Kokoro (X)

Natsume Sōseki

 

 

 

 

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POR AQUEL ENTONCES yo acostumbraba a utilizar a menudo en mis conversaciones la palabra «humano». K estaba convencido de que lo hacía para ocultar mis debilidades. Ahora me doy cuenta de que tenía toda la razón, aunque yo lo hiciera para dejarle claro lo que no me parecía humano en él, para poner en evidencia su frialdad sentimental. No estaba, por tanto, en situación de asumir su crítica con objetividad, y no hacía sino reafirmarme en mis ideas, encerrarme en ellas para defender mi posición. K terminó por preguntarme la razón de que no lo considerase suficientemente «humano». Le expliqué que él me parecía humano, pero que lo que no eran humanas eran sus palabras, y las obligaciones que se imponía. Él, por su parte, me acusó de no tener una moral sólida. Yo sentía lástima por él y no quise seguir con el tema. Parece que a K le ocurrió algo parecido conmigo. Si conociera la vida de los grandes hombres de antaño, puntualizó, no lo atacaría de esa manera. En su voz había una gran carga de tristeza.

¿A quién se refería cuando hablaba de esos «grandes hombres de antaño»? Desde luego, no a guerreros ni a héroes, sino a ascetas que se mortificaban el cuerpo y cumplían penitencia. Él quería que reconociese lo que sufría por haberse embarcado en ese mismo camino.

Finalmente nos quedamos dormidos.

A la mañana siguiente reemprendimos la marcha y a pesar de la fuerza de la costumbre, no pude olvidar la charla de la noche anterior. Me arrepentía de haber perdido la oportunidad de hablarle de lo que en realidad me estaba preocupando, en lugar de enredarme en complicadas disquisiciones sobre lo que era humano y lo que no lo era.

Eran mis sentimientos por Ojyosan los que motivaban toda esa palabrería. Mejor me habría ido compartiendo con él la simple verdad, en vez de enredarme con teorías absurdas, por muy reales que yo creyese que eran. Nuestra amistad se apoyaba en tal medida en bases intelectuales, que no me atrevía a moverla de donde estaba. Es cierto que mi debilidad bien podía atribuirse a la afectación o a la vanidad, aunque en un sentido diferente del que suele entenderse con esas palabras. Solo espero que comprendas hasta qué punto es importante lo que pretendo decir.

Regresamos a Tokio con la piel quemada por el sol. Para entonces, mi estado de ánimo había cambiado considerablemente. Conceptos como «humano» y otras fútiles abstracciones habían desaparecido de mi mente. K, por su parte, ya no daba muestras de ningún tipo de devoción religiosa. No parecía que se complicase ya con cuestiones relacionadas con el espíritu o la carne, como había hecho todo el rato durante nuestro viaje.

Contemplamos el ajetreo de la gran ciudad como dos seres venidos de otro mundo. Nos detuvimos en Ryogoku y, a pesar del calor, encargamos dos raciones de carne de gallo de pelea. Con el ánimo y las energías ya recobradas, K sugirió que siguiéramos a pie hasta la casa en Koishikawa. Como yo era físicamente más fuerte que él, no puse ningún impedimento.

Okusan se asustó cuando nos vio aparecer con aquella facha. No solo estábamos bronceados, sino que habíamos adelgazado considerablemente después de tantos días recorriendo a pie aquellas regiones remotas. De todos modos nos dijo que teníamos mucho mejor aspecto que antes. A Ojyosan le divirtió la reacción de su madre. Antes de que nos fuéramos de viaje, su risa me desagradaba hasta el punto de la irritación, pero ahora me reconocí alegrándome de escucharla de nuevo. Tenía motivos sobrados para sentirme así. He de reconocer que llevaba mucho tiempo sin ser tan feliz.

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HABÍA ALGO MÁS, SIN EMBARGO. No se me pasó por alto que la actitud de Ojyosan había cambiado. Las dos mujeres nos dedicaron una atención especial a fin de que recuperásemos la normalidad después de un viaje tan agotador, pero ella en concreto parecía prestar más atención a K que a mí. Ahora puedo reconocer que, de haber sido evidente, me habría sentido incómodo, incluso irritado, pero ella era todo decoro, todo sutileza, lo que me provocaba una enorme felicidad. K, por su parte, seguía tan ausente y despreocupado como de costumbre y yo en mi interior ya cantaba victoria.

