La insignificante preocupación por el flujo del tiempo

Carlos E. Luján Andrade

 

 

 

 

 

No hay futuro, no hay pasado, ¿lo ves?, el tiempo es simultáneo.
Una intrincada estructura cual diamante que los humanos insisten
en ver un solo filo a la vez cuando el diseño entero es visible en cada faceta.”
(Dr. Manhattan – The Watchmen)

El tiempo es ajeno al deseo, pero para nosotros contiene la visión de movilidad ante la infinitud del universo. Si lo que existe siempre estuvo ahí, entonces nuestra percepción de las horas transcurridas es subjetividad sometida a las ansiedades humanas. Por otro lado, ¿qué es el tiempo ante la incertidumbre? No podremos definirlo con un concepto que abarque tanto las preguntas filosóficas como de la física, pero sí se puede intentar hallar un significado dentro de los sentimientos propios. Más aún cuando estos andan confusos porque fuerzas mayores, como una pandemia mundial, ha obligado a detener las proyecciones creídas vitales para nuestra sobrevivencia.

Las actuales circunstancias nos han obligado a desafiar la idea de progreso, de autorrealización y hasta de la felicidad por no poder contener la incertidumbre del destino humano. Mientras uno se obliga a colocar en pausa todos los proyectos de vida necesarios para complacer la idea de bienestar, otro mundo continúa su camino. Milésimas de segundos avanzan bajo tierra, en la epidermis y en nuestros órganos. La naturaleza toma aquello que necesita para sobrevivir. Avanza de organismo en organismo complaciendo a su ciclo vital porque no hay forma de detener lo que viene contenido de una fuerza vital intensa pero perecedera. No olvidemos que vivimos en un planeta donde no existe la eternidad. La estrella que nos alimenta morirá y la energía que recibimos de ella dentro de miles de millones de años también se agotará y nos llevará a todos consigo.

La materia estelar es más vieja que la percepción humana. No podría siquiera un ser humano con un promedio de vida de unas decenas de años imaginar el tiempo que podría tomar la formación de una galaxia de cuatro mil millones de años. La física moderna y las matemáticas nos esbozan un diminuto alcance sobre su real dimensión en sus juegos de cálculo y aun así el espacio-tiempo desafía las más elementales percepciones. Desde las partículas elementales, átomos, pasando por las moléculas y las células hasta los seres que forman civilizaciones y exploran los universos han pasado millones de años en las que lentamente y a costa de la prueba y error han ido perfilando la existencia de seres que individualmente estarán solo un poco periodo de vida comparado con lo que el universo tardó en formarlos.

La espera a que la incertidumbre termine en realidad es ficticia. En esa sensación nos encontramos solos los seres humanos, para la física, no hay ninguna ley que indique que avanzamos hacia un lugar. Tal impresión está solo en la conciencia. Mientras los peces nadan libremente sin saber que quizás puedan ser devorados al instante por una especie más grande o un antílope por un enemigo natural, el ser humano se angustia por que el cielo no se le venga encima. Ahí están sus dioses que les asegure un periodo solar más de tranquilidad y luego recurren a la ciencia para tener la certeza que el sol aparecerá nuevamente al terminar la noche.

¿De quién es el tiempo? Nos podríamos preguntar. La percepción humana ha tenido que buscar descifrarla por supervivencia y entendimiento del cosmos. Sin embargo, no es asumida como tal porque nos angustiamos cuando esta medida tan insignificante no se acopla a los tiempos de la naturaleza terrestre y menos a la del universo. La mutación de un organismo ha sido una constante en nuestra evolución, ante los embates del medio ambiente, los nuevos seres han transformado y mejorado sus capacidades para mantenerse con vida. Así muchos han perecido y otros sobrevivido. Pero los tiempos entre unos y otros, a la que la naturaleza nos somete como organismos, son tan extensos que sin nuestras percepciones nos podrían remitir hacia una inmovilidad permanente. Es cierto que así como el universo puede formar estructuras estelares asombrosas luego de millones de años de formación, también puede destruir esas magníficas creaciones en instantes. Ante la voluntad del ser humano y sus deseos de eternidad, la naturaleza es caprichosa. La evolución a la que nos somete, obedece a fuerzas incomprensibles porque tales cambios son demasiado lentos para un ser viviente insignificante si lo comparamos con las edades de las estrellas.

Ya nos lo ha mencionado Richard Dawkins de que somos un organismo de tránsito entre el gen que desea sobrevivir a través del tiempo. Somos pues vehículos de cadenas vivientes que sirven para aseguramos su eternidad. Y si es así: ¿la conciencia?, ¿la subjetividad?, ¿la felicidad?, ¿pueden hacer algo al respecto? Difícil explicación porque todo aquello que podemos cuestionarnos ante una catástrofe viral, solo halla consuelo en acusar a un grupo de individuos que van en contra de otro y desde ahí que parten sus angustias. En una visión terrenal y mínimamente temporal de un problema que busca despertar la conciencia del ser humano sin éxito. Una pandemia mundial no está sometida a ideologías, religiones o maniobras políticas. No hay culpables a los que señalar ante semejante desastre ni a un dios del que ya sabemos que no puede hacer nada ante lo determinado por la naturaleza.

Es más que claro que la idea del tiempo que el ser humano posee la contiene su conciencia. La naturaleza obvia esa idea. No la toma en cuenta y pasa por encima de ella. Si necesitara cientos de años para perfilar nuestra especie para futuros desafíos que enfrentaremos, lo hará así se destruya nuestra felicidad actual, los proyectos cercanos o la sociedad en la que vivimos.

Entre todo el tránsito de nuestra evolución, hechos como los que se viven ante un ataque viral a la especie humana no son extraños. La naturaleza solo contempla cómo va desarrollándose los organismos para perdurar a sí misma. Si volvemos al mundo místico, diríamos que es el gran hacedor que nos contempla con pena pero sin rencor nuestra diminuta agonía porque sabe que luego de morir esa pequeñez, la grandeza de la supervivencia será la recompensa. El tiempo inmenso del universo no contabiliza los segundos que toma la exhalación de un suspiro humano.

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