Sesenta escalones bajo la pandemia

Pedro A. Curto

 

 

 

 

Una bolsa de la compra se le rompe a unos metros del portal y Saray percibe el abismo. Antes de ese abismo estaba el miedo, esa pulsión que la empujaba a comprar como si con el próximo amanecer viniese algún apocalipsis. O la nada, que era aún peor. Y todo eso lo fabricaban palabras, que de apenas existir, lo estaban ocupando todo: Pandemia; la pronunciaba y la invadía un estremecimiento. Quizás fuese porque la enfermedad y sus amenazas ya estaban en su mundo antes de esa palabra.

Los ojos de Paula contemplan como cerca del portal a una mujer se le rompe una bolsa de la compra y los productos se esparcen por el suelo. Bajo una amplia mascarilla reconoce a su vecina del séptimo; es uno de esos conocidos rostros de desconocidos. La mujer le lanza una mirada asustada: es la expresión que tienen los ojos cuando la boca está amordazada. Quizás fuese esa expresión la que le empuja a ayudarla.

Se conocían hacía unos ocho o nueve años, desde que vivían en el mismo edificio de un barrio que prometía un glamour diluido con el paso del tiempo, como se diluyen las ciudades que no nos pertenecen. Más que Saray y Paula, se nombraban como las vecinas del cuarto y el séptimo.

Saray le agradece con una sonrisa oculta su ayuda; con aquel gesto Paula pasa de ser la vecina del cuarto a convertirse en salvadora. Y sintiéndose cómoda en aquel papel, se ofrece para llevar con ella las bolsas hasta su casa.

Es posible que fuesen miles de ocasiones las que se habían encontrado: frente al ascensor, a la entrada o salida del portal, en comercios o bares cercanos… Así, con el azar de esa información visual, se fueron construyendo la una a la otra.

Las dos mujeres entran en el portal y rehúyen el ascensor, convertido en espacio de posible contaminación, para subir por las escaleras. Un ascensor que era el lugar en el que muchas veces se encontrasen: con sus maridos, con sus hijos, solas, con las bolsas de la compra como ahora… Se saludaban, entablaban alguna conversación banal y sobre todo, se miraban sin ver.

Paula entra en el piso de su vecina como quien penetra en un lugar ajeno: con la curiosidad por lo desconocido y lo impúdico de entrar en el espacio íntimo de otra persona. Por eso cuando deja las bolsas en la cocina se apresura para marchar, pero Saray la detiene y ella acepta la seducción de tomar un café.

Las dos vecinas se habían visto embarazadas, primero fue Saray la que tuvo un bebé que se ha convertido en un niño moreno y de pelo rizoso; más tarde Paula tendría una niña rubia que estaba dando sus primeros pasos. En ese proceso, ellos, los que hacían de maridos, desaparecieron de la geografía familiar.

Cuando Saray le sirve el café, Paula se percata que el pulso le tiembla, formando una marejada negra. Luego se aleja más de un metro, se quita la mascarilla y descubre que lleva los labios pintados de un rojo fuerte y brillante. Son esos labios los que le hablan, de verdad, por primera vez en ocho o nueve años.

Le confiesa que debía haber comprado menos cosas, pero ver carros llenos le impulsó a hacerlo, imitar a los demás como si temiera encontrarse estanterías vacías. Si fuera así, se derrumbaría el mundo, le argumenta Paula y la imagen de ese mundo derrumbándose por estanterías vacías, acerca a las dos mujeres. Saray le dice que es terrible hayan cerrado los parques y no solo porque no se pueda llevar a los niños, sino porque son los bosques de la ciudad, su pulmón, libertad y naturaleza. El sonido de un llanto infantil llega a la cocina desde algún lugar de la casa y Paula decide marcharse. Cuando ya está en el descansillo, Saray le propone que vuelvan a verse, ahora que están encerradas en el edificio. Y deciden hacerlo cada día después de la hora de los aplausos a los trabajadores sanitarios

De un piso a otro hay dos tramos de escaleras, una con diez escalones, otra con cinco, del cuarto al séptimo son un total de sesenta escalones; son los que sube todos los días Paula.

Saray le comenta que eso del distanciamiento social suena muy mal, será necesario, pero es hacer del otro algo peligroso. Paula le responde que eso ya ocurría, la competitividad, el ir con el cuchillo entre los dientes, me parece una metáfora de lo que hay. Saray le dice que sí, es así, por eso ella ha ido fabricando algo que antes le espantaba: su soledad, en particular desde su separación. No quería el abrazo permanente, el beso fijo, el control. Aunque en ocasiones deseaba algo diferente: una soledad comunicada. “Una soledad comunicada”, repite Paula en un murmullo, pensativa. Las dos se miran en la medida distancia, de forma penetrante, sin tregua. ¿Es aquello?

Cada vez que Paula sube o baja los sesenta escalones, le invade un miedo. Mira las puertas de los vecinos como si fueran a abrirse y descubrirla. Es algo absurdo, pero la sensación está ahí.

¿Se puede vivir en un mundo aséptico? , se pregunta Saray mirando desde la ventana la ciudad vacía y fantasmal. Comenta que hace años vio una película, el chico burbuja, sobre alguien que había nacido con un sistema inmunológico tan débil que cualquier cosa podía matarle. Así debía vivir entre paredes de cristal, sin contacto físico con nadie, ni abrazos, ni besos, desconocer lo que es otra piel. ¿Te imaginas que todos fuésemos chicos burbuja? Paula le responde que recuerda esa película, que el chico burbuja era Travolta y que si fuese así ella viviría en esa burbuja. Las dos mujeres ríen por primera vez en sus encuentros. Saray le dice que entonces Travolta dejaría de ser Travolta y la burbuja se convertiría en una cárcel.

Un día es el niño de pelo rizoso quien le abre la puerta. Como si recitase una lección bien aprendida, le dice que su madre esta enferma, que pase a su habitación. Paula sigue al pequeño que la lleva hasta el cuarto materno, luego desaparece.

Mi cuerpo ya estaba enfermo antes de la pandemia, la enfermedad cercándome por dentro y por fuera, le dice Saray desde una cama matrimonial en la que parece un cuerpo diminuto y perdido. Un tumor quiere destruirme, quizás lo consiga, quizás no… Y antes de que una sorprendida Paula pueda reaccionar, se levanta, la mira y se desprende del camisón.

Paula contempla la desnudez delgada y pálida, un solo pecho de amazona, a su lado, un pecho ausente y una cicatriz; la belleza herida. Titubea durante unos instantes y contra toda norma, tiene el deseo de abrazarla, sentir su piel y su herida, el cuerpo imperfecto, unos labios rojos destacando entre la blanca palidez.

Un domingo los niños pueden salir a la calle, liberándose, por un tiempo, de aquel encierro. Y dos madres acompañan a sus hijos, una arrastra a un niño de pelo rizoso, otra lleva a una niña rubia de la mano. Se cruzan en la calle, apenas se saludan con un gesto, pero Paula sabe que tras la mascarilla que cubre el rostro de Saray, hay unos labios pintados de rojo.

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