La búsqueda del heroísmo

Carlos E. Luján Andrade






«Los grandes no están solos; de la oscuridad surgen las voces de los predecesores, claras y animosas; y por lo tanto, a través de las edades realizan un desfile imponente, orgullosos, impávidos, inconquistables. El ingresar en esta gloriosa compañía, el engrosar las filas de los que el destino no logró someter, puede no ser la felicidad: ¿pero qué significa la felicidad para aquéllos cuyas almas están llenas de esa música celestial.»
(Diccionario del Hombre Contemporáneo / Bertrand Russell)

Estar a la altura de las circunstancias es una expresión que escuchamos tanto como para halagar o para criticar el comportamiento de los seres humanos. En esta se engloba el concepto que tenemos de la ética. Mientras una sociedad enaltezca las acciones nobles, las aspiraciones humanas no tendrán un límite. No se buscará la excusa de la supervivencia para justificar actos ruines y egoístas. Porque el bienestar personal siempre es usado como el gran símbolo de la traición y la cobardía. Morir por otros, dependiendo de la sociedad en la que vivamos, será una frase repetida ensordecedoramente o solo la murmuraremos como para que otro la pronuncie. Ya que el heroísmo es un anhelo de pocos hombres, pero deseamos que todos en algún momento tengan la tentación de ser héroes cuando nuestra vida está en juego.

Podemos decir que la cobardía es la moneda corriente donde el instinto nos llama a escondernos en la oscuridad de la cueva hasta que el peligro se haya desvanecido, cerrando los ojos creyendo que quizás así el riesgo pase. Pero siendo lógicos y pensando en la edad que tenga el que lee estas líneas, ¿cuántas veces nos ha invadido la cobardía?, ¿cuántas veces el terror ha permitido conservar hasta el día de hoy nuestra vida? Un soldado envejecido podría a veces desear haber muerto en la belleza de la juventud y no mantenerse muchos años entre las pesadillas de su huida inevitable. Porque cuando se conoce el heroísmo de cerca, podemos medir la altura de nuestro valor. Así vemos qué tan alta es nuestra grandeza o qué tan míseros son los objetivos de la existencia.

Es cierto que determinadas épocas de la historia arrincona a los individuos y los hace héroes a la fuerza, las guerras, las hambrunas, las pandemias, el inminente naufragio o cuando de la propia familia se trata. Hay pocos lugares a dónde se pueda escapar. La inmolación será la única prueba del paso por este mundo. Un duelo inevitable con el destino es lo que nos exige el imaginario personal y poético. La visión de vernos enfrentados finalmente con un peligro difuso, pero que se materializa ante nosotros, nos obliga a ver si estamos “a la altura de las circunstancias”. Así nos dicen que solo tendremos una oportunidad de ser héroes, que pasada esta o se vive en grandeza o en el más tormentoso recuerdo de fatalidad.

Es por eso que aún extraña hallar aún espíritus que no la busquen, que a pesar de estar al límite del acantilado no intenten un acto de valor. Peor aún, pese a la crisis, intentan gozar de los placeres de la vida fácil y trivial, enlodando su nombre y legado sin rubor. No solamente decepcionando a los testigos de sus actos, sino también provocando la desazón por nuestra especie, pues nos hace entender que el camino hacia la ignominia es una elección permitida y que cualquiera puede traicionar sin recibir un castigo moral de la sociedad. Las calles están repletas de monumentos a los cobardes y farsantes, de contadores de historias convenientes donde sus vicios se convirtieron en virtudes y sus egoísmos interpretados como actos de valor.

Y aun así la humanidad no inclina la cabeza con derrota. No se conforma y se mantiene cuestionándose por el origen de esa ruin naturaleza humana. Nos preguntamos, ¿cuándo se llenó el mundo de cobardes, de buscadores de esa felicidad degenerada asociada a lo dionisíaco? De los que usan la libertad para satisfacer lo instintivo y lo más lejano a las virtudes del hombre. ¿Cuándo dejamos de creer en algo que esté más allá del placer?, ¿por qué los grandes hombres de este mundo andan sentados tras un escritorio para luego ir a la sepultura?

Lo más trágico es que en algún momento los pervertidos de corazón querrán corromper a los probos para justificar su inmoralidad, tentándolos con todo aquello que ellos mismos no pudieron resistir, y qué dichosos serán cuando los valientes caigan de bruces sobre el lodo sin pena ni gloria. De ahí que se nieguen a brindarles respeto para demostrar que su valor no conduce a nada.

Es comprensible que una sociedad tan decida por justificar el egoísmo termine castigando a quien de alguna forma inspiran un poco de heroísmo. Es así que un campeón deportivo sudamericano termina barriendo las calles en España, que los soldados que expusieron su vida en Zarumilla, terminen recibiendo cien soles del Estado sesenta años después y ni qué decir de los de la guerra del Cenepa, andando a su suerte luego de defender algo que desde niños les enseñaron a amar.

La única revolución que necesita este mundo es la que extirpe la cobardía del alma humana porque no me resigno a creer, como dijo D.H. Lawrence, que el coraje finalmente haya abandonado a los hombres.

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