Kokoro (IX)

Natsume Sōseki

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CUANDO RECIBIERON LA CARTA DE K, su padre adoptivo se enfureció. Sin esperar un segundo, le redactó una respuesta en términos muy duros y se la envío. No podría seguir financiando los estudios a un hijo sin principios como él, a un mentiroso. K me enseñó la carta. Después me mostró otra de su verdadera familia, en la que lo condenaban en los mismos términos. Además, como consecuencia del compromiso moral adquirido con la otra familia, habían decidido abandonarlo a su suerte. K se enfrentaba al dilema de reconciliarse con su familia adoptiva o bien de intentar volver con la suya propia. Pero su problema más inmediato no era ese, sino de dónde sacar dinero para hacer frente a los gastos ocasionados por sus estudios. Le pregunté qué tenía pensado. «Intentaré dar clases en alguna academia nocturna», me dijo.

La vida era más fácil entonces que ahora, aunque te cueste creerlo. No era complicado encontrar un trabajo por horas. Pensé que K sería capaz de salir adelante, pero no podía dejar de sentir cierta responsabilidad por lo que le había pasado. Al fin y al cabo, yo estuve de acuerdo con él cuando tomó la decisión de no decir la verdad a su familia y seguir su propio camino. Ahora no podía quedarme de brazos cruzados. Le ofrecí mi ayuda, que él rechazó de inmediato. Siendo quien era, prefería ganarse la vida por sus propios medios antes que tener que depender de la ayuda de un amigo. «Estoy en la universidad y tengo que ser capaz de mantenerme por mí mismo como haría un hombre.» Ese era su principal argumento.

No quería herir sus sentimientos para redimir mi culpa. Retiré mi oferta y dejé que se organizase como quisiera.

K encontró pronto el empleo que andaba buscando pero, como podrás imaginar, para alguien que valoraba tanto su tiempo, no debió de resultar fácil tener que dedicarle tantas horas al trabajo. A pesar de todo, continuó con sus estudios sin desfallecer nunca por la pesada carga que llevaba encima. Me preocupaba su salud. Pero él tenía una voluntad de hierro, y se reía de mí y de mis preocupaciones sin prestar atención a mis advertencias.

Conforme fue pasando el tiempo, las relaciones con su familia adoptiva no dejaron de empeorar. Estaba cada vez más ocupado y ya no teníamos oportunidad de hablar tanto como solíamos. Por eso nunca llegué a saber los detalles concretos de lo que ocurría, aunque sí era consciente de que las cosas iban de mal en peor con su gente. También me enteré de que alguien había tratado de mediar en la situación. El intermediario le escribió para pedirle que volviera a casa y se retractase de sus planes, pero él se negó argumentando que estaba a mitad de curso. Su negativa fue interpretada como una muestra más de obstinación, lo cual tensó aún más las cosas. No solo estaba hiriendo los sentimientos de su familia adoptiva, también los de la suya verdadera. Yo estaba muy preocupado. Les escribí una carta para intentar calmar los ánimos, pero ya era demasiado tarde. No obtuve respuesta alguna y eso me enfadó. Siempre había estado del lado de K, pero a partir de entonces me puse aún más de su parte sin pensar ya en si su actitud era correcta.

Finalmente, K decidió volver junto a su primera familia. Confiaba en que esta, por su parte, cumpliera con su obligación de devolver todo el dinero que la otra había gastado en sus estudios. Sin embargo, sus antiguos familiares se lavaron las manos. Como se diría vulgarmente, lo abandonaron a su suerte, se desentendieron de él. A K no le quedó más remedio que buscarse la vida por sí mismo. Quizá la cosa no fuera tan trágica como pareció en un primer momento, pero así fue como K se lo tomó. Su madre murió cuando él era apenas un niño y quizá su carácter tan peculiar lo hubiera adquirido a causa de tener que haber crecido bajo el amparo de una madrastra. Si su madre no hubiera muerto, creo yo, jamás se habría producido ese distanciamiento con su familia. Su padre era un monje, pero por su estricto sentido del deber, se comportaba más como un samurái.

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LA SITUACIÓN ESTABA, PUES, EN PUNTO MUERTO. Fue entonces cuando recibí una carta del marido de su hermana mayor. K me había contado que estaba emparentado con su familia adoptiva, por lo que su opinión ejercía una considerable influencia en él. Hizo de mediador cuando fue entregado en adopción y también cuando decidió regresar al seno de su familia biológica.

En la carta, me pedía detalles sobre lo que le había ocurrido a K desde que las relaciones entre él y su familia se rompieron. Me rogaba que le contestase lo antes posible. Según decía, la hermana de K estaba muy preocupada. K se sentía más próximo a ella que a su hermano mayor, quien había sucedido a su padre en el templo. Todos eran hijos de la misma madre, pero la considerable diferencia de edad entre ellos provocó que su hermana asumiese un papel maternal, mayor del que había ejercido su madrastra.

Le dejé leer la carta a K y no hizo ningún comentario, aunque sí aclaró que ya había recibido dos o tres misivas de su hermana antes, pero que no me lo había dicho. A todas le respondía diciéndole que no se preocupara por él. Se había casado con un hombre de pocos recursos, de manera que no podía hacerse cargo de sus gastos por mucho que se compadeciera de él.

Contesté a la carta del cuñado más o menos en el mismo tono que había empleado K. Le aseguré que, en caso de necesidad, ayudaría a mi amigo en la medida de mis posibilidades. Era algo que ya tenía decidido hacía tiempo. Con mis palabras pretendía tranquilizar a su preocupada hermana por una parte y, por otra, mostrar mi despecho hacia las dos familias que con tanta acritud lo habían menospreciado.

La adopción de K se anuló cuando estaba en el primer curso de la universidad. A partir de ese momento y hasta la mitad del segundo año, tuvo que mantenerse por sus propios medios. Sin embargo, era evidente que aquel esfuerzo excesivo acabaría por afectar tanto a su salud como a sus nervios. Como es lógico, también influyó la difícil decisión de abandonar a su familia adoptiva. Poco a poco se convirtió en un «sentimental». Hablaba a veces como si estuviese cargando todo el peso del mundo sobre sus hombros y se enfadaba conmigo si se me ocurría llevarle la contraria. Se irritaba con suma facilidad porque la esperanza que iluminaba su futuro se consumía despacio hasta casi volatilizarse. Es obvio que todo el mundo está lleno de aspiraciones y sueños cuando inicia sus estudios, pero pasa un año, luego otro y a medida que se acerca el momento de la graduación, uno se da cuenta de que la desilusión lo ha vencido. Llegados a ese extremo, muchos acaban descorazonados, y K no era una excepción. Sin embargo, mi amigo llevaba su ansiedad hasta límites insospechados.

Pensé que mi deber era calmarlo. Le aconsejé que renunciase a todo trabajo innecesario y que, por el bien de su brillante futuro, se relajara y disfrutara un poco más de la vida. Teniendo en cuenta su terquedad, imaginé lo difícil que sería convencerlo. De hecho, me costó más de lo que me imaginaba. Él rechazó todos mis argumentos con la excusa de que los estudios no eran su principal objetivo. Su verdadera meta era disciplinar su fuerza de voluntad para convertirse en una persona fuerte. Para lograrlo, según él, era imprescindible vivir de una forma austera y rigurosa, algo que para cualquier otro hubiera sido una locura. Era una actitud que no parecía destinada a lograr su objetivo, sino más bien a provocarle un colapso nervioso. Me vi forzado a mostrarme comprensivo con él. Le expliqué que yo también quería llevar una vida como la que él propugnaba. De hecho, lo que le decía era cierto, pues a fuerza de escuchar sus razonamientos una y otra vez, había terminado por convencerme. Finalmente le propuse que viniera a vivir conmigo para recorrer juntos ese camino de esfuerzo y superación. No me quedó más remedio que someterme a su poderosa fuerza de voluntad. Así fue como lo convencí para que se mudara a la casa donde yo vivía.

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JUNTO A MI CUARTO, entrando desde la puerta de la calle, había una especie de pequeña antesala, que mediría menos de cuatro tatamis. Era un espacio incómodo, que casi nunca se utilizaba. Fue allí donde se instaló K. En un principio, pensé colocar dos mesas de estudio en mi habitación, que era el doble de grande que la suya, para que dispusiera de un poco más de espacio, pero él prefirió apañárselas solo a pesar de las estrecheces.

Como ya te he dicho, en un principio Okusan se opuso a la idea de que K viviera con nosotros. «Si tuviera una pensión tendría sentido, pero no es el caso. Ya sabes que no lo hago por dinero», me dijo. Luego me pidió que lo reconsiderara. Yo, por mi parte, no dejé de insistir en que K no le causaría ningún problema. Pero a ella, en realidad lo que le preocupaba era la idea de meter en su casa a un desconocido. «¿Pero no es precisamente eso lo que hizo conmigo?», repliqué yo.

Para ella yo era distinto. Desde el primer momento algo le dijo que sería una persona de bien. No pude evitar una sonrisa teñida de ironía cuando me lo dijo. Mi gesto no le pasó inadvertido, así que debió de pensar que era mejor cambiar de táctica.

«No creo que te convenga traer a otra persona a esta casa. Es por tu propio interés», aseguró rotunda. Le pregunté la causa y en esa ocasión fue ella quien se rió irónicamente. Lo cierto era que no tenía ninguna necesidad de vivir con K, pero si hubiera optado por ayudarle con dinero, lo habría rechazado, de eso estaba seguro. Era un hombre muy celoso de su independencia. Consideraba que lo mejor sería arrastrarlo conmigo y pagar discretamente a Okusan los gastos para nuestra manutención. No quería dar explicaciones sobre los problemas económicos de K. Sí le hablé, en cambio, de la salud tan delicada que tenía, y de su frágil estado mental. Si no me ocupaba de él, terminaría por empeorar y hacerse aún más huraño. Le hablé de lo ocurrido con su familia adoptiva, así como de la ruptura con su familia biológica. Ayudarle era para mí como sacarlo del agua cuando ya estaba a punto de ahogarse, como abrazarlo para darle calor con mi cuerpo. Casi me puse de rodillas y les rogué tanto a Okusan como a Ojyosan que me ayudasen, que aceptasen a mi amigo. Hasta que, finalmente, la señora acabó cediendo.

K no sabía nada de mis gestiones y de lo que me había costado que lo acogiesen, pero en cierto modo me alegraba de que no estuviera al tanto de los detalles. Así que cuando llegó a casa con todos sus bultos, lo recibí con aire inocente, aparentando naturalidad. Okusan y Ojyosan lo ayudaron gentilmente a colocar sus cosas. Yo estaba encantado, pues intuía que su amabilidad con él era el reflejo de la simpatía que sentían hacia mí. K no cambió en ningún momento su habitual expresión de indiferencia. Le pregunté su opinión sobre su nueva casa. «No está mal», se limitó a decir.

En mi opinión, creo que mi amigo debería haber sido un poco más expresivo, sobre todo teniendo en cuenta el agujero del que venía, sucio, húmedo y por si fuera poco, orientado al norte y con el viento entrando todo el rato por la ventana. Y tampoco es que allí se alimentase como convenía. La comida estaba a la altura de aquel cuchitril. Ahora, en cambio, su situación cambiaría radicalmente. Me lo imaginaba como un pájaro que logra escapar del pozo donde ha caído y levantar el vuelo hasta la copa de un árbol. Si no se daba cuenta y no lo apreciaba, era cosa suya. Por terco. Educado en las enseñanzas budistas, pensaba que la casa, la comida o la ropa eran lujos prescindibles. Llevado por las lecturas de biografías de monjes budistas y santos cristianos, había terminado por convencerse de que espíritu y cuerpo eran entidades separadas, de que cuanto más maltratase la carne, más se iluminaría su espíritu.

Hice todo lo que pude por no discutir con él. La táctica era plantar un cálido sol sobre aquel témpano de hielo hasta que se derritiera. En cuanto el agua congelada empezara a fundirse, antes o después sus sentimientos quedarían al descubierto.

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CONSCIENTE DE QUE LAS ATENCIONES DE OKUSAN habían hecho de mí una persona más alegre, asumí que lo mismo le ocurriría a mi amigo. Lo conocía desde hacía mucho tiempo, y me daba perfecta cuenta de la diferencia de nuestros caracteres. Sin embargo, si mis nervios se habían calmado desde que me mudé a aquella casa, el corazón de K sin duda terminaría por dulcificarse también.

De hecho, K tenía una fuerza de voluntad muy superior a la mía. Le dedicaba al estudio el doble de esfuerzo que yo, y su inteligencia, sin duda, era mucho más precisa que la mía. Por aquel entonces nuestros campos de estudio eran distintos y no puedo decir quién de los dos rendía mejor, pero cuando éramos compañeros en la escuela secundaria él siempre me sacaba ventaja en todo. Llegué a pensar que era mejor que yo en cualquier disciplina, pero cuando vencí su terquedad y lo convencí para que se mudara conmigo, creo que demostré mayor juicio que él. Aún no había entendido la diferencia entre paciencia y resistencia.

Te ruego que por favor prestes atención a lo que te voy a decirte ahora, porque es en beneficio tuyo. Todas nuestras capacidades, ya sean físicas o espirituales, exigen un estímulo externo, tanto para su desarrollo como para su ulterior destrucción. En ambos casos, ese estímulo debe aumentar poco a poco para ser efectivo. De no ser así, corremos el riesgo de ir por mal camino y arrastrar también a las personas que nos rodean al abismo. Los médicos aseguran que el estómago es un órgano problemático, tendente a la disfunción. Si uno no come más que gachas, llegará un momento en el que será incapaz de digerir algo más fuerte. Por eso es aconsejable comer de todo y en todo momento. Para mí el asunto no se explica por una cuestión de mera variedad, sino por el estímulo que se dilata a lo largo del tiempo, y que, con ello, fortalece nuestros órganos digestivos. Imagina qué pasaría sin en lugar de eso, nuestro estómago se debilitara cada vez más por culpa de haberlo sometido un régimen exclusivo.

K era más brillante que yo, pero no era capaz de entender qué le ocurría en cada momento. Estaba convencido de que si se acostumbraba a las dificultades que se le presentaban, el dolor terminaría por desaparecer. Creía firmemente que yendo de dificultad en dificultad, gracias a la virtud de la repetición, al final esas dificultades desaparecerían, se agotarían.

Yo quería explicárselo todo, convencerlo de que no tenía razón, pero sabía que si sacaba el tema, se cerraría en banda y no dudaría en traer a colación ejemplos de santos y estoicos para defenderse, si eso era menester. En ese caso, me habría visto obligado a hacerle ver la diferencia entre esos santones y su caso. Si me hubiera escuchado, quizá habría merecido la pena de todos modos, pero su terquedad innata le hacía resistir mis asedios sin ceder un ápice. Cuando las cosas se ponían así, se limitaba a afirmarse, a insistir en su voluntad de vivir como quería. Obligado por sus propias palabras, me decía que tenía que pasar de la teoría a la acción. Cuando eso ocurría, era una persona que intimidaba. Tenía unas convicciones profundísimas, y estaba dispuesto a seguir adelante como fuera, aunque ello lo condujera a la autodestrucción. Visto en retrospectiva, lo único en él en lo que había algo de grandeza era ese afán por destruir sus logros, por borrar toda esperanza de éxito. Al menos, no se puede decir de él que fuera un hombre corriente.

Lo conocía bien y al final decidí callarme. Sospechaba que estaba al borde de una crisis nerviosa, y eso también influyó. Si lo hubiera convencido de que reaccionase, solo habría logrado aumentar su inquietud. No me preocupaban las peleas que pudiera tener con él, sino la posibilidad de que acabara sucumbiendo a la misma soledad a la que me había conducido mi pasado reciente. Por eso no dije nada que él pudiera interpretar como una crítica durante mucho tiempo. Me limité a esperar, a observar los cambios que aquel nuevo entorno producía en él.

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A ESPALDAS DE K, PEDÍ A OKUSAN Y OJYOSAN que hablaran con él cuando pudieran, convencido de que su mutismo sería la causa de su ruina. Para mí era evidente que su corazón, convertido en un viejo trozo de hierro, había terminado por oxidarse.

Okusan se rió. Mi amigo le resultaba seco e inaccesible. Ojyosan nos habló sobre un extraño intercambio de palabras que había tenido con él. Un día le preguntó si tenía fuego en el brasero de su cuarto. «No», respondió él. Ella se ofreció a llevarle unas brasas. «No», insistió él. Ojyosan le preguntó si no tenía frío. «Sí, pero no quiero el brasero.» No dijo más.

Supe que no podía dejar el asunto así sin más. Sentía lástima por ellas, estaba obligado a explicar la conducta de K, a maquillar de algún modo su rudeza. Ya era primavera y no hacía frío, pero entendía por qué decían que no sabían qué hacer con él.

Me esforcé por hacer de catalizador, para facilitar la comunicación. Las llamaba cuando K y yo hablábamos para que nos hicieran compañía. Si estaba solo en su cuarto, lo invitaba a sentarse con nosotros. Me esforzaba por encontrar la mejor solución para cada caso concreto. Pero, como podrás imaginar, K no le daba ninguna importancia a mis gestos. Los despreciaba.

En una ocasión que estábamos charlando se levantó sin más y se marchó. En otra, no se dignó a contestar a pesar de que yo lo llamé con insistencia. Para él nuestras charlas eran intrascendentes, no tenían sentido. No entendía cómo podían resultarme tan divertidas. Me reía de sus críticas a pesar de darme cuenta de que me consideraba un frívolo. Puede que en cierto sentido mereciera su desprecio, no lo niego. Sus miras eran mucho más altas que las mías, pero con la vista siempre puesta tan en lo alto, ignorante de cuanto ocurría en el suelo, ¿acaso no mostraba una forma de ceguera? Me consagré a humanizarlo. Convertí ese empeño en mi principal tarea. Por muy ocupada que estuviera su mente con la imagen de grandes hombres y con las aspiraciones de convertirse él también en uno de ellos, todo su esfuerzo resultaría inútil si no lograba sentarlo al lado de una mujer. Sabía que si lo acercaba a aquella atmósfera cálida, de algún modo eliminaría el óxido de su sangre.

Poco a poco mi estrategia empezó a dar resultado. Los dos elementos que al principio parecían incompatibles terminaron por juntarse hasta formar una realidad. K empezó a darse cuenta de que aparte de él había otras personas en el mundo. Un día confesó que, después de todo, las mujeres no eran las criaturas despreciables que él siempre había imaginado. Tendía a despreciarlas por no tener tantos conocimientos como él, por no haber estudiado. Nunca había caído en la cuenta de que existían formas distintas de juzgar a los hombres y a las mujeres. Observaba a todos bajo la misma lente. Yo le expliqué que si continuábamos eternamente los dos solos con nuestras disquisiciones, no haríamos más que avanzar por una línea recta, sin disfrutar de lo que encontrábamos a los lados. Al fin pareció comprender que tenía razón. Si le hablé así fue porque yo estaba enamorado de Ojyosan, pero no osé decirle una palabra de ese amor secreto.

K se había construido un muro defensivo a su alrededor, hecho de libros, pero poco a poco se iba abriendo al mundo exterior. El cambio gradual que se operaba en su corazón me llenaba de alegría. A él no le dije nada, pero sí que me confié a las dos mujeres de la casa. Y compartieron mi alegría.

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A PESAR DE QUE K Y YO estudiábamos en la misma facultad, nuestros horarios eran distintos. Cuando volvía a casa antes que él, tenía que pasar por su cuarto vacío para llegar al mío. Si era él quien había vuelto antes, lo saludaba e intercambiábamos unas palabras antes de concentrarme en mis cosas. K tenía la costumbre de levantar apenas la vista del libro y preguntar: «¿Ya has vuelto?». Yo a veces le contestaba con una ligera inclinación de cabeza, otras con un susurro.

Un día tuve que ir a Kanda y volví algo más tarde de lo normal. Llegué, abrí la puerta corrediza de la entrada y en ese mismo instante escuché a lo lejos la voz de Ojyosan. Venía desde la habitación de K, de eso estaba seguro. Su cuarto y la sala de estar quedaban frente a la entrada principal, la habitación de K y la mía a la izquierda. Ya llevaba suficiente tiempo viviendo allí y me conocía al dedillo la distribución de la casa. Sabía perfectamente dónde estaban los demás solo con escucharlos. Cerré aprisa y la voz de Ojyosan se extinguió. Empecé a quitarme los zapatos, unos botines con cordones muy de moda por entonces, y agucé el oído. Pero Ojyosan se había callado.

Me extrañó. ¿Acaso me había confundido y estaba en otro sitio? Sin embargo, al descorrer la puerta de K para pasar a mi cuarto, los encontré allí sentados. «¿Ya has vuelto?» preguntó él, aparentando normalidad. Ojyosan me saludó sin moverse del sitio. Por alguna razón su saludo me resultó seco, excesivamente formal, un tanto falso. Le pregunté dónde estaba su madre, no porque tuviera especial interés en saberlo, sino porque la casa estaba más silenciosa de lo normal.

Me dijo que había salido con la criada. K y Ojyosan se habían quedado solos. Me pareció extraño. En todos los meses que llevaba allí, la señora nunca me había dejado a solas con su hija. Pregunté si es que le había ocurrido algo. Ojyosan, en lugar de contestarme, se rió. Me sentí disgustado. Era una chica joven, por supuesto, y las chicas jóvenes se ríen por cualquier cosa. No obstante, nada más ver la expresión de mi cara adoptó la compostura de siempre. Me explicó que su madre no había salido por nada urgente, tan solo para dar un paseo.

Como simple inquilino que era, no me sentía con derecho a preguntar nada más, y no me quedó más remedio que morderme la lengua. No había terminado de cambiarme de ropa cuando Okusan y la criada volvieron. Pronto llegó la hora de sentarnos a la mesa para cenar. En los primeros meses de mi estancia en la casa, la criada solía llevarme la comida a mi cuarto en mi condición de huésped, pero pronto pasaron de formalidades, la etiqueta social se relajó y un buen día me invitaron a unirme a ellas. Cuando K se mudó, insistí en que lo tratasen igual que a mí. Poco antes, me había permitido regalarle a la señora una mesa plegable de madera. Hoy se encuentran en cualquier casa, pero entonces eran una novedad y no había mucha gente que las usara para comer. La encargué a medida en una carpintería de Ochanomizu. Fue alrededor de esa mesa donde nos sentamos.

Okusan intentó justificar su ausencia, explicando que el pescadero no le había llevado el pescado a casa esa tarde, como solía, por lo que no tuvo más remedio que salir a comprar. Su excusa parecía razonable. Ojyosan no pudo evitar la risa al contemplar mi expresión, pero su madre la regañó y enseguida se calló.

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UNA SEMANA DESPUÉS, volví a pasar por la habitación de K y allí estaba Ojyosan de nuevo hablando con él. Nada más verme se rió, como el primer día. Tendría que haberle preguntado qué le resultaba tan gracioso, pero me limité a pasar por delante de ellos sin decir nada y meterme en mi cuarto. Tampoco K me saludó como era su costumbre. Enseguida escuché el sonido de las puertas correderas al deslizarse. Ojyosan había vuelto al cuarto de estar.

A la hora de la cena, sin venir a cuento, me dijo que me comportaba de un modo extraño y de nuevo dejé pasar la oportunidad de preguntarle por qué lo decía. Me di cuenta, sin embargo, de que Okusan le lanzaba una mirada severa por encima de la mesa.

Después de cenar salí con K a dar un paseo. Anduvimos por la parte de atrás del templo de Denzuin, llegamos al jardín botánico y finalmente salimos de nuevo a la parte baja de Tomizaka. No fue un paseo corto, pero apenas hablamos. K tenía un carácter reservado, era incluso más callado que yo, que no era precisamente un conversador. En cualquier caso, me esforcé por animar la conversación. Me preocupaba la relación que tenía con Ojyosan y su madre. Le pregunté qué pensaba de ellas, pero no hubo forma de sacarle nada en claro. No solo evitaba hablar del tema, sino que a cada pregunta mía, se limitaba a darme respuestas lacónicas. Parecía mucho más interesado en sus estudios que en las dos mujeres. Los exámenes del segundo curso estaban cada vez más cerca. No me quedaba más remedio que admitir que, en realidad, se estaba comportando como hubiera hecho cualquier estudiante. Hasta me sorprendió con una disquisición sobre Swedenborg, del que yo no sabía casi nada.

Después de superar con éxito los exámenes, Okusan nos dio la enhorabuena y nos recordó que solo nos quedaba otro año de estudios por delante. También su hija, su único orgullo y alegría, se graduaría pronto. K era de la opinión de que las chicas terminaban sus estudios sin tener ni la más remota idea de nada. Obviamente para él no contaba en absoluto todo lo que Ojyosan había aprendido fuera de la escuela, como tocar el koto, hacer arreglos florales o coser. Me sorprendió enormemente su opinión, y le expliqué que desde mi punto de vista no se debería medir a las mujeres en función de los estudios que han seguido. Aunque no me refutó abiertamente, tampoco pareció muy inclinado a aceptar mi argumento sin más, lo cual me complació. De alguna manera, eso mostraba que su innato desprecio por las mujeres no había disminuido en absoluto. Ignoraba a Ojyosan, que para mí era la personificación de todas las virtudes femeninas. Visto en retrospectiva, creo que en aquel momento ya me había empezado a dominar el diablo de los celos.

Le propuse que fuéramos juntos a alguna parte durante las vacaciones de verano, aunque su respuesta no fue demasiado entusiasta. Cierto era que no podía permitirse lujos, pero nada le impedía aceptar mi invitación. Le pregunté por qué no quería venir, pero no me pudo dar ninguna razón concreta a su negativa. Simplemente prefería quedarse en casa y dedicarse a leer. Cuando le dije que sería mucho mejor para nuestra salud dedicar el verano al estudio en algún lugar fresco lejos de la ciudad, me dijo que si tan beneficioso me parecía que me fuera yo solo.

Pero yo no quería marcharme y dejarlo en la casa a solas con las dos mujeres. Me sentía cada vez más turbado por la creciente confianza que había entre ellos. Era ridículo por mi parte molestarme por que las cosas salieran como yo mismo había planeado. Me estaba comportando como un estúpido. Hasta que Okusan, cansada de nuestras discusiones interminables sobre sí debíamos irnos y adónde, intervino al fin. Gracias a eso aquel verano fuimos juntos a la península de Boshu.

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K NO HABÍA VIAJADO MUCHO, y yo nunca había estado en Boshu. Cuando desembarcamos en el primer puerto en el que el barco tomó tierra (creo recordar que era el de Hota), literalmente no sabíamos nada del lugar. Desconozco cómo estará hoy en día, pero por entonces no era más que un pequeño pueblo de pescadores. Por todas partes apestaba a pescado. Y cada vez que decidíamos bañarnos, el mar tenía tal fuerza que arrastraba las piedras y nos destrozaba las piernas y los brazos.

Me cansé pronto de estar allí. K, en cambio, no protestó. A juzgar por su expresión, todo aquello parecía darle igual, aunque no había una sola vez que saliera del agua sin una nueva magulladura.

Lo convencí para que continuáramos nuestro viaje y nos dirigimos a Tomiura. Desde allí seguimos hasta Nako. Era un destino de costa muy de moda entre los estudiantes. Pudimos encontrar playas de nuestro agrado por doquier. A menudo nos sentábamos en algún promontorio y disfrutábamos de la gama cromática que nos regalaba el mar, con aquellos fondos repletos de vida acuática. El agua era transparente como el cristal. En las crestas de las olas veíamos los veloces destellos de los peces, cuyas tonalidades rojo o azul eran mucho más llamativas que las de cualquier pescado que hubiéramos visto nunca en el mercado.

A menudo me sentaba en las rocas para leer. K, por su parte, se pasaba las horas en silencio. ¿Se sentía perdido acaso, era un amante del paisaje, se entretenía en alguna ensoñación? No sabría decirlo. De vez en cuando lo miraba y le preguntaba qué hacía. «Nada», se limitaba a contestar él, y seguía absorto en sus pensamientos.

En realidad habría preferido que fuera Ojyosan quien estuviera sentada a mi lado, en lugar de K. Era un pensamiento agradable. A veces sospechaba que K pensaba exactamente lo mismo respecto a mí, y entonces perdía la calma y no podía concentrarme en la lectura. Me levantaba entonces y me ponía a gritar, incapaz de expresar mis sentimientos de una forma más civilizada, como, por ejemplo, recitando un poema o cantando una canción. Lo único que podía hacer era comportarme como un salvaje. En una ocasión agarré a K por el cuello y le pregunté qué haría si lo tiraba al mar. Me respondió, sin inmutarse, que le daba igual. Ni siquiera cambió de postura. Lo solté enseguida.

Sus ánimos parecían haberse apaciguado. Al contrario que yo. Sentía que mi serenidad se desmoronaba a ojos vista. Envidiaba su aparente calma y la interpretaba como pura indiferencia hacia mí. K desprendía una confianza en sí mismo que me desagradaba profundamente. Fuera como fuera, quería saber qué se escondía detrás de esa actitud. ¿Acaso había recuperado el interés en sus estudios, la esperanza en el futuro? De ser así no había razón para que entre nosotros naciera un conflicto. De hecho, aquello me habría complacido, habría sido la confirmación de que lo había ayudado de algún modo. Quizá no podía admitir que esa serenidad nacía de sus sentimientos hacia Ojyosan. K parecía extrañamente ajeno a las señales de mi amor por ella, aunque como es lógico, yo me ocupaba de ocultárselas. Poco intuitivo como era, no solía prestar atención a esas cosas. Esa precisamente había sido una de las razones por las que había insistido para que se viniera a vivir conmigo.

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ENTONCES ME ARMÉ DE VALOR y decidí abrirle mi corazón. No era un impulso nacido de la nada, sino que respondía al plan que me había trazado para nuestro viaje juntos. Sin embargo, hasta ese momento no había encontrado la ocasión oportuna de sincerarme. Me sentía incapaz de crear el contexto adecuado. Ahora me doy cuenta de que los amigos de entonces no eran como los de ahora. Entonces nos comportábamos de un modo extraño, como si estuviéramos incapacitados para hablar abiertamente de las mujeres. Sin duda, habría muchos que no tendrían nada que decir en tales casos. Otros, sin embargo, preferirían callar porque eso era lo normal. Puede que a vosotros, que disfrutáis de una relativa libertad hoy en día, os extrañe cómo nos comportábamos en mis tiempos. En tu mano dejo juzgar si se trataba de una herencia del confucianismo o de una simple cuestión de timidez y vergüenza.

La relación que manteníamos K y yo nos permitía hablar de todo. No era raro que charlásemos sobre amor o sobre romances, pero nos limitábamos a hablar de ello desde un plano teórico. De todos modos, no era algo demasiado frecuente. La mayor parte de las veces nuestras charlas quedaban confinadas a los libros, a los estudios, a lo que haríamos en el futuro, al trabajo, a nuestras aspiraciones profesionales, a nuestro crecimiento espiritual. A pesar de nuestra evidente cercanía, era muy difícil superar la barrera de esas rígidas e impersonales conversaciones para adentrarnos en un plano más íntimo, más cercano a lo que consideraríamos una confesión. La intimidad entre nosotros solo afloraba cuando reinaba un ambiente de seriedad. No sé cuántas veces me invadió la impotencia por sentirme incapaz de hablarle de Ojyosan. Me hubiera gustado hacer un agujero en la cabeza de K para poder insuflar allí dentro un poco de aire fresco.

Puede que a la gente de tu generación todo esto le resulte absurdo, pero para mí era un escollo insalvable. Me sentía igual de cobarde que cuando estábamos en casa. Me mantenía siempre alerta a fin de encontrar el momento oportuno para sincerarme, pero no vislumbraba un hueco en esa armadura bajo la cual se protegía K. Era como si su corazón estuviera sellado con una espesa capa de laca negra, impermeable a cualquier gota de cálida sangre que pretendiera verter en él.

Sin embargo, había ocasiones en que su distante dignidad me ofrecía cierto consuelo. En esos casos me arrepentía de haber dudado de él, me disculpaba en silencio por haberlo convertido en blanco de mis sospechas, me percibía a mí mismo como una persona inferior y me despreciaba por ello. Al poco tiempo, en cambio, regresaban con fuerza redoblada las viejas dudas.

Mis pensamientos nacían de la sospecha, y no podía evitar compararme con él, algo que siempre me dejaba en desventaja. K me parecía más apuesto, más atractivo que yo. Mi susceptibilidad, además de ejercer una influencia negativa en mi carácter, me hacía menos llamativo para el sexo opuesto. Aquella mezcla de virilidad y desprecio por los detalles cotidianos que había en K, también me hacía sentir inferior. Y a pesar de que estudiábamos cosas distintas, tampoco en el terreno académico podía competir con él. Si colocaba todas sus virtudes en fila ante mí, mis miedos se exacerbaban indeciblemente.

Cuando K se dio cuenta de mi estado de nervios sugirió que nos volviéramos a Tokio. Me negué. Si había algo que no deseaba era regresar con él a la ciudad.

