Nilo

Lucas Berruezo

 

 

 

 

 

1

–¡Voy a comprar, mami! –gritó Nilo hacia el interior de la casa–. ¡Ahora vuelvo!

Nadie le respondió.

Por supuesto que nadie le iba a responder. Eso él ya lo sabía. Era tonto (eso también lo sabía), pero no tanto.

Cerró la puerta a sus espaldas y, tras acomodarse el barbijo con la mano derecha (en la izquierda llevaba la bolsa de las compras), empezó a caminar en dirección a los negocios.

Su barrio estaba tranquilo, aunque no tan tranquilo como otros barrios que había visto en la tele. Si tuviera que decir la verdad, diría que no veía mucha diferencia entre las calles de antes de la cuarentena y las calles de después. Seguía habiendo gente, tanto en el almacén de «los chinos» (como lo llamaba su mamá, aunque tenía otro nombre), como en la carnicería de don Tito y la verdulería de los hermanos Quiroga. Bastante gente. La diferencia, en todo caso, era que ahora había personas solas, no acompañadas. Y tampoco había chicos. Ninguno. Bueno, excepto él, que de alguna forma era un chico.

Danilo (Nilo, para todos los que lo conocían) tenía veinte años. Su contextura física era bastante grande, por lo que aparentaba su edad, incluso más. Por lo menos hasta que decía algo. Una vez que hablaba, las personas notaban enseguida que algo no funcionaba bien. Y es que Nilo cargaba con lo que algunos psicólogos llamaban (al menos eso decía su mamá) «trastorno del desarrollo intelectual». Sus compañeros del colegio (cuando iba al colegio, claro) afirmaban, lisa y llanamente, que era un «retrasado mental». Para decirlo con palabras fáciles: le costaba entender algunas cosas. Podía memorizar bastantes (el nombre de «su problema», por ejemplo), pero lo que se dice entender, eso se le hacía difícil.

Llegó a la carnicería y compró tres churrascos. A continuación, en la verdulería, pidió un kilo de papas y uno de bananas para el postre. Tanto el carnicero como los verduleros le preguntaron por su mamá. Nilo respondió que estaba bien, encerrada, haciendo la cuarentena.

–Es una persona de peligro –dijo, con su tono alto y rígido, cuidadosamente modulado. Con el barbijo puesto, al menos, nadie veía cómo movía la boca, con esa lentitud que podía llegar a exasperar a cualquiera, por paciente que fuera.

–Sí, sí –respondió uno de los hermanos Quiroga–. Por la edad, ¿no?

–Eso, señor.

Su mamá, Raquel, tenía sesenta y cinco años. Él, Nilo, había sido el hijo único de la vejez. El milagro inesperado que llega de pronto para abrumar con la presencia de psicólogas, psicopedagogas y acompañantes terapéuticas. Al morir su papá, Raúl, de un cáncer de próstata cuando él apenas tenía tres años, Nilo se convirtió, además del milagro de siempre, en el mundo entero para su mamá.

Emprendió el camino de regreso, con la bolsa de los mandados llena y pesada. No era un problema. Le faltaban algunas luces, pero le sobraba fuerza.

Llegó a su casa y se detuvo. Sin apoyar la bolsa en el suelo (su mamá le había dicho que el virus podía vivir en el piso un montón de tiempo), buscó la llave en el bolsillo de su pantalón y, haciendo equilibrio para que no se le cayera nada, abrió la puerta.

–¡Mami! –gritó–. ¡Llegué!

No hubo respuesta.

.

2

Hizo todo lo que su mamá le dijo que hiciera. Primero, agarró el aspersor con alcohol diluido en agua de al lado de la puerta, donde lo había dejado antes de salir. Segundo, le tiró ese líquido oloroso a la bolsa de las compras. Tercero, con la bolsa toda mojada, fue a la cocina. Una vez ahí, y cuarto, fue sacando una por una las cosas y las fue rociando. La carne la puso en la heladera, mientras que las papas y las bananas las dejó ahí, sobre la mesada de mármol.

Finalmente, se lavó bien las manos (cantó el feliz cumpleaños dos veces) y fue hacia la parte de atrás de la casa, donde estaba la pieza de su mamá.

Entró y vio, ahí, a su mami, sentada en la cama, con la espalda apoyada en el respaldo y su vista clavada en la ventana, mirando hacia el patio trasero, donde estaban sus plantas y el pino que tanto le gustaba. Entonces ella lo miró a él y le sonrió. Nilo también sonrió. Siempre sonreía cuando su mamá sonreía, de la misma manera que se ponía triste cuando ella se ponía triste.

