Kokoro (VIII)

Natsume Sōseki

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ME MUDÉ DE INMEDIATO y en un principio me instalé en la sala de invitados, la misma donde había mantenido la conversación con la señora. Era sin duda la mejor de la casa. En aquella época, había muchos alojamientos de calidad para los estudiantes en la zona de Hongo, pero lo que yo había conseguido superaba todas mis expectativas. La habitación de la que ahora disponía era, sin duda, de la mejor calidad. De hecho, una vez instalado, me pareció demasiado buena para que la ocupara un simple estudiante.

Era un cuarto de ocho tatamis. Junto al tokonoma habían colocado una chigaidana y al otro lado, junto al pasillo, un armario empotrado de un ikken. No tenía ventanas, pero a través de la puerta corredera orientada al sur la luz entraba a raudales.

El día de mi llegada me encontré que junto al tokonoma había unas flores y un koto. Ni las flores ni el koto me gustaron. Me había criado junto a un padre aficionado a la ceremonia del té, a la caligrafía y a la poesía clásica china, así que mis gustos tendían más bien hacia lo chino. No apreciaba ese tipo de decoración tan amanerada.

Mi tío había liquidado la mayor parte de los objetos de valor acumulados por mi padre a lo largo de su vida. Sin embargo, antes de irme definitivamente, había logrado rescatar algunos de la destrucción o de la dispersión. Antes de abandonar para siempre mi casa natal, le pedí a mi amigo de la escuela que se hiciera cargo de ellos y guardé en la maleta cuatro o cinco pinturas en rollo de gran valor y bien conservadas. Tenía intención de colgarlas en la habitación, pero al ver las flores y el koto, renuncié a la idea. Más tarde me enteré de que las flores eran un detalle de bienvenida y no pude evitar sonreír irónicamente. El koto, en cambio, llevaba allí mucho tiempo pues, al parecer, no tenían otro lugar donde guardarlo.

Por detrás de esta breve descripción, es posible que ya hayas intuido la presencia de una joven en la casa. A mí me picaba la curiosidad incluso antes de iniciar el traslado. Puede que fuera por algún tipo de sentimiento de culpabilidad, o quizá porque aún no estaba acostumbrado al trato con la gente, pero el caso es que la primera vez que vi a la hija de la familia mi saludo resultó de lo más torpe. Ella se sonrojó. Me había formado una idea de su aspecto a partir de los rasgos y las palabras de su madre, una imagen que distaba mucho de resultar atractiva. La señora se ajustaba, según mi criterio, al tipo que uno se imagina cuando piensa en la mujer de un militar, y suponía que ella sería parecida. Sin embargo, una vez me fue dado contemplar su rostro, todas mis ideas preconcebidas se esfumaron. Me invadió esa fragancia de sensualidad que desprende el sexo opuesto. Jamás me habría imaginado que me ocurriría algo así. El arreglo floral de la habitación dejó de disgustarme de inmediato. El koto dejó de ser una molestia.

En cuanto las flores empezaban a marchitarse, las cambiaban por otras más lozanas. De vez en cuando se llevaban el koto a otra habitación en forma de L, la opuesta a la mía en la casa. Yo me sentaba a la mesa, apoyaba la barbilla en las manos y me tiraba las horas escuchando las dulces notas que emanaban de aquel instrumento. No sabía si la muchacha tocaba bien o mal, pero la sencillez de las piezas musicales elegidas indicaba que no era precisamente una virtuosa. Tenía igual destreza con el koto que la que mostraba con las flores.

Todos los días, la joven decoraba el tokonoma con flores distintas cada vez, si bien la composición del arreglo nunca variaba gran cosa y el recipiente era siempre el mismo. En cuanto a la música, resultaba aún más extraña que las flores, pues tan solo pulsaba las cuerdas. No escuché jamás su voz, no porque no cantara, sino porque murmuraba con un hilo de voz, como si estuviese contando un secreto a alguien. Cuando la profesora la corregía, el rumor se desvanecía.

Aprendí a deleitarme con aquellas flores mal dispuestas y con el pobre sonido del koto.

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CUANDO ME MARCHÉ DEL PUEBLO, ya había empezado a estar desencantado con el mundo. La convicción de que no se podía confiar en los demás había calado en mí hasta lo más profundo. Mis despreciables tíos, así como todos los parientes que tenían que ver con ellos, se me antojaban la pura imagen y representación de la humanidad entera. Incluso cuando iba sentado en el compartimento del tren, me daba cuenta de que miraba de reojo a los demás pasajeros y si por casualidad se dirigían a mí, lo único que conseguían era agrandar más si cabe mi desconfianza. Mi estado de ánimo no podía ser más sombrío, como si a veces me faltase el aire, como si hubiese tragado plomo. Todo el rato tenía los nervios a flor de piel.

Ese estado de ánimo fue la principal razón que me empujó a dejar la ruidosa habitación de la pensión donde me hospedaba. Cierto que gracias a mi recién estrenado desahogo financiero podía permitirme vivir por mi cuenta, pero incluso así, la persona que yo era antes nunca se habría tomado tantas molestias, por mucho dinero que pudiera llevar en los bolsillos.

Después de mudarme a Koishikawa, aún tardé un tiempo en alcanzar cierta calma. Contemplaba mi alrededor con miradas furtivas que me inquietaban incluso a mí. Mi mente y mis ojos estaban cada vez más despiertos, pero no así mi lengua, día tras día menos propensa a hablar y a ejercitarse. Me sentaba a la mesa y observaba a mi alrededor, como un gato. Observaba a los demás con tal intensidad que llegaba a sentir lástima por ellos. A pesar de que no robaba cosas, actuaba como un vulgar ladrón y eso me llenaba de vergüenza.

Puede que todo esto que te cuento te resulte extraño. Quizá te preguntes cómo, a pesar de estar perdido en ese tumulto emocional, aún me quedaba energía para sentirme atraído por la joven de la casa, por sus arreglos florales, por la notas de su koto. Pero así eran las cosas. Es lo único que puedo decir. Me limito a presentarte los hechos tal cual son. Dejo que seas tú quien saque conclusiones, sin añadir nada más. Cuando se trata de dinero, desconfío profundamente del ser humano, pero no me ocurre lo mismo cuando se trata de amor. Esa contradicción ya habitaba en mí en aquel entonces.

Siempre me dirigí a la señora con el preceptivo tratamiento de cortesía: Okusan, la señora de la casa. Así la llamaba siempre y así lo haré a partir de ahora cuando me refiera a ella. La mujer me tenía por un joven silencioso, bien educado y, sin duda, me apreciaba por lo dedicado que estaba a mis estudios. Nunca hizo mención alguna a las incómodas miradas que repartía a diestro y siniestro, al ambiente de suspicacia que creaba a mi alrededor. Quizá no se diera cuenta, o puede que su educación la impidiera hablar abiertamente de ello. Fuera como fuera, no creo que llegara a molestarla nunca con mis miradas ansiosas. De hecho, llegó a decirme incluso que tenía un corazón generoso. No fingí cuando se lo negué verdaderamente compungido. No obstante, ella insistió con toda seriedad: «Dices eso porque no te das cuenta».

Parece que nunca había contemplado la posibilidad de alojar en su casa precisamente a un estudiante. Cuando preguntó en el vecindario por un posible inquilino, su idea era más la de un funcionario, o algo por el estilo. Alguien sin los medios suficientes como para pagarse un alojamiento propio. Comparado con eso, yo debía de parecerle alguien muy desprendido. Supongo que en lo concerniente al dinero, yo sí era más generoso que un pobre funcionario agobiado por un salario escaso. Sin embargo, mi actitud era resultado de las circunstancias, no se trataba de una generosidad verdadera y natural. De ninguna manera era un indicio de la clase de persona que yo era. Tal vez por ser mujer y tener tendencia a la generalización, Okusan veía en mi relación con el dinero una evidencia de mi carácter.

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LA CÁLIDA ACOGIDA DE OKUSAN tuvo una inevitable influencia en mi estado de ánimo. Al cabo de cierto tiempo, mis miradas se hicieron menos suspicaces y mi corazón se calmó. Esa felicidad recuperada era resultado, en gran medida, del caso omiso que tanto ella como su hija hacían de mis miradas. Mi estado de nervios no encontraba eco en ellas, un vacío que terminó por convertirse en un bálsamo.

Quizá fuese cierto que en mí veía a un joven generoso de corazón abierto. En cualquier caso a mí me parecía una mujer razonable con buenas intenciones. Podía ocurrir también que no apreciase nada extraño en mí, que mi ansiedad fuera solo un estado mental sin reflejo para los demás.

A medida que mi corazón se calmaba, me acerqué más a la familia. Me permitía incluso algunas bromas con Okusan y su hija. A veces me invitaban a tomar el té y otras veces era yo quien compraba dulces para compartirlos. De pronto, mi vida social se había agrandado. Ella interrumpía a menudo mis estudios pero, por extraño que parezca, nunca me molestaba. Okusan era una mujer sin obligaciones. Ojyosan, su hija, no solo iba a la escuela, también tomaba lecciones de ikebana y de koto. Con razón se la veía siempre tan ocupada a pesar de que siempre se las arreglaba para disponer de tiempo libre. Cuando nos sentábamos los tres, siempre pasábamos unos ratos de lo más agradables.