El verano acabó y a partir de mediados de septiembre retomamos las clases. Nuestro horario nos obligaba a salir y llegar a casa a diferentes horas. Tres días por semana yo regresaba más tarde que K, sin embargo no notaba que Ojyosan hubiera regresado. Al verme entrar, K se daba la vuelta y me preguntaba como siempre: «¿Ya estás de vuelta?». Mi respuesta, invariablemente, era igual de maquinal y vacía de significado.

Debió de ser a mitad de octubre. Un buen día me levanté más tarde de lo normal y en lugar de cambiarme, salí a toda prisa con la ropa japonesa que solía llevar puesta en casa. En lugar de perder tiempo atándome los cordones de los zapatos, me calcé las geta a la carrera. Era uno de los días que me tocaba volver a casa antes que K. Sin embargo, al llegar, abrí la puerta de la entrada con la idea de que aún no estaba allí y al instante escuché su voz. También la risa de Ojyosan. No tenía que demorarme con los zapatos, así que entré directamente y abrí la puerta que daba a nuestras habitaciones. K estaba sentado como de costumbre en la mesa. Ojyosan, en cambio, ya no estaba allí. Solo alcancé a ver un fugaz movimiento, evidencia de su precipitada huída. K me preguntó por qué volvía tan temprano. Mentí y me limité a decirle que no me encontraba bien y que había decidido no ir a clase.

Nada más sentarme apareció Ojyosan con una bandeja de té. Me saludó. Yo no era la clase de hombre capaz de preguntar sin más por qué acababa de salir corriendo. En lugar de eso, el asunto se enquistó dentro de mí. Al poco se levantó y salió. Se detuvo un instante en la habitación de K para intercambiar unas palabras con él, como si continuasen su charla de un rato antes en realidad, pero como no sabía de qué se trataba, no llegué a entender qué se decían.

Con el tiempo, Ojyosan empezó a comportarse con mayor desenfado con él. Aunque ya estuviéramos los dos en casa, iba por el engawa hasta la habitación de K y lo llamaba por su nombre. Entraba, se acomodaba, y entablaba conversación con él, a veces con la excusa de llevarle el correo o la ropa limpia. Es decir, hacía la clase de cosas que se suponen normales entre personas que viven bajo un mismo techo. Pero mi obsesivo deseo de acapararla me hacía ver fantasmas que no existían. Llegué a pensar incluso que elegía ese camino para evitar pasar por mi cuarto.

Te preguntarás por qué no le pedí a K que se marchara de la casa. Recordarás que fui yo quien insistió para que se mudara con nosotros. Pedirle que se fuera hubiera sido como renunciar al propósito que me llevó a hacerlo. No habría tenido ningún sentido.

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ERA UN DÍA FRÍO Y LLUVIOSO DE NOVIEMBRE. Volvía a casa empapado por el camino de siempre, que pasaba frente al templo de Konniaku Enma. Si iba por allí, solamente tenía que subir después por la cuesta y aparecía justo delante de la puerta de casa. La habitación de K estaba vacía, pero vi que acababan de encender el brasero. Corrí a mi cuarto, impaciente por calentarme las manos, que traía heladas, pero cuando las arrimé a mi brasero descubrí que en él tan solo quedaban las frías cenizas de la noche anterior. Mi ánimo se ensombreció de golpe.

Okusan me había oído y vino a saludarme. Al verme allí de pie empapado en medio de la habitación, se compadeció de mí y me ayudó a quitarme la ropa mojada y a ponerme el quimono que solía llevar en casa. Me quejé del frío que tenía. Muy atenta, arrastró el brasero de la habitación de K hasta la mía. Le pregunté si ya había vuelto K. Me dijo que sí, pero que se había tenido que volver a marchar. Me extrañó, porque era uno de los días en los que debía volver después que yo. Okusan sugirió que quizá tuviera algún asunto que atender y que por eso había regresado antes.

Decidí sentarme un rato a leer. La casa estaba sumida en el silencio. Al cabo de un rato, el frío del inminente invierno, mezclado con aquel desolado silencio, terminaron por apoderarse de mí. Sentí la necesidad de salir a dar un paseo para ver gente, un poco de animación. Sin pensarlo dos veces, dejé el libro boca abajo y me levanté. Había escampado, aunque el cielo seguía plomizo. Por si acaso, me llevé un paraguas y tras salir de casa caminé hacia el este junto a la tapia de una fábrica de armas.

