Kokoro (XI)

Natsume Sōseki

41

OBSERVABA A K CON LA MISMA CAUTELA que habría observado a un contrincante de kendo que perteneciera a una escuela diferente. Mis ojos, mi corazón, cada molécula de mi cuerpo estaban alerta, en guardia para enfrentarme a él, pertrechado con todas mis armas. En su inocencia, K se mostraba ante mí completamente desprovisto de coraza alguna. No era tanto que existiera una mala defensa por su parte, sino una absoluta vulnerabilidad, como si me hubiera entregado los planos de la fortaleza que debía proteger y me diera todo el tiempo del mundo para examinarlos con detalle.

Comprendí que se había perdido en una trampa que lo obligaba a optar entre la realidad y sus ideales. Sabía que, si quería, podía derribarlo de un único golpe. Sin apartar la vista de mi objetivo, avancé inexorable. No era solo una táctica por mi parte, era una reacción natural de mis sentimientos. No tenía motivos para sentirme ridículo o avergonzado. Con toda solemnidad le dije que toda persona que careciera de voluntad de crecer espiritualmente no era más que un idiota.

En realidad repetí, palabra por palabra, una frase suya de cuando estuvimos de viaje en Boshu. Mi dardo envenenado iba acompañado del mismo tono de voz que usó él entonces. Sin embargo, no lo hice con ánimo de venganza. Confieso, eso sí, que en mi actitud había más crueldad que otra cosa. Con esas palabras lo único que buscaba era frustrar la posibilidad de amor que se abría ante él.

K se había criado en el seno de una familia perteneciente a la secta budista de la Tierra Pura. En su religión, se animaba a sus miembros a casarse muy jóvenes. Sin embargo, pronto se alejó de las enseñanzas de su escuela. Yo no me sentía muy capacitado para hablar de cuestiones como esa, lo admito, incluso era incapaz de diferenciar las distintas sectas. Sí sabía, en cambio, cómo funcionaban las cosas entre hombres y mujeres. A K le gustaba hablar de cosas como «el esfuerzo y la abstinencia». Con ello se refería al estricto control de las pasiones. Lo que me sorprendió fue descubrir que el verdadero significado de esa expresión iba más allá. Para él, la idea fundamental era sacrificarlo todo y seguir el «camino verdadero». El amor, aunque desprovisto de deseo carnal, era un obstáculo en ese camino. Cuando aún no vivíamos juntos, solía escuchar a menudo sus opiniones. Por aquel entonces yo ya estaba enamorado de Ojyosan y no podía evitar oponerme a lo que decía. Cuando le contradecía, inevitablemente adoptaba una expresión que tenía que ver más con el desdén que con la compasión.

Acababa de devolverle el golpe, y lo había hecho con sus mismas armas. Tenía que haberle dolido de verdad, pero como ya te he dicho antes, no pretendía derribar los cimientos de su filosofía. Muy al contrario, mi intención era que siguiera esforzándose en hacerlo. Me daba igual si llegaba a tocar el cielo o si al final terminaba encontrando su camino verdadero. Mi mayor temor era que abandonase sus creencias y que ello lo hiciese chocar con mis intereses. En otras palabras, actuaba por puro egoísmo. Volví a decírselo: «Quien no tiene voluntad de crecer espiritualmente es un idiota». Otra vez. Esperé el efecto de mis palabras.

Terminó por confesar que sí, que se sentía un idiota. Se quedó inmóvil con la vista clavada en el suelo. Me asusté. Tuve miedo. Sentí que mi amigo se agazapaba como un ladrón al acecho, dispuesto a saltar sobre mí en cualquier momento. Enseguida me di cuenta, en cambio, de que no había peligro alguno. No le salía la voz del cuerpo. Quise leer la expresión de sus ojos, extraer alguna conclusión. No levantó la cabeza hasta que reemprendió la marcha.

.

42

CAMINÉ A SU LADO A LA ESPERA de lo que pudiera decir a continuación, aunque mi actitud era más la de un predador al acecho de una víctima a la que había pillado desprevenida. No obstante, me pesaba la educación que me habían inculcado mis padres, como si alguien me susurrara al oído: «eres un cobarde». De haber sido cierto eso, habría reaccionado, me habría comportado como siempre. Si ese alguien hubiera sido K, confieso que me habría sonrojado. Pero K era demasiado honesto como para reprocharme nada, tenía un corazón demasiado puro, era demasiado bueno. En la ceguera del momento, sin embargo, no fui capaz de reconocerle sus virtudes. En lugar de eso, me serví de ellas para derrotarlo.

