Giulietta (I)

Federico Fellini

Nunca he podido soportar ver mi cara en el espejo. Creo que ésta es la única forma posible de empezar a contar esta historia. Aunque una vez más me embarga la duda de si no haría mejor quedándome callada, porque una historia tan extravagante y confusa no sé realmente qué utilidad podrá tener para quien la lea. Pero ¿y si en cambio puede resultar de interés para alguien? ¿Y si tuviera algún valor para alguien que se parezca a mí, por ejemplo?

Hasta hace algunos meses, al llegar a este punto de mi relato ya habría aparecido Olaf en el suelo, a mi izquierda, haciéndome llorar de rabia y de miedo.

Olaf es un espíritu odioso; aparecía de pronto, con su color herrumbroso, montado a menudo en un horrible y pequeño automóvil negro —muy parecido a los que se ven en las pistas giratorias de los parques de atracciones—, riéndose a carcajadas con sus dientes de caballo.

—¿Pero qué haces? ¿Qué buscas? ¡Qué estúpida eres! —Y se golpeaba la frente con su manita seca, y venga a decir palabrotas que me avergüenzo de repetir, a emitir ruidos obscenos y a tirarse unos pedos horribles. Me habría dicho, seguramente, que esta historia no podía interesar a nadie, porque es la historia de una pobre loca.

Pero Olaf ya no puede volver a atormentarme y con él también han desaparecido para siempre (eso espero) aquella inmensa vaca de Iris, y el abate de barba roja con sus melenudos leones, y Rodolfo Valentino, y la silueta negra con los senos desnudos de las «Pillulles Orientales», y Casanova y la santa sobre la parrilla al rojo vivo.

Ahora, cuando la aflicción me atenaza la garganta con sus helados dedos, basta que piense en el globo aerostático para que éste aparezca enseguida entre un paraíso de nubes de colores y de rayos luminosos. Y dentro del gran cesto engalanado con banderas veo a mi abuelo acompañado de su bellísima amante que me hace gestos con la cabeza. Sé muy bien lo que me quiere decir: me dice que debo contar esta historia porque tiene interés para alguien, y en ese momento se oye una música maravillosa.

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EL ESPEJO

Bien, pues empecemos hablando del espejo.

El espejo siempre ha ocupado un lugar muy importante en mi vida. Desde mi más temprana juventud. Me he pasado horas y horas mirando mi cara ante el espejo, de perfil, de tres cuartos, me cambiaba el peinado, el maquillaje de los ojos, la pintura de los labios; me cambiaba de vestidos, me ponía de puntillas… y mi imagen seguía siendo la misma: una cara que no podía soportar, una estatura de la que me avergonzaba. Luego vino lo de la broma de mi hermana Fanny, y desde entonces el espejo me ha dado siempre un poco de miedo; miedo de ver al diablo en su interior.

De hecho, cuando era niña mi abuela me dijo una vez:

—Ten cuidado, que si te miras tanto al espejo terminarás por ver asomar a Piernatorcida.

Y una noche, la tonta de Fanny, con el sigilo de un gato, se plantó de repente a mis espaldas y yo vi en el espejo la cara roja del diablo. Lancé un grito tan fuerte que también Fanny se llevó un susto de muerte, hasta el punto de que se quitó enseguida la máscara que se había puesto en la cara y las dos empezamos a gritar abrazándonos y llorando como unas locas. Aquel día nos metieron en la cama sin cenar. Yo tenía un espejito escondido debajo del colchón y me solía mirar en él antes de dormirme, peinándome de mil maneras distintas; pero aquella noche no me atreví a sacarlo, y sólo a la mañana siguiente, en el cuarto de baño, con mucha cautela, me atreví a mirarme en el espejo poquito a poco; primero la mano, luego un trocito de cara, que asomaba un instante desde el marco y desaparecía enseguida, después de cuerpo entero, pero con los ojos cerrados por miedo a mirar; luego entreabrí un poquito un ojo, hasta que terminé por abrir los dos. No había ningún diablo sino sólo mi cara, una cara que me producía mucha rabia, que no quería aceptar y que en ese momento se iba inundando silenciosamente de lágrimas, presa del más amargo desconsuelo.

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MI MADRE

En cambio, mi madre y mis dos hermanas son muy guapas, sobre todo mi madre: aunque autoritaria, es muy elegante y de una gran belleza. Una noche (tendría yo más o menos siete años) me había levantado de la cama, y al asomarme al pasillo vi a mi madre con una corona cuajada de piedras preciosas en la cabeza y un gran manto bordado en oro que descendía hasta sus pies. Tal vez se disponía a ir a un baile con papá, pero a mí me pareció una reina, una emperatriz, y también ahora cualquier sombrero que se ponga en la cabeza sigue pareciéndome una corona, y siento la misma turbación paralizante que siempre me impidió hablar abiertamente con ella. Mi madre reina, mi madre emperatriz, mi madre en coche de caballos, mi madre en el palco de la ópera, mi madre ante el gran espejo de su dormitorio, con dos modistas arrodilladas ante ella, deslumbradas también por su belleza: «Es una reina, una estatua; qué guapa, qué belleza». En aquel gran espejo ovalado de marco dorado también estoy yo; soy esa niña que está en un rincón oscuro, al fondo de la habitación, mirando asombrada, maravillada. Más tarde, creyendo que no me veía nadie, volví a aquella habitación y traté de imitar los gestos de mi madre, me puse su sombrero en la cabeza y me cubrí la mitad del rostro con el abanico; y así me sorprendió mi padre, que apareció de pronto con el uniforme de fascista y me espetó:

—¿Has hecho la gimnasia esta mañana? Tórax erguido, hombros atrás, brazos extendidos. Flexiones: uno, dos.

La gimnasia era una de las manías de mi padre. A veces nos hacía salir sin abrigo en pleno invierno; decía que los niños italianos no deben tener miedo del frío y tampoco del fuego.

Papá era todo un jefe. Y estaba orgullosísimo de serlo, además. Yo sólo lo recuerdo así: con camisa negra y grandes botas; y también como le vi una vez: completamente desnudo y corriendo para esconderse detrás de un armario. Siempre hablaba del Duce, repetía en casa todo lo que había dicho el Duce y quería aplicarlo a la vida familiar. Cuando era pequeña me armaba un gran lío entre él, el Duce y Julio César; tenía la impresión de que los tres eran una misma persona. En esto influyó también el hecho de que, un año, en un libro del colegio pude leer: «El Duce es mi padre y mi madre». Se lo enseñé a mi padre para que me lo explicara, y me dijo que en efecto era así, que el Duce era el padre de todos nosotros, también el suyo, y que era aún más importante que la madre.

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OLAF

Pero volvamos a los espíritus. La primera vez que apareció Olaf fue en casa de Valentina.

Nos habían invitado a mi marido y a mí para celebrar el regreso de Raniero (el amante de Val), después de tres meses en que nadie había vuelto a saber nada de él y todo el mundo estaba convencido de que aquella vez se había marchado para siempre. Entre otras cosas, porque había dicho que antes que vivir una hora más con Valentina, prefería pasarse el resto de su vida en los campos de exterminio donde había estado prisionero durante la guerra. A decir verdad, Raniero había hecho manifestaciones todavía más comprometidas en otras ocasiones, pero luego siempre volvía.

En el fondo, la relación entre Ran y Val no era más que una sucesión de estruendosas rupturas (cuando reñían destrozaban media casa), huidas de él, manifestaciones dramáticas e improrrogables de suicidio por parte de Val y, por último, nuevos regresos y reconciliaciones en las que invitaban a todos los amigos a comer, y de nuevo se tomaba una de las muchas sopas orientales que cocinaba Valentina.

Lo que también había ocurrido muchas veces es que a la vuelta de Ran se desencadenase una ruptura más catastrófica aún, porque, al volver a casa, éste la encontraba habitada por tipejos sospechosos y extraños, jovencitos indefinibles y jovencitas igualmente desconcertantes de aire adormilado que no se sabe dónde Val podría haber recogido y a los que invitaba a vivir en su casa para superar la angustia de la soledad y la tentación del suicidio.

Así pues, aquella noche Val y Raniero se habían reconciliado por enésima vez, y mi marido, que cuando quiere también sabe ser gracioso, había improvisado un pequeño discurso muy divertido; luego todos brindamos por Ran, por Val, por su amor inextinguible, y al tocar la copa de mi marido me sentí emocionada.

Valentina aquella noche me pareció más rara que de costumbre; de vez en cuando se quedaba inmóvil de repente y dirigía su mirada a uno y otro lado como si buscara a alguien. También en la cocina, mientras preparaba una sopa georgiana de las suyas (ahora que lo pienso, no se puede descartar que fuera aquel mejunje lo que me hizo sentirme tan mal al final de la velada), se detenía con el cazo a medio camino y murmuraba:

—Los oigo. Están merodeando por aquí. ¡Cuántas presencias! Y entre ellas puedo distinguir una nueva. Es un espíritu que quiere comunicarse con nosotros, tiene que decirle algo a alguno de nosotros…

Luego sumergía el cazo en la olla y me sonreía con aire perdido, con aquellos ojos que miraban uno a la derecha y otro a la izquierda, como los de Venus.

Os diré que Val está convencida de ser una médium muy capacitada, y que a menudo nos reuníamos en su casa o en casa de la condesa de Tavernelle para hacer sesiones de espiritismo. Algunas veces Valentina caía en trance y después contaba bellísimos relatos sobre los paisajes que había visto y los personajes con los que había hablado.

Y así, también aquella noche, después de la cena, mientras nuestros hombres se quedaban jugando o charlando en el salón, nos fuimos escurriendo de una en una en el dormitorio de Val y preparamos todo para la sesión.

Estábamos Val, Alba, Livia, Chierichetta y yo. Chierichetta es un joven y lánguido pederasta bastante repugnante, que por entonces le hacía a Alba de modelo para un gran cuadro que estaba haciendo y que representaba el Paraíso. Había ocurrido lo siguiente: Alba había tenido una visión en la que se le apareció Dios como un hombre de gran belleza, completamente desnudo, supermusculoso y muy viril. Desde ese día, Alba, enardecida, no dejaba escapar ocasión para manifestar, levantando mucho la voz, que había llegado el momento de «devolverle a Dios su felicidad»; así que se había puesto a pintar con fanático impulso una serie de cuadros que, en efecto, pretendían dar fe de un «más allá» idéntico a la dimensión física, y donde se hacía el amor ni más ni menos que como en este mundo. Preparaba una gran exposición que, según sus palabras, sería el punto de partida de una nueva y definitiva escuela «neomística». Chierichetta en estos cuadros prestaba su tierno cuerpecito y su carita obscena a varios personajes celestiales.

En cambio Raniero sostenía que el proyecto de Alba sólo tenía como objeto que ésta pudiera llevarse a la cama a mocetones robustos y de pocos escrúpulos.

Nos sentamos pues alrededor de la mesita de tres patas en el dormitorio de Val, a la luz temblorosa de unas velas que alargaban desmesuradamente nuestras sombras en las paredes y en el techo.

Valentina había encendido también un palito «sagrado» de madera de sándalo que, pinchado en un crisantemo, humeaba silenciosamente, expandiendo en derredor un perfume dulzarrón que picaba en la garganta y hacía llorar los ojos. Desde el salón llegaban las voces de nuestros hombres que charlaban y reían.

Casi enseguida el velador se inclinó de un lado y se oyó un ligerísimo golpe sobre el tapete.

—Es un espíritu nuevo —murmuró Valentina—. Lo deduzco por la forma en que se ha movido la mesa. Nunca se había dado a conocer. —Luego, con los ojos cerrados y la voz ronca preguntó—: ¿Estás en paz con Dios?
—Desde luego —contestó el velador.
—¿Puedes decirnos cómo te llamas?
—Olaf —replicó la mesita.

Alba y Livia estaban de acuerdo en que era el espíritu de alguien nacido y muerto en Turquía.

—Eres turco, ¿verdad? —preguntó Val con dulzura.
—Turca lo serás tú —dijo el velador; luego se quedó inmóvil durante unos segundos y añadió—: Troya.

Nos quedamos en silencio, un poco indecisas.

—¿Te refieres a la ciudad de Troya? —preguntó al fin Alba muy amablemente.

Pero el velador no contestó y a mí me pareció ver en el suelo a mi izquierda, en una esquina de la gran alfombra, un trozo de cara siniestra con dos ojillos negros y maliciosos cargados de venenoso desprecio. ¿A quién se parecía aquella cara? Recordé a una monja, profesora de matemáticas en el colegio de las… Bastaba que aquella monja me mirase de esa forma para que yo me sintiera hundir en un terrible estado de desánimo y humillación. Aquella carita de color oxidado sobre la alfombra me producía la misma sensación. No dije nada para no asustar a las demás y también porque no estaba segura de si tan sólo se trataba de una fantasía de mi imaginación.

—¿Puedes darnos un mensaje a cada una de nosotras? —preguntó Val dando un suspiro—. ¿Puedes decirnos alguna cosa bonita que nos ayude a vivir, a entender mejor el sentido de nuestra vida?
—Sí —contestó el velador.
—Gracias, amigo. ¿Qué puedes decirle a Alba?
—¡Troya!
—¿Y a Livia?
—¡Putón!
—¿Y a…
—¡Cornuda!
—Vete en paz —siguió diciendo Valentina mientras acariciaba el velador con grandes signos de cruz; pero Olaf no quería marcharse y siguió golpeando el velador y lanzándonos insultos atroces a todas nosotras.

Por último me llamó por mi nombre y sentí un escalofrío. Tenía un mensaje para mí. Lo escuché temblorosa y Olaf entonces, con una serie de rapidísimos golpes, me dijo:

—¿Pero qué pintas tú? ¿Qué es lo que se te ha metido en la cabeza? ¡Pobre idiota!

La mofa, el sarcasmo y el desprecio que se concentraron en todo el cuarto llegaron a perturbarme hasta sentir que me ahogaba; me eché a llorar, me sentí mal e interrumpimos la sesión.

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EL NOTARIO

Seguí sintiéndome muy rara y asustada también cuando volvíamos en coche a casa. Mi marido conducía en silencio, simulando escuchar la interminable cháchara de Alba. Decía que con sus cuadros mostraría a los hombres un Dios humano, humanísimo, igual que nosotros, físico, sensual.

—He pensado pintarlo con un cigarrillo en la boca. Sí, también fuma, como nosotros, y lleva a dos muchachas hermosísimas cogidas del brazo, una a cada lado.

Chierichetta lanzaba risitas llenas de excitación y Livia, escandalizada, se había dormido como un tronco y roncaba ruidosamente con la boca abierta, mientras yo seguía preguntándome cómo era posible que la aparición de Olaf me hubiera llenado de miedo hasta ese punto.

Al fin y al cabo, no era la primera vez que participaba en una sesión de espiritismo; por el contrario, estaba acostumbrada a este tipo de cosas por determinadas inclinaciones mías naturales a eso que la gente llama facultades de médium.

Desde niña, por ejemplo, era suficiente que cerrara los ojos para que enseguida se me aparecieran paisajes maravillosos; hasta llegaba a ver rostros de personas desconocidas, y con tal claridad que me parecía que podía tocarlas y ponerme a charlar con ellas. Una vez (tendría yo unos trece años), fisgoneando con una compañera en la buhardilla del colegio, en el polvillo de un rayo de sol vi a mi abuelo que me guiñaba un ojo maliciosamente con aire de complicidad. Y aunque sabía que había muerto hacía ya unos años, aquella aparición no me asustó; sólo sentí que el corazón me latía más fuerte, y cuando desapareció, me dejó una sensación de dulce melancolía.

¿Por qué, en cambio, la carita maliciosa de Olaf entre los arabescos de la alfombra me había perturbado tanto?

Y de pronto comprendí. Lancé un grito, dominada por un gélido terror, y me agarré fuertemente al brazo de mi marido, que frenó con brusquedad. Poco faltó para que cayéramos en un terraplén.

—¿Qué te pasa, tonta? ¿Qué ocurre?

Estaba temblando y me castañeteaban los dientes. Musité algo, pedí perdón, pero no dije lo que me había ocurrido. Permanecí silenciosa el resto del trayecto, mirando fijamente, con los ojos fuera de las órbitas, la carretera iluminada por los faros que avanzaba hacia nosotros, subiendo y bajando como las olas del mar; mientras, detrás de mí, Chierichetta seguía quejándose por el golpe que se había dado contra el respaldo del asiento, y Livia, que se había despertado, recitaba con voz de beoda los versos de su última poesía.

Fue sólo más tarde, ya en la cama, en medio de la quietud de nuestra casita, construida en un inmenso pinar, cuando me atreví a hablar con mi marido.

—¿Sabes por qué grité? —dije en un murmullo; pero él ya estaba dormido, así que no dije nada más. Apagué la luz, pero la oscuridad contuvo mi respiración; entonces busqué su mano bajo la sábana y la mantuve apretada entre las mías.

Aquel contacto y su respiración tranquila fueron calmándome gradualmente y me dormí.

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¡Olaf se parecía de forma impresionante al notario! ¡Quizá era él! Tenía la misma piel de color herrumbroso, los ojillos cargados de malicia, la boca torcida.

El repentino y horrible recuerdo del notario fue lo que me hizo gritar de terror y agarrarme desesperadamente al brazo de mi marido.

No olvidaré en mi vida aquel gran cuarto tétrico, con la luz encendida incluso de día, repleto de cartapacios desde el suelo hasta el techo. Mi madre vestía de luto, con un velo negro que le cubría todo el rostro. Y detrás de una mesa como una plaza de grande, hundido en una butaca que parecía el trono de la bruja de Blancanieves, estaba el notario. Estiró el cuello hacia mí y me dijo:

—Querida niña, ha llegado el momento de que sepas algo sobre tu papá. El ciudadano ejemplar, el afectuosísimo compañero de tu madre, el intrépido fascista, el generoso e insustituible amigo, que al morir ha dejado entre nosotros un dolor inconsolable…, no era tu padre.

Tenía doce años, y ésta fue la forma en que llegué a saber que aquel señor con camisa negra y grandes botas, que me obligaba a hacer gimnasia con la ventana abierta incluso en invierno, no era mi padre; yo no era hija suya (y, como es lógico, tampoco del Duce), mi verdadero padre había sido otro, un individuo cuyo nombre nunca supe, y del que mi madre me habló con un rencor tan lleno de vehemencia, de odio y de sed de venganza, que me eché a temblar intuyendo confusamente de qué forma debió amarlo si al cabo de tantos años aún seguía hablando así de él. Había desaparecido dejándola embarazada, y cuando yo tenía dos años, mi madre se casó con el jerarca.

Me sentí de pronto mortalmente humillada, extraña en mi propia casa, como si desde siempre hubiera sido un huésped poco grato; y desde ese momento la idea de encontrar a mi verdadero padre, o de que mi verdadero padre pudiera reaparecer para venir en mi busca y llevarme consigo, ya no me abandonó nunca. Hasta que llegó el día en que me casé.

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MI MARIDO

Todavía hace poco tiempo, si os hubiera hablado de él, me habríais visto toda azorada; bastaba sólo con que pronunciara su nombre para que enseguida me arrepintiera de haberlo hecho, porque me invadía una especie de estremecimiento… igual que si fuera una chiquilla que se pone colorada cuando se habla en su presencia de su primer amor.

Y en efecto, para mí era exactamente eso: mi primer amor. Y quiero deciros enseguida que sabe hablar, sobre todo con las mujeres; yo sé distinguir inmediatamente, simplemente con oírle, cuándo está hablando con una mujer, porque su voz se hace más profunda y adquiere ciertos matices que conozco muy bien…

Cuando me pidió en matrimonio, me resistía a creer que fuera cierto que aquel chico tan guapo y elegante quisiera casarse precisamente conmigo. Le adoré. Porque «mi» marido me llevaba con él, me daba una casa que era mía, me «amaba», me «protegía», me daba «su» nombre… Sería mi amor para toda la vida, mi protección, mi marido, mi padre y todo…

Porque para mí el matrimonio ha sido esto: yo toda suya, él todo mío y sólo mío para siempre. El matrimonio me lo imaginaba y lo concebía únicamente así. Siempre me lo habían descrito de esa forma y no buscaba nada más. Él y nuestra casa. Siempre adoré nuestra casa. Ni a mi marido ni a mí nos gustaba vivir en la ciudad, así que nos instalamos en este pueblo de la costa, cerca de la ciudad. Un pueblo formado totalmente por extraños chalés entre pinos, donde cada chalé es distinto y a cada cual más misterioso.

Infinitos e inesperados chalés que se abren y se animan durante el verano; luego, todos a la vez, son cerrados y abandonados hasta el verano siguiente. Entonces, las largas veredas bajo los pinos aparecen desiertas y se camina entre jardines silenciosos, puertas y ventanas cerradas, fantasmales apariciones de alguna solitaria forma humana que surge al fondo del sendero y desaparece sin dejar rastro… Sólo habitan la zona los pescadores de la aldea de casuchas que hay junto a las dunas; los pescadores y los gatos. ¡Cuántos gatos! Todos los que vivían alrededor de los chalés cuando había gente, se ven de pronto abandonados. Y entonces se crea entre ellos el armisticio del hambre, y dejan de pelearse. Llegan en manadas rodeando las pocas casas que aún permanecen abiertas para solicitar alimento y refugio.

Los hay de todas clases: un gatazo viejo y completamente ciego que se eriza sobre las patas traseras; algunas gatitas agitadas y audaces; grandes gatos de pelea, que son los más tímidos; gatitos pequeñísimos de todos los colores, que se lanzan sobre la comida con una rapidez y una audacia desenfrenadas.

En fin, el verde césped de mi chalé está siempre lleno de todo tipo de gatos durante esos meses.

Mi sirvienta Fortunata es la encargada de repartir el rancho; y cada vez tiene que hacer frente a un montón de mininos. También Fortunata es un caso único. Está casada con un pescador; tiene veinticuatro años, pero por lo menos se le echarían treinta y cinco. Es bajita, gorda y ya está medio desdentada; y siempre está embarazada. Pero mantiene una serenidad ante su ilimitada pobreza realmente contagiosa. Cada vez que empieza un nuevo embarazo, llora un poco, sobre todo por temor a que yo la despida; luego, en cuanto se convence de que seguirá en mi casa, vuelve a sentirse tranquila y contenta. Y también esto de dar de comer a los gatos con Fortunata era algo que me tenía ocupada y me divertía. Porque era feliz, y no había nada que pudiera perturbarme.

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EL DESEMBARCO

El terremoto se produjo de repente la noche siguiente a la aparición de Olaf en casa de Valentina.

Durante el día había buscado todas las formas posibles para tratar de calmarme. Me decía (incluso en voz alta) que el notario, mi mamá con la cara oculta por el velo y la tremenda noticia de un padre desconocido, pertenecían al fin y al cabo a un pasado ya tan lejano, que era ridículo seguir sintiendo angustia por todo ello.

Ponía todo mi esfuerzo en borrar de mi mente el recuerdo de la cara de Olaf. Pensaba intensamente en una gran esponja amarilla empapada de agua, y la frotaba mentalmente sobre la imagen de Olaf; conseguía borrar su boca torcida, su nariz ganchuda, pero permanecía siempre en mi imaginación el destello de un ojo que me miraba malévola y fijamente desde el suelo, a mi izquierda. Hacía un día maravilloso. No parecía que estuviéramos en invierno: el sol era tibio, el cielo estaba azul y se respiraba un aire de primavera. Salí de casa para distraerme y me dirigí hacia el mar. Poco a poco, el aroma de los pinos, los magníficos colores del bosque y los saltos y volteretas de mis gatos, que me acompañaban en el paseo, me devolvieron la paz. Respiraba profundamente y tenía ganas de cantar. Ante mí el mar brillaba con fulgores de oro.

¡Qué alegría! Me eché sobre la arena caliente; estaba sola; no se veía ni un alma a lo largo de todo el vasto litoral. Dulces, reconfortantes pensamientos acudieron a mi mente para hacerme compañía. Más tarde, me volvería lentamente hacia mi casa y prepararía la cena para mi marido; luego, oiría el clacson de «su» coche y saldría para abrir la verja… El hermoso y rugiente coche se deslizaría suavemente con los faros encendidos sobre la vereda del jardín…

Y mi marido me abrazaría y me besaría… Siempre he tenido la sensación de que es la primera noche de nuestro casamiento… ¡Qué alegría, qué consuelo…!

Y de pronto se produjo el desembarco.

Me di cuenta cuando ya era demasiado tarde: los invasores ya estaban preparados en la playa con armas y caballos. Me encontraba tumbada sobre la arena, al sol, y me había adormilado con una somnolencia densa y lúcida a la vez.

Los vi con toda claridad. Habían descendido de dos grandes embarcaciones de alta proa, totalmente pintada de monstruos y serpientes; pude distinguir muy bien sus caras de mongoles, con espesos bigotes, mejillas afeitadas y ojos de mirada feroz.

Montaban en caballos salvajes, a pelo; muchos de ellos vestían armaduras relucientes y otros corazas de cuero. Vi banderas pintadas igual que las proas de las naves, de una forma horrible, y el brillo de sus armas.

Durante un rato se quedaron muy quietos en una inmovilidad terrible y amenazadora, con el agua a media pierna.

El corazón me latía muy fuerte, estaba paralizada, me sentía los miembros como si fueran de plomo, y tenía la esperanza de que volvieran a subir a sus embarcaciones.

En cambio vi que empezaban a moverse, y algunos se lanzaron a galopar desenfrenadamente a lo largo de la playa como buscando el camino más fácil entre las dunas; los demás salieron lentamente del agua, y al llegar a la orilla se pusieron en fila.

Con un esfuerzo desesperado sacudí los miembros del entumecimiento que los mantenía clavados en el suelo, me levanté y huí hacia mi casa sin volver la cabeza atrás. ¿Era un sueño? ¿Había sido un sueño?

Aquella noche ocurrió algo irreparable. Todo comenzó con aquel nombre susurrado apenas en la penumbra del dormitorio.

La noche había transcurrido más bien tranquila. La inquietud del sueño vespertino se había esfumado. Mi marido y yo habíamos cenado solos como dos recién casados y la televisión transmitía un programa divertido. Me gusta mucho ver la televisión sentada junto a mi marido con sus manos entre las mías. Me siento la mujer más feliz del mundo… Luego, los dos nos fuimos a la cama. Él apagó casi enseguida la luz, tenía sueño, pobrecillo, trabaja durante todo el día. Yo cubrí con un pañuelo rojo la lamparita de mi mesilla de noche para atenuar la luz y así poder leer una media hora sin molestarlo. Me gusta leer. Sobre todo bonitas novelas de amor. Había un gran silencio sólo interrumpido muy de vez en cuando por el sibilante zumbido de algún avión que aterrizaba o despegaba en el cercano aeropuerto. Mi corazón latía sereno, empezaban a pesarme los párpados y sentía que una dulce somnolencia se apoderaba de mí, cuando de repente oí que mi marido habló. Habló entre sueños. Primero dijo algunas palabras confusas, incomprensibles; luego, ay de mí, pronunció muy claramente un nombre. El nombre de una mujer. Dijo tres veces «Gabriella».

Me invadió un frío mortal. Permanecí inmóvil, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, sin conseguir poner en orden mis ideas.

¿Quién era Gabriella…? ¿Quién podía ser…? Mil detalles surgieron de pronto en mi mente que fueron como mil cuchilladas. Una llamada telefónica que me había parecido extraña… Las ausencias de mi marido, que se habían hecho cada vez más frecuentes desde hacía cierto tiempo… Las justificaciones que me daba, con una naturalidad que ahora me parecía excesiva y sospechosa…

No pegué un ojo en toda la noche. Espiaba en la oscuridad la cara de mi marido tratando inútilmente de leer algo en él que me ayudara a comprender…

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A la mañana siguiente, mientras se vestía, me anunció con el acostumbrado desparpajo que no vendría a almorzar… Sentí que casi me desmayaba, pero no dije nada… Antes de que saliera le pregunté a quemarropa y sin mirarle:

—¿Quién es Gabriella?

Tal vez hice mal, pero no pude contenerme.

Con el rabillo del ojo vi que se alteraba. Percibí claramente su turbación; una turbación que bordeaba el terror. Sin embargo, contestó sonriendo:

—Gabriella… ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver…?

En su voz había angustia, desaliento y recelo.

Hice un esfuerzo por sonreír y le dije:

—Esta noche mientras dormías me pareció oírte decir: «Gabriella».

Evidentemente se había esperado algo mucho peor. Se tranquilizó. Se echó a reír y dijo:

—¿Ah sí…? Qué cosas… ¡Vete a saber qué estaría soñando! —Y salió a toda prisa.

Cuando me quedé sola creí que me ahogaba. Necesitaba ayuda. Telefoneé a Valentina para que viniera enseguida.

Pero, como de costumbre, el «enseguida» de Valentina hay que medirlo por horas. Ella es así. Cuando llegó, traía puesto su consabido abrigo de piel que le llegaba hasta los pies, pero en esta ocasión se había colocado en la cabeza una especie de gorrito de punto con tres picos, cada uno de un color distinto. Se interesó muy vivamente por lo que le contaba llena de angustia y se dio cuenta de que me encontraba realmente muy mal.

Me dijo que había tenido suerte… Sí, suerte, porque justo esa misma noche la sesión de nuestro grupo la iba a dirigir Bishma.

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BISHMA, CASANOVA Y RODOLFO VALENTINO

Yo no sabía quién era Bishma. Valentina me explicó que Bishma era uno de los magos más poderosos y conocidos, una notoriedad, una especie de sabio de muchísima categoría, dotado de poderes magnéticos y supervisionarios excepcionales.

En efecto, el salón de la condesa Tavernalle, donde acostumbrábamos reunirnos para nuestras sesiones, estaba llenísimo. Pero era tan grande el respetuoso silencio que allí reinaba, que casi daba la impresión de que no había nadie.

Bishma estaba sentado en una butaca a la manera oriental. Llevaba una casaca blanca de cuello alto; enseguida me llamaron la atención sus ojos, agudísimos y profundos, y además, algo poco frecuente que flotaba a su alrededor, como si emanara de él una atracción indefinible. Hablaba italiano sin acento extranjero; y por lo demás, cuando lo conocí mejor, no ocultó que era italiano, aunque no dijo nunca de dónde era exactamente, como tampoco dijo nunca su verdadero nombre.

En la habitación, todos los ojos estaban fijos en su persona, aunque parecía no darse ni cuenta de ello, porque hablaba y se comportaba como si estuviera completamente solo.

Casi todas las personas que estaban allí eran mujeres: las señoras de nuestro grupo, Alba, Livia, Chierichetta, más algún que otro marido o amigo. Tengo que reconocer que, vistas así todas juntas, salvo dos o tres, en general no resultaban muy atractivas. La mayoría eran mujeres separadas de sus maridos, o divorciadas, o solteras. Había una actriz que había sido famosa veinte años atrás; y también dos o tres condesas o marquesas… En medio de todas estas mujeres, la presencia de aquel hombre tan guapo, tan fascinante y tan misterioso, creaba en el ambiente algo sensiblemente turbio; me di cuenta de ello enseguida por las voces, un poco alteradas, y por las preguntas que le hacían por turno, todas más o menos referentes a problemas amorosos o sexuales.

Él contestaba a cada una en tono discreto, con una voz profunda, y siempre eran respuestas inesperadas y la mayoría de las veces simbólicas. Yo sólo escuchaba a medias; permanecía muy callada en un rincón, completamente dominada por una turbación cada vez más intensa, debido también a que dos o tres veces los ojos de Bishma se detuvieron sobre mí. Había vuelto la cabeza y me había mirado en cuanto entré, como si le hubiera atraído algo de mí; en una palabra, como si me hubiera «sentido»; y después, de vez en cuando, volvía a mirarme fijamente, y yo me sentía muy turbada.

La sesión comenzó hacia las doce de la noche. Sólo entonces me di cuenta de que a Bishma le acompañaba una médium —él la llamaba «asistente»—; era una mujer todavía joven, más bien guapa, vestida con un sari muy elegante. Los que debían participar directamente en la sesión fueron elegidos por Bishma uno por uno; y éste enseguida me señaló a mí la primera. Sentí una especie de contento y de orgullo como hacía mucho tiempo no había tenido ocasión de experimentar. Me hizo sentar a su lado; al otro se sentó su asistente.

Nos colocamos en cadena; y los fenómenos se produjeron enseguida, y con una rapidez y una evidencia excepcionales.

Oí como un fuertísimo golpe de aire contra la ventana; estoy segura de que las cortinas ondearon como velas hinchadas por una ráfaga de viento.

—Está aquí. Es lógico —oí que decía Bishma.

Estaba completamente doblado sobre sí mismo, y con un esfuerzo de concentración que hacía brillar sus ojos con un fuego intenso que le hacía aparecer realmente hermoso.

Luego, mientras la mesita se movía con una agilidad de animal salvaje, se manifestó la primera «entidad».

Pronunció un nombre que levantó un murmullo de estupor y expectación: «Giacomo Casanova».

Sin embargo, inesperadamente, otra entidad desconocida y perturbadora se interfirió en la comunicación. Una entidad burlona, irritante, cuyos mensajes parecían querer tomarnos el pelo a todos nosotros. Tuve la clarísima impresión de haber oído carcajadas a media voz; no sé si también pudieron oírlas los demás. No sé por qué, me acordé de mi abuelo.

Bishma estuvo luchando durante mucho tiempo para echar a aquel espíritu; su frente aparecía perlada de sudor. Por fin el perturbador desapareció sin darse a conocer; y entonces empezó para mí una aventura inesperada y muy inquietante. Casanova habló; y ¡me habló a mí…! Se dirigió a mí y sólo a mí. El mensaje que me envió fue una auténtica declaración de amor: dijo que yo poseía una rara y secreta belleza… Una belleza que tan sólo un verdadero conocedor de las mujeres podía percibir… Una belleza que emanaba de mis excepcionales poderes hipersensibles, y que tenía su raíz en una feminidad sensual refinadísima…

Le pedí a Valentina que me acompañara a casa; estaba realmente alterada. Por su parte, Valentina parecía haberse quedado extasiada y me miraba con ojos llenos de asombro; por lo demás, no era la única que se mostraba asombrada. Cuando me marchaba, todas las miradas estaban fijas en mí; y Bishma me estrechó la mano durante un buen rato mirándome intensamente.

Me sentía como borracha. No había ninguna duda: había sido elegida entre todos los presentes y de forma muy destacada…

Y el caso es que seguí percibiendo aquella «presencia» a mi alrededor. Oía una voz muy seductora que me repetía aquellas palabras extraordinarias; en cambio Valentina no oía nada y seguía hablando, gimoteando y exaltándose…

Hasta tal punto percibía yo su presencia que estaba segura de que, después de la voz, aquella entidad aparecería. Y en efecto, nada más dejarme Valentina en la cancela del jardín, se me apareció Casanova.

Entró en casa conmigo. Al principio no vi más que una rica cascada de encajes blancos, un jabot inmaculado; luego vi el espadín; y por último le vi a él. Me miraba con ojos sensuales, llenos de dulzura y arrobo. De alguna manera me producía temor; un temor muy cercano a la languidez, a la ternura…

Y puede decirse que desde ese momento se pegó a mis talones.

Desaparecía y volvía a aparecer a las pocas horas o a los pocos minutos con la tenacidad de un obstinadísimo enamorado.

Me decía siempre las mismas cosas pero cada vez de forma distinta: que era diferente de todas las demás mujeres; que había en mi poderes extraordinarios; que encontraría muy pronto al hombre capaz de comprenderme y apoyarme, al hombre de mi vida, en una palabra. Y además repetía constantemente que era bella, que tenía unos hermosos ojos, bonitos cabellos, bellos senos…

También parecía cambiar de apariencia. Una vez lo vi vestido de torero, como Rodolfo Valentino, y hasta de jeque. Pero siempre era él, la voz era siempre la suya, y siempre vi los mismos ojos dulces, apasionados, perturbadores…

Un día le dije:

—Tú que me quieres tanto, ¿por qué no me ayudas?

Me contestó que era demasiado pronto para poder hacer cualquier cosa que le pidiera.

—¿Mi marido tiene una amante? —tuve el valor de preguntarle.

El espíritu no contestó enseguida. Por el contrario, se produjo un repentino y larguísimo silencio. Pero al fin deletreó un nombre:

—… Iris.
—¿Se llama así? —balbucí—. ¿No se llama Gabriella?
—Iris es el nombre de un espíritu, una entidad muy elevada —dijo Casanova—. Pronto se manifestará. Escúchala. Quiere ayudarte.

.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Giulietta (I)

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