto modo por una croqueta caliente—, pero la filosofía no es tu fuerte, no te enfades. Si una sola línea sagrada no te ayuda, tampoco te ayudará un arsenal entero. Estás hastiado, eso es todo. Y por eso te doy ahora las razones llanas, las evidencias materiales. Primera: digas lo que digas, es agradable hacerlo. Esos idiotas que dicen que sufren tanto al escribir lo han convertido en un ritual masoquista, algo que por lo tanto sigue siendo placentero. Segunda: porque te pagan, y eres un manirroto —en este punto miró las manos de pianista del escritor como si en ellas pudieran verse estigmas de verdad—. Tercera: porque así te haces famoso, y aunque tan sólo sea en los Países Bajos, eres famoso al fin y al cabo. No por la fama en sí, qué va, sino por el refuerzo personal que produce; y cuarta, muy importante, de todos modos tienes que hacer algo, y por lo que tengo entendido no sabes hacer otra cosa. Es pasmosamente sencillo, lo que pasa es que no paras de ponerte zancadillas a ti mismo, porque te avergüenzas de realizar un trabajo sencillo, ¡contar sin más una historia con un principio y un final! Y, sin embargo, en otro tiempo escribiste un par de buenos relatos.
—Sí, en otro tiempo. Entonces no reflexionaba sobre ello.
—Pues tienes que volver a hacerlo.
—¿El qué?
—No reflexionar sobre ello. Escribir es trabajar. Un pintor que está todo el día reflexionando sobre la pintura ya no pinta.
—Podría dar otra dimensión a su pintura.
—Si no pinta no puede verse. Y, además, esa otra dimensión en lugar de ninguna dimensión, puesto que no hay ningún objeto… ¿A quién le interesa?
—Tal vez a él mismo.

El otro escritor se limpió la boca con su mano de escritor (la de cosas que se pueden hacer con esa mano) y dijo:

—Todo son excusas, chorradas y excusas —y se fue, abandonando al escritor con el doctor y el coronel.

11

Se había firmado la paz de San Estéfano, pero el coronel no estaba satisfecho. En primer lugar no lo estaba porque aún había un gran territorio ocupado por los turcos, y en segundo lugar no lo estaba porque no sabía lo que tenía que hacer ahora. Se había despedido de Fičev, que había partido de nuevo a Tărnovo, su ciudad natal, y él, por su parte, había vuelto a instalarse en sus habitaciones en casa de la viuda Zograf, en el centro de Sofía. Se pasaba por el club, bebía demasiado, tenía pesadillas y se aburría. La guerra iba desapareciendo poco a poco de su existencia cotidiana y sólo le visitaba por las noches. Durante el día sentía un curioso vacío que no podía llenar con el trabajo en la organización del nuevo ejército nacional. Inútiles ejercicios, maniobras sin sangre con estúpidos reclutas, historias jerárquicas sobre rangos y ascensos y mucho chismorreo en los clubes nacionalistas sobre el Battenberg alemán, que nunca llegaría a ser un auténtico zar de los Balcanes, así era. Cultivaba su rencor a las grandes potencias, echaba de menos —le pareció bastante extraño— al doctor, cabalgaba mucho, visitaba de vez en cuando algún burdel y confiaba en un levantamiento. Cuando se le acabó el bromo pensó escribir a Fičev, pero ésa habría sido la primera carta que hubiera escrito en diez años, así que quedó en nada. Le había durado mucho la botella porque no quería acostumbrarse, y casi siempre estaba tan borracho que se quedaba dormido como un cerdo, atravesado en la cama. No quería pedirle el material al nuevo doctor del regimiento, puesto que aunque todavía no tuviera la plena seguridad de si Stefan Fičev le agradaba o no, confiaba en él; yn con un doctor nuevo nunca se sabía: prefería que en el cuartel no se corriera la voz de que el héroe del paso del Sipka tomaba bromo para los nervios.

Una semana después de que se hubiera terminado la gran botella llegó una carta de Fičev. Era una carta breve. Stefan Fičev iba a casarse (el idiota, pensó el coronel) y solicitaba al coronel que fuera su testigo. Liuben Georgiev pensó con repugnancia en todas las tonterías primitivas que algo así llevaba consigo, incluido el afeitar al novio. Ya se veía a sí mismo, con esa barba de mierda de Fičev. Pero tampoco podía negarse.

(Continuará…)

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