Normalmente, era Ojyosan quien venía a buscarme. Se acercaba por el engawa y se quedaba de pie delante de mi habitación. Otras veces lo hacía desde la habitación contigua, descorría el shoji y se quedaba allí plantada. Me llamaba por mi nombre y me preguntaba: «¿Estas estudiando?».

A menudo estaba concentrado en la lectura de algún libro difícil, abierto encima de la mesa. Supongo que debía de impresionarle mi apariencia de estudioso, pero, a decir verdad, no le dedicaba tanta atención al texto como parecía. Tenía los ojos clavados en la página, cierto, pero en realidad casi siempre estaba esperando a que ella apareciese. Si no lo hacía, me sentía obligado a hacer algo. Me levantaba, me acercaba a su cuarto y le hacía la misma pregunta que ella solía hacerme a mí: «¿Estás estudiando?».

Ojyosan ocupaba una habitación de seis tatamis situada detrás de la sala de estar. Su madre estaba a veces con ella, otras en la sala. Ninguna de las dos mujeres tenía una habitación que pudieran considerar propia, ya que el fusuma que separaba ambas estancias se quitaba hasta formar un único espacio que les permitía moverse libremente de un lado a otro. Cuando iba a buscarla, siempre era Okusan quien contestaba: «Entra, entra». Por mucho que su hija estuviera allí, rara vez respondía por sí misma.

Con el tiempo, Ojyosan adquirió la costumbre de venir a mi cuarto sin ninguna razón en concreto, simplemente para charlar. Cada vez que lo hacía, una extraña inquietud se apoderaba de mi corazón. No era solo la respuesta de mis nervios al encontrarme cara a cara con una mujer joven como ella. Su presencia me inquietaba, me comportaba con poca naturalidad y mis nervios me traicionaban. Ella, al contrario que yo, siempre parecía relajada. Me resultaba difícil imaginar que esa chica a la que apenas le salía la voz del cuerpo cuando practicaba con el koto y esa otra que me visitaba en mi habitación fueran en realidad la misma persona. En una ocasión se quedó tanto tiempo conmigo, que su madre terminó por llamarla desde el cuarto de estar. «Ya voy», contestó ella sin moverse. Parecía querer demostrarme que no era una niña. Y yo me daba perfecta cuenta de lo que estaba tramando.

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ME SENTÍA ALIVIADO CUANDO OJYOSAN salía de mi habitación, pero de algún modo también me invadía una sensación de vacío, de arrepentimiento, cuando ella se iba. Quizá hubiera algo femenino en mi propia actitud. Si un joven de hoy en día me hubiese visto, no solo habría pensado eso, sino algo peor, te lo aseguro, pero así éramos los jóvenes de entonces.

Okusan salía de casa en raras ocasiones y cuando lo hacía, nunca me dejaba a solas con su hija. No sabría decir si era intencionado o no. Quizá esté fuera de lugar que sea yo quien lo diga, pero después de mucho observarla creo que intentaba acercarnos, por mucho que a veces estuviera en guardia. Era la primera vez que me veía en esa situación y me sentía incómodo.

Necesitaba que Okusan aclarase qué era lo que pretendía. Desde un punto de vista racional, esa actitud tan opuesta era contradictoria, pero con el recuerdo de mi tío aún fresco, no podía evitar albergar profundos recelos por su comportamiento. No sabía si era sincera. Era incapaz de comprender por qué se comportaba de una manera tan extraña. A veces me conformaba con achacarlo a su condición femenina. «Las mujeres son así, son todas tontas», me decía. Siempre que mis cavilaciones me llevaban a un callejón sin salida, esa era la única conclusión con la que me encontraba.

Menospreciaba a las mujeres, cierto, sin embargo, no hallaba en mí el más mínimo rastro de menosprecio hacia Ojyosan. Frente a ella, todas mis teorías se desplomaban. Mi amor estaba más próximo a la fe que al deseo mismo. Puede que te extrañe que use un término religioso para describir mis sentimientos hacia una mujer, pero he de decir que se ajusta a la realidad. El apego que yo sentía por ella no era muy distinto del impulso religioso. Contemplaba su rostro y me sentía embellecer. Era pensar en ella y me elevaba hacia las alturas, impulsado por su nobleza. Si el amor tuviera dos extremos, la sensación de santidad por un lado y el deseo carnal por el otro, sin duda yo me inclinaba más hacia la santidad. Soy un hombre, es verdad, y no podía evitar la tensión de la carne, pero ni mi mirada ni mis pensamientos ansiaban nada físico.

Mi amor por ella crecía a medida que aumentaba mi antipatía por la madre. La relación entre nosotros tres se complicaba cada vez más. No obstante, era un cambio que se producía solamente en mi interior, desde fuera nadie se daba cuenta de lo que sentía.

Empecé a pensar que había malinterpretado a Okusan. Esas dos actitudes suyas tan contradictorias quizá no lo eran tanto en realidad. En cierto modo cohabitaban en su corazón. En realidad ansiaba que su hija y yo llegáramos a entendernos, si bien también se alarmaba ante la posibilidad de que ocurriera algo más de lo que juzgaba oportuno. Nuestro acercamiento solo debía llegar hasta el límite previsto por ella. No más allá. Precauciones que me resultaban del todo innecesarias dada la ausencia de impulso físico por mi parte. Al menos a partir de ese momento ya no volví a malinterpretarla.

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UNA VEZ LOGRÉ ORDENAR LAS PIEZAS de aquel rompecabezas, llegué a la conclusión de que en la casa confiaban realmente en mí. Me convencí de que había sido así desde el primer día. Acostumbrado a desconfiar de todo el mundo, tomar conciencia de ello me resultó incluso extraño. ¿No era cierto acaso que las mujeres eran más intuitivas que los hombres? ¿No era esa la razón de que hubiera tantas engañadas en este mundo? Visto en retrospectiva, todas aquellas preguntas resultaban irónicas, ya que mi confianza en Ojyosan se basaba en la pura intuición. Me juraba a mí mismo que jamás confiaría en nadie, y al mismo tiempo mi fe en ella era absoluta. Sin embargo, lo que más me asombraba era que su madre confiara en mí como lo hacía.

No hablaba mucho de mi casa, y me cuidaba mucho de referirme a los recientes acontecimientos que tanto habían trastornado mi vida. Pensar en ellos me llenaba de amargura. Durante nuestras charlas me limitaba a escuchar a Okusan la mayor parte del tiempo, pero ella no dejaba de interesarse por mis circunstancias personales hasta que terminé por contárselo todo. Cuando supo que había decidido no volver nunca más a mi casa se mostró profundamente conmovida. Y más cuando supo que lo único que había dejado atrás eran las tumbas de mis padres. Ojyosan, al oírme, prorrumpió en llanto. Pero yo me sentí feliz, más tranquilo tras mi confesión, y pensé que había sido buena idea hablarles de ello.

Cuando les conté todo respecto a mi vida en el pueblo, Okusan por fin pudo confirmar sus intuiciones. Empezó a tratarme como a un pariente joven, algo que me agradaba. Pero pronto revivieron las dudas y los recelos.

Un detalle sin importancia prendió la chispa de mis sospechas. Una nimiedad, luego otra, y al final la duda terminó arraigando en mí. Sospechaba que las intenciones de Okusan al emparejarme con su hija eran las mismas que mi tío había albergado respecto a mi prima. Hasta entonces había tenido a la buena señora por una persona amable y de pronto empecé a verla como una consumada estratega. Mi única opción fue hacer como si nada y morderme la lengua.

Okusan siempre me había dicho que buscaba un inquilino porque la casa le quedaba grande. Nunca imaginé que me estuviera mintiendo. Después de convertirme en algo así como su confidente, no tenía motivo para ponerlo en duda. Por otro lado, su situación no era lo que se dice desahogada. Desde la perspectiva de sus intereses, no tenía nada que perder si estrechaba la relación conmigo. Más bien al contrario.

Redoblé mis cautelas. ¿Pero qué sentido tenía estar alerta con la madre cuando profesaba un amor tan profundo hacia la hija? Me lo preguntaba mientras me reía de mí mismo. Llegué a pensar que era un estúpido y esa contradicción me causó un gran dolor. La verdadera angustia, en cambio, llegó cuando empecé a preguntarme si también Ojyosan era tan taimada como su madre. En el mismo instante en que pensé que era un plan urdido a mis espaldas, sentí como si algo se me desgarrara por dentro. No solo era amargura, era un sufrimiento agónico para el que no existía antídoto. Y a pesar de todo, confiaba a ciegas en Ojyosan. Terminé paralizado, suspendido entre la certeza y la duda. Todas las posibilidades me parecían a un tiempo producto de mi imaginación y constataciones de la realidad misma.

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CONTINUÉ CON MIS CLASES EN la universidad a pesar de que todo cuanto decían los profesores me sonaba completamente ajeno. Lo mismo me ocurría cuando me ponía a estudiar. Me centraba en cada hoja, pero el sentido de las palabras escritas se disipaba como el humo antes de penetrar mi mente. Me volví taciturno. Algunos amigos no supieron interpretar lo que me ocurría e hicieron correr la voz de que estaba sumido en una especie de perpetua meditación. No me molesté en desmentirlo. De hecho, aquella máscara que me colocaron resultó de lo más conveniente. Sin embargo, a veces brotaba en mí una repentina alegría que dejaba a todos desconcertados.

No venían muchas visitas a casa. La familia no debía de tener muchos parientes. Tan solo algunos compañeros de Ojyosan de vez en cuando, pero eran tan discretos, hablaban tan bajo, que apenas notaba su presencia. No imaginaba que tanta cautela era para no molestarme. Tampoco mis amigos eran muy ruidosos, pero en ningún caso se tomaban tantas molestias por los demás habitantes de la casa. Al final yo parecía el dueño y señor y la pobre Ojyosan mi inquilina.

Todo esto te lo escribo porque se me viene ahora a la memoria, no porque tenga especial importancia. Sin embargo, sí hubo algo que la tuvo. A partir de cierto momento, empecé a escuchar de vez en cuando una voz masculina que no sabía si venía del cuarto de estar o de la habitación de Ojyosan. Su tono era bajo, al contrario que el de mis amigos. No era capaz de entender sus palabras y cuanto más me esforzaba por descifrarlas, más me inquietaba. Sentado en mi cuarto, desasosegado, me preguntaba: ¿será un pariente, un conocido? Y al poco rato de nuevo: ¿será joven? ¿Será mayor? Desde allí era incapaz de llegar a una conclusión, pero no podía levantarme e ir a echar un vistazo. Más que temblar, era como si mis nervios estuvieran a merced de las embestidas de enormes olas que terminaban por magullarme. En una ocasión, llegué a preguntar el nombre del invitado cuando se marchó. Tanto la madre como la hija no tuvieron ningún problema en responder, pero no me quedé satisfecho. No tuve valor de preguntar más, sin embargo. No tenía derecho a hacerlo. Además, me habían educado en el orgullo, en la dignidad y en el respeto a mí mismo, valores que lo hacían aún más difícil. La expresión de mi cara, no obstante, era el espejo de mi contradicción. Las dos mujeres se reían de mí y, en mi turbación, era incapaz de distinguir si lo hacían para burlarse o simplemente porque las divertía. Pasó un tiempo y mi corazón seguía inquieto ante la posibilidad de que me hubieran tomado el pelo.

Yo era un hombre libre. Podía dejar la universidad cuando quisiera, vivir donde más me gustara, casarme con la primera chica que se me antojara. Todo sin tener que rendir cuentas a nadie. En varias ocasiones me decidí a pedir a Okusan la mano de su hija, pero la vacilación terminaba por vencerme y al final no decía nada. No por miedo al rechazo. De ocurrir eso, sabía que mi destino no habría cambiado demasiado. Lo más probable es que hubiera tenido que mirar el mundo con otros ojos, pero para eso sí me sentía preparado, con el coraje suficiente. Pero no, no era por eso. Mis dudas nacían del temor a que me engañaran. La posibilidad de que me estuvieran manipulando me ponía furioso. Desde el triste episodio de mi tío, había tomado la decisión de no convertirme nunca más en presa de nadie, ocurriese lo que ocurriese.

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SOLO GASTABA DINERO EN LIBROS. Okusan me aconsejó guardar algo para ropa, pues solo tenía quimonos de algodón confeccionados en mi pueblo. En aquel entonces, los estudiantes no vestían quimonos de seda. Uno de mis compañeros era de una familia acomodada de comerciantes de Yokohama. Vivía a lo grande. En una ocasión la familia le envió un quimono de seda. Todos nos reímos de él. Avergonzado, ofreció todo tipo de excusas y acabó por guardarlo en el fondo de un baúl para no volver a sacarlo nunca más. Le pedimos que volviera a ponérselo, pero por desgracia cuando lo sacó de allí estaba infestado de piojos. Con esa excusa lo envolvió y en uno de sus paseos lo tiró a una cloaca en Nezu. Yo estaba con él ese día. Lo observé divertido desde lo alto del puente. En ningún momento pensé en el enorme desperdicio que suponía hacer aquello.

Desde que tuvo lugar aquel episodio, yo había madurado. Aun así, no sentía la necesidad de tener un quimono formal. Estaba convencido de que hasta mi graduación no tenía por qué molestarme por la ropa de vestir. En ese momento, pensé, me convertiría en un adulto y me dejaría bigote. Le dije a Okusan que lo único que necesitaba por entonces eran libros. Consciente de la enorme cantidad de ellos que compraba, no se resistió a preguntarme si los leía todos. No supe qué decir. Algunos eran diccionarios, aunque otros ni siquiera los había hojeado. En realidad, ya fueran libros o ropa, lo mismo daba que no me sirvieran para nada.

Con la excusa de agradecer a la señora todas las atenciones que me dedicaba, quería regalarle a su hija un obi, o incluso una tela para confeccionarse un quimono. Así que de paso le pedí que se ocupara de comprar ella mi ropa, pero ella me contestó que no estaba dispuesta a hacerlo sola. Al final, terminamos yendo los tres juntos.

Recuerda que nosotros fuimos educados en un ambiente muy distinto al de hoy en día. Los estudiantes de entonces no teníamos costumbre de salir con chicas jóvenes. Yo era un esclavo de las costumbres, pero aun así me armé de valor y salí con las dos mujeres.

Ojyosan se vistió para la ocasión. Se empolvó su ya de por sí pálida cara con una considerable cantidad de polvos de arroz, por lo que se convirtió en el centro de todas las miradas. De modo que todos, inmediatamente después de fijarse en ella, se fijaban en mí caminando a su lado. Estaba desconcertado. Y así llegamos hasta Nihonbashi, donde compramos todo lo necesario. Había tal variedad de prendas que nos resultaba difícil decidirnos y terminamos tardando más de lo previsto. Okusan no dejaba de preguntarme: «¿Qué te parece esto? ¿Qué te parece esto otro?». Extendía una pieza de tela desde el hombro hasta el pecho de Ojyosan y le pedía que se alejara unos pasos para comprobar el efecto. Yo, por mi parte, me veía obligado a fingir que era un entendido: «No, esa no me gusta», decía yo. O: «Pues esta sí te queda bien».

Cuando terminamos, ya era la hora de cenar. La señora, para agradecerme mis atenciones, insistió en invitarme a algo. Nos llevó por un angosto callejón lateral donde había un antiguo yose hasta un restaurante llamado Kiharadama. El local era tan estrecho como el callejón. Yo no conocía aquel barrio, así que me dejó atónito la soltura con la que Okusan se desenvolvía por él.

Era ya de noche cuando volvimos a casa. Al día siguiente era domingo y yo me pasé el día entero encerrado en mi cuarto. El lunes, tan pronto como llegué a la universidad, a uno de mis compañeros le faltó tiempo para preguntarme en tono burlón cuándo me había casado con aquella belleza. Obviamente nos había visto en algún lugar de Ginza.

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CUANDO VOLVÍ A CASA LES CONTÉ A OKUSAN y a su hija lo que me había dicho mi compañero. A la señora le hizo gracia. Me miró fijamente a los ojos y me preguntó si me había molestado. ¿De modo que así era como las mujeres sonsacaban a los hombres? Su gesto era de lo más elocuente. Quizá debería haber aprovechado ese momento para decirle lo que sentía, pero mi corazón estaba arrebatado por las dudas y la desconfianza. Hablé, pero me contuve y llevé la conversación hacia otra parte.

Con sumo cuidado de no revelar mis sentimientos, me esforcé por descubrir las intenciones que Okusan albergaba con respecto a su hija. Me dijo sin rodeos que ya había recibido dos o tres propuestas de matrimonio para ella, pero como ni siquiera había terminado de estudiar, no tenía ninguna prisa. No llegó a verbalizarlo, pero se la veía claramente orgullosa de lo guapa que era su hija. Dejó caer que no tendría problema en encontrar un marido para ella tan pronto como se lo propusiese, pero como era su única hija, no quería entregársela a cualquiera y tener que separarse de ella a la fuerza. No supe si con eso se refería a casar a su hija y que entrase a formar parte de otra familia o justo a lo contrario. Al menos, gracias a nuestra conversación aprendí muchas cosas de la señora, aunque con ello perdí mi oportunidad de poner en claro mis sentimientos. Cuando me pareció que ya me había quedado todo claro, regresé a mi cuarto.

Ojyosan nos había acompañado durante parte de nuestra conversación. Al principio, se había limitado a intervenir con algún gesto de modestia, pero en determinado momento se fue a un rincón y nos dio la espalda. Cuando me levanté, vi que seguía allí. Es imposible saber qué piensa alguien a quien no se le ve la cara, de modo que no había forma de conocer su opinión acerca de lo que su madre y yo habíamos hablado. Se limitaba a estar allí, sentada junto al armario. Había sacado algo que tenía colocado sobre el regazo. Lo contemplaba muy atenta. Era la tela que le había regalado. La de mi quimono estaba justo encima de la suya.

Antes de que saliera de la habitación, Okusan adoptó un tono mucho más formal para preguntarme mi opinión sobre lo que me había dicho. Su pregunta era demasiado ambigua y me vi obligado a pedirle que fuera más concreta. Cuando supe que quería averiguar si era mejor casar a su hija pronto o esperar, yo le contesté que me parecía más acertado tomarse las cosas con calma. Ella estuvo de acuerdo conmigo.

Así estaban las cosas entre nosotros cuando, inopinadamente, otro hombre entró en escena. Un hombre cuya llegada a la casa iba a influir decisivamente en mi destino. De hecho, esta carta es consecuencia directa de mi encuentro con él. Era como si hubiera tenido que esperar a que el mismísimo diablo pasara delante mí para darme cuenta de que una alargada sombra iba a oscurecer el resto de mi vida.

Es momento de confesar ahora que fui precisamente yo quien metió a ese hombre en la casa. Para hacerlo, obviamente necesitaba el permiso de Okusan. Le conté quién era, de dónde venía y le pregunté si podía instalarse con nosotros. En un principio no era partidaria de la idea, pero no encontró ninguna razón de peso para oponerse. Y si yo insistí fue porque me parecía lo correcto.

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A PARTIR DE AHORA LO LLAMARÉ K. Éramos amigos desde la infancia. Como habrás imaginado ya, K era del mismo pueblo que yo. Era hijo de un monje budista de la secta de la Tierra Pura, pero no el primogénito, por lo que terminó siendo adoptado por la familia de un médico. La secta de la Tierra Pura tenía mucha influencia en mi pueblo y los monjes disfrutaban de una situación económica realmente desahogada. Si uno de ellos tenía una hija casadera, no les resultaba complicado encontrar un buen partido entre los feligreses, y los gastos de la boda nunca corrían de su cuenta. De ahí que sus templos y familias fueran tan prósperos.

La casa de K también gozaba de una situación desahogada, pero aquello no bastaba para costearle a mi amigo los estudios en Tokio. ¿Quizá lo entregaron en adopción a otra familia porque esta sí podía permitírselo? No hay forma de saberlo. Solo sé que, cuando aún estábamos en segundo grado, fue adoptado por un médico. Aún recuerdo mi perplejidad el día en que el profesor pasó lista y se dirigío a K con un apellido distinto al suyo.

Su nueva familia era muy rica. Fueron ellos quienes financiaron sus estudios. Yo me marché antes que él del pueblo, y cuando él vino a Tokio, se instaló en la misma casa donde yo vivía. Compartíamos habitación. En aquella época era habitual que dos o tres estudiantes compartieran cuarto. Vivíamos amontonados como animales salvajes en una jaula. Desde aquel cuarto contemplábamos el mundo exterior, atónitos. Tokio y sus habitantes nos daban miedo. Sin embargo, en aquel pequeño cuarto de seis tatamis hablábamos del mundo como si estuviera literalmente a nuestros pies.

Estudiábamos con ahínco. Estábamos decididos a ser algo en la vida. K, en especial, tenía una considerable fuerza de voluntad. Nacido en un templo, su lema en la vida era shojin, esfuerzo y abstinencia, y tanto su actitud como sus actos hacían honor a ese principio. Yo albergaba por él una profunda admiración, lo admiraba de corazón.

Ya desde nuestros días en la escuela secundaria, K solía ponerme en aprietos mientras discutíamos sobre religión y filosofía. No sabía si era su padre el que había despertado en él semejante interés o si se debía a la peculiar atmósfera del templo donde se crió. En cualquier caso, K tenía más dotes naturales para ser monje que muchos monjes en ejercicio. Su familia adoptiva lo había enviado a Tokio a estudiar medicina, pero en su obstinación había decidido no convertirse en médico. Yo se lo reprochaba, le decía que estaba engañando a sus padres. «Lo sé», me dijo en una ocasión en tono desafiante, «pero actuar como mis padres quieren supondría ir en contra del camino que he elegido».

No creo que entendiera el verdadero y profundo significado de la palabra «camino». Desde luego yo no lo hacía, pero éramos jóvenes y aquella abstracción poseía un aura casi mística. Quedaba más allá de nuestras capacidades entenderlo plenamente. Yo no podía dejar de admirar los nobles sentimientos que lo impulsaban. Me limitaba a aceptar sus argumentos sin rechistar. No tenía forma de saber si le importaba mi aprobación o no, pero sí estoy seguro de que habría seguido su camino fuera como fuera, sin importar los obstáculos que le pusieran por delante. Al aprobar su comportamiento, yo también compartía cierta responsabilidad en cuanto a sus decisiones. Por aquel entonces no era más que un joven inmaduro. Me daba perfecta cuenta de ello. No me preocupaba no afrontar mi responsabilidad, a pesar de saber que en el futuro tendría que hacerlo como cómplice suyo.

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K Y YO NOS MATRICULAMOS EN LA MISMA FACULTAD. Él se servía del dinero que le enviaban desde casa para cumplir su sueño. No parecía preocupado por el engaño a sus padres, y yo interpretaba su tranquilidad como un desafío que era mitad complacencia y mitad convencimiento de que jamás lo descubrirían. Sin duda yo estaba mucho más preocupado que él.

Durante las primeras vacaciones de verano no volvió a casa. En lugar de eso, prefirió alquilarse un cuarto en un templo de Komagome y dedicarse a estudiar. Cuando regresé a principios de septiembre, lo encontré encerrado en un cuartucho cochambroso no muy lejos de la estatua del Gran Kannon. Su cuarto estaba junto al edificio principal del templo y parecía satisfecho por haber cumplido con sus planes. Me di cuenta de que su estilo de vida adoptaba cada día más un matiz monástico. Llevaba un rosario colgado de la muñeca. Le pregunté para qué servía y en lugar de responderme se limitó a empezar a pasar cuentas con el pulgar. Era evidente que lo usaba a menudo a lo largo del día, pero a mí el significado de aquello se me escapaba. ¿Dar vueltas a las cuentas de un rosario? No tenía sentido. ¿Cuándo iba a parar? ¿Qué sentía en ese momento, mientras desgranaba las cuentas? No es que tuviera mucha importancia, pero es algo que todavía hoy me pregunto.

Me sorprendió descubrir una Biblia entre sus pertenencias. Le había oído muchas veces recitar sutras, pero nunca había hecho ninguna referencia a la práctica del cristianismo. No pude evitar preguntarle por qué tenía aquel libro. «Por nada en especial», respondió con aplomo. «Si lo lee tanta gente en el mundo, supongo que a mí no me hará daño. En algún momento me gustaría leer también el Corán», añadió. Al parecer le interesaba especialmente la máxima de Mahoma que hablaba de difundir la Palabra de Alá «con el libro o con la espada».

Cuando llegaron las vacaciones de verano del segundo año, K terminó por ceder a la presión familiar y regresó al pueblo. No desveló nada a su familia sobre el verdadero objeto de sus estudios, y ellos no sospecharon nada. Tú también eres estudiante y sabes bien cómo funcionan estas cosas, pero en general la gente lo ignora todo sobre la vida académica. Las cosas que forman parte de la rutina de los estudiantes no significan absolutamente nada para los demás. Por otra parte, nosotros, encerrados en nuestro pequeño mundo, asumimos que todo el mundo está al tanto de cuanto nos sucede en el ámbito académico. Sin duda K comprendía esto mejor que yo. Volvimos juntos a Tokio y tan pronto como nos sentamos en el tren, le pregunté cómo le había ido en casa. «Bien, no ha ocurrido nada reseñable», me aseguró.

Fue durante las terceras vacaciones de verano cuando tomé la decisión de abandonar para siempre el lugar donde mis padres me habían criado. Insistí a K para que volviera conmigo al pueblo, pero se resistió. Me dijo que no veía el sentido ni la necesidad de regresar todos los años. Tenía intención de quedarse en Tokio para consagrarse a los estudios, así que no me quedó más remedio que resignarme y marcharme solo. Ya te he dado detallada cuenta de aquellos dos terribles meses, así que no tengo intención de volver a hablar de ello.

Volví a ver a K en septiembre. Me sentía invadido por la melancolía, todo cuanto me rodeaba me disgustaba, me sentía solo. Y la vida de K, como la mía, también había cambiado. Había escrito una carta a sus padres adoptivos en la que les revelaba que llevaba tres años engañándolos. Quizá tenía la esperanza de que lo entendieran. No estaba dispuesto a cambiar, así que era mejor dejar las cosas claras. No soportaba seguir engañando a todo el mundo y es probable que se diera cuenta de que no podría mantener la farsa mucho más tiempo.

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