En aquella época las calles aún no estaban pavimentadas y las cuestas eran mucho más pronunciadas de lo que son ahora. Todo era más sinuoso, y apenas había calles rectas y ordenadas, como hoy en día. A medida que uno descendía hacia el valle, los altos edificios ocultaban el sol y como las canalizaciones eran muy deficientes, era habitual que las calles se convirtieran en ciénagas. La zona más afectada solía ser la que quedaba entre un estrecho puente de piedra y la calle Yanagi-cho. Por mucho que uno llevara geta o botas de lluvia, había que caminar con sumo cuidado para no ponerse perdido con el barro. Todo el mundo se veía obligado a transitar por el centro de la calle, porque, al estar más elevado, solía encontrarse relativamente más seco. Aquel sendero no tendría más de treinta centímetros de ancho, y era tan estrecho como el cinturón de un quimono. Solo se podía caminar por él en fila de a uno. Y ahí precisamente fue donde me topé con K. Concentrado en dónde ponía los pies, no lo vi hasta que casi nos chocamos el uno con el otro. Solo al levantar la vista del suelo para ver quién me impedía pasar, vi que era él.

Le pregunté de dónde venía. Me dijo, tan secamente como de costumbre, que había salido a dar un paseo. Nos apartamos un poco para dejarnos paso a través de aquella estrecha franja transitable. Fue en ese instante cuando me di cuenta de que había alguien a su espalda. Era una joven. Soy bastante miope y no me había dado cuenta antes, pero en el momento en que pude verla de cerca comprobé asombrado que se trataba de Ojyosan.

Me saludó, ligeramente sonrojada. Estaba de moda entonces que las chicas se recogieran el pelo en un moño. Me quedé paralizado, sin poder apartar la vista de su pelo recogido. Al final caí en la cuenta de que uno de los dos debía ceder el paso al otro. Sin dudarlo, metí el pie en el barro para dejarla pasar.

Cuando finalmente llegué a Yanagi-cho, ya no sabía a dónde ir. Cualquier sitio donde fuera me resultaba igual de sombrío. Caminé un rato más, con un humor de perros. No me preocupaban ya el barro ni las salpicaduras en mi quimono. Y así regresé a casa.

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LE PREGUNTÉ A K SI HABÍA SALIDO CON OJYOSAN. Dijo que no, que se habían encontrado en Masago-cho y habían decidido volver juntos. No cabía preguntar mucho más, pero durante la cena le hice a Ojyosan la misma pregunta. Ella se rió de aquella forma que tanto me irritaba y me retó a que lo adivinara. No había dominado todavía mi susceptibilidad, por lo que su desafío me molestó sobremanera. Okusan fue la única persona en la mesa que se dio cuenta de lo que ocurría. K parecía totalmente absorto.

No sabía si Ojyosan quería reírse de mí o si solo se trataba de un juego inocente. Era bastante directa, a pesar de su juventud, aunque admito que había otros rasgos de su carácter, típicos de las jóvenes, que también me molestaban. Hasta que K no se trasladó a la casa no me percaté de ello y no sabía si achacarlo a los celos o a las mañas que se gastaba conmigo. No puedo negar que me comían los celos. Era evidente que estaban ahí, acentuados por mi amor hacia ella. La cosa más insignificante, algo inapreciable para cualquiera, era para mí motivo de irritación.

Puede que esto se aleje un poco del tema, pero creo que los celos son necesarios para que el amor se afiance. Son como la cara oculta de ese mismo sentimiento. He de decir que desde que me casé, esas pulsiones se han calmado, pero al mismo tiempo reconozco que hace tiempo que ya no siento aquella fiera pasión del amor.

Pensé que había llegado el momento de armarme de valor, de empezar a dejar claro lo que sentía por ella. Y cuando hablo de «dejar claro», me refiero a Okusan, no a su hija. Estaba decidido a discutir con la señora los términos del matrimonio, y sabía que era fundamental pedir formalmente su mano. Sin embargo, pasaron los días y no acababa de reunir el aplomo suficiente para hacerlo. Seguro que piensas que soy un indeciso, pero no me importa. Mi incapacidad para actuar no nacía de una supuesta falta de voluntad mía. Antes de que K entrara en escena, cualquier movimiento quedaba bloqueado por el miedo a que me engañaran, como ya me había ocurrido antes. Después de su llegada, lo que en realidad me paralizaba era la sospecha de que Ojyosan lo amaba en realidad a él, y no a mí. Así que, en caso de que aquello fuera cierto, no tenía ningún sentido que le declarase mi amor.