–¿Cómo estás, mami? –preguntó.

La mujer, que vestía un camisón color crema y tenía todo el pelo blanco, muy corto, hizo un ademán de hablar, pero en seguido su cara se contrajo en una mueca y se llevó una mano al cuello.

Tosió.

–Bien, Nilo –respondió, con una voz cavernosa.

–¿Todavía te duele la garganta, mami?

–Mucho, Nilo. Me duele mucho.

Volvió a toser, y ahora se llevó una mano al pecho. La mueca de dolor seguía siendo la misma.

–¿Estás bien, mami?

–Sí, mi amor –se aclaró la garganta–. Estoy muy bien. ¿Pudiste comprar todo?

–Sí –dijo Nilo y, extendiendo uno a uno sus dedos, empezó a enumerar–: tres churrascos, un kilo de papas y un kilo de bananas. Y ya des… –Nilo se concentró–. Des… in… fec… té todo.

–Muy bien, Nilo. No esperaba menos de vos.

Nilo sonrió, orgulloso.

–¿Querés que cocine, mami?

–Sí, mi amor. Pero vas a tener que seguir mis palabras al pie de la letra. ¿Entendiste?

–Sí, mami.

Raquel sonrió.

Su hijo era todo un hombre.

.

3

Siguió las indicaciones de su mamá. Peló una papa, la metió en una olla con agua y dejó todo en el fuego; también puso un churrasco en la plancha e hizo jugo de naranja (con un sobrecito Clight en dos litros, así no quedaba muy puro). Su atención estuvo en todo momento en la carne: con el fuego bajo, la tenía que dar vuelta constantemente para no llenar la casa de humo. Y siempre cuidando de no quemarse. Cuando todo estuvo listo, se sentó solo ante la mesa del living. De haber cocinado su mamá, la papa se habría convertido en puré y la carne habría tenido más sabor, pero no estaban mal. Y él tenía mucha hambre. Su mamá no, hacía días que no quería comer nada. Le costaba pasar la comida por la garganta. Le dolía mucho. Cuando él terminara, le haría un mate cocido con leche.

Y así lo hizo, después de llevar todo a la cocina y lavarlo.

Fue, entonces, a la habitación de su mamá. Ella seguía sentada, ahora con la televisión prendida en una novela rara en la que hablaban con un acento chistoso.

–Te traje el mate cocido, mami –dijo Nilo con su lentitud característica. Aunque en este caso no importaba. A su mamá no le molestaba que tardara. Ella le daba todo el tiempo del mundo para que él pudiera decir lo que quisiera.

–Gracias, mi amor –dijo Raquel, sonriendo.

Con mucho cuidado, Nilo le dio la taza y ella la agarró.

–Me voy a jugar a los jueguitos, mami. ¿Necesitás algo más?

Raquel le dio un sorbito a su infusión. La mueca de dolor fue inevitable.

–No, mi amor. Andá tranquilo. Si necesito algo, te aviso.

–Bueno, mami.

Nilo salió de la habitación y volvió al living, donde estaba la tele y su Playstation. Se sentó en el suelo y empezó a jugar. Le fascinaba el FIFA. Se sentía un jugador más en la cancha. Un jugador de verdad. Estuvo en eso hasta la tarde, cuando volvió a sentir hambre. Se hizo una chocolatada con galletitas, que ingirió con voracidad. Después, siguió jugando hasta la noche, cuando se preparó tres panchos con salchichas que tenían en el freezer. Por último, le hizo otro mate cocido a su mamá.

–Te traje otro mate cocido, mami.

Raquel lo miró e intentó sonreír. Cada vez que respiraba su pecho subía y bajaba y se escuchaba un sonido raro, como si alguien sacudiera una bolsa llena de piedritas.

–Gracias, mi amor.

Nilo le dio la taza con el mate cocido y se acostó a su lado. En la tele, unas personas bailaban sobre un escenario. Nilo apenas les prestó atención. Se acurrucó como a él le gustaba, con las rodillas cerca del pecho. En cuanto sintió que la mano de su mamá le acariciaba el pelo, cerró los ojos y, sin siquiera darse cuenta, se llevó el pulgar a su boca.

Así, acompañado por el sonido de la tele y las caricias de su mamá, se quedó dormido.

.

4

Abrió los ojos. Ya era de día. La luz del sol entraba por la ventana, revelando y ocultando cada rincón de la habitación. La tele estaba apagada, aunque su mamá seguía sentada. No era extraño. Decía que así dormía mejor, que le dolía menos al respirar.

–Mami, ¿querés que te haga un mate cocido?

