CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: “Hoy he salido a la calle”

Juan Patricio Lombera

 

 

 

 

25 de marzo de 2020

Las nueve cuarenta de la mañana. Tras ponerme los guantes de látex, la mascarilla y las gafas cojo el carrito de la compra y abro la puerta de mi casa. Bajo por las escaleras para evitar cruzarme con vecinos. Sin embargo, parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para bajar al mismo tiempo. Al llegar al portal, veo que la vecina del quinto va a entrar. Me echo para atrás para dejarla pasar y conservar la distancia de seguridad. Ella accede sin hacer caso de mi presencia y empieza a subir las escaleras. Cuando oye mi pisada, se voltea para saludarme. No lleva ni mascarilla ni guantes. A ojo de buen cubero intuyo que he conservado la distancia de seguridad en todo momento, pero no estoy seguro. Para colmo de males, no acaba de irse la vecina incívica del quinto cuando aparece a mis espaldas el vecino del primero con su perro. Cómo no, no lleva mascarilla ni guantes. Su edad ronda los sesenta y pocos. Se está acercando a la edad más peligrosa, pero no toma medidas de seguridad. Me dirijo a José Silva. En el semáforo, cuento los coches a cada lado de la glorieta. Una decena en total. Infiero que salen al trabajo o vuelven a casa. Pudiera ser que fueran a comprar como yo para toda la semana. Me dirijo al semáforo de Agastia para cruzarlo y entrar en el estanco. Las servidumbres del vicio no entienden de crisis sanitarias. Salgo para tomar calle abajo hacia Arturo Baldasano y finalmente remontar por la Calle de las cañas. Ese nombre me hace pensar en todas las cervezas que he dejado de beber en este mes y medio desde que emprendí la guerra contra la báscula. Solo a ti se te ocurre mantener dos frentes abiertos si incluimos la lucha contra la enfermedad me digo a mí mismo. Todas estas vías tienen la gran ventaja de ser muy solitarias. De hecho, durante todo el recorrido solo me topé con una muchacha que también iba a la compra y a la que pronto dejé atrás en mi afán de mantener la distancia. Las gafas se me empañan constantemente por la mascarilla, pero sigo adelante pese a la neblina temporal so riesgo de tropezar. Llega el momento de salir a López de Hoyos donde se encuentra el mercado que he elegido para mi avituallamiento. Es una calle grande y por ende en días normales con circulación. Las únicas personas que veo, hacen una respetuosa cola a la entrada de la farmacia para entrar de uno en uno. Mi súper es el último de la calle. No sé si tengo derecho a ir a él ya que hay otro más cerca de mi casa, pero peor surtido. Supongo que si la autoridad me para me hará la aclaración. Se trata de 500 metros de diferencia. Conforme voy avanzando veo otros mercados y la farmacia abiertos, lo cual me alegra ya que creo que son las 10 y no voy a esperar fuera. Mi gozo en un pozo. El establecimiento sigue cerrado. Una cola de 5 personas, todos a la debida distancia y con sus guantes y mascarillas esperan. A la distancia le pregunto a la señora la hora. Me dice que faltan 5 minutos. No llevo más de 2 minutos en mi lugar que llega una persona mayor sin protección alguna. Otro inconsciente pienso para mis adentros. Por el cristal del establecimiento se ve un ejército de empleados desinfectando el local. Finalmente, llega la hora. Un mecanismo hace subir la cortina de hierro (ojalá que la otra hubiese desaparecido tan fácilmente) de forma lenta. Ingresamos conservando la distancia y nos llevamos una agradable sorpresa. Uno de los empleados nos ofrece gel desinfectante antes de pasar a hacer nuestras compras. Cómo puedo, saco mi cartera de mi bolsillo; operación arduo complicada con los guantes y más difícil aun sacar la lista de la compra sin pringar la cartera y el papel con los restos del desinfectante. Se trata de una misión tipo comando o como dicen en el beisbol de hit and run. Coger un carrito, llenarlo tan pronto como posible con los elementos de la lista, pagar e irse a la chingada. Ni más ni menos. Nada de hacer colas en la carnicería, nada de pararse a pensar y menos aún preguntar a los dependientes. Más o menos voy consiguiendo mis objetivos; pescado fresco, embutido, frutos secos, queso, hasta que voy por los lácteos. Hay una cola en la carnicería y tengo que pasar por ahí para llegar a la nevera. Me dirijo por el periódico que está al lado de las cajas para ver si se aligera la cola. Busco algunos frutos secos y me hago con el pescado congelado. La cola ya se ha reducido, pero aún sigue una persona cerca de la nevera de mis deseos. Avanza un paso. Me acerco por su espalda, abro la puerta y saco lo más rápido posible 12 yogures y varias botellas de leche. La última botella me cuesta y cuando finalmente logro sacarla impacta en mi pecho. ¡Joder! Tendré que echar a la lavadora el suéter pienso en mi fuero interno. Ya lo tengo todo. Avanzo a la caja. Las distancias de seguridad están marcadas por líneas rojas en el suelo. Me doy cuenta, cuando ya me encamino a la caja que se me olvidó tomar el humus. No debiera consumirlo, pero esta situación requiere de la satisfacción de un capricho. Descargo el carro del súper y, cómo si estuviera en el colegio, pido permiso para ir por él.

-Date prisa –me ordena el cajero.

Parto cual rayo hacia la cámara frigorífica correspondiente. En mi carrera paso un milisegundo al lado de un comprador. A la mierda las precauciones. Tras hacerme con mi botín vuelvo a la caja igual de rápido pero antes paso por los lockers a cuyos pies está mi carrito. Estoy nervioso. Soy consciente de que me están esperando el resto de los compradores. Relleno cómo puedo la bolsa de tela y el carrito, pago con tarjeta y avanzo con paso firme de conquistador hacia la libertad de la calle. He cumplido la misión, pero aun me queda regresar. El trayecto es el mismo, pero el peso ha variado por lo que el camino se hace largo. Además, a medio camino, decido que no tengo suficiente carne para toda la semana. Me desvío para comprar un poco de pollo en el establecimiento de Ramón y Cajal. El carnicero tampoco usa mascarilla. Al llegar al portal de mi casa, me encuentro a la vecina del tercero que, al igual que mis otros vecinos, va sin guantes ni mascarilla. Al ver mi carro lleno se acerca para preguntarme donde he hecho la compra. Al tiempo que retrocedo aterrorizado le doy la respuesta. Ella no parece oírme y sigue avanzando. Yo retrocedo al pie de las escalerillas. Finalmente, me ve, se acuerda de las recomendaciones y emprende otro camino. Cuando llego a casa, me quito la ropa exterior y la tiro a una bolsa para aislarla hasta que se haga la colada. Me quedo semidesnudo, pero aun me tengo que quitar las gafas, la mascarilla y los guantes procurando no tocar mi piel. El proceso me pone nervioso y Vicky se da cuenta.

Un pensamiento involuntario me atraviesa. ¿Por qué estos pendejos del super mercado no son capaces de colocar la leche como Dios manda?,¡Carajo! Por fin, he tirado a la basura todos los elementos tóxicos. Me dirijo al baño y me lavo las manos para poder volverme a vestir. Quién me diría que las aburridas compras de un mes atrás se convertirían, verbigracia del coronavirus en una aventura de alto riesgo.

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