Tampoco era por temor a sentirme humillado. Simplemente no quería casarme con una mujer cuyo corazón pertenecía a otro hombre. Muchos se contentarían con casarse con la mujer que desean, fueran luego correspondidos o no, pero para mí ese tipo de hombres no son más que unos cínicos moldeados por los convencionalismos, ciegos a la verdadera naturaleza del amor. No me convencía en absoluto esa antigua idea de que las mujeres, una vez casadas, se acomodan pase lo que pase a su marido. La pasión que yo sentía era difícil de contener. En una palabra, por aquel entonces era un romántico convencido de la nobleza del amor, y al mismo tiempo un ser torpe e indeciso.

Como es natural, durante el tiempo que vivimos bajo el mismo techo se me plantearon muchas oportunidades para declararme, pero siempre las dejé pasar. Las férreas costumbres de la cultura japonesa actuaban como impedimento, era consciente de ello. Sin embargo, no era solo eso lo que me frenaba. Tenía asumido que en una situación así, las chicas jóvenes en especial carecían del valor necesario para ser francas y honestas. No podía, por tanto, esperar de ella una respuesta sincera.

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AQUELLA SITUACIÓN me tenía totalmente paralizado. Quizá conozcas la sensación de cuando estás enfermo, postrado en la cama y te sientes incapaz de mover los brazos o las piernas. Así era como me sentía yo a pesar de que nadie a mi alrededor parecía darse cuenta.

El año terminó y dio paso a la primavera. Un día Okusan propuso a K que invitase a algunos amigos a jugar a hyakunin isshu. «No tengo amigos», contestó él. Y era cierto. No había nadie en la vida de K a quien él pudiera considerar un verdadero amigo. Como mucho tenía conocidos, con los que charlaba un rato si se encontraban, pero no era la clase de gente a la que nadie pudiera invitar a pasar la tarde. Okusan me miró y me preguntó si yo conocía a alguien. Yo no estaba de humor para entretenimientos. Le di una respuesta elusiva.

Cuando se hizo de noche, sin embargo, Ojyosan nos arrastró a todos a jugar. Como éramos solo cuatro el juego fue tranquilo. Poco acostumbrado a frivolidades, K no salió de su mutismo y se mostró igual de distante que siempre. Le pregunté si conocía alguno de los poemas a los que hacía referencia el juego. Contestó en tono seco que no. Ojyosan debió de interpretar mi pregunta como una especie de humillación y entonces, inopinadamente, se puso de parte de K y al final los dos terminaron por hacer frente contra mí. Habríamos llegado a las manos de no ser porque K mantuvo en todo momento la misma actitud de indiferencia. Fue su impasibilidad lo que permitió acabar la partida sin mayores incidentes.

Debió de ser dos o tres días más tarde. Madre e hija se marcharon a visitar a unos parientes que vivían en Ichigaya. Las clases aún no habían empezado, y nos quedamos a cargo de la casa. Recuerdo que no tenía ganas de leer ni de salir a dar un paseo, así que, en lugar de eso, dormité con los codos apoyados en el borde del brasero y la cara apoyada en las manos. En la habitación de K tampoco se oía ni una mosca. Parecía como si cada uno de los dos estuviéramos solos. En realidad, no era una situación tan rara entre nosotros.

A eso de las diez la mañana, K descorrió la puerta que comunicaba nuestras habitaciones y se plantó delante de mí. Me preguntó en qué pensaba. En realidad, yo no pensaba en nada en concreto. O más bien estaba con mis preocupaciones habituales, Ojyosan y su madre. Porque la señora era una parte esencial en aquel laberinto, por supuesto. Y la tardía implicación de K había venido a ponerlo todo aún más difícil entre nosotros tres. Aquel era un obstáculo que debía salvar fuera como fuera, pero a pesar de que en ese momento lo tenía justo enfrente, me sentí incapaz de decirle nada. Me limité a mirarlo en silencio. K vino hacia mí y se sentó junto al brasero. Levanté los codos y se lo acerqué suavemente.

Y, algo bastante extraño en él, retomó la conversación conmigo. Me preguntó si sabía a qué parte de Ichigaya habían ido las mujeres. Según tenía entendido, a casa de una tía, le dije yo. «¿Qué tía?» insistió él. Era la mujer de un oficial del ejército. «¿Y por qué han ido a visitarla tan pronto? Lo normal es que las mujeres empiecen con las visitas de Año Nuevo a partir del quince de enero». No supe qué responderle.

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K NO PARABA DE PREGUNTARME a todas horas sobre Okusan y su hija. Me preguntaba incluso por cuestiones personales que no sabía responderle. No me sentía molesto, pero reconozco que sí muy sorprendido. Había una enorme distancia entre su habitual indiferencia cuando era yo quien hablaba de ellas y cuando lo hacía él. No pude evitar preguntarle a qué se debía aquel repentino interés por las dueñas de la casa, y de inmediato se quedó callado. Sin embargo, los labios le temblaban. No era un hombre de grandes discursos, pero cuando hablaba, gesticulaba sin parar. Y no hablaba mucho, así que las palabras que escogía siempre parecían pesar más de lo normal. Una vez que la voz le salía del cuerpo, siempre parecía el doble de potente que la del resto de las personas.

Lo miré. Supe que iba a decir algo, pero no sabía qué. Podrás imaginar mi aturdimiento cuando confesó que amaba apasionadamente a Ojyosan. Me quedé petrificado, como si sus palabras fuesen mensajeras de un terrible encantamiento. Me sentí incapaz incluso de abrir la boca.

Todo mi ser se contrajo y se redujo a apenas dos cosas: terror y sufrimiento. Me quedé rígido de pies a cabeza, como un bloque de acero. Tan inmóvil que apenas podía respirar. Por fortuna, esa sensación pasó pronto. De nuevo experimenté el sentimiento de estar vivo. Pero esta sensación vino también acompañada de un profundo reproche. «Se me ha adelantado», pensé.

No sabía qué debía hacer a partir de ese momento. Sencillamente, estaba demasiado nervioso como para pensar con claridad. Lo único que acerté a hacer fue quedarme allí parado, sudando copiosamente por las axilas. K, mientras tanto, continuó con su confesión. De vez en cuando se tomaba un respiro como intentando encontrar las palabras adecuadas. Yo, entre tanto, me sentía al borde del colapso nervioso. Tenía la impresión de que mi angustia se reflejaba en la expresión de mi cara, como si llevara una llamada de socorro tatuada en la frente. Incluso K tuvo que darse cuenta, pero estaba tan concentrado en sí mismo que era incapaz de apreciar nada en mí. No varió en ningún momento su tono, casi meditativo. Había en él algo de opacidad. Lo escuchaba y no dejaba de preguntarme: «¿Qué digo yo ahora? ¿Qué debo hacer?». Apenas entendía los detalles de su discurso. Su sentido general, en cambio, me golpeó en lo más profundo de mi ser. Un dolor que se confundía con el pánico a reconocer que, en efecto, K era más fuerte que yo. No dije nada cuando concluyó. Mi silencio no era producto de la duda sobre si era mejor confesar mis sentimientos o no. No pensaba en mis intereses. Sencillamente no podía decir nada, como si me hubiera abandonado todo deseo o capacidad de hablar.

A la hora de comer nos sentamos a la mesa el uno frente al otro. La criada nos sirvió y jamás nada me ha resultado tan insípido. Apenas intercambiamos una palabra. No teníamos ni idea de cuándo volverían Okusan y su hija.

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VOLVIMOS A ENCERRARNOS en nuestros respectivos cuartos y no salimos en toda la tarde. K se escondió en su mutismo, como había hecho yo por la mañana. Me sumergí en mis pensamientos, convencido de que debía haber abierto mi corazón, de que había perdido la oportunidad de desvelar todo lo que sentía. No decir nada había sido una terrible equivocación. Lo vi claro. Debería haber contraatacado, habría debido abrirme a él con toda franqueza. Sin embargo, ya era tarde para decir nada después de escuchar su confesión. No sabía cómo sacar el tema y los remordimientos empezaban a atormentarme.

Deseé que K abriese la puerta de nuevo, que entrase en mi habitación con el mismo impulso de antes y que pudiéramos hablar. Aquella mañana me había pillado desprevenido, pero ahora estaba totalmente preparado. Anhelaba recuperar mi ventaja perdida. De vez en cuando levantaba la vista y miraba la puerta. Pero no se abría. K permanecía en silencio, al otro lado.

Tanta calma terminó por afectarme. ¿En qué estaría pensando K en su alcoba? Esa pregunta llegó a obsesionarme. Lo normal era que no hablásemos cuando estábamos en nuestros respectivos cuartos y K, además, era más callado que yo. Yo, por mi parte, tenía tendencia a olvidarme de que estaba allí. Sin embargo, en ese estado cercano a la locura y a pesar de aquella necesidad que tenía de enfrentarme a él, era incapaz de tomar la iniciativa, de abrir la puerta y hablarle. Lo único que podía hacer era esperar su próximo movimiento.

Al final no pude resistirlo más. Cuanto más me obligaba a permanecer quieto, más me urgía la necesidad de levantarme. Para no pasar por su cuarto, solo podía salir por el engawa. Fui hasta el cuarto de estar y me serví una taza de té. Después me acerqué a la entrada evitando el cuarto de K y cuando me quise dar cuenta estaba en la calle. Sabía que no tenía ningún sitio al que ir, pero necesitaba moverme, no quedarme quieto. Caminé sin rumbo por las calles engalanadas para el Año Nuevo. No podía sacarme a K de la cabeza. En realidad no quería hacerlo. Rumiaba sin descanso lo ocurrido, como si aún estuviera frente a mí.

Por encima de cualquier otra consideración, estaba desconcertado. ¿Por qué se había confesado conmigo como lo había hecho? ¿Por qué había crecido su amor por Ojyosan hasta el extremo de sentirse obligado a abrirse a mí? ¿Dónde estaba mi amigo K, el K de siempre, el que yo conocía desde la infancia? No entendía nada. Las respuestas se me resistían. Sabía lo firme que era su voluntad, lo honesto que podía llegar a ser mi amigo, pero tenía que considerar más cosas antes de decidir qué actitud tomar. La sola idea de volver a tener trato con él me repugnaba. Y así, mientras caminaba ensimismado por la ciudad, la cara de K se me aparecía y escuchaba una voz que me decía que por mucho que anduviera jamás podría alejarlo de mí. Sentí que me impulsaba una fuerza misteriosa. Llegué a pensar que K me había lanzado un conjuro para dominarme.

Exhausto, regresé a casa. El cuarto de K continuaba sumido en el silencio, como si no hubiera nadie dentro.

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POCO DESPUÉS DE VOLVER, escuché que un rickshaw se acercaba por la calle. En aquel entonces, las ruedas de los carruajes aún no estaban cubiertas de caucho como ahora, por lo que el ruido se escuchaba desde muy lejos. El vehículo se detuvo delante de la puerta.

Aproximadamente media hora más tarde me avisaron para que fuera a cenar. Vi que la señora y su hija habían dejado, a su llegada, sus coloridos quimonos de gala en la habitación contigua a la mía. Disculpándose, Okusan explicó que se habían dado toda la prisa posible para volver a casa a tiempo y preparar la cena. Su consideración, en cambio, no provocó ninguna reacción en K. Tampoco en mí. Durante la cena, mis respuestas fueron breves, más bien secas, como si cada palabra me molestase. K, por su parte, se mostraba aún más taciturno que yo. A las dos mujeres se las veía de lo más animadas después de su salida, quizá por lo poco acostumbradas que estaban a ellas, lo cual contrastaba aún más con nuestra actitud sombría.

Okusan se dio cuenta de lo callado que estaba y me preguntó qué ocurría. Le expliqué que no me sentía muy bien esa noche. No era más que la pura verdad. Ojyosan le hizo la misma pregunta a K. Su contestación, sin embargo, fue muy distinta. Simplemente le dijo que no tenía ganas de hablar. «¿Por qué no?» insistió ella. Movido por un impulso repentino, levanté los ojos y miré a mi amigo directamente a la cara, impaciente por escuchar su respuesta. Sus labios temblaban como habían hecho un rato antes. Cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que no sabía qué decir. Ojyosan se rió. Le dijo que seguramente estaba ocupado con esos abstrusos pensamientos suyos. K se sonrojó.

Esa misma noche me acosté antes de lo normal. Okusan me llevó una sopa a la habitación. Parecía preocupada por mí. Serían las diez. A pesar de que estaba a oscuras, descorrió ligeramente la puerta y miró al interior. Un haz de luz de la lámpara del cuarto de K se coló en el interior. Él aún debía de estar despierto. Okusan se sentó junto a mi almohada. Dejó el cuenco a mi lado y me pidió que tomara la sopa. «Esto te calentará. Seguro que te has enfriado», dijo. Me tomé aquel líquido espeso de mala gana mientras ella me observaba.

Me quedé tumbado en la oscuridad dándole vueltas a todo lo que había pasado durante el día. Y a pesar de que no pude conciliar el sueño hasta bien entrada la noche, no llegué a ninguna conclusión. En determinando momento, me pregunté qué estaría haciendo K. Lo llamé en voz alta, sin saber bien lo que hacía. Él respondió de inmediato. También estaba despierto. «¿Aún no te has acostado?», le pregunté desde el otro lado de la puerta. En esa ocasión no hubo respuesta. Al cabo de cinco o seis minutos escuché como abría la puerta del armario para sacar el futón y extenderlo en el suelo. Le pregunté la hora. Era más de la una. Escuché como apagaba la lámpara con un soplido. La oscuridad y el silencio se abatieron sobre la casa.

Sumergido en las sombras, me notaba cada vez más desvelado. Sin pensarlo volví a llamar a K. De nuevo él respondió. Terminé por confesarle que me gustaría hablar de nuevo sobre lo que me había dicho por la mañana. Lógicamente, no tenía intención de mantener semejante conversación tras la puerta y esperé su respuesta. A pesar de la rapidez de sus anteriores réplicas, ahora parecía resistirse. «Bueno…», terminó por decir con una voz grave. Una vez más me invadió el pánico.

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LA EVASIVA RESPUESTA DE K tuvo un reflejo inequívoco en su actitud de los siguientes días. No dio señal alguna de querer sacar el tema de nuevo, si bien tampoco tuvo una oportunidad clara de hacerlo. No podríamos sentarnos a discutir el asunto tranquilamente a menos que las dos mujeres se marcharan. Era perfectamente consciente de ello y a pesar de todo me irritaba. Esperaba el siguiente movimiento de K, pero cambié de opinión y decidí ser yo el primero en hablar tan pronto como tuviera oportunidad de hacerlo.

Observaba a Okusan y a su hija en silencio, sin perder detalle de su comportamiento. Sin embargo, no detecté nada fuera de lo normal. Su actitud no había cambiado en nada, por lo que deduje que K solo se había confesado conmigo. Aún debía revelar sus sentimientos a Ojyosan y a su atenta guardiana. Respiré aliviado. Así las cosas, sería mejor esperar a que se presentara por sí sola la oportunidad de hablar yo, en lugar de tomarme tantas molestias. Decidí aparcar el asunto y dejar que las cosas siguieran su curso natural.

Dicho así, puede que parezca fácil, pero en el proceso de llegar a esa conclusión, me vi sumido en infinidad de altibajos emocionales, como llevado por una caprichosa marea. Observaba a K, su impasibilidad, atribuyéndole distintos significados. No dejaba de preguntarme si lo que hacían y decían Ojyosan y su madre reflejaba la verdad de sus corazones. Ese delicado y complejo mecanismo que es el corazón humano, ¿puede acaso ofrecer una lectura clara, unívoca, como el de las manecillas de un reloj? Un día interpretaba las cosas en un sentido, al día siguiente en otro. Mi proceso emocional era convulso en extremo, y eso me llevó, finalmente, a tomar una decisión, aunque esta no reflejara con fidelidad lo que en verdad deseaba, lo que sentía.

Entre tanto, volvieron a comenzar las clases. Los días en los que nuestros horarios coincidían, K y yo salíamos juntos de casa y si nos convenía, también volvíamos juntos. A ojos de un extraño parecíamos igual de amigos que siempre. Sin embargo, cada uno por su lado albergaba sus propios sentimientos respecto al otro. Un día caminábamos juntos y, por fin, decidí pasar a la ofensiva. Sabiendo que su respuesta determinaría mi comportamiento a partir de aquel instante, le pregunté a K si solo me había contado a mí lo que sentía por Ojyosan, si acaso no se lo había dicho ya a ella y a su madre. Él me aseguró que aún no había hablado con nadie, aparte de mí. Recuerdo que sentí un enorme alivio. Mis sospechas quedaron confirmadas. Sabía que uno de sus peores puntos débiles era su dejadez, pero también sabía que yo no era rival para su coraje. Aun así, por extraño que pueda parecer, todavía confiaba en él. A pesar de haber mentido a su familia adoptiva en lo relativo a sus estudios durante tres años, que yo supiera, a mí nunca me había engañado. De hecho, precisamente era por eso por lo que confiaba ciegamente en él. Esto es, a pesar de mi natural suspicacia, no tenía motivo para dudar de la honestidad de su respuesta.

Le pregunté qué pensaba hacer con ese amor que sentía por Ojyosan. ¿Tenía intención de dar los pasos necesarios para lograr sus objetivos, o la cosa se iba a quedar en una mera confesión privada? No respondió. Agachó la cabeza y siguió caminando en silencio. Le rogué que no me ocultase nada, que compartiese conmigo todos sus pensamientos, todos sus sentimientos. No tenía necesidad de esconder nada, dijo, pero no se molestó en explicar nada más. Y yo no podía pararle en mitad de la calle para exigirle que concretara. No me quedó más remedio que dejar las cosas como estaban.

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40

HACÍA TIEMPO QUE NO IBA A LA BIBLIOTECA de la universidad. Mi tutor me había pedido que consultase algunos textos relacionados con mi especialidad y me había dado de plazo hasta la semana siguiente. Me senté en el extremo de una mesa corrida de considerable longitud, sintiendo cómo el sol que se colaba por la ventana me acariciaba la piel. Me puse a hojear unas revistas extranjeras que acababan de llegar, pero no encontré lo que buscaba. Me levanté un par de veces, en busca de más material, hasta que al final di con el texto que me hacía falta. De inmediato me concentré en la lectura. De repente, noté que alguien que estaba sentado al otro extremo de la mesa me llamó por mi nombre. Levanté los ojos y vi a K. Se aproximó hacia mí y se inclinó hasta que nuestras caras casi se tocaron. No estaba permitido hablar dentro de la biblioteca, por lo que su gesto era perfectamente normal. Sin embargo, había algo extraño en él, que me escamó. Me preguntó en voz baja si estudiaba. Le expliqué que solo estaba buscando unos datos que me hacían falta. Su cara estaba cada vez más cerca de la mía. Me preguntó si quería salir a dar una vuelta y le pedí que me diera un minuto. Se sentó a esperarme en el asiento que había justo enfrente del mío, y a partir de aquel momento ya no pude concentrarme en la lectura. No podía apartar de mi mente la idea de que había ido allí, a la biblioteca, ex profeso, para decirme algo importante. Entonces dejé la revista boca abajo y me levanté. Se extrañó de que terminase tan pronto, pero le dije que daba igual. Volví a colocar la revista en la estantería y salimos juntos a la calle.

Caminamos sin destino concreto, por Tatsuoka-cho hacia Ikenohata hasta llegar al parque de Ueno. Una vez allí, no esperó más para desvelar lo que tenía que decir. Me habló de Ojyosan. Obviamente, era ese el propósito de su invitación. Sin embargo, después de lo que me había dicho, no había señales de que hubiera tomado ninguna decisión.

«¿Qué te parece?» Su pregunta no pudo ser más imprecisa. Quería conocer mi opinión ahora que sabía de su enamoramiento. En otras palabras, me pedía consejo sobre qué actitud tomar. Lo que más me chocaba era la enorme diferencia entre su conducta de entonces y la que había mostrado hasta ese momento. Debo aclarar que él no era de los que temían las opiniones de los demás, como ocurre con la mayoría de la gente. Si creía en algo, lo perseguía con determinación y audacia hasta que lograba hacerse con ello. Era consciente de ello desde que tuvo problemas con su familia. Aquella pregunta, por tanto, concordaba poco con su carácter.

No pude evitar preguntarle por qué de repente era tan importante mi opinión para él. K respondió en un tono abatido, también bastante impropio de él. Me dijo que se avergonzaba de su debilidad. Estaba perdido. De un tiempo a esta parte, ni siquiera se entendía a sí mismo. Por eso quería que le diera mi opinión sincera. No entendí qué quería decir con que se sentía perdido, y le pedí que me lo explicase antes de continuar. Me dijo que no sabía si seguir adelante o si dar marcha atrás en su empeño. «¿Acaso puedes retroceder?», le pregunté yo. Por un instante se quedó sin palabras hasta que acertó a decir: «Siento tanto dolor, tanta angustia…».

Su aspecto era el de una persona atenazada por el sufrimiento. De no haber sido Ojyosan la causa de su dolor, lo habría consolado de buena gana. Mis palabras habrían tenido el mismo efecto balsámico que las gotas de lluvia sobre un suelo reseco. No dudo de que he nacido con esa capacidad innata para compadecerme por los demás, pero en esa ocasión no me sentía dentro de mi propia piel.

(Continuará…)

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