Raquel no respondió.

–Mami… –repitió Nilo–. ¿Querés…?

Se calló cuando le vio los ojos. Si bien estaban abiertos, fijos, no parecían mirar nada…

–¿Mami?

Con lentitud, Nilo extendió su mano y movió a su mamá. La mujer ni siquiera pestañó.

–¿Ma…?

Y entonces se dio cuenta. Su pecho. No hacía ruido. No se movía.

–¿Estás… bien?

No lo estaba. Eso era algo que hasta él podía entender.

Nilo se puso de pie de un salto. Sentía cómo su corazón le golpeaba en el pecho. Salió corriendo de la habitación, fue hasta el living, dio dos vueltas alrededor de la mesa y regresó al punto de partida… Le temblaba el cuerpo. Le transpiraban las manos. Su boca estaba seca. Su mente, generalmente tranquila, era como una mosca tratando de escapar por una ventana cerrada.

–¿Qué hago, mami? –preguntó con su esmerada modulación, sintiendo cómo el llanto le cerraba la garganta y le dificultaba (todavía más) hablar.

Su mamá no le respondió.

Nilo salió una vez más, en esta ocasión caminando. Fue hasta el baño, entró y se encerró en él. Se sentó sobre el inodoro, se llevó las dos manos a la cabeza y, al tiempo que se balanceaba de atrás para adelante, empezó a gritar.

Y gritó como si lo estuviesen torturando.

Gritó hasta que su garganta se desgarró.

Gritó hasta que el llanto no le permitió gritar más.

.

5

UNA SEMANA DESPUÉS

–Un kilo de papas y un kilo de bananas, por favor –dijo Nilo, esforzándose para que sus palabras salieran claras y firmes a través del barbijo.

El más joven de los hermanos Quiroga esperó a que terminara de hablar. Siempre hacía lo mismo con el chico, esperaba, aunque ya supiera lo que iba a llevar. Suponía que dejarlo terminar (sin importar cuánto tardara) ayudaba a su autoestima. Y para chicos como él, siempre era bueno sentirse bien.

Cuando Nilo por fin terminó, el verdulero le preparó el pedido y le entregó las bolsas con las papas y las bananas.

–¿Cómo está tu mamá? –le preguntó.

–En casa –respondió Nilo.

–Bueno, mandale saludos de mi parte.

–Sí, señor.

Nilo volvió. Por ese día, ya no habría más compras. Se le estaba terminando la plata que su mamá escondía en un sobre en el último cajón de su cómoda, donde también guardaba los pulóveres. Con un kilo de papas y un kilo de bananas podía comer varios días, y no eran tan caros como la carne.

Llegó a su casa. Dejó las cosas sobre la mesada de la cocina y se puso a hacer el mate cocido para su mamá. Después comería él. No estaba apurado.

Cuando el mate cocido estuvo listo, salió al patio. El pasto ya empezaba a estar alto y las flores en los canteros parecían hundirse cada vez más entre los yuyos que crecían a su alrededor.

Nilo miró a lo lejos, donde estaba el pino. Ahí estaba, también, su mamá.

Se acercó.

La tierra, al pie del árbol, que con tanto esfuerzo había sacado y vuelto a poner, seguía un poco revuelta. Tendría que aplastarla todavía más. Volvería a usar la pala, que ya había guardado donde estaban las cosas del jardín.

–Hola, mami, te traje un mate cocido –dijo, con su lenta modulación, al tiempo que apoyaba la taza sobre la tierra–. Hoy fui a la verdulería de los hermanos. Compré papas y bananas, porque son baratas y me quitan el hambre. Estoy bien… –sintió que las palabras se le atoraban en la garganta y que sus ojos se llenaban de lágrimas–. Estoy bien, mami. Me gustaría que estuvieras acá, conmigo. Dormía mejor cuando me acariciabas la cabeza –se aclaró la garganta y se pasó las palmas de las manos por los ojos–. Voy a dejar el patio lindo, como te gustaba. Vas a ver.

Dicho esto, Nilo se dio media vuelta y empezó a caminar en dirección a la casa. Ya había recorrido las tres cuartas partes del trayecto cuando se detuvo, pegó la vuelta y volvió corriendo.

–Ah, mami –dijo–. Me olvidaba, te manda saludos el verdulero.

Ahora sí, se dirigió a la casa.

Ignorando todas las medidas de higiene que, estando su madre con él, hubiera seguido, fue directamente a sentarse en el piso, frente al televisor.

Todavía no comería. Primero quería jugar un poco a los jueguitos, al FIFA.

Le encantaba ese juego.

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