Rodeamos el cabo de Bonshu bajo el implacable sol. Cada día nos molestaba más la gente del lugar con su costumbre de asegurar que todo estaba a dos pasos, cuando en realidad cualquier lugar quedaba a una considerable distancia. Ya no encontraba sentido a esas interminables caminatas que nos dábamos y así se lo hice saber a K. Él se limitó a contestar que si caminábamos era porque teníamos piernas.

Cuando el sol alcanzaba su cénit y el calor se hacía insoportable, nos dábamos un baño, pero en cuanto reemprendíamos la marcha, el sol volvía a golpearnos con fuerza y nos obligaba a avanzar penosamente.

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DESPUÉS DE TODAS AQUELLAS CAMINATAS, la fatiga y el calor terminaron por afectarnos. No es que estuviéramos enfermos, simplemente teníamos la sensación de que el alma nos había abandonado para instalarse en otro cuerpo. Aunque aún hablaba con K con aparente normalidad, sentía que en mí algo ya no iba bien. Tanto nuestra amistad como nuestras diferencias cobraron un matiz especial durante aquel viaje. Quiero decir, supongo, que el sol, el mar, las largas marchas, provocaron que nuestra relación entrase en un plano diferente. Parecíamos dos feriantes que se hubieran conocido por azar en el camino. Por mucho que hablásemos, nunca lo hacíamos sobre temas que exigieran el más mínimo esfuerzo intelectual.

En esas llegamos a Choshi. Allí nos ocurrió algo excepcional, que no he podido olvidar. Antes de dejar la península de Boshu, nos detuvimos en Kominato para visitar la bahía de Tainoura. Aquello pasó hace mucho tiempo, y yo, por aquel entonces, no tenía demasiado interés en esos asuntos, pero creo recordar que aquel era el lugar natal del famoso Nichiren. Al parecer, el día de su nacimiento el mar arrojó dos besugos de la suerte hasta la playa, razón por la cual los pescadores de la zona habían dejado de pescarlos. Por eso son tan abundantes en la zona. Decidimos alquilar una barca y nos hicimos a la mar. Mientras navegábamos, no podía dejar de observar el vaivén de las olas, obnubilado con los besugos púrpuras que nadaban por todas partes. K, en cambio, no parecía en absoluto interesado en lo que hacíamos. Era como si sus pensamientos estuvieran más con Nichiren que con los peces.

En la zona había un gran templo llamado Tanjoji o templo del Nacimiento. K quería visitarlo a toda costa. Al parecer era allí donde había nacido el dichoso Nichiren. También quería aprovechar para hablar con el prior. Después de muchos días de caminata, te imaginarás que teníamos un aspecto de lo más extraño. Pero créeme si te digo que el de K era especialmente singular. Había perdido el sombrero en un golpe de mar y se había comprado uno de bambú como los que usaban los campesinos en el campo. Nuestros quimonos estaban mugrientos y todo sudados. En esas condiciones, yo opinaba que era mejor renunciar a la visita, pero K, que era un terco, me dijo que él iría, y que si yo no quería entrar que lo esperase fuera. Para no discutir lo acompañé hasta la entrada, convencido de que no se iban a dignar a recibirnos. Sin embargo, el prior era un hombre amable. Nos atendió enseguida y nos hizo pasar a una gran sala.

Yo no compartía el afán religioso de K y no presté demasiada atención a lo que hablaban. En cambio, sí que me di cuenta de que K le hacía muchas preguntas sobre Nichiren. Recuerdo bien su cara de desdén cuando el prior le explicó que había sido famoso, entre otras cosas, por su excelente caligrafía. La de K, yo lo sabía, no era especialmente buena. Le dijo al prior que aquello era trivial, que él estaba interesado en cosas más profundas. No sé si el prior satisfizo del todo su curiosidad, pero lo cierto es que cuando nos marchamos se tiró un largo rato hablando con inmenso fervor de Nichiren. Yo tenía mucho calor, estaba exhausto, no tenía ganas de escucharlo, así que me limité a responder lacónicamente a sus afirmaciones. Y al cabo de cierto tiempo, hasta eso se convirtió en un gran esfuerzo. Resolví escucharlo en silencio, me daba igual que siguiera con su discurso hasta el día en que el mundo acabase.

Si no recuerdo mal, fue la noche siguiente a aquel día cuando, después de haber llegado a la pensión, y tras cenar, K me abordó con una serie de cuestiones filosóficas complejísimas. Al parecer, estaba molesto por no haberle hecho caso el día anterior cuando se dedicó a disertar sobre Nichiren. Para él, cualquiera que no tuviera aspiraciones espirituales era un absoluto insensato. Me acusó de frívolo. Por mi parte, el hecho de que todavía tuviéramos pendiente discutir la cuestión de Ojyosan no hacía sino complicar las cosas. Pero yo no podía permanecer indiferente ante sus ataques, así que no me quedó más remedio que defenderme.

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Una respuesta a “Kokoro (IX)

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