Al cabo de un rato, K se dirigió a mí por mi nombre. Me detuve. Lo miré directamente a los ojos. Era más alto que yo, así que tuve que levantar la vista. Mi corazón, en cambio, era el de un lobo agazapado esperando a saltar sobre una oveja.

«Dejemos ya ese asunto», dijo al fin. En su mirada, en su voz, se notaba el sufrimiento. No contesté. «Por favor, déjalo ya», rogó encarecidamente.

Mi respuesta no pudo ser más cruel. Me lancé a su cuello: «No he sido yo quien ha sacado el tema, ya lo sabes. Si quieres dejarlo todo, de acuerdo, aunque no le veo el sentido. Has decidido poner punto final al asunto en tu corazón. ¿Qué pasa entonces con esos principios tuyos? ¿En qué lugar queda tu moral?»

Al oír mis propias palabras tuve la sensación de que mi amigo se empequeñecía ante mis ojos. Como ya te he dicho, era increíblemente obstinado y testarudo a pesar de ser lo suficientemente honesto como para reconocer sus contradicciones. Al verlo tan abatido, pude al fin suspirar aliviado, pero de pronto exclamó: «¿Voluntad?». Antes de que pudiera decir nada repitió: «¿Voluntad…? Por supuesto que tengo voluntad». Hablaba como si hubiera entrado en trance.

Nuestra conversación llegó a un punto muerto. Caminamos en silencio en dirección a casa. Era un día relativamente cálido y sin viento a pesar de que estábamos en pleno invierno. Sin embargo, los árboles del parque, desnudos de hojas, tenían un aspecto desolado. Contemplé los últimos brotes de los cedros maltratados por las recientes heladas, apuntando contra un cielo oscuro. Una corriente de frío me recorrió la espalda. En la penumbra del ocaso, descendimos por la colina de Hongo hasta Koishikawa. Solo entonces volví a sentir un calor que brotaba de nuevo de mi cuerpo.

En el camino de regreso a casa, apenas hablamos, acuciados por la prisa. Cuando nos sentamos a la mesa para la cena, Okusan quiso saber dónde habíamos estado hasta tan tarde. Le expliqué que K me había invitado a dar un paseo y habíamos llegado hasta Ueno. «¿Con este frío?», se sorprendió la señora. Ojyosan preguntó por qué nos habíamos ido tan lejos. «Por nada en concreto», le respondí. «Solo queríamos dar un paseo». Taciturno como siempre, K hablaba aún menos de lo habitual. Ni siquiera reaccionó a las zalamerías de Okusan ni a las sonrisas de su hija. Engulló su cena maquinalmente y se retiró a su cuarto mucho antes de que yo me levantara de la mesa.

.

43

ERA LA ÉPOCA ANTERIOR a que los modernos hablasen, y lo harían hasta la saciedad, del «nuevo despertar» o de la «nueva vida». Si K no había abandonado su antiguo ser para adoptar uno nuevo que partiera a la búsqueda de nuevos horizontes vitales, no era porque careciera de ideas modernas, sino porque estaba muy arraigado en un pasado que consideraba sagrado y del que no podía desprenderse con facilidad. De hecho, constituía su verdadera razón para vivir. Si no se lanzaba tras el objeto de su amor no era por que careciera de la suficiente pasión. Más allá del ardor que sintiera, lo cierto era que estaba paralizado, poseído por la contemplación del pasado. No le quedaba más remedio que transitar el camino dictado por ese pasado. Era terco y paciente como ya no lo es la gente de hoy en día. En ese aspecto concreto lo conocía bien. No me equivocaba.

Pasé aquella noche en relativa calma. Fui a la habitación de K y me senté a la mesa con él. Durante un rato hablamos de cosas triviales. Parecía molesto. No hay duda de que el destello de mi mirada y el tono de mi voz denotaban una sensación de victoria. Después de calentarme las manos en el brasero, volví a mi habitación. Por un instante sentí que, a pesar de su superioridad, por una vez no tenía nada que temer.

Pronto caí dormido, pero me despertó una voz que me llamaba por mi nombre. Me di la vuelta. Recortada contra las puertas correderas ligeramente abiertas, vi la silueta de K. Estaba de pie. La lámpara de su habitación aún seguía encendida. Desorientado, me quedé allí tumbado sin decir nada.

Me preguntó si ya estaba dormido. Él solía hacerlo tarde. «¿Qué ocurre?», acerté a preguntar a aquella alta figura fantasmal. No quería nada especial. Se había levantado para ir al baño y se había acercado para comprobar si aún estaba despierto. De espaldas a la luz, era incapaz de descifrar la expresión de su rostro. Su voz, en cambio, parecía más calmada de lo habitual.

Cerró las puertas poco después y la habitación se sumió de nuevo en la oscuridad. Cerré los ojos. No recuerdo nada más. A la mañana siguiente, cuando recordé el incidente de la noche anterior pensé que algo extraño había ocurrido. ¿Acaso lo había soñado?

Le pregunté durante el desayuno sobre su visita de la noche anterior. No me ofreció más que una vaga respuesta. Nos quedamos en silencio. Inesperadamente me preguntó si había podido dormir bien esos días. Aquella era una pregunta de lo más extraña para él.

Ese día nuestros horarios de clase coincidían. Salimos juntos de casa. No podía dejar de pensar en el extraño incidente de la noche anterior. Mientras caminábamos volví a insistir. Una vez más, no me dio una respuesta satisfactoria. «¿Quizá querías continuar con nuestra conversación de por la tarde?», pregunté.

Negó vehementemente. Su firmeza me pareció una confirmación de que ya no quería hablar más del tema. La coherencia era una de sus principales virtudes. Recordé cuando dijo de pronto la palabra «voluntad». Aquella palabra sin sentido hasta ese mismo momento empezó a aporrearme el cerebro con fuerza.

.

44

CONOCÍA BIEN EL CARÁCTER ENÉRGICO DE K, pero al tiempo entendía bien por qué, en las cuestiones del amor, se mostraba tan indeciso. Estaba orgulloso de poder conocer sus reglas de comportamiento, ya que eso provocaba que intuyera el origen de esta excepción. No obstante, mientras no dejara de repetir la palabra «voluntad», mi confianza pendería de un hilo hasta el punto de amenazar con desplomarse. Quizá no se comportase de una forma tan extraña después de todo. Puede que, de hecho, guardase en su corazón los medios para resolver y disipar de una vez todas sus dudas, aparcar su angustia, conjurar lo que lo atormentaba. Sentí un escalofrío cuando pensé en la «voluntad» bajo esa nueva luz. Debería haber tomado nota y reconsiderar fríamente lo que quería decir para él «voluntad». Por desgracia estaba demasiado cegado por mis propias preocupaciones. La única interpretación que le di al término fue que estaba dispuesto a actuar con respecto a Ojyosan. Llegué al convencimiento de que su decisión estaba encaminada a la consecución última del amor.

Una voz en mi interior me susurraba que era el momento de decidirme, de actuar de una vez por todas. Hice acopio de todo el valor que fui capaz de reunir. Tenía que actuar antes de que lo hiciera K, evitar que él supiera de mis movimientos. Esperé mi oportunidad. Pasaron dos o tres días, pero la ocasión no se presentó. Esperaba a que ni K ni Ojyosan estuvieran en casa para poder hablar con la señora en privado. Pero, cuando no estaba él, era ella la que permanecía en casa, y yo veía mis planes a punto de arruinarse. El ansiado momento no llegaba nunca. Me devoraba la impaciencia.

Pero pasó una semana y no pude esperar más. Una mañana me quedé en cama hasta las diez fingiendo estar enfermo. Okusan y su hija me avisaron de la hora, pero esperé a que se marcharan los dos para levantarme. Al verme aparecer, Okusan me preguntó qué me ocurría. Me pidió que me acostara de nuevo. Ella se encargaría de llevarme algo de comer. Sin embargo, le dije que no quería dormir más, y que en realidad no me ocurría nada. Me lavé la cara y me senté a desayunar en el cuarto de estar, como tenía por costumbre. Okusan me servía desde el otro lado del brasero. Sentado con mi cuenco en la mano, desayunando o almorzando, no sabría decir, me debatía sobre cómo sacar el tema de Ojyosan. Sin duda, a ojos ajenos debía de dar la impresión de estar muy angustiado.

Terminé de comer y me encendí un cigarrillo. Okusan no iba a retirarse hasta que yo no me levantase y se quedó junto al brasero. Llamó a la criada para que se llevase los platos, mientras ella añadía agua a la tetera y limpiaba las cenizas del borde del brasero.

Le pregunté si tenía algo urgente que hacer. Dijo que no, pero quiso saber por qué se lo preguntaba. «Hay algo de lo que me gustaría hablar con usted.» Finalmente había reunido el arrojo suficiente para hablarle. Me preguntó de qué se trataba. Me miró como si nada a los ojos. No parecía que le estuviera dando demasiada importancia al asunto, aparentemente indiferente a mi estado de ánimo. Entonces no supe cómo continuar. Me entretuve con varios rodeos y al final le pregunté si K había hablado últimamente con ella. «¿De qué?» preguntó extrañada. Pero antes de que pudiera responder, me espetó: «¿Y él? ¿Te ha dicho algo a ti?».

.

45

RESPONDÍ QUE NO. Había decidido no mencionar la confesión que K me había hecho. Sin embargo, noté que sentía una súbita infelicidad al actuar así. Traté de explicarme lo mejor que pude. Le aseguré que no hablaba en nombre de K. Lo que quería decirle no tenía nada que ver con él. Por las imprecisas respuestas de Okusan noté que esperaba algo más de mí y me vi obligado lanzarme de una vez al abismo. Sin más preámbulos le pedí la mano de su hija.

Reaccionó con más calma de la que había previsto. Me miró sin decir nada. Parecía querer hablar pero no encontraba las palabras adecuadas. De cualquier modo, había llegado demasiado lejos como para permitir que su silencio me desarmase. «Le ruego que me permita casarme con su hija. Me encantaría convertirla en mi esposa», insistí.

Okusan era una mujer madura. Eso le confería una calma y una madurez de las que yo carecía. «Me parece bien», me dijo, «¿pero no es un poco precipitado?» Le dije que yo quería casarme enseguida. Tanta impaciencia le hizo gracia. Me preguntó varias veces si me lo había pensado bien. Le expliqué que, a pesar de lo inesperado de mi proposición, mi sentimiento venía de muy lejos. Luego me hizo otras preguntas que ya he olvidado. Okusan poseía una franqueza y una claridad casi masculinas. Quizá por eso tratar ese asunto con ella fue más sencillo de lo que habría sido con otra mujer. «De acuerdo», dijo al fin. «Si quieres, puedes tomarla por esposa. Mejor dicho, ya que no tiene un padre que pueda concederte su mano, soy yo quien te pide por favor que la tomes en matrimonio.»

El asunto quedó resuelto, pues, de manera clara e inequívoca. En total, no debió llevarnos más de quince minutos. Okusan no pidió nada a cambio. Según ella, no era necesario preguntar a sus parientes, bastaba con informarles sobre la decisión tomada. Me aseguró incluso que ni siquiera haría falta preguntar a Ojyosan su opinión.

En ese sentido dudé. Quizá era por culpa de mi educación, pero yo era más convencional que ella. En cuanto a los parientes, no objeté nada, pero me resultaba crucial contar con el consentimiento de Ojyosan. Ella insistió en que no me preocupara. Jamás obligaría a su hija a casarse con alguien a quien ella no quisiera.

De vuelta a mi cuarto, pensé en lo fácil que había resultado todo y me resultó extraño. Incluso dudaba de que aquello hubiese ocurrido en realidad. Al mismo tiempo, me invadió el feliz sentimiento de que mi futuro estaba sellado. A mediodía volví al cuarto de estar para preguntarle cuándo tenía previsto hablar con su hija. Ya que estábamos de acuerdo, para ella el momento de contárselo a su hija no revestía la menor importancia. Di media vuelta para salir de allí con la extraña impresión de que ella jugaba mejor que yo el papel de hombre de la casa, pero Okusan me detuvo. Me dijo que si tanto lo deseaba, quizá lo mejor sería que hablara yo personalmente con su hija tan pronto como regresara de sus clases.

A mí también me pareció lo mejor. Entré en mi cuarto, pero la idea de estar allí sin hacer nada mientras escuchaba los susurros de su conversación, me resultaba insoportable. Así que me puse el sombrero y salí.

Acababa de salir cuando me crucé con Ojyosan por la calle. Regresaba de sus clases e, ignorante de todo lo ocurrido, me miró sorprendida. «¿Ya vuelves?», le pregunté cortés, quitándome el sombrero. Ella me preguntó si me encontraba mejor. «Sí, mucho mejor.» Apreté el paso y me encaminé hacia el puente de Suido.

.

46

CAMINÉ POR SARUGAKU-CHO HASTA JIMBO-CHO y desde allí giré en dirección a Ogawamachi. Era el camino que acostumbraba a tomar cuando iba a curiosear a las librerías de segunda mano. Aquel día, sin embargo, no tenía ganas de rebuscar entre libros viejos. Caminaba absorto por lo que había ocurrido poco antes en la casa y por el súbito encuentro con Ojyosan. Volví a pensar una y otra vez en las palabras de la señora. Trataba de imaginar lo que ocurriría una vez hablase con su hija. Aquel pensamiento era el motor que movía mis piernas. De repente, imaginaba a las dos mujeres en la casa, hablando en ese mismo instante, y me quedaba petrificado en mitad de la calle. Entonces me daba por pensar que quizá su conversación ya hubiera acabado. Mi suerte estaría echada.

Crucé el puente de Mansei, subí la colina que daba al templo de Myojin y desde allí fui a Hongo para después bajar a Kikusaka y finalmente a Koishikawa. Llevaba recorridos casi tres distritos de la ciudad, que formaban una especie de elipse. Hasta ese momento, apenas había pensado en K. Ahora me pregunto por qué, pero soy incapaz de encontrar la respuesta. Solo me sorprende lo poco presente que lo tenía. Como mucho, puedo alegar en mi defensa que mi corazón estaba tan compungido con lo que ocurría en la casa, que mi mente se olvidó de que existía. Mi conciencia me dice ahora, en cambio, que no debía haber sido así. Precisamente esa conciencia volvió a despertar en el mismo instante en que abrí la puerta de la entrada y crucé la habitación de K para llegar a la mía. Como de costumbre, estaba sentado a la mesa. Levantó los ojos del libro y me miró. No me saludó como de costumbre. En lugar de eso preguntó: «¿Te sientes mejor? ¿Has ido al médico?».

Sentí la necesidad de arrodillarme ante él, de pedirle perdón. No era simple debilidad. De haber estado los dos solos en mitad de un desierto, habría seguido los dictados de mi conciencia, le habría pedido perdón, pero ambas mujeres estaban en la casa. No podía sincerarme con mi amigo delante de ellas. Me contuve hasta que ese impulso desapareció.

A la hora de la cena nos volvimos a ver las caras. Ignorante de cuanto había ocurrido, K se sentó con su aire ausente de siempre. Ni rastro de sospecha en su mirada. Okusan, ignorante también de la verdad entre K y yo, estaba más alegre de lo normal. Yo era el único que lo sabía todo, por eso la comida me parecía plomo al tragarla. Ojyosan no se sentó con nosotros como de costumbre. Su madre la llamó y escuchamos su voz desde la habitación de al lado: «¡Ahora voy!». K se extrañó. Le preguntó a la señora qué ocurría. «Quizá esté algo turbada», dijo mirándome con complicidad. «¿Y eso por qué?», insistió K. Se le veía confundido.

Okusan volvió a mirarme, en esa ocasión con una sonrisa en los labios. Tan pronto como me senté a la mesa, imaginé cómo habían ido las cosas, pero la idea de quedarme allí sentado mientras ella se lo explicaba todo a K me resultaba insoportable. Okusan era muy capaz de hacerlo, lo cual me provocaba una enorme inquietud. Por fortuna, K se encerró de nuevo en su silencio y la señora, a pesar de su evidente alegría, cambió de conversación. Aliviado, regresé a mi cuarto.

No pude, sin embargo, dejar de pensar cómo enfrentar la situación con K. Preparé una batería de justificaciones para hacerle frente, pero ninguna me satisfizo. Al final, cobarde como era, renuncié a la idea de explicárselo todo.

.

47

PASARON DOS O TRES DÍAS y yo seguía sin decir nada. No creo necesario explicarte lo angustiado que me sentía en relación a K. Como mínimo debería haber hecho algo para aliviar mi mala conciencia. La actitud de Okusan y de su hija conmigo, además, actuaba en mí como un aguijón que me hacía sufrir cada día más y más. El carácter franco y directo de la señora, un tanto masculino a veces, me hacía temer que en cualquier momento pudiera sincerarse con K y contarle todo.

Otro temor, bastante fundado, por otra parte, era que Ojyosan cambiase con respecto a mí y las cosas se hicieran demasiado evidentes a sus ojos. Era imperativo, por tanto, que hablase con K de mi nueva situación respecto a las dos mujeres, pero la conciencia de mi bajeza moral me impedía hacer algo así. Pensé pedirle a Okusan que se hiciera cargo de hablar con mi amigo cuando yo no estuviera presente, pero eso significaría que mi honor quedaría definitivamente destruido. Me moriría de vergüenza si pasase algo así. Por otra parte, si le pedía a la señora que dulcificase la situación con alguna mentira, me pediría una explicación y en ese caso no tendría más remedio que confesarle todo. Es decir, dejar al descubierto, ante la señora y ante su hija, a la que tanto amaba, todos mis defectos y bajezas. Yo me tenía por un joven honesto y eso hubiera sido lo mismo que traicionar la confianza que ellas habían depositado en mí. De ningún modo podía socavar aquella confianza antes siquiera de haberme casado.

En resumen, actuaba como un insensato. Sin darme cuenta, había extraviado la estrecha y resbaladiza senda de la honestidad. Tal vez era un canalla. Solo el Cielo y mi corazón entendían la verdad. Sin embargo, no podía desprenderme de mis preocupaciones. Para reconquistar mi integridad debía confesar mi falta, una falta que me empeñaba en ocultar por todos los medios. Estaba paralizado; en pie, cierto, pero incapaz de dar un solo paso.

Cinco o seis días después, la señora me preguntó: «¿Ya le has hablado a K de tu compromiso matrimonial?». Confesé la verdad. No lo había hecho. «¿Por qué no?». En su pregunta noté un tono de reproche. Me quedé helado. El impacto producido por sus siguientes palabras se me grabó a fuego vivo: «¡Ahora entiendo por qué puso esa cara cuando se lo conté! ¿No te da vergüenza no habérselo contado a un amigo tuyo tan cercano?».

Quería saber cómo había reaccionado K. «De ningún modo especial», aseguró ella. La presioné para que me contase algo más. ¿Qué había dicho K cuando lo había sabido? Okusan, lógicamente, no tenía ningún motivo para ocultarme nada. «Nada digno de mención», aseguró. Por sus palabras, pude intuir que mi amigo había encajado el golpe sin perder la compostura. Al parecer, su primera reacción fue preguntar: «¿De verdad?». La señora entonces le dijo que debería mostrarse un poco más feliz por la noticia. Él la miró por primera vez a la cara. «¡Enhorabuena!», exclamó con una sonrisa. Se levantó. Antes de abrir la puerta para salir de la habitación, se dio media vuelta y le preguntó cuándo se celebraría la boda. «Me gustaría hacerles un regalo», añadió, «aunque por desgracia no tengo dinero.»

Mientras la escuchaba, sentía una insoportable angustia que me oprimía el corazón.

.

48

PASARON DOS DÍAS DESDE QUE K se había enterado de nuestro compromiso matrimonial. Nada en él había denotado un cambio de actitud hacia mí, sin embargo. Aunque su indiferencia fuera solo aparente, sentía un profundo respeto por él. Lo mirase como lo mirase, era mejor persona que yo. No dejaba de repetirme: «Si lo he vencido, ha sido por comportarme como un canalla, pero él me ha ganado como persona». Le daba vueltas y más vueltas. Imaginaba lo mucho que me despreciaría, me sonrojaba solo de pensarlo. Acudir a él con una endeble explicación hubiera sido tanto como asestar un golpe mortal a mi amor propio.

Volví a dejar el asunto en suspenso un día más. Era sábado por la tarde. Esa misma noche K se suicidó.

Aún tiemblo cuando recuerdo la imagen de su cuerpo tendido sobre el tatami. Yo solía dormir con la cabeza orientada al este, pero por algún motivo, quizá el destino, aquella noche coloqué la almohada en dirección al oeste. Me despertó una ráfaga de aire frío en la cara. Abrí los ojos y vi la puerta del cuarto de K entreabierta, igual que había sucedido unas noches antes. En esa ocasión, en cambio, su oscura silueta no estaba allí. Movido por un siniestro presentimiento, me apoyé en los codos y me asomé al interior de su cuarto. La luz de la lámpara estaba a punto de extinguirse. El futón estaba extendido, pero me extrañó ver el edredón doblado a la altura de los pies. K estaba tumbado boca abajo. Miraba hacia el otro lado.

Lo llamé. No hubo respuesta. «¿Ocurre algo?», le pregunté. Volví a llamarlo de nuevo por su nombre. No se movía. Me levanté aprisa para acercarme hasta la puerta de su cuarto. Miré al interior iluminado apenas por la luz trémula de la lámpara.

La primera impresión fue la misma que experimenté al escuchar su inesperada confesión de amor. Un simple vistazo y mis ojos se quedaron congelados, como si se hubieran transformado de pronto en dos bolas de cristal. Me quedé petrificado. Superado el impacto que me atravesó como un rayo, me dije: «¡Todo ha terminado!». La evidencia de lo irremediable me golpeó con su negra luz, proyectó su destello sobre mi futuro, iluminó en un instante toda la vida que se extendía delante de mí. Noté que estaba temblando de los pies a la cabeza.

A pesar de todo, no podía olvidarme por completo de mí mismo. Había una carta sobre la mesa. Iba dirigida a mí. Impaciente, la abrí, pero no estaba preparado para lo que iba a leer. Había dado por hecho que diría cosas terribles, cosas por las que Okusan y su hija me odiarían si llegaban a enterarse. Una rápida ojeada, en cambio, bastó para disipar mis peores temores. «¡Estoy salvado!» pensé. (En realidad, lo único que había salvado eran las apariencias, algo de suma importancia en realidad en todo aquel asunto.)

Era una carta sencilla y algo inconcreta. Explicaba lo ocurrido de una forma más bien general: «Me quito la vida por falta de fuerza de voluntad, por haber perdido toda esperanza de llegar a ser quien quiero. El futuro no me tiene nada preparado. Te agradezco todo lo que has hecho por mí. Te ruego dispongas de mi cuerpo y te hagas cargo de lo necesario para mis honras fúnebres. Discúlpame ante la señora por las molestias que le he causado. Por último, te pido que informes de mi muerte a mi familia».

La carta era de una concisión pasmosa. En ningún momento nombraba a Ojyosan. Después de leerla, comprendí que lo había hecho a propósito. Sin embargo, lo que más me dolió fueron sus últimas palabras, escritas a duras penas con las últimas gotas de tinta que le quedaban: «¿Por qué he vivido hasta ahora? Tendría que haber muerto hace mucho tiempo».

Doblé la carta con las manos temblorosas y volví a meterla en el sobre. La dejé sobre la mesa con mucho cuidado donde todos los demás pudieran verla. Me di media vuelta y descubrí que la sangre de K había salpicado la superficie del fusuma.

.

49

ME DEJÉ LLEVAR POR UN SÚBITO IMPULSO y, con ambas manos, levanté la cabeza de K. Quería contemplar su rostro sin vida aunque solo fuera por un instante, pero al ver cómo colgaba inerte entre mis manos, lo solté de inmediato. No solo sentí horror, sino que me di cuenta de lo mucho que pesaba. Contemplé las frías orejas que acababa de tocar, su abundante pelo. No derramé una lágrima. El miedo me atenazaba y no solo por la escena que estaba presenciando, sino por mi destino, que parecía hablarme desde el cuerpo inmóvil de mi amigo.

Volví a mi cuarto y empecé a dar vueltas. «No debes quedarte quieto», me decía. Tenía que hacer algo y al mismo tiempo no dejaba de repetirme que no había nada que pudiera hacer. Solo podía dar vueltas y más vueltas por la habitación, como un oso enjaulado.

En varias ocasiones estuve a punto de despertar a Okusan, pero enseguida me daba cuenta de lo terrible que sería mostrarle una escena tan aterradora. Me quedaba paralizado, no quería turbar de ese modo a la señora y, por encima de cualquier otra consideración, a su hija. Y otra vez empezaba a dar vueltas a la habitación.

Encendí la lámpara. Miré la hora. Recordé que acababa de mirarla, que no podía parar de mirar el reloj. Nada en este mundo me parecía más lento que el movimiento de sus manecillas. No sabía a qué hora exacta me había despertado; antes del amanecer, en cualquier caso. Caminaba de un lado para otro, desesperado por la impaciencia de que rompiese el alba, mientras me torturaba la impresión de que aquella noche oscura no acabaría nunca.

Acostumbrábamos a despertarnos antes de las siete, pues la mayoría de nuestras clases empezaban a las ocho. Eso significaba que la criada tenía que levantarse sobre las seis. Pero no era todavía esa hora cuando fui a despertarla. El sonido de mis pasos despertó a Okusan. «¿Es domingo?», musitó entre sueños. Intentando que no se notara la alarma en mi voz, le dije que necesitaba que viniera a mi habitación un momento. La señora se puso el haori de estar por casa sobre el quimono de noche y me siguió. Cerré aprisa el fusuma que comunicaba con la habitación de K. Después le dije en voz baja: «Ha ocurrido algo terrible». Pareció alarmada. «Por favor, no se asuste.» Con un movimiento del mentón señalé hacia el cuarto de al lado. «K se ha suicidado.»

Okusan se quedó paralizada, muda, lívida. Me arrodillé ante ella e incliné la cabeza en acto de contrición. «Perdóneme. Ha sido culpa mía», le dije. «Siento mucho que le ocurra esto a usted y también a Ojyosan.» En ningún momento había pensado decir nada semejante. Solo al ver la expresión de su cara, sentí cómo las palabras saltaban de mis labios espontáneamente. Parecía una disculpa, pero en realidad le estaba hablando a K. Aquellas palabras de remordimiento brotaron de un lugar más allá de la voluntad, es decir, de mi verdadero yo.

Por fortuna, Okusan no captó su significado profundo. «¡Cómo vas a tener la culpa de algo así!», dijo a modo de consuelo. A pesar de todo, el horror bañaba su rostro, su cuerpo rígido.

.

50

LAMENTABA QUE LA SEÑORA tuviera que contemplar aquella escena, pero al final me levanté y descorrí el fusuma. La lámpara se había apagado, así que fui a por la de mi cuarto. La habitación de K estaba sumida en una oscuridad casi total. Me quedé en pie junto al umbral de la puerta y me giré para observar la cara de la señora. Se asomó por detrás de mí, como si quisiera ocultarse. No llegó a entrar. «Déjalo todo como está y abre las contraventanas», me dijo.

A partir de ese momento, se comportó con una sensatez y una entereza admirables. No en vano era la digna viuda de un militar. Me mandó buscar al doctor y luego a la policía. Fue ella quien dio todas las órdenes, y quien no permitió que entrase nadie en la habitación hasta que el procedimiento hubiese terminado.

K, al parecer, se había cortado la arteria carótida con un pequeño cuchillo. Debió de morir instantáneamente. En su cuerpo no había más heridas. Las salpicaduras de sangre que había visto aún medio dormido en la penumbra habían brotado sin duda de su cuello. Al fin pude ver la escena a plena luz del día. Me maravilló comprobar lo violento que puede llegar a ser nuestro pulso sanguíneo.

Los dos juntos limpiamos el cuarto lo mejor que pudimos. Por suerte el futón había absorbido la mayor parte de la sangre y el suelo de tatami no estaba demasiado manchado, por lo que la tarea no resultó tan penosa como parecía en un principio. Trasladamos el cuerpo de K a mi cuarto y lo dispusimos como si estuviera dormido. Después salí a enviar un telegrama a su familia.

Cuando regresé, vi que el incienso ardía junto a la almohada de su lecho mortuorio. El olor a funeral impregnó hasta el último poro de mi piel. Entre el humo vi a Okusan y a su hija sentadas. No había visto a Ojyosan desde la noche anterior. Lloraba. Su madre también tenía los ojos rojos. Desde que todo había comenzado, yo no había derramado ni una lágrima. Pero entonces me invadió una profunda tristeza. No puedo expresar con palabras el alivio que significó para mí el llanto. Su efecto balsámico aplacó, aunque solo fuera momentáneamente, el dolor de mi pobre corazón.

Me senté junto a la señora y su hija en silencio. Okusan me dio incienso para que hiciera una ofrenda. Después regresé a mi sitio. Ojyosan ni me miraba. De vez en cuando intercambiaba algunas frases con su madre sobre las cuestiones más urgentes. Aún no parecía tener la calma suficiente para hablar de K, de cuando estaba vivo, de los momentos que habían compartido. Pero al menos estaba aliviado de que no hubiera presenciado la horrible escena de la noche anterior. Aquella terrible visión habría destruido el encanto de su juventud y su belleza. Aquel pensamiento me obsesionaba, me hacía temblar de terror. Habría sido como destrozar unas bellas y delicadas flores a latigazos.

Cuando llegaron el padre y el hermano de K, hablamos de dónde podríamos enterrar al fallecido. K y yo solíamos pasear a menudo por el cementerio de Zôshigaya. A él le gustaba mucho aquel lugar. En una ocasión, llegué a prometerle, medio en broma, medio en serio, que si por algún azar moría, yo me encargaría de que sus restos descansasen allí. Había llegado el momento de cumplir mi promesa. De todos modos, no quería que se lo llevasen lejos, prometí ir a visitar su tumba cada mes durante el resto de mi vida, arrodillarme ante él para pedirle perdón, para decirle que nunca lo abandonaría. Conscientes quizá de lo poco que habían hecho por él en vida, su padre y su hermano accedieron a mi deseo en reconocimiento de las atenciones que durante tanto tiempo le había dispensado.

(Sigue leyendo)

Una respuesta a “Kokoro (XI)

  1. Pingback: Kokoro